Desembarcó en Trujillo el 6 de agosto de 1860, y emprendió una campaña

que fué la más penosa de las suyas, demostrando en las adversidades y

los riesgos un temple digno de más justa causa.

Arrostró toda suerte de penalidades, fué herido en una pierna y en la

cara en uno de los encuentros, se vió perseguido como una fiera por

selvas, desiertos y pantanos, y al fin se rindió al general hondureño

don Mariano Álvarez, que le hizo fusilar á principios de septiembre.

Así terminó su vida el filibustero Walker.

Este hombre sin creencias se había convertido antes al catolicismo,

creyendo que de este modo le sería más fácil obtener la elección de

presidente en una república centroamericana.

FRANCIA

El célebre dictador del Paraguay José Gaspar de Francia es uno de los

tipos más notables que ha presentado América. Su figura es una de

las más siniestras; pero bajo cierto aspecto ha sido poco estudiada.

No somos los llamados á hacer ese estudio histórico-crítico que se

echa de menos sobre el doctor Francia, pues semejante tarea nos haría

rebasar los límites que aquí nos hemos trazado. Sólo diremos que,

sean cualesquiera los juicios que en adelante se emitan acerca de tan

singularísimo hombre, éste no se rehabilitará ni dejará de tener una

página sombría en la historia americana.

Como dice un escritor, «la figura sangrienta de este personaje aparece

ennegrecida por hechos de crueldad semejantes á los de Tiberio». Su

dictadura sólo acabó con su vida, pues gobernó hasta su muerte la

República del Paraguay en la que fué un verdadero monarca, un rey

absoluto, indiscutible, punto menos que sagrado. Educado el pueblo

paraguayo por misioneros jesuítas, se hallaba en tal situación de

inferioridad y atraso que la dictadura podía ser necesaria á raíz de la

independencia; pero una dictadura moderada, benevolente, civilizadora,

ejercida con ilustración y con templanza, no con sanguinario despotismo

como el que hizo de Francia un esbirro y un inquisidor, un tirano y un

verdugo.

¿Qué beneficios produjo su larga y terrible dictadura?

La de convertir al Paraguay en un silencioso cementerio y en un borrón

para la América libre. Á la muerte de Francia, la República no había

dado un paso por la vía del progreso; y el valiente pueblo paraguayo,

desangrado, fanatizado, anémico, envilecido, ni tenía conciencia de su

ser ni aspiraciones á mejor destino, carecía de fuerza y de influencia,

no poseía, más bienestar que el del _orden_... ¡el orden y la paz de

los sepulcros!

Francia recibió la vida en Yaguarón, pueblo de indios, en 1756. Su

padre servía de mayordomo en una hacienda. Sus abuelos habían sido un

paulista y una criolla de Asunción. Desde niño estuvo en un colegio

dirigido por sacerdotes, donde aprendió latín y teología, doblez é

hipocresía, vicios y oraciones. Salió del colegio á la edad de veinte

años ansiando los placeres de la juventud y engolfándose en los goces

de la sensualidad. Sus desórdenes obligaron á su padre á hacerle

salir del Paraguay, enviándole á Córdoba donde estuvo encerrado en un

convento.

Era doctor en teología cuando volvió á su patria, donde entró de

catedrático en el Seminario; no tardó en ser despedido, tal vez por su

conducta que era de mal ejemplo, tal vez por sus ideas antipapistas.

Francia no reconocía más autoridad ni más papado que el papado y la

dictadura vislumbrados por él para sí mismo en sus noches de insomnio,

en sus delirios de teólogo y en sus ambiciones desmedidas.

Aborreció á su padre y al género humano todo entero. Á su padre le negó

un abrazo cuando estaba en la agonía. Á los hombres los odiaba; sólo

amaba á las mujeres como instrumentos pasivos de sus goces, no con el

sentimiento puro del amor humano, reflejo del divino. Era un misántropo

de la peor especie.

La revolución americana despertó en su pecho, no los sentimientos de

un corazón patriota ni los ideales de un pensamiento libre, sino vagas

aspiraciones de poder absoluto, de un poder sin trabas, sin cortapisas

y sin leyes ni responsabilidades, poder con el cual pudiera satisfacer

sus odios y saciar sus innobles apetitos.

