Así como para comprender en toda su intensidad la obra musical de
ciertos autores, hay que escucharla varias veces y formar con ella una
especie de intimidad mental, una escultura de Rodin invita y obliga a
mirarla mucho y muchas veces. He pensado en una escultura «di camera»,
como se ha hablado de una literatura «di camera». Hay, pues, fuertes
razones para que Rodin no sea accesible a la muchedumbre y, por lo
tanto, que sus obras monumentales escollen. Los monumentos son hechos
para las muchedumbres. La muchedumbre gusta de los grandes conceptos
claros, de la retórica y de la oratoria. Un soneto de Mallarmé o un
cuento de Poe no son para recitados en público.
Así, la belleza de cierta parte de los trabajos rodinianos es para
iniciados. A primera impresión, un visitante que no tenga prejuicio
artístico y que se detenga delante de algunas estatuas, no verá nada. La
muchedumbre, por su parte, no comprendería, en absoluto. La simbólica de
los decoradores de la Edad Media era interpretada, en los muros de los
templos, en las tallas de las catedrales, en altares y puertas, por un
pueblo cuya alma sencilla tenía fe, tenía esperanza e ideales.
La muchedumbre, la _foule_ moderna no posee ese sentido de comprensión,
envenenada de democracia, de charlatanería libresca y trabajada por
todos los apetitos.
Surge ante mi vista el blanco menhir. Conozco la historia. Si algún
_parti pris_ tengo, es el de la admiración, el de la pasión intelectual.
Y lo que brota en mi mente, primero, es la idea de que estoy delante de
un _fantasma_.
Esto evoca las fotografías espiritas y las figuras de los malos sueños.
Y todos los artículos de revista y la decidida voluntad de admirar, no
impiden mi temorosa incomprensión, y el vago miedo de que estuviese
envainada mi personalidad en la piel de un filisteo. No, decididamente,
después de tomar por varios caminos, no entiendo del todo. Se trata de
la más plástica de las artes. ¿Para qué haber modelado de antemano con
loable tenacidad anatomía del autor de la _Comedia Humana_ para venir a
presentar esa cara deforme y esos grandes pies que se escapan de esa
salida de baño? Miro de frente, y un profundo respeto por el genial
artista no contiene la vaga sonrisa que se escurre a la violenta
imposición de un aspecto de foca. ¡Deliberadas faltas de ortografía del
Arte! _M’introduire en ton histoire..._ Miro detrás y la masa inclinada
clama por un puntal. Miro de lado y el dolmen elefantino se obstina en
no querer revelarme su secreto. Entonces, con resolución completa, no me
acepto a mí mismo, me increpo y me llamo en alemán _bildungphilister_,
para castigarme por el lado de Nietzsche. Persisto en creer en la
lealtad de Rodin. Sacerdote de la síntesis, nos habrá querido dar la
esfinge moderna o la fórmula de un arte futuro.
Sus amigos de exagerado entusiasmo han aumentado la bruma sibilina, por
sus distintas maneras de explicar, por sus contradicciones y por sus
feroces ataques al simple burgués y al artista o crítico que no piensa
como ellos. André Veidaux propone como lógica suprema, como medio de
convencimiento decisivo, los puñetazos. El dulce anarquista llama como
eufemismo, a tal sistema, «discurso atlético.» Confieso que no me
complace mucho el box como _última ratío_ artística.
Cuenta León Maillard que cuando se inauguró el monumento de Claude
Gelée, un senador exclamó: «Nosotros encontramos mala esta estatua, y
sin embargo, no somos bestias.» No suelen ser propiamente los senadores
jueces en asuntos intelectuales; pero el ser senador no excluye el tener
talento o buen gusto. Hugo lo fué; y un bibliotecario del senado hubo
aquí que se llamó Leconte de Lisie. La frase del senador de Maillard la
han repetido infinitos visitantes a la exposición Rodin...
Insistiré sobre la dificultad de que la estatuaria monumental rodiniana
llegue a tener éxito a los ojos de las ciudades. No me refiero a joyas
armoniosas que habría podido bañar con su luz el cielo griego, como la
_Edad de Bronce_, o el _San Juan Bautista_. El monumento a _Claude
Gelée_ es una maravilla de concepción, y sin embargo, costó mucho que
fuese aceptada por la ciudad de Nancy. Los _Burgueses de Calais_, poema
de poemas de fuerza, cuyo conjunto es la obra compuesta más conmovedora
que se pueda contemplar y cuyas figuras aisladas son otras tantas obras
maestras--entre todas el portallave, cuyas piernas se afirman en tierra
con viviente energía y en cuya faz se revela el sencillo heroísmo
doloroso--tuvo también grandes dificultades municipales. El primer
_Víctor Hugo_ no fué aceptado.
