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I
1.º de Julio de 1900.
Antes de visitar la exposición Rodin he leído todo lo que del gran
artista y su obra se ha publicado, desde los ditirambos de los que le
juzgan un dios, hasta los ataques en que se declara poco menos que un
imbécil. La bibliografía rodiniana es ya bastante considerable. Luego,
me propuse apartar de mi mente todas esas opiniones, ir sin prejuicio
ninguno, a entregarme a la influencia directa de la magia artística,
poniendo tan sólo de mi parte, el entusiasmo y el amor que guardo por
toda labor mental de sinceridad y conciencia, por todo osado trabajador,
por todo combatiente de bellos combates. Después de mi primera visita,
volví varias ocasiones. Una sola estatua me ocupaba a veces una hora
larga.
Quería oir la voz misteriosa de la plasmada materia, el canto de la
línea, la revelación del oculto sentido de las formas. Me atrevo a
decir--no sin cierto temor--, que comprendo a Mallarmé--en Madrid, me he
sublevado contra los que no entendían la música de Vincent D’Indy; he
leído a Rene Ghil, sacando algún provecho, cosa que parece bastante
difícil; soy apasionado de Odilón Redon, de Toroop, de Rops; he
publicado un ingenuo libro de admiración que se llama _Los Raros_...
Pues bien, al hacer mi suma de impresiones sobre la obra de este potente
escultor, indudablemente el primero de su tiempo, estoy desconcertado.
Los críticos de arte no me han servido para maldita la cosa, sino para
amontonar a los ojos de mi pensamiento innumerables contradicciones.
Ante ellos la obra rodiniana es como esos barriles de los
prestidigitadores, que por una sola espita dan el licor que place a cada
cual. Hay en ella lo que se le antoja a no importa quién. Es el caos y
es el cosmos. El uno habla de la filosofía; el otro se ase al generoso
símbolo; el otro encuentra su manía social; el otro su visión ocultista.
Yo expondré, con toda la transparencia de que me siento capaz, este
resumen: he hallado a dos Rodines: un Rodin maravilloso de fuerza y de
gracia artística, que domina a la inmediata, vencedor en la luz, maestro
plástico y prometeico encendedor de vida, y otro Rodin cultivador de la
fealdad, torturador del movimiento, incomprensible, excesivo,
ultraviolento, u obrando a veces _como entregado a esa cosa extraña que
se llama la casualidad_. Procuraré explicarme.
Al contemplar la mayor parte de esas esculturas, rudos esbozos, larvas
de estatuas, creaciones deliberadamente inconclusas, figuras que
solicitan un complemento de nuestro esfuerzo imaginativo me preguntaba:
¿dónde he visto algo semejante? Y era en las rocas de los campos, en los
árboles de los caminos, en el lienzo arrugado, en las manchas que la
humedad forma en los muros y en los cielos rasos, o en la gota de tinta
que aplastáis entre dos papeles. Esto último resultó súbitamente a mi
vista delante de algunos dibujos del maestro que han sido apuntes y
documentos para la realización de formas esculpidas y plasmadas.
Una página de Eugene Carrière vino en mi ayuda. «El arte de Rodin, dice
el gran pintor, sale de la tierra y a ella vuelve, semejante a los
bloques gigantes, rocas o dólmenes que afirman las soledades, y en cuyo
heroico engrandecimiento se ha reconocido el hombre. La transmisión del
pensamiento por el arte, como la transmisión de la vida, es obra de
pasión y de amor. La pasión, de que Rodin es el servidor obediente, le
hace descubrir las leyes que sirven para expresarla, es ella la que le
da el sentido de los volúmenes y de las proporciones, la elección del
relieve expresivo.
«Así la tierra proyecta sus formas aparentes, imágenes, estatuas que nos
penetran del sentido de su vida interior. Son esas formas terrestres las
que fueron iniciadoras verdaderas de Rodin.» Se trata, pues, desde
luego, de un gran espíritu libre, cuyo director es la naturaleza misma.
Al pasar la cordillera de los Andes, ¿no habéis visto los colosales
frailes de piedra que en la roca viva ha esculpido un cíclope y divino
escultor? Ese es el maestro de Rodin. Éste persigue conscientemente el
arte inconsciente de la naturaleza. Tal figura suya os trae a la
memoria el bifurcado tronco de un árbol; otra, el gesto extraño que las
aguas han labrado en una piedra, a la orilla del mar; otra, los
caprichos que chorrea en amontonadas estalactitas, la cerca de un cirio.
