Nota del Transcriptor:
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FIGURAS AMERICANAS
PARÍS.--TIP. GARNIER HERMANOS, 6, RUE DES SAINTS-PÈRES, 6.
BIBLIOTECA SELECTA PARA LA JUVENTUD
FIGURAS AMERICANAS
GALERÍA
DE HOMBRES ILUSTRES
POR
MIGUEL A. PÉREZ
[Ilustración]
PARÍS
GARNIER HERMANOS, LIBREROS-EDITORES
6, RUE DES SAINTS-PÈRES, 6
1891
PRÓLOGO
El nuevo volumen con que aumentamos hoy nuestra biblioteca juvenil,
viene á llenar un hueco y tenemos la esperanza de que será bien
recibido.
Nada más interesante que esta _Galería de americanos ilustres_, en la
cual incluímos personajes de uno y otro sexo, no todos tan conocidos
como por sus talentos ó por sus actos merecen.
Todos los jóvenes americanos, y aun los europeos, conocen los hechos,
ó cuando menos los nombres, de las grandes figuras históricas ó
científicas de América; nadie desconoce los nombres de Wáshington y
Bolívar, ninguna persona medianamente ilustrada ignora descubrimientos
ó los inventos de Maury, de Edison, de Morse; á pocas gentes no habrá
llegado el eco gloriosísimo de nombres tan preclaros como los de Sucre
y San Martín; nosotros mismos hemos alcanzado los tiempos de Juárez y
de Lincoln, nombres no menos ilustres, que para nadie son desconocidos.
Pero existen además, ó han existido, otros muchos hombres menos
populares, apenas conocidos, tal vez enteramente ignorados, que son
acreedores al respeto, á la estimación, algunos de ellos al cariño de
la posteridad. No todos ciñen sus frentes con los nimbos de la gloria,
pero muchos hicieron por su patria ó por la humanidad sacrificios ó
esfuerzos dignos de ser imitados. Los unos combatiendo con las armas
en la mano; los otros enseñando en las escuelas, y muchos divulgando
por medio de sus libros el amor al ideal ó el sentimiento patrio, han
conquistado un puesto digno y envidiable entre las figuras de su tiempo.
Hubo también ignorantes, malvados y traidores, cuyos hechos pueden
servir de utilísima enseñanza, cuyos nombres no merecen desdeñoso
olvido.
El que ayuda á los enemigos de su patria, el que tiraniza á
sus conciudadanos, el que comete errores fecundos en funestas
consecuencias, podrá ser justamente aborrecido, mas no será siempre
con igual justicia condenado al menosprecio. Deberá menospreciarse,
pues odiándole se le honraría, al que en sus crímenes ó en sus errores
haya sido bajo, rastrero, mísero, cobarde; no al que en sus actos haya
tenido grandeza--pues la hay hasta en el crimen;--no al que se haya
equivocado con sana intención ó cumplida buena fe.
De todos modos, conviene presentar á las generaciones sucesivas
los nombres y los hechos ejemplares, todos los ejemplos saludables
ó perniciosos que la fértil historia suministra, que si los unos
alientan, conmueven, estimulan ó entusiasman los otros son todavía más
útiles, pues apartan á la juventud de las sendas peligrosas en que
zozobraron los que las siguieron.
Alternadas con los hombres, figurarán en esta _Galería_ bastantes
mujeres célebres, que no han faltado en América ni antes ni después de
la emancipación damas que honren á su sexo y á la humanidad. Lo que
sentimos es no disponer de suficiente espacio para incluírlas á todas.
No hemos seguido un orden cronológico por creerlo innecesario.
Alternando las figuras como lo hemos hecho, sin tener en cuenta los
tiempos ni los países, creemos haber dado más amena variedad al libro
que hoy ofrecemos y recomendamos á la juventud.
FIGURAS AMERICANAS
DON JUAN RUIZ DE ALARCÓN Y MENDOZA
Este ilustre americano floreció en la época de la dominación española.
Por eso España lo cuenta como suyo, y también por la influencia que
su talento ejerció en la literatura castellana. El teatro de Alarcón
es digno de la patria de Calderón y Tirso de Molina. Hasta hoy no ha
producido América un dramaturgo del genio y el alcance de Alarcón.
Nació este inmortal poeta en el virreinato mejicano, si bien se ignora
en qué pueblo y en qué día. Alguien ha dicho que Tasco era el pueblo
de su naturaleza; pretenden otros que vió la primera luz en la hermosa
capital de Méjico. Sea como quiera, lo seguro es que nació antes del
año de 1590, pues consta que en 1606 recibió en Méjico el grado de
doctor.
No bien terminada su carrera, se embarcó nuestro joven para España,
donde estuvo empleado en el Consejo de Indias. Era ya relator de este
Consejo en 1624.
Las áridas tareas de su importante destino, el trato cortesano que
frecuentó asiduamente, las murmuraciones y las críticas de los que
no podían creer en la inspiración de un corcovado, hubieran bastado
para que otro cualquiera cortara de raíz su comercio con las musas;
pero Alarcón era poeta de veras y no se desalentó por ningún género de
burlas ni sarcasmos. Así, pues, enriqueció la dramática española con
multitud de piezas que, si por el número dan testimonio de la labor y
fecundidad del poeta, por la calidad le ponen al nivel de las grandes
figuras literarias.
Las comedias más conocidas de Alarcón son las siguientes:
_Los engaños de un engaño._
_La hechicera._
_Antes que te cases mira lo que haces._
_La culpa busca la pena y el agravio la venganza._
_Dejar dicha por más dicha._
_El tejedor de Segovia._
_Don Domingo de Blas._
_Dar con la misma flor._
_Ganar perdiendo._
_Los dos locos amantes._
_Lo que mucho vale poco cuesta._
_No hay mal que por bien no venga._
_Nunca mucho costó poco._
_Por mejoría._
_Quién engaña más á quién._
_Quien mal anda mal acaba._
_Quien priva aconseje bien._
_Siempre ayuda la verdad._
_La suerte y la industria._
_También las paredes oyen._
Por último, la obra maestra y capital de Alarcón (á juicio de algunos
críticos de reconocida autoridad) que es _La verdad sospechosa_.
