II

Abril de 1900.

«On n’a jamais admiré une rose parce qu’elle ressemble á une femme; mais

on admire une femme parce qu’elle ressemble á une rose.» Esta admirable

frase de un maestro de estética ha venido a mi pensamiento al sentir en

el palacio de la Horticultura y de la Arboricultura el suave encanto

floral de tanta exquisita colaboración de la naturaleza y del hombre

como se expone en mazos, girándulas, ramilletes, cestos y plantíos. Y he

recordado también al loco admirable que se enamoró de una flor y

mantenía por ella la pasión que se concibe únicamente por una mujer. A

la entrada de la exposición por la puerta monumental, ya se impone la

habilidad y el gusto de los modernos La Quintinil, en la ordenada gracia

de las arboledas, en la avenida elegante y noblemente decorativa, los

«parterres» con sabiduría dispuestos, y los macizos de flores nuevas que

exteriorizan como el gozo y la sonrisa de la tierra. La caricia de la

recién llegada primavera lustra las hojas de los castaños, aterciopela

los céspedes, pone como un deseo de expansión amorosa en tanta corola

fina y fresca. Aquí se ha vertido el tesoro de las _serres_, la riqueza

florida de Longchamps, del Parc des Princes, de Auteuil, aumentando el

acervo de la capital; y en los soberbios jardines de los Campos Elíseos,

poetas de la jardinería han recurrido a sus clásicos, y con ellos y la

inventiva o inspiración propia, han llevado a cabo poemas que habrían

deleitado a Poe, quien, como sabéis, consideraba este oficio, de dulzura

y de paciente ejecución, como una de las Bellas Artes.

Árboles extranjeros, frondosas pawlonias, copudos árboles de Francia,

ofrecen sombra y meditación; y los soñadores chorros de agua--tan dulces

bajo la luna y en Verlaine--hacen sus juegos y cantan tenuemente versos

versalleses.

Mas en el palacio de las flores, que está a la orilla del río, se

entroniza la esplendidez de esas bellas y delicadas cosas, de modo que

no dejan que se aparte la mirada de su varia maravilla y de su tentadora

gracia. Los tres _serres_ en combinación triangular encierran la vasta

joyería perfumada. Llega el sol como a través de un velo de opaca

muselina, de manera que no ofenda tanta fragilidad de color, ni

disminuya el encanto de las medias tintas. En este pequeño imperio

creería verse un revuelo de pájaros y amores. Los amores pasan, al lado

de sombreros claros y de trajes que son labores artísticas; los

sombreros sobre cabezas que se armonizan divinamente con las flores: los

trajes, producto de las tijeras y agujas más pinpleas, revelando

exquisitas músicas de líneas y de formas. Y se me antoja pensar que la

frase ruskiniana traducida por Sizeranne, bien pudiera volverse del

revés: «On n’a jamais admiré une femme parce qu’elle ressemble à une

rose; mais on admire une rose parce qu’elle ressemble á une femme.»

Grato deliquio de los ojos, hay ya una explosión de rosas rojas, ya un

grupo exuberante de rosas blancas; un derrame de tintas violetas, o la

sutil sordina de las lilas, las paletas desfallecientes, la gradación

casi imperceptible de las suavísimas coloraciones. La preciosa _misa de

las flores_ de Gutiérrez Nájera y antes de Víctor Hugo, me canta en el

alma. Atraen las flores que se asemejan a niñas enfermizas, flores

delicadas, para vasos venecianos--ciertos vasos que según Mauclair son

seres vivientes--un casi desvanecido género de violetas casi blancas;

ciertas pálidas mimosas; lirios de una celeste anemia, o las anémonas

que sueñan, y tienen por obra del consonante, entre las flores amorosas,

su moro de Venecia.

