La cierto es que sobresalió bastante en la poesía lírica, habiendo

cultivado todos ó casi todos los géneros. Compuso magníficos sonetos,

sextillas primorosas y redondillas tan acabadas como las citadas más

arriba; pero pecó de gongorismo (fruta del tiempo) en algunas ocasiones.

Méjico, país tan fecundo en poetas admirables, no ha producido hasta

hoy una poetisa tan notable como la célebre monja.

HÁMILTON

Repetiremos aquí lo que hemos dicho en el prólogo: en esta _Galería

de americanos ilustres_ no necesitamos incluír á Wáshington, que

llena el universo con su nombre; ni á Bolívar, que fundó la libertad

en la América española; ni á Lincoln, redentor de los esclavos; ni á

Benito Juárez, salvador de Méjico. Esas grandes figuras son conocidas

y celebradas en América y en todo el mundo y no tienen necesidad de

biógrafos, de historiadores ni de panegiristas. Lo que nos proponemos

es dar á conocer la vida de otros hombres igualmente insignes, pero

menos brillantes; figuras que la juventud americana debe conocer y

respetar, estudiando sus ejemplos y no olvidando sus nombres.

Una de esas figuras es la del ilustre Hámilton, modelo de ciudadanos,

ejemplo de patriotas y dechado de virtudes cívicas.

Alejandro Hámilton nació en 1757. Su padre era un escocés establecido

en las colonias inglesas y casado allí con una antillana de origen

francés.

La colonia inglesa donde nació el que tanto había de contribuir á

emancipar colonias, sigue sometida al yugo inglés. Porque Hámilton vino

á la vida en una de las Antillas menores, en la de Nevis, donde vivió

hasta la temprana muerte de su madre.

Á los once años de edad fué enviado el niño Hámilton á la isla

de Santa Cruz, para ser colocado como último dependiente en un

establecimiento mercantil. Compartía sus ásperas faenas con el

estudio, distinguiéndose por su aplicación y por su afán de saber.

Sus cualidades llamaron la atención, y sus parientes le llevaron á un

colegio de Nueva York cuando tenía quince años.

Antes de su salida del colegio empezó á mezclarse, como toda la

juventud de entonces, en la agitación precursora de la independencia

americana.

El primer Congreso de la revolución, celebrado en 1771, dió ocasión

á multitud de hojas, folletos y otros escritos anónimos, entre todos

los cuales llamó la atención pública uno que las gentes atribuyeron á

Jay, que era un jefe de partido. Su autor, sin embargo, no era otro que

Hámilton, joven desconocido, político ignorado, pero pensador discreto

aunque sólo tenía dieciséis años. De gallarda manera hacía sus primeras

armas como escritor público nuestro joven revolucionario el colegial

isleño.

En 1775 recibía la causa de la Independencia su bautismo de sangre, y

entonces fué cuando nuestro hombre, por no decir nuestro niño, organizó

una compañía de colegiales con el nombre de _Corazones de roble_.

«Libertad ó muerte», fué el lema que los Corazones de roble tomaron por

divisa.

De improvisado jefe de escolares ascendió á capitán efectivo en 1776.

Mandando una compañía provincial llamó la atención de generales como

Wáshington y Lafayette.

Traduzcamos aquí lo que ha dicho uno de sus biógrafos:

«Habiéndose distinguido en la retirada de Long-Island, en Trenton

y en Princeton, Wáshington le tomó como ayudante de campo con el

grado de coronel, no tardando en ser el confidente del gran hombre

de los Estados Unidos, de quien recibió siempre las más afectuosas

muestras de aprecio.

»Sirvió, pues, brillantemente en la guerra de la Independencia,

siendo el lazo de unión entre el improvisado ejército del país y el

ejército francés, gracias á que poseía los idiomas de ambos y la

confianza de Lafayette y Wáshington.

»Cuatro años después de proclamada la Independencia de los

Estados Unidos, habiendo tenido un pequeño disgusto Wáshington y

Hámilton, este último abandonó las armas para abrazar la carrera

de abogado en Nueva-York, pues aunque casado con la hija del

general Schuyler, veíase obligado á buscar nuevo modo de ganar la

subsistencia.

