que desempeñó á satisfacción de todos hasta que el presidente
Jéfferson, que sucedió á Wáshington, le mandó en calidad de embajador
extraordinario á Francia á fin de concertar la cesión de Nueva-Orleáns,
propósito que realizó: pasando después á Inglaterra en calidad de
representante de la Unión y de allí á España, á fin de negociar la
cesión de otros Estados á la gran república.
En 1811 fué nombrado de nuevo gobernador de Virginia y al poco tiempo
el presidente Mádison le llevó á la secretaría de Estado.
Por aquel tiempo estalló la guerra con Inglaterra, y Monroe, que
después de la toma de Wáshington y de otros reveses que experimentaron
las armas americanas, fué nombrado ministro de la Guerra, dió pruebas
inequívocas de una notable energía y un carácter entero y valeroso.
Á pesar de hallarse exhausto el tesoro, casi perdido el crédito, y
con la oposición que á la guerra hacían los adictos á la política
pacífica que iniciara el primer presidente, el ministro de la Guerra,
que continuaba ejerciendo la secretaría de Estado, preparó la defensa,
creó ejércitos, infundió al soldado americano la decisión y el valor de
que carecía, improvisó medios y recursos empeñando hasta sus propios
bienes, y en una palabra, Monroe, que era el alma de aquella lucha,
obtuvo la victoria. La gran derrota que experimentaron los ingleses
que amenazaban la ciudad de Nueva-Orleáns determinó la paz, que lo fué
honrosísima y ventajosa para los Estados-Unidos (1815).
Á tan gran altura se elevó la reputación de Monroe, y tal fué la
popularidad que alcanzara con su ejemplar conducta, que el partido
democrático le designó por unanimidad en las elecciones de 1816
candidato á la presidencia de la Unión; elección que sancionaron con
sus votos favorables todos los demás electores. Jacobo Monroe fué
nombrado por unanimidad quinto presidente de los Estados-Unidos.
El día 4 de marzo de 1817, en el Capitolio de Wáshington, ante los
jueces del Supremo Tribunal de Justicia, los ministros extranjeros y
otros altos dignatarios, el nuevo presidente prometía velar por los
intereses y prosperidad de su patria, y fidelidad á sus republicanas
leyes. Notabilísimo fué su discurso inaugural, en el que hacía votos
por el bienestar y progreso del pueblo americano.
Durante su primera administración, y fiel á su lema de _América para
los americanos_, trabajó con ahinco para la adquisición de la Florida,
que pertenecía al gobierno español, del que logró la cesión. Así, pues,
á Monroe como ministro de Estado primero, y después como presidente,
deben los Estados Unidos las dos adquisiciones más importantes del Sur,
la Luisiana y las Floridas (1803 y 1820).
Débense también á Monroe la fijación muy ventajosa para la República,
de los límites del Canadá y un tratado con Inglaterra por el que se
permitía á los ciudadanos norte-americanos compartir con los ingleses
las pesquerías de Terranova, que hasta entonces habían monopolizado
éstos últimos.
En 1818 expidió un decreto por el que se pensionaba á los oficiales
y soldados de la revolución de la independencia y á las viudas y
huérfanos de los mismos, decreto que contribuyó grandemente á la
popularidad de Monroe.
Fué reelegido presidente, desempeñando con acierto tan alta
magistratura hasta 1825. Después se retiró á Virginia, donde ejerció
las modestas funciones de juez de paz y más tarde las de rector de la
Universidad de su Estado. ¡Cosas de los Estados Unidos! exclaman los
europeos.
Sí, cosas que sólo se ven en las verdaderas democracias, en los pueblos
grandes, en las naciones libres, en las instituciones federales.
El gran Monroe murió rodeado de sus hijos, en Nueva York, el 4 de julio
(día de la fiesta nacional) del año 1831. Sus restos fueron trasladados
á Richmond en 1859.
El hecho culminante de la vida de Monroe fué el haber derrotado á
los ingleses que invadieron la República en 1812 con el propósito de
reconquistarla. Incendiaron los invasores el capitolio de la capital;
pero tuvieron que reembarcarse vencidos.
BELGRANO
Este apellido figura entre los más conocidos y respetables de América,
no ciertamente á la altura de los San Martín y los Bolívar, nunca al
nivel de los Wáshington, los Hámilton, los Juárez ó los Bello, pero de
todos modos á elevación bastante para ser visto de todos y servir de
ejemplo á la posteridad.
El prócer argentino don Manuel Belgrano, general de la Revolución, vino
al mundo en Buenos Aires hacia el año 1770. Pasó casi niño á España,
cursando jurisprudencia en Valladolid y graduándose en Madrid. Era,
pues, doctor en derecho cuando volvió á su patria; pero sus estudios
favoritos eran los concernientes á la economía política y á lo que hoy
llamaríamos ciencia social.
En 1806, hallándose España en guerra con Inglaterra, fué invadido el
río de la Plata por una escuadra inglesa, que atacó á Buenos Aires. Las
tropas inglesas de desembarco se posesionaron de la capital, pero no
pudieron sostenerse ante la resistencia valerosa de las escasas tropas
y de las milicias populares. Por dos veces fué vencida Inglaterra en
Buenos Aires, siendo los héroes de la resistencia el coronel Liniérs y
el alcalde de la ciudad Martín Alzaga. Belgrano tomó parte, como simple
capitán de las milicias urbanas en 1806, como sargento mayor del cuerpo
de Patricios en 1807.
Sonó la hora de la Independencia en 1810, y constituído un gobierno en
Buenos Aires, fué llamado al poder el insigne Belgrano con otros varios
patriotas argentinos.
Los españoles no opusieron en la región del Plata, por falta de
recursos, la tenaz resistencia que hicieron en Méjico, Venezuela y
el Perú. No fué la lucha tan larga ni tan sangrienta; pero de todas
maneras fué necesario reñir algunas batallas con los elementos
españoles, muchas con los descontentos, varias con las provincias que
querían su propia independencia al mismo tiempo que la de Buenos Aires.
Las divergencias y las discrepancias, las notas y los matices eran
tantos como pueblos, casi tantas como hombres. Cada ciudadano concebía
una forma de gobierno, prefería una solución ó ponía su confianza en
una persona diferente. Las dificultades eran grandes, tal vez mayores
que en los países donde los españoles combatían con tesón y con
bravura, pues su sola presencia constituía una amenaza y aunaba los
esfuerzos y las aspiraciones de los independientes.
El Paraguay se negaba á someterse al gobierno constituído en Buenos
Aires, y Belgrano, con 700 hombres, recibió la misión de someterlo. Una
campaña heroica, pero desgraciada, terminada por un armisticio, obligó
á retroceder al general Belgrano con su titulado ejército.
Belgrano perdió las batallas de Paraguarí, Tacuarí y alguna otra,
sin que padeciera su prestigio de soldado: había luchado con fuerzas
inferiores, en la proporción de 1 á 16, no cediendo la victoria sino á
la superioridad numérica del enemigo.
Pero si mantenía su buen nombre de soldado y su acreditada fama de
valiente, en cambio carecía de esa reputación de inteligencia militar
sin la cual no hay caudillo prestigioso. La pericia de un general se
demuestra lo mismo en los reveses que en las victorias; mas los pueblos
no la ven jamás sino en la gloria del triunfo.
En la campaña de 1812 fué Belgrano mucho más feliz, pues ganó la acción
de Tucumán, como también la de Salta en 1813. Estas victorias, que
restablecieron su prestigio, aseguraron el éxito de la revolución. La
Asamblea, y en nombre suyo el gobierno, premió á Belgrano con un sable
de honor que contenía la inscripción siguiente:
LA ASAMBLEA CONSTITUYENTE
AL BENEMÉRITO GENERAL BELGRANO
La guarnición del sable era de oro.
Además se le regalaron sobre 40,000 pesos en fincas del Estado.
El cabildo de la capital le remitió un bastón de mando y un par de
magníficas pistolas.
Belgrano aceptó los obsequios con que se le honraba, excepto el de las
fincas. Sobre éste dijo en una respetuosa comunicación:
«Nada hay más despreciable para el hombre de bien, para el patriota
verdadero que goza de la confianza de sus conciudadanos, que las
riquezas. Éstas son el escollo de la virtud, y adjudicadas en
premio, no sólo son capaces de excitar la avaricia en los demás,
sino que parecen dirigidas á lisonjear una pasión abominable en
el agraciado. He creído digno de mi honor y de los deseos que me
inflaman por la prosperidad de mi patria, el destinar esa suma de
40,000 pesos á la dotación de cuatro escuelas en las ciudades de
Tarija, Jujuy, Santiago y Tucumán.»
En octubre de 1813 fué batido Belgrano en las altillanuras de Bolivia,
teniendo que retirarse á Jujuy. Después de entregar sus fuerzas al
general San Martín, regresó á Buenos Aires.
Enviado á Europa en comisión, tornó á su patria en 1815. Entonces
fué nombrado por segunda vez general del ejército que operaba en el
Perú[5]. Cuatro años se mantuvo lidiando en las cordilleras, y contrajo
allí la enfermedad que poco después le arrebató la vida. En aquella
guerra de fatigas y de privaciones sin gloria ni lucimiento, acreditó
sus dotes militares, sus virtudes y su patriotismo. Es necesario
conocer la guerra de montañas y lo escabroso que es el que fué teatro
de sus operaciones, para apreciar todo el mérito de su abnegación y sus
servicios.
[5] Alto Perú, hoy Bolivia.
Llegó moribundo á Buenos Aires en el mes de marzo de 1820, falleciendo
en el inmediato mes de junio.
Sus funerales se celebraron con inusitada pompa. Su memoria se conserva
con veneración en todos los pechos argentinos. Cerca de Buenos Aires se
ha fundado un pueblo con su nombre. Por último, su ciudad natal le ha
dedicado una estatua ecuestre con estas cuatro inscripciones:
MANUEL BELGRANO
_Nació en Buenos Aires el 3 de junio de 1770_
AL INICIADOR DE LA REVOLUCIÓN DE 1810
_Campaña del Paraguay, 1811.--Victoria de Tucumán, 1812_
Á BELGRANO LA PATRIA AGRADECIDA
_Victoria de Salta 1813_
_Fundó las primeras escuelas en cuatro provincias_
_Campaña del Alto Perú_
GENERAL BELGRANO
_Murió en Buenos Aires el 20 de junio de 1820._
BILBAO
Como todos los hombres apasionados y entusiastas, Francisco Bilbao tuvo
en su tiempo y en su patria más detractores que amigos. Los unos le
reprochaban la temeridad de sus empresas, los otros la osadía de sus
concepciones; quién le consideraba un sectario exclusivista, quién un
terrible demagogo. Ha sido necesario que la muerte le oculte á los ojos
de los vivos, para que éstos hagan completa justicia á su talento y á
sus intenciones.
Hemos dicho que tuvo corto número de amigos, lo cual no quiere decir
que no fuese popular; contaba en absoluto con las masas. Hemos
querido decir que no le daban apoyo ni le hacían justicia los hombres
ilustrados, los que guían y encauzan la opinión, los escritores y los
periodistas, pues éstos en general veían con malos ojos sus ideas
revolucionarias y sus planes políticos. Sin embargo, sus planes eran
prácticos. Lo que parecía demagógico á muchos hombres públicos, se
ha realizado en parte; lo que se juzgaba peligroso en las naciones
de América, lo considerarían insuficiente, reaccionario ó tímido en
Europa, á la fecha en que escribimos, no los nihilistas y socialistas
revolucionarios, sino los simples liberales belgas, ingleses, franceses
ó españoles.
He aquí un extracto de su biografía:
«Francisco Bilbao nació en Santiago de Chile en 1823 y murió en
Buenos Aires en 1865. Su vida fué una constante peregrinación;
perseguido casi siempre, calumniado á menudo, desdeñado á veces,
no halló casi nunca justicia ni reposo ni consiguió morir en el
seno de su patria.
Á la edad de veinte años hizo pública su profesión de fe; el
librepensamiento, que él defendía, contaba entonces muy pocos
partidarios, y Bilbao fué sometido á un proceso, lo que le obligó á
emigrar. Cinco años pasó en Europa, no como suelen hacerlo tantos
jóvenes americanos que sólo se dedican á gozar de los placeres que
ofrecen las corrompidas ciudades del antiguo mundo, sino estudiando
con verdadero afán, con ansia de saber, con infatigable aplicación.
