notables del protestantismo, de quien había sido discípula aprovechada.
El doctor Stowe fué profesor del seminario de Cincinatti desde 1832
hasta 1850, fecha en la cual se vió perseguido por abolicionista y se
refugió en el Estado del Maine. Su mujer le acompañó.
Poco después desempeñaba el marido una cátedra de literatura bíblica,
mientras ella se ocupaba en escribir novelas.
Su fama literaria fué creciendo por grados y con lentitud; primero
estuvo circunscrita á la localidad donde vivía y al círculo de sus
relaciones; después se extendió por los Estados Unidos; más tarde llegó
á Inglaterra, donde la novelista se hizo eminentemente popular. Todo el
mundo leía las obras de Enriqueta.
Sin mencionar sus artículos, cuentos y ensayos de la juventud,
escribió Enriqueta una serie de estudios que se publicaron en _The
National Era_, notable periódico abolicionista que se daba á luz
en Wáshington. Esos mismos estudios son los que llamaron tanto la
atención y cimentaron el renombre de la novelista, cuando aparecieron
coleccionados en dos volúmenes con el título de _La choza de Thom_
(Boston, 1852).
El libro adquirió las proporciones de un acontecimiento. Á su
indisputable mérito literario reunía un interés de actualidad, pues
la lucha teórica entre esclavistas y abolicionistas se hallaba en
toda su fuerza. Las polémicas sostenidas con singular pasión por las
partes contendientes, no eran sino el preludio de la lucha armada. Por
consiguiente, _La choza de Thom_ era una buena acción á más de ser un
buen libro. La escritora intervenía con las armas de su entendimiento
y su sensibilidad en favor de los esclavos negros. Servía juntamente,
quizá no sospechando ella misma el alcance de su obra, en favor de las
letras, en honra de la patria americana y en obsequio de la humanidad
escarnecida.
El libro circuló con profusión, no solamente en los Estados Unidos,
sino en el mundo entero; fué traducido á casi todas las lenguas y en
todas partes se hicieron numerosas ediciones. Los ingleses arrebataban
la obra de los estantes de las librerías, no quedando un inglés
medianamente ilustrado ni una inglesa pasablemente instruída que no la
comprara y la leyera.
Fué un éxito delirante.
Sólo en un año se imprimieron 300,000 ejemplares nada más que en los
Estados Unidos.
Pasado el entusiasmo de los primeros días empezaron á circular en
América las críticas de la obra, algunas muy acerbas. No faltaba
ciertamente motivo en qué fundarlas, pues el libro de Enriqueta no
carecía de defectos y de imperfecciones; pero no fué la crítica
literaria, sino la saña esclavista quien se cebó en la escritora
despiadadamente. Ella no había pensado ni pretendido nunca hacer un
monumento literario ni soñaba en un éxito tan extraordinario como tuvo,
pues había escrito con el corazón, en lenguaje tal vez desaliñado,
tratando de conmover y despertando la indignación y la ira de los
bárbaros negreros y de los odiosos esclavistas que á toda costa querían
sostener en una democracia la gangrena de la esclavitud.
Se intentó procesar á la noble novelista en nombre de las leyes,
puesto que las leyes autorizaban la existencia de esclavos en la
gran República. Sin embargo, no se llevó adelante la persecución.
Los tribunales hubieran absuelto á la que denunciaba tantos abusos y
crímenes cometidos á la sombra de leyes inhumanos.
Poco después se publicó en los Estados Unidos un comentario de la
obra de Enriqueta, con el título de _Clave de la choza de Thom_. Esta
producción demostraba plenamente que el libro no era parto de una
sensibilidad exagerada ni de una imaginación enardecida, sino copia
fidelísima de la negra realidad.
En 1853 hizo Enriqueta un viaje con su marido, recibiendo en Inglaterra
una acogida entusiasta y cariñosa. Al volver á América publicó sus
_Memorias felices de tierras extranjeras_, libro en que cuenta sus
impresiones de viaje.
Posteriormente escribió algún otro libro continuando su campaña
contra la esclavitud, como _Dred_ (última producción de la celebrada
novelista) que vió la luz en Boston y Londres en 1856. _Dred_ es una
sátira contra la esclavitud, impregnada de cristianismo filantrópico,
de caridad evangélica, de comunicativa sensibilidad como _La Choza de
Thom_.
La influencia ejercida en América por _La Choza de Thom_ es indudable.
Su libro hizo llorar á una generación; excitó el celo de los
abolicionistas, despertó la dormida caridad de los indiferentes y
estremeció á los tiranos de la raza oprimida. Los héroes que doce años
más tarde rompieron en cien batallas las cadenas de la esclavitud,
recordarían en el fragor del combate las lágrimas que habían escaldado
sus mejillas al leer _La Choza de Thom_. ¿Qué americano existía que
no hubiera leído, y leyéndolas, llorado, las desventuras del negro
maltratado y perseguido?
Enriqueta Stowe deja un envidiable nombre literario y una memoria digna
de respeto.
Su obra capital será leída siempre con verdadera emoción, y hará
ruborizar á los descendientes de los esclavistas, no hasta la cuarta,
sino hasta las últimas generaciones.
La raza de color debe una estatua á Enriqueta; y con estatua ó sin
ella, le debe una inmensa gratitud.
CASTILLA
El general peruano Ramón Castilla nació en la provincia de Tarapacá por
los años 1796 ó 1797. En su juventud perteneció al ejército español en
clase de oficial, como otros jóvenes americanos que adquirieron en las
filas realistas los conocimientos militares que luego aprovecharon en
servicio de la Independencia.
Los ejércitos de España en sus colonias de América se nutrían
generalmente de reclutas indios, sobre todo en épocas normales;
había también soldados españoles, pero éstos en escasa minoría. Los
oficiales eran de raza española, tanto criollos como peninsulares,
unos y otros sirvieron lealmente á España, subsistiendo aun hoy
en la península jefes retirados, generales distinguidos y hombres
públicos, nacidos en el Perú ó en Méjico, en Nueva Granada ó en el
Plata, en Chile ó Venezuela, en Guatemala ó las Antillas. Muchos de
ellos han desaparecido, en España, ocupando los más altos puestos en
la gobernación y en la milicia, en las letras y en la Iglesia. No es
posible que los citemos á todos ni eso responde á nuestros objeto;
sólo diremos que los generales don Manuel de la Concha (marqués del
Duero), don José de la Concha (marqués de la Habana), don Antonio Ros
de Olano (marqués de Guadeljelú), don Luis y don Fernando Fernández de
Córdova (marqueses de Mendigorría), don Juan Zavala (marqués de Sierra
Bullones), don Juan de la Pezuela (conde de Cheste), el célebre general
Narciso López ajusticiado en Cuba, el almirante Topete, el cardenal
Moreno, el poeta Ventura de la Vega y otros mil, habían nacido en las
colonias de América. Todos estos personajes eran niños cuando empezó la
guerra de la Independencia americana; pero otros americanos que habían
nacido en el siglo precedente, que se batieron por España y que en
España han muerto, ocuparon también brillantes posiciones en la madre
patria, distinguiéndose con especialidad en las letras, las armas ó la
política desde 1824 hasta que el tiempo los ha ido acabando poco á poco.
Pero hemos dicho que algunos, entre ellos el general Castilla, optaron
en la hora crítica por la causa americana. Su amor á la Patria y á la
libertad fué más poderoso que sus compromisos con la metrópoli, que
su afecto á la tradición, que su fidelidad á un rey malvado y perjuro
como Fernando VII. El rey, que era entonces el símbolo de la unidad
nacional, fué traidor á lo que él mismo personificaba; los hombres
dignos estaban relevados para con él de todo compromiso. Los militares
que, siendo americanos, se decidieron sin vacilaciones por la causa de
la Independencia, fueron sin duda los más cuerdos y los más patriotas.
Castilla era capitán cuando abrazó la causa de la Independencia, á la
que le arrastraban de consumo el sentimiento patrio, los principios
liberales y su dignidad de hombre. Pudiendo ser ciudadano ¿cómo había
de ser vasallo?
El 9 de diciembre de 1824, á las órdenes de Sucre, tomó parte en la
gloriosa batalla de Ayacucho que puso fin á la dominación de España
en el Perú y en América. En el ejército peruano ascendió luego á
mayor, comandante y coronel, figurando activamente en la política de
su país desde 1831. En la guerra civil de 1834 ascendió á general de
brigada. Después de las batallas de Yanacocha y Socabaya, perdidas por
él en 1835, emigró á la República chilena. En 1839 se encontró en la
batalla de Jungaí como general de división de las tropas de Gamarra,
contribuyendo mucho á la victoria.
El general Castilla fué ministro de Hacienda. Más tarde, en 1845, fué
elegido presidente del Perú. En tan elevado puesto mereció bien de
su patria y de la humanidad, aboliendo la esclavitud de los negros.
Devolver su libertad á 30,000 esclavos: he aquí el timbre de gloria
del general Castilla. Hizo más: suprimió el injustísimo tributo que
dos millones de indios pagaban todavía á los que, en plena república,
seguían siendo sus señores.
Castilla supo mantener el orden, aumentó la marina peruana dotándola
de vapores y organizó la Hacienda fundando el crédito nacional, que
antes de su mando no existía. Suprimió la pena capital por delitos
políticos, y aunque subsistió para crímenes comunes, jamás quiso firmar
una sentencia de muerte.
En la época de su mando se mejoraron las costumbres públicas, pues, él
daba ejemplo de respeto á las leyes, de sinceridad electoral y de amor
á todas las libertades.
Firmó tratados con otras repúblicas de América, extendió la influencia
del Perú en el exterior, impulsó los progresos industriales en el
interior y mejoró la organización del ejército peruano.
Los primeros ferrocarriles peruanos se deben á la iniciativa
inteligente del general Castilla, que para construírlos se asoció á un
capitalista chileno muy acaudalado y muy amigo suyo[6].
[6] Don Pedro González de Candamo.
En 1858 fué elegido nuevamente para la magistratura suprema del Estado,
habiendo sido presidente de la República por espacio de catorce años en
el transcurso de su larga y provechosa vida política, una de las más
gloriosas del Perú.
En 1867, á la edad de 70 años cumplidos, se puso al frente de una
rebelión. El acto ha sido juzgado con dureza. Á nosotros sólo nos toca
decir que lo pagó muy caro, pues le costó la vida: sucumbió en el campo
de batalla.
LAMAR
El general José Lamar nació en Guayaquil en 1778. Era, pues,
ecuatoriano; mas en aquel tiempo el Ecuador no existía como
nacionalidad particular, sino como parte integrante del Perú.
En su niñez fué Lamar á Madrid en compañía de su pariente el doctor
Cortázar, que había de ser más adelante oidor en la audiencia de Bogotá
y regente de Quito.
En España ingresó Lamar en el ejército desde su primera juventud,
habiendo ido con su regimiento al Rosellón con motivo de la guerra
declarada por todas las monarquías de Europa á la primera República
francesa.
Los ejércitos de la República se cubrieron de gloria en todas las
fronteras y las ensancharon con sus triunfos; pero en el Rosellón
encontraron un adversario digno de medirse con los caudillos
revolucionarios, en el ilustre general Ricardós, gaditano célebre y
militar instruído con quien aprendió Lamar el arte de la guerra.
Al terminar la campaña del Rosellón, era Lamar capitán del regimiento
de Saboya que aun existe en España.
Tomó parte después el joven ecuatoriano en la guerra de la
independencia sostenida por los españoles contra los ejércitos
imperiales de Napoleón I, habiéndose encontrado en el memorable sitio
de la inmortal Zaragoza, donde fué herido de mucha gravedad.
Restablecido más tarde y ascendido á coronel, sirvió á las órdenes
del general Blake en la campaña poco feliz que sostuvo éste en la
región valenciana. Lamar se distinguió mandando una columna de 4,000
combatientes; pero comprendido en la capitulación del 9 enero de 1812,
tuvo que rendirse al general Suchet y fué llevado prisionero á Francia.