El Paraguay se declaró independiente; el poder cayó en manos de tres

hombres, de los cuales era Francia el más inteligente ó más astuto. No

tardó en deshacerse de sus colegas y colaboradores, estableciendo su

dictadura personal. Como era consiguiente, no faltó quien se quejara,

no faltaron murmuradores y hasta circularon graciosas caricaturas;

mas no se repitieron ni las caricaturas, ni las murmuraciones, ni

las quejas. Los que proferían éstas y los autores de aquéllas fueron

ahorcados inmediatamente sin formación de sumaria, sin defensa, sin

contemplaciones.

Este sistema subsistió mientras hubo á quien ahorcar. Todo hombre

que pensaba, que discurría, que conservaba un asomo de esa dignidad

incompatible con el despotismo de una dictadura teológica y salvaje,

emigró del Paraguay para no ser ejecutado en la horca.

La Iglesia católica no podía ver con buenos ojos el poder absoluto

de un hombre que anulaba la histórica influencia de los clérigos en

el Paraguay. Allí donde poco antes el cura lo era todo, ya nadie era

nada: el doctor Francia no consentía rivales ni competidores. Él era

el señor, el amo, el dictador; él era rey y papa. Nada tenía que

envidiarle al autócrata de Rusia ni á los sultanes de Oriente.

Por eso la Iglesia conspiró contra el despotismo del doctor Francia;

pero éste se declaró patrono de la Iglesia, obligó á los curas á

casarse y disolvió el cabildo.

Sacerdotes y seglares, hombres y mujeres, niños y ancianos, pagaron

con la prisión y el tormento el descuido de no haberse detenido para

saludar al dictador cuando éste se presentaba en público.

En 1819 hizo fusilar á Yegros y á cuarenta más, sólo por la denuncia

de un clérigo que dijo haber sabido por medio de la confesión que

aquellos patriotas conspiraban. Las cárceles se llenaron de sospechosos

y á todos se les aplicó el tormento. Las víctimas recibían doscientos

azotes diarios, en presencia del doctor, hasta que confesaban ó morían.

Montiel murió sin hablar; Caballero se suicidó; los más soportaron el

suplicio por espacio de 18 meses.

En 1821 fueron fusilados 68 infelices. La ejecución se hizo al pie de

un naranjo secular, frente al palacio de Francia, que presenció el

exterminio de tantos inocentes sin conmoverse ni inmutarse.

Según dice Machain en sus _Cartas sobre el Paraguay_, el dictador

Francia fusiló doce españoles por delaciones falsas, ó por no tener

recursos para pagar las contribuciones arbitrarias que se les

imponían. Los extranjeros no podían testar, pues el Estado se declaró

su heredero. Á los españoles, además, se les inhabilitó para servir de

testigos, para ser padrinos en los casamientos y para comerciar. Se les

prohibió también que montaran á caballo.

Al principio obligaba el dictador á todos los habitantes á pararse

y descubrirse cuando pasaba él; pero más tarde ordenó que cuando él

salía de su palacio estuvieran las calles enteramente desiertas.

Los transeúntes eran obligados á retroceder y acuchillados si no se

escondían pronto.

El sabio francés Bonpland, amigo de Arago y compañero de Humboldt, que

pretendió hacer estudios en el Chaco, estuvo preso ocho años por el

singular delito de analizar plantas y clasificarlas. El doctor Francia

no transigía con la ciencia.

Francia no se casó nunca; desterró al cura que casó á su hermano;

fusiló á un hombre ¡á su propio cuñado! por haberse casado con una

hermana suya. ¡Tal era su aversión al matrimonio!

Según él, solamente los eclesiásticos debían tomar esposa.

Por delitos supuestos ó contravenciones insignificantes, hubo personas

y familias que estuvieron presas 17 años y más.

Francia no tenía más sociedad que la de su barbero, la de su médico

y la de un negrito que le servía de bufón, de espía y no sabemos si

de alguna cosa más. Por cierto que el tal negrito, llamado Pilar,

fué fusilado por haber cometido una equivocación. También acompañaba

siempre al dictador su perro, que se bebía la sangre derramada al pie

de los patíbulos. Á Sultán, que así se llamaba el perro, no le faltó

sangre que beber mientras vivió su amo.

