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Noviembre 27 de 1900.
Quien ha presenciado estos espectáculos no los podrá nunca olvidar: la
llegada del varón provecto semiprimitivo a la tierra de la cultura, y la
capital ática loca de atar por el viejo boer boyero, cuya pesada alma
hugonota exprimida por la mano de París ha dado su jugo de lágrimas,
como la roca aceite en el rudo versículo bíblico. Yo fuí a Marsella a
ver arribar el Gelderland en triunfo, y vi a Marsella vibrante como una
cigarra, recibir al anciano capitán náufrago que viene a Europa a probar
la última esperanza mientras su barco se hunde. La nave de Guillermina
entrando al puerto entre barcos empavesados, las salvas del saludo, los
gritos y aclamaciones de una multitud en delirio, los vendedores de
periódicos, himnos y retratos, la alegría meridional frente al mar azul,
las damas en los muelles agitando sus pañuelos y los hombres sus
sombreros... todo para un vencido. Cuando apareció la figura del viejo
Krüger, noble rostro de león, que en nada se parece a esa cara de gorila
canoso que han multiplicado las ilustraciones, un trueno de voces
resonó en toda la costa. La sonora e hirviente Cannebière estaba animada
de manifestantes; las banderas republicanas se agitaban; Marsella clara
y griega, se abría al gozo y al entusiasmo, lírica granada como la de
los versos de Roumanille; los marselleses cantaban la Marsellesa; todo
era bullicio y ardor ante esa seca alma bátava, nutrida de savia
protestante, tan ajena a la gracia y al vuelo franceses, y que debe
haber estado más que conmovida, sorprendida ante la recepción de esta
gente ruidosa y solar.
Y era toda la Francia unida para saludar al que viene encarnando una
idea, un símbolo: la justicia. Después de la bienvenida de Marsella y la
voz del poeta Mistral que envió desde su Provenza palabras conmovidas:
«Con mi veneración, con mi admiración profunda saludo al presidente
Krüger en Marsella. De pie, a la entrada del nuevo siglo, ese patriarca
aldeano representa hoy, representa solo, la dignidad humana en su más
alto aspecto. Con los brazos alzados al cielo, él ha sostenido, como
Moisés, la esperanza y la fe de su pueblo, contra el invasor insolente.
Todos aquellos cuyo corazón palpita a la vieja palabra de justicia, a la
vieja palabra de patria, se inclinan delante de Krüger, conductor y
profeta del santo pueblo boer.» Felicísima la comparación con Moisés...
Díganlo la figura de vejez fuerte, el espíritu de la Biblia que precede
a esas tribus combatientes; las familias errantes con sus rebaños en un
éxodo desgraciado; pero, sobre todo, el Becerro de Oro que aparece,
causa y fin de toda la sangre vertida y de todo el dolor causado, el
ídolo de la Chartered, fundido por Cecil Rhodes y visto a través del
_monocle_ de Chamberlain.
Después de Marsella, saludó Avignón, luego Lyón, luego Dijón, luego
París. ¡Curioso contraste entre el pueblo y el presidente!
La entrevista con Loubet ha sido singular. Es algo como el saludo del
que va a morir: el triunfo, no obstante, de la fórmula, el apogeo del
protocolo, para resultar en suma de cuentas: «Siento mucho vuestras
desventuras, pero estáis condenados a perecer. El mundo civilizado os
admira, celebra vuestro valor y lamenta vuestras desgracias; pero no se
puede hacer más, y estáis ya entre las quijadas del león». Hay algo en
esas consolaciones de última hora y lisonjas en capilla, de los
discursos suntuosos al guillotinado por persuasión. «Que os lleve el
diablo; pero morís muy bien y el universo os aplaude». Serían de ver los
pensares ocultos de Tío Pablo cuando ha entrado al Elíseo entre el
brillo de las corazas que hacen los honores reglamentarios a los reyes,
las vistosas libreas palatinas, el lujo oficial que se emplea para el
cha, o para Jorge, o para Leopoldo, mientras él viene, rústico Néstor, a
demandar una limosna de justicia. Y cuando Loubet--_très pâle_ dice un
periódico--le dice sus consuelos platónicos, Krüger todavía le habla de
Dios, le habla de su fe, de su confianza en la justicia suprema, con
palabras simples que en su duro holandés de hierro muestran su espíritu
patriarcal alimentado de salmos.
Y el pueblo de París... El tiempo estaba lluvioso, el bulevar inundado
de gentes. Abriéndome paso en un bosque de paraguas llegué a colocarme
en buen puesto el día de la llegada del jefe transvaalense. La
muchedumbre se apretaba en los alrededores, los cafés no podían contener
a los parroquianos. Aquí, allá, cantores ambulantes cantaban versos al
_père_ Krüger con música de aires conocidos. Muchachas guapas pasaban
con los colores del Transvaal en los corpiños y los del amor de París,
en las mejillas. París loco, loco de atar, por el viejo boer boyero,
sacaba todos sus brillos a relucir y ponía todas sus cuerdas a vibrar. Y
no había sino una confusión de cosas; y todas las opiniones y todos las
partidos se juntaban para dar los buenos días de París al recién
llegado. Es la primera vez en que nacionalistas y dreyfusards se han
unido en idéntica comunión, mientras estaban ya listos los besos de la
princesa Matilde para los nietos del patriarca. Y cuando el clamor
inmenso y tempestuoso asordó el bulevar y llegó en el coche Oom Paul, la
ciudad histérica tuvo un verdadero espasmo. Se alzó el viejo Krüger;
pude verle mejor que en Marsella. No es colosal, como se le ha pintado,
pero de bueno y fornido cuerpo; amacizado de caza y labores rurales; es
el pastor tres veces, pastor de bestias y pastor de pueblos, y pastor
también evangélico, metido en su hopalanda negra, clergyman abuelo, que
cuando no masca su pipa masca a San Pablo, o al santo rey David. Hay un
retrato del Tío que le revela en absoluto leonino, león de África; león
quieto ya, que ha sabido saltar y desgarrar a tiempo, león de combate;
y al propio tiempo león viejo que sueña en vagos horizontes, león que
clava sus anchas pupilas fatigadas en las lejanías de las puestas de
sol. Es el retrato en que está a la puerta de su casa de Pretoria entre
dos regias fieras de mármol. Y las dos fieras de mármol parece que
fuesen copias y representaciones, no de leones libres, sino de animales
de Pezón, domados cuadrúpedos carniceros, fieras de feria que se
humillan al pistoletazo y al chasquear del látigo y tienen el cuello
como cuello de buey, para el yugo. Diez yuntas tenía la carreta que
condujera el mismo tío Pablo, diez yuntas de bueyes... A los leones,
mejor antes la muerte de un tiro que sufrir finalmente la supresión del
monte libre y la cadena impuesta. Venerable león que confía en Dios, Oom
Paul debería estar ya convencido de que los sarracenos cuando son más,
muelen a palos a los cristianos, y que, en nuestros tiempos por lo
menos, hasta ahora. Dios no tiene otra ocupación más interesante que
salvar a la reina.
París se ha estremecido, se ha conmovido y ha hecho ver su locura al
mundo una vez más. Es la locura noble de las razas generosas, de las
ciudades cordiales, de los pueblos gentiles y altivos. París sonríe al
pompón y al penacho, y a la flor de lis y al sombrero del Cabito, y al
caballo negro y al _toupet_ blanco; pero París sonríe sobre todo, como
Atenas, como Roma, a las altas ideas y a las acciones magnas. Darío,
será bien recibido en casa de Alejandro. Los pueblos caídos, los héroes
todos que combaten por la libertad, los Kosiusckos, los Garibaldis, los
rojos John Brown, los negros Maceos, los amarillos Aguinaldos, todos los
soldados de todas las naciones que vienen a la ciudad incomparable a
pedir ayuda, o simpatía, la encuentran, la han encontrado, copiosa,
ardorosa, a veces fanática. Los poetas (¡ah, si Hugo existiese, qué oda;
qué carta a la reina Victoria sobre el arbitraje, qué entrevista con
Krüger!) los poetas han hecho sus versos modernísimos como los de Stuart
Merrill, fofos como los del Coppée de hoy; los dibujantes han esbozado
simbólicas alegorías, retratos varios, figuras, paisajes, símbolos
aplicables al suceso famoso; los escaparates de los libreros se han
cuajado de obras geográficas, etnográficas e históricas referentes al
pueblo pastoril y medio bárbaro que ha tenido el valor de oponerse a la
conquista inglesa; en el libro de inscripciones simpáticas han dejado su
nombre aristócratas y obreros; y han ido a visitar al ídolo del momento
los mandarines de la política, los directores de la literatura,
militares y jueces, princesas y damitas apasionadas del Aguilucho de
Rostand o a quienes el orleanismo acaricia. Solamente los socialistas no
se han hecho notar. ¿Por qué?
No hay duda de que Tío Pablo es pintoresco, y que la novelería de la
capital, después de la exposición necesitaba algo fuerte para su
apetito, un aperitivo tal vez para cosas mayores que quizá están ya en
la puerta del siglo que comienza; y en que la innegable antipatía que
existe para el inglés, para el país del _Belerofonte_, para el odioso
vecino de enfrente, hallaría oportunidad de encender sus fuegos, sobre
todo después del contenido ímpetu de Fachoda. El Tío es pintoresco, no
hay duda, con sus anteojos, con su sabia ignorancia, con su Biblia, con
su sombrero legendario que ha sustituído con un «ocho-reflejos», y con
sus nietas rosadas y nietecitos. Para sus nietas, las mejores flores de
los jardines parisienses. Lo merecen estas bellas damas...
