persistió en sus errores, que tuvo debilidades y llegó hasta tolerar
el crimen, deja un nombre popular y muchos admiradores, es que
indudablemente prestó grandes y señalados servicios. La posteridad
pronunciará su juicio definitivo acerca de tal hombre, que se
halla todavía demasiado cerca de nosotros para permitirnos la fría
imparcialidad. Las crueldades y los asesinatos merecen agria censura;
mas los servicios pueden ser tan grandes que la figura descuelle y
sobreviva cuando se desvanezcan en la sombra de los siglos todas las
impurezas de la realidad.
Un pueblo tan grande, civilizado y culto como el pueblo francés, parece
haber perdonado á Thiers sus carnicerías humanas porque cree que con
ellas fundó la República y aseguró la paz. Las víctimas de Artigas y de
sus hordas, aumentadas con las de Rivas y todos los tiranos de América,
no sumarán la horrible cifra de 40,000 personas sacrificadas en Francia
la _semana terrible_.
Dejamos, pues, á la posteridad la sentencia definitiva, el juicio final
sobre Artigas y su tiempo.
FREIRE
Esta figura chilena bien merecería más extensión de la que aquí podemos
consagrarle. Soldado, corsario, hombre político, es uno de los héroes
de la independencia y uno de los caudillos del partido liberal que más
han figurado en las contiendas de Chile.
Nació en Santiago en los últimos años del siglo XVIII, pasó la niñez
en Concepción y tomó las armas en clase de cadete en 1811. En la
épica lucha de Rancagua era capitán de los dragones chilenos. Después
de aquel desastre, en el cual pudieron decir los combatientes de la
libertad como Francisco I en los campos de Pavía, que «todo lo habían
perdido menos el honor», emigró á la Argentina como la mayoría de sus
camaradas. Pero su ardimiento no le permitía esperar con calma la
llegada de mejores tiempos. Si otros compañeros suyos permanecieron
emigrados desde 1814 hasta 1817, él no tuvo paciencia para aguardar
tranquilo á que San Martín organizara su célebre expedición. Mientras
llegaba la hora de disputar á los realistas el dominio de la tierra,
creyó que podía con más fortuna disputarles la posesión del mar. Al
efecto se alistó como simple corsario á las órdenes de un marino tan
acreditado como Brown, y éste le confirió el mando de las fuerzas de
desembarco que llevaba en sus expediciones. Esta campaña marítima fué
gloriosa para Freire, que supo ganar laureles en algunos desembarcos.
En 1816, cuando supo que San Martín organizaba en Cuyo la expedición
destinada á libertar á Chile, se presentó al general argentino
pidiéndole un fusil para combatir como soldado. San Martín, que conocía
por su fama al oficial chileno, le confió la misión de penetrar en su
país por la cordillera de Talca, empresa que realizó con tanta fortuna
como valentía. Con cien hombres tomó posesión de Talca derrotando al
destacamento que la guarnecía.
Las fuerzas expedicionarias que salvando la cordillera andina cayeron
como un torrente sobre los chilenos valles, venciendo á los españoles
en Chacabuco y Maipú, tuvieron en el esforzado Freire uno de los más
activos auxiliares. No solo distrajo la atención de los realistas por
la parte de Talca, sino que más tarde batió completamente al feroz
guerrillero Benavides á las puertas de Concepción. Esta victoria le
valió una inmensa popularidad y la subida al poder cuando cayó para
siempre el general O'Higgins, de quien era adversario.
Los españoles, entre tanto, si vencidos en el continente, mantenían
enhiesto su pabellón en Chiloé. Freire los atacó en sus últimos
baluartes, dando término á la obra de la independencia con una victoria
más. En toda América se mostraron los españoles dignos de su raza:
vencidos, abandonados por la metrópoli, sin esperanza de socorro
alguno, lucharon con los vestigios de sus hambrientos ejércitos hasta
quemar el último cartucho. Las guarniciones de Veracruz, del Callao y
de Chiloé dejaron bien puesto el glorioso nombre de su patria, legando
á sus descendientes en las nuevas naciones republicanas y libres, el
ejemplo de su abnegación al sacrificarse en aras del deber.
El valeroso Freire tomó parte muy activa en las guerras civiles que
siguieron á la emancipación. Esta parte de su vida nos daría tema
fecundo y materia abundante para completar este capítulo. Pero más que
escribir por nuestra cuenta y riesgo, nos conviene extractar lo que
dice un compatriota suyo:
«Ramón Freire, después de servir á la patria con decisión y
esfuerzo contra sus enemigos, la perturbó grandemente en su
constitución y desarrollo. Se mezcló en las revueltas políticas
que agitaron á Chile después de la independencia; el ejército que
acaudillaba fué vencido en Lircay por las fuerzas que mandaba el
caudillo conservador, general Prieto. Á la derrota siguió la
proscripción del jefe liberal, que vivió emigrado en el Perú hasta
1842.
«Su estancia en Lima le valió el ser acusado en Chile de prestarse
torpemente á servir de instrumento á los políticos peruanos. Esta
acusación tenía su origen en la circunstancia de haber encabezado
alguna expedición de aventureros chilenos, sin más objeto que
disputar el poder á los que lo detentaban. Fueron vanos todos sus
esfuerzos; el partido liberal, haciendo justicia á sus rectas
intenciones, le otorgó sus mayores simpatías, mas no secundó sus
planes.»
Gobernaba en Chile un hombre como Portales, que tenía condiciones
de verdadero estadista y era la gran figura del partido conservador
chileno. Los esfuerzos de los conspiradores se estrellaron en la
decisión, la entereza, la previsión de aquel hombre de Estado, que
al fin murió asesinado cobarde y villanamente, pero sin que Freire
tuviese parte ninguna en la conjuración que le arrebató la vida.
En esta parte se hizo completa justicia el caudillo emigrado, que
trabajaba ciertamente contra la paz pública y ambicionaba el poder, no
para sí propio sino para su partido, pero no se mezcló nunca en planes
homicidas ni en conjuraciones tenebrosas.
Portales, víctima sacrificada á las disensiones intestinas, puso los
cimientos de la prosperidad, los sólidos fundamentos del bienestar
nacional, con su honradez y economía en la gestión financiera. Se
esmeró además en respetar las leyes; se le tuvo por autoritario,
solamente por su afán de tener á raya á los conspiradores y por su
celo en mantener constante el orden público. Su único error fué no
aceptar el sistema federativo defendido por Infante, que era de fijo
tan conservador como él, pero tenía un conocimiento más exacto de
la ciencia política, de los peligros de la centralización y de la
conveniencia de imitar á los Estados Unidos más bien que al Paraguay, á
los hombres de Wáshington y no á los jacobinos.
Hemos citado á Portales, por la influencia que tuvo en la vida del
general Freire. Éste no pudo hacer nada ni logró la realización de sus
intentos, porque se medía con un adversario políticamente superior.
Freire vivió tranquilamente en el seno de su patria desde 1842 hasta
su fallecimiento, ocurrido en diciembre de 1851.
Murió de sesenta y cuatro años.
Algún tiempo después se abrió una suscripción para elevarle una
estatua; la suscripción se llevó á cabo con resultado lisonjero, y la
figura en bronce del denodado Freire figura hace tiempo en un paseo de
Santiago.
[Ilustración]
BELLO
He aquí el nombre de un publicista eminente. La América española no ha
producido hasta hoy ninguno que le aventaje. Su fama es tan merecida
que nadie la discute ni la niega.
Andrés Bello nació en la ciudad de Caracas en 1780; se educó en un
convento de frailes mercenarios, donde se daba una enseñanza incompleta
ó mal distribuida; no cursó ninguna carrera con regularidad ni la
terminó completamente. Es curiosa la circunstancia de que no obtuviera
nunca el título de abogado un jurisperito como Bello, autor del notable
Código civil de Chile.
La situación casi precaria de la familia Bello, obligó á éste á
interrumpir sus estudios regulares para desempeñar un destino muy
modesto. Bello no lo obtuvo por favor, sino por concurso. El capitán
general de Venezuela dispuso que todos y cada uno de los aspirantes
redactasen una memoria sobre cierto asunto concreto y determinado; la
de Bello fué la mejor de todas y el empleo disputado le fué justamente
concedido.
Los antepasados de Bello procedían de las islas Canarias, y nuestro
joven poseía las cualidades que suelen distinguir á los isleños:
asiduidad constante en el trabajo, incansable celo en su labor y
energía moral superior á todos los desfallecimientos. No heredó las
fuerzas físicas de los canarios, pero sí la fuerza de voluntad y la
constancia. Por eso trabajó toda su vida, como los de su raza, no en
las rudas faenas de la mar ó de la agricultura, que son las habituales
de los insulares en América, sino en las propias de su entendimiento y
de su constitución. Tan débil era ésta, que Alejandro Humboldt aconsejó
á su familia, interesándose por la salud del joven, que no le dejaran
estudiar con aplicación tan desmedida.
Estudió, no obstante, con ahinco, estudió siempre, y bien puede
asegurarse que consagró su vida entera al estudio.
En su juventud, sin desatender sus labores de empleado, aprendió las
lenguas vivas sin maestro alguno y sin otra base que el latín aprendido
en el convento, aprendió la lógica del lenguaje, aprendió sólo cuanto
por entonces constituía la ciencia filológica, ciencia que estaba en su
infancia y que él supo cultivar con aprovechamiento.
Por necesidades de su empleo, tanto quizá como por afición, hizo un
estudio prolijo de la administración hispano colonial y de las leyes
de Indias. Al mismo tiempo devoraba las publicaciones filosóficas
y las novedades literarias de su tiempo, siéndole familiares todas
las obras de los enciclopedistas. Y con todo, le quedaba tiempo y lo
utilizaba con general provecho dando lecciones de gramática, retórica
y filosofía. De los jóvenes que fueron sus discípulos hubo algunos que
después brillaron en su patria y viven en la historia, entre ellos
Simón Bolívar.
Además era poeta; y como no se daba instante de reposo ni momento de
vagar, componía versos magníficos para solaz ajeno y placer propio;
sus versos eran leídos con general aplauso en todas las tertulias
caraqueñas. Sus poesías de aquella época no se imprimieron jamás y se
han perdido muchas.
Al empezar la guerra de la independencia, su espíritu estaba entero
con sus compatriotas; pero el insigne Bello no era hombre de lucha y
no tomó en la guerra parte activa. Le ataban además lazos de familia
y de agradecimiento, que originaron calumnias groseras é infundadas.
El tiempo y las pruebas materiales han desvanecido las calumnias; la
memoria de Bello es la de un patriota puro y convencido; pero aquellas
acusaciones injuriosas debieron mortificar hondamente el alma del
patriota, cuando le obligaron á abandonar su país.
Bello emigró de Venezuela, estableciéndose en Chile; pero antes
viajó por otros varios países de América y de Europa. En Londres
cultivó la amistad de los sabios más sobresalientes, registró los
archivos, consultó las bibliotecas y aprendió mucho. Allí estudió
la lengua griega, que le era indispensable, dada la especialidad de
sus estudios; aprendió el limosín, que le había de ser tan útil en
sus investigaciones literarias sobre la Edad media; perfeccionó sus
conocimientos de la lengua patria, del portugués, del francés, del
italiano y sobre todo, del inglés, lengua que hablaba y escribía con
rara perfección.
Desde 1829 hasta su muerte, ocurrida en 1865, vivió nuestro Bello en la
capital de Chile donde fué querido y venerado. Allí escribió ó revisó
sus obras más importantes, ejerciendo una influencia que dura todavía
en la política, las letras y la enseñanza. Fué senador, fué rector
perpetuo de la Universidad y unió su nombre al _Código chileno_.
Las obras de Bello son tan numerosas é importantes, que su simple
reseña exigiría un volumen.
La literatura castellana le debe ricos tesoros, tan apreciados
en España por los eruditos como en América por todos los hombres
estudiosos. Los trabajos de Bello sobre el poema del _Cid_, sobre
la gramática española, sobre la ortología y métrica de la lengua
castellana, son verdaderos monumentos del habla de Castilla. Con
justicia fué nombrado Bello miembro honorario de la Academia Española.
Escribió el gran publicista sobre derecho internacional, hizo
traducciones directas de los poetas clásicos y dejó manuscrita en
lengua inglesa una obra referente á la crónica fabulosa de Turpin, obra
que no podemos juzgar.
La literatura amena le debe también las poesías más perfectas y más
acabadas; sus himnos patrióticos, su poema descriptivo de la zona
tórrida, su traducción del _Orlando_, son otros tantos modelos.
Como prueba de su correctísima versificación, vamos á dar algunas
muestras.
FRAGMENTOS DE LA ORACIÓN POR TODOS
I
Ve á rezar, hija mía. Ya es la hora
De la conciencia y del pensar profundo.
Cesó el trabajo afanador, y al mundo
La sombra va á colgar su pabellón.
Sacude el polvo el árbol del camino
Al soplo de la noche; y en el suelto
Manto de la sutil neblina envuelto
Se ve temblar el viejo torreón.
¡Mira! su ruedo de cambiante nácar
El occidente más y más angosta
Y enciende sobre el cerro de la costa
El astro de la tarde su fanal.
Para la pobre cena aderezado
Brilla el albergue rústico, y la tarda
Vuelta del labrador la esposa aguarda
Con su tierna familia en el umbral.
Brota del seno de la azul esfera
Uno tras otro fúlgido diamante;
Y ya apenas de un carro vacilante
Se oye á distancia el desigual rumor.
Todo se hunde en la sombra: el monte, el valle.
Y la iglesia, y la choza, y la alquería;
Y á los destellos últimos del día
Se orienta en el desierto el viajador.
Naturaleza toda gime; el viento
En la arboleda, el pájaro en el nido,
Y la oveja en su trémulo balido,
Y el arroyuelo en su correr fugaz.
El día es para el mal y los afanes:
¡He aquí la noche plácida y serena!
El hombre tras la cuita y la faena
Quiere descanso y oración y paz.
Sonó en la torre la señal: los niños
Conversan con espíritus alados;
Y los ojos al cielo levantados,
Invocan de rodillas al Señor.
Las manos juntas, y los pies desnudos,
Fe en el pecho, alegría en el semblante,
Con una misma voz, á un mismo instante,
Al padre Universal piden amor.
Y luego dormirán; y en leda tropa
Sobre su cama volarán ensueños,
Ensueños de oro, diáfanos, risueños,
Visiones que imitar no osó el pincel.
Y ya sobre la tersa frente posan,
Ya beben el aliento á las bermejas
Bocas, como lo chupa las abejas
Á la fresca azucena y al clavel.
Como para dormirse, bajo el ala
Esconde su cabeza la avecilla,
Ya la niñez en su oración sencilla
Adormece su mente virginal.
¡Oh dulce devoción, que reza y ríe!
¡De natural piedad primer aviso!
¡Fragancia de la flor del paraíso!
¡Preludio del concierto celestial!
II
Ve á rezar, hija. Y ante todo
Ruega á Dios por tu madre; por aquella
Que te dió el ser, y la mitad más bella
De su existencia ha vinculado en él.
Que en su seno hospedó tu joven alma,
De una llama celeste desprendida;
Y haciendo dos porciones de la vida,
Tomó el acíbar y te dió la miel.
Ruega después por mí. Más que tu madre
Lo necesito yo... Sencilla, buena,
Modesta como tú, sufre la pena,
Y devora en silencio su dolor.
Á muchos compasión, á nadie envidia,
La vi tener en mi fortuna escasa:
Como sobre el cristal la sombra, pasa
Sobre su alma el ejemplo corruptor.
No le son conocidos... ¡ni lo sean
Á tí jamás!... los frívolos azares
De la vana fortuna, los pesares
Ceñudos que anticipan la vejez;
De oculto oprobio el torcedor, la espina
Que punza á la conciencia delincuente,
La honda fiebre del alma, que la frente
Tiñe con enfermiza palidez.
Mas yo la vida por mi mal conozco,
Conozco al mundo, y sé su alevosía;
Y tal vez de mi boca oirás un día
Lo que valen las dichas que nos da.
Y sabrás lo que guarda á los que rifan
Riquezas y poder, la urna aleatoria,
Y que tal vez la senda que á la gloria
Guiar parece, á la miseria va.
Viviendo, su pureza empaña el alma,
Y cada instante alguna culpa nueva
Arrastra en la corriente que la lleva
Con rápido descenso al ataúd.
La tentación seduce; el juicio engaña;
En los zarzales del camino deja
Alguna cosa cada cual: la oveja
Su blanca lana, el hombre su virtud.
Ve, hija mía, á rezar por mí, y al cielo
Pocas palabras dirigir te baste;
«¡Piedad, Señor, al hombre que criaste;
Eres Grandeza; eres Bondad; perdón!»
Y Dios te oirá; que cual del ara santa
Sube el humo á la cúpula eminente,
Sube del pecho cándido, inocente,
Al trono del Eterno la oración.
Todo tiende á su fin: á la luz pura
Del sol la planta; el cervatillo atado,
Á la libre montaña; el desterrado,
Al caro suelo que le vió nacer.
Y la abejilla en el frondoso valle,
De los nuevos tomillos al aroma;
Y la oración en alas de paloma
Á la morada del Supremo Ser.
Cuando por mi se eleva á Dios tu ruego,
Soy como el fatigado peregrino,
Que su carga á la orilla del camino
Deposita y se sienta á respirar.
Porque de tu plegaria el dulce canto
Alivia el peso á mi existencia amarga
Y quita de mis hombros esta carga,
Que me agobia, de culpa y de pesar.
Ruega por mí, y alcánzame que vea
En esta noche de pavor, el vuelo
De un ángel compasivo, que del cielo
Traiga á mis ojos la perdida luz.
Y pura finalmente, como el mármol
Que se lava en el templo cada día,
Arda en sagrado fuego el alma mía,
Como arde el incensario ante la Cruz.
III
Ruega, hija, por tus hermanos,
Los que contigo crecieron
Y un mismo seno exprimieron,
Y un mismo techo abrigó.
Ni por los que te amen solo
El favor del cielo implores:
Por justos y pecadores
Cristo en la Cruz expiró.
Ruega por el orgulloso
Que ufano se pavonea,
Y en su dorada librea
Funda insensata altivez.
Y por el mendigo humilde
Que sufre el ceño mezquino
De los que beban el vino
Porque les dejen la hez.
Por el que de torpes vicios
Sumido en profundo cieno,
Hace aullar el canto obsceno
De nocturno bacanal.
Y por la velada virgen
Que en su solitario lecho,
Con la mano hiriendo el pecho,
Reza el himno sepulcral.
Por el hombre sin entrañas,
En cuyo pecho no vibra
Una simpática fibra
Al pesar y á la aflicción,
Que no da sustento al hambre,
Ni á la desnudez vestido,
Ni da la mano al caído,
Ni da á la injuria perdón.
Por el que en mirar se goza
Su puñal de sangre rojo,
Buscando el rico despojo
O la venganza cruel.
Y por el que en vil libelo
Destroza una fama pura,
Y en la leve mordedura
Escupe asquerosa hiel.
Por el que surca animoso
La mar, de peligros llena;
Por el que arrastra cadena,
Y por su duro señor.
Por la razón que leyendo
En el gran libro, vigila;
Por la razón que vacila;
Por la que abraza el error.
Acuérdate, en fin, de todos
Los que penan y trabajan;
Y de todos los que viajan
Por esta vida mortal.
Acuérdate aún del malvado
Que á Dios blasfemando irrita.
La oración es infinita:
Nada agota su caudal.
IV
¡Hija! reza también por los que cubre
La soporosa piedra de la tumba,
Profunda sima adonde se derrumba
La turba de los hombres mil á mil:
Abismo en que se mezcla polvo á polvo,
Y pueblo á pueblo; cual se ve á la hoja
De que al añoso bosque abril despoja
Mezclar la suya otro y otro abril.
Arrodilla, arrodíllate en la tierra
Donde segada en flor yace mi Lola,
Coronada de angélica aureola;
Do helado duerme cuanto fué mortal;
Donde cautivas almas piden preces
Que las restauren á su ser primero,
Y purguen las reliquias del grosero
Vaso, que las contuvo, terrenal.
¡Hija! cuando tú duermes, te sonríes,
Y cien apariciones peregrinas,
Sacuden retozando tus cortinas;
Travieso enjambre, alegre, volador.
Y otra vez á la luz abres los ojos,
Al mismo tiempo que la aurora hermosa
Abre también sus párpados de rosa,
Y da á la tierra el deseado albor.
¡Pero esas pobres almas!... ¡si supieras
Qué sueño duermen!... su almohada es fría:
Duro su lecho; angélica armonía
No regocija nunca su prisión.
No es reposo el sopor que las abruma;
Para su noche no hay albor temprano;
Y la conciencia, velador gusano,
Les roe inexorable el corazón.
Una plegaria, un solo acento tuyo,
Harán que gocen pasajero alivio,
Y que de luz celeste un rayo tibio,
Logre á su obscura estancia penetrar;
Que el atormentador remordimiento
Una tregua á sus víctimas conceda,
Y del aire, y el agua, y la arboleda,
Oigan el apacible susurrar.
FRAGMENTO DE LA ZONA TÓRRIDA
Tú das la caña hermosa
De do la miel se acendra,
Por quien desdeña el mundo los panales:
Tú en urnas de coral cuajas la almendra
Que en la espumante jícara rebosa;
Bulle carmín viviente en sus nopales
Que afrenta fuera al múrice de Tiro;
Y de su añil la tinta generosa
Émula es de la lumbre del zafiro.
El vino es tuyo que la herida agave
Para los hijos vierte
Del Anáhuac feliz; y la hoja es tuya
Que cuando de suave
Humo en espiras vagorosas huya
Solazará el fastidio al ocio inerte.
Tu vistes de jazmines
El arbusto sabeo
Y el perfume le das que en los festines
La fiebre insana templará á Lieo.
Para tus hijos la procera palma
Su vano feudo cría,
Y la piña sazona su ambrosía:
Su blanco pan la yuca,
Sus rubias pomas la patata educa,
Y el algodón despliega el aura leve
Las rosas de oro y el vellón de nieve.
El entierro del gran poeta, del eminente filólogo, del distinguido
hombre público, fué una solemnidad que dejó memoria en la capital de
Chile. El pueblo entero acompañó á su tumba los restos del anciano
venerable. Bello cerró sus ojos á la luz á la edad de 85 años.
MONROE
En el firmamento americano brillan astros de todas magnitudes.
Wáshington y Bolívar son imperecederos, eternamente visibles como
soles que no se apagan, como luminares sin noche y sin eclipse. Otros
despiden fulgores menos intensos, ya que no menos puros. No deslumbran,
no ciegan, pero guían al caminante por las obscuras sendas de la
Historia. Por lo mismo que son menos gloriosos y no tan refulgentes,
puede juzgárseles con imparcialidad y sin pasión. Las manchas del sol
no se distinguen; pero se verían, si por acaso existieran, las de esos
astros sin luz deslumbradora.
Una de las estrellas de primera magnitud en el cielo americano,
es Jacobo Monroe, soldado entusiasta de la independencia, notable
estadista, virtuoso ciudadano, que figura y aun descuella entre los
insignes presidentes de los Estados Unidos.
Nació el 2 de abril de 1759 en el condado de Westmoreland (Virginia).
Sus padres le destinaban al foro y, en efecto, principió á cursar la
carrera de derecho; pero á los 16 años abandonó sus estudios para
alistarse en el ejército de Wáshington y concurrir á la defensa de
la ciudad de Nueva York, amenazada por un ejército inglés. Corrió el
joven soldado las vicisitudes todas de la guerra. En la acción de
Trenton fué herido de gravedad. Monroe se mostró toda su vida orgulloso
de la extensa y honda cicatriz que señalaba su frente, verdadera
condecoración que daba testimonio de sus riesgos, de sus campañas y de
sus servicios. Esas son las únicas y gloriosas condecoraciones que se
usan en América, donde no se adornan los pechos valerosos con dijes
femeniles y con relumbrones cortesanos de los que se prodigan en Europa.
El joven militar que hacía su aprendizaje de tan ruda manera, sin que
se amenguara su entusiasmo patrio, ascendió á capitán en recompensa de
su gloriosa herida.
En 1777 fué nombrado ayudante del general Sterling: á sus órdenes se
distinguió en los campos de batalla. El mismo Wáshington premió su
comportamiento con su promoción á coronel.
Terminada la guerra acabó su carrera de abogado y se estableció en
Virginia.
Afiliado al partido demócrata, fué varias veces elegido representante
del pueblo.
De 1790 á 1794 fué senador por Virginia, sentándose constantemente en
los escaños de la oposición.
Jorge Wáshington, para dar una prueba de deferencia al partido
demócrata y estrechar las relaciones de los Estados Unidos con la
República francesa, nombró á Monroe ministro representante en París.
Mucho contribuyeron el tacto y las ideas de Monroe á la buena armonía
de ambas repúblicas; mas su entusiasmo y simpatía por la Francia, en
lucha entonces con Inglaterra, no se avenía muy bien con la política de
neutralidad que sostenía Wáshington, y vióse éste precisado á llamarle
en 1796. El partido democrático se resintió grandemente de esa medida
de la presidencia, y el mismo Monroe manifestó también su disgusto
en un notable folleto en el que, sin combatir á Wáshington, á quien
tenía en gran consideración y estima, justificaba su misión cerca del
gobierno francés.