Es imposible saber el número de víctimas sacrificadas por el dictador.

Unas veces mandaba fusilar á su escribiente por haber hecho un gesto

involuntario; otras veces, acordándose de un preso á quien tenía

con grillos hacía veinticinco años, le mandaba sacar para darle

cuatro tiros. Estos repugnantes crímenes se repetían con frecuencia,

particularmente cuando reinaba el nordeste cargado de humedad, que

exasperaba la neurosis del déspota inverosímil.

El terror de los paraguayos no tenía límites, ni precedente en la

historia universal. Los vecinos de la Asunción, al despertar por las

mañanas (si es que dormían por las noches) se asombraban al encontrarse

vivos. ¡Y esto duró muy cerca de treinta años!

El doctor Francia murió el 20 de septiembre de 1840, á la edad de 84

años. _Su muerte fué sentida_, escribe el señor Decoud en su libro _La

Atlántida_; sentimiento que prueba la gratitud de los supervivientes,

convencidos como debían de estar en su degradación de que eran deudores

de la vida al que hubiera podido arrancárselas á todos con un solo

gesto y sin ninguna responsabilidad.

Los funerales del dictador fueron pomposos; el pueblo asistió en masa,

llorando como si hubiera perdido un bienhechor; muchas personas dudaban

que hubiera muerto, esperando á lo menos que resucitara. ¿No había sido

un verdadero Dios?

El sacerdote encargado de su panegírico tuvo la avilantez de decir

estas palabras:

«No podía suceder nada más triste que lo que nos reúne en este

templo. Desde los primeros días de su enfermedad, entró el pueblo

en grandísimos temores, viéndose amenazado de la pérdida de tan

grande bien. Por fin, el clamor de la campana que anunciaba

la fatal noticia, pareció una voz articulada, pues las gentes

corrieron á la casa de gobierno, y el llanto universal...

* * * * *

»Estoy en la firme inteligencia de que, si las prisiones hubieran

sido suficientes para la seguridad del Estado, no hubiera tomado el

partido de pasar por las armas á tantos y tantos reos...

* * * * *

»Julio César y Octavio Augusto no fueron más dignos de la memoria

de los romanos que nuestro Dictador de la de los paraguayos...» etc.

El doctor Francia ha dejado una memoria aborrecible; sus crímenes son

odiosos, y las maldiciones de sus víctimas no son bastante castigo

á su perversidad: necesario es que reciba la maldición eterna de la

historia, figurando en la picota sangrienta por los siglos de los

siglos.

LOS DOS LÓPEZ

Si no hubiera existido el doctor Francia, los dos López que fueron

más tarde presidentes del Paraguay figurarían en la historia como

dos tiranos. Sin embargo, á los habitantes del país debió parecerles

benigna é ilustrada la dictadura de estos hombres, si la compararon con

la del monstruo que les había precedido.

Carlos Antonio López había nacido en 1801 y era joven todavía cuando

ascendió al poder. Impulsó las mejoras materiales, como caminos,

puertos, edificios escolares, etc., no descuidando tampoco la creación

de un ejército y la de una escuadrilla nacional. Construyó varias

obras de defensa, como si previera la invasión, aunque el Paraguay es

casi inaccesible. Contribuyó al desenvolvimiento de la ganadería en

particular, de la agricultura en general, y del comercio. Continuó la

política del doctor Francia en sus relaciones con los extranjeros,

aunque sin sus crímenes odiosos, y fué reelegido presidente mientras

duró su vida. Era, pues, un dictador vitalicio, y aun debió de creer

que sus poderes políticos y administrativos eran hereditarios como los

de los reyes, pues transmitió la presidencia ó jefatura del Estado á

su hijo Francisco Solano López en un testamento original, místico,

absurdo, por medio del cual fundaba al parecer la dinastía de los López.

No obstante lo que hemos dicho, el presidente López celebró algún

tratado de comercio con las naciones extranjeras, aunque no con muchas.

Como doctor, comprendía la conveniencia de hacer entrar al país en

relaciones con los otros pueblos; como paraguayo, influido aún por las

máximas perniciosas del doctor Francia, temía el contacto disolvente

de otros pueblos más adelantados, y más adelantados eran los pueblos

vecinos.

