II

Así como para comprender en toda su intensidad la obra musical de

ciertos autores, hay que escucharla varias veces y formar con ella una

especie de intimidad mental, una escultura de Rodin invita y obliga a

mirarla mucho y muchas veces. He pensado en una escultura «di camera»,

como se ha hablado de una literatura «di camera». Hay, pues, fuertes

razones para que Rodin no sea accesible a la muchedumbre y, por lo

tanto, que sus obras monumentales escollen. Los monumentos son hechos

para las muchedumbres. La muchedumbre gusta de los grandes conceptos

claros, de la retórica y de la oratoria. Un soneto de Mallarmé o un

cuento de Poe no son para recitados en público.

Así, la belleza de cierta parte de los trabajos rodinianos es para

iniciados. A primera impresión, un visitante que no tenga prejuicio

artístico y que se detenga delante de algunas estatuas, no verá nada. La

muchedumbre, por su parte, no comprendería, en absoluto. La simbólica de

los decoradores de la Edad Media era interpretada, en los muros de los

templos, en las tallas de las catedrales, en altares y puertas, por un

pueblo cuya alma sencilla tenía fe, tenía esperanza e ideales.

La muchedumbre, la _foule_ moderna no posee ese sentido de comprensión,

envenenada de democracia, de charlatanería libresca y trabajada por

todos los apetitos.

Surge ante mi vista el blanco menhir. Conozco la historia. Si algún

_parti pris_ tengo, es el de la admiración, el de la pasión intelectual.

Y lo que brota en mi mente, primero, es la idea de que estoy delante de

un _fantasma_.

Esto evoca las fotografías espiritas y las figuras de los malos sueños.

Y todos los artículos de revista y la decidida voluntad de admirar, no

impiden mi temorosa incomprensión, y el vago miedo de que estuviese

envainada mi personalidad en la piel de un filisteo. No, decididamente,

después de tomar por varios caminos, no entiendo del todo. Se trata de

la más plástica de las artes. ¿Para qué haber modelado de antemano con

loable tenacidad anatomía del autor de la _Comedia Humana_ para venir a

presentar esa cara deforme y esos grandes pies que se escapan de esa

salida de baño? Miro de frente, y un profundo respeto por el genial

artista no contiene la vaga sonrisa que se escurre a la violenta

imposición de un aspecto de foca. ¡Deliberadas faltas de ortografía del

Arte! _M’introduire en ton histoire..._ Miro detrás y la masa inclinada

clama por un puntal. Miro de lado y el dolmen elefantino se obstina en

no querer revelarme su secreto. Entonces, con resolución completa, no me

acepto a mí mismo, me increpo y me llamo en alemán _bildungphilister_,

para castigarme por el lado de Nietzsche. Persisto en creer en la

lealtad de Rodin. Sacerdote de la síntesis, nos habrá querido dar la

esfinge moderna o la fórmula de un arte futuro.

Sus amigos de exagerado entusiasmo han aumentado la bruma sibilina, por

sus distintas maneras de explicar, por sus contradicciones y por sus

feroces ataques al simple burgués y al artista o crítico que no piensa

como ellos. André Veidaux propone como lógica suprema, como medio de

convencimiento decisivo, los puñetazos. El dulce anarquista llama como

eufemismo, a tal sistema, «discurso atlético.» Confieso que no me

complace mucho el box como _última ratío_ artística.

Cuenta León Maillard que cuando se inauguró el monumento de Claude

Gelée, un senador exclamó: «Nosotros encontramos mala esta estatua, y

sin embargo, no somos bestias.» No suelen ser propiamente los senadores

jueces en asuntos intelectuales; pero el ser senador no excluye el tener

talento o buen gusto. Hugo lo fué; y un bibliotecario del senado hubo

aquí que se llamó Leconte de Lisie. La frase del senador de Maillard la

han repetido infinitos visitantes a la exposición Rodin...

Insistiré sobre la dificultad de que la estatuaria monumental rodiniana

llegue a tener éxito a los ojos de las ciudades. No me refiero a joyas

armoniosas que habría podido bañar con su luz el cielo griego, como la

_Edad de Bronce_, o el _San Juan Bautista_. El monumento a _Claude

Gelée_ es una maravilla de concepción, y sin embargo, costó mucho que

fuese aceptada por la ciudad de Nancy. Los _Burgueses de Calais_, poema

de poemas de fuerza, cuyo conjunto es la obra compuesta más conmovedora

que se pueda contemplar y cuyas figuras aisladas son otras tantas obras

maestras--entre todas el portallave, cuyas piernas se afirman en tierra

con viviente energía y en cuya faz se revela el sencillo heroísmo

doloroso--tuvo también grandes dificultades municipales. El primer

_Víctor Hugo_ no fué aceptado.

El segundo, soberbio de grandeza, ser hecatonquero, pensativo gigante

lírico que oye la voz de los elementos, creemos que será erigido

triunfantemente: excepción. El _Balzac_, ya conocéis el escándalo que

produjera cuando fué exhibido por primera vez. La _Patria vencida_, o

el genio de _La guerra_ no fué aceptada en el concurso a que se

presentó. Ignoro cómo en los Estados Unidos fué recibida la estatua del

general Lynch; pero en la _maquette_ que he visto, no encuentro ni el

genio raro del autor, ni la gracia elegante de un Carrier-Belleuve. Se

habla de un monumento a _Vicuña_, en Chile. No hay aquí de él ni

_maquette_, ni fotografía.

En cuanto al _Sarmiento_, que ha despertado en Buenos Aires las mismas

tempestades que aquí el _Balzac_, no me es posible deciros nada. Aquí se

exponen varias fotografías. Conozco las distintas opiniones de la prensa

argentina, los rudos mazazos del Sr. Groussac, los líricos y sutiles

comentos de Eduardo Schiaffino y la necesidad de vigilancia policial

para librar el monumento de la indignación iconoclasta. No me ha

ruborizado esto último; aquí se ha hablado de amenazas semejantes, así

sea por boca de humorista.

Los que han visto el _Sarmiento_, admiran la obra, sobre todo el

pedestal, el Apolo. André Veidaux dice de él en un reciente estudio

sobre el estatuario: «Pronto va a enviar al Sur de América el bronce del

presidente _Sarmiento_, cuyo pedestal, un altorelieve de Apolo, es una

cosa maravillosa de decoración, un prodigio desconcertante de gracia

olímpica y de brillante juventud. Espanta de arte este efebo bañado de

luz y de belleza...» Opinión francesa. Ved ahora una inglesa, de Arthur

Symons, el exquisito escritor y crítico de ultra Mancha: «Pero siempre,

en el mármol, en el menor boceto de barro, existe el éxtasis. A menudo

es un éxtasis perverso; a veces, como en la radiosa figura que abre de

par en par las puertas de las montañas, sobre el pedestal de la estatua

del general Sarmiento, es un puro gozo...»

Ernest Lajeneusse, a quien he pedido su juicio sobre el particular, me

dice: «No es extraño, querido compañero, lo que ha pasado en su ciudad,

Buenos Aires, con el Sarmiento, pues ya en la mía pasó hace ocho años

algo análogo, que sin duda habéis olvidado, y que quiero en dos palabras

recordaros: En 1892, Rodin ejecutó para una plaza de Nancy, una estatua

de Claude Lorrain. La estatua pareció muy mala, y el pedestal pareció

peor.

Las discusiones locales de la prensa envenenáronse poco a poco, y tanto

defensores como enemigos fueron poco hábiles, exaltando el sentimiento

popular hasta conseguir que las masas amenazaran destruir el monumento.

El pedestal, sobre todo, desconcertó a mis paisanos. Nadie sabía ver en

el carro romano tirado por una cuadriga y conducido por Febo, un símbolo

aplicable al genio de nuestro gran pintor de marinas.

Rodin quiso explicar su pensamiento diciendo que aquel carro era la

representación de la Luz triunfante. Ahora, ha querido aplicar el mismo

Febo, Apolo, a vuestro Sarmiento, quien, según me lo pintáis, fué un

gran educador y director de pueblos. Por mi parte, admiro a Rodin, como

Clémenceau admira la revolución francesa; _en bloc_. Admiro en él lo

claro y lo obscuro, lo definido y lo indefinido y también lo

atormentado y lo que apenas es un signo. No creo que haya otro modo de

admirarle.»

Y el poeta Jean Moreas: «Querido poeta, no me interesa mucho ese asunto

Rodin. Soy amigo del estatuario, pero no me pasmo de admiración ante su

obra. Rodin es un albañil (_maçon_) genial. Su talento es superior al de

todos los otros escultores. Buenos Aires, y cualquier ciudad, debe estar

contenta de poseer un monumento firmado por él. Vuestro.--_Jean

Moreas._»

Viendo el _Pensamiento_ de Rodin, he pensado que más que Apolo, vencedor

de las tinieblas, habría quedado como un hermoso símbolo, en el pedestal

de la estatua, aquella admirable obra maestra. La cabeza bella de vida

interior, que surge del bloque puro, en donde está aún aprisionado el

cuerpo que ha de surgir a plena luz, lleno de movimiento y listo para la

acción.

Recuerdo también algo que me refiriera en el taller de Víctor del Pol,

en Buenos Aires, el nieto del ilustre luchador, Augusto Belín Sarmiento.

El grande hombre alguna vez que se hablara de su estatua delante de

él--¡oh, él estaba seguro de ella!--exclamó: «¿El mejor monumento que se

me podría levantar? Ir a la Cordillera y arrancar un buen pedazo de

picacho andino, y traerlo a Buenos Aires y plantarlo en donde quisieran.

En la piedra bruta, en la roca viva, grabar _Sarmiento_; y nada más.»

Y a fe que el gran original tenía razón.

Peregrinaciones Obras Completas Vol. XII · 第 20 / 73 题