»Tenemos ya al hombre en la plenitud de la vida, cambiado de

carrera, enérgico como siempre, y siempre deseoso de ser útil á su

patria y á la libertad. Á los dos años de residir en Nueva-York y

de adquirir gran reputación se le mandó al Congreso.

»Los Estados Unidos pasaban entonces por una situación difícil.

El ejército, durante la campaña de la Independencia, no recibió

sus pagas; los oficiales estaban empeñados; la paz no estaba aún

consolidada, y era de temer por todas estas causas una guerra civil.

»Hámilton en el Congreso defendió á sus antiguos compañeros de

armas, y para que no se le creyera interesado, declaró antes que

renunciaba todo cuanto á él correspondiera, pidiendo que fueran

reconocidos los derechos de los oficiales. El Congreso, estando

exhausta de fondos la Hacienda, desoyó á Hámilton, y sólo cuando el

conflicto se hubo presentado decidióse á ser justo.

»Pero entonces presentó la cuestión otro cariz. Se reconocía la

deuda que la nación tenía con los militares, mas no había modo de

satisfacerla. La República estaba en vísperas de una bancarrota.

El Congreso carecía de medios y datos para resolver la situación,

pero en su seno contaba un Hámilton que, así como supo conquistar

un puesto en el ejército y luego se improvisó abogado, improvisóse

también hacendista. Con asombrosa facilidad dominó al punto la

cuestión, ilustrando al Congreso y proponiéndole consolidar

todas los deudas, tomando á cargo de la Confederación la deuda

militar y las deudas de los Estados, creando la unidad financiera.

Propuso, además, el establecimiento de aduanas en la costas de

Norte-América, medida que se tomó con carácter de provisional, pero

que ha subsistido.

»Fué Hámilton el verdadero iniciador, con Mádison, de la célebre

Convención de Annapolis, que produjo tantos beneficios. Redactó el

dictamen de dicha convención, dirigido al pueblo norte-americano,

aconsejando que se reuniera otra Convención en Filadelfia

para corregir los defectos y llenar las deficiencias de la

Confederación. Proponía que la Constitución, después de redactada,

fuera sometida á discusión popular.

»La Constitución se hizo en Filadelfia, mas no satisfacía por

completo á sus autores. Sin embargo, todos reconocían la necesidad

de adoptarla. Aquellos hombres tuvieron la abnegación de sacrificar

una parte de sus convicciones, en aras del interés común, pero

Hámilton descolló sobremanera. Tomó á su cargo hacer aceptar

aquella Constitución á trece diversos Estados, que la discutieron

trece veces, aprobándola, siendo preciso para llegar á tal

resultado aunar intereses opuestos, acallar celos y rivalidades,

para lo cual valióse siempre de armas de buena ley.

»No había bastante con esto, y Hámilton se unió á Mádison y á Jay,

que representaban los distintos matices políticos, pero que estaban

convencidos de que la Constitución aquella significaba la salvación

del país. Los tres decidieron la publicación de una serie de

artículos sobre la Constitución, cuyo trabajo se considera aun hoy

día como sus mejores comentarios, y se hallan reunidos en abultado

volumen bajo el título de _The Federalist_. Ochenta y cinco números

aparecieron de esta serie, de los cuales redactó Hámilton cincuenta

y uno, pero yendo todos firmados bajo el pseudónimo _Publius_.

»El interés que despertó la publicación de _El Federalista_ y la

campaña de propaganda emprendida por Hámilton determinaron en favor

de la Constitución á todos los Estados y á todos los ciudadanos.

_El Federalista_, no en balde calificado de «Manual de la

libertad», es una de las epopeyas más simpáticas llevadas á término

en favor de una causa. Apareció el número 1.º ó introducción el 27

de octubre de 1787 y el último ó la conclusión, el 15 agosto de

1788, redactados uno y otro por Hámilton.

»Cuando Wáshington ocupó la presidencia de los Estados Unidos en

1789, llamó para formar gabinete á Jéfferson, jefe del partido

democrático, que juzgaba escasa la independencia concedida á los

Estados, y á Hámilton, que encontraba limitadas las concesiones

hechas al poder central, y asoció á ambos los generales Knox y Jay.

