unión de Centro América; pero han sido infructuosas, porque han tenido
carácter de imposición y violencia; la federación de varios pueblos
no debe hacerse con la espada, sino con la razón. Es indispensable
que no haya supremacías, que cada pueblo mantenga su autonomía y su
personalidad, que cada cual conserve la gerencia íntegra de los asuntos
propios, determinándose por la ley suprema las atribuciones de la
Federación.
Morazán personifica la idea federal en Centro América, la aspiración
más querida de los patriotas centroamericanos, la unión que jamás se
hubiera roto ó que ya se hubiera restablecido, sin las suspicacias
mezquinas, los celos infundados, las rivalidades pueriles que
desgarraron la patria.
Nació Morazán en 1799; como hondureño y como liberal, veía con malos
ojos la hegemonía de Guatemala; quería la unión verdadera de pueblos
autónomos y libres, no la absorción ni el dominio ni la confusión; no
la preponderancia de un Estado en detrimento y menascabo de otros.
Ejerció una influencia decisiva y gozó de popularidad, especialmente
en Honduras; se distinguió por sus dotes militares en las infaustas
guerras civiles de Centro América, habiendo sido uno de los generales
que supieron mostrar su bizarría en todas las ocasiones; fué gobernante
justo, aunque no siempre acertado. Pero con todo, se vió precisado á
huír del suelo movedizo de su patria, más agitado entonces por las
convulsiones de la política y por las sacudidas de la guerra, que por
los huracanes y los terremotos de aquella tierra volcánica.
Emigró á la América del Sur, de donde volvió con escasos elementos
ansioso de restaurar las leyes desconocidas y la unión de la patria
centro americana; mas no habiendo sido secundado, fracasó la empresa
del caudillo.
Morazán fué fusilado en San José de Costa Rica el día 15 de septiembre
de 1842; tenía 43 años.
ROSAS
El tirano de Buenos Aires Juan Manuel de Rosas nació en la capital de
la nación argentina, en 1793. Descendía de una familia española rica
en pretensiones, á la cual perteneció también el capitán general y
presidente de Chile Ortiz de Rosas, conde de Poblaciones. Esta familia
existe aún en España.
El abuelo del tirano Rosas murió en la Pampa, en una expedición
contra los indios. Casi todos sus parientes fueron partidarios de los
españoles y regresaron á España cuando se emanciparon las colonias de
América. El futuro déspota fué el único de los Rosas que se quedó en el
Plata.
Dedicado desde niño á las faenas del campo, adquirió la brusquedad de
maneras que suele distinguir á los rurales. Sus hábitos eran duros y
sus instintos salvajes, como formados en las haciendas rústicas del
interior y en una lucha constante con los indios. Puede decirse que en
su juventud no cultivó más trato que el de los gauchos ni fué amigo
sino de los caballos.
Á su trabajo, á su constancia y á su economía, debió la adquisición de
una modesta fortuna. Esta fortuna, sus antecedentes de familia y su
carácter enérgico, le valieron la confianza de los gobiernos argentinos
empezando por el de Rivadavia. Obtuvo por eso el mando de las milicias
rurales, y en tiempo del coronel Dorrego se le nombró comandante
general de las pampas argentinas.
Escaso de instrucción, no es probable que fuera un federal convencido;
pero estaba agradecido á Dorrego, que era jefe del partido federal, y
supo demostrarle su agradecimiento.
Cuando Dorrego fué vencido por la insurrección militar del 1.º de
diciembre de 1827 y fusilado por el general Lavalle, que era el campeón
unitario, Rosas protestó en el acto poniéndose á la cabeza de sus
milicias y proclamando la restauración de las leyes, la autoridad
legítima y la rehabilitación de la memoria de Dorrego.
Sostuvo la guerra contra el general Lavalle hasta que le derrocó,
siendo entonces elegido gobernador de Buenos Aires. Rosas gobernó tres
años la provincia, y después que fué sustituído conservó el mando
general de las milicias del campo, destinadas á operar contra los
indios ó á defender las haciendas de sus incursiones.
Entre tanto proseguía la lucha de los federales con los unitarios y
continuaban también los motines, asonadas y revoluciones. La provincia
de Buenos Aires, entregada á la anarquía, volvió á confiar su gobierno
al general Rosas.