Lo que se manifiesta más imperiosamente es el don singular de poner en
esas formas, una suma de vida que al contemplador causa un insólito
pasmo. Mas confieso que hay muchas obras delante de las cuales el
pensamiento no encuentra vía. Algunas figuras en su preconcebida rudeza,
en obligadas posiciones y con el procedimiento rodiniano que descuida el
detalle, me despertaron la idea de no sé qué vaciados hechos en
desenterradas Pompeyas o Herculanos.
La prensa, las distintas interpretaciones de los críticos de arte, y las
exageraciones del snobismo, causaron a Rodin bastante daño. Se ha
querido y se ha conseguido que su obra excéntrica prive sobre su obra de
claridad vibrante, de vigor plástico indiscutible, que no entraña más
que la formidable omnipotencia de la belleza, sobre todos los
procedimientos y sobre todas las escuelas. Mirbeau ha tenido razón, los
señores de la crítica han dicho lo que se les ha antojado, menos que
Rodin es un artesano genial, que en su oficio, y en su consagración
realiza el milagro sin imponerse tareas sociales, mitos trascendentes,
fórmulas esotéricas. Claro es y es sencillo, que todo espíritu
investigador, y sobre todo, el imaginativo, puede sacar lo que quiera de
esa misteriosa e inextricable complicación de formas y de movimientos.
El milagro es la revelación subitánea de la vida, el encuentro en la
materia, de la voluntad humana, del designio del artista, con la
voluntad suelta y el designio de la naturaleza, que tiende a decir su
secreto, a formular su íntima esencia. Si Rodin no fuera Rodin, habría
franqueado el paso de lo sublime a lo ridículo. Felizmente para él, no
le invade la «literatura». Es un dedicado, un consagrado a su caza de
gestos, a su persecución de actitudes. Lo que no se puede poner en duda
es su sinceridad, su lealtad al arte. A lo más se podría suponer que la
influencia de sus intérpretes literarios y la humareda de la lucha
intelectual encendida alrededor del _Balzac_, le han afianzado en su
propósito de firmeza en el choque deliberado con el ambiente normal que
le rechaza. Él obliga a inclinarse ante su fuerza, ante su estupendo
gozo dionisiaco. Aplico la palabra en el sentido nietzschiano; pues si
Rodin demuestra una innegable tendencia a lo _feo_, ello vendrá de lo
que Nietzsche denomina _la necesidad de lo feo_--absolutamente
griega--«la sincera y áspera inclinación de los primeros helenos hacia
el pesimismo, hacia el mito trágico, hacia la representación de todo lo
que hay de terror, de crueldad, de misterio, de nada, de fatalidad, en
el fondo de las cosas de la vida». Espíritu aislado, como todos los
grandes, va solo. «Es de la raza de los que _marchan solos_», dice de él
un severo y apostólico artista, Jean Paul Laurens. Además, su armadura,
a los golpes de los que le atacan, resuena con hermoso resonar. Está
construída de lógica, a martillazos ciclópeos. Lo que constituye su
talón aquíleo es su tácita sujeción a la idea de los críticos
oraculares, el querer hacer símbolo e intelectualismo, cuando su fuente
propia está en el sentimiento, en un gran sentimiento, y en la pasión,
en una gran pasión. Es el divino escultor del _Beso_, el robusto creador
de los _Burgueses de Calais_.
Por la tanto, os perturban, os desconciertan, labores como ese _Genio
del Reposo eterno_, que encontráis frusto e incomprensible, sobre todo
cuando recordáis el Praxiteles del Louvre en idéntica interpretación.
Entre árboles que la primavera anima está la casa en que el maestro ha
juntado su producción: entre árboles, como un templo antiguo de Grecia.
Hay días de moda, los viernes: «--¡Oh, marquise!--¡Oh ma chère!» Entra
baste gente y los ingleses, como ya lo debéis suponer, abundan. Hay
quienes sonríen, desde la entrada, como si entraran a un lugar vedado, y
quienes tienen aire de decir a la humanidad toda: «¡Ah, imbéciles! entro
en mi casa».
Ya en el interior, comienza la lucha de sensaciones.
Al pasar, sentís cómo os asen las manos de la vida, cómo os penetran los
ojos, cómo os envuelve el aliento. Súbitamente, al entrar, _la Guerra_.
