La primera nieve del año caía sobre París, y yo iba, al amor de su
blancura, a lo largo del bulevar du Port-Royal, camino del templo
neocristiano de Swedenborg, situado en la rue Thouin. Había visto en el
_New York Herald_ que el servicio era público y que se efectuaba el
primero y tercer domingo de cada mes. Luego, la casualidad en la forma
del pintor de Groux me había puesto en contacto con un singular
personaje; artista e iluminado, que pretende nada menos, y sus razones
ha de tener, revolucionar la música en el mundo. He nombrado a M. G.
Núñez, sobre el cual y su obra rara he de volver en ocasión próxima. M.
Núñez, iniciado desde hace largo tiempo en las doctrinas
swedenborguianas, que guían hacia lo que se llama la Nueva Jerusalén,
hombre culto y ferviente de fe, se ofreció a ser mi compañero en mis
místicas investigaciones.
Cuando llegamos a la iglesita no había en ella ninguna alma. El aspecto
del lugar me pareció el de una capilla protestante cualquiera. Sobre un
fondo azulado se destaca la cátedra. El recinto, apenas si dará cabida a
más de doscientas personas. Hay una galería alta, a graderías. En ella
está el armonium para cantar los himnos. A los lados de la cátedra, dos
ramas de pino, ignoro el por qué--en dos macetas.
Poco a poco fueron llegando los fieles. Tipos de viejas viudas, jóvenes
pálidas, un anciano de aspecto militar, y algunos gentlemen de
apariencias mundanas, quizá curiosos, o periodistas como yo. Por fin,
después de largo esperar, apareció el pastor, un hombre de cierta edad,
manera de empleado de gobierno o de profesor de lenguas, o antiguo
tenedor de libros; pero con ojos de visionario y rostro moldeado de fe.
Nos levantamos para rezar la oración del comienzo, el Padrenuestro, con
una frase agregada. Después de: «Mas líbranos, Señor, de todo mal», hay
que decir: «Porque tuyos son el reino, el poder y la gloria.»
El pastor abre una Biblia y comienza a comentar el _Génesis_.
Es una exégesis absolutamente voluntaria, como cierta doctrina
etimológica. Las palabras adquieren los sentidos más caprichosos, y es
una sorpresa el ver salir de donde menos pensáis una porción de cosas
que os producen irresistible estupefacción. Este es, por otra parte, el
sistema del maestro sueco cuya iniciación en los divinos misterios
empezó con estas palabras, un tanto confianzudas, que le dirigiera un
ángel: _¡No comas tanto!_
Concluído el comento de la Biblia, el pastor hace una seña, y el
armónium ataca un himno cristiano que los asistentes corean con más o
menos afinación. Yo dirijo la vista alrededor. ¡Somos muy pocos! y,
prudentemente, expongo a mi acompañante mis temores de un escaso éxito
neohierosolimitano. Pero él, bravo varón de fe, me contesta en español
que pudo ser oído de toda la asistencia. «¡No importa! Con menos gente
empezó su iglesia Nuestro Señor Jesucristo!» El pastor vuelve a hablar y
expone, en un largo discurso, doctrinas, propósitos y esperanzas. Dice
cosas curiosas y originales, entre ellas la exposición de lo siguiente;
«La primera iglesia de Cristo ha concluído. Empieza la nueva. Aquí no
triunfaremos. Europa está cerrada y gastada para nosotros. (¡Ya lo decía
yo!) Y ¿sabéis por qué el cristianismo católico o protestante no ha
podido ser propagado en Asia y en África? Porque Dios ha dispuesto que
esos numerosos millones de hombres sean catequizados por la Nueva
Jerusalén. El mundo negro y el mundo amarillo, la China, el Japón, la
India, el África toda, son para nosotros.» Después otro himno, otra
oración, y, con los brazos extendidos, el pastor nos bendice. ¿Quién
sabe cuándo y dónde el espíritu sopla? Yo recibo la bendición con toda
seriedad y fervor. Y, mientras las gentes se van, me dirijo a abordar al
sacerdotal funcionario. M. Núñez me presenta como un adepto. Quiero, con