Enormes, enormísimas rosas, de un rojo veroniano, instalan los anchos

vuelos de sus trajes purpúreos. Los lises se erigen en la _rêverie_ de

invisibles anunciaciones; y los tulipanes de color, y los tulipanes

cremas y blancos, tienen en los pétalos entreabiertos como una

sensualidad labial. Las flores triunfan, las flores expresan delicias

primitivas, a través de los tiempos y de «las avalanchas de oro del

viejo azul» que promulga el celeste verso de Mallarmé. Luego son las

flores extrañas, de jardineros simbolistas y decadentes, de señoritas

Boticelli, de poetas malignos y de mister Chamberlain. Entre la

orquestación de todos los perfumes, las orquídeas lanzan sus notas

enervadoras. Con sus nombres de venenos exhiben sus extraordinarias

formas, Aroideas, guarias, alocasias, el anthurium colombiano,

cipripedium, toda la flora propicia a Des Esseintes, semejantes a

objetos, a animales, aun a mujeres; lisas o vellosas y arrugadas,

caracolares o atirabuzonadas, metálicas o sedosas, casi hediondas, o de

perfume femenino, como bocas de víboras o como corsés, orgullosas,

pomposas, provocantes, obscenas, en la más inaudita polimorfia, en la

variedad extravagante extraída, se diría de los lugares secretos, de los

senos ocultos de la naturaleza vegetal. Detenerme más en análisis y

nomenclaturas sería repetir a Huysmans, o recurrir a los formidables

inventarios zolescos, caros a la literatura Roret. Pero he de recordar

una visión obsesionante, un iris casi marchito, cuya expresión

verdaderamente animada pugnaba por traducir a los ojos del artista, no

sé qué misterios de esos mundos herméticos en que las relaciones de

forma, y de color y de ademán tienen una clave en ocasiones casi

adivinada por el comprensivo y por el poeta. Era una flor con faz

_propia_, y cuyo retrato habría hecho a maravilla una de estas dos

inquietantes pintoras: madame Bonemin, o madame Louise Desborde, la

Rachilde del pincel. La onda de aromas pesa por fin entre tanta

exhalación distinta, a modo de llegar a causar opresión o mareo. Busco

una salida para ir a respirar el aire de afuera, y a contemplar la

orilla izquierda del Sena, que se divisa mágicamente por los vidrios; y

se presentan a mi imaginación, como en una galería pintada por un

pintor de ensueños, en

La terre jeune encore et vierge de désastres,

las faces de flores mallarmeanas: la gladiola fiera, el rojo laurel, el

jacinto, y, «semejante a la carne de la mujer, la rosa cruel, Herodías

en flor del jardín claro regado por una sangre feroz y radiante»; y el

lirio «de blancura que solloza»...

Hosannah sur le cistre et sur les encensoirs

Notre Père. Hosannah du jardin de nos Limbes!

Et finisse l’écho par les mystiques soirs,

Extase des regards, scintillement des nimbes!

Mas en el gran departamento del fondo me llama otro espectáculo: y lo

primero, las patatas. En cestitos, o en grandes montones, las hay de

todas clases. La patatita _mignone_, flor de Parmentier, que me parece

más comparable a _l’orteil du séraphin_ que _le divin laurier_ del poeta

esotérico; la patata enorme, que una sola persona no podría concluir y

que el pre-naturista Bernardino habría creído hecha ex profeso por la

buena Divinidad para ser comida en familia; patatas doradas, pálidas,

rojizas, lisas o de cortezas ásperas, con lunares y hoyuelos o sin

ellos; patatas redondas, alargadas, aperadas o aovadas, toda suerte de

patatas, que me hacían pensar en los cucuruchos llenos de las fritas

sabrosísimas, que se venden en largos y blancos cucuruchos, y que

muerden y mascan con verdadera sensualidad las más lindas bocas de la

capital de Francia. Luego desfilo ante el grupo de los nabos y

zanahorias, de los espárragos como cetros, de los zapallos que obligan a

la veneración con sus inmensas panzas monacales; y una cantidad de las

más variadas legumbres, desde las majestuosas calabazas hasta las finas

arvejas, y habiendo cumplido en mi tarea con dar una parte a la idea del

ensueño y otra a la idea del puchero, salgo contento, en la creencia de

que he tenido un buen día.

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Peregrinaciones Obras Completas Vol. XII · 第 13 / 73 题