»Hámilton desempeñó la cartera de Hacienda, donde por falta de

dinero y sobra de deudas residía el gran problema de la naciente

Confederación. En este caso el gran ciudadano pudo realizar sus

proyectos; salvó á su país de la crítica situación financiera,

levantando el crédito á gran altura, á pesar de todos los

rutinarios, y aun hoy Hámilton continúa siendo el más importante

entre todos los ministros de Hacienda que han conocido los Estados

Unidos.

»Pidió retirarse del gabinete en 1795, contando 38 años, después de

haber fundado el sistema financiero de su país. Un historiador dice

al llegar á este punto: «Ministro de Hacienda y liquidador de una

enorme deuda, había restablecido la fortuna del Norte América; pero

se había olvidado de hacer la suya.»

«Volvió al seno de su familia y á ejercer la profesión de abogado,

cuando ya el país no tenía necesidad de sus servicios; pero en

1796, con motivo de una discordia entre Francia y los Estados

Unidos, originada en una torpeza del Directorio, la Confederación

creyó necesario estar dispuesta para la guerra, á cuyo efecto el

presidente Adams ofreció su mando á Wáshington, quien declaró

que no aceptaría sino á condición de que Hámilton fuese nombrado

inspector general, como así fué, siendo él quien organizó aquel

ejército, de cuyo mando se encargó á la muerte de Wáshington, pero

no habiendo pasado á vías de hecho las enemistades de Francia con

los Estados Unidos, Hámilton volvió á la vida privada en 1801, de

la que no volvió á salir.

»Sin embargo continuaba interesándose por la cosa pública, y como

hubiera expresado el concepto de «hombre peligroso» que le merecía

el vice presidente de los Estados Unidos, coronel Aaron Burr, que

se presentaba candidato para ser gobernador del Estado de New-York,

éste ofendido, le retó.

»Teniendo Hámilton justo criterio sobre el desafío, no hubiera

aceptado si no temiera la pérdida de toda su influencia. Recordaba

que tenía esposa, hijos y deudos; que necesitaba vivir para los

demás, pero como estaba decidido y no temía el duelo, aceptó

declarando ante sus amigos que dejaría tirar dos veces á su

adversario y que si le llegaba el turno él no tiraría.

»El 11 de julio de 1804 realizóse el duelo en Nueva-Jersey y

habiendo tirado Burr el primero, hirió á Hámilton en el costado

derecho, pasando la bala á través de las vértebras. Él mismo

reconoció al momento que la herida era mortal.

»El día siguiente á las dos moría después de haberse despedido de

su esposa é hijos; cuando se los llevaron cerró los ojos para no

verles partir.

»Tales son los principales rasgos de la vida del gran hombre que

tanto contribuyó á la obra de la Independencia del Norte América y

á la consolidación de tal empresa.»

Si la muerte innecesaria de un hombre es siempre dolorosa, ¡cuánto más

sensible es la de un ser útil, grande, bueno como Hámilton! Por no

herir á su adversario, iba dispuesto á dejarse matar. Y su adversario

no era más que un ente repugnante, que procuró después á su país

terrible é inútiles complicaciones, como se verá en el siguiente

capítulo.

AARON BURR

Este militar americano se improvisó como otros muchos en la guerra de

la Independencia. Su primera profesión fué la de abogado; pero á poco

de terminar sus estudios ingresó en el ejército revolucionario que

se formaba entonces para combatir á los ingleses. Era popular en el

ejército, no sólo por su bravura, sino también por el fogoso entusiasmo

que le inspiraba la causa de la emancipación.

Sus servicios militares, debidamente apreciados por sus jefes, le

valieron ascensos repetidos. En 1778 era ya teniente coronel; pero poco

después abandonó el servicio militar sin que se conozca la verdadera

causa. Sus biógrafos dicen que se había quebrantado gravemente su salud

y que no podía soportar las fatigas de la guerra; pero en su tiempo se

decía otra cosa: que estaba descontento por no haber obtenido un puesto

que ambicionaba. Esta hipótesis es verosímil, pues Burr era ambicioso,

díscolo, descontentadizo é insubordinado. Creemos, pues, que algún

desaire sufrido, alguna pretensión no satisfecha ó algún deseo burlado,

le impulsaron á romper su espada y abandonar las filas.