timidez, explicar que no soy propiamente eso; pero ya el pastor me ha
colmado de estimulantes palabras; y, al saber que soy de Buenos Aires,
creo ver en sus ojos esta admonición: «Ve, y enseña a todas las
gentes». Buenos Aires, qué conquista para la nueva iglesia! Al saber que
soy periodista, me conduce al piso alto de la casa vecina, unida a la
iglesia, en donde vive Mme. Humann, la sacerdotisa swadenborguiana, la
cual ha de darme todos los detalles que necesite. Mme. Humann, fuerte
norteamericana, todavía agradable y bastante simpática, me da,
complaciente unas cuantas noticias, en su francés marcado de vigoroso
acento anglosajón. Me habla de los progresos de su religión, y de la
guerra que hacen a la Nueva Jerusalén los católicos y sobre todo los
jesuítas. Pero esta religión vencerá por fin. Es la verdad y la viuda
Swendeborg, teólogo para yanquis, ha expuesto el ideal supremo. La
señora expone la «plataforma» espiritual admirablemente, y habla de la
vida eterna como de una compañía de seguros. Por otra parte, ella es
sincera, y ha gastado muchos miles de dólares en la empresa mística,
_limited_, como todas las religiones de los Estados Unidos. Me muestra
la biblioteca, en donde compro unos libros, y parto de nuevo, bajo la
nieve.
Al día siguiente, recibí del amable pastor la carta siguiente:
«Señor:--Ayer me habéis pedido que os diese una ligera idea sobre el
estado actual de la Nueva Jerusalén, o Verderada Religión Cristiana en
Francia.
»Respondo a vuestro deseo y os envío estas líneas bien incompletas en
verdad, para tratar un asunto tan vasto, pero que considero como una
simiente que esparciréis en un medio nuevo para nosotros, con la
esperanza de verla fructificar, y mostrar a vuestros lectores que todo
no es sino ruina y obscuridad sobre nuestra tierra.
»Leemos en Mateo XXIV 3: «Dinos cuando eso será, y cuál será el signo de
tu Advenimiento y de la consumación del siglo?»
»Véase también en Marcos XIII.--Lucas XXI 7 y también en los Actos de
los Apóstoles.
»En esa frase del Señor estaba significado su segundo Advenimiento al
fin de la primera Iglesia Cristiana, fin que hoy es llegado.
»La Nueva Iglesia es la Iglesia del Segundo Advenimiento de Nuestro
Señor, y tal como existe hoy en Francia y en Paris en particular, no es
aun sino como un niño recién llegado a la primera edad.
»Su centro principal está situado como sabéis, 12 rue Thouin en donde
posee un templo y una biblioteca.
»El templo fué construído en 1883, por M. y Madame Humann que dedicaron
a ello una parte de su fortuna, y cuya vida ha sido enteramente
consagrada a perfeccionar bajo los auspicios de Dios una obra tan
loable.
»M. Humann está en el otro Mundo desde hace cuatro años poco más o menos
y Mme. la viuda Humann continúa el trabajo de su marido con el
desinterés más absoluto.
»El culto se hace por un pastor, a las tres, el primero y tercer domingo
de cada mes, según los principios más puros de la Nueva Jerusalén y
todas las enseñanzas deseables se dan a cualquier persona que llega en
busca de la verdad.
»Nuestros principios están fundados sobre el amor de Dios y el amor del
prójimo; la libertad más grande es nuestra base, pues nada puede crecer
ni desarrollarse sin la libertad.
»Nuestro número va en aumento cada año, y no hay que fijarse en la
presencia de los fieles en el templo para hacer una apreciación
cualquiera sobre nosotros, pues muchos otros miembros que los que
asisten, conocen nuestras doctrinas, sin necesidad de estar presentes
entre nosotros.
»No somos ni una secta del protestantismo, ni una rama cualquiera del
catolicismo: somos una viña nueva plantada por el Señor para regenerar
el mundo y conducirle a su Dios.
»Para todo espíritu exento de prevenciones en contra de nosotros, es de
toda evidencia que tiempos nuevos son llegados y que solamente una
religión nueva debe esclarecer el mundo.