Destinado al depósito de prisioneros establecido en Dijón, se negó á
empeñar su palabra de permanecer en la ciudad, lo que obligó á los
franceses á encerrarle en un castillo. Un realista francés, enemigo
de Bonaparte y de la Revolución, le proporcionó los medios de fugarse
y pudo Lamar al cabo de algún tiempo ganar la frontera suiza. Después
atravesó toda Italia, embarcándose en Nápoles con rumbo á la península
en un barco inglés de guerra.
Desembarcó Lamar en la ciudad de Cádiz cuando ya los franceses habían
evacuado el territorio español. Se dirigió á Madrid, donde Fernando VII
recompensó sus servicios ascendiéndole al generalato y destinándole
á Lima, como él solicitaba. Lamar llego á Lima con el propósito de
conciliar las tendencias separatistas de los americanos y los llamados
derechos de la metrópoli. Amaba la libertad, la independencia, el
derecho y la justicia; pero sentía gran respeto á España y no quería
una ruptura completa; sus aspiraciones eran ya irrealizables, pues dada
la situación de las cosas, el estado de los ánimos y la sangre vertida
por unos y por otros, aflojar los lazos entre España y América era lo
mismo que acelerar el momento de la emancipación. Lo que pretendía
Lamar hubiera sido bueno, político, oportuno, sesenta años antes; en
1815 era imposible y absurdo.
Así lo comprendió por fin el ilustre ecuatoriano, decidiéndose con
resolución por la libertad de América. El soldado de la independencia
española, también lo fué de la independencia peruana. Tardó mucho en
decidirse, pero su concurso fué precioso.
El Perú independiente quiso premiar los servicios de Lamar, que bien
lo merecían; al efecto le hizo donación de una riquísima hacienda, que
había sido embargada á un español; pero Lamar sólo aceptó el donativo
para devolver la hacienda al dueño despojado. Era éste adversario suyo,
enemigo de la Independencia, persona poco estimada en el país; pero
Lamar tenía un corazón generoso y dió muestras de un desprendimiento
digno de alabanza.
Lamar se mezcló posteriormente en sucesos políticos de los que agitaron
el Perú, viéndose obligado á emigrar y emigrando para no volver. Murió
en San José de Costa-Rica en 1830.
Pero los despojos del gran mariscal Lamar no podían perderse lejos del
Perú. En 1834 autorizó la Convención nacional al Poder ejecutivo para
trasladarlos con decoro desde la América central al cementerio de Lima,
y se operó la traslación en 1845, siendo jefe del Estado peruano el
benemérito general Castilla.
[Ilustración]
SUCRE
Declaramos sinceramente que hemos vacilado antes de resolvernos á
incluír á Sucre en esta galería.
Figuran en ella las celebridades americanas de segundo orden, los
personajes célebres cuya nombradía no siempre sale de los límites de
una nación, los que pueden ser olvidados y aun desconocidos.
¿Pero quién no conoce al héroe legendario de Ayacucho?
Si hemos omitido los grandes hombres como Wáshington, Bolívar, San
Martín, Lincoln y Juárez, personajes históricos de fama imperecedera,
¿no debiéramos hacerlo mismo con el gran mariscal Sucre?
Todas las figuras que hemos bosquejado son justamente célebres; pero no
todas en el mismo grado. La celebridad de un Hámilton, que es grande en
los Estados Unidos, se desvanece y pierde antes de llegar al Ecuador;
la de Lamar, que es grande en el Ecuador, Bolivia y el Perú, apenas
alcanza á Méjico; la de Bilbao, tan considerable en Chile y aun en la
Argentina, quizá no llegue á Colombia, Honduras y Guatemala. ¿Pero
dónde no resplandece con destellos vívidos la gloria inmortal de Sucre?
¿Dónde está el americano que desconozca al héroe? ¿Cuándo habrá una
generación tan ingrata que le olvide?
Por eso hemos vacilado antes de resolvernos á dedicarle un capítulo,
decidiéndonos al fin una consideración: la de que nunca serán bastantes
los aplausos que se le tributen ni las maldiciones que se lancen contra
sus cobardes asesinos.
Sucre nació en Cumaná (Venezuela) en 1793. Se alistó en 1810 en las
filas patriotas y se batió á las órdenes del general Miranda. Vencido
éste por los españoles, combatió al lado de Nariño. En 1813 era Sucre
teniente coronel y peleaba á las órdenes del inmortal Bolívar.
Los futuros vencedores de Ayacucho y de Junín se estimaron desde el
punto que se conocieron. Tal vez adivinaron que habían de vivir juntos
en la historia, como inseparables colaboradores en la obra magna de la
independencia. La amistad de los héroes no se quebrantó jamás.
Los hechos de armas de Sucre, sus esfuerzos por organizar los mejores
ejércitos que América tuvo entonces (y nunca los ha tenido después
superiores ni aun iguales), sus privaciones, peligros, contratiempos
en una guerra feroz de catorce años, todos los sacrificios; todos los
reveses, todos los triunfos que logró en sucesivas campañas, son hechos
que pueden ser detallados por sus biógrafos, pero no caben en este
ligero apunte. Sólo diremos que sus victorias como sus derrotas, sus
acciones de guerra como sus planes de organización y de campaña, sus
servicios militares y sus méritos cívicos, todo ello aparece oscurecido
y en segundo término ante el resplandor que despiden las espléndidas
victorias de Pichincha y Ayacucho, en las cuales se cubrió el general
Sucre de inmarcesibles coronas de laurel.
En Pichincha mostró Sucre todo el valor de su genio militar. En
Ayacucho puso feliz remate á la dominación de España en el Nuevo Mundo.
La primera de estas dos batallas fué decisiva por lo que influyó en la
suerte de la guerra. La segunda tiene una importancia histórica por
nadie desconocida.
Desde el punto de vista militar, Pichincha vale más ó tanto como
Ayacucho; pero considerada desde el punto de vista político é
histórico, la de Ayacucho es la victoria más trascendental del siglo
XIX.
De todas maneras, los militares europeos (á la verdad no muchos) que
se dedican á estudiar las guerras americanas, de lo que se asombran
no es de las batallas y de las victorias que han inmortalizado á los
caudillos de América, sino de sus marchas increíbles, de aquellas
penosas é inverosímiles jornadas por cordilleras abruptas, desiertos
sin caminos, sabanas sin recursos y selvas seculares. Bolívar, Sucre y
San Martín, con más motivo que Napoleón el Grande, pudieron felicitarse
y enorgullecerse de tener soldados «que pasaban ríos sin puentes,
marchaban sin zapatos, vivaqueaban sin raciones y sin aguardiente,
combatían con los elementos y con los enemigos». Los generales de la
independencia americana hicieron más en los Andes y en las pampas de la
América del Sur, y con más éxito, que Aníbal en los Alpes ó Napoleón en
las estepas rusas, llanuras heladas que fueron la tumba de su ejército.
El 24 de diciembre de 1824, en los campos de Ayacucho, se rindió
á Sucre el general La Serna, último virrey del Perú, quedando
prisioneros con el virrey los generales Canterac, Valdés, Carratalá,
Monet y Villalobos, gran número de jefes y oficiales y más de 2,000
soldados. Estos últimos, casi todos indios, ingresaron en el ejército
libertador; los generales, jefes y oficiales, así los peruanos como
los peninsulares, después de estar algún tiempo en diferentes pontones
fueron enviados á la Península con todo el respeto y consideración
debido á la desgracia.
El general Rodil con un puñado de hombres se sostuvo todavía algún
tiempo en la plaza del Callao, no con esperanza de éxito ni con
ilusiones imposibles, sino por el honor de las armas y el lustre de la
bandera.
El Alto Perú, que á Sucre debía su libertad, se constituyó en República
adoptando el nombre de «Bolivia» que todavía conserva. Sucre fué
elegido presidente.
En 1828 renunció tan alto puesto, que solamente le había producido
sinsabores, y regresó á su patria.
En ella no fué tampoco feliz: el héroe de Ayacucho, el gran mariscal,
el hombre que había cosechado más puros y legítimos laureles, murió
villanamente asesinado en la provincia de Pasto el día 4 de junio de
1830.
¡Que caiga la maldición de la historia sobre los aleves mercenarios que
atentaron á su preciosa vida, pero más duramente sobre los infames á
quienes servían de vergonzoso instrumento!
La memoria de Sucre no puede perecer: es doblemente sagrada para los
hijos de América, pues fué mártir después de haber sido héroe; fué
bueno después de haber sido grande; fué generoso con los vencidos,
justo con los redimidos y magnánimo con los rebeldes.
¡Gloria á Sucre!
WALKER
Este americano célebre de nuestros días forma un contraste violento con
el anterior. Sucre, que le precede en nuestra galería, fué un defensor
de la justicia, un soldado de la libertad, un héroe de la patria.
Walker no es otra cosa que un osado aventurero sin más ideal que la
codicia. Para él no había gloria si no había utilidades, prefiriendo
en todo caso la rapiña á los laureles. Si vamos á bosquejar su figura,
no es para tributarle aplausos que no merece ni para honrar su memoria
que es bien poco ejemplar, sino para marcarlo con afrentoso estigma por
perturbador de pueblos y victimario de hombres.
Las glorias militares, los nombres de los guerreros, las batallas
históricas y trascendentales deslumbran á los pueblos y resplandecen en
las páginas de la universal historia; pero es con la condición de ser
glorias legítimas, de ser nombres honrados, de ser batallas libradas
por causas dignas y justas.
Las guerras promovidas por el interés ó la ambición de reyes ó de
pueblos, no son legítimas nunca; las que tienen por fundamento la
ruindad ó la audacia de un caudillo, no pueden ser gloriosas; no
hay más guerras gloriosas que las guerras justas, y únicamente son
justas las que sostienen los pueblos en defensa de su libertad, de su
independencia y de su honor.
Las guerras de conquista pueden ser en algún caso gloriosas, no por las
hazañas de los conquistadores, sino por los beneficios que produzcan
á la civilización, al progreso y á la humanidad. En muchas ocasiones
son los conquistados los más favorecidos. La humanidad tiene derecho á
poseer el mundo, á estirpar la barbarie donde exista y á destruír las
barreras que oponga la ignorancia á la fraternidad.
Pero Walker no intentó abrir ninguna puerta al comercio, ni destruír
valladares que se opusieran á la civilización, ni romper cadenas de
esclavos que no existían, ni librar á Centro-América de tiranos y
déspotas odiosos. No fué más que un atrevido y audaz filibustero, con
ideales mezquinos si es que los suyos merecen el nombre de ideales.
Guillermo Walker nació en los Estados Unidos (Tennessee) en 1824. Se
educó en Alemania, donde no se distinguió por sus talentos aunque sí
por sus puños. Cuentan que descalabró á muchos estudiantes alemanes.
Su carácter inquieto le impulsó á viajar, sin que los años le hicieran
menos turbulento ni modificaran su genio díscolo y emprendedor.
Intentó conquistar el departamento mejicano de Sonora, mas fué vencido
por los mejicanos.
Después alistó 10,000 filibusteros, con los cuales fingió que se
proponía conquistar la Isla de Cuba; pero el nublado cayó en el
continente, en la América Central. Nicaragua fué la víctima de la
osadía de Walker, pues desembarcó en las costas de esa pacífica
República en 1855.
Walker y su gente cometieron sin pudor todo género de tropelías,
sembrando el terror y la desolación en campos y ciudades. Hombres sin
fe y sin vergüenza, no respetaban las leyes ni las costumbres ni la
religión de Nicaragua. ¿Cómo habían de respetar la conciencia de los
habitantes si ellos no la tenían?
La empresa filibustera de Walker no fué única, pues habiéndole salido
bien la de 1855, organizó una segunda aprovechando la ocasión de una
ruptura entre Nicaragua y Costa Rica. Intervino entonces el gobierno
de los Estados Unidos, siendo Walker detenido en Punta Arenas por el
comodoro norte americano _Paulding_. Conducido á su patria en calidad
de preso, fué puesto en libertad por el gobierno y aun agasajado por
sus amigos y sus admiradores. No dándose por vencido ni cejando en su
empresa, organizó una tercera expedición para su soñada y quimérica
conquista.