EL VIEJO PARÍS

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Viejo París, Abril 30 de 1900.

Estoy en el Viejo París, la curiosa reconstrucción de Robida. Aunque,

como todo, no está todavía completamente concluído, la impresión es

agradable. Desde el río, la vista de los antiguos edificios se asemeja a

una decoración teatral. Casas, torrecillas, techos, barrios enteros

evocados por el talento de un artista ingenioso y erudito halagan al

contemplador con su pintoresca perspectiva.

Al entrar, ya se ve uno que otro _travesti_, desde el arcabucero o el

lancero que se pasean ante los portales, hasta las vendedoras de

chucherías que tras los mostradores y las mesitas erigen en las

graciosas cabezas el alto gorro picudo, cuyo nombre en viejo francés se

me traspapela en la memoria. El sol se cuela por los armazones de

madera, se quiebra en las joyas y dorados de las ventas y en las

brigandinas de los soldados: y un aire de vida circula, el mismo que la

primavera sopla sobre la Exposición enorme y fastuosa, sobre el

glorioso París. Como la imaginación contribuye con la generosidad de su

poder, no puede uno menos que encontrar chocante en medio de tal

escenario, la aparición de una levita, de unos prosaicos pantalones

modernísimos y del odioso sombrero de copa, justicieramente bautizado

_galera_, que llegan a causar un grave desperfecto a la página de vieja

vida que uno se halla en el deseo de animar así sea por cortos

instantes. Si las cosas actuales anduvieran de otro modo, allí se

debería entrar con traje antiguo y hablando en francés arcaico.

Entretanto, conformémonos.

La puerta de Saint-Michel alza sus techos coronados de banderolas y abre

la ancha ojiva de su entrada hacia el Sena. La calle Vielles-Écoles

presenta su barriada pintoresca, sus fachadas angulares, balcones y

ventanales; por los pasajes anchos se oyen risas alegres de visitantes;

en una calle un émulo de Nostradamus, por unos cuantos céntimos dice el

horóscopo a quien lo solicita: y hay _badauds_ que se hacen decir el

horóscopo y dan los céntimos.

Creo que hace falta la figura de Sarrazin-el-de-las-aceitunas,

circulando por estos lugares, repartiendo como en Montmartre sus

anuncios rabelesianos y vendiendo su sabroso artículo.

Robida, el reconstructor es, como sabéis, hábil dibujante y escritor de

chispa. Su erudición artística y arqueológica se demuestra en esta

tentativa, como su talento picaresco y previsor ha podido, en amenos

rasgos, imaginar costumbres, arquitecturas y adelantos científicos de lo

porvenir. En esta obra que he visitado y que será de seguro uno de los

principales atractivos de la Exposición, quiso hacer algo variado,

aunque reducido. Hay edificio que se compone de varias construcciones, y

que restituye así, en una sola pieza, distintos motivos que recuerdan

tales o cuales tipos a los arqueólogos.

Las diversiones del Viejo París no están aún abiertas, con excepción de

un teatro en donde nos hemos llevado algunos un soberano chasco.

Imaginaos que no es poco venir a encontrar en el Viejo París, en vez de

recitaciones de trovadores o juegos de juglares, una zarzuela infantil

que está dando _La viejecita_ del maestro Caballero! Faltan aún los

lugares en donde se pueda comer platos antiguos en su correspondiente

vajilla, y las tabernas con sus mozas hermosas que sirvan la cerveza.