El doctor en cánones y en jurisprudencia Carlos Antonio López,

dictador del Paraguay, dejó de existir en 1862, sucediéndole en su

alta magistratura su hijo Francisco, hombre que ha dejado memoria

imperecedera.

Francisco Solano López había nacido en la Asunción en 1827. Se había

educado en París, de donde regresó muy joven aún al Paraguay. Al lado

de su padre tomó parte desde luego en los negocios públicos y tuvo que

hacer un viaje á Europa (1853) para ratificar los tratados de comercio

coucluídos por el Paraguay con Inglaterra, Francia y Cerdeña.

Á su vuelta al Paraguay le nombró su padre ministro de Guerra y Marina.

En 1862 murió su padre, nombrándole heredero de su alta magistratura.

Entonces fué proclamado presidente por la mayoría del Congreso, que así

ratificó la extravagancia del presidente difunto.

Sus relaciones con los gobiernos vecinos fueron desde el principio algo

tirantes, dando por resultado en 1865 una declaración de guerra al

Paraguay que firmaron colectivamente el Brasil, la República Argentina

y la del Uruguay. Estas naciones manifestaban que no hacían la guerra

al pueblo paraguayo, sino al tirano López.

Sin embargo, el ejército y el pueblo se identificaron con el dictador

y sostuvieron la guerra con singular bravura. Los combates fluviales

y terrestres, generalmente mortíferos, pusieron muy alta la fama de

heroísmo de los paraguayos. Ni sus lanchas cañoneras retrocedían una

braza ante los acorazados brasileños, ni sus batallones cedían el campo

á fuerzas superiores mientras tenían cartuchos. Victorias y derrotas

fueron igualmente honrosas para los héroes paraguayos. Quizá no se haya

visto desde los tiempos homéricos una lucha más porfiada y tenaz. López

estuvo á la altura de las circunstancias, batiéndose en todas partes

y todos los días y siempre con un arrojo verdaderamente inconcebible.

Juró morir por la patria y supo cumplir su juramento: perdió la vida en

uno de los últimos combates (1870).

El pueblo se mostró digno de aquella heroica epopeya. El Paraguay en

masa lidió con heroísmo. Hombres y niños, ancianos y mujeres tomaron

parte en la lucha. En sus postrimerías había coroneles de 20 años y

capitanes de 15 y aun soldados indios de 70, que se dejaban matar antes

que entregarse prisioneros, diciendo estas palabras que todos tenían

siempre en los labios y las cumplían:

«Un paraguayo no se rinde.»

Frase que pudiera ser el lema del escudo paraguayo, una vez que está

justificada por hechos repetidos y notorios.

Al fin triunfaron los ejércitos de la triple alianza, pero fué después

de una de las guerras más porfiadas y rudas de la historia. El Paraguay

quedó vencido, cuando ya no tenía soldados ni hombres útiles; su

población se redujo á una quinta parte de la que existía antes de la

guerra, esto es, á 300,000 personas entre mujeres, niños, viejos é

inválidos.

La ruina, por otra parte, fué completa. Cara pagó el país su adhesión á

los déspotas y su incalificable sumisión al poder personal de Francia y

de los López.

El último de éstos, sin embargo, será citado siempre como acabado

modelo de tesón y de energía. Fué un tirano sin duda, pero también un

hombre. Su personalidad tiene rasgos y perfiles propios que la harán

sobresalir en la historia americana. Si se pierde á veces la memoria

de un gobernante sabio y justo, solo por no haber sido grande, no se

pierde jamás la de un carácter, sea cualquiera su obra, quizá porque no

abundan los grandes caracteres.

Con la muerte de López y las influencias extranjeras entró por fin la

República en el régimen constitucional, marchando con lentitud, pero

con paso firme, por la senda del progreso.

CALDAS

El sabio colombiano Francisco José de Caldas nació en 1770 en Popayán,

capital hoy del Estado del Cauca, uno de los de Colombia. Fué botánico,

físico, geógrafo y astrónomo. Le distinguían con su amistad los sabios

europeos y escribió un prefacio para la _Geografía de las plantas_ del

barón de Humboldt.