Éste creyó que la anarquía se refrenaba con el despotismo, se hizo
investir con los poderes de una dictadura y llegó á ser un verdadero
tirano. Cada vez que expiraban sus poderes resignaba el mando; pero
siempre lo reelegían para supremo jefe y dictador. Cuentan las crónicas
que si algún representante, creyendo de buena fe en la renuncia de
Rosas, daba su voto para gobernante á otro que no fuera él, amanecía
á la mañana siguiente asesinado. Diez y siete años seguidos duró la
farsa de sus reelecciones, desde 1835. Esa época es la más triste
en la agitada historia de Buenos Aires, pues Rosas y los suyos no
perdonaban medio de perseguir á los unitarios, siendo incalculable el
número de los que fueron ahorcados, fusilados ó pasados á cuchillo por
los sicarios viles del tirano. Su misma casa era un centro de odiosa
tiranía, donde no había más voluntad que la suya y donde se castigaba
rigurosamente la más mínima infracción.
Las personas decentes, los hombres dignos, los patriotas desinteresados
tuvieron que emigrar á Montevideo, al Brasil, á Europa, á Chile, al
Perú, ¡y dichosos los que lo lograron! Los mismos federales no podían
soportar el espectáculo de un pueblo fanatizado por el dictador y
gritando continuamente:
«¡Viva el restaurador de las leyes don Juan Manuel de Rosas!...
¡Mueran los inmundos unitarios!»
Lo peor no era el grito casi oficial de _muera_, sino que la muerte
á mano airada, con ventaja, con alevosía, con ensañamiento y con
impunidad, seguía de cerca á las voces y á las amenazas.
Una revolución, triunfante en Monte Caceros, derribó por fin á Rosas
en el mes de febrero de 1852. El dictador tuvo que refugiarse á bordo
de un barco inglés, que le condujo á Southampton. La constitucional
Inglaterra, que tanto había clamando contra la vituperable y antisocial
política del déspota platense, no le negó el albergue que ha ofrecido
siempre generosa á los vencidos que se acogen á su hospitalidad.
Rosas no se movió de Southampton hasta su muerte, ocurrida en estos
últimos años. Jamás conspiró por recobrar el poder ni escribió una
palabra en su defensa; pero no le han faltado leales y desinteresados
defensores.
CARO
En 1817 vino al mundo en Ocaña (Estado de Santander) el notable poeta
José Eusebio Caro, uno de los más ilustres hijos de Colombia.
Se distinguió desde su juventud como periodista laborioso, como
escritor correcto, como poeta inspirado.
Fué político serio y funcionario digno, amigo consecuente y rígido
patriota. Sus mismos adversarios le han hecho cabal justicia.
La vicisitudes que sufrió Colombia le obligaron á emigrar, morando
algún tiempo en Nueva York. La ausencia de su familia le atormentaba
mucho en su destierro, la nostalgia le consumía, el afán de ver su
cielo estrellado de Colombia amargaba sus noches y acibaraba sus
días. En 1853 saludó por fin las playas colombianas; pero sucumbió al
desembarcar en Santa Marta, ó pocos días después, víctima de una fiebre
perniciosa.
Como filósofo no pasó de ser una medianía; refutó doctrinas que no
había comprendido ni apenas estudiado, y mostró mejor deseo que
sagacidad de juicio al tratar cuestiones sociológicas. Pero como poeta
ocupa buen lugar en el notable Parnaso colombiano, dejando gallardas
muestras de su ingenio poético y de su talento literario. En 1873
se publicó en Bogotá un volumen de versos con el título de _Obras
escogidas de José Eusebio Caro_, libro que tuvo simpática aceptación.
Para que se juzgue del mérito poético de Caro insertamos á continuación
una de sus poesías.
EL BAUTISMO
Á MI SEGUNDO HIJO RECIÉN NACIDO
I
Ven, y en las vivas fuentes del bautismo
Recibe, oh niño, de cristiano el nombre;
Nombre de amor, de ciencia, de heroísmo,
Que hace en la tierra un semidiós del hombre.
Los hombres que esas aguas recibieron
Con su espíritu y brazo subyugaron
La inmensa mar que audaces recorrieron,
Los mundos que tras ella adivinaron.
Potentes más que el genitor de Palas,
Al rayo señalaron su camino;
Y á los vientos alzándose sin alas,
Siguieron sin temblar su torbellino.
Ellos al Leviatán entre cadenas
Sacan de los abismos con su mano,
Y pisan con sus plantas las arenas
Del fondo de coral del Oceano.
