aumentada luego por las gloriosas guerras de la Revolución y por las
brillantes victorias del imperio. Mas también para Francia hubo un
Lepanto, un Viena y un Rocroy, no en Waterloo como se ha dicho, no en
Sedán como suponen algunos, sino en los campos de Puebla, primera etapa
del imperio militar francés en la sangrienta carrera de sus inmensos
desastres.
Cuando se escriba la historia del siglo XIX, habrá que concederles
al general Zaragoza y á sus soldados indios una influencia grande y
decisiva en los destinos de Europa. Sin Puebla no hubiese habido Sedán.
Pero si la influencia de la gran victoria mejicana se ha sentido en
el antiguo mundo, ¡cuánto mayor no habrá sido en el mundo americano!
El triunfo de Zaragoza ha librado á los príncipes de soñar en coronas
que son imposibles en América, ha evitado para siempre las veleidades
realistas ó imperialistas de caudillos ambiciosos y de aventureros
insensatos, ha curado á los traidores de toda ilusión liberticida.
El mundo todo sabe ya cómo defienden su independencia y su honor los
pueblos americanos y cómo se bate Méjico por la libertad y la República.
Zaragoza era un general modesto, que no daba importancia á su victoria.
Había cumplido con su deber y suponía que por ello no había contraído
ningún mérito especial. En su abnegación patriótica, virtudes cívicas y
severidad republicana, encontraba tan sencillo ganar una batalla como
perderla. El parte oficial que dió de la batalla, parece más bien el
parte de un revés que el de una grande y trascendental victoria. Dijo
que había sido atacado, que sus soldados se habían portado bien, que el
enemigo se había retirado á tal hora, en tal dirección, dejando tantos
ó cuantos muertos y algunos prisioneros, y que él había perdido tantos
hombres. Nada de hipérboles ni de metáforas, nada de imágenes bélicas
ni de consideraciones rimbombantes, nada acerca de sí mismo ni nada
injurioso para sus adversarios, en quienes sólo veía soldados como él
que se batían por su patria y por el honor de sus banderas. No siempre
imitan al vencedor de Puebla los caudillos victoriosos.
El general Zaragoza había nacido en Tejas (bahía del Espíritu Santo)
en 1829. Hijo de militar abrazó la carrera de su padre cuando ya era
hombre. Su hoja de servicios no contiene hecho alguno extraordinario
hasta la invasión francesa. Nombrado general en jefe del ejército
republicano, defendió las cumbres de Acultzingo, más para aguerrir á
sus reclutas y acostumbrarlos al fuego que para disputar seriamente el
paso al ejército enemigo.
El 5 de mayo de 1862 ganó la batalla de Puebla, forzando á los
franceses á emprender su retirada con dirección á la costa.
Una enfermedad traidora cortó la vida del héroe, que falleció pocos
meses después de inmortalizarse como soldado, como general y como buen
patriota.
Su nombre se inscribió con letras de oro en el salón de sesiones del
Congreso mejicano; se le declaró benemérito de la patria en grado
heroico; se le dió su nombre á la ciudad de Puebla, que antes era
_Puebla de los Ángeles_ y hoy se enorgullece con el título de PUEBLA DE
ZARAGOZA.
La memoria de este general es con justicia respetada en todos los
ámbitos de América.
CANDELARIA PÉREZ
Forzoso es confesarlo.
Aunque parece increíble, han sobresalido más mujeres en las armas
que en las letras. Sin duda son bastante más numerosas las que han
cultivado las letras y las ciencias que las dedicadas al penoso
ejercicio de las armas; pero éstas han sobresalido más que aquéllas.
No tenemos noticia de escritoras que hayan sido nombradas académicas;
pero sí de muchas damas que han ganado y lucido una charretera ó
dos. Sin hablar de las legendarias amazonas, de las heroínas de la
antigüedad, ni de las combatientes de la Edad Media; sin acordarnos
de Judit, vencedora de Holofernes, de Juana de Arc, defensora de
su patria, ni de las valerosas guerreras araucanas que sucumbieron
luchando por la independencia, tenemos ejemplos en épocas más próximas
de mujeres esforzadas y realmente varoniles.
