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I
París, 20 de Abril de 1900.
En el momento en que escribo la vasta feria está ya abierta. Aun falta
la conclusión de ciertas instalaciones: aun dar una vuelta por el enorme
conjunto de palacios y pabellones es exponerse a salir lleno de polvo.
Pero ya la ola repetida de este mar humano ha invadido las calles de esa
ciudad fantástica que, florecida de torres, de cúpulas de oro, de
flechas, erige su hermosura dentro de la gran ciudad.
Hay parisienses de París que dicen que los parisienses se van lejos al
llegar esta invasión del mundo; yo sólo diré que las parisienses
permanecen, y entre los grupos de _english_, entre los blancos
albornoces árabes, entre los rostros amarillos del Extremo Oriente,
entre las faces bronceadas de las Américas latinas, entre la confusión
de razas que hoy se agitan en París, la fina y bella y fugaz silueta de
las mujeres más encantadoras de la tierra, pasa. Es el instante en que
empieza el inmenso movimiento. La obra está realizada y París _ve_ que
es buena. Quedará, por la vida, en la memoria de los innumerables
visitantes que afluyen de todos los lugares del globo, este conjunto de
cosas grandiosas y bellas en que cristaliza su potencia y su avance la
actual civilización humana.
Visto el magnífico espectáculo como lo vería un águila, es decir, desde
las alturas de la torre Eiffel, aparece la ciudad fabulosa de manera que
cuesta convencerse de que no se asiste a la realización de un ensueño.
La mirada se fatiga, pero aun más el espíritu ante la perspectiva
abrumadora, monumental. Es la confrontación con lo real de la impresión
hipnagógica de Quincey. Claro está que no para todo el mundo, pues no
faltará el turista a quien tan sólo le extraiga tamaña contemplación una
frase paralela al famoso: _Que d’eau!_ A la clara luz solar con que la
entrada de la primavera gratifica al cielo y suelo de París, os
deslumbra, desde la eminencia, el panorama.
Es la agrupación de todas las arquitecturas, la profusión de todos los
estilos, de la habitación y el movimiento humanos; es Bagdad, son las
cúpulas de los templos asiáticos; es la Giralda esbelta y ágil de
Sevilla; es lo gótico, lo románico, lo del renacimiento; son «el color y
la piedra» triunfando de consuno; y en una sucesión que rinde, es la
expresión por medio de fábricas que se han alzado como por capricho para
que desaparezcan en un instante de medio año, de cuanto puede el hombre
de hoy, por la fantasía, por la ciencia y por el trabajo.
Y el mundo vierte sobre París su vasta corriente como en la concavidad
maravillosa de una gigantesca copa de oro. Vierte su energía, su
entusiasmo, su aspiración, su ensueño, y París todo lo recibe y todo lo
embellece cual con el mágico influjo de un imperio secreto. Me
excusaréis que a la entrada haya hecho sonar los violines y trompetas de
mi lirismo; pero París ya sabéis que bien vale una misa, y yo he vuelto
a asistir a la misa de París, esta mañana, cuando la custodia de Hugo se
alzaba dorando aún más el dorado casco de los Inválidos, en la alegría
franca y vivificadora de la nueva estación.
Una de las mayores virtudes de este certamen, fuera de la apoteosis de
la labor formidable de cerebros y de brazos, fuera de la cita fraterna
de los pueblos todos, fuera de lo que dicen al pensamiento y al culto de
lo bello y de lo útil, el arte y la industria, es la exaltación del gozo
humano, la glorificación de la alegría, en el fin de un siglo que ha
traído consigo todas las tristezas, todas las desilusiones y
desesperanzas. Porque en esta fiesta el corazón de los pueblos se
siente, en una palpitación de orgullo, y el pensador y el trabajador ven
su obra, y el vidente adivina lo que está próximo, en días cuyos pasos
ya se oyen, en que ha de haber en las sociedades una nueva luz y en las
leyes un nuevo rumbo y en las almas la contemplación de una aurora
presentida. Pues esta celebración que vendrán a visitar los reyes, es la
más victoriosa prueba de lo que pueden la idea y el trabajo de los
pueblos. Los pabellones, las banderas, están juntos, como los
espíritus. Se alzan como estrofas de alados poemas las fábricas
pintorescas, majestuosas, severas o risueñas que han elevado, en cantos
plásticos de paz, las manos activas. Y todas las razas llegan aquí como
en otros días de siglos antiguos acudían a Atenas, a Alejandría, a Roma.
Llegan y sienten los sordos truenos de la industria, ruidos vencedores
que antes no oyeron las generaciones de los viejos tiempos; el gran
temblor de vida que en la ciudad augusta se percibe, y la dulce voz de
arte, el canto de armonía suprema que pasa sobre todo en la capital de
la cultura. Dicen que invaden los yanquis; que el influjo de los
bárbaros se hace sentir desde hace algún tiempo. Lo que los bárbaros
traen es, a pesar de todo, su homenaje a la belleza precipitado en
dólares. El ambiente de París, la luz de París, el espíritu de París,
son inconquistables, y la ambición del hombre amarillo, del hombre rojo
y del hombre negro, que vienen a París, es ser conquistados. En cuanto a
la mayoría que de los cuatro puntos cardinales se precipita hoy a la
atrayente feria, merece un capítulo de psicología aparte, que quizá
luego intente.