Se estableció Burr en Albany, dedicándose otra vez á ejercer la

abogacía; pero se agitaba mucho como político ambicioso y hombre audaz

que era, gustando más de perorar en público y de gritar en los clubs

que de defender á sus clientes en los tribunales de justicia. Tal vez

por eso mismo fué nombrado senador, distinguiéndose en el Senado por su

actividad é inteligencia. Antes de tomar asiento en el Senado de los

Estados Unidos, fué una temporada procurador general de Nueva York.

Los dos partidos, republicano y demócrata, luchaban entonces como

ahora y se combatían con saña. Burr era uno de los jefes más visibles

del partido republicano, y como tal figuró en 1800 en la lucha

presidencial. Los dos candidatos más favorecidos fueron Burr y

Jéfferson, que obtuvieron igual número de votos. El empate debía ser

resuelto por el Congreso y éste designó á Jéfferson para presidente de

los Estados Unidos, á Burr para vicepresidente.

Siendo vicepresidente de la República fué presentada su candidatura

para gobernador de Nueva York, cargo que anhelaba el ex coronel Burr,

que siempre ambicionaba alguna cosa y no tenía bastante con ninguna.

Muy combatida fué la candidatura del vicepresidente para gobernador,

y uno de los que más la combatieron fué el célebre Hámilton, político

severo y ciudadano virtuoso. La elección no fué favorable á Burr, quien

despechado por su derrota y juzgándose ofendido por uno de los escritos

de Hámilton, le mandó sus testigos.

Alejandro Hámilton no pudo ó no quiso negar á su adversario la

reparación que le pedía y se batió con él.

En Nueva Jersey tuvo lugar el encuentro, que fué á pistola, y allí cayó

mortalmente herido el valeroso Hámilton, en el mismo sitio donde su

hijo mayor había perecido en otro lance no hacía muchos meses.

La muerte de Hámilton fué desastrosa para Burr, que perdió las

simpatías de sus mismos partidarios y no fué reelegido.

Burr se despidió del Senado con un discurso elocuente; pero su

actividad no le consentía permanecer ocioso y emprendió un largo viaje

á las despobladas regiones del Oeste. Conocidos como eran su ambición

y su carácter, el viaje de Burr dió pasto abundante á la murmuración.

Pero la verdad es que entonces fué calumniado por los que supusieron

que intentaba separar los Estados del Oeste, y por lo que llegaron á

insultarle llamándole emperador ó rey del Misisipí.

Lo que Burr se proponía era conquistar el virreinato de Méjico,

expulsar de allí á los españoles y agregar nuevos Estados á la

Confederación. Y puede ser que eso mismo no lo pensara seriamente,

pues dado su talento no podía desconocer que la empresa era difícil.

Creemos que sus planes de conquista eran totalmente simulados y sin

más objeto que recobrar la popularidad que había perdido. Porque, en

efecto, una parte del pueblo de los Estados Unidos tiene la manía del

engrandecimiento, sueña constantemente en anexiones y aspira á la

posesión de todo el continente americano. Cada nuevo Estado que se crea

ó que ingresa en la Federación, supone una estrella más en la bandera

de los Estados Unidos. Trece eran las estrellas del pabellón americano

á raíz de la independencia y son ya más de cuarenta. Los partidarios de

la conquista ó de la anexión de toda América dicen que su pabellón irá

aumentando el número de estrellitas, hasta que anexado todo el Nuevo

Mundo luzca el pabellón americano la estrella salvadora, única, grande,

que llaman ellos «estrella americana» ó «estrella del destino». Estas

ilusiones son hijas de una interpretación aventurada y falsa de la

llamada «doctrina de Monroe».

La idea de Burr era popular en los Estados Unidos, que ya hoy poseen

una parte muy considerable de lo que fué en otro tiempo territorio

mejicano. Pero no es fácil destruír una República tan valerosa como la

de Méjico; no se destruye una gloriosa nacionalidad que tiene historia

ilustre y vida propia; no ha de conquistar toda la América, desde el

círculo polar al cabo de Hornos, ese coloso que con todas sus grandezas

aún no ha vencido á los apaches.

Pero volvamos á Burr.

Sus manejos en la frontera de Méjico le valieron una acusación:

la de atentar á la seguridad y los derechos de un país amigo. Las

reclamaciones del gobierno de España dieron lugar á un proceso contra

Burr, que fué reducido á prisión en 1807.

Burr se defendió á sí mismo con mucha habilidad, logrando convencer al

tribunal de que no había organizado expedición alguna. Fué declarado

inocente, se le puso en libertad y volvió á ejercer su profesión de

abogado.

Este hombre que tanto había figurado murió en la obscuridad en 1836.

Había nacido en Newark en 1757.

[Ilustración]

O'HIGGINS

Nació este chileno ilustre en el pueblo de Chillán el 26 de agosto

de 1776. Era hijo de un militar español de origen irlandés y de una

ilustre dama de Chillán, doña Isabel Riquelme. En la época de su

nacimiento era su padre teniente coronel; más tarde fué capitán general

de Chile y virrey de Perú.

Se comprende que el joven don Bernardo O'Higgins había de recibir una

educación muy esmerada, y así sucedió en efecto. Aprendió las primeras

letras en Chillán, la segunda enseñanza en Santiago y en Lima, y

completó sus estudios en Europa.

Al regresar á Chile era ya partidario de la independencia, habiendo

contraído compromisos con algunos compatriotas que vivían en Cádiz

preparando el movimiento que se presentía. La juventud ilustrada de

aquel tiempo, no sólo en América, sino en la misma España, creía

cercana la emancipación y trabajaba por ella.

No es extraño, pues, que O'Higgins tomara parte desde que llegó en

el movimiento separatista que se había iniciado. Como coronel de las

milicias de Laja se batió con bravura al ser atacado Chile por el

general Pareja; fué herido en la acción del Roble; reemplazó más tarde

al general Carrera en el mando del ejército patriota. Sus rápidos

ascensos despertaron celos y rivalidades y le valieron la ojeriza del

general Carrera; mas éste reconoció, como todos sus compañeros de

armas, que el general O'Higgins era acreedor á todas las distinciones

que se le concedían, pues las justificaba con su valor y con su

intrepidez.

Cuando el general Osorio con 5,000 soldados marchaba sobre Santiago,

donde residía la Junta, O'Higgins se defendió en Rancagua con la

vanguardia chilena sosteniendo una lucha de treinta y seis horas y

deteniendo la marcha de los españoles en una villa abierta. El día 1.º

de octubre 1814, los defensores de Rancagua mandados por O'Higgins se

abrieron paso cargando á la bayoneta, salvando sus banderas y evitando

una rendición que parecía inevitable.

Después de Rancagua, dispersas y diezmadas las fuerzas de los

patriotas, emigraron muchos de éstos buscando un refugio al otro lado

de los Andes. O'Higgins se refugió también en la vecina República,

donde era considerado como jefe de la emigración. Con tal título se

asoció á la empresa del general San Martín. Los chilenos mandados por

O'Higgins formaron parte de la expedición que pasó á Chile en 1817.

Aquella marcha de un ejército bisoño á través de la cordillera andina,

aquella invasión de Chile ideada por San Martín y ejecutada con éxito,

constituye una de las páginas más gloriosas de la independencia y uno

de los hechos más admirables de la historia militar del mundo.

Los invasores de Chile batieron en Chacabuco al ejército español,

contribuyendo eficazmente á la victoria una carga briosa del general

O'Higgins.

Tomada poco después la capital de Chile, fué elegido el general

chileno, Director supremo del Estado. San Martín se dirigió al Perú,

quedando O'Higgins en Santiago. La dirección de O'Higgins duró desde

febrero de 1817 hasta enero de 1823.

La escuadra chilena fué creada en tiempo del general O'Higgins;

habiendo comprendido el Director supremo que Chile necesitaba una

escuadra poderosa, para conquistar su independencia primero, para

defenderla más tarde, para salvaguardia de sus costas, de sus intereses

y de su pabellón en todos los sucesos y en las épocas todas de su vida,

organizó las primeras fuerzas navales que tuvo la América española

después de emanciparse. La escuadra chilena se cubrió de gloria en las

aguas del Pacífico, haciendo sus primeras armas contra fuerzas navales

superiores y recibiendo el bautismo de sangre ante las fortalezas del

Callao, defendidas por los españoles con poderosa y brava artillería.

Al hablar de artillería potente y de naves poderosas, las consideramos

con relación á su tiempo. No entendemos confundir las escuadrillas de

vela ni los cañones lisos que se usaban entonces, con los acorazados

que hoy existen ni con sus bocas de fuego.

Desde entonces ha progresado la marina chilena, al compás de las de

otros países y al nivel de los más adelantados. Sus vasos náuticos, si

no todavía tan numerosos como lo exigen las necesidades de una nación

marítima, son buenos en general, bien artillados, bien tripulados

y bien gobernados siempre. Los marinos chilenos han conservado su

reputación de inteligentes y bravos, mereciendo que su país eleve un

monumento en honra suya. Aunque la patria chilena no debiera más al

general O'Higgins, la creación de la escuadra sería para él un título

de gloria.

Terminó el gobierno del general O'Higgins, por renuncia que

pronunció bajo la presión del pueblo; no cedió por debilidad, sino

por convencimiento. Había pasado el tiempo de las direcciones

incondicionales y de la dictaduras indiscutibles, y el jefe del Estado

renunció su poder personal en manos de una Junta revolucionaria.

La enconada oposición que en Santiago y otras poblaciones hacían

los patriotas al general O'Higgins durante los últimos meses de su

mando, se dirigía al director supremo, al político poco afortunado, al

estadista que parecía no estar á la altura de la situación; de ningún

modo ni por un momento se le perdió el respeto debido al héroe de

Rancagua ni se olvidó la consideración que el hombre merecía por sus

servicios y por sus virtudes. No bien se desprendió del poder, cuando

fué vitoreado por las mismas turbas populares que le habían exigido su

renuncia. Contraste que honra tanto al general O'Higgins como al pueblo

que le derribaba sin ingratitud y sin rencor.

Con la caída de O'Higgins terminó el período de gobierno militar,

abriéndose nueva era para la joven República. Esta ha navegado por

el derrotero de la Libertad y con rumbo al puerto de la Democracia,

con más lentitud que otras, pero con más firmeza. No importa marchar

despacio si se anda con paso firme, y Chile se ha desprendido ya ó se

va desprendiendo poco á poco de las trabas rutinarias, de las usanzas

pueriles, de las prácticas añejas de un fanatismo rancio, de las

preocupaciones aristocráticas más ó menos peligrosas, que no han sido

sino herencias de la época colonial, de la España del absolutismo y de

la Inquisición.

O'Higgins comprendió que su presencia en Chile, después de haber

ejercido tanto tiempo la suprema autoridad, podría ser motivo de

disturbios si se tomaba su nombre por bandera de partido. Por eso

emigró al Perú, á fin de no dar pretexto á las facciones para servirse

de su presencia en perjuicio de la concordia y de la paz.

Murió en el mes de octubre de 1842; pero sus cenizas fueron trasladadas

á Santiago de Chile, desde Lima donde reposaban, algunos años después

de su fallecimiento.

Más tarde se le ha erigido por sus compatriotas un bello monumento

conmemorativo: la estatua ecuestre del héroe de Rancagua.

MÁDISON

En la constelación de hombres ilustres, dignos de Plutarco, que

apareció en los Estados Unidos con motivo de la guerra de la

independencia; entre los varones más preclaros que contribuyeron á

fundar la federación modelo; entre las figuras que honran á América y á

la especie humana, se cuenta Mádison, compatriota de Wáshington, pues

nació como él en un rincón de Virginia (1751.)

Figuras americanas: Galería de hombres illustres · 第 2 / 12 段