Se ha hablado al tratar de ella, de la victoria de Samotracia como único
parangón. Pero, ante todo, debo declarar que no concibo en Rodin un
representativo del espíritu griego; Rodin no tiene de Grecia más que el
concepto de la tragedia; es la máscara trágica la que le obsede. Vida,
sí; pero _humana_, mientras en el arte puro griego existe la imposición
de la vida _divina_. Ahí está la suprema particularidad de Rodin, en
haber buscado y encontrado la fórmula de todo lo que el cuerpo humano
tiene de extraño, en el movimiento, en el gesto, en la certificación de
la vida. Pero no hay en él la virtud olímpica de Fidias, de Proxíteles,
de los antiguos maestros helenos. Se comunica con los dioses inferiores.
Una náyade, un fauno, una sirena, son suyos; mas con Júpiter o Apolo, se
desequilibra. Cuando ha querido representar a Apolo, lo ha concebido
soberbiamente, sobre las hidras, esparciendo la luz, creando las ideas;
y la ejecución nos ha dado un muchacho agradable que no nos convence en
su excelente mímica, de ser la encarnación de tan estupendo símbolo. La
culpa es del predominio absolutamente humano y realista que existe en la
obra de Rodin. La _Guerra_ es de pequeñas dimensiones, y, como os he
dicho, está a la entrada. Cuesta, indudablemente, detenerse, y no pasar,
de modo sumario, a ver la gran masa blanca, el esfídgico volumen, la
piedra de escándalo, el _Balzac_, que advertís en el centro de la sala,
entronizado dominador. Y la _Guerra_, es de fuerte magnificencia. Esas
dos figuras, el genio clamoroso y el combatiente caído, son dignos
liminares de la exposición. Os certifican la influencia del genio, o si
queréis mejor, del estupendo _instinto_, las soberanas anatomías,
vibrantes de una idea simbólica y trascendente. Los brazos del genio
abarcan toda la furia humana. Hasta el detalle del ala doblada, expresa
el soplo de tempestad. El soldado musculoso que cae herido, dice la
muerte y el desastre. Luego, os detiene una muchedumbre de figuras y
figuritas como inacabadas, como proyectadas, y que sin embargo, se
expresan definitivas. Y os cuesta convenceros de que sea el autor de
esos caprichos minerales, de esas bizarras cristalizaciones, el mismo
que ha hecho la bellísima _Edad de bronce_ que erige su espléndida
desnudez en el jardín del Luxemburgo.
¿Qué se os incrusta, sobre todo, en el cerebro, en medio de la
contemplación? La obsesión de los elementos sexuales. Siendo el amor la
ley de lo inmortal, Rodin lo clama a cada paso, hijo de la tierra,
formulador de expresiones. Una cabeza de mujer, sugiere, en el mármol,
la supremacía del abrazo, el límite del gozo. La vaga sonrisa, la
revelación facial, son el poema. En _l’emprise_, es la victoria de la
fuerza masculina en la conquista amorosa; eso es rudo, primitivo,
elemental. Un fauno corre por el bosque--vosotros evocáis el bosque o
rememoráis el verso de mi muy querido amigo Moreas:
Hier j’ai rencontré dans un sentier du bois
Où j’aime de ma peine á rêver quelquefois...
un fauno corre por el bosque llevando a una ninfa; es todo el pillaje
selvático, la franca y alegre lujuria bajo el imperio de Dionisio. En
otro grupo es la mujer, presa de las potencias amorosas la que vence al
hombre. La osadía de las líneas canta la derrota del macho y al propio
tiempo su victoria. Otro fauno porta a otra mujer, en un impulso
glorioso. Y los motivos y los sujetos poemales se suceden. Venus y
Adonis moribundo; sirenas y un tritón, que hacen comparar esta poesía
escultórica de Rodin con uno de los más bellos y valientes cuadros de
Boeklin; y un sinnúmero de intenciones y documentos plasmados:
mujercitas de yeso con los pies para arriba, o acurrucadas, o en
posiciones imposibles; martirizados torsos, lazos inextricables de
brazos, de piernas; una faunesa que a primera vista os parece una rana;
sobre un gran libro una funámbula de Liliput. Y no halláis qué pensar.
Aquí decís: «este hombre es supremo»; y allá: «a este hombre le gusta el
_titeo_»; y más allá: «este hombre es un genio»; y más alla: «este
hombre está loco». Digo la verdad de mi impresión.
Y sátiros y más sátiros, y mujeres desnudas y más mujeres desnudas. Todo
sincero, leal, franco, sin maldad, sin perversidad.