Más grande en extensión que todas las exposiciones anteriores, se
advierte desde luego en ésta la ventaja de lo pintoresco. En la del 89
prevalecía el hierro--que hizo escribir a Huysmans una de sus más
hermosas páginas--; en ésta la ingeniería ha estado más unida con el
arte; el color, en blancas arquitecturas, en los palacios grises, en los
pabellones de distintos aspectos, pone su nota, sus matices, y el
«cabochon» y los dorados, y la policromia que impera, dan por cierto, a
la luz del sol o al resplandor de las lámparas eléctricas, una repetida
y variada sensación miliunanochesca.
La vista desde la Explanada de los Inválidos es de una grandeza
soberbia; una vuelta en el camino que anda, es hacer un viaje a través
de un cuento, como un paseo por el agua en uno de los rápidos
vaporcitos.
No hay que imaginarse que en cada una de las construcciones surja una
nueva revelación artística, por otra parte. Notas originales hay pocas,
pero las hay, ante las grandes combinaciones de arquitectos que han
procurado «deslumbrar» a la muchedumbre. Los palacios de los Campos
Elíseos--el Petit Palais y el Grand Palais--son verdaderas inspiraciones
de la más elegante y atrayente masonería; la Puerta Monumental es un
hallazgo, de una nota desusada, aunque la afea a mi entender la figura
pintiparada de la parisiense, que parece concebida en su intento
simbólico para _reclame_ de un modisto, y cuyo «modernismo» tan atacado
por algunos críticos y tan defendido por otros, francamente, no
entiendo. La calle de las Naciones aglomera sus vistosas fábricas en la
orilla izquierda del Sena, y presenta, como sabéis, a los ojos, que se
cansan, la multiplicidad de los estilos y el contraste de los
caracteres. «Carácter», propiamente entre tanta obra, lo tienen pocas,
como lo iremos viendo paso a paso, lector, en las visitas en que has de
acompañarme; pues unos arquitectos han reproducido sencillamente
edificios antiguos, y otros han recurrido a profusas combinaciones y
mezclas que hacen de la fábrica el triunfo de lo híbrido.
El conjunto, en su unidad, contiene bien pensadas divisiones,
facilitando así el orden en la visita y observación. El lado del
Trocadero, el de los Campos Elíseos, el de la Explanada de los
Inválidos, el de la orilla izquierda del Sena, el de la orilla derecha y
el del Campo de Marte, son puntos diversos con sus particularidades
especiales y diferentes atractivos, y, vínculo principal entre orilla y
orilla del río, tiende su magnífico arco, custodiado por sus cuatro
pegasos de oro y adornado por sus carnales náyades de bronce, el puente
Alejandro III. La unión total, la mágica villa de muros de madera, tiene
treinta y seis entradas además de la puerta colosal de Binet, y las dos
que, llamadas de honor, se abren en el comienzo de la avenida Nicolás
II. Por todas partes hallan su gloria los ojos, con verdores de árboles,
gracia de líneas y de formas, brillo de metales, blancuras y oros de
estatuas, muros, domos, columnas, fino encanto de mosaicos, perspectivas
de jardines, y, circulando por Babel, toda ella una sonrisa, la flor
viviente de París.
He aquí la gran entrada por donde penetraremos, lector, la puerta
magnífica que rodeada de banderas y entre astas elegantes que sostienen
grandes lámparas eléctricas, es en su novedad arquitectural digna de ser
contemplada; admírese la vasta cúpula, la arcada soberbia, la labor de
calado, y la decoración, y evítese el pecado de Moreau-Vauthier, la
señorita peripuesta que hace equilibrio sobre su bola de billar. ¿Es que
este escultor ha querido lanzar a su manera el _ohé! les grecs, faudraît
voir!_ de George D’Esparbes? Pues ha fracasado lamentablemente.
Eso no es arte, ni símbolo, ni nada más que una figura de cera para
vitrina de confecciones. La maravillosa desnudez de las diosas, es la
única que, besada por el aire y bañada de luz, puede erguirse en la
coronación de un monumento de belleza. Sin llegar a la afirmación de
Goethe: «el arte empieza en donde acaba la vida», los que alaban esa
estatua por lo que tiene de realismo y de actualidad, deberían
comprender que la ciudad de París, no puede simbolizarse en una figura
igual a la de Yvette Guilbert o mademoiselle de Pougy.
¡Por Dios! La ciudad de París tiene una corona de torres, y tal
aditamento descompondría los tocados de las amables niñas locas de su
cuerpo.
La moda parisiense es encantadora: pero todavía lo mundano moderno no
puede sustituir en la gloria de la alegoría o del símbolo a lo
consagrado por Roma y Grecia...