El segundo, soberbio de grandeza, ser hecatonquero, pensativo gigante
lírico que oye la voz de los elementos, creemos que será erigido
triunfantemente: excepción. El _Balzac_, ya conocéis el escándalo que
produjera cuando fué exhibido por primera vez. La _Patria vencida_, o
el genio de _La guerra_ no fué aceptada en el concurso a que se
presentó. Ignoro cómo en los Estados Unidos fué recibida la estatua del
general Lynch; pero en la _maquette_ que he visto, no encuentro ni el
genio raro del autor, ni la gracia elegante de un Carrier-Belleuve. Se
habla de un monumento a _Vicuña_, en Chile. No hay aquí de él ni
_maquette_, ni fotografía.
En cuanto al _Sarmiento_, que ha despertado en Buenos Aires las mismas
tempestades que aquí el _Balzac_, no me es posible deciros nada. Aquí se
exponen varias fotografías. Conozco las distintas opiniones de la prensa
argentina, los rudos mazazos del Sr. Groussac, los líricos y sutiles
comentos de Eduardo Schiaffino y la necesidad de vigilancia policial
para librar el monumento de la indignación iconoclasta. No me ha
ruborizado esto último; aquí se ha hablado de amenazas semejantes, así
sea por boca de humorista.
Los que han visto el _Sarmiento_, admiran la obra, sobre todo el
pedestal, el Apolo. André Veidaux dice de él en un reciente estudio
sobre el estatuario: «Pronto va a enviar al Sur de América el bronce del
presidente _Sarmiento_, cuyo pedestal, un altorelieve de Apolo, es una
cosa maravillosa de decoración, un prodigio desconcertante de gracia
olímpica y de brillante juventud. Espanta de arte este efebo bañado de
luz y de belleza...» Opinión francesa. Ved ahora una inglesa, de Arthur
Symons, el exquisito escritor y crítico de ultra Mancha: «Pero siempre,
en el mármol, en el menor boceto de barro, existe el éxtasis. A menudo
es un éxtasis perverso; a veces, como en la radiosa figura que abre de
par en par las puertas de las montañas, sobre el pedestal de la estatua
del general Sarmiento, es un puro gozo...»
Ernest Lajeneusse, a quien he pedido su juicio sobre el particular, me
dice: «No es extraño, querido compañero, lo que ha pasado en su ciudad,
Buenos Aires, con el Sarmiento, pues ya en la mía pasó hace ocho años
algo análogo, que sin duda habéis olvidado, y que quiero en dos palabras
recordaros: En 1892, Rodin ejecutó para una plaza de Nancy, una estatua
de Claude Lorrain. La estatua pareció muy mala, y el pedestal pareció
peor.
Las discusiones locales de la prensa envenenáronse poco a poco, y tanto
defensores como enemigos fueron poco hábiles, exaltando el sentimiento
popular hasta conseguir que las masas amenazaran destruir el monumento.
El pedestal, sobre todo, desconcertó a mis paisanos. Nadie sabía ver en
el carro romano tirado por una cuadriga y conducido por Febo, un símbolo
aplicable al genio de nuestro gran pintor de marinas.
Rodin quiso explicar su pensamiento diciendo que aquel carro era la
representación de la Luz triunfante. Ahora, ha querido aplicar el mismo
Febo, Apolo, a vuestro Sarmiento, quien, según me lo pintáis, fué un
gran educador y director de pueblos. Por mi parte, admiro a Rodin, como
Clémenceau admira la revolución francesa; _en bloc_. Admiro en él lo
claro y lo obscuro, lo definido y lo indefinido y también lo
atormentado y lo que apenas es un signo. No creo que haya otro modo de
admirarle.»
Y el poeta Jean Moreas: «Querido poeta, no me interesa mucho ese asunto
Rodin. Soy amigo del estatuario, pero no me pasmo de admiración ante su
obra. Rodin es un albañil (_maçon_) genial. Su talento es superior al de
todos los otros escultores. Buenos Aires, y cualquier ciudad, debe estar
contenta de poseer un monumento firmado por él. Vuestro.--_Jean
Moreas._»
Viendo el _Pensamiento_ de Rodin, he pensado que más que Apolo, vencedor
de las tinieblas, habría quedado como un hermoso símbolo, en el pedestal
de la estatua, aquella admirable obra maestra. La cabeza bella de vida
interior, que surge del bloque puro, en donde está aún aprisionado el
cuerpo que ha de surgir a plena luz, lleno de movimiento y listo para la
acción.
Recuerdo también algo que me refiriera en el taller de Víctor del Pol,
en Buenos Aires, el nieto del ilustre luchador, Augusto Belín Sarmiento.
El grande hombre alguna vez que se hablara de su estatua delante de
él--¡oh, él estaba seguro de ella!--exclamó: «¿El mejor monumento que se
me podría levantar? Ir a la Cordillera y arrancar un buen pedazo de
picacho andino, y traerlo a Buenos Aires y plantarlo en donde quisieran.
En la piedra bruta, en la roca viva, grabar _Sarmiento_; y nada más.»
Y a fe que el gran original tenía razón.