Entre las obras de Caldas, bien conocidas y apreciadas por los amigos

de la ciencia, figura la Memoria publicada en 1807 con el título de

_Estado de la geografía del virreinato de Santa Fe de Bogotá, con

relación á la economía y al Comercio_, trabajo que supone dotes nada

comunes de aplicación, de saber, de constancia y de carácter. Mucho

tesón y excesiva laboriosidad necesitó poseer el que terminó con éxito

aquel trabajo difícil, que todavía se consulta con provecho.

Caldas fundó y dirigió el _Semanario de Nueva Granada_, periódico tan

original como acaso no lo haya sido ninguna publicación redactada en

nuestra lengua.

Escribió una obra titulada _Fotografía del Ecuador_, que se ha perdido

para siempre. La temprana muerte del autor y la desaparición del

manuscrito, son dos desgracias que nunca habrán llorado bastante los

amigos de la ciencia.

El malogrado Caldas murió fusilado en Bogotá el 29 de octubre de 1816.

Cuando le notificaron la sentencia, pidió un plazo que necesitaba para

rectificar ó comprobar ciertos importantes cálculos científicos. El

plazo se le negó, y fué ejecutada aquella sentencia inicua.

Hablando de Caldas, dice un escritor contemparáneo suyo: «Sabio como

Arquímedes, justo como Arístides, abnegado como Foción, severo como

Platón cuando soñaba en su utopía, nos ha dejado su ejemplo como

lección, su sangre como ofrenda en el altar de la patria, su muerte

como _inri_, si no para España, para los tenientes á quien la metrópoli

tuvo el desacierto de confiar su honra.»

Murió cuando tenía 46 años, cuando era todavía una esperanza al mismo

tiempo que una realidad.

Otro americano ha escrito sobre Caldas lo que copiamos á continuación:

«... La época más dichosa de la vida de Caldas fueron los años

en que gozó de la plena y pacífica posesión del Observatorio de

Bogotá. Digno sacerdote de la divinidad tutelar de aquel santuario

elegante, consagrado fervorosamente á su culto, pasaba allí la

mayor parte del día con sus libros, con sus instrumentos, ó con la

pluma en la mano, en las diversas tareas científicas á que se había

dedicado: pasaba allí también parte de la noche si el estado del

cielo era favorable para las observaciones astronómicas; y allí

le amanecía, tras de pocos ratos de inquieto sueño en su catre de

camino, cuando así lo demandaba la circunstancia grave de algún

notable fenómeno celeste. Un pariente inmediato y dos ó tres amigos

íntimos, incapaces de abusar de su confianza, y algún jovencito que

recibía de él lecciones de matemáticas, eran las únicas personas á

quienes franqueaba sin disgusto la entrada de aquella su habitual

residencia, en que el espíritu de orden todo lo regulaba y el menor

acto de perturbación era un crimen...»

¿Y un hombre así fué fusilado por perturbador?

Los perturbadores de la paz pública son los tiranos. Con sus tiranías

hacen imposible todo bienestar. Los que hicieron de un obrero de

la ciencia un mártir de la Revolución, los que saciaron su saña

sacrificando al sabio ilustre que sin duda era inocente, los que no

perdonaron ni el saber ni la virtud, sólo consiguieron precipitar su

ruina, deshonrarse ante el mundo y ser condenados á su vez á oprobio

eterno por el tribunal inapelable y justo de la Historia.

CÓRDOBA

El general colombiano José María de Córdoba, uno de los héroes más

simpáticos de la guerra de la Independencia, nació el último año del

siglo XVIII, esto es, en 1800. Desde niño se alistó en las fuerzas

de la patria, como oficial de una expedición organizada en Haití. La

batalla de Boyacá le valió los galones de teniente coronel; contaba

entonces 19 años. Operando con sus tropas independientemente, es decir,

lejos del mando y de la vigilancia de Bolívar, llevó á cabo repetidos

hechos de bravura que le conquistaron buen renombre y merecida

popularidad. Los laureles parecen más brillantes en frentes juveniles,

y no había colombiano partidario de la independencia que no se

complaciera enalteciendo á Córdoba, refiriendo sus hazañas y ponderando

sus méritos.

