«Había cumplido diez y ocho años--dice la Avellaneda en sus

memorias--y excepto leer y escribir, y representar tragedias, nada

sabía. Todos los desvelos de mi madre por hacerme progresar en la

música y el dibujo, no habían podido llevarme más lejos que á tocar

de memoria algún vals, á cantar algunas arias de Rossini, con más

expresión que arte, y á pintar mal algunas flores. Mi maestro de

aritmética me había declarado incapaz de conocer los números; mi

profesor de gramática me decía que era imposible hacerme comprender

una sola regla; en fin, cuantos se habían encargado de mi educación

parecían convencidos de mi ineptitud para todo; y, sin embargo,

yo escribía y hablaba con más corrección de la que es común en mi

país, y, no obstante mi natural desidia para aprender, tenía sed

ardiente de saber y leía mucho y pensaba mucho.»

Y pensando, y leyendo, se transformó la poetisa cubana, que llegada

á Madrid en un período de animación y renacimiento literario, logró

lo que á muy pocos les es dado conseguir: una reputación unánime de

poetisa inspirada y de escritora correcta. Su desidia y su pereza, no

eran más que aparentes; eran manifestaciones de un espíritu inquieto

y soñador que no podía sujetarse al estudio metódico de materias

áridas, que prefería los vuelos de su imaginación y los goces de una

fantasía potente y creadora. ¡Quién sabe los dramas, las tragedias,

las imágenes, las elegías que bulleron en la cabeza de Tula, cuando se

mostraba tan rebelde á la gramática! He aquí dos de sus sonetos:

¡Perla del mar! ¡Estrella de Occidente!

¡Hermosa Cuba! Tu brillante cielo

La noche cubre con su opaco velo

Como cubre el dolor mi triste frente.

¡Voy á partir!... La chusma diligente,

Para arrancarme del nativo suelo,

Las velas iza, y pronta á su desvelo

La brisa acude de su zona ardiente.

¡Adiós, patria feliz, edén querido!

Do quier que el hado en su furor me lleve

¡Tu dulce nombre halagará mi oído!

¡Adiós!... Ya cruge la turgente vela...

El ancla se alza... el buque, estremecido,

Las olas corta y silenciosa vuela!

* * * * *

En vano ansiosa tu amistad procura

Adivinar el mal que me atormenta;

En vano amigo, conmovido intenta

Revelarlo mi voz á tu ternura.

Puede explicarse el ansia, la locura,

Con que el amor sus fuegos alimenta...

Puede el dolor, la saña más violenta

Exhalar por el labio su amargura.

Mas de decir mi malestar profundo,

No halla mi voz, mi pensamiento medio,

Y al indagar su origen me confundo;

Pero es un mal terrible, sin remedio,

Que hace odiosa la vida, odioso el mundo,

Que seca el corazón... En fin, ¡es tedio!

[Ilustración]

HIDALGO

El célebre cura de Dolores (Méjico) nació en el Estado de Guanajuato en

1753, dedicándose desde muy joven á la carrera eclesiástica.

El 16 de septiembre de 1810 inició Hidalgo la lucha que había de

destruír el sistema virreinal, lucha que duró 14 años, no viendo su fin

casi ninguno de los iniciadores.

Con 300 indios desarmados empezó Hidalgo la guerra contra los

dominadores; guerra sangrienta y larga, tan sangrienta y larga como

heroica, en la cual sólo tomaron parte en los primeros tiempos algunos

sacerdotes, masas de indios y pobres desheredados. Los mejicanos

ricos, ilustrados ó influyentes, salvo muy contadas excepciones,

permanecieron impasibles ó defendieron la causa de los tiranos que era

la causa de sus privilegios.

Cuando al fin se decidieron por la revolución, su peso inclinó la

balanza del lado de la Independencia; si se hubieran decidido antes,

no se hubiera vertido tanta sangre, no se hubieran levantado tantos

patíbulos, no contaría tantos horrores la historia mejicana.

Por eso los mejicanos, haciendo justicia á los verdaderos fundadores

de su gloriosa nacionalidad, conservan el culto de Hidalgo, Morelos

y Matamoros, festejan el 16 de septiembre, se enorgullecen con las

glorias de los que combatieron en la que pudiéramos llamar época

heroica de la Independencia mejicana, sin acordarse apenas de los que

consumaron la obra con sus arrojos tardíos, en época de victorias

fáciles, de triunfos lisonjeros y de evoluciones útiles.

Miguel Hidalgo y Costilla, que así se llamaba el héroe, tuvo que

refrenar excesos y desórdenes de gentes allegadizas, necesitando

ordenarlas y disciplinarlas al mismo tiempo que hacía su propio

aprendizaje de la guerra. Combatir contra un poder constituído,

tradicional y fuerte, aprender lo que ignoraba, instruír al mismo

tiempo á los suyos, es una triple tarea llena de dificultades que

excusan los desaciertos, las faltas militares, los errores políticos

del cura de Dolores. No por fanatismo personal, sino por acomodarse

al fanatismo ajeno, levantó por enseña revolucionaria la imagen de la

Virgen. La devoción de los indios á la virgen de Guadalupe, hábilmente

explotada por Hidalgo, le dió un gran contingente de soldados y el

apoyo de la raza indígena. Hasta un regimiento colonial formado como

todos por soldados indios (el de la Reina, si mal no recordamos) se

unió á las fuerzas de Hidalgo en los primeros tiempos.

El 28 de septiembre, doce días después de haberse iniciado la

revolución, se titulaba el cura «teniente general» y mandaba un

ejército de 56,000 hombres, con el cual tomó posesión de Guanajuato

pasando á cuchillo á toda la guarnición y al intendente Riaño (que se

hizo fuerte en la Alhóndiga y se defendió como era su deber.)

Hidalgo se valió del fanatismo de los naturales como medio de

arrastrarlos al combate por la independencia. Los españoles se

sirvieron de las mismas armas para combatirlo, creyendo desautorizarlo

con excomuniones de la Iglesia. Por eso fué Hidalgo excomulgado como

hereje, sacrílego y perjuro, excomuniones que habían de hacerle poca

impresión á él mismo, pues siendo cura estaba en el secreto de su

inutilidad, pero podían determinar deserciones en su ejército. Supo

contenerlas con habilidad, y no sólo conservó sus fuerzas, sino que

las aumentó, dotándolas de buena artillería de la fundición por él

establecida en Guanajuato.

Entró en Valladolid el 10 de octubre de 1810 y fué nombrado

generalísimo con facultades para legislar y tratamiento de Alteza

serenísima.

Poco después, en Monte de las Cruces, derrotó las fuerzas de Torcuato

Trujillo, quedándole abierto el camino de la capital. En pocas jornadas

hubiera podido llegar triunfante á Méjico, pero no se atrevió; y

contramarchando con rumbo hacia Querétaro, se encontró con el famoso

Calleja que le derrotó poco menos que sin combatir. Hidalgo, sin

embargo, tenía en aquel encuentro unos 40,000 hombres y 12 piezas de

artillería. Pero sus soldados eran todavía bisoños y sus oficiales

inexpertos, como improvisados y sin instrucción, lo cual explica de

sobra su inferioridad.

Después de esta derrota se retiró á Valladolid, donde reorganizó sus

huestes lo mejor que pudo. Se trasladó en noviembre con 7,000 hombres,

casi todos de caballería, á Guadalajara, ciudad que había caído en

poder de la revolución. Allí se constituyó un gobierno presidido

por Hidalgo, cometiéndose muchas crueldades con los españoles y

degollándose con ensañamiento á personas inocentes y aun inofensivas.

Los mismos historiadores mejicanos juzgan con dureza los actos de

Hidalgo, de alguno de sus tenientes y de muchos de sus hombres. Las

guerras justas no deben ser inhumanas; los jefes de un ejército deben

reprimir los instintos sanguinarios que pueda haber en la tropa; los

crímenes de Guadalajara, como los ejecutados antes en Valladolid, son

tanto más sensibles por que eran innecesarios. Allende, compañero

de Hidalgo, se opuso con su influencia á la perpetración de tales

crímenes: todo fué inútil.

Grandes tiranías, duras represiones y sangrientas represalias

hicieron los españoles en la guerra de la independencia; en toda

América sacrificaron víctimas, atropellaron inocentes y cometieron

crímenes dignos de la reprobación, de la execración universal. Pero

es fuerza convenir en que el cura Hidalgo les marcó tan mala senda.

Las represalias no se justifican nunca, pero se explican á veces por

la dura necesidad de la defensa propia. Los primeros crímenes de la

guerra americana son imputables, desgraciadamente, al cura de Dolores.

La posteridad le agradece el heroísmo de que dió pruebas iniciando en

Méjico la revolución; le perdona sus faltas, en gracia del sacrificio

de su existencia que hizo en aras de la independencia mejicana; pero

no le considera á la altura de los grandes héroes, valientes al mismo

tiempo que humanos, como Bolívar, San Martín, Wáshington, Sucre,

Allende y tantos otros.

El 17 de enero de 1811 fueron batidos Hidalgo, Allende y Abasolo con

80,000 infantes, 20,000 jinetes y 96 bocas de fuego, por 5,000 hombres

de tropas regulares que acaudillaba Calleja. El combate fué reñido;

pero al fin tuvo que ceder el número ante la disciplina y buena

dirección de las fuerzas virreinales. Hidalgo dejó en poder del enemigo

crecido número de prisioneros, toda su artillería y las banderas con la

imagen de la virgen milagrosa.

Buscando refugio en los Estados Unidos, fué Hidalgo detenido antes de

llegar á la frontera. Se le fusiló el 1.º de agosto de 1811.

El historiador de Méjico, mejicano él mismo, don Lucas Alamán, trata

con harta dureza al cura Hidalgo. Sus errores, ciertamente, fueron

numerosos y perjudiciales para la causa que con ardor defendía; pero

no es justo acusarle de hombre sin plan, sin principios, sin ideas,

como hace el mencionado historiador, pues demostró lo contrario en

circunstancias adversas.

En cuanto á los errores, los pagó con su vida y murió con el valor de

los héroes.

Cubra sus faltas el piadoso manto del olvido; pero viva su nombre en la

memoria de los americanos.

MORELOS

José Morelos y Pavón nació en Valladolid (Méjico) en 1765. En la misma

ciudad, pero algún tiempo más tarde, nació Agustín Iturbide. Ambos

vallisoletanos sirvieron á la causa de la Independencia; pero el uno,

Morelos, fué vencido y ejecutado; el otro, Iturbide, se hizo proclamar

emperador, lo cual no le eximió de morir igualmente fusilado como

mueren en Méjico los emperadores. Morelos se batió por la Independencia

mejicana desde que empezó la guerra, tropezando con las dificultades

consiguientes y con las fuerzas de los españoles. Iturbide, oficial

del ejército real, combatió primero contra sus paisanos y se adhirió

después al movimiento cuando su triunfo parecía indudable. El mérito,

pues, de ambos caudillos no tiene los mismos grados; por eso los

mejicanos, que más tarde fusilaron á Iturbide, hubieran resucitado á

Morelos si hubieren tenido medios para hacer ese milagro. La gratitud

nacional pone á Morelos mucho más alto que á Iturbide. La ciudad en que

nacieron ambos ha cambiado su nombre castellano de Valladolid por el

actual de Morelia, sin que el honor que de este modo se ha concedido

á Morelos se le haya ocurrido á nadie otorgárselo á Iturbide. Los

pueblos se equivocan pocas veces; y aunque los hombres suelen ser

injustos cuando se trata de juzgar sucesos ó personajes contemporáneos,

el juicio de la posteridad repara casi siempre los errores y las

injusticias. Pasadas las pasiones del momento, los intereses que

ofuscan y las impresiones personales, queda la historia imparcial,

la crítica serena, la razón fría que juzga sin pasión. Por eso los

mejicanos enaltecen la memoria del patriota Morelos, y casi olvidan

al brillante militar que solo sirvió á la patria en la medida de sus

conveniencias y de sus ambiciones.

Hijo Morelos de un artesano humilde y huérfano desde la infancia,

debió á la protección de un pariente la entrada en un colegio regido

por Hidalgo, otro futuro mártir de la Independencia. Se distinguió

en sus estudios y siguió la carrera eclesiástica no sin lucimiento.

No bien hubo recibido las órdenes sagradas, desempeñó varios curatos

sucesivamente.

Sublevado contra el rey el célebre cura Hidalgo, á quien Morelos tanto

conocía, presentósele éste pidiéndole un puesto en la revolución.

Hidalgo le improvisó coronel encargándole que extendiera y propagara

el movimiento separatista por la región del sur. La primera campaña

de Morelos fué tan brillante como afortunada, consiguiendo más de una

vez sorprender al enemigo con su tropa irregular de indios y con sus

escasos elementos. En 1810 y 1811, las victorias debidas á su audacia

le proporcionaron á Morelos muchos recursos de que carecía: cañones,

fusiles, armas blancas. El 16 de agosto del último año citado entró

vencedor en Tixtla.

Á principios de 1812 fué destinado el general Calleja á la persecución

del esforzado Morelos, que se encontraba á la sazón en Cuautla.

Morelos pudo retirarse á tiempo, evitando un encuentro con fuerzas

superiores; no lo hizo, prefiriendo resistir en las posiciones que

ocupaba. Calleja atacó resueltamente, preparando el asalto con los

fuegos de su artillería. Cuando juzgó bastante quebrantadas las tropas

de Morelos, dió la señal del asalto. La embestida fué tan cruenta como

inútil, perdiendo los realistas 400 hombres sin lograr su objeto. Las

siguientes acometidas fueron tan infructuosas como la primera, siendo

necesario formalizar un verdadero sitio. Dos meses duró la resistencia

de Cuautla, que afirmó la fama de Morelos así como la gloria de sus

indios. Á principios de mayo evacuó Morelos con su gente la plaza que

defendía; poco después entraba en Oajaca á viva fuerza, tomaba el

castillo de Acapulco y desconcertaba á los oficiales españoles con su

movilidad que era el secreto de su fuerza.

El 13 de septiembre de 1813 instaló Morelos en Chilpacingo el primer

Congreso mejicano, Congreso que declaró la Independencia de Méjico

adoptando la forma de República.

Un acto político tan importante daba prestigio y fuerzas á la

revolución; mas era necesario que el Congreso ya constituído se

trasladara á una población más importante y que su ejército no

se limitara á correrías estériles ó excéntricas, sino que tomara

vigorosamente la ofensiva.

Para ello contaba el cura Morelos con un ejército de 20,000 hombres,

aguerridos ya, con 47 cañones y con bastante dinero. Su estrella, sin

embargo, se eclipsó cuando más deslumbraba con su brillo.

Marchando con el grueso de sus fuerzas sobre Valladolid, encontró en

su camino á las tropas de Iturbide que lo derrotaron. No obstante la

inferioridad numérica de la columna española, desbandáronse los indios

de Morelos haciendo inútiles todos los rasgos de heroísmo del caudillo

y de sus oficiales.

Pero el gran Morelos no se amilanó; los desastres no desalentaban su

alma fuerte. Recogió cuantos dispersos pudo, y desoyendo los consejos

de Matamoros, Bravo, Galiana y otros oficiales insurgentes, presentó

batalla á los realistas en la hacienda de Puruarán con solos 3,000

hombres y 20 piezas que le quedaban de su artillería. Destrozado

nuevamente por Llano é Iturbide, quedaron deshechas las mejores tropas

revolucionarias. Allí quedó prisionero el bravo Matamoros, uno de

los héroes más brillantes de la guerra de la Independencia, que fué

fusilado en Valladolid.

Morelos mismo cayó poco después en poder de sus perseguidores. Un

mejicano de Tepecuacuilco, llamado Carranque (según otros Carranco) le

entregó á los españoles.

Los biógrafos de Morelos cuentan un episodio que es sin duda trivial,

pero que pinta el carácter del caudillo. Estando prisionero el héroe de

Cuautla fué á verle un coronel español, el cual le preguntó:

--¿Si fuera usted el vencedor y yo el prisionero, qué haría usted

conmigo, señor cura?

--Fusilarle, contestó Morelos sin titubear.

El cura Morelos fué pasado por las armas, previa la degradación, el 22

de diciembre de 1815. Pero vive en la historia y en todos los corazones

mejicanos.

[Ilustración]

ITURBIDE

En 1783 nació en Valladolid, hoy Morelia, un niño que fué bautizado

con el nombre de Agustín. Los padres de la tierna criatura se hubieran

horrorizado si hubiesen leído su horóscopo. Nació con mala estrella;

presidió su destino la negra fatalidad. El que pudo ser libertador de

un pueblo, fundador de una República, hijo predilecto de su patria,

sólo tiene en la historia dos páginas tristes y apenas vive en la

memoria del pueblo. Sus actos más notorios, los hechos culminantes de

su vida, no responden en manera alguna á la conciencia nacional, no se

ajustan al noble ideal americano, están fuera de la realidad histórica

de Méjico.

Agustín Iturbide nació predestinado á las dos más afrentosas desdichas:

á ser emperador y á morir á manos de los suyos; á convertirse en tirano

de sus compatriotas y á que éstos le arrancaran violentamente la vida.

Cuando él se decidió, demasiado tarde para su prestigio, por la causa

de la Independencia, ésta se convirtió rápidamente en hecho consumado.

Su concurso no pudo ser más eficaz y sus partidarios le llamaron

«el Libertador». Pero el pueblo, que penetra con sagaz instinto en

las intenciones de los hombres públicos, descifró el pensamiento de

Iturbide y no creyó nunca en su sinceridad.

Las desconfianzas del pueblo se vieron confirmadas. Iturbide se movía

por impulsos de interés, no por móviles patrióticos ni liberales.

Haremos, sin embargo, una breve reseña de su vida y un conciso relato

de su muerte, para que sirvan de enseñanza al mundo y de escarmiento á

caudillos ambiciosos.

Ingresó Iturbide en el ejército de la colonia ó del virreinato

mejicano, como subteniente, cuando sólo contaba quince años. Fué

favorecido en su carrera por la protección de sus deudos y de sus

amigos, y ya era teniente del ejército español cuando el cura Hidalgo

dió el grito de Independencia.

En la acción de las Cruces recibió el bautismo militar, el bautismo de

sangre, pues allí se batió por la primera vez entrando en fuego con las

tropas de Trujillo. Se portó bizarramente, mereciendo plácemes de sus

compañeros los jefes y oficiales españoles. Su comportamiento le valió

el ascenso á capitán.

Desde entonces no cesó de batirse por el rey, obteniendo grados y

condecoraciones en los campos de batalla. Al poco tiempo fué nombrado

coronel, pasando previamente por todos los grados inferiores. Sus

mismos compañeros aplaudían los ascensos que se le otorgaban,

reconociendo que los merecía por su serenidad en los combates y por la

tenacidad con que perseguía á sus compatriotas _insurgentes_. Solamente

el obispo Abad y Queipo censuraba los ascensos y los elogios que se

prodigaban á Iturbide, anunciando que sería traidor.

Las ejecuciones sucesivas de Hidalgo, Morelos, Matamoros, Mina y

otros muchos, no consiguieron domar la insurrección. Por todas

partes brotaban guerrilleros, y la lucha continuaba entre mejicanos y

españoles sin que le pusieran término los fusilamientos, los cadalsos,

las victorias de Calleja ni las de Iturbide. Éste fué quien capturó al

indómito republicano Albino García, que no le daba tratamiento ni al

mismo Hidalgo, porque él «no reconocía más alteza que la de los cerros».

Así llegó el año de 1820. Se supo en Méjico la revolución de España

contra el malvado, pérfido, ingrato Fernando VII, ese monstruo de

tiranía, de corrupción y de perversidad. Riego, al frente de sus tropas

(que debían embarcarse para América) dió el grito de libertad y acabó

por el momento con el absolutismo. Ciertos mejicanos, sometidos hasta

entonces al poder absoluto de los reyes, empezaron á considerar que

el triunfo de Riego y de la libertad en la Península era una amenaza

para sus títulos, propiedades, fueros, pragmáticas y preeminencias.

Temían que los gobiernos liberales, entrando por la vía de las

reformas, acabaran con sus privilegios y con otras injusticias. «Para

_conservar_, decían, los _derechos_ de la religión, de la aristocracia

y de las leyes, es necesario romper con el liberalismo.»

Y en efecto, conspiraron por la Independencia los mismos que habían

aplaudido las ejecuciones y persecuciones contra los independientes.

Sedujeron á Iturbide haciéndole entrever una corona. Acordaron

separarse de la metrópoli, constituyendo aparte una monarquía absoluta,

católica y militar. En lo que no se hallaban todos de acuerdo era en la

persona del monarca, pues unos pensaban seriamente en Iturbide y otros

querían que fuese un príncipe de sangre real. Pensaron algunos hasta en

Fernando VII para hacerlo emperador.

Iturbide no dudó; sus ideas realistas y su ambición personal le

inclinaron á ceder á las sugestiones de sus deudos y de sus amigos,

ofreciendo hacer él mismo la revolución. Pero antes consideraba preciso

acabar con los republicanos, con _los insurgentes_, como él los llamaba

todavía.

El caudillo más importante que continuaba en pie sosteniendo en el sur

la bandera de la revolución, era sin duda Guerrero. Iturbide consiguió

que el virrey le confiara las fuerzas necesarias para combatirlo,

prometiéndose acabar con él y sublevarse á su vez en ocasión oportuna.

Sus bastardas miras no pudieron realizarse enteramente á su gusto, pues

Guerrero no se dejó batir con tanta facilidad.

Entonces Iturbide prefirió entenderse con el caudillo revolucionario,

proponiéndole tres bases para un acuerdo: unión, religión,

independencia.

Guerrero aceptó las bases, y con gran desprendimiento se puso á las

órdenes de Iturbide. Éste proclamó públicamente el famoso _plan

de Iguala_ ó de las tres garantías, que era el programa de los

conservadores.

El 24 de febrero de 1821 comunicó Iturbide desde Iguala su famoso

plan, no solamente á sus amigos, sino á todos los jefes militares y

al virrey. Contaba Iturbide con unos 6,000 soldados y se le agregaron

otros muchos. No pocos de sus compañeros de armas secundaron el

pronunciamiento. La campaña de Iturbide no fué otra cosa que un

paseo militar: guarniciones enteras se rendían sin un mal simulacro

de defensa y apenas si se batió con denuedo algún destacamento poco

numeroso.

Al frente de 16,000 hombres hizo Iturbide su entrada en la capital de

Méjico el 27 de septiembre de 1821.

Los españoles no conservaban más que el castillo de San Juan de Ulúa,

situado en un islote del puerto de Veracruz, donde se resistieron con

tenacidad. ¡Era el último baluarte de su dominación!

Iturbide permitió que un motín militar le hiciera emperador; el

sargento Pío Marcha le puso una corona, que debió causarle una

impresión penosa como el frío de la muerte. Aceptó el manto imperial,

que había de ser su mortaja, y celebró con salvas su propia coronación.

Todo esto pasaba en la fatídica fecha del 18 de mayo de 1822.

El emperador incorporó la República de Guatemala á su imperio no

reconocido, enviando allí un ejército mandado por Filisola. Creó

cuatro capitanías generales, fundó la orden de Guadalupe y repartió

condecoraciones militares y civiles á los individuos de uno y otro sexo

de su Corte imperial.

En desacuerdo bien pronto con el Congreso nacional, lo disolvió.

El usurpador de la soberanía marchaba directamente al absolutismo

degradante. Pero el 8.º regimiento de infantería de línea que tenía

por coronel á Santa Ana (el mismo que fué más tarde, presidente de

la República), se sublevó contra el imperio, que no pasaba de ser

una mascarada, una caricatura de las ridículas cortes asiáticas y

europeas. Guerrero también se sublevó en el sur en compañía de Bravo.

La insurrección se propagó por todos los ámbitos de Méjico; Iturbide

se vió obligado á renunciar la corona; el Congreso declaró que tal

renuncia no era necesaria, pues su elección era nula. En efecto, el mal

aconsejado Iturbide no había sido más que emperador _de hecho_, vulgar

usurpador.

Fué desterrado Iturbide, señalándosele un sueldo anual de 25,000 pesos

con la expresa condición de residir en Italia.

Pero después de una corta permanencia regresó de Europa, desembarcando

en Soto la Marina con algunos compañeros. Un sargento mejicano

le reconoció; fué preso inmediatamente, juzgado por el Congreso

constituído en tribunal y fusilado en Padilla á fines del mes de julio

de 1824.

Murió con tranquilidad, después de arengar á los soldados que habían de

hacerle fuego y de repartirles algunas onzas de oro.

[Ilustración]

ENRIQUETA STOWE

La célebre novelista americana Enriqueta Beecher de Stowe nació en

Litchfield (Connecticut) el día 15 de junio del año 1814. Era hija del

doctor Beecher, pastor presbiteriano de Boston. Su padre la quería

dedicar á institutriz y le dió al efecto una sólida instrucción. Á la

edad de quince años sucedió á su hermana Catalina en la dirección de

una escuela; después regentó otra escuela en Cincinatti.

Figuras americanas: Galería de hombres illustres · 第 6 / 12 段