II

--Voy a ver, dije, en qué consiste la superioridad de los anglosajones.

Mi acompañante norteamericano me contestó:--era al entrar al pabellón de

los Estados Unidos en el _quai d’Orsay_:--El congreso de U. S. A., votó

un crédito de 7.500.000 francos.

¡Y todo está muy bien!, repliqué.

--_¡All righ!_ afirmó.

Sobre la cúpula presuntuosa, el águila yanqui abría sus vastas alas,

dorada como una moneda de 20 dólares, protectora como una compañía de

seguros.

--Ustedes, dije a mi amigo, que tienen buenos arquitectos y hasta la

vanidad de un estilo propio, ¿por qué han elevado un edificio romano en

vez de un edificio de Norte América?

--No hubiera quedado muy bien, contestóme--, una casa de 20 pisos; a no

ser que la colonia viniese a vivir en ella. En cuanto a lo romano, nos

sienta perfectamente.--Nosotros también podemos decir hoy: _Civis_, etc.

En el pabellón imponen el repetido motivo del Capitolio. En dimensiones,

_es el más alto de todos_. Sobre la base arquitectural cuadrangular, se

alza la vasta cúpula, en la que se posa el glorioso pájaro de rapiña.

Hay un arco al lado del Sena sobre el cual la Libertad en el carro del

Progreso, es llevada por una cuadriga; entre las columnas corintias del

arco, el general Washington está montado a caballo.

Entramos. Mister Woodward ha dicho: «En lo interior de ese monumento el

americano estará en su casa, con sus amigos, sus diarios, sus guías, sus

facilidades estenográficas, sus máquinas de escribir su oficina de

correos, su oficina de cambio, su _bureau_ de informes, y hasta su agua

helada.» Y mister Woodward tenía razón a fe mía.

Al penetrar en el gran hall, no encuentro sino compatriotas de Edison

que van y vienen, o leen periódicos, o consultan guías, o toman agua

helada, y oficinas por todas partes, en un ambiente de la Quinta

Avenida. Allí hay un salón de recepción de la comisaría; más allá, una

serie de buzones; más allá, telégrafo; más allá un banco.

--¿Quiere usted cambiar algunos geenbacks, o águilas americanas? me

pregunta mi yanqui. Le contesto con mi modestia latina, que propiamente

en ese instante, no tengo tales intenciones... Y agrego: «¡Las águilas

vuelan tan alto como las odas!...»

A los dos pisos superiores se sube en ascensor _made in United States_.

--Aquí, me dice mi sonrosado compañero--, primer premio de

_rowing_--aquí está únicamente nuestra casa, nuestro _home_. Nuestro

progreso, nuestras conquistas en agricultura, en ingeniería, en

electricidad, en instrucción pública, en artes, en ciencias, en todas

las labores y especulaciones humanas, están expuestas en los distintos

grupos de la Exposición, como ya lo habréis visto. Venimos con la

completa satisfacción de nuestras victorias. Somos un gran pueblo y

saludamos al mundo.

Le contesté con versos de Walt Whitman:

O take my hand Walt Whitman!

Such gliding wonders! such sights and sounds!

Such join’d unended links each hook’d to the next,

Each answering all, each sharing the earth with all,

Ese pueblo adolescente y colosal ha demostrado una vez más su plétora de

vitalidad. Como agricultores han ganado los norteamericanos justísimos

premios; como maquinistas e industriales han estado en el grupo de

primera fila; como cultivadores del cuerpo y de la gallardía humana un

Píndaro de ahora merecen sus atletas, discóbolos y saltadores; como

artistas, ante los latinos que les solemos negar facultad y el gusto de

las artes, han presentado pintores como Sargent y Whistler y unos

cuantos escultores de osados pulgares y valientes cinceles. En el

Palacio de Bellas Artes se han revelado nombres nuevos, como Platt, como

Winslow Homer, como John Lafargue, que aparece en la exposición con sus

temas samoanos como el R. L. Stevenson de la pintura. No, no están

desposeídos esos hombres fuertes del Norte, del don artístico. Tienen

también el pensamiento y el ensueño. Los hispano-americanos todavía no

podemos enseñar al mundo en nuestro cielo mental constelaciones en que

brillen los Poes, Whitmans y Emersons. Allá donde la mayoría se dedica

al culto del dolar, se desarrolla, ante el imperio plutocrático, una

minoría intelectual de innegable excelencia. Es tan vasto aquel océano,

que en su seno existen islas en que florecen raras flores de la más

exquisita flora espiritual. (¿En qué país de Europa se superan

publicaciones como el _Chap Book_?) Whistler ha contribuido con su

influencia a una de las corrientes en boga del arte francés

contemporáneo. En la poesía francesa modernísima dos nombres principales

son de dos norteamericanos: Villié-Griffin y Stuart Merrill. Los yanquis

tienen escuela propia en París, como tienen escuela propia en Atenas.

Entre esos millones de Calibanes nacen los más maravillosos Arieles. Su

lengua ha evolucionado rápida y vigorosamente, y los escritores yanquis

se parecen menos a los ingleses que los hispano-americanos a los

españoles. Tienen «carácter», tienen el valor de su energía, y como todo

lo basan en un cimiento de oro, consiguen todo lo que desean. No son

simpáticos como nación; sus enormes ciudades de cíclopes abruman, no es

fácil amarles, pero es imposible no admirarles. ¡Soberbios cultivadores

de la fuerza! Sus escultores parecen en este certamen sus intérpretes;

han enviado en bronce fuertes tigres, magníficos leones; Mac Monnier, el

ímpetu dionisíaco en una bacante y la libertad de la naturaleza en un

grupo de caballos; French, al bueno y fundamental Wáshington; St.

Gaudens, al bizarro Sherman, y a un puritano; una mujer, miss Herring,

su parte de poesía, simbolizada en _Eco_. Allá, en el palacio de la

decoración, mobiliario e industrias diversas, sus muestras dicen el

gusto conquistado, el _home_, que ama la comodidad y lo confortable, el

lujo, la novedad del estilo moderno, la persecución de lo elegante; sus

orfebres y plateros asientan la fama de tales labores en el país caro a

Tiffany; sus relojeros compiten con los finos franceses y los hábiles

suizos. En el palacio de la Electricidad, como en el anexo de Vincennes,

el país de Edison, conserva su prepotencia aunque la fuerte Alemania se

la disputa y en opinión de muchos se la gana. País que trabaja bien, se

nutre bien; así en el grupo de agricultura y alimentación esos

vigorosos trabajadores son ciertamente dominantes.

Han traído mucho y han traído bueno. Bajo los arcos de la soberbia

galería están _las Campanas de la Libertad_; y se exhibe la flor de lo

que produce la rica tierra del norte, de Chicago a Frisco, del Oregón a

Lusiana, de Nueva Orleáns a Nueva York. Están el trigo profuso que teme

hoy a su rival argentino; el arroz y las ricas legumbres, y sus

infinitos maíces, de los que una cocina agregada a la sección compone

platos sabrosísimos que distribuye a los visitantes: sopas de maíz,

guisos de maíz, postres de maíz. La gama de los azúcares atrae; las

carnes conservadas, los enormes jamones chicagüenses, el apretado

corned-beef evocan los innumerables rebaños, las vastas praderas del

cowboy, gaucho del yanqui, y esas exposiciones monstruos que de sus

ganados suelen hacer los norteamericanos, como aquella que una vez

celebró en _La Nación_, con su prosa lírica y pletórica, el pobre y

grande José Martí, en una correspondencia que se asemeja a un canto de

Homero. Traen vinos californianos, café, te y cervezas; y grandes

troncos de sus bosques y manzanas, cananeas, y granjas en miniatura, que

son juguetes, en donde los hombrecitos de zinc, guían caballitos de

cinc, que arrastran máquinas agrícolas sobre campos de _papier mâché_,

todo movido por mecanismo que instruye a los grandes y divierte a los

chicos. Allí hay nuevos arados, nuevas segadoras, y otros inventos que

perfeccionan y facilitan el cultivo de la tierra.

