Era Jacobo Mádison de constitución tan débil y enfermiza, que sus

padres no pudieron dedicarle como hubieran deseado á las faenas de la

agricultura. Le enviaron á un colegio muy acreditado de Nueva Jersey,

donde pronto se distinguió por su aplicación y su capacidad. En 1772 se

graduó de abogado y regresó á Virginia.

En 1776 fué elegido por sus conciudadanos para formar parte de la

Convención de Virginia, y en 1780 fué enviado al Congreso continental

siendo en él uno de los más distinguidos diputados.

En todas las legislaturas subsiguientes figuró en el partido

democrático y pronunció discursos elocuentes. Se le debe la

«Declaración de la libertad religiosa», documento que defendió con

singular talento y le valió una inmensa popularidad. Desde aquella

fecha no hay religión oficial en los Estados Unidos, siendo allí una

realidad la libertad de cultos.

El Estado de Virginia le eligió su representante en la Convención

extraordinaria encargada de proponer una Constitución y fundar un

gobierno nacional. Hombre de opiniones avanzadas, á Mádison se debe

en gran parte el espíritu eminentemente democrático que informa

algunos artículos de aquel Código inmortal. Á él se deben también

las detalladas reseñas de las sesiones de aquella asamblea, trabajo

acabadísimo que el Congreso de la Unión compró después de su muerte por

30,000 duros.

Promulgada la Constitución, Mádison fué uno de sus más decididos

defensores. Sus notables artículos de _El Federalista_, periódico

que publicaba en unión de Hámilton y de Juan Fay, y sus elocuentes

discursos en la legislatura de Virginia, contribuyeron en alto grado á

la sanción favorable que mereció de todos los Estados de Unión el pacto

fundamental de su prosperidad é independencia.

Constituído el nuevo gobierno, Mádison tomó asiento en el Congreso de

1789, donde por su facilidad en el decir, y por la fuerza de su lógica,

alcanzó gran ascendiente en todas las discusiones.

En 1801, Jéfferson fué elegido presidente y nombró secretario de Estado

á Mádison, cargo el más importante de la administración de aquella

República, y que desempeñó por espacio de ocho años. Durante aquel

período se suscitaron graves y difíciles cuestiones, así interiores

como internacionales, y en ninguna de ellas dejó el secretario de

Estado de presentar á las Cámaras informes notables por su claridad

y fuerza de argumentación. Partidario decidido de la política de

neutralidad iniciada por Wáshington, dedicó todo su talento y energía

á evitar la guerra con Inglaterra, guerra que estalló más tarde muy á

su pesar, gracias á la desatentada conducta que con su antigua colonia

observaba aquella arrogante nación marítima.

Terminada la presidencia de Jéfferson, que duró ocho años, fué elegido

Mádison para sustituírle en 1809.

En circunstancias críticas se hizo cargo del poder. Inglaterra, so

pretexto del bloqueo continental establecido por su rival el emperador

Napoleón, apresaba los buques americanos, embargaba sus cargamentos

y hacía prisioneros á sus tripulantes á quienes consideraba por el

derecho de la fuerza como á súbditos ingleses; y las tribus indias que

poblaban las fronteras del Oeste, impulsadas por agentes británicos,

invadían y asolaban continuamente los Estados de la Unión limítrofes á

aquellos territorios. Esto produjo una serie de notas y reclamaciones,

de las que ningún caso hizo la orgullosa dominadora de los mares.

El hecho inaudito de haber sido contestada á cañonazos por una fragata

inglesa la petición de auxilio de un buque americano durante la noche,

exasperó de tal manera los ánimos, que el mismo Mádison, tan enemigo de

la guerra, se vió precisado á pedir al Congreso la adopción de medidas

de represión, y éste, el Senado y el Gobierno, votaron la guerra por

una gran mayoría.

No estaban los Estados Unidos en situación muy favorable para tal

empresa; su ejército y su marina eran reducidísimos, y su tesoro estaba

casi exhausto. No obstante, Mádison comunicó la mayor actividad á todos

los departamentos militares, y logró poner en pie de defensa el vasto

territorio de aquella República, gracias á la actividad de su ministro

ó secretario de guerra, general Monroe, á quien dedicaremos un capítulo.

Dos años duraron las hostilidades por mar y tierra sin resultado

decisivo por una y otra parte, hasta que el almirante inglés Cockburn,

que había ya amenazado atacar á Wáshington, después de haber sembrado

la devastación y la ruina en varios puntos, se presentó de improviso

delante de la ciudad amenazada, derrotó las tropas americanas que

acampaban en sus inmediaciones y entró triunfante en ella, acompañado

del incendio y del más rapaz saqueo. El Capitolio, la biblioteca del

Congreso, la Casa Blanca, las oficinas del Estado, y un sinnúmero

de edificios particulares fueron reducidos á cenizas, y grandes, y

valiosos obras de arte fueron completamente destruidas. Las pérdidas

que sufrió la ciudad se elevaron á algunos millones de pesos.

La indignación que produjo este acontecimiento inflamó de tal manera

el amor patrio de los americanos, que acudieron presurosos á atajar en

su marcha triunfal al audaz invasor. Las milicias populares alcanzaron

algunos muy señalados triunfos, y Mádison los aprovechó para lograr de

Inglaterra el más ventajoso tratado de paz, que se firmó en la ciudad

de Gante el 24 de diciembre de 1814.

Después de la guerra, la administración de Mádison continuó tranquila,

sosegada y próspera. El presidente dedicó todo su empeño á restañar las

heridas de la patria y reparar los desastres causados por la guerra.

Reelegido presidente, se retiró á la vida privada en 1817 sin terminar

el tiempo legal de su magistratura.

Se estableció en su hacienda de Virginia y en ella murió en 1836, á la

edad de 85 años.

En los últimos años de su vida fué rector de la Universidad de

Virginia, y tomó parte en las deliberaciones para reformar la

Constitución del mismo Estado.

La memoria de Mádison es muy respetada en los Estados Unidos.

HEREDIA

En Santiago de Cuba y en 1803 nació el más grande, el más inspirado y

uno de los mas célebres poetas de la América latina. Los ha habido más

fecundos, los hubo también más fáciles, más correctos y más originales;

pero ninguno le ha aventajado ni le aventaja hoy en espontáneo

lirismo, en natural grandiosidad ni en sentida inspiración. Sobresale

especialmente en el género descriptivo, que tan fácil parece y es en

realidad el más difícil de todos. Nos referimos á José María de Heredia.

Á la temprana edad de diez años, ¡tanta precocidad apenas se concibe!

escribió unos ensayos poéticos, de los que nada decimos por cuenta

propia, pues no los hemos leído; pero en un _Estudio sobre la

literatura hispano-americana_, publicado en 1854 por don Antonio

Cánovas del Castillo en la _Revista Española de Ambos Mundos_, descubre

el citado crítico en el infantil autor «el poder de su entendimiento,

maravillosamente formado para edad tan temprana, inclinado al

filosofismo tanto como á la poesía.»

Nuestro poeta conspiró por la independencia de su patria, viéndose

obligado á emigrar de su adorada Cuba y á refugiarse en los Estados

Unidos. Allí escribió sus más primorosos versos. Más tarde pasó á

Méjico donde pidió y obtuvo la nacionalidad. En Méjico se casó, fué

nombrado Senador y luego magistrado de la Suprema Corte de Justicia.

La primera edición de sus obras apareció en Toluca en 1825, la segunda

en Méjico, la tercera en Barcelona (España). Después se han hecho

otras muchas en Barcelona, Madrid, París, Nueva York, etc., como

también numerosos juicios críticos en diversidad de lenguas.

El célebre Villemain[4], hablando del poeta José María de Heredia y de

sus poesías, escribe lo siguiente:

[4] _Essais sur le génie de Pindare et sur la poésie lyrique

dans ses rapports avec l'élévation morale et religieuse des

peuples_, par M. Villemain, membre de l'Institut.--1859.

«El niño que debía ilustrar el nombre de Heredia, era endeble y

enfermizo; pero el vigor y la energía de su alma se imponen á su

cuerpo. Estudiando las lenguas griega y latina, y los filósofos

franceses, Homero y Raynal, bien pronto se siente poeta. Conducido

á Caracas, donde su padre fué nombrado presidente de la Audiencia

Real, respirando el aire de la primera república proclamada en

Venezuela, no sueña más que volar al combate y empuñar la trompa

de Tirteo. Con esta esperanza vuelve á Cuba en 1824, y trata

inútilmente de conjurar á sus compatriotas: y perseguido por el

Gobierno español, se ve precisado á marchar á la América del Norte,

donde encuentra triunfante toda la libertad que había soñado.»