Es hermoso y real lo hecho por Guillot en cambio. Ha puesto en el friso
del Trabajo, las figuras de los trabajadores; y su idea y su obra son
buenas y plausibles; así se da, aunque sea en pequeña parte, la suya, a
los albañiles, a los carpinteros, a los hombres de los oficios que con
sus manos han puesto fin al pensamiento y los cálculos de artistas e
ingenieros. Por la noche es una impresión fantasmagórica la que da la
blanca puerta con sus decoraciones de oro y rojo y negro y sus miles de
luces eléctricas que brotan de los vidrios de colores. Es la puerta de
entrada de un país de misterio y de poesía habitado por magos.
Ciertamente, en toda alma que contempla estas esplendorosas _féeries_ se
despierta una sensación de infancia. Bajo la cúpula se detienen los
visitantes; y el hindú pensará en míticas pagodas y el árabe soñará con
Camarazalmanes y Baduras; y todo el que tenga un grano de imaginación
creerá entrar en una inaudita Basora. Y allí está Isis sin velo. Es la
Electricidad, simbolizada en una hierática figura; aquí lo moderno de la
conquista científica se junta a la antigua iconoplastía sagrada, y la
diosa sobre sus bobinas, ceñida de joyas raras como de virtudes
talismánicas, con sus brazos en un gesto de misterio, es de una
concepción serena y fuerte. Hay en ella la representación de la
naturaleza, la elevación de la fuerza en tranquila actitud, y el arcano
de esa propia forma de fuerza que apareció lo mismo en las cumbres del
Sinaí mosaico que en las sorpresas de Edison o en las animaciones
luminosa de Lumière. ¡Admirable centinela de entrada! La gente pasa,
pasa, invade el recinto, se detiene bajo los tres arcos unidos
triangularmente, mientras en lo alto, hacia la plaza de la Concordia,
sobre el barco de la _Caput Galliæ_, el gallo simbólico lanza al
horizonte el más orgulloso cocoricó que puede enarcar su cuello.
La gente pasa, pasa. Se oye un rumoroso parlar babélico y un ir y venir
creciente. Allí va la familia provinciana que viene a la capital como a
cumplir un deber; van los parisienses, desdeñosos de todo lo que no sea
de su circunscripción; van el ruso gigantesco y el japones pequeño; y la
familia ineludible, _hélas!_, inglesa, guía y plano en mano; y el chino
que no sabe qué hacer con el sombrero de copa y el sobretodo que se ha
encasquetado en nombre de la civilización occidental; y los hombres de
Marruecos y de la India con sus trajes nacionales; y los notables de
Hispano-América y los negros de Haití que hablan su francés y gestean,
con la creencia de que París es tan suyo como Port-au-Prince. Todos
sienten la alegría del vivir y del tener francos para gozar de Francia.
Todos admiran y muestran un aire sonriente. Respiran en el ambiente más
grato de la tierra; al pasar la puerta enorme, se entregan a la
sugestión del hechizo. Desde sus lejanos países, los extranjeros habían
soñado en el instante presente. La predisposición general es el admirar.
¿A qué se ha venido, por qué se ha hecho tan largo viaje sino para
contemplar maravillas? En una exposición todo el mundo es algo _badaud_.
Se nota el deseo de ser sorprendido. Algo que aisladamente habría
producido un sencillo agrado, aquí arranca a los visitantes los más
estupendos _¡ah!_ Y en las corrientes de viandantes que se cruzan, los
inevitables y siempre algo cómicos encuentros: _¡Tú por aquí! ¡Mein
Herr! ¡Caríssimo Tomasso!_ Y cosas en ruso, en árabe, en kalmuko, en
malgacho, ¡y qué sé yo! Y entre todo, ¡oh, manes del señor de
Graindorge! una figurita se desliza, _fru, fru, fru_, hecha de seda y
de perfume; y el malgacho y el kalmuko, y el árabe, y el ruso, y el
inglés, y el italiano, y el español, y todo ciudadano de Cosmópolis,
vuelven inmediatamente la vista: un relámpago les pasa por los ojos, una
sonrisa les juega en los labios. Es la parisiense que pasa. Allá, muy
lejos, en su smalah, en su estancia, en su bosque, en su clima ardoroso
o frígido, el visitante había pensado largo tiempo en la Exposición,
pero también en la parisiense. Hay en todo forastero, en todo el que ha
llegado, la convicción de que ella es el complemento de la prestigiosa
fiesta. Y los manes del señor de Graindorge vagan por aquí complacidos.
La muchedumbre pasa, pasa. Deja el magnífico parasol de la cúpula, y
entra ya en la villa proteiforme y políglota. Es la primavera. Los
árboles comienzan a sentir su nuevo gozo, y, con ademanes de dicha
tienden a la luz sus hojas recién nacidas. Una onda de perfumes llega.
Es el palacio de las flores, son los jardines cercanos. Y pues es la
pascua de las flores, a las flores el principio. Después, a medida de lo
fortuito, sin preconcebido plan, iremos viendo, lector, la serie de
cosas bellas, enormes, grandiosas y curiosas.