En el palacio de las Artes Liberales muestran el estado de su enseñanza,

vistas de sus escuelas primarias y secundarias, fotografías de sus

universidades, exposición de sus interesantes métodos, sus edificios

ricos y elegantes, sus jardines y parque, sus instrumentos de cirugía,

sus planos y mapas, y sus grupos de estudiantes, en sus ejercicios,

nutridos de ciencia y fuertes de sport, helenistas y remeros, y que van

con Aristóteles y Horacio a una partida de football. Y allá en

Vincennes, al lado el velódromo municipal, en una construcción propia,

una verdadera montaña de hierro y acero, en movimiento, propaga la

expansión fabril e industrial de la nueva república anglosajona, y la

potencia sorprendente de sus fraguas ciclópeas.

En la sección francesa de la exposición, en el palacio de bellas artes,

ante la _Salomé_ de Gustave Moreau, una mujer rubia, de fascinadora

elegancia, de una belleza fina y fuerte a la vez, se detiene. Largo rato

está, como poseída de la evocación, como penetrada del ambiente fabuloso

de la mágica realidad del poeta. Su mirada, su atención a la música

pictórica, su apasionado admirar, son de un espíritu muy sutil y culto.

Las gentes pasan, pasan, y se agrupan ante los militares de Detaille, o

ante las flores de la Sra. Lemaire. La rubia, cuyos ojos son divinamente

azules y cuyos labios son floralmente rojos, la bella intelectual que

esta magnetizada, clavada por la virtud del genio lleno de prestigios

que se revela en la obra del aristocrático pintor, como de esas raras y

sublimes estatuas de carne femenina, que habita por excepción un alma

de sensitiva y de soñadora: esa mujer exterioriza su alcurnia espiritual

y ante el artista es una princesa por derecho propio. Esa señorita es

una ciudadana de los Estados Unidos.

En un bar elegante. Mientras «esas damas» ríen y gallinean ante sus

botellas de champaña helado, y en sus sillas altas unos cuantos ingleses

conversan con el barman y apuran sendos vasos de whisky and soda, y en

las mesitas contiguas un mundo de alegres internacionales celebra los

placeres parisienses, entra un hombre rojo, robusto, muy robusto, con

una gran rosa en la solapa del frac, un gran brillante en un gran

anillo, y un gran habano en la gran boca. Saluda a dos conocidas y se

sienta a su lado. El barman le sonríe, el gerente le sonríe, el patrón

le sonríe, y «esas damas» le acaparan con los ojos. El fuerte varón,

gran bebedor delante del Eterno, y gran comedor, pide sandwiches, pide

porter, pide champaña y todo desaparece en su persona inmensa. Mira a

todo el mundo como sobre un pedestal. Su cara congestionada, de

gladiador que fuese cochero, refleja una suma convicción de soberanía.

Se habla de monedas y muestra luises, libras, águilas americanas. Se

habla de billetes, y compara un grueso paquete de azules del Banco de

Francia, con otro grueso paquete de espaldas verdes. Todos le observan.

Al rato, pide más champaña, se lo bebe en dos sorbos, paga, da una

respetable propina, se levanta, dos estupendas pecadoras se prenden a

sus brazos, y sale contento, augusto, brutal, colorado, gordo,

admirable! Ese es un ciudadano de los Estados Unidos.

En el concurso atlético. Los franceses han ganado la carrera de Maratón,

que en los juegos de Atenas fué lograda por un griego. Va a tirarse el

disco, va a lograrse el campeonato del mundo en ese _ludus_ antiguo, y

los griegos no encuentran rivales en el bando internacional, cuando se

presenta un joven, vivaz, hermoso, de hermosura clásica, casi

adolescente, de impecable anatomía apolónica, propio para ser trasladado

a un cuadro de gracia natural y primitiva por Puvis de Chavannes. En

cuanto los griegos le miraron tomar el disco, con el mismo ademán y la

misma planta que el discóbolo del Louvre, y con una agilidad y

elasticidad de miembros que maravillaban, se consideraron vencidos.

Triunfó en efecto el joven extranjero, triunfó serenamente y sin fatiga.

Ese joven pindárico, es un ciudadano de los Estados Unidos.

Después que Sada Yacco, la prodigiosa artista japonesa ha dado la

sensación de su extraña muerte, en _La Geisha y el daimío_, la sala del

pequeño teatro de la Rue de París, en la Exposición, queda en la

obscuridad, mientras una música discreta impregna de armonía el recinto.

Permitid que deje la palabra al recientemente malogrado Albert Samain,

pues sus versos franceses son un regalo exquisito:

Dans la salle en rumeur un silence a passé...

Pannyre aux talons d’or s’avance pour danser.

Un voile aux mille plis la cache tout entière.

D’un long trille d’argent la flûte la première

L’invite, elle s’élance, entrecroise ses pas,

Et, du lent mouvement imprimé par ses bras,

Donne un rythme bizarre à l’étoffe nombreuse,

Qui s’élargit, ondule et se gonfle et se creuse,

Et se déploie enfin en large tourbillon...

Et Pannyre devient fleur, flamme, papillon!

Tous se taisent; les yeux la suivent en extase.

Peu à peu la fureur de la danse l’embrae.

Elle tourne toujours; vite! plus vite encore!

La flamme éperdûment vacille aux flambeaux d’or!

Puis, brusque, elle s’arrête au milieu de la salle;

Et le voile qui tourne autour d’elle en spirale,

Suspendu dans sa course, apaise ses longs plis.

Et se collant aux seins aigus, aux flancs polis,

Comme au travers d’une eau soyeuse et continue,

Dans un divin éclair, montre Pannyre nue.

Panira de los talones de oro, esa figura deliciosa que el lírico

ceramista ha dejado magistralmente «en los flancos del vaso», Loïe

Fuller, en fin, es una ciudadana de los Estados Unidos.

En la nave del templo, sobre el aristocrático silencio, se alza en el

púlpito la figura severa de un orador, vibra su voz, en excelente

francés, regando frases bravas, frases generosas, palabras vibrantes,

oraciones de medula, razones, consejos cuerdos, doctrinas evangélicas

que enseñan una paz y una libertad ecuménicas. Las viejas marquesas del

faubourg Saint-Permain le oyen gustosas. Las elegantes damitas de los

cotillones se encantan con el sermón, con el discurso de ese prelado de

un país extranjero, cuyo nombre famoso va entre inciensos y rosas, por

los salones y por los Periódicos. El sacerdote dice a los franceses:

«Uníos, amad sobre todo a vuestra madre Francia; dejad vuestras luchas

interiores y consagraos a una saludable obra común.» Sus sentimientos se

propagan en entusiásticos períodos que los oyentes encuentran

admirables. El predicador es un orador, y un orador de primer orden. En

cierta ocasión, el discurso brota con mayor aliento, con gracias y

virtudes superiores; el gesto es magnífico, la voz conmueve y levanta a

la asamblea; y el lugar sagrado, el sacramento desde el altar lleno de

oro y de cirios, la solemnidad de las ceremonias anteriores, la dignidad

de los nobles asistentes, nada impide que en varios pasajes, la oración

sea aplaudida, como en un congreso, y al final, estalle con ruido la más

suelta ovación para monseñor Ireland. Ese obispo sonoro es un ciudadano

de los Estados Unidos.

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Peregrinaciones Obras Completas Vol. XII · 第 18 / 73 题