Uno de los más notables biógrafos de Alarcón, poeta dramático también y
literato eminente[1], escribe lo que copiamos á continuación:
[1] Don Juan Eugenio Hartzenbusch.
«Corneille, que tradujo en parte y en parte imitó _La verdad
sospechosa_, solía decir que daría dos de sus mejores
composiciones por haber inventado el original, que era lo que más
le agradaba de cuanto había leído en español. Molière confesaba que
_La verdad sospechosa_, imitada por Corneille, era la obra donde
había conocido la verdadera comedia. Voltaire principia el prólogo
que puso al _Menteur_ de Corneille, diciendo que los franceses
nos deben la primera comedia lo mismo que la primera tragedia que
ilustró á Francia. Puibusque llamaba inapreciable tesoro á lo que
halló Corneille en la obra de nuestro americano. Adolfo Federico de
Schack, á quien debe Alemania dos volúmenes de piezas del Teatro
español traducidas, y después una apreciabilísima historia de
nuestra literatura dramática, sostiene, después de hacer grandes
elogios de Alarcón, que no tiene comedia que no se distinga con
ventaja. El autor de _Edipo_ y el de la _Oda á la beneficencia_,
el _Curioso Parlante_ y el cantor de _Guzmán el Bueno_, han hecho
de Alarcón grandes elogios. Los caracteres del maldiciente y el
mentiroso, el del cortesano y benévolo Juan de Mendoza, en quien
tal vez Alarcón se retrató á sí propio, con su nombre, apellido
y fealdad; la Inés en _El examen de maridos_; _El tejedor de
Segovia_; los protagonistas de _Ganar amigos_; _Los favores del
mundo_ y _El dueño de las estrellas_; algunas de sus damas, como
la Leonor de _Mudarse por mejorarse_; alguna criada, como la Celia
de _Las paredes oyen_; muchos criados, como el Tello de _Todo es
ventura_, que es realmente el héroe; aquel Domingo de Blas, por
cuyo bienhechor egoísmo se podría dar toda la virtud humanitaria
de muchos; éstos y otros personajes de Alarcón tienen en sus
comedias fisonomía propia, varia y bella; ni se parecen entre sí
ni pueden equivocarse con figuras creadas por otros autores. Feliz
en la pintura de los caracteres cómicos para castigar en ellos el
vicio, como en la invención y desarrollo de los caracteres heroicos
para hacer la virtud adorable; rápido en la acción, sobrio en los
ornatos poéticos, inferior á Lope en la ternura respecto á los
papeles de mujer, á Moreto en viveza cómica, á Tirso en travesura,
á Calderón en grandeza y en habilidad para los efectos teatrales,
aventaja sin excepción á todos en la variedad y perfección de las
figuras, en el tino para manejarlas, en la igualdad del estilo, en
el esmero de la versificación, en lo correcto del lenguaje.»
Como se ve, no puede ser más lisonjero el juicio de persona tan
autorizada como el ínclito autor de _Los amantes de Teruel_.
Con más cariño si cabe y con más sentida admiración le juzga Roque
Barcia en su _Diccionario etimológico_.
Muchos escritores y críticos de Méjico y de España le han consagrado
artículos y libros, conviniendo todos en el mérito de su teatro.
Luis Eguílaz ha escrito un drama intitulado _Alarcón_, uno de los
mejores que él ha escrito, en el cual figura como protagonista nuestro
insigne poeta mejicano.
Pudo Alarcón, sin duda, quejarse de la injusticia de sus
contemporáneos; pero la posteridad le ha concedido un desagravio
completo. No fué popular en vida, pero pocos lo han sido tanto ni
por tanto tiempo cuando ya no existen. Los palaciegos que se mofaban
indignamente de sus deformidades meramente físicas, han desaparecido
con todas sus bellezas, con todas sus gallardías, con todas sus
elegancias, no dejando ni sus nombres, y sí solo el recuerdo de sus
deformidades morales. En cambio han dejado de existir y nadie ve
las jorobas del contrahecho y mal formado autor de tantas comedias
admirables, pero quedan los frutos de su ingenio, se conservan las
bellezas de su noble alma, fielmente reproducidas en los hermosos
versos que han hecho imperecedero su preclaro nombre.
Las obras de Alarcón han sido coleccionadas por Hartzenbusch para la
_Biblioteca de Autores españoles_ de Rivadeneira, y publicadas en el
tomo XX de la misma.
El coleccionador y el editor han merecido bien de la literatura
castellana.
Sólo falta una estatua que todavía no tiene el autor de _La verdad
sospechosa_, que es de justicia y que se la deben los mejicanos ó los
españoles.
FRANKLIN
Fué uno de los hombres más notables de su siglo. Era hijo de un
fabricante de velas y nació cerca de Boston en 1706.
Á la edad de doce años fué colocado como aprendiz en una imprenta de
Boston. Aprendiendo el oficio, no descuidaba el estudio; cuantos libros
ó manuscritos pasaban por sus manos, los leía con la mayor avidez. Por
las noches, en las horas debidas al descanso, devoraba cuantas obras
conseguía sin reparar el género.
Desde muy joven compuso poesías, y en 1720 colaboraba en un periódico
fundado por un hermano suyo de más edad que él. Era el menor de seis
hermanos.
El joven Benjamín se trasladó á Filadelfia en 1722. Su objeto era
fundar una imprenta, para lo cual hizo un viaje á Londres en 1723, á
fin de adquirir el material necesario.
Habiendo fracasado sus proyectos, regresó de Londres á Filadelfia en
1726. En Filadelfia tuvo una existencia de las más penosas, trabajando
como cajista, siendo tenedor de libros en alguna casa y no dejando por
eso de estudiar con ahinco las letras y las ciencias.
Pero no tardó en encontrar amigos generosos que le facilitaran los
recursos precisos para adquirir una imprenta, conseguido lo cual se dió
á conocer como escritor político. Sus artículos eran leídos con gusto
y sus negocios marchaban perfectamente. Se dedicaba al comercio de
papel, vendía objetos de escritorio y no dejaba por eso de escribir. Su
popularidad y consideración aumentaban cada día, pues todos veían en
él un modelo de ciudadano, y un hombre verdaderamente útil.