Cristianos son los que esas formas bellas
Con que el Criador engalanó á Natura,
Obligan á vaciar sus blandas huellas
En instantánea nítida pintura.
De un hilo con la curva retorcida
Los cabos juntan de un inerte leño...
Y el secreto perturban de la vida,
¡Y agitan al cadáver en su sueño!
Y tú también, también eras cristiano,
Tú que dijiste contemplando el cielo:
«Ya mis ojos no alcanzan, pobre anciano;
Yo rasgaré del firmamento el velo».
Y en el aire elevando dos cristales,
Vuelta á Venus la faz, puesto de hinojos,
Los ojos que te hiciste fueron tales
Que envidiaron las águilas tus ojos.
Y era cristiano aquel que meditando
En el retiro de modesta estanza,
Sin afán, sin error, pesó jugando
Los planetas y el sol en su balanza.
II
Oh prenda de mi amor, dulce hijo mío
Cuando en edad y para el bien crecieres
(Y en el gran Padre Universal confío
Vivirás para el bien lo que vivieres:)
Serio entonces quizá, meditabundo,
De ardor de ciencia y juventud llevado,
Quieras curioso visitando el mundo
Juzgar lo que los hombres han fundado.
Conocerás entonces por ti mismo,
Verán tus ojos, palparán tus manos,
Lo que puede el milagro del bautismo
En los que el nombre llevan de cristianos.
¡Sí! do naciones prósperas hallares
Sujetas sólo á moderadas leyes
Que formaron senados populares
Y que obligan á súbditos y reyes:
Do al hombre vieres respetar al hombre
Y á la mujer como su igual tratada,
Modesta y libre, sin que al pueblo asombre
Viva fiel sin vivir esclavizada:
Do vieres generosos misioneros,
Sin temor de peligros ni de ultrajes,
Abandonar la patria placenteros
Para llevar la luz á los salvajes:
Do vislumbrares púdicas doncellas
De oscuro hospicio entre las sombras vagas,
Curando activas con sus manos bellas
De los leprosos las hediondas llagas:
Do puedas admirar instituciones
Que abrigan al inválido, al desnudo,
Que amansan al demente sin prisiones,
Que hacen al ciego ver, y hablar al mundo:
Do vieres protegido al inocente,
Castigado al perverso con cariño,
Respetado el anciano inteligente,
Asegurado el porvenir del niño:
Allí do hallares libertad y ciencia,
Misericordia, caridad, justicia,
Dominando del pueblo la conciencia,
De la industria calmando la codicia:
Allí do respetándose á si mismo
Vieres al hombre amar á sus hermanos
Podrás clamar: «¡Honor al Cristianismo,
Que éstos no pueden ser sino cristianos!»
[Ilustración]
COOPER
Este eminente novelista americano tuvo su cuna en Burlington (Nueva
Jersey), donde nació el 15 de septiembre de 1789. Era hijo de un
colono, y sirvió en la marina de guerra de la gran República durante
cinco años (de 1805 á 1810).
Á la permanencia de Cooper en la marina militar de los Estados-Unidos,
así como á su espíritu de observación, debe la literatura universal un
gran número de verdaderas joyas.
La mar, la navegación, los episodios de viaje, los misterios y las
costumbres de abordo, el tecnicismo naval y el pintoresco lenguaje de
los marineros, son otros tantos inagotables recursos para el novelista,
arsenal fecundo para artistas y poetas.
Pero, en general, los literatos suelen entender muy poco de cosas
de marina; y los marinos escritores no siempre son aptos para la
literatura. De donde resulta que las novelas marítimas, y las
descripciones que al mar ó á los barcos se refieren, adolecen de una
deficiencia lamentable.
Es muy difícil emplear con propiedad los términos especiales de cada
profesión, no habiéndose amamantado en ella. Y cuando faltan la
propiedad, la precisión, la exactitud y el colorido que cada cosa
requiere, resulta mediana la obra mejor concebida. No es lo mismo
sentir la belleza de un cuadro ó de un episodio que producirlo con
inteligencia. Hay poetas piadosos que incurren en heregías y aun
en blasfemias cuando creen hacer un canto religioso; hay repetidos
ejemplos en todos los tribunales de justicia, de abogados que han dicho
con elocuencia desatinos y monstruosidades en ciertos casos difíciles
de medicina legal, y en otros muchos; los publicistas más eminentes,
al tratar de milicia, escriben en paisano; y en materia náutica sucede
tres cuartos de lo mismo.
Son excepcionales, pues, los autores de novelas marítimas que han
sabido hacerlas. Eugenio Sue en Francia, Fenimore Cooper en América,
son quizá los dos que han cultivado el género con más gusto, acierto y
propiedad.
Pero el maestro en la novela marítima, durante el fecundo siglo XIX, ha
sido sin disputa el célebre escritor americano.
Esto no quiere decir que cultivara solo el género marítimo, pues
también alcanzó fama, por cierto merecida, en la descripción de usos y
costumbres de su patria.
Muchas de las obras de Fenimore Cooper han sido traducidas al francés,
al español y á otras lenguas. En Inglaterra han sido tan populares, y
más que en los Estados-Unidos.
Entre las obras más estimadas de Cooper figuran las siguientes:
_The Two admirals._
_The Crater._
_The Pilot._
_Lionel Lincoln._
_Last of the Mohicans._
_The Prairie._
_The Spy._
_The Pioneers._
_Wing and Wing._
_Mercedes of Castile._
_The Bravo._
_Red Rover._
_The Sea Lions._
_Jack Tier._
_Stories of the Sea._
_Homeward Bound._
Etc., etc., etc.
Como se ve por los títulos de las obras celebradas, muchas de ellas son
marítimas. Precisamente es el género en que sobresalió.
No estuvo jamás á tanta altura en las que escribió inspirándose en
las antiguas crónicas de Europa, tales como _El bravo_, _Mercedes de
Castilla_, _El verdugo de Berna_, _El Campamento de los paganos_ y
otras.
En el género descriptivo, con relación á América, estuvo casi á la
altura de Wálter Scott describiendo costumbres y paisajes escoceses.
Las más conocidas de las obras de Cooper son: _El corsario rojo_, _Dos
almirantes_, _El Espía_, _Los puritanos de América_ y _El último de los
mohicanos_, todas ó casi todas citadas más arriba.
Fenimore Cooper escribió la mayoría de sus obras en la casa paterna,
después de haber dejado el servicio militar. Pero además viajó por
el antiguo mundo desde 1826 á 1832, habiendo sido cónsul de los
Estados-Unidos en Lyón desde 1826 á 1829.
Murió Cooper el 14 de septiembre de 1851.
[Ilustración]
LONGFELOW
Este gran poeta norte-americano vió la luz de la vida en 1807; su
pueblo era Portland. Fué catedrático en la universidad americana de
Cambridge, en la cual sustituyó á un hombre tan eminente como Ticknor.
Compartía con su predecesor la afición á las letras castellanas,
conocía muy bien el español y tradujo las coplas de Jorge Manrique.
La musa de Longfelow era religiosa, mística, creyente; pero aun así
tuvo acentos verdaderamente humanos, conceptos dignos de recordación,
notas que vivirán mientras haya poetas en el mundo.
En la América latina, lo mismo que en España, son bastante conocidas
las obras del poeta. Sus versos y su prosa han tenido traductores
más ó menos felices, entre los cuales figuran Andrade, Mitre, Morla
Vicuña, Suárez Capalleja, Baquero Almansa, Llorente, Arana, Izaguirre,
Gutiérrez (Don Miguel) y muchos otros que nos sería difícil recordar.
Longfelow cultivó distintos géneros; no brilló en la dramática, pero es
digno de plácemes en la novela. Sin embargo, sus grandes y duraderos
triunfos los debe á la poesía lírica, en la cual dejó verdaderas joyas
literarias.
He aquí los títulos de sus principales obras:
_Ultramar ó Peregrinación allende el Océano_ (1835), recuerdo de
sus viajes por Francia, Italia y España.
_Hyperion_ (1839).
_Voces de la noche_ (1840).
_Baladas y poemas_ (1841).
_El estudiante español_, drama (1842).
_Poema sobre la esclavitud_ (1843).
_Poetas de Europa_ (1845).
_La torre de Brujas_ (1847).
_Evangelina_ y _Kavanagh_, dos novelas (1848).
_La orilla del mar y el amor de la lumbre_ (1850).
_La leyenda dorada_, drama fantástico (1851).
Publicó además varios dramas históricos de escaso mérito, vertió
al inglés con soltura las _Coplas_ de Jorge Manrique ya citadas,
y asimismo tradujo la _Campana_ de Schiller, el _Caballero Negro_
de Uhland, el _Purgatorio_ del Dante, muchas baladas escandinavas,
diversas odas de Muller, etc., etc.
Viajó por diferentes países, particularmente por España, Italia,
Escocia y las márgenes del Rhin. Prefería las comarcas más poéticas,
las más románticas, las más fecundas en leyendas, cantares y
tradiciones.
Murió en 1883, siendo sentida su muerte lo mismo en Europa que en los
Estados Unidos, en el Norte como en el Sur de América.
Para dar una muestra de su genio lírico, vamos á reproducir algunos
fragmentos de varias traducciones de sus poesías.
No me digas en versos melancólicos
«Sueño inútil no más es nuestra vida,
Porque el alma dormita casi muerta
Y las cosas del mundo son mentira».
No: la vida es real; las almas sienten,
No es oscura prisión la tumba fría:
El «tú eres polvo y volverás al polvo»,
Palabras son que el alma no fatigan.
* * * * *
En este
Rudo vivac, batalla de la vida,
No imites á la oveja que cobarde
Arrastran á la atroz carnicería;
Sé un héroe en el combate, y no confíes
En el mañana que placeres brinda;
Deja á los muertos enterrar sus muertos
Y en el presente lucha, él es la vida,
Siempre el valor en tu esforzado pecho
Y siempre Dios sobre tu frente altiva.
* * * * *
El día está muriendo,
La noche descendiendo,
Helado está el pantano,
Helado el río también.
Tras de la nube parda
El sol sus rayos darda;
Las casas de la aldea
Rojas brillar se ven.
De nuevo otra nevada
La oculta palizada,
La senda en la llanura
Dejó de señalar;
Y en tanto por el prado
Cual sombra temerosa,
Deslízase pausado
Cortejo funeral.
Dobla la esquila, y siento
Que cada pensamiento
Dentro de mí responde
Al sordo triste son:
Sombra tras sombra gira,
Mi corazón suspira,
Tañendo íntimamente
Cual fúnebre esquilón.
* * * * *
¡El arsenal! Del suelo á la techumbre
Elévanse las armas
Con un órgano inmenso presentando
Horrible semejanza.
Ahora ninguna antífona resuena
En sus tubos que callan;
Mas, ¡qué salvaje y lúgubre armonía
Brotará de sus cajas
Luego que el ángel de la muerte toque
En sus claves extrañas!
¡Qué lamentos! ¡Qué horrible miserere
Mezclado á sus sonatas!
Oír creo ese coro inmensurable
de agonía y de ansias,
¡Cruel gemido que cruza las edades
Y hasta la nuestra alcanza!
Bajo del casco y el arnés resuena
El martillo sajón,
Y por los bosques címbricos escucho
Del normando la voz;
Y aun más estrepitoso, destacándose
Del inmenso clamor,
De lejanos desiertos en el fondo
Al tártaro feroz.
Con siniestro badajo, desde lo alto
De torre palacial,
Escucho la campana florentina
Al combate llamar,
Y veo á los aztecas sacerdotes
En sagrado portal
Sus tambores de pieles de serpientes
Sanguinarios tocar.
* * * * *
Oigo mugir los bronces, de sus quicios
Las puertas estallar;
El fuego del fusil, de los aceros
El rápido _chis-chas_
Al cruzarse enconados, y sobre esta
Armonía infernal
El trueno de la ronca artillería
Escucho retumbar.
¡Y con esa ¡oh mortal! estrepitosa
Maldita confusión
De la madre natura ahogas la dulce
Y benévola voz!
¡Y con esos malditos instrumentos
De destemplado son,
Impío turbas el concierto plácido
Del divino cantor!
* * * * *
(_En el Arsenal de Wolwich_).
* * * * *
Todos nuestros libros,
Luchas y embelesos,
¿Qué son do se escuchan
Infantiles juegos?
Donde suenan, niños,
Vuestros dulces juegos
Todas las baladas
Son vanos lamentos.
Vivientes poemas
Sois de dicha llenos:
¡Lo demás es triste,
Desolado, muerto!
* * * * *
Y es la infinita sed que abrasa el alma,
Es el inmenso afán que nada calma
Y corre en pos del ignorado bien;
Es la ambición humana no vencida
Que aun pugna por coger la prohibida
Manzana del Edén.
* * * * *
¡La muerte!... ¿Y qué es la muerte?
Una palabra hueca.
Un tránsito es tan sólo
Lo que esa voz expresa.