María Pita defendiendo La Coruña que atacaban los ingleses, Agustina
de Aragón convertida en artillera de las baterías de Zaragoza, Mariana
Pineda subiendo al patíbulo en Granada, son otros tantos ejemplos de lo
que decimos.
Y en la joven América no podían faltar ejemplos de mujeres heroicas,
dotadas de vocación ó instinto militar. Si en España hubo una Agustina
de Aragón que terminó su vida de _capitán retirado_, en América hubo
una _monja alférez_ no menos famosa.
Y _sargento chileno_ fué también la heroína americana objeto de estas
líneas.
Candelaria Pérez sirvió á su patria, Chile, con singular abnegación,
denodado esfuerzo, pasmosa valentía. Sensible fué que lo hiciera en
la lucha sostenida por la nación chilena con un país, más que vecino,
hermano; pero ella no fué culpable de vivir en aquel tiempo. Lo mismo
hubiera hecho en otras circunstancias con cualesquiera enemigos.
Copiemos aquí lo que dice un biógrafo de Candelaria Pérez:
«Candelaria, de apellido Pérez, más conocida por Candelaria
Contreras, nació en Santiago de Chile en 1812. Era hija de un
artesano y carecía de instrucción. Dedicada desde muy joven al
servicio doméstico, pasó al Perú acompañando en clase de criada
á una familia chilena, en 1832. Poco después dejó el servicio
doméstico, estableciéndose por cuenta propia en el Callao
donde tenía un café conocido por el nombre de «Fonda Chilena»,
al que concurrían los marineros chilenos y otros de diversas
nacionalidades.
»En aquel tiempo declaró Chile la guerra al Perú y Bolivia,
destinando una escuadrilla á bloquear el puerto del Callao.
Las autoridades peruanas prohibieron toda comunicación con la
escuadrilla chilena que mandaba el contralmirante Simpson; pero
Candelaria encontró medio de burlar con ingenio las disposiciones
de las autoridades. No contentándose con una especie de telégrafo
óptico por medio de banderolas y de servilletas, se disfrazaba
á menudo vistiéndose de hombre y se embarcaba en algún bote
extranjero que diariamente la llevaba á conferenciar con los
oficiales de la escuadrilla. Todos los días la esperaba algún
bote chileno, á cuya banda pasaba el que llevaba á la heroína,
bastándole un minuto para informar á los marinos chilenos de lo
que pasaba en el Callao y en Lima, así como de las noticias que se
recibían del interior.
»Como era natural que sucediera, al fin se descubrió todo el manejo
de la activa Candelaria. Se dice que la delató una criada suya; lo
cierto es que, reducida á prisión, fué encerrada en unas bóvedas
en las que sufrió toda clase de miserias y penalidades. Pero todo
lo sufría la valiente Candelaria con el entusiasmo que alienta á
los patriotas. Resignada á los padecimientos, á las privaciones y
al martirio, sólo sentía que su prisión la había inutilizado para
servir á la patria chilena.
»Candelaria Pérez fué puesta en libertad por el general chileno
vencedor en Guias. No bien salió nuestra heroína de su horrible
prisión de Casamatas, se incorporó al ejército chileno sitiador de
la plaza del Callao; conociendo á palmos el terreno prestó grandes
servicios á los sitiadores, servicios que fueron bien apreciados y
recompensados dignamente. Además servía de cantinera, condimentaba
los ranchos, cuidaba de los heridos, ocupaciones múltiples que no
la impedían batirse como un soldado. No hubo encuentro, escaramuza
ni lance en que no tomara parte activa con un valor y un coraje
á toda prueba. Los veteranos celebraban de noche en el vivac
las hazañas _del cabo Candelaria_, pues ellos mismos la habían
ascendido á cabo juzgándola acreedora y considerándola superior á
los simples soldados, á los soldados rasos entre quienes combatía.
»El ascenso que le fué otorgado por la opinión pública, por los
soldados chilenos, tardó poco tiempo en ser reconocido y sancionado
por los jefes. Candelaria recibió su nombramiento de cabo, se puso
en la manga sus galones y los bautizó en un nuevo combate en el que
ganó con general aplauso el empleo de sargento.
»Cuando el ejército chileno volvió vencedor á Chile, Candelaria
hizo su entrada en Santiago con su uniforme de reglamento y su
fusil sobre el hombro con una marcialidad que llamó la atención
y despertó el entusiasmo del pueblo. No hubo más coronas para el
general en jefe que para Candelaria. Fué delirante la ovación que
se le hizo; ovación merecida según el testimonio de sus compañeros
de armas.
»El gobierno la ascendió á alférez de infantería, con una pensión
que ha cobrado hasta su muerte ocurrida hace muy pocos años.»
Tales fueron los rasgos más salientes de la vida de esta militar.
[Ilustración]
GRANT
El presidente Grant nació en el Ohio por el mes de abril de 1822, Á la
edad de 17 años entró en la Academia de West-Point, la famosa escuela
militar que ha dado siempre tan buenos oficiales al ejército de los
Estados Unidos. En la escuela no se distinguió por sus talentos, pero
sí mostró su inmensa perseverancia. Estudiaba con aplicación, y cuando
tropezaba con un problema difícil, no dejaba el libro ni la pluma
hasta encontrar la solución del problema. Exactamente como hacía más
tarde al asediar una plaza ó posición enemiga: no levantaba el asedio,
no retrocedía, hasta hacerse dueño de la posición. Sitiaba una vez
una plaza defendida por los confederados; éstos le hicieron saber que
tenían municiones, víveres, toda clase de recursos para quince meses,
y él contestó que tendría paciencia para esperar treinta años. Era un
hombre tenaz, seguro de sí mismo y dotado de una gran firmeza.
En 1844 salió de la Academia, siendo destinado como teniente segundo
al 4.º regimiento de infantería. Tomó parte en la campaña de Méjico
(1846), donde obtuvo el empleo de capitán sobre el campo de batalla.
Terminada aquella guerra fué destinado con su compañía á un
destacamento situado por el gobierno en las soledades del Oregón; allí
se cansó de la vida militar, pidiendo su retiro en 1854.
Dedicado completamente á la vida civil, desempeñó destinos particulares
y modestísimos empleos en diferentes Estados de la Unión.
Pero llegó la hora aciaga de la guerra civil; entonces Grant se acordó
de sus conocimientos militares, abandonó su empleo y se aprestó á
defender la causa de la Ley, de la Patria y de la Humanidad. Elegido
coronel de un regimiento de voluntarios, salió con él á campaña y
sostuvo con el enemigo muchos encuentros victoriosos. Empezó por
foguear su gente en escaramuzas insignificantes, haciendo conocer á los
oficiales inferiores las ventajas que proporciona el conocimiento del
terreno y el medio de estudiarlo. Muchos de sus subalternos llegaron
á distinguirse y obtuvieron mandos importantes cuando la guerra se
formalizó.
Entre tanto el ejército federal era batido repetidas veces por los
confederados. Éstos defendían dos malas causas: la del separatismo
y la de la esclavitud. Pero tenían soldados entusiastas y mejores
oficiales. Casi todos los precedentes de West-Point eran hijos de los
Estados del Sur (pues en los del Norte hay menos afición á la carrera
de las armas), y se unieron á sus compatriotas organizando magníficos
ejércitos.
La situación era grave, crítica, poco menos que desesperada cuando el
gobierno se fijó en las condiciones que poseía el bravo coronel Ulises
Grant, no sólo por sus méritos profesionales sino por el ascendiente
y la popularidad que había adquirido. Entonces le nombró general en
jefe del ejército, y él llevó á cabo la pacificación con lentitud,
pero sin retrocesos, con una calma olímpica, pero sin vacilaciones.
Lejos de ser un genio militar, fué sólo un militar de buen sentido;
nada de concepciones atrevidas ni de empresas temerarias, pero sí mucho
cálculo, mucha perseverancia y un valor á toda prueba.
Sus hechos militares son tan numerosos que no caben en este breve
apunte; de victoria en victoria llegó á la capitulación del inteligente
Lee en Appomatox, á la rendición de Richmond y á la paz.
La primera elección presidencial designó á Grant para la presidencia.
Más tarde fué reelegido. En el doble período de su mando se redujo
en muchísimos millones la enorme deuda de los Estados Unidos, deuda
contraída para los inmensos gastos de la guerra.
Terminada su misión hizo un viaje de recreo alrededor del mundo,
recibiendo muchas demostraciones de admiración y simpatía en los países
que visitó, especialmente en Europa y en Australia.