Publicaba á la vez un diario y un almanaque, siendo este último la
obra más nueva, más original y acaso la más célebre que se publicó
en América en su siglo. Encierra el almanaque de Franklin preciosas
lecciones de moral social y de economía doméstica, máximas provechosas
y sentencias que no ha olvidado, por fortuna suya, el gran pueblo
de los Estados Unidos. Los pensamientos de Franklin, traducidos á
todos los idiomas y conocidos en todo el universo, están tomados del
almanaque antedicho.
Algún crítico asegura que los _Proverbios del viejo Enrique ó ciencia
del buen Ricardo_ (Filadelfia, 1757), es por su forma y su fondo la
obra maestra de los libros populares.
Es indudable que las obras de Franklin ejercieron poderoso influjo
en sus compatriotas y en su época; se puede decir que él formó una
generación laboriosa y varonil, la que conquistó y consolidó la
independencia y la libertad de América. Los enciclopedistas franceses
están considerados como precursores de la Revolución; Franklin fué
también enciclopedista y precursor, no sólo de la revolución francesa,
sino de la americana. Los derechos del hombre fueron reconocidos y
practicados en la América libre antes que se escribieran en Francia.
Ocupábase Franklin preferentemente en el estudio de la física,
descifrando los misterios de la atmósfera. Él inventó el volantín
eléctrico y el pararrayos, hizo estudios muy serios sobre el calórico y
resolvió problemas difíciles de hidrodinámica. La física experimental
le debe ensayos útiles que Franklin hizo antes que nadie.
Era un hombre de ciencia, pero al mismo tiempo era hombre práctico, dos
cosas que rara vez se ven juntas. Franklin organizó en Filadelfia, en
1738, la primera compañía de seguros contra incendios.
Lo más admirable que hay en los ensayos físicos y en los experimentos
mecánicos de Franklin, es que los hacía con aparatos imperfectos;
carecía de instrumentos _ad hoc_, no tenía péndulo para medir el tiempo
y se valía para esto de una vara que movía cantando como los músicos.
Comunicó sus trabajos y descubrimientos sobre la electricidad á un
amigo de Londres (Cóllinson), el cual amigo á su vez lo puso todo en
conocimiento de los sabios de Europa. El nombre de Franklin fué desde
entonces conocido en ambos hemisferios. No hubo informe científico
ni memoria académica donde no se le citara, ya para discutir sus
grandes descubrimientos, ya para invocar su nombre como una autoridad.
La universidad de Oxford le confería en 1762 el título de doctor
en derecho. El gobierno de la metrópoli, por su parte, le nombraba
director general de correos de las colonias angloamericanas.
Las distinciones del gobierno inglés no le hicieron olvidar que había
nacido americano; jamás echó en olvido lo que debía á sus compatriotas;
por eso, cuando la Cámara de los Comunes abrió una información
parlamentaria con motivo de las quejas que formulaban las colonias,
Franklin hizo un viaje á Londres como delegado de Pensilvania y expuso
francamente la situación de las cosas. En 1775, habiendo expirado
su mandato, regresó á América. Nada había conseguido en favor de su
querida patria, ni en obsequio de la justicia que es ante todo. Los
ingleses persistían en su política tirante, pretendiendo que la actitud
rebelde de los americanos dificultaban toda concesión; los americanos
hablaban ya de romper con la metrópoli separándose completamente de
la madre patria, fundándose en la obstinación de los ingleses: era un
verdadero círculo vicioso. La culpa, entre tanto, no era de unos ni de
otros, sino del tiempo. No en balde marchan y se suceden los siglos; no
en vano progresan las sociedades; no impunemente se trata á un pueblo
viril como á colonia primitiva ó sociedad naciente. En la sociedad
humana como en la naturaleza todo se modifica y se transforma; lo que
no se renueva se petrifica, lo que no adelanta retrocede, lo que no
se agita sucumbe. No hay sociedades en el quietismo, no hay entidades
en la inercia, todo marcha en el mundo, desde el universo que tiene
movimientos regulares y exactamente medidos por el cosmógrafo, hasta el
pensamiento incalculable que abraza la eternidad y abarca lo infinito.
El movimiento separatista se había propagado en las colonias de
América, y Franklin al regresar de Europa se asoció con toda su
voluntad al incontrastable movimiento. Había visto por sus propios ojos
la estrechez de miras de los poderes británicos, y sabía perfectamente
que lo que no progresa regresa, que para su patria no había salvación
sin libertad y que la libertad es incompatible con toda dependencia.
Una confederación de las colonias con la madre patria, moviéndose ésta
y aquéllas con entera libertad en la esfera de sus intereses y en el
círculo de sus funciones propias ó de sus atribuciones esenciales,
habría sido una buena y digna solución del conflicto colonial. Pero
Inglaterra no quería ceder en mengua de su autoridad ó en menoscabo
de su prestigio, y por no conceder algo lo perdió todo. Las colonias
británicas se hicieron independientes.
Franklin fué uno de los que coadyuvaron á la obra magna de la
emancipación, figurando desde entonces como hombre público tanto como
sabio. En 1775 llegó á París como embajador de las colonias inglesas y
fué admitido en Versalles como tal embajador. La reina que compartía
con Luis XVI el tálamo real, muchos príncipes y cortesanos que como
ella habían de perecer más tarde en la guillotina, se burlaron de
Franklin y de sus maneras, pues el ilustre sabio no conocía las reglas
de la etiqueta y mucho menos los procedimientos de la cortesana
adulación; pero el ilustre plebeyo, el cajista americano desdeñó la
pequeñez de seres tan inútiles y tan mezquinos y acabó por hacerse
respetar de todos.
Su permanencia en París se prolongó diez años, hasta el de 1785.
Durante ellos consiguió más de lo que esperaba, acaso más de lo que
se proponía, pues no sólo obtuvo recursos materiales y apoyo efectivo
para la causa de América y el reconocimiento por parte de Francia de
la independencia de los Estados Unidos, sino que los mismos ingleses
trataron con él en París los preliminares de la paz. El 20 de enero
de 1782 firmó Franklin un tratado con Inglaterra, mediante el cual la
metrópoli reconocía de hecho la independencia norte-americana.
Á su vuelta á la patria recibió mil testimonios del cariño y respeto de
sus conciudadanos y fué nombrado presidente del congreso de Pensilvania
reunido en Filadelfia. Era casi octogenario; con todo, ni su edad ni
sus deberes políticos le impidieron continuar trabajando en el campo de
la ciencia. La agricultura, señaladamente, le debió nuevos progresos en
los últimos años de su aprovechada y laboriosa vida.
Franklin murió el 17 de abril de 1790 á la edad de ochenticuatro años.
El Congreso Federal acordó que los Estados Unidos llevaran luto por
la muerte del ciudadano insigne, que representaba á Pensilvania en el
Congreso y á la América entera en el mundo científico y filosófico. El
luto oficial duró dos meses; el particular de cada ciudadano fué más
largo todavía.
La Asamblea nacional de Francia tributó su homenaje á la memoria de
Franklin, llevando tres días de luto por acuerdo unánime de aquella
ilustre Asamblea, que fué la Asamblea de la Revolución.
El viejo Franklin moría; su obra no perecerá. Fué uno de los hombres
más ilustres de su siglo, con ser el siglo más grande de la historia;
fué, sobre todo, un hombre bueno, título más noble, más raro, más
apetecible que el de grande. En las luchas de la pasión y en las
tempestades de la vida conservó siempre su ingénita bondad; su
envidiable grandeza fué la grandeza de los bienhechores.
[Ilustración]
RIVADAVIA
Este gran ciudadano á quien tanto debe la República Argentina, quizá
no merezca el pomposo título de grande hombre; pero nadie le negará
otro título más envidiable y digno, cual es el de hombre útil. No son
tan convenientes para las repúblicas los gigantes y los genios, á
quienes ciega ó deslumbra en ocasiones la propia grandeza ó la estrella
afortunada, como esos otros que unen la aplicación á la honradez, la
constancia en su labor á la energía moral, una modestia digna á las
virtudes cívicas de los buenos ciudadanos.
Bernardino Rivadavia fué incansable, activo, laborioso; no cejaba ante
las dificultades cuando acometía cualquiera empresa; no vacilaba nunca
entre su conciencia y las conveniencias fugitivas de un momento ó de
una personalidad, aunque se tratara de la suya propia.
Como todos los hombres radicales, progresistas y reformadores, tuvo
por enemigos á cuantos creyeron que su programa político amenazaba
intereses, costumbres ó aficiones sancionados por el tiempo, la
preocupación ó la rutina; pero hoy se le hace justicia por amigos y
adversarios, por federales y unitarios, por nacionales y extranjeros.
Todo el mundo reconoce que se le deben grandes beneficios y que él
abrió la senda seguida más tarde por los argentinos con rumbo al
progreso y á la perfección.
Nacido en el último cuarto del siglo XVIII, no era ciertamente un
liberal como son en el día los de las escuelas avanzadas; pero su
liberalismo no era menos sólido ni las circunstancias más difíciles lo
entibiaron ni lo desmintieron.
Fué educado por un sacerdote, el doctor Marcos Salcedo, y después en
el colegio porteño de San Carlos. Joven todavía, fué nombrado teniente
de una de las compañías de milicianos que organizó Liniers después
del primer ataque frustrado de los ingleses á Buenos Aires. En el
segundo ataque se batió con sus _gallegos_, contribuyendo á rechazar la
invasión[2].
[2] Uno de los cuerpos de milicias se denominaba de _Gallegos_.
Tomó parte en los disturbios que precedieron á la revolución, luchando
en favor del general Liniers que era combatido por Alzaga. Sin embargo,
su papel fué secundario hasta 1811, época en la cual empezó á tener
intervención visible en los sucesos.
Nombrado por entonces ministro de Gobernación, Hacienda y Guerra,
desempeñó conjuntamente cargos tan difíciles y pudo salir airoso,
aunque combatido simultáneamente por las facciones políticas y por los
no domados españoles que abiertamente conspiraban.
En aquella época agitada empezó á demostrar el joven Rivadavia
sus dotes de estadista: fundó la libertad comercial, introdujo
considerables mejoras en la administración, prohibió la trata de negros
y al mismo tiempo deshizo más de un complot contra la seguridad
del Estado y la paz pública. Fué derribado, empero, en 1812 por un
movimiento que dirigió el doctor Medrano, personaje más conocido como
poeta que como político.
En 1814 pasó Rivadavia á Europa, donde prestó servicios á la causa de
la independencia y atesoró conocimientos que más tarde le fueron de
suma utilidad.
En 1820, de vuelta en Buenos Aires, fué nombrado ministro de Gobierno y
supo granjearse las mayores simpatías. Rivadavia estableció el sistema
representativo, allí donde solo existía una dictadura revolucionaria;
emprendió mejoras materiales, sin descuidar las morales que son la
base del bienestar de los pueblos; creó el registro oficial, archivo,
policía, casa de expósitos; fundó escuelas, bibliotecas, premios á
los estudiantes, sociedades de beneficiencia presididas por señoras;
popularizó la enseñanza pública y erigió, por último, la Universidad,
decretada por el rey de España en el siglo precedente sin que el
decreto hubiera tenido ejecución.
Buenos Aires le debió también dos cosas tan interesantes como el
cementerio y la recova.
La Universidad de Buenos Aires, agradecida á su verdadero fundador,
concedió á Rivadavia el título de doctor en uso de facultades que tenía
para conferir los grados que estimara justos, sin necesidad de pruebas,
«á los hombres ilustrados y eminentes»[3]. Esta concesión se hizo algún
tiempo más tarde, siendo Rivadavia presidente de la República.
[3] Artículo 13 del decreto de 21 de junio de 1827.
Antes de ocupar tan elevado puesto, hizo otro viaje á Europa con una
misión diplomática cerca del gobierno inglés. Al regresar fué elegido
presidente (1826).
El período de su presidencia fué notable, como se esperaba. No
desmintió el presidente las lisonjeras esperanzas que había hecho
concebir. La instrucción progresó considerablemente; se protegió y
fomentó la cría de ganados, que tan útil y productiva es para la
República Argentina; fundáronse pesquerías como la de Patagones; se
buscó en Europa maestros de capacidad que secundaran la benéfica
iniciativa del presidente; en los campos se fabricaron iglesias y se
fundaron colonias; en fin, se hizo la independencia de Montevideo,
á pesar del Brasil. Fué un período fecundo el del doctor Rivadavia.
Si después ha adelantado tanto la República Argentina, política,
industrial y comercialmente, si ha crecido la población, si han acudido
inmigrantes de todas procedencias, si se ha extendido los límites de la
República, sometiendo á los salvajes y explorando los desiertos, bien
pueden decir los argentinos como en la célebre fábula:
¡Gracias al que nos trajo las gallinas!
Y el que llevó las gallinas fué sin duda Rivadavia, no negando con lo
que decimos la gloria que les quepa á sus continuadores.
Á pesar de todo, Rivadavia fué muy combatido y se vió obligado á
renunciar el poder.
En 1829 le encontramos en Europa. En 1834, gobernando sus mayores
enemigos, tuvo el atrevimiento de volver á Buenos Aires para responder
ante los tribunales de ciertas acusaciones que le dirigían. No
quisieron juzgarle, pero se le desterró.
Después de residir algún tiempo en Mercedes y más tarde en el Brasil,
buscó refugio en España.
Al cabo de tres años de residencia en Cádiz, falleció en 1845.
Fué Rivadavia un ciudadano virtuoso, un político bien intencionado y
un patriota exclarecido. Se equivocó tal vez en sus apreciaciones,
pero nadie es profeta en este mundo. Sus mismos adversarios han hecho
justicia á su rectitud de proceder, reconocen sus talentos y su
ilustración, celebran su indomable voluntad, agradecen y aplauden sus
servicios...
¿Qué más puede esperar un nombre político de sus conciudadanos que
imparcialidad, aplauso y reconocimiento?
¿Qué más puede pedir á la posteridad, si ésta le hace justicia?
[Ilustración]
PÁEZ
El general venezolano José Antonio Páez contribuyó principalísimamente
á la independencia de su patria. Ningún otro caudillo de las guerras
de América fué más afortunado, pero tampoco lo hubo más esforzado que
él. No era un general á la moderna, sino un héroe forjado en moldes
antiguos. No conocía la ciencia ni el arte de la guerra, no había
estudiado estrategia ni fortificación, no entendía de castrametación ni
de balística ni siquiera de táctica; pero tenía la pujanza de Murat, la
bravura de Diego León, una astucia insuperable, una fuerza hercúlea y
una serenidad á toda prueba.
Nació en la provincia de Barinas en 1790 y dedicó su infancia á los
trabajos por demás penosos de la agricultura y la ganadería. Luchando
con la corriente del rápido Apuré, con los caimanes del río y con
las fieras del monte, con el sol de los llanos y con los rigores de
la suerte, no sólo templó su alma para todas las pruebas y todos los
sacrificios, sino que se hizo excelente nadador, inmejorable jinete,
gran cazador, invencible machetero.
Un hombre formado en semejante escuela no podía permanecer impasible,
como hicieron tantos, cuando sonó la hora de la revolución y de la
guerra. Páez debía tomar parte por unos ó por otros en la contienda
que iba á decidir de los destinos de América. Fué buscado y aun
halagado por los españoles; pero optó sin vacilar por la causa de la
independencia.
En 1810 se alistó voluntario en un escuadrón patriota, distinguiéndose
mucho por su arrojo en la primera campaña, en la cual ascendió hasta
sargento primero.
En la segunda campaña le vemos de capitán, sorprendiendo y derrotando
una columna enemiga en el punto llamado Matas Guerrereñas.
Poco después, derrotado por los españoles y abandonado por los suyos
que se desbandaron, fué hecho prisionero y sentenciado á morir. Puesto
en capilla para ser ejecutado, debió su indulto á la generosidad del
enemigo. Cayó segunda vez prisionero, y de seguro que entonces lo
hubiera pasado mal si por su propio esfuerzo no se hubiera libertado.
Los 511 prisioneros que con él estaban, dirigidos por él, desarmaron la
fuerza encargada de su custodia y se salvaron.
Páez y los suyos se incorporaron á las fuerzas patriotas que mandaba
García Sena. Este jefe confió á Páez el mando de su caballería, con la
que realizó las más inauditas y portentosas hazañas. No había empresa
temeraria que no se le confiara ni enemigo que le detuviera. Jamás
contó el número de sus soldados ni el de sus enemigos. Avistarlos y
embestirlos eran siempre dos cosas simultáneas.
En 1814 era Páez coronel de la caballería venezolana, combatiendo con
sus 1.000 caballos en la acción de Chire á las inmediatas órdenes
del general Ricaurte. En Mata de la Miel contribuyó eficazmente al
desastre de los españoles. En las expediciones á través de los Andes,
como en las persecuciones sufridas muchas veces hasta los llanos de
Casanare y las selvas más remotas, era Páez el encargado siempre de las
exploraciones, de los reconocimientos, de cubrir la retaguardia ó de
contener al enemigo.
En la campaña del Apuré (1816) tomó Páez una ofensiva enérgica y
vigorosa contra la división mandada por el general Latorre; la valentía
de Páez no se desmintió en aquellas circunstancias, pero los resultados
fueron negativos.
Los españoles contaban por entonces con los refuerzos de España
llevados á Venezuela por el general Morillo. Eran tropas aguerridas que
en su mayor parte habían combatido contra los ejércitos de Napoleón.
Y además tenían el auxilio poderoso de los terribles llaneros, que
combatían por España á las órdenes del siniestro Boves.
Mal se ponían las cosas para los independientes. Los realistas se
habían apoderado de la isla Margarita, de La Guaira, de todos los
puertos de Costa Firme, incluso Cartagena. Entraron en Santa Fe,
hoy Bogotá; Valencia capituló; fué preciso levantar el sitio de
Puerto-Cabello. Al parecer estaba dominada la revolución.
Para otros no había esperanza; pero Páez, tan familiarizado con los
reveses como con los triunfos, no se desalentó jamás ni perdió nunca la
fe.
En las más adversas circunstancias y escuchando á todas horas los más
siniestros y fatídicos augurios, organizó una fuerza de caballería
con los dispersos que iba recogiendo y con nuevos voluntarios. Formó
también con desertores de las filas realistas el batallón _Páez_, que
se distinguió más tarde por su disciplina y su bravura.
Poco después se unieron Páez y Bolívar, que recíprocamente se admiraban
y se estimaban antes de conocerse. Cuando se conocieron, creció
singularmente la mutua estimación de ambos caudillos, que habían nacido
para completarse. Era Bolívar la inspiración, el genio, el alma de
la revolución; Páez era el brazo que ejecutaba las inspiraciones del
Libertador, y el único capaz de llevar á término los planes gigantescos
del hijo de Caracas.
Una vez reunidos ambos jefes, ansiaba fervientemente el general Bolívar
dar comienzo á sus operaciones; pero no encontraba medio de salvar un
caudaloso río por falta de elementos adecuados. Los españoles tenían
ocupados los pasos más importantes ó más fáciles con sus embarcaciones,
que eran lanchas artilladas y pertrechadas convenientemente. Solo Páez
hubiera sido capaz de arrollar el obstáculo, y en efecto lo arrolló.
Las lanchas realistas fueron atacadas y tomadas por la caballería,
cargando á su cabeza el mismo Páez que tomó al abordaje catorce
embarcaciones.
En 1819 llegó á su apogeo la gloria militar de los republicanos. El
general Morillo, que había sido inexorable con los _insurgentes_,
se decidió después de la batalla de las Queseras del Medio á
conferenciar con los jefes de la insurrección, ofreciendo tratarlos
como beligerantes regulares y no como rebeldes. Accedió Bolívar á los
deseos del general español, y la entrevista se verificó en Santa Ana.
La conducta de ambos caudillos fué caballeresca. El general Morillo
confesó más tarde que en la época de la conferencia estaba ya decidido
á regresar á España, pero que no quería abandonar la América sin
conocer á Bolívar y abrazarlo, puesto que juntos habían de figurar en
la historia; este deseo del general Morillo fué, sin duda, la causa
principal de aquella fecunda conferencia. En ella se acordó civilizar
la guerra, humanizarla, empezando por una suspensión de hostilidades
que ambas partes beligerantes consideraban útil.
Terminada la tregua se dió principio á nuevas operaciones, las cuales
aseguraron la independencia del país con la gran victoria de Bolívar en
los campos de Carabobo. El general Páez tomó gloriosa parte en jornada
tan insigne.
De la intervención del héroe en las contiendas civiles posteriores á la
independencia, no queremos decir ni una palabra. Si en esas luchas hubo
laureles y glorias para Páez, ciertamente no los había menester para
vivir en el corazón de sus conciudadanos. Como ha dicho un compatriota
suyo, «los siglos apagarán los volcanes y secarán los torrentes, pero
serán impotentes para borrar su memoria».
Al fraccionarse Colombia después de la muerte de Bolívar, fué Páez
elegido presidente de una de las tres repúblicas que se formaron: de
la de Venezuela. Dos veces desempeñó tan alta magistratura, lo que
no le impidió morir en tierra extranjera devorando en silencio la
ingratitud de su patria.
Uno de los errores del general Páez, justamente en el período más
brillante de su vida, fué aconsejar á Bolívar que fundara el _imperio
de los Andes_ y se hiciera emperador. Afortunadamente el gran Bolívar
tuvo fe en la democracia; su patriotismo, su perspicacia y su sentido
político, le dictaron la respuesta á Páez que va á continuación:
«Usted no ha juzgado imparcialmente de las cosas y de los hombres. Ni
Colombia es Francia ni yo soy Napoleón. No lo soy ni quiero serlo.
Tampoco pretendo imitar á César; menos á Iturbide. Tales ejemplos me
parecen indignos de mi gloria. El título de Libertador es superior á
cuantos el orgullo humano ha recibido.»
Vamos á terminar, copiando lo que dice de Páez el escritor argentino
señor Decoud en su libro _La Atlántida_:
«...Tenía el instinto sagaz, realzado ante sus compañeros por
una fuerza prodigiosa. En la pelea, el león desesperado no se
avalanzaba con más furia... Sus soldados le respetaban y le temían,
porque el insubordinado tenía por castigo someterse á una lucha
personal con su jefe, en la cual estaba seguro de ser herido; y las
cicatrices que dejaban las armas de Páez jamás se borraban...
»No tenía exigencias, no pretendía vestuarios, ni armas, ni
raciones, ni sueldos. La carne sin sal le saciaba, no le afligía
la intemperie, no le molestaba la lluvia. Había un río: lo pasaba.
Había un pantano: lo salvaba. Había un llano prolongado como un
desierto: lo cruzaba silencioso al paso monótono del animal... Su
estrategia consistía en la traslación rápida de un punto á otro, su
táctica en la sorpresa y su ataque en la impetuosidad irresistible
de la carga. Peleaba sinceramente, por convicción, sin vanidad.
Sólo sabía que todo hombre debe morir por su patria y que á esa
patria subyugada es menester libertarla...»
En efecto, así era Páez.
MARIANO EDUARDO RIVERO
Tal es el nombre de una de las mayores celebridades científicas de
América.
He dicho de las mayores, aunque en realidad sólo debiera decir de las
mejor fundadas y de las más legítimas; pues si bien su fama ha sido
tan grande como justificada y merecida, hoy se va desvaneciendo y las
nuevas generaciones parecen olvidarla.
Nació Rivero á fines del siglo XVIII en una de las ciudades más bellas
é importantes del Perú: en Arequipa.
Su padre, coronel de milicias y persona inteligente, procuró darle
toda la enseñanza que entonces era posible en una ciudad del interior
del Perú, lo cual quiere decir que el niño aprendió primeras letras y
un poco de latín. Pero sus disposiciones, claramente reveladas en la
primera enseñanza, y el afán que tenía por aprender, decidieron á su
padre á enviarle á Europa cuando contaba apenas doce años.
Recibió, pues, la segunda enseñanza en un colegio de Londres,
dedicándose á la vez al estudio de las lenguas vivas. El director del
colegio era un distinguido matemático, el doctor Dowling, quien pronto
echó de ver la afición de Rivero á las ciencias físicas y matemáticas,
otorgándole por consecuencia su predilección y su cariño. El joven
Rivero correspondió al afecto que se le demostraba, redoblando su
aplicación y trabajando con celo y con provecho. Así llegó á ser el
alumno más notable del establecimiento, el discípulo más aventajado,
encargándole su director y maestros del arreglo de un observatorio y
asociándolo después á las observaciones y tareas que se llevaban á cabo.
Al mismo tiempo se dedicaba Rivero con perseverancia al estudio de
la química, asistiendo con puntualidad á los cursos que entonces
explicaban sir Humphry Davis y otros sabios ingleses.
Cinco años estuvo nuestro joven estudiando en Inglaterra, de donde pasó
á continuar sus estudios en la capital de Francia.
En París acudía puntualmente, como él acostumbraba, á oír las lecciones
de los profesores más ilustres, especialmente las de Gay-Lussac,
Thenard, Arago y Dulong. Comprendiendo la utilidad que podría reportar
algún día á su patria si adquiría vastos conocimientos metalúrgicos,
trató de ingresar en la Escuela real de minas, empresa harto difícil
entonces para un extranjero. Muchas fueron las dificultades que se le
oponían, logrando al fin vencerlas, gracias á la decidida protección
del embajador de España.
Como ya tenía considerables conocimientos químicos, hizo con facilidad
progresos muy notables que apreció debidamente el sabio profesor
Berthier, jefe del laboratorio. Distinguióle igualmente el profesor
Brochante de Villiers, que enseñaba con lucimiento geología y
mineralogía.
Terminados sus estudios en la Escuela de minas, pasó á Alemania,
deteniéndose en Sajonia para estudiar el importante distrito
metalúrgico de Freiberga y su escuela especial, muy célebre y
concurrida entonces.
Los trabajos de Rivero en distintas regiones alemanas, fueron
mencionados en los informes dirigidos en 1821 á la Academia de ciencias
del Instituto de Francia por Brogniard y Vauquelin. Estos hombres de
ciencia hablaban de una sustancia descubierta en Alemania por el joven
Rivero y bautizada por él con el nombre de _humboltina_, en honor de
Humboldt.
Uno de los primeros trabajos de Rivero, después de su viaje científico
á Alemania, fué una Memoria sobre la explotación del mineral de plata
que se publicó mas tarde en el Perú.
Rivero dió á conocer en Europa el salitre de Tarapacá.
Sus trabajos mineralógicos y sus análisis en la Escuela de minas de
París, le valieron una distinción honrosa de los profesores de la
Escuela, de los del Jardín de Plantas y de los de la Universidad. Su
reputación de sabio estaba hecha.
Por aquel tiempo hizo un viaje científico á la patria de sus
progenitores; visitó en España las famosas minas de azogue de Almadén y
fué de los primeros que hicieron en España estudios serios de geología.
Él fué quien descubrió la magnesia silicílica de Vallecas, á dos leguas
de Madrid.
Á los diez años de residencia en Europa regresó Rivero al Nuevo
Mundo; pero no á su país, donde todavía mandaban los españoles, sino
á Colombia la Grande, regida á la sazón por el general Bolívar. La
República independiente, la gran Colombia gobernada por Bolívar,
comprendía en aquella época las naciones, separadas hoy, de Nueva
Granada, Ecuador y Venezuela.
Llegó, pues, á Bogotá nuestro sabio arequipeño, siendo bien recibido y
agasajado por el Libertador. Iba recomendado por el ministro Zea, que
era el representante de Colombia en París. Le acompañaba una comisión
de jóvenes ilustres, condiscípulos en su mayor parte y amigos de
Rivero, en la que figuraban los célebres sabios Roulin y Boussingault.
Esta comisión hizo estudios de la mayor importancia bajo la dirección
de Rivero, siguiendo las huellas de Bonpland y Humboldt.
Todavía se recuerdan y se citan con elogio las numerosas observaciones
meteorológicas y astronómicas, los estudios barométricos, geológicos y
químicos de los insignes viajeros. Las aguas calientes de la cordillera
de los Andes fueron analizadas por Rivero, que además asistió á
Boussingault en sus operaciones barométricas hechas en la Guaira.
También se dedicó la comisión á estudios interesantes sobre la botánica
y la zoología, especialmente en las orillas del Meta y del Orinoco.
Deseando ver á su familia, deseo muy justo después de catorce años de
separación, dejó su puesto de jefe de la comisión á su colega y amigo
Boussingault, que con tanto lucimiento había colaborado en la común
empresa.
El viaje de Bogotá á Lima fué largo y aprovechado, pues Rivero no
había de recorrer aquellas comarcas prodigiosas y mal reconocidas,
sin explorarlas con ojo inteligente y escudriñador. Subió las laderas
escabrosas de la andina cordillera, trepó á los volcanes Chimborazo y
Pichincha, siguió las huellas de don Antonio Ulloa, de Humboldt, de la
Condamine, y llegó al fin á su patria adonde le había precedido su bien
ganado renombre.
Rivero fué nombrado director general de Instrucción pública y minas
del Perú, cargo que desempeñó con singular acierto y utilidad general.
Fundó muchas escuelas y visitó los departamentos de Arequipa, Junín,
Puno, etc., deteniéndose en el estudio del lago Titicaca.
Publicó en Lima el _Memorial de ciencias naturales_, obra que todavía
se consulta y en la que colaboró don Nicolás de Piérola. En su
colección se hallan las nivelaciones barométricas de Rivero, así como
sus memorias sobre los minerales de Pasco, Puno y Lampa, sobre las
aguas sulfurosas, ferruginosas y saladas de Jura, Tingo y otras muchas
más, sobre el Guano de Pájaros, etc.
Como tantos otros, el sabio Rivero se vió perseguido por la saña de las
facciones que en aquellos tiempos devoraban el Perú. Las alternativas
de la guerra civil le hicieron emigrar, dejando de desempeñar unas
funciones en las que era tan útil á su patria.
Refugiado en Chile, se dedicó á sus tareas habituales con más ahinco y
más afán que nunca. La naturaleza de Chile no la había estudiado nadie
como lo hizo él desde 1829 hasta 1831, así como en viajes que hizo
posteriormente cuando ya se encontraba de nuevo en el Perú.
De vuelta en su patria en 1832, fué encargado de la dirección del Museo
de Historia natural y antigüedades, establecimiento de nueva fundación.
También por entonces fué elegido diputado.
La política no le era familiar ni estaba en su centro en una asamblea
deliberante. Así figuró poco y brilló menos en las tareas legislativas,
pospuestas siempre por él á los estudios científicos y á las faenas de
la agricultura.
Sin embargo, desempeñó cargos administrativos de importancia, como la
prefectura del departamento de Junín, y el general Vivanco lo propuso
para ministro de Hacienda, cargo que él no aceptó.
Se deben á Rivero diversas publicaciones concernientes á la agricultura
y á la ganadería, así como el descubrimiento de varias minas de carbón,
cuya existencia se ignoraba por completo en el Perú.
En 1851 aceptó Rivero el consulado general de la república peruana
en Bélgica, donde se ocupó en la publicación de su importante libro
_Antigüedades peruanas_, contando con la cooperación del sabio Tchudi,
naturalista y filólogo de Viena.
En estos años, que fueron los últimos de su laboriosa vida, hizo algún
viaje al Perú, coleccionó sus trabajos científicos de largos años y
consagró su tiempo á la educación de cuatro hijos.
Murió Rivero en París á fines de 1857.
Era miembro activo ó correspondiente de un gran número de corporaciones
y sociedades científicas, entre ellas la Sociedad filomática y la
Sociedad de ciencias naturales de París; de la de anticuarios de
Dinamarca; las de geología de París, Londres y Estados Unidos; las de
agricultura de Chile, Bélgica y Francia. Poseía varias condecoraciones,
pero tuvo el buen gusto de no usarlas.
Don Mariano Eduardo de Rivero fué uno de los americanos más ilustres de
su siglo; pocos de entre sus contemporáneos tienen tantos ni mejores
títulos al respeto de la posteridad; es, en fin, una verdadera gloria
del Perú.
SOR JUANA INÉS DE LA CRUZ
Esta notable mujer vió la luz en Méjico en 1614 y murió en la misma
ciudad en 1695. Durante su vida tuvo gran notoriedad; el tiempo
transcurrido desde su muerte no ha sido bastante para que su justa
celebridad se extinga ni se borre, pues se funda en su saber y su
talento del que dejó gallardas muestras cultivando la literatura.
_Décima musa_ la llamaban los mejicanos y todos los españoles de su
tiempo; mas conocida por _la monja de Méjico_, figura con este nombre
en las crónicas y los anales del siglo XVII. Dos tercios de siglo
tuvo excitada la atención de los que en ella admiraron sucesivamente:
primero la gentileza y gracia de su juventud, después la inspiración
de la verdadera poetisa, por último la discreción, la caridad y las
virtudes de una ancianidad respetable y respetada. Su consejo era
tenido en mucho, y hasta los virreyes la consultaban en los casos
arduos ó dudosos.
Educada por un sacerdote que era tío suyo, aprendió latín, estudió la
retórica y la filosofía, cursó la teología y fué muy cursada en las
letras humanas y divinas. Santa Teresa de Ávila fué en parte su modelo,
sin que esto sea decir que no tuviere originalidad. Al contrario,
su personalidad literaria es tan distinta de cualquiera otra, que
no se asemeja en la forma ni en el fondo á los mismos modelos que
imitaba. Dejó sonetos de bellísima estructura y composiciones poéticas
inmejorables en los diversos géneros que cultivó. Su naturalidad
inimitable, su facilidad espontánea, su lógica irrebatible, se ve y
se admira en sus versos que pueden saborearse hoy con tanto deleite
como cuando los produjo. Son de los que no envejecen, pues planteaba
y resolvía problemas que no son de un pueblo ni de un siglo, sino de
todos los países y de todas las generaciones.
En prueba de ello, vamos á copiar algunas de sus _Redondillas contra
las injusticias de los hombres al hablar de las mujeres_:
Hombres necios que acusáis
Á la mujer sin razón,
¿No veis que sois la ocasión
De lo mismo que culpáis?
Si con ansia sin igual
Solicitáis su desdén,
¿Por qué queréis que obren bien
Si las incitáis al mal?
* * * * *
¿Qué humor puede ser más raro
Que el que, falto de consejo,
Empaña él mismo el espejo
Y siente que no esté claro?
* * * * *
Opinión ninguna gana
Pues la que más se recata,
Si no os admite es ingrata,
Y si os admite es tirana.
* * * * *
¿Cuál mayor culpa ha tenido
En una pasión errada?
¿La que cae de rogada
O el que ruega de caído?
¿O cuál es más de culpar,
Aunque cualquiera mal haga,
La que peca por la paga
O el que paga por pecar?
* * * * *
Dejad de solicitar,
Y después con más razón
Acusaréis la afición
De la que os fuere á rogar.
La joven poetisa tuvo la desgracia de perder su novio, muerto poco
antes de la fecha fijada para el casamiento; murieron también sus
padres y su tío, y entonces distribuyó su fortuna entre los pobres de
Méjico y se hizo monja.
En el convento de San Jerónimo, donde tomó el velo y profesó, fué
querida y respetada por sus modestas virtudes y por su gran saber.
La fama de sus méritos y de su sabiduría llegó á ser universal. Desde
la pobre india hasta el altivo virrey; desde el arzobispo de la
diócesis hasta el personaje más desconocido, se acercaban á ella para
consultarla sobre casos graves particulares ó públicos. No obstante su
apego al estudio y á la soledad, bajaba muchas veces al locutorio á fin
de conferenciar con los que querían hablar con ella.
Dos veces fué nombrada abadesa y ambas veces renunció. Sus compañeras
la elegían por unanimidad; con todo, no admitía. Su renuncia no se
fundaba en lo espinoso del cargo, pues más lo hubiera sido para
cualquiera otra, sino en su modestia y en su sencillez.
Falleció en su convento el día 22 de enero de 1695. Sus obras se
publicaron en un tomo, con el título de _Poesías de la madre Juana
Inés de la Cruz_ (Madrid, 1670); figuran también en la _Biblioteca de
autores españoles_, editada por Rivadeneira, tomo XLII (Madrid, 1853).
Ugalde y Parra, en su _Origen del teatro español_, cita á sor Juana
como autora de comedias.