Tuvo por maestros á Lamennais, Edgard Quinet y Michelet, de quienes
conservó toda la vida recuerdo cariñoso. De tales maestros no podía
salir un mal discípulo, sobre todo cuando aquéllos sembraban en
campo tan abonado para su semilla.
Las revoluciones de febrero y junio de 1848, que presenció
en París, le enseñaron prácticamente dos cosas: primera, la
imposibilidad de perpetuar errores é injusticias en pueblos que
tienen el sentimiento de su dignidad; segunda, la manera de
combatir á los tiranos y á las oligarquías, valiéndose del plomo,
del hierro, de las barricadas y del corazón.
Aprendió más en aquel año fecundo y que tantas huellas ha dejado
en la política europea: la solidaridad de los pueblos, esto es,
la unidad de la democracia para la cual no hay distancias ni
fronteras, pues la revolución de febrero tuvo un eco en todas las
naciones, repercutió en los pueblos que parecían menos aptos para
la República, produjo barricadas y sangrientas luchas en la heroica
Milán, en la vetusta Roma, en España, en Alemania, en Irlanda.
El año de 1848 fué la aurora de la redención, fué el programa
que había de realizarse en la segunda mitad del siglo XIX. En la
brecha de Roma, heroicamente defendida por Garibaldi, fué aclamado
el librepensamiento; en las calles de Milán, atestadas de cañones
austriacos y de soldados tudescos, vitoreó Mazzini la independencia
de Italia; en Hungría y en Alemania se luchó con denuedo por la
libertad; en las calles de Sevilla y por dos veces en las de
Madrid, cayeron cien patriotas al grito de ¡viva la República!
Francisco Bilbao aprendió más todavía en las dos revoluciones
parisienses de 1848: que los vencedores son siempre unos héroes y
unos santos; los vencidos unos miserables cobardes y traidores. Los
mismos que en febrero derribaron á Luis Felipe, rey constitucional
de Francia, y se proclamaron á sí mismos salvadores de la patria,
ametrallaron despiadadamente á los obreros que en junio intentaron
conquistar, con una bravura digna de mejor éxito, el sufragio
universal y los derechos del hombre. Sí, los derechos del hombre.
Estaban escritos desde 1789; pero la burguesía francesa los
interpretaba con un criterio mezquino. El hombre tiene derecho á
vivir, á trabajar y á saber; los obreros de París reclamaban con
razón un aumento de salario, una organización del trabajo nacional
que no hiciera depender el suyo de la voluntad de los patrones, y
una amplitud racional en la enseñanza pública, en la instrucción de
sus hijos, á quienes debe la sociedad una educación extensa, laica
y gratuita. La dignidad por medio de la libertad, el pan por medio
del trabajo, la instrucción por el Estado, eso era todo lo que
pedían los revolucionarios parisienses, y eso fué lo que Francisco
Bilbao quería para la plebe. Quería, principalmente, como base de
sus futuras conquistas, la libertad de conciencia y la proscripción
del fanatismo.
Bilbao tornó á su patria en 1849 y pronto se hizo el ídolo de las
masas. Fundó la «Sociedad de la Igualdad», en cuyo seno educaba á
_los rotos_, y á muchos que no eran rotos, imbuyéndoles ideas de
igualdad y de fraternidad. Aquella sociedad llegó á contar seis mil
socios.
La revolución del 20 de abril de 1851 tuvo por jefe á Bilbao, que
con su gente se batió seis horas. Fué vencido, y tuvo que emigrar
una segunda vez; segunda y última, pues no volvió á su patria.
Refugiado en el Perú, continuó con ahinco su propaganda en la
prensa, combatiendo sobre todo la corrupción política. Su campaña
periodística le valió en breve ser desterrado del Perú. Entonces
fué al Ecuador, pero no tardó en volver á Lima, donde combatió en
las calles el día 5 de abril de 1854. Derribado el gobierno que le
había desterrado por su campaña contra la corrupción, emprendió
nueva campaña contra el ultramontanismo. Nuevas persecuciones,
cárcel, destierro, fueron las consecuencias inmediatas para el
viril escritor. Pasó entonces á Francia donde estuvo poco tiempo,
regresando á América para vivir al lado de sus padres. Hallábanse
establecidos éstos en la ciudad de Buenos-Aires, muy agitada á
la sazón, y Bilbao no pudo permanecer indiferente, ni mantenerse
alejado de la lucha, ni considerarse extraño en las cuestiones de
interés humano y universal que exaltaban los ánimos de toda la
República Argentina. Escribió de nuevo contra el clericalismo, huyó
de Buenos-Aires para evitar sañudas persecuciones y anduvo errante
algún tiempo á la espectativa de algún cambio.
Apaciguadas un tanto las pasiones políticas, entró nuevamente en
Buenos-Aires, donde vivió consagrado al estudio de complicados
problemas sociológicos. Dejó algunos escritos, en los que aparece
tan intransigente en sus ideas como lo fué en sus costumbres.
Radical exaltado y convencido librepensador, no fué sin embargo
materialista ni ateo.
Muchas veces la calumnia, queriendo hallarle su flaco, le llamó
díscolo, insensato y ambicioso; nunca sus más enconados detractores
se atrevieron á negarle acrisolada honradez y pureza de costumbres.
Se puede decir que fué el iniciador del racionalismo en las
antiguas colonias españolas, educadas por la inquisición y el
jesuitismo.
La figura de Bilbao parecerá más grande á medida que transcurra el
tiempo.
Murió cuando todavía estaba en condiciones de ser útil á la
humanidad; tenía 42 años.»
MUÑOZ GAMERO
Este chileno ilustre, hoy casi olvidado por sus mismos compatriotas,
merece figurar en este galería como uno de los hombres que honran á
su raza. Era oficial de la marina chilena desde 1836, y prestó buenos
servicios en las campañas navales que sostuvo Chile por entonces. En
1838, desempeñaba ya el mando interino de la corbeta _Janequeo_.
No hemos podido averiguar la fecha en que nació ni el lugar preciso
de su nacimiento; solo sabemos con referencia á personas que le
conocieron y nos merecen crédito absoluto, que Benjamín Gamero--así se
le llamaba--era todavía muy joven hacia el año 1840; pero estudioso,
formal y de gallarda presencia, distinguiéndose por su afición al
estudio de las lenguas vivas.
En 1842 fué ascendido Gamero á teniente de primera clase, y en el mismo
año se le comisionó por su gobierno para navegar y practicar estudios
en la marina británica. Embarcó primero en la corbeta de guerra
_Carysfort_, como oficial agregado, y luego se le confió el mando de
la goleta _Victoria_, distinción que los ingleses no suelen otorgar á
oficiales extranjeros.
Al cabo de dos años se incorporó á la marina chilena, mereciendo que el
oficial inglés comandante de la _Carysfort_ lo recomendara con encomio
certificando que «el teniente Benjamín Muñoz Gamero, por su celo y su
pericia náutica, se hallaba á la altura de los oficiales ingleses más
acreditados».
En 1844 obtuvo el mando del _Magallanes_, desempeñándolo con acierto.
En 1845 ascendió á capitán de corbeta, pasando á mandar la _Janequeo_
que ya había mandado anteriormente por interinidad.
Pero estas alternativas, las vicisitudes de su carrera en los primeros
años, los servicios comunes y corrientes que prestó en la naciente
armada de su país, no merecerían ni recordación si él no se hubiera
distinguido en otros servicios más distinguidos y en comisiones
extraordinarias, que desempeñó con singular pericia hasta su trágica
muerte.
El gobierno de Chile, que conocía las sobresalientes condiciones
y la capacidad del capitán Gamero, le comisionó para explorar con
algunos auxiliares la región austral de la República. En efecto,
reconoció prolijamente los ríos y lagos de aquella importantísima
región, entonces mal conocida, especialmente el Llanquihue y el
Coyuhué. Estos trabajos hidrográficos eran de una dificultad inmensa
por la falta de recursos, pues aquellas comarcas estaban enteramente
desiertas y necesitaban los exploradores abrirse paso á machete,
llevarlo todo consigo, trazar sendas practicables talando ó chapeando
ellos mismos, sin hablar de las innumerables privaciones y sus
naturales consecuencias. De todos modos, la ciencia debe mucho á
aquellos exploradores capitaneados por Gamero, que llenaron su misión
venciendo todas las dificultades. _El Diario_ de la expedición contiene
interesantes noticias y preciosos datos geográficos, topográficos,
físicos y geológicos.
Ascendido Gamero á capitán de fragata en 1850, fué nombrado gobernador
de la colonia de Magallanes. No bien hubo tomado posesión de su
destino, se dedicó al estudio de la lengua indígena y empezó á formar
un diccionario patagónico.
Desgraciadamente no pudo concluírlo, pues al frente de la colonia le
sorprendió el desenlace de su laboriosa y útil existencia.
El 21 de noviembre de 1851 fué reducido á prisión por las fuerzas
que estaban á sus órdenes, las cuales se sublevaron incitadas por
el teniente de artillería Cambiaso que se puso al frente de la
sublevación. El gobernador Gamero fué bien tratado al principio; pero
habiéndose escapado con el capellán Acuña, tuvieron ambos que soportar
mil riesgos y privaciones. Arrastrados por un temporal á una isla de
la Tierra del Fuego, tuvieron que batirse con los insulares; hasta que
que viéndose hostilizados por un gran número de salvajes fueguinos, se
vieron obligados á tornar al continente. Desembarcaron en una pequeña
caleta que se llama Agua Fresca, donde no tardaron en ser descubiertos
por los emisarios, agentes y espías del traidor Cambiaso. Tardaron
muchos días en ser cogidos, porque se internaron en los montes; pero
algunos hombres armados que desde Punta-Arenas habían salido en su
persecución, lograron darles alcance y capturarlos sin resistencia
cuando hacía una semana que los infelices prófugos no se alimentaban
más que con mariscos y hierbas. Aquella misma noche fueron pasados por
las armas Gamero y el padre Acuña; sus cadáveres fueron quemados.--El
asesino Cambiaso fué fusilado á su vez, en Valparaíso, en 1852.
_El Diccionario náutico_, obra de Gamero, es una prueba de la
aplicación de este benemérito y malogrado marino, mártir del deber.
GERTRUDIS GÓMEZ DE AVELLANEDA
Esta inolvidable poetisa nació en la isla de Cuba en 1816. Puerto
Príncipe, su ciudad natal, que ha tenido fama y la tiene todavía y
es probable que no la pierda nunca, por el corazón y la hermosura de
sus incomparables y bellísimas mujeres, las habrá sin duda producido
más guapas, más varoniles, más patriotas ó tanto como Gertrudis, pero
ninguna tan grande ni tan célebre.
No solo descuella la camagüeyana Tula entre todas las mujeres de Cuba
y de su siglo, sino entre todas las que en todo tiempo han cultivado
con éxito la literatura castellana. Es el más brillante ingenio que su
sexo ha producido. No sin razón decía don Manuel Bretón de los Herreros
oyendo la lectura de sus poesías: ¡Es mucho hombre esta mujer!... Y don
Juan Nicasio Gallego escribía á su vez estas palabras: «Nadie le puede
negar la primacía entre cuantas personas de su sexo han pulsado la lira
castellana, así en éste como en los pasados siglos.»
El epitafio que escribió don Nicomedes Pastor Díaz para la tumba de
la Avellaneda, no es menos elocuente que los juicios anteriores: «Fué
uno de los más ilustres poetas de su nación y de su siglo; fué la más
grande entre las poetisas de todos los tiempos.»
Murió la Avellaneda en España á principios de 1873.
Desde muy joven había venido á España, donde supo conquistarse un
puesto prominente en la fecunda y rica república de las letras
españolas. Casada varias veces, volvió más de una vez á su patria
que se enorgullecía con hija tan ilustre. Sus últimos versos fueron
escritos en Cárdenas.
Sus poesías líricas hubieran bastado para crearle un envidiable
renombre: sus novelas no son menos notables; sus producciones
dramáticas la elevaron á una inmensa altura.
Los dramas de Gertrudis más aplaudidos en España, fueron _Alfonso
Munio_, _Baltasar_ y _La hija de las Flores_. Uno de ellos, _Baltasar_,
ha sido transformado en ópera por el maestro Villate, compatriota de la
poetisa. La ópera también fué celebrada al estrenarse en Madrid.
Pero veamos á la poetisa retratada por sí propia: