única excursión de Constantinopla en la que se recomienda al viajero la
necesidad de llevar armas. Cuando se tropieza con seres vivientes, el
encuentro es más inquietante que la soledad. En un torreón acampan
familias de zíngaros, de aspecto salvaje: diez ó doce torres más allá,
unos cíclopes han instalado su fragua bajo un trozo de cúpula bizantina,
pero sus ojos inquietantes de bandido revelan que viven de algo más que
de batir el hierro. En las ruinas de los que fueron palacios de
Paleólogos y Comennos, pululan los más inquietantes ejemplares de la
mendicidad oriental; gentes roídas por la miseria y desfiguradas por las
más atroces enfermedades; leprosos con media cara devorada por la
putrefacción; ciegos que muestran sus órbitas sin globos, rojizas,
piltrafosas, rodeadas de zumbantes moscardones; mujeres esqueléticas,
comidas de piojos, que enseñan entre los harapos el flácido pellejo de
sus pechos.
De hora en hora se ve en las murallas el túnel de una gran puerta. En
otros siglos fueron espléndidos arcos de triunfo. Uno de ellos se llamó
la _Puerta Dorada_. Aun quedan en el muro vestigios de águilas
imperiales. Hoy nadie entra ni sale por ellas, y su profundo arco,
ennegrecido por las hogueras, sirve de refugio á los vagabundos de las
más extrañas nacionalidades.
Tristes restos que nada guardan de su pasado, son también las famosas
_Siete Torres_, el _Heptapyrgión_ de los emperadores griegos. Cuando
llegaron los turcos era ya una ruina, y Mohamed el Conquistador lo
reedificó, haciendo de él algo semejante á lo que fué la Bastilla para
los reyes de Francia. Este castillo, en cuyos restos acampan hoy, como
fieras ahuyentadas del trato humano, los mendigos y los vagabundos, era
una de las fortalezas más famosas de Europa. Aquí encerraban los
sultanes á los embajadores de Europa cuando entraban en guerra con sus
naciones. Aquí permanecieron años y años los enviados de Venecia y
Génova. Los jenízaros, omnipotentes pretorianos de la vieja Turquía,
encerraban aquí á los sultanes destronados, ó los degollaban en el gran
patio. Siete sultanes murieron en las _Siete Torres_, y es incontable el
número de grandes visires y pachás cuyas cabezas se pudrieron
enganchadas á las escarpias de las almenas. En uno de los patios del
antiguo castillo, que es hoy una extensión de malezas limitada por
ruinas, está el llamado _Pozo de la sangre_, donde se sumían los
cuerpos de los decapitados. Otro patio se titulaba la _Plaza de las
cabezas_, y los cráneos iban apilándose en él, después de las
ejecuciones, hasta que el lúgubre montón llegaba á la altura de las
almenas.
Nos alejamos de las _Siete Torres_ siguiendo el monótono camino, á lo
largo de las murallas, siempre entre ruinas y cementerios. Llevamos
muchas horas de marcha. El recinto fortificado se extiende como una
cinta roja sin fin, subiendo y bajando con las ondulaciones del terreno.
Una puerta abandonada recuerda la muerte de Constantino Dragecés, el
último emperador de Bizancio, valeroso é infortunado combatiente, que
cayó de los muros y siguió luchando con su hacha de armas hasta
desaparecer bajo un montón de cadáveres. Otro lugar evoca la muerte de
Eyoub, el santo portaestandarte del Profeta, el compañero de Mohamed el
Conquistador, que pereció en el sitio de la ciudad y dió su nombre al
barrio del Cuerno de Oro.
Vamos aproximándonos al término de nuestro viaje. Aparecen en la
desolada extensión grupos de habitaciones humanas, y entramos á
descansar en el pequeño monasterio de Balouki. En sus criptas surge la
fuente milagrosa de Zootocos, cuyas aguas obran prodigios, según los
griegos. Es una cisterna, bajo cúpula sombría, en cuyo líquido nadan
muchos peces rojos.
El monje griego que nos la enseña, relata la historia de la prodigiosa
fuente; el famoso «milagro de los peces».
En el mismo instante que los turcos entraban por asalto en
Constantinopla, un monje de este convento estaba friendo unos pescados.
Otro monje, consternado por el suceso, se presentó en la puerta dándole
la terrible noticia.
--¡Bah!--repuso el primero no admitiendo que Bizancio pudiera ser
tomada--. Creeré en eso cuando vea á mis pescados saltar de la sartén.
Y los pescados saltaron, medio rojos y medio negros, pues sólo estaban
fritos por un lado, y fueron á refugiarse en el agua de la cisterna,
donde nadan aún.
El barbudo monje de ahora nos cuenta esta leyenda, simple hasta la
estupidez, con grandes aspavientos dramáticos para demostrar su fe: pero
indudablemente cree en ella lo mismo que nosotros.
Después, siguiendo la costumbre, nos hisopea con el agua prodigiosa, á
guisa de bendición, y... tiende la mano.
He aquí el verdadero milagro de los peces. Este sí que es indiscutible.
Convertir en monedas las gotas de agua de la santa cisterna.
XXXII
La Noche de la Fuerza
Va á comenzar el Ramadán, el mes sagrado de los musulmanes, la extraña
Cuaresma que es, mientras luce el sol, ayuno y angustias, y así que
cierra la noche, una orgía sin término.
Constantinopla brilla en la sombra, coronada de luces. La piedad
musulmana cubre con guirnaldas de fuego los balconcillos de los
minaretes y los arcos de las mezquitas, al mismo tiempo que la fidelidad
al _Padichá_ y á las tradiciones ilumina los palacios, los puentes,
todos los edificios oficiales y las viviendas de los personajes.
En tiempos normales, Constantinopla es una ciudad discreta y recatada
que se entrega al descanso apenas se oculta el sol. El turco se acuesta
pronto para levantarse antes del alba, y fuera de los barrios europeos,
donde teatros y cafés prolongan la vida hasta pasada media noche, la
gran metrópoli tiene sus calles obscuras, sin otra luz que el pálido
resplandor de las lámparas transparentando por los ventanales de
mezquitas y kioscos funerarios, ni otros transeuntes que los perros
vagabundos y el sereno que marca las horas con fuertes garrotazos en el
suelo.
Al llegar el Ramadán, Pera y Galata continúan su vida nocturna de
siempre, pero el viejo Stambul, Scutari y todos los distritos turcos,
sobrepujan durante la noche en luz y movimiento á los barrios europeos.
Apenas suena el cañonazo de la puesta del sol, el musulmán, que ha
pasado el día sin comer, sin fumar y hasta privado del agua, se abalanza
como bestia famélica á los bodegones y cafés, asaltándolos. Es la orgía
de toda una ciudad. No comen, tragan: no beben, sino cuelan; y este
devorar feroz, va acompañado de risas, aullidos, danzas y peleas. El
turco no prueba el vino, pero la comida parece embriagarle, y ciertos
líquidos fermentados acaban por dar á su borrachera una alegría bestial
y peligrosa.
Mientras abajo, en las tortuosas calles donde brillan como bocas de
infierno las puertas de bodegones y cafés, aulla el populacho turco,
arriba lucen las coronas de fuego de las mezquitas, y la luna, símbolo
del pueblo musulmán, rueda por el cielo de suave azul, presenciando con
cara bonachona la ruidosa orgía de sus amigos.
¡Las iluminaciones de Constantinopla!... Esta ciudad europea, que aun
vive privada de la electricidad, por orden del emperador, y no conoce
otro gas que el de los macilentos faroles de las calles, muestra un
gran talento artístico, una rara habilidad, al iluminar sus fiestas. El
farolillo de aceite ó la linterna con bujía, le bastan para realizar las
más asombrosas combinaciones de su imaginación oriental. El día que el
foco incandescente y los rosarios interminables de bombillas eléctricas
aparezcan en Constantinopla, ésta habrá perdido una de sus mayores
originalidades; el encanto de sus fantásticas iluminaciones. No tienen
el estallido deslumbrante y brutal de las luces modernas; son reflejos
dulces, velados, discretos; una iluminación de ensueño, un esplendor
vagoroso y poético, semejante al de las fiestas de _Las mil y una
noches_.
Vistas de cerca, las iluminaciones en palacios y templos son miles y
miles de vulgares linternas colgadas en clavos, en andamios de madera.
Contempladas de lejos, se convierten en maravillosas luces de color de
oro, que forman las más extraordinarias visiones: flores fantásticas,
lunas, estrellas, soles, arcadas aéreas, un mundo de encantamiento, que
parece flotar impalpable, ligero y sin realidad, en la negrura del
ensueño, para disolverse apenas despertemos.
La luna rompe sus reflejos en las inquietas aguas del Bósforo, trazando
un extenso triángulo de luz, y junto á los peces de plata que rebullen
en su enorme estela, nadan enjambres de peces de oro, al reproducirse
invertidos los palacios iluminados de ambas riberas.
Una noche alquilo un caique de un solo remero para recorrer el Bósforo á
la luz de la luna. Es noche de fiesta extraordinaria dentro del Ramadán:
la llamada «Noche de la Fuerza». Necesito llevar conmigo una
autorización de la policía, pues al ocultarse el sol está prohibido
circular sin permiso de una á otra orilla, y la vigilancia es tan grande
sobre el agua como en tierra.
¡La inolvidable excursión por el mar encajonado y silencioso! Al seguir
el Bósforo contra la corriente, la barca queda envuelta de pronto en un
nimbo de luz, viéndose como una figura de oro viejo el remero casi
desnudo, que jadeante mueve sus brazos junto á la proa. Es el resplandor
de un palacio de la orilla. El agua tiembla luminosa en torno de la
embarcación con ondulaciones doradas, como si transparentase una fiesta
de ondinas en las profundas entrañas del Bósforo. Después la barca
vuelve á sumirse en la sombra; las aguas son negras, casi invisibles,
adivinándose por los violentos vaivenes que imprimen á la ligera
embarcación y por el sordo chirriar de su corriente chocando con la
quilla y los remos. Y así, pasando de la sombra á la luz y del
resplandor á la obscuridad, vamos Bósforo arriba, bogando en lo
desconocido con cierta emoción al pensar en la profundidad de las aguas,
agrandada por el misterio, y en la fragilidad del esquife, balanceados
como una pluma por el sombrío elemento que se abre siempre ante nosotros
en la pavorosa lobreguez. En las lejanas orillas brillan luces, suenan
músicas y se adivina la presencia del gentío, como si las ráfagas
rumorosas de la brisa nos trajesen su respiración. En lo alto brilla la
luna, pálida y anémica al contrastar con las guirnaldas de oro de los
edificios.
De tarde en tarde, entre los palacios del Bósforo con sus estrellas y
sus lunas de colores, se adivina un edificio vagoroso que hunde en el
misterio azul sus tentáculos blancos. Es una mezquita. La discreta luz
de la lámpara del Mirab tiembla como una lágrima amarilla en las opacas
vidrieras, que parecen de un panteón.
La embarcación salta y gime en ciertos parajes, chapoteando su proa en
las aguas invisibles. Son las rudas corrientes del Bósforo que rugen en
los recodos y los estrechos. El remero sigue adelante con la confianza
del que ejerce su oficio. De pronto un ojo deslumbrante surge de la
obscuridad. Un haz de vivos resplandores viene de él, paseándose sobre
las aguas, á las que da una blancura funeraria. Es el reflector
eléctrico de un buque que marcha al Mar Negro. Pasa el monstruo obscuro
á corta distancia, con ojos deslumbrantes en las antenas, y otros ojos
rojizos y más tenues formando doble línea en sus flancos negros, donde
están los camarotes. El agua que desplaza su gigantesco vientre
arremolínase en este callejón marítimo, formando unas cuantas olas,
seguidas, cortas y violentas, que crecen y se prolongan hasta las
orillas, para morir en ruidoso asalto.
El caique, que parece de papel, salta y se acuesta en este remolino
negro, amenazando zozobrar. ¡Ya hay bastante! Ser tragado por el
Bósforo, á la vista de palacios iluminados, oyendo músicas y el ruido de
una muchedumbre que no puede enterarse de lo que ocurre en las aguas
obscuras, á cincuenta metros de distancia, es un final inaceptable.
Todas las semanas se traga víctimas este Bósforo de enorme profundidad y
orillas cortadas como á pico. De día, gentes que caen en los
desembarcaderos, aturdidas por el empuje de las muchedumbres que asaltan
los vaporcillos ó tranvías acuáticos; de noche caiques que zozobran. Y
estos turcos, familiarizados con el brazo de mar, que es la primera de
sus calles, no prestan atención á tales sucesos, y los periódicos apenas
si le dedican dos líneas... ¡Atrás!