»Estamos actualmente como en la misma época del nacimiento de Jesucristo
Nuestro Señor. Una estrella brilla en el cielo, estrella más brillante
que la primera, y que en su marcha debe arrastrar a la humanidad entera
con ella.
»He aquí, señor, en pocas palabras, los detalles que yo puedo daros para
LA NACIÓN, dejándoos el cuidado de tratarlos con sinceridad, sin _parti
pris_, contra nosotros.
»Soy, señor, vuestro afectísimo.--_F. Hussenet_, pastor de la Nueva
Jerusalén.»
No, señor pastor, no tengo ninguna prevención contra vosotros. ¡Al
contrario! Me sois altamente simpáticos, con vuestras creencias, en
medio de un mundo sin fe, con vuestro altruismo, o mejor con vuestra
caridad, en medio de un mundo sin amor. Y el profeta anunciador no puede
ser más grato a los ojos de quien admire la potencia de la voluntad y la
gracia de la fantasía. Solamente a esta religión le miro la cara un poco
hugonota y el espíritu un poco mahometano, así sea nada más la
concepción demasiado naturalista del paraíso, en donde, exceptuando la
poligamía, podremos, los que merezcamos, gustar todos los deleites de
las Mil y una noches.
Swedenborg, una especie de Flammarión con genio, de Julio Verne místico,
de Wells teólogo e iluminado, atrae las imaginaciones, aminorando quizás
un tanto el vuelo celeste, los detalles de una existencia demasiado
práctica para los espíritus puros, sujetos a la alimentación, por
ejemplo, como en la tierra, y al matrimonio sin divorcio. Bien es verdad
que todo pasa en el mejor de los mundos y en un ambiente y bajo una ley
absolutamente angélicas. Swedenborg conversaba con los ángeles, conoció
en vida, el cielo, que, como el infierno, tiene la forma humana; visitó
Júpiter, Marte y Mercurio, cuyos maravillosos países describió, así como
M. Sardou ha dibujado después sus arquitecturas, guiado por los
espíritus. Se comprende que un hombre como Kant no le haya dedicado más
de una dura sonrisa.
Leída la obra de Swedenborg se admira el prodigioso talento e ingenio
de este varón, cuya sinceridad es innegable y fué sostenida hasta las
últimas palabras de su muerte.
El pastor antecesor de M. Hussenet, que se llamaba M. Decembre, decía a
Jules Bois en una visita que este escritor le hizo: «Swedenborg es un
hecho excepcional, y, por mi parte, estoy lejos de admitir toda su
doctrina de visionario. No veo, según mis luces, sino los sueños o las
pesadillas de un genio; no admito así, con el profeta, que «los
africanos piensan de una manera más espiritual que los otros pueblos y
que los ángeles tienen un sexo.»
La libre interpretación de la Biblia tiene sus inconvenientes que ya
previenen los santos padres, y una fe que se basa en absoluto en la
razón, es decir, un contrasentido, no creo yo que tenga esperanzas de
triunfo, ni entre los chinos, ni entre los negros.
El swedenborguismo, o la Nueva Jerusalén, rama de las mil que le han
salido al cristianismo, sobre todo en el fecundo terreno de los Estados
Unidos, fué introducido en Francia por el año de 1837.
M. Le Boys de Guays inició un culto público en Saint-Amand en 1837, y un
cura católico, el abate Ledru, predicó primeramente las flamantes
doctrinas en Chartres. En París comenzó el culto en casa de M.
Broussais, y luego M. Humann, abogado construyó el templo con el apoyo
de su mujer.
Hay aquí mismo otro centro de reunión, disidente, en donde se hacen
evocaciones, y cosas un tanto diabólicas según los verdaderos fieles.
El número de iglesias en EE. UU., e Inglaterra es crecido según se
dice. En Italia, en no sé qué ciudad, hay un pequeño centro, y en la
América del Sur, creo que solamente en el Brasil existe la propaganda
bajo la dirección del Sr. Lafayatte. Vagamente sospecho que se me ha
querido convertir en el Jonás de la República Argentina. Pongo, con
modestia, mi dimisión, y dejo el puesto para otro que lo quiera tomar.
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