Tras el entierro católico, pasa una boda griega, con su charanga al

frente, y el pope barbudo sentado junto á los novios; y el cortejo

fúnebre de un niño de la misma religión, en el que marchan los parientes

con sacos de bombones para obsequiar á los amigos cuando termine el

sepelio; y un casamiento armenio, en el cual llevan los contrayentes

enormes cirios labrados, verdaderos monumentos de cera, con rizadas

volutas y prolijos capiteles. Y todas estas manifestaciones de los

diversos cultos, con sus sacerdotes y sus ritos, sólo producen en la vía

pública un movimiento de curiosidad, acompañado de cortés benevolencia.

La fiesta semanal de cada religión se observa con entera libertad. Los

turcos, señores del país, son los que menos ocupan la atención de los

otros: los que menos molestan á sus conciudadanos. El viernes (que es

su domingo) pasaría inadvertido, á no ser por el movimiento de tropas y

funcionarios que acompañan al _Padichá_ en la fiesta del Sélamlik. El

sábado, fiesta de los judíos, se cierran las principales tiendas de

Constantinopla, más de la mitad de los puestos del Gran Bazar, y queda

en suspenso una buena parte de la vida comercial. El domingo repican las

campañas de los numerosos templos católicos de Galata y Pera, suena el

armónium en las capillas evangélicas, ciérranse bancos y tiendas, y las

gentes, endomingadas, van á misa ó á los oficios, lo mismo que en

Europa, ante la mirada benévola del turco, que supeditado al poderoso

occidental, se ve obligado á observar un nuevo día de fiesta.

De todas las religiones que existen en el imperio, la cristiana es la

que parece más allegada á la simpatía del turco. Este habla de Jesuhá

como de un profeta algo inferior al suyo, pero igualmente venerable: una

especie de segundón de Mahoma. Es más: como el turco sabe poco de

historia y su pensamiento espeso no tiene una noción clara de los años y

la distancia, cree de buena fe que los dos vivieron á un mismo tiempo,

que fueron grandes amigos y trabajaron juntos en la obra de Dios, aunque

al final cada uno tomó distinta dirección.

En Constantinopla es popular la anécdota de un soldado turco, que entró

en un templo católico durante la Semana Santa.

El soldado turco es lo más leal, lo más noblote, y al mismo tiempo lo

más salvaje y duro de mollera que existe en el imperio. El servicio de

las armas pesa únicamente sobre los otomanos musulmanes, y como á

Turquía le quedan pocos territorios en Europa, comparados con los que

poseía hace medio siglo, su ejército se nutre de reclutas extraídos de

las entrañas del Asia, de las lejanas y bárbaras provincias. Son

mocetones semisalvajes, silenciosos, de facciones rígidas y ojos

inmóviles, como si estuviesen abstraídos continuamente en una laboriosa

reflexión para comprender lo que les hablan. La ruda disciplina á la

alemana y la severidad de unos oficiales que no se andan en

contemplaciones, mantienen á estos soldados semibárbaros en una

subordinación automática. Sólo así, bajo las amenazas del castigo,

pueden vivir en una gran ciudad estos asiáticos, en cuyo interior

dormita el alma de los hombres primitivos. En los tiempos en que se

amotinaba el ejército turco, la soldadesca al correr libre por las

calles de Constantinopla, violaba á las mujeres con una lubricidad

feroz, excitados por la privación en el seno de una sociedad que

mantiene recluídas á las hembras, y hacía sufrir á los hombres odiosos

ultrajes, más que por vicio por menosprecio de raza. Hoy, que viven

acuartelados y obedientes, sin el más leve intento de rebeldía, aun se

permiten tímidos desmanes á impulsos de su ardorosa naturaleza oriental

y del hambre del celibato. La mujer que es de su raza les inspira

respeto y miedo, pero en las calles de Constantinopla se aprovechan de

la confusión y el tránsito para tentar con bárbara galantería el dorso

de todas las señoras vestidas á la europea.

Junto con este salvajismo, tienen una noble franqueza para confesar sus

delitos. Jamás ha habido que castigar en masa á un regimiento. Cuando

los oficiales, enterados del crimen de un soldado, preguntan á su gente

quién es el autor y la amenazan con penas generales, el delincuente sale

de las filas para marchar tal vez al cuadro de fusilamiento, resignado á

morir antes de que sufran por su culpa los compañeros inocentes.

Este salvaje, disciplinado y uniformado á la alemana, es de una

credulidad y de una ignorancia que hacen reir á las gentes. Deslumbrado

por las maravillas de Constantinopla al llegar de su lejana aldea de

Asia, todo lo cree posible, y escucha sin pestañear las más estupendas

mentiras, limitándose á un mugido de asombro. Sobre su puro cerebro,

surgen como débiles eflorescencias muy contadas ideas. Sólo indiscutible

considera que Mohamed es el Profeta de la verdad, el _Padichá_ el

monarca más poderoso de la tierra, y los turcos los hombres más

valerosos del mundo. Fuera de estas creencias, inconmovibles, lo demás

lo acepta sin discusión, con la indiferencia de un pensamiento que no

quiere darse el trabajo de funcionar.

Un Viernes Santo, cierto soldado turco, falto de distracción, sintióse

atraído por una gran puerta del barrio de Pera. Entraba y salía el

gentío europeo al través de ella, y en el fondo brillaban luces, como

estrellas rojas en un cielo negro. Era un templo católico. El soldado

entró, erguido el fez sobre la frente, llevándose á él una mano con

expresión de respeto y examinando impasible los altares enlutados y el

traje sombrío de los fieles.

Un europeo, de carácter alegre, conocedor del idioma turco, se unió á él

para gozarse en su estupefacción y su ignorancia.

--¿Quién es ese?--preguntó el soldado señalando un cadáver tendido en

rico lecho, cerca del altar mayor.

--Ese es Jesús que ha muerto. ¿Tú conoces á Jesús?... Jesuhá, el amigo

de Mohamed, el hijo de María.

El mocetón, tras larga pausa reflexiva, movió la cabeza.

--¡Ah!... Jesuhá... hijo de Miryam... amigo de Mohamed... Conozco--dijo

al fin, con la concisión del idioma turco.

Se acercó para contemplar de más cerca el sagrado cuerpo, y así

permaneció mucho tiempo en rígida actitud de respeto, como si estuviese

en presencia de su coronel. Sus ojos parecieron conmovidos al fijarse en

las heridas sangrientas.

--¿Lo han matado?--preguntó.

--Sí; lo han matado.

--¿Quiénes?...

--Los judíos.

El buen osmanlí hizo un gesto como si no le sorprendiese la noticia.

¡Los judíos! ¡Las gentes malditas que viven allá en el barrio de Galata!

¿Quiénes otros podían ser?...

--¡Pobre Jesuhá!... ¿Y cómo fué?

El europeo, animado por la grave credulidad del turco, creyó del caso

aumentar aun más su estupefacción.

--Iban juntos de camino, Mohamed y Jesuhá, predicando la gloria de Dios.

Salieron los judíos á su encuentro. Mohamed pudo huir, pero el pobre

Jesuhá, como era más débil, fué asesinado, y ahí le tienes.

Quedó en silencio el soldado.

--¿Y los judíos querían matar á Mohamed?...

El europeo lo afirmó varias veces, gozándose en las exclamaciones de

asombro del crédulo mocetón.

--¡Ah! ¡Mohamed! ¡Querer matarle!

Cansado de contemplar el cadáver de Jesuhá y las gentes que se

arrodillaban para besarle los pies, el soldado salió á la calle.

Los turcos tienen un sentido especial para reconocer al judío, aunque se

vista á la europea. Lo olfatean, lo adivinan al través de toda clase de

disfraces. Á los pocos pasos tropezó con un israelita. Impávido, con su

flema de oriental, levantó el puño, y rodó el judío por el suelo con el

rostro lleno de sangre. Un puñetazo de osmanlí es terrible. «Fuerte

como un turco», dice el proverbio.

Se arremolinó la gente, surgieron en un instante numerosos

correligionarios del caído, pues los israelitas están en todas partes

para ayudarse, y la policía militar se apoderó del agresor, llevándolo

al cuartel entre las vociferaciones y lamentos de la muchedumbre judía.

En el cuarto de banderas, los oficiales se asombraron del suceso. ¡Un

buen soldado, que nunca había dado motivo de queja! «¿Por qué has hecho

eso?»

El mozo, intimidado en presencia de sus superiores, balbuceó como el que

repite una lección:

--Mohamed y Jesuhá iban juntos... Salieron judíos y mataron á Jesuhá...

Mohamed huyó porque es fuerte y tiene buenas piernas. ¡Pero si llegan á

alcanzarlo!...

Y como los oficiales rompieran á reir, asombrados de tanta simplicidad,

el soldado añadió con la fe del buen creyente:

--Yo lo sé... Yo lo he visto.

XXXI

Restos de Bizancio

La _At Meidan_, ó «Plaza de los Caballos», es el antiguo Hipódromo de

Bizancio. Antes que el sultán Mahmoud reformase la vida turca á

principios del siglo XIX, aquí venían los _itchoglans_ ó pajes del

Serrallo á ejercitarse en el manejo de la jabalina. Aquí también, en

esta plaza, teatro tantas veces de las revueltas de los jenízaros, acabó

el enérgico sultán con la terrible milicia que después de haber salvado

á Turquía hacía imposible su existencia. Fué en 1826. Mahmoud dió á los

jenízaros un gigantesco banquete en la Plaza de los Caballos, y á los

postres cerráronse todas las bocacalles con regimientos fieles y

numerosas baterías. Los cañones vomitaron metralla sobre la plaza, y en

unos cuantos minutos perecieron aquellos guerreros feroces que habían

hecho temible en Europa el nombre de Turquía.

La plaza es un rectángulo prolongado, que comunica por uno de sus

extremos con otra plaza más pequeña, donde está Santa Sofía.

_At-Meidan_ es el Agora del viejo Stambul. En los cafetuchos y pequeños

puestos de la plaza se reunen á charlar tomando café ó pasando las

cuentas del rosario los turcos más turcos de la ciudad; los

tradicionalistas de grueso turbante y caftán multicolor, los derviches

silenciosos de capa parda y gorro de fieltro, los imanes jóvenes, de

rostro ascético, vestidos de negro, que permanecen con la mirada fija en

el espacio, como si contemplasen la gloria de Alláh.

Todo un lado de la gran plaza lo ocupan un gran cuartel y el palacio de

Justicia, flanqueado de sombrías prisiones. En el lado opuesto está la

mezquita del sultán Ahmed, la más grande de Constantinopla por el

terreno que ocupa, rodeada de muros con rejas que dejan ver los patios y

jardines interiores, y coronada por seis minaretes blancos, altísimos y

sutiles, con remates de oro.

En el centro de la plaza, siguiendo una línea que marca la divisoria de

las antiguas arenas del Hipódromo, mantiénense en pie tres monumentos

interesantes de la antigüedad: el Obelisco de Teodosio, la Columna

Serpentina y la Pirámide Murada.

El Obelisco de Teodosio es padre venerable del de la plaza de la

Concordia de París y de todas las agujas egipcias que adornan jardines

en Inglaterra y los Estados Unidos. Fué el monarca bizantino el primero

á quien se le ocurrió aprovechar para su propia gloria los monumentos

con obscuros jeroglíficos extraídos del misterioso Egipto. Este

Obelisco, enorme aguja de granito rosa, fué traído de Heliópolis y

erigido en el centro del Hipódromo, sobre una base esculpida en honor de

Teodosio. La base aun subsiste con sus altos relieves, que apenas han

sufrido desgaste después de una existencia de diez y seis siglos. Las

lluvias y el aire, más que la irreverencia de los hombres, han roído los

salientes de las figuras, achatando sus rostros. Las escenas de la vida

pública de Bizancio hace mil seiscientos años reviven en este monumento.