Hasta aquí Heredia no había hablado en sus cantos más que de los

sufrimientos morales de su vida sin gloria y sin amor. Visita la

catarata del Niágara y entonces muestra todo el poder de su genio y

exclama:

Templad mi lira, dádmela, que siento

En mi alma estremecida y agitada

Arder la inspiración. ¡Oh! ¡Cuánto tiempo

En tinieblas pasó, sin que mi frente

Brillase con su luz!... Niágara undoso,

Tu sublime terror sólo podría

Tornarme el don divino, que ensañada

Me robó del dolor la mano impía.

Torrente prodigioso, calma, acalla,

Tu trueno aterrador: disipa un tanto

Las tinieblas que en torno te circundan,

Déjame contemplar tu faz serena

Y de entusiasmo ardiente mi alma llena.

Yo digno soy de contemplarte: siempre

Lo común y mezquino desdeñando,

Ansié por lo terrífico y sublime.

Al estallar el huracán furioso,

Al retumbar sobre mi frente el rayo

Palpitando gocé: vi el Oceano.

Azotado por austro proceloso

Combatir mi bajel, y ante mis plantas

Vórtice hirviente abrir, y amé el peligro,

Y sus iras amé; mas su fiereza

En mi alma no produjo

La profunda impresión de tu grandeza.

Sereno corres, majestuoso, y luego

En áspero peñasco quebrantado,

Te abalanzas violento, arrebatado,

Como el destino irresistible y ciego.

¿Qué voz humana describir podría

De la sirte rugiente

La aterradora faz? El alma mía

En vagos pensamientos se confunde,

Al mirar esa férvida corriente,

Que en vano quiere la turbada vista

En su vuelo seguir al borde oscuro

Del precipicio altísimo; mil olas

Cual pensamiento rápidas pasando,

Chocan y se enfurecen,

Y otras mil y otras mil ya las alcanzan,

Y entre espuma y fragor desaparecen.

¡Ved! ¡llegan, saltan! El abismo horrendo

Devora los torrentes despeñados;

Crúzanse en él mil iris, y asordados

Vuelven los bosques el fragor tremendo.

Al golpe violentísimo en las peñas

Rómpese el agua; vaporosa nube

Llena el abismo en torbellino, sube,

Gira en torno y al éter

Luminosa pirámide levanta,

Y por sobre los montes que la cercan

Al solitario cazador espanta.

¿Mas qué en ti busca mi anhelante vista

Con inútil afán? ¿Por qué no miro

Al rededor de tu caverna inmensa

Las palmas, ¡ay! las palmas deliciosas,

Que en las llanuras de mi ardiente patria

Nacen del sol á la sonrisa y crecen,

Y al soplo de las brisas del Océano

Bajo un cielo purísimo se mecen?

Este recuerdo á mi pesar me viene...

Nada, ¡oh Niágara! falta á tu destino

Ni otra corona que el agreste pino

Á tu terrible majestad conviene.

La palma y mirto y delicadas rosas,

Muelle placer inspiran y ocio blando

En frívolo jardín; á tí la suerte

Guardó más digno objeto, más sublime.

El alma libre, generosa y fuerte,

Viene, le ve, se asombra

Y al mezquino deleite menosprecia

Y aun se siente elevar cuando te nombra.

¡Omnipotente Dios! En otros climas

Vi monstruos execrables

Blasfemando tu nombre sacrosanto

Sembrar error y fanatismo impío,

Los campos inundar en sangre y llanto,

De hermanos encender la infanda guerra

Y desolar frenéticos la tierra.

Vilos, y el pecho se inflamó á su vista

En grave indignación. Por otra parte

Vi mentidos filósofos que osaban

Escrutar tus misterios, ultrajarte,

Y de impiedad al lamentable abismo

Á los miseros hombres arrastraban.

Por eso siempre te buscó mi mente

En la sublime soledad; ahora

Entera se abre á ti; tu mano siente

En esta inmensidad que me circunda,

Y tu profunda voz hiere mi seno

De este raudal en el eterno trueno.

¡Asombroso torrente!

¡Cómo tu vista el ánimo enajena

Y de terror y admiración me llena!

¿Do tu origen está? ¿Quién fertiliza

Por tantos siglos tu inexhausta fuente?

¿Qué poderosa mano

Hace que al recibirte

No rebose en la tierra el Oceano?

Abrió el Señor su mano omnipotente;

Cubrió tu faz de nubes agitadas,

Dió su voz á tus aguas despeñadas,

Y ornó con su arco tu terrible frente.