Después de las gloriosas campañas de Colombia que despertaron la

admiración y el entusiasmo públicos, fué destinado Córdoba á la

expedición del Ecuador. Militando á las órdenes de Sucre, en 1821 y

1822, fué el primero que plantó la bandera colombiana en la plaza de

Quito, hazaña que le valió el ascenso á general de brigada.

Bolívar le encomendó poco después la dirección de la campaña de Pasto,

donde cosechó nuevos laureles poniendo el último sello á su reputación

de soldado valeroso y general perito.

No es necesario, ni siquiera posible, hacer la biografía detallada

ni insertar íntegra la hoja de servicios del bravo militar que nos

ocupa. Sólo diremos que se batió constantemente, desde edad temprana,

hasta el triunfo definitivo de las armas de Colombia. En la batalla de

Ayacucho mandaba una división, cuando aún no tenía 25 años. Se puede

asegurar que la división de Córdoba, apoyada por la caballería, decidió

el éxito de la histórica batalla. Aquel día pronunció el valiente y

entusiasta Córdoba una frase que es célebre en América: al recibir del

general Sucre la orden de atacar, se volvió á sus columnas y dió estas

voces de mando:

«¡Batallones... de frente... armas á discreción...; _paso de

vencedores!_»

Los soldados prorrumpieron en entusiastas vivas á su general, tomando

las posiciones á la bayoneta.

Cuando entró Bolívar en el Cuzco y esta ciudad le regaló una preciosa

corona de oro y pedrería, Bolívar contestó que la aceptaba para el

general Córdoba... Y en efecto, se la entregó al héroe de Ayacucho... Y

éste á su vez la destinó á su ciudad natal, una ciudad de Colombia que

se llama Río Negro, situada á orillas de un río del mismo nombre que va

á desaguar al Magdelena.

Terminada la guerra del Perú volvió Córdoba á su patria, no figurando

en la política hasta 1828. En esta fecha le nombró Bolívar general de

un ejército destinado á reprimir la revolución de Popayán. Córdoba

aceptó el encargo, pero Bolívar cambió de parecer y le relevó del

mando, cediendo á malévolas insinuaciones. Resentido Córdoba por el

desaire, cometió el error de justificar con su conducta la desconfianza

del Libertador. En efecto, se unió á los sublevados; pero fué batido

en un encuentro, cayó prisionero de los bolivaristas y pereció

miserablemente asesinado por un inglés llamado Ruperto Hand. Triste fin

de una existencia gloriosa.

Lástima grande que la política de pandillaje, el pesimismo, el

despecho, lanzaran por peligrosas vías al hombre que era ya una gloria

legítima de América antes de cumplir sus 30 años.

MORAZÁN

En las cinco repúblicas centro americanas se conserva fresca la

memoria de este hombre público, de este mártir de la Federación, de

esta simpática figura de la América central. Pocos lucharon tanto como

él por la unión federal de Centro América, esa idea salvadora que

ha de convertir á las naciones centro americanas en una espléndida

Federación. Guatemala, Salvador, Honduras, Costa Rica y Nicaragua,

tienen poca importancia cada una de por sí; carecen de influencia

en los destinos del mundo; pesan poco en el equilibrio americano.

Pero unidas las cinco repúblicas bajo una sola bandera, enlazadas

políticamente por un pacto federal, sumadas sus fuerzas que todas

juntas son considerables, resultaría la más bella de la federaciones

américo-latinas.

Los Estados Unidos Centroamericanos distarían de tener la población de

Méjico; pero la tendrían mayor que Colombia ó Venezuela, casi igual á

la que cuenta hoy la República Argentina. De los pueblos unitarios,

ninguno igualaría á la Unión de Centro América. Ésta poseería

(además de sus grandes riquezas naturales, de su ventajosa posición

entre dos mares y tocando al Istmo, de sus recursos verdaderamente

inagotables) todos los beneficios del sistema federal, que es la última

palabra en la ciencia política moderna. «República federal es miel

sobre hojuelas», como dijo Emilio Castelar en sus buenos tiempos de

propagandista.

Figuras americanas: Galería de hombres illustres · 第 8 / 12 段