¿Qué es más que un pobre barrio,
Nuestra vida terrena,
De la ciudad elísea
De quien la tumba es puerta?
* * * * *
Para terminar, copiaremos la bellísima composición que se titula
_Excélsior_ y que, según la expresión de un crítico asturiano, «es el
acento de un dios caído que se acuerda de los cielos».
Negra desciende la noche
Y entre nieblas y entre hielos
Pobre aldea de los Alpes
Cruza gallardo mancebo.
Enarbola una bandera;
La bandera dice: _¡Excélsior!_
Arde en su pálida frente
La llama del pensamiento;
Brillan sus tristes miradas
Como el filo del acero,
Y en lengua desconocida
Dicen sus labios: _¡Excélsior!_
Allí, en moradas felices
Ve luz, y el alegre fuego
Del hogar, chisporroteando;
Y arriba... los ventisqueros.
Pero adelanta, y su lengua
Sigue murmurando: _¡Excélsior!_
«Detén tu marcha, insensato--
Grítale temblando un viejo--
Amenaza la tormenta
Y es escabroso el sendero».
El mozo sin escucharle
Aun va murmurando: _¡Excélsior!_
«Tente--le dice una hermosa--
La sien reclina en mi seno»;
Y deja caer una lágrima
De sus ojos hechiceros.
Mas el doncel sin mirarla
Avanza y repite: _¡Excélsior!_
«Guárdate bien de las ramas
Que tronchó el rayo, al abeto;
Guárdate--dice el anciano--
De los aludes siniestros»,
Mas ya en la cima lejana
Oye resonar: _¡Excélsior!_
Al rayar la tarda aurora,
Cuando en pausado concierto
Á Dios elevan sus preces
Los monjes del monasterio,
Suena una voz desgarrada
que á lo lejos grita: _¡Excélsior!_
Corre el fiel can presuroso,
Y en tumba de nieve envuelto
Halla al audaz caminante
Que con sus crispados dedos
Tiene la bandera asida;
La bandera aun dice: _¡Excélsior!_
Helado, inmóvil, sin vida,
Pero siempre noble y bello,
Yace el animoso joven;
Y del alto firmamento
Desciende una voz divina
_¡Excélsior!_ clamando _¡Excélsior!_
ZARAGOZA
Este nombre, que es el de una ciudad aragonesa heroica entre las
heroicas, lo ha llevado dignamente un soldado mejicano. El general
Ignacio Zaragoza, de origen indio por parte de su madre, fué el primer
vencedor de los franceses en la época de su apogeo militar. Lo que
después hicieron el feld-mariscal Moltke, el emperador Guillermo, el
príncipe Federico Carlos y el entonces heredero de la corona de Prusia,
lo hizo ocho años antes el invicto Zaragoza. Los héroes de Argel, los
triunfadores de Crimea, los vencedores de Solferino, tuvieron que ceder
la victoria en las cercanías de Puebla á escasísimas é inexpertas
tropas mejicanas.
El imperio francés era considerado entonces invencible. Napoleón III
casi era el árbitro de Europa. La poderosa Inglaterra solicitaba su
alianza y todas las potencias, si no lo respetaban, lo temían.
Pero sucedió lo que ha sucedido siempre á las naciones que han dominado
en el mundo por el prestigio de sus armas y de sus victorias. Las
naciones militares ven declinar su influencia á la primera derrota.
Cuando los turcos eran el azote de la cristiandad y extendían por
toda Europa sus ejércitos incontrastables, nadie creía que su poder
había de ser arrollado como lo fué en Lepanto por los venecianos y
los españoles, como lo fué más tarde en Viena y Buda por los polacos,
los húngaros y los suecos. De aquellas derrotas data la decadencia de
Turquía, agonizante hoy, sin influencia en el mundo, sin esperanza de
regeneración.
Cuando los españoles eran el terror del mundo entero, dominando en
media Europa, haciendo aceptar su influjo en la otra media; cuando
amenazaban á Inglaterra con sus naves, á Francia con sus ejércitos,
á Roma con sus lanzas y con sus caballos; cuando se imponían en los
Países Bajos con sus bayonetas, con sus cañones en el Mediterráneo y
en todos los mares conocidos, ¿quién había de pensar que estaba cerca
la ruina de un imperio tan grande, tan colosal, tan poderoso y temido?
Pues bastó la derrota de Rocroy para iniciar una rápida, incesante
decadencia.