* * * * *
En _La Nación_ he hablado varias veces de Jean Carrère, desde su famosa
aventura en los levantamientos barriolatinescos del 93. Este poeta, de
la familia de Mistral, todo entusiasmos y todo nobleza, que ha dejado
hace tiempo las rimas por el periodismo, y que ha resultado un
periodista de primer orden, fué enviado recientemente al Transvaal por
_Le Matin_ y ha contado en cartas chispeantes, pintorescas y líricas sus
impresiones sudafricanas. Él nos ha pintado, sobre todo, la rara bravura
de las mujeres boers, que explican la fiereza especial de esos cazadores
de ingleses, de cafres y de búfalos. Elogia sus palabras y sus actos, y
agrega con su tono meridional:--«Eh! eh! savez vous que ces Boers ont
tout simplement des cœurs et des formules de romains!» Las dos boeras
que ya he visto en París, confieso que me han causado gran sorpresa. Con
la general creencia pensaba que no había en la república heroica más que
espesas Cornelias, o gruesas parideras a la suiza, sólo maternidad. Y
rosa y lirio, la Sra. Gutmann me dió a entender con su dulce presencia,
que en Pretoria no huelgan los tesoros de madrigales. Allí en el hotel
Scribe se han dejado, ella y madama Eloff, admirar y _kodakear_ por la
curiosidad parisiense. Bellas como son, con sus ojos pasivos de amorosas
y cumplidas hembras, muestran un aspecto de energía que hace adivinar a
las esposas de los estancieros rebeldes que con su cartuchera terciada
se van en su caballo corredor, de caza o de guerra, a poner la bala
donde fijan el ojo, y saben matar y saben morir, hábiles y esforzados
jinetes como gauchos, resistentes y testarudos como paraguayos.
Para París el alma de Krüger es extranjera, y el pueblo boer no es sino
un pueblo bárbaro. El presidente pastoril no sabe más que lo que le ha
enseñado el libro santo de su religión restricta, y cuando llega a
Francia por la tercera vez, necesita todavía de intérprete. Se admira
como un simple cha del mecanismo de la torre Eiffel, y muestra ante la
civilización latina su instinto nórdico, silencioso y taimado. Es el
retoño africano y colonial del holandés espeso, ante este sutil y ligero
espíritu galo que recorta las ideas con la intención. Está más cerca de
los alemanes que de los franceses, es más bebedor de cerveza que de
vino. Y ese pueblo suyo es un pueblo de vaqueros, sin artes, sin
literatura, sin siquiera un Santos Vega entre sus campesinos, pues no
valen nada ante el natural soplo lírico de la pampa las canciones que ha
intentado improvisar en tarea periodística y aprovechando la
actualidad, más de un afecto al folk-lore; pueblo sin ideales, más que
el ordeñar, el cazar, el sembrar, el engendrar y el sacar riquezas de
las minas (¡lo cual quizá sea de una superior filosofía!...); pueblo de
gentes taciturnas y opacas. No puede en ningún caso--excepto el de la
representación de una idea transcendental y absolutamente humana y
universal--ser visto como un pueblo simpático y fraterno por este pueblo
que tiene sus antecesores en la Hélade y en países y bosques donde los
ruiseñores no sabían de coros luteranos.
Lo que se ve es sencillamente al anciano vencido. Si Lear viniera, el
rey Enrique le daría su ciudad de París, como en la canción que tanto
complacía a Alceste. Y luego, hay el enemigo probable, el enemigo que
mañana puede estar en frente; la amenaza de la isla de rapiña que
enjauló al vencedor del mundo, y que está allí, al otro lado del canal
de la Mancha. Y además, los partidos han aprovechado la venida del
anciano luchador, para tomar como una bandera su nombre, como un torreón
de victoria su figura, esa figura que han aprovechado tanto los
caricaturistas. Y los de la revancha por un lado, y los otros por otro,
han agitado sendas palmas al que llega en nombre de la justicia.
París ha recibido como debía a ese vencido. París sabe lo que es la
interjección de los idiomas bárbaros, París sabe lo que son botas.
¡Ah, ellos han sido fuertes, los boers, han sido invencibles, pequeños
en número, ratón contra gato, gato contra leopardo, azorado caballo
salvaje contra ferrados unicornios! Aun más, ellos han sido _los
superiores_. Porque, como dice el gran poeta inglés cuyo nombre no se
puede pronunciar: «Los ingleses son fuertes porque cada uno tiene una
Biblia; pero los boers son más fuertes porque cada uno tiene una Biblia
_y una escopeta_». Para Krüger la mejor palabra es la de ese admirable
shakespearista del lápiz, Olivier Merson; _Moriamur_. Una cabeza de
Cristo. Prepararse a morir, dejarse morir, ante la injusticia, ante la
fuerza, ante la soberanía de los piratas, ante los cañones mejor
fabricados y ante las codicias mejor dirigidas. Morir, es decir, dejarse
comer. El último filósofo es Niestzche; el último poeta Kipling.
Solamente que en este caso, a pesar de mis simpatías, no puedo dejar de
ver cambiarse la cabeza simbólica y sagrada de Merson, por una cabeza
encornada de diamantes, una dorada cabeza de ternero.
Ante la cual Krüger romperá su Biblia.
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“LA NUEVA JERUSALÉN”
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