Vamos ahora Bósforo abajo, siguiendo el impulso de la corriente. El
remero descansa, dando sólo de vez en cuando alguna paletada para no
abordar á la orilla. Otra vez saltamos de la luz á la sombra y de la
sombra á la luz, pasando ante los palacios de los parientes del sultán,
de los grandes pachás y de los buques de guerra otomanos, con sus
guirnaldas de luces que marcan todos sus contornos, bordas, palos y
chimeneas.
Nos aproximamos al palacio del ministro de Marina. La muchedumbre llena
el muelle. Grupos de mujeres con cerrado manto que van como colegialas
en ruta, haremes enteros, pasean entre el gentío, en esta noche de
libertad y de fiesta. Los vendedores de bebidas gritan pregonando sus
mercancías. La banda de música de un crucero toca bajo las ventanas de
Su Excelencia, y el público parece entusiasmado. No baila como en las
fiestas de Europa, pero su alegría infantil se desborda á impulsos de la
música amada, de la música popular, _La Mascota_, y sobre todo _La Gran
Vía_, de la cual el «coro de los marineritos» es insustituíble para el
populacho de Constantinopla.
Nos alejamos Bósforo abajo. Va amortiguándose el movimiento en las
orillas; las iluminaciones lucen solitarias en los muelles abandonados.
Una hora después desembarco, siguiendo á pie las calles pendientes que
conducen á las alturas de Bechik-Tach, donde están los palacios de los
principales personajes de Turquía.
Soledad completa. Todos los edificios están iluminados, las calles
envueltas en un resplandor rojizo que expulsa la sombra hasta de los
últimos rincones. En ambas aceras se elevan andamios con miles y miles
de linternas, formando dibujos inabarcables de cerca. ¡Luces y luces,
hasta donde alcanza la vista!... Y nadie: ni un hombre, ni un perro. Las
bestias vagabundas, acostumbradas á la lobreguez, han huido de la luz y
de la momentánea limpieza, buscando los callejones y solares donde se
amontona el estiércol.
Los pasos despiertan en las losas una sonoridad fúnebre. Se marcha como
en un ensueño. Pueden surgir facinerosos en esta soledad luminosa, y ser
uno asesinado, sin que de los palacios esplendorosos y mudos salga el
menor auxilio. Parece que los turcos, después de cubrir la ciudad de
luces, la han abandonado para siempre.
Todo buen musulmán se ha encerrado en su casa, aislándose del mundo. Es
la gran noche, la más dulce de las noches. ¡La Noche de la Fuerza!
El sabio Mohamed pensó en todo al legislar para su pueblo. Predicó la
guerra como elemento indispensable para sostener la vida; prohibió
manjares y líquidos incompatibles con la salud en un clima oriental;
elevó la limpieza y el agua á la categoría de dogmas, conociendo el amor
ancestral de la bestia humana á la suciedad y el abandono; y para que
sus pueblos no decreciesen, como les ocurre á ciertas naciones modernas,
decretó en nombre de Alláh la Noche de la Fuerza.
En esta noche, todo musulmán que tiene su compañera no debe dormir, sino
velar mientras le queden alientos. El buen creyente, con el pensamiento
puesto en Alláh y en la reproducción de su raza, debe gustar todos los
frutos que guarda su harem... mientras tenga dientes para ello. La
prescripción religiosa es severa é ineludible. El amor por orden del
Profeta: el supremo escalofrío como grata oración á Dios. Nadie se
escapa á este supremo mandato. El viejo trémulo, exprimido y seco por
largos años de poligamia, debe probar á cumplirlo (con probar nada se
pierde); el adolescente recibe la iniciación del misterio de la vida,
por obra de alguna esclava de la casa, y entusiasmado con la dulce
novedad de la ceremonia repite sus oraciones hasta que cae extenuado; el
hombre en plena virilidad hace un llamamiento á sus fuerzas y ora toda
la noche en diversos altares, con la convicción de que será grato á Dios
si el sol le sorprende ocupado todavía en tales ritos.
La piedad musulmana se exalta y sobrepasa en esta noche, queriendo cada
cual ir lo más lejos posible, para satisfacción de Alláh y orgullo de
las propias fuerzas. Y todos corren y corren por el camino del santo
deber, sin más pausa que la de los relevos, cambiando de montura para
enardecer su energía con el incentivo de la novedad, y llegando en el
sacro deporte á límites donde sólo pueden alcanzar el entusiasmo
religioso y el apasionamiento oriental.
Esta Noche de la Fuerza es la de la «Ceremonia del Pañuelo» en el Yildiz
Kiosk. Es vulgar la creencia de que los sultanes, desde hace muchos
siglos, cada vez que desean hablar aparte con una de sus innumerables
mujeres, la avisan arrojándola un pañuelo. Nada hay de esto. La
ceremonia del pañuelo existe, pero es sólo una vez por año: la Noche de
la Fuerza. Las tradiciones ordenan que en esta noche el Comendador de
los Creyentes, para cumplir el deber religioso como todas sus súbditos
musulmanes, sacrifique una doncella.
En un salón del harem imperial se alínea, bajo la mirada del Gran Eunuco
y sus tropas de negros, un centenar de vírgenes. Unas son esclavas de la
Circasia enviadas como regalo por los gobernadores de los _vilayetos_
asiáticos; otras, hijas de pachás, entusiastas del emperador, que
aprovechan esta ocasión para introducir la influencia de su familia en
los departamentos secretos del Yildiz Kiosk. Todas, esclavas y señoras,
confundidas en la igualdad femenil de las costumbres turcas, que no
reconocen más que dos rangos, la belleza y la fealdad, aguardan trémulas
la presencia del Gran Señor, sabiendo que en breves instantes puede
decidirse su suerte.
Aparece el _Padichá_. Con ojos impasibles examina la fila, el Gran
Eunuco secretea en su oído, y al fin arroja con indiferencia el
pañuelo... ¡Cualquiera! Su tranquilidad es igual á la del católico que
todos los domingos va á misa, sabiendo que es un espectáculo santo, pero
sin emoción alguna. La ha oído tantas veces, que no encuentra en ella el
encanto de la novedad.
¡Pobre Abdul-Hamid! ¡Augusto Comendador de los Creyentes, con sus
sesenta años bien contados!... Me lo imagino en esta noche, á puerta
cerrada con la virgen, hermoso potro, bello y salvaje, con el fuego de
los pocos años y el deseo de agradar, excediéndose en toda clase de
iniciativas. El majestuoso _Padichá_, que tal vez lleva ocupado el
pensamiento por alguna nueva reclamación de los embajadores de las
potencias, tiene que pasar una noche, por deber religioso, junto á esta
primavera ardiente, que vela junto á él, excitada y nerviosa. Sus
preocupaciones de gobernante, sus pensamientos de Felipe II, papelista
enterado minuciosamente de todo lo que ocurre en su vasto imperio, le
preparan mal indudablemente para estas encerronas, ordenadas por el
Profeta. La soberana de una noche sonríe invitadora con sus labios
coloreados de carmín, levanta la mirada de sus ojos agrandados por la
pintura negra, saca incitante las curvas de su cuerpo en celo... pero al
tender sus manos encuentra ¡ay! el ánimo del Gran Señor flácido y
desmayado, como el pañuelo simbólico.
Pensando en estos desastres y tormentos, impuestos por el deber
religioso, que no tiene en cuenta edades ni circunstancias, sigo las
calles iluminadas y silenciosas, acompañado únicamente del eco de mis
pasos. ¡Nadie! ¡Siempre ante mí la soledad, roja y brillante! Pueden
robarme, pueden matarme sin que al sonar mis gritos se abra una ventana
ó una puerta de estos palacios luminosos. Sus habitantes están demasiado
ocupados para fijarse en lo que ocurre en la calle.
El palo del sereno chocando contra las baldosas no altera esta noche el
silencio profundo del barrio señorial. También para él, musulmán
fervoroso, es esta noche la de la Fuerza. Los ladrones, los vagabundos
deben igualmente estar dedicados á la santa ceremonia. Allá lejos, en la
depresión del terreno por donde corren las aguas del Cuerno de Oro, el
cielo tiene resplandores de incendio y se eleva un zumbido de colmena
gigantesca. El populacho sigue divirtiéndose en Stambul y Galata.
Voy hacia allá, por las calles abandonadas, muertas y luminosas, como si
marchase por una ciudad fantástica, mirando con despecho las puertas
cerradas, pensando con cierta amargura en la fría cama del hotel que me
espera, lamentando mi condición de mísero _giaour_, de despreciable
cristiano, que me hace vagar triste é inútil en esta noche de la
abundancia hasta el desfallecimiento: la santa Noche de la Fuerza.
XXXIII
La entrada en Europa
¡Adiós, Constantinopla!
En plena noche atravieso por última vez el Gran Puente, sintiendo como
caricias amistosas de despedida los estremecimientos y saltos que
imprimen al carruaje los tablones de la plataforma. El Cuerno de Oro es
una zanja profunda y brumosa, en la que brillan los ojos inflamados de
las embarcaciones. Enfrente, el venerable Stambul recorta su silueta
negra de cúpulas y minaretes, sobre un cielo esfumado, en el que brilla
pálida la luna menguante. Las luces del Ramadán parecen flotar en el
espacio como constelaciones perdidas.
¡Adiós!
Hace más de un mes que vivo en estos lugares á los que nada me une, ni
el nacimiento, ni la raza, ni la historia, y sin embargo, la partida es
melancólica y penosa.
Cuando se viaja se abandonan las ciudades, por gratas que sean, con un
sentimiento de alegría. Es la curiosidad que se despierta de nuevo, el
instinto ancestral de cambio y movimiento, que llevamos en nosotros como
herencia de nuestros remotísimos abuelos, nómadas incansables del mundo
prehistórico. ¿Qué habrá más allá? ¿Qué nos espera en la próxima
etapa?...
Pero al partir de Constantinopla, este sentimiento alegre y curioso se
amortigua y desvanece. Por interesante que sea lo futuro, no llegará á
serlo tanto como el presente. La Europa occidental, con sus ciudades
cómodas y uniformes, seguramente que no puede borrar el recuerdo de esta
aglomeración de razas, lenguas, colores, libertades inauditas y
despotismos irresistibles, que ofrece la metrópoli del Bósforo.
¡Adiós!... Y á la melancólica despedida se une la incertidumbre del
porvenir, la sospecha de que no volveré á contemplar estos lugares
amados, de que las circunstancias de mi vida harán que ésta se extinga
antes de poder cumplir mi deseo.
Al recuerdo de Constantinopla va unido el del mar de Mármara con sus
aguas tranquilas y verdes, por cuyas transparentes entrañas pasan
flotando las medusas como un desfile de paraguas de nácar. Recuerdo
también las poblaciones del Asia Menor, que acabo de visitar, Mudania y
Brussa, ciudades puramente turcas, donde vive el musulmán sin nada de
europeo que desfigure y envilezca su existencia. Algún día hablaré de
Brussa, la de la Mezquita Verde, edificada por alarifes de la Andalucía
musulmana: Brussa, la de las sedas brillantes como oro, la Granada
turca, dormitando al pie del Olimpo de Bitinia, frente á una vega
situada á muchos centenares de metros sobre el nivel del mar y
eternamente frondosa, lo que hace que los otomanos la llamen con orgullo
_Brussa la Verde_. Y también hablaré, en una novela, del barrio de
Galata en Constantinopla, «el barrio de los españoles», como lo titula
la topografía popular, donde veintiocho mil judíos que se apellidan
Salcedo, Cobo, Hernández, Camondo, etc., emplean en el seno de la
familia un castellano arcaico que es la lengua sagrada, el medio de
comunicación para librarse de la vigilancia de los enemigos.
--¡Ah, Espania! ¡La bella Sión de Occidente! Los míos, los viexos,
baxaron de allá.
Los cuentos que entretienen á la familia en las noches de sábado,
leyendas de enormes tesoros enterrados, tienen siempre por escenario la
lejana España, país fantástico del que hablan los patriarcas á los niños
con grave misterio, como hablamos nosotros de Bagdad, la de _Las mil y
una noches_. Y en las fiestas israelitas, las viejas descuelgan los
panderos y entonan con sus bocas desdentadas villancicos del siglo XV,
aprendidos por sus abuelas en Toledo, que fué como el París del mundo
judío.