Falta el pasado París de las Escuelas, que hiciese ver un poco de la

vida que llevaban los clásicos _escholiers_, y que cuando vinieran sus

colegas de Salamanca o de Oviedo con sus bandurrias y sus guitarras, les

saludasen en latín y renovasen en cada cual un Juan Frollo de

_Notre-Dame de París_. Falta que no se mezclen en los puestos de

bisutería y bebidas, los disfraces medioevales con los tocados modernos;

pues ahora se suelen ver unos pasos anacrónicos que ponen

involuntariamente la sonrisa en los labios. Falta asimismo presentar la

sección de los oficios, y resucitar los _gritos de París_, con señalados

vendedores ambulantes. La animación falta al barrio de la Edad Media,

al barrio de los Mercados, en que ha de revivir el siglo XVII; las

instalaciones completas de la calle Foire-Saint-Laurent, Châtelet y

Pont-au-Change. Cuando todo esté abierto y dispuesto, el aspecto no

podrá menos que ser en extremo atrayente. Lo que no juzgo propio es la

concesión que se hará al progreso y a la comodidad, con sacrificio de la

propiedad. Por la noche en vez de multiplicar las linternas de la época,

se verán brillar en los renovados barrios, lámparas eléctricas.

Se anuncian para dentro de poco festivales, justas y torneos, y no sé si

Cortes de amor. Es una lástima que no se haya tenido todo lo preciso

preparado para que no saliese el visitante algo descontento después de

una vuelta por esta obra inconclusa. Entre lo que llama la atención

ahora, están las distintas enseñas de las tiendas y los puestos,

copiados de viejas colecciones. Al pasar se evocan nombres que

constituyen época: Villon, Flamel, Renaudot, Etienne Marcel. Quizá

dentro de pocos días se vean ya con un alma estas cosas; y al pasar por

la casa de Moliére creamos ver al gran cómico, y en otro lugar

sospechemos encontrarnos con el redactor de la _Gazette_; y al cruzar

frente a la iglesia de Saint-Julien-des-Ménétriers oigamos sones de

viola y gritos de saltimbanquis.

No me perdonaríais que pusiese cátedra de arquitectura y comenzase en

estas líneas una explicación y nomenclatura técnicas de edificios,

calles y barrios. Mas permitidme que os envíe la impresión del golpe de

vista, en una tarde apacible y dorada, en que he mirado deslizarse a mis

ojos el ameno y arcaico panorama.

Desde lejos, suavizados los colores de la vasta decoración, la visión es

deliciosa, sobre el puente de l’Alma y el palacio de los Ejércitos de

mar y tierra. Al paso que avanza el _bateau-mouche_, se reconoce, en el

oro del sol que se pone, la torre del Arzobispado, y las dos naves de la

Santa Capilla, la construcción pintoresca del Palais, con su Grande

Salle; el Molino, el Gran Chatelet, con su aguda torrecilla; la fonda

Cour de París y cerca el hotel de los Ursinos, el de Coligny;

la gran Chambre des Comptes de Louis XII; la iglesia de

Saint-Julien-des-Ménétriers, y buena cantidad de edificios más que os

habéis acostumbrado a ver en los grabados y a distinguir en los planos,

hasta la puerta de Saint-Michel y el portal de la Cartuja de Luxemburgo.

Y como el espíritu tiende a la amable regresión a lo pasado, aparecen en

la memoria las mil cosas de la historia y de la leyenda que se

relacionan con todos esos nombres y esos lugares. Asuntos de amor, actos

de guerra, belleza de tiempos en que la existencia no estaba aún

fatigada de prosa y de progreso prácticos cual hoy en día. Los layes y

villanelas, los decires y rondeles y baladas que los poetas componían a

las bellas y honestas damas que tenían por el amor y la poesía otra idea

que la actual, no eran apagados por el ruido de las industrias y de los

tráficos modernos.

Por las noches será ese un refugio grato para los amantes del ensueño.

Ignoro si los paseantes caros a Baedeker, los ingleses angulares y los

que de todas partes del globo vienen a divertirse en el sentido más

_swell_ de la palabra, gozarán con la renovación imaginaria de tantas

escenas y cuadros que el arte prefiere. En cuanto a los poetas, a los

artistas, estoy seguro de que hallarán allí campo libre para más de una

dulce _rêverie_. Tanto peor para los que, entre las agitaciones de la

vida turbulenta y aplastante, no pueden tener alguna vez siquiera el

consuelo de sacar de la propia mina el oro de una hermosa ilusión.

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Peregrinaciones Obras Completas Vol. XII · 第 14 / 73 题