Ciego, profundo, infatigable corres,

Como el torrente oscuro de los siglos

En insondable eternidad!... Del hombre

Huyen así las ilusiones gratas,

Los florecientes días,

Y despierta al dolor... ¡Ay! agostada

Yace mi juventud, mi faz marchita,

Y á la profunda pena que me agita

Ruge mi frente de dolor nublada.

Nunca tanto sentí como este día

Mi soledad y mísero abandono

Y lamentable desamor... ¿Podría

En edad borrascosa

Sin amar ser feliz? ¡Oh! si una hermosa

Mi cariño fijase,

Y de este abismo al borde turbulento

Mi vago pensamiento

Y ardiente admiración acompañase!

¡Cómo gozara viéndola cubrirse

De leve palidez y ser más bella

En su dulce terror, y sonreírse

Al sostenerla en mis amantes brazos!...

¡Delirios de virtud! ¡Ay! desterrado

Sin patria, sin amores,

¡Sólo miro ante mí llanto y dolores!

¡Niágara poderoso!

¡Adiós! ¡adiós! dentro de pocos años

Ya devorado habrá la tumba fría

Á tu débil cantor, ¡Duren mis versos

Cual tu gloria inmortal! ¡Pueda piadoso

Al contemplar tu faz algún viajero,

Dar un suspiro á la memoria mía!

¡Y al sepultarse Febo en Occidente

Feliz yo vuele do el Señor me llama,

Y al escuchar los ecos de mi fama

Alce en las nubes la radiosa frente!

Un crítico español, D. Emilio Martín, escribe:

«Cierto es que en esta poesía no hay, como dice Villemain, la

belleza severa del gran lírico de la antigüedad. En presencia del

Etna y en la descripción de los fenómenos del mar de Sicilia,

Píndaro, no se acuerda de sí, no mezcla á los terrores de la

naturaleza su personalidad ni se queja de su vida sin amor y sin

gloria. Heredia, por el contrario, ve la catarata, se asombra, la

mide con las fuerzas de su espíritu, y, creyéndose digno de ella,

canta su belleza, describe su grandor, encuentra semejanza entre el

torrente que se desborda y los siglos que se atropellan; lamenta

su juventud y se acuerda de su patria; llora su triste abandono y

piensa en Dios, fuente de todo lo bello. ¿Qué más puede pedírsele

á un poeta? Nosotros hallamos en esta composición de Heredia una

discreta distribución de partes y una lógica de sentimientos que

nos encanta. La naturaleza, su juventud, la patria, la inmortalidad

y Dios. He aquí su pensamiento.»

Copiemos ahora un fragmento de su poesía _La Tempestad_:

Huracán, huracán, venir te siento

Y en tu soplo abrasado

Respiro entusiasmado.

Del Señor de los aires el aliento...

¿Al toro no miráis? El suelo escarban

De insoportable ardor sus pies heridos;

La armada frente al cielo levantando,

Y en la hinchada nariz fuego aspirando

¡Llama la tempestad con sus bramidos!...

Los pajarillos callan y se esconden

Al acercarse el huracán bramando,

Y en los lejanos bosques retumbando

Le oyen los bosques y á su voz responden.

Llega ya, ¿no le veis? ¡Cuál desenvuelve

Su manto aterrador y majestuoso...

Gigante de los aires te saludo!...

En fiera confusión el viento agita

Las orlas de su parda vestidura...

¡Ved!... ¡en el horizonte

Los brazos rapidísimos enarca,

Y con ellos abarca

Cuanto alcanzo á mirar de monte á monte!

¡Oscuridad universal! Su soplo

Levanta en torbellino

El polvo de los campos agitado;

En las nubes retumba despeñado

El carro del Señor y de sus ruedas

Brota el rayo veloz, se precipita,

Hiere y aterra el delincuente suelo

Y su lívida luz inunda el cielo...

¡Sublime tempestad! ¡Cómo en tu seno,

De tu solemne inspiración henchido

Al mundo vil y miserable olvido

Y alzo la frente de delicias lleno!

¿Do está el alma cobarde

Que teme tu rigor?...

Á los diez y siete años de edad, estando en Choluca, escribió una

composición descriptiva que bien puede contarse entre las mejores.

¡Oh, cuán bella es la tierra que habitaban

Los aztecas valientes!...

Sus campos

Cubren á par de las doradas mieses

Las cañas deliciosas. El naranjo

Y la piña y el plátano sonante,

Hijos del suelo equinoccial se mezclan

Á la frondosa vid, al pino agreste,

Y de Minerva al árbol majestuoso.

* * * * *

Era la tarde. La ligera brisa

Sus alas en silencio ya plegaba,

Y entre la hierba y árboles dormía,

Mientras el ancho sol su disco hundía

Detrás de Iztacihual. La nieve eterna

Cual disuelta en mar de oro, semejaba

Temblar en torno de él un arco inmenso

Que del empíreo en el cenit finaba...

En su epístola á _Emilia_, pensando en la libertad de Cuba, escribe:

Pluguiera al cielo, desdichada Cuba,

Que tu suelo tan sólo produjera

Hierro y soldados... La codicia ibera

No tentáramos, no... ¡patria adorada!

De tus bosques el aura embalsamada

Es al valor y á la virtud funesta.

En su aspiración de independencia, no veía que en su época era Cuba una

isla aún despoblada. Por eso escribe:

«Que no en vano entre Cuba y España

Tiende inmenso sus olas el mar.»

Hizo Heredia bastantes traducciones, algunas muy notables. He aquí un

fragmento de la del canto á Napoleón, de Delavigne:

Vanamente en las lides ya te fuera

La España generosa

De gloria y de peligros compañera,

Esclava la anhelaste...

Mas no, sus sacerdotes, sus guerreros

Á la lid mutuamente se excitaron

Supersticiosos, fieros,

Los pueblos al clamor se levantaron...

Los hijos nobles de Pelayo fuerte.

Heredia murió en Toluca el 7 de mayo de 1839. En su sepulcro se lee

esta inscripción:

«Su cuerpo envuelve del sepulcro el velo:

Pero le hacen la ciencia, la poesía,

Y la pura virtud que en su alma ardía

Inmortal en la tierra y en el cielo.»

[Ilustración]

ARTIGAS

La crítica histórica no ha dicho aún su última palabra acerca de este

hombre, que ha tenido y tiene tantos detractores como panegiristas.

Sea como quiera, nadie le puede negar que es una de las figuras más

notables y curiosas de la América meridional.

José Artigas nació en Montevideo á mediados del siglo XVIII. En

su juventud prestó servicios á las autoridades coloniales, que lo

dedicaron á la persecución de vagos y malhechores. De esa manera

adquirió un gran conocimiento del terreno, circunstancia que le fué muy

útil en su agitada vida. La topografía del Uruguay le era tan familiar,

que ni las cuchillas, ni los valles, ni los ríos, ni las selvas tenían

secreto alguno para él.

En su obscura posición y al servicio de los españoles le sorprendió

el movimiento de 1810; se adhirió sin vacilar y reconoció el gobierno

constituído en Buenos Aires. Su alma, empero, abrigaba una doble

aspiración: quería la independencia de América, una América libre de

todo extranjero yugo, pero anhelaba igualmente la autonomía de la

patria uruguaya. Artigas deseaba que se reconociera la personalidad

política de la Banda Oriental, como entonces se decía, la cual no

había de ser una provincia dependiente de Buenos Aires, sino un Estado

aparte. Sostenía la conveniencia de una Federación, pero si ésta no se

establecía optaba en absoluto por la independencia.

Figuró Artigas en el primer asedio de Montevideo (1811), durante el

cual se le acusó de díscolo, ambicioso y turbulento por sus continuas

querellas y reyertas con sus compañeros de armas. El gobierno

constituído en Buenos Aires cerraba pacientemente los ojos á las

arbitrariedades del caudillo, pues la situación de aquél era asaz

delicada y la influencia de Artigas demasiada útil para prescindir de

ella. La revolución no estaba en el caso todavía de enajenarse fuerzas

ni siquiera voluntades.

Montevideo capituló el 20 de junio de 1810 y Artigas fué ascendido á

general. Proclamado por sus secuaces «patriarca de la Federación»,

exigió y obtuvo de Posadas la evacuación inmediata por los vencedores

de lo que él llamaba la patria Oriental.

Retiráronse los argentinos, quedándose él con sus patriotas. Pero si

él había sido elevado de simple guerrillero á general, sus fuerzas

no habían pasado de guerrillas á tropas regulares con organización

y disciplina. Seguían, pues, siendo unas partidas irregulares y

cometiendo desmanes que les enajenaban muchas simpatías. Y no se

convirtieron en temibles hordas, por la autoridad que en ellas ejercía

el jefe que las mandaba. La influencia de Artigas en su gente cada vez

era mayor.

Uno de los biógrafos de tan discutido personaje, escribe:

«Á principios de 1815, derrotó Artigas á una división en el

Guayabo (cerros de Asurunguá), quedando dueño de la posición y

árbitro del país. Las atrocidades cometidas entonces por sus

corifeos estremecen á la humanidad; todavía se recuerdan con

horror los nombres de Blasito, Gai, Otorques y alguno más. Baste

decir que el terror subió á tal punto con el espectáculo de las

víctimas _enchalecadas_ ó desolladas vivas, que creció la hierba

en las ventanas de la capital; familias enteras vivían aisladas,

incomunicadas en sus habitaciones, sin abrir de miedo las puertas

ni las ventanas.

»Con todo, José Artigas continuaba siendo el ídolo de las

multitudes y su prestigio era cada día mayor. La plebe le aclamaba,

la muchedumbre le aplaudía; solamente desde lejos se atrevían

algunos á censurar sus actos. Jamás se ha visto en Montevideo una

popularidad tan grande como la suya.

»Sin embargo, siendo ya intolerables sus desafueros, el cabildo

de Buenos Aires le declaró fuera de la ley; pero la proclama del

cabildo que contenía tal declaración fué quemada á los dos meses

por mano del verdugo, al mismo tiempo que se declaraba á Artigas

patriota benemérito.

»Ensoberbecido el gaucho oriental con las caricias de la mudable

fortuna, creyó que él era árbitro del destino y que podía oprimir

el suelo patrio como los lomos de su caballo de guerra; pero la

fortuna es tornadiza, por no desmentir su sexo, y pronto volvió la

espalda al que había sido su amado más favorecido.

»Habiendo atacado Artigas, de improviso, á la división portuguesa

que estaba de observación en la frontera del Brasil, dió motivo á

una invasión formidable que acabó en breve tiempo con la influencia

y fuerza del caudillo. Artigas fué derrotado en 1817, aprendiendo

entonces cuán poco duraderas son las simpatías, cuán poco firmes

las devociones, cuán míseras las adhesiones de los que rinden culto

al hombre y no á la idea, al éxito y no al hombre.

»Derrotado Artigas y desconocido en la hora del infortunio por

sus mismos partidarios, por sus propias criaturas, por sus

más fervientes colaboradores, abandonó para siempre el suelo

ensangrentado por sus caprichos, refugiándose en el Paraguay.

»El doctor Francia, aquel sombrío tirano que es otro enigma de

la Historia, sabía de sobra con quién tenía que habérselas.

Desconfiando de Artigas, no le negó un refugio en la tierra

paraguaya, pero puso condiciones á la hospitalidad que se le

concedía: le señaló por residencia un lugar remoto, Cumquatí, donde

Artigas estuvo confinado y sin poder salir de la demarcación.

»En Cumquatí vivió más de veinticinco años, dedicado exclusivamente

á la labranza é ignorando por completo lo que sucedía en su

patria, pues sólo de tarde en tarde llegaban hasta él los apagados

ecos, los rumores vagos de las luchas y de los sucesos que se

desarrollaban del ancho Plata en una y otra orilla.

»Muerto Francia, el dictador López (padre) que le sucedió en el

gobierno y en el despotismo, permitió que Artigas se acercara á la

Asunción; en efecto, en 1845 vivía á una legua de la capital, en

la _chacra_ de Ibiraí. Allí feneció en 1850, á los noventa años de

edad y treintitrés de ostracismo, olvidado ya de todo el mundo y en

la mayor pobreza.»

Debemos añadir que algunos años más tarde se trató en Motevideo de

rehabilitar la memoria del célebre caudillo; el gobierno mismo le

decretó honores póstumos, declarando que Artigas había merecido bien de

la patria y que tenía derecho á que su fama fuese entregado á la piedad

de la Historia. Con tal motivo se han dado á luz en Buenos Aires,

en Gualeguaichú y en Montevideo mismo, numerosos libros, folletos,

opúsculos y hojas destinados á denigrar la memoria del singular

Artigas. Los autores han demostrado sin duda notables dotes de críticos

y de literatos, mucha erudición, horror al crimen... Pero no han

destruído la creciente popularidad que acompaña á la memoria del héroe.

En el Uruguay no se olvidará el nombre de Artigas.

Figuras americanas: Galería de hombres illustres · 第 3 / 12 段