Á su vuelta á los Estados Unidos fué víctima de un desastre financiero
que le dejó arruinado. Pero pobre y enfermo supo crear una fortuna para
su esposa y sus hijos, escribiendo sus Memorias. Las _Memorias del
general Grant_, publicadas al otro día de su muerte, se han vendido en
América y en Inglaterra en cantidad suficiente para hacer la fortuna de
los herederos después de haber hecho la del editor.
Ulises Grant murió de un cáncer en 1883.
Sus funerales han sido los más suntuosos de que hay memoria en los
Estados Unidos. La nación entera se ha asociado al duelo de la
familia y á las manifestaciones oficiales. Sus antiguos adversarios
le dedicaron coronas, como los combatientes de su mismo bando. La
raza de color estuvo representada en el entierro, dando testimonio de
su gratitud al que rompió con su vencedora espada las cadenas de la
esclavitud.
Ulises Grant es algo más que una gloria americana: es una gloria
universal. Su nombre unido al de Lincoln sobrevivirá á los tiempos, y
á través de mil generaciones llegará á las remotas edades.
Sirva su nombre de ejemplo, así á los militares como á los paisanos.
Grant fué soldado leal, servidor fiel de la Democracia y de la
Constitución, prefiriendo el título de ciudadano al de dictador
ó protector ó rey. Cuando el presidente Lincoln fué villanamente
asesinado y estaba perturbada la República, Grant disponía de un
formidable ejército, de un prestigio sin igual, de una ocasión propicia
para satisfacer sus ambiciones si las hubiera tenido. No tuvo más
que la ambición legítima y honrada de entregar su espada vencedora
á la nación de quien la había recibido, la de disolver su ejército
reduciéndolo á sus proporciones de épocas normales y la de confundirse
como todos sus soldados en el seno de la Democracia consagrada á las
fecundas labores de la paz, de la libertad y del progreso. Desempeñó
las primeras funciones de Estado, en obediencia á la voluntad del
Pueblo y en cumplimiento de la Constitución; pero no soñó siquiera en
imponerse á la voluntad de la Nación, como lo hubiera hecho cualquier
caudillo vulgar.
El invicto Grant es el más perfecto tipo del soldado de la Democracia.
Es el soldado pacificador.
ARTURO PRAT
En las razas decadentes, en los pueblos sensuales y en las almas viles,
sólo hay aplausos para el éxito, sólo hay vítores para el vencedor,
sólo se ambiciona el triunfo y sólo se admira la riqueza.
Pero la nación chilena se ha mostrado digna, en honra propia, de su
glorioso y preferido héroe: de Arturo Prat.
Era la víspera un obscuro, un desconocido oficial de la marina chilena;
al día siguiente de su heroico sacrificio había conquistado lugar, y
predilecto, en el corazón de sus paisanos y un puesto envidiable en los
anales de Chile.
No solamente sus agradecidos compatriotas, sino todos los marinos de
todas las naciones europeas y americanas, todos los hombres que admiran
la intrepidez, aplauden la bravura y sienten en sus pechos el fuego del
entusiasmo, colocan á Arturo Prat en el altar de los héroes.
Perpetúan su memoria monumentos é inscripciones que le ha dedicado su
patria agradecida; lleva su nombre una magnífica nave de combate; no
hay familia chilena qué no tenga su retrato, cubierto de laureles y
coronas, en lugar preferente del hogar.
Porque los chilenos rinden culto á sus héroes y no olvidan nunca las
glorias de su patria. Que es la manera de fortalecer la patria y dar
vida á nuevos héroes.
Pocas palabras diremos del ilustre varón á quien dedicamos estas
líneas. Murió demasiado joven, y su historia es breve: sólo tiene una
página.
Pero esa página única de la historia del insigne Prat no se perderá
jamás en la sombra del olvido; será tan duradera como Chile, como el
Océano, como la Humanidad. Mientras haya hombres de corazón y artistas
de sentimiento, y sociedades que no se prostituyan en el culto del
becerro de oro, no faltarán patriotas que lo imiten ni poetas que lo
canten ni admiradores de una raza que en ambos mundos engendra tales
hombres.
No queremos hablar de la guerra entre Chile y el Perú; está fresca
todavía la sangre derramada, es demasiado reciente, fué sobrado
desastrosa. Pero sí hablaremos del combate naval, tan glorioso para
Chile, donde Prat conquistó con la muerte la inmortalidad.
Fué el 21 de Mayo de 1879. La escuadra chilena bloqueaba el puerto de
Iquique, sin que la peruana se opusiera. Mas llegó un día en que las
fuerzas del bloqueo se vieron reducidas á dos viejos barcos de madera,
la corbeta _Esmeralda_ y la goleta _Covadonga_; aprovechando la ocasión
los marinos peruanos, se presentaron repentinamente con el potente
acorazado _Huáscar_ y la bien artillada fragata _Independencia_.
El capitán Prat, que mandaba la _Esmeralda_, hubiera podido retirarse
con honor dada la inferioridad de los dos barcos chilenos; pero siendo
de más andar los dos barcos enemigos, comprendió que con la retirada no
se evitaba la lucha porque el enemigo le hubiera dado alcance.
Obligado, pues, á combatir, consideró preferible hacerlo en aquellas
aguas. Así presenciarían desde la costa el heroísmo chileno.
Á los primeros disparos de cañón que hizo el _Huáscar_ sobre la
_Esmeralda_, contestó la tripulación chilena con un entusiasta ¡viva
Chile! El capitán Prat, sereno sobre el puente, arengó más de una vez
á los suyos; su débil artillería contestó á la poderosa del _Huáscar_,
aunque sus proyectiles no hacían más que lamer la resistente coraza
del poderoso enemigo. En tanto los chilenos eran destrozados por los
cañones disparados sobre ellos á tiro de pistola, como también por la
fusilería que los hostilizaba desde tierra.
Destrozada la _Esmeralda_ y diezmada su tripulación, el comandante
del _Huáscar_ asombrado al ver tanto heroísmo gritó á Prat desde su
torre: «Capitán, ríndase; ha hecho usted más de lo que exige el honor;
queremos salvar la vida de esos valientes.»
El valeroso Prat respondió inmediatamente: «Los chilenos no se rinden».
La _Esmeralda_, acribillada, enrojecida de sangre y llena de averías,
apenas se sostenía sobre el agua. El contralmirante don Miguel Grau,
perdida toda esperanza de que Prat se rindiera, quiso acabar de una vez
echando á pique la vieja nave chilena con el espolón del _Huáscar_.
Al chocar ambos buques, saltó Prat desde el suyo al puente del peruano,
siguiéndole un bizarro marinero. Allí perecieron ambos lidiando como
leones.
Da el monitor un segundo espolonazo, y al choque lo abordan (tan
heroicamente como antes lo hizo Prat) el teniente Serrano y algunos
marineros. Todos sucumbieron peleando sobre el buque enemigo. Fué un
abordaje heroico.
Al mismo tiempo se hundía la vieja _Esmeralda_ en los hondos abismos
del Océano, llevándose consigo los cuerpos mutilados de muchos
combatientes, el respeto de sus enemigos y la admiración de todo el
mundo.
Ya estaba anegado el buque y la pólvora mojada, cuando el teniente
Riquelme disparó el último cañonazo de aquel memorable día. Último
saludo á su bandera, último adiós á la patria, coreado por las voces
de los marineros que ya sumergidos en las olas alzaban sus cabezas
gritando en su último aliento: ¡viva Chile!
La bandera fué lo último que desapareció de la _Esmeralda_.
Algunos marinos de la _Esmeralda_ que sobrevivieron al combate, fueron
recogidos por el _Huáscar_ antes que fueran tragados por las olas;
pero muchos de aquellos tripulantes se ahogaron sin que los vencedores
lograran socorrerlos.
El caballeresco vencedor, contralmirante Grau, se mostró digno de su
victoria honrando á los vencidos.
Don Miguel Grau y don Arturo Prat eran dos héroes de la misma talla y
dignos uno de otro. El azar del nacimiento les dió distintas patrias,
pero no desiguales sentimientos. Animábalos el mismo espíritu,
pertenecían á la misma raza, combatieron el uno contra el otro en las
aguas del Pacífico, y en el Pacífico tuvieron ambos gloriosa sepultura.
[Ilustración]
MIGUEL GRAU
Á este noble marino peruano, vencedor en Iquique del chileno, le cupo
la suerte de ser vencido á su vez cuando le tocó luchar contra fuerzas
superiores.
Con su monitor, el _Huáscar_, había logrado echar á pique la
_Esmeralda_, viejo barco de madera; había sostenido otros combates
más ó menos ventajosos con otros barcos chilenos; había esquivado con
notable pericia, secundando las órdenes de su gobierno, todo combate de
éxito dudoso. Y, en suma, había prestado servicios eminentes al Perú,
su patria.
Pero llegó un día, el 8 de octubre de 1879, en que se vió forzado á
combatir contra fuerzas bastante superiores y naves más potentes.
Copiamos de un historiador chileno[7]:
[7] Barros Arana, _Historia de la Guerra del Pacífico_.
«... La lucha se iba á empeñar entre dos naves revestidas por una
espeza coraza de fierro.
»El _Huáscar_ rompió sus fuegos en retirada á las nueve y cuarto de
la mañana. El _Cochrane_ (acorazado chileno) siguió avanzando, y
sólo cuando hubo acortado considerablemente la distancia hizo sus
primeros disparos sobre la nave enemiga. Jamás fueron más certeros
los disparos de la artillería. Los cañonazos del _Cochrane_
destrozaron la torre blindada del _Huáscar_, destrozando también al
comandante Grau. Dos oficiales que tomaron el mando sucesivamente,
cayeron uno en pos de otro en el puesto de honor.
»La derrota del monitor peruano parecía inevitable. Sin embargo,
el combate se sostuvo con toda energía cerca de una hora más con
nutrido fuego de cañón y de las ametralladoras que el _Huáscar_
tenía en sus cofas...
»Mientras tanto la fragata _Blanco Encalada_ (chilena), forzando su
máquina, se acercaba al sitio del combate, rompía sus fuegos sobre
el monitor peruano y seguía avanzando como para espolonearlo. Se
estrechaba la lucha más y más, y la espesa humareda de los cañones,
de las ametralladoras y de los rifles ocultaba á cada instante la
verdadera posición de cada nave. El comandante Latorre (chileno),
por medio de un movimiento bien ejecutado, colocó al fin al
_Huáscar_ entre dos fuegos obligándole á rendirse.»
El _Huáscar_ se rindió cuando ya no existía el benemérito Grau;
cuando ya habían muerto los dos bravos marinos que le sustituyeron en
el mando; cuando se contaban 61 muertos abordo y era casi imposible
toda resistencia. De los 200 hombres que componían la tripulación del
monitor peruano, sólo 140 quedaron en poder del enemigo (y heridos
muchos de ellos).
Tal fué el sangriento combate de Angamos, donde los chilenos tomaron su
revancha del de Iquique.
El comandante Riberos (chileno), en su parte oficial de la captura del
_Huáscar_, se expresaba así:
«La muerte del contralmirante peruano don Miguel Grau ha sido muy
sentida en esta escuadra, cuyos jefes y oficiales hacían amplia
justicia al patriotismo y al valor de aquel notable marino».
No todos en Chile han sido tan justicieros con el benemérito patriota
peruano. Tampoco en el Perú han hecho todos justicia á don Arturo Prat.
Es que la pasión obscurece el raciocinio. Pero estamos bien seguros de
que ha de llegar un día en que todos tributen los aplausos más sinceros
al adversario vencido, que los combatientes se degradan deprimiendo al
enemigo, vencido ó vencedor.
Por nuestra parte, no haremos comparaciones entre el combate de Angamos
y el de Iquique, ni entre el comandante Grau y el joven capitán Prat.
El valor del último es sin duda más épico; el del primero es más sereno
y más solemne. Los dos combates son igualmente gloriosos para las dos
marinas chilena y peruana.
La memoria de Grau es imperecedera. En el Perú causó la noticia de su
muerte, y la de la pérdida del _Huáscar_, una emoción profunda. Y el
tiempo no ha desvanecido la impresión. Todavía en 1890 se escribe en
Lima con lágrimas como á raíz de aquel infausto suceso.
APÉNDICE
FIGURAS EMINENTES
WÁSHINGTON--BOLÍVAR--SAN MARTÍN--JUÁREZ--LINCOLN.