En una de sus caras, Teodosio, con su esposa y sus hijos Arcadio y

Honorio, muéstrase rodeado de toda la pompa oriental. Los cortesanos se

prosternan á sus pies, y en el fondo, como espeso bosque, agrúpanse las

lanzas de los pretorianos. En otra cara aparece erguido en el palco

imperial, presidiendo los juegos del Circo. En otra recibe el homenaje

de los enviados extranjeros. Y junto á estas escenas de la vida

bizantina, vense esculpidas las máquinas, las grúas, los primitivos é

ingeniosos artefactos que sirvieron en aquella época para erigir la

pesada mole.

Algunos metros más allá álzase la Pirámide Murada, triste ruina que hace

sonreir cuando se piensa en su pretencioso origen. El emperador

Constantino Porfirogente, al erigirla, la llamó el Coloso, afirmando que

era digno rival del de Rodas; pero hoy del pobre Coloso sólo queda un

obelisco de piedra vulgar, sin adorno alguno. En otros tiempos estaba

revestida, desde la base hasta el vértice, de gruesas láminas de bronce,

que ciertamente le darían un aspecto deslumbrador. Pero llegaron los

guerreros de la cuarta Cruzada, soldados de Dios que hicieron más daño á

Constantinopla que los turcos, y tomando el bronce por oro, despojaron á

la pirámide de su envoltura, dejándola en su desnudez actual.

De los tres monumentos del Hipódromo, el más antiguo é importante es la

llamada Columna Serpentina. Maltratada por los hombres y los siglos;

reducida á una tercera parte de su altura, rota y casi informe como un

andrajo del pasado, da sin embargo la impresión de esos monumentos

venerables en los que se admira más lo que no se ve que lo todavía

visible. El suelo del Hipódromo, con las ruinas de la ciudad, el paso de

los siglos y los temblores de tierra, se ha elevado más de tres metros,

y la columna famosa, lo mismo que los otros monumentos del Hipódromo,

está á cierta profundidad, en el fondo de un hoyo rodeado de barandilla.

Esta columna es el monumento más auténtico é importante que poseemos de

la antigüedad griega. Fué fundida en Atenas para conmemorar la victoria

de Platea sobre los persas, y la colocaron en el templo de Delfos,

frente al gran altar. Representaba tres serpientes de bronce enlazadas

tan estrechamente, que formaban á modo de un solo reptil, con tres

cuerpos y tres cabezas. Los nombres de todas las ciudades griegas que

tomaron parte en los gloriosos combates de Salamina y Platea, figuraban

grabados en ella. Un trípode de oro consagrado á Apolo reposaba sobre

las cabezas de las tres serpientes. Este trípode fué robado por los

focios, pero la columna mantúvose intacta en Delfos hasta los tiempos de

Constantino, en que éste la arrancó de la tierra sagrada de Grecia para

embellecer su nueva ciudad del Bósforo.

Las mutilaciones de la Columna Serpentina datan de muchos siglos. El

fanatismo cristiano de los bizantinos se ensañó en el monumento, viendo

en las tres serpientes una obra del demonio. Varias veces el populacho

la atacó con palos y piedras. En tiempos del emperador Teófilo, el

patriarca de Constantinopla vino cauteloso una noche, y á martillazos

rompió las cabezas de los reptiles. Solamente pudo destruir dos. Siglos

después la superstición musulmana reemplazó al fanatismo cristiano.

Al entrar Mohamed II vencedor en Constantinopla, sobre su caballo

ensangrentado, ebrio de cólera y de matanza, llegó á la plaza del

Hipódromo, deteniéndose ante la triple serpiente, á la que tomó por un

ídolo de los vencidos. ¡Pueblo execrable de infieles, adoradores del

demonio!... Y lanzó su maza de guerra con tal fuerza contra la bestia,

que partió la única cabeza que aun se mantenía intacta. Después de este

acto--según cuenta la tradición turca--, una invasión de serpientes

vivas se esparció por Constantinopla, y el pueblo, poseído de

supersticioso terror, respetó y reparó el monumento. Pero los ladrones

acabaron la obra destructora de la superstición. La columna tentó su

codicia, se dedicaron á robar fragmentos de ella, y fué vendido como

vulgar metal el bronce contemporáneo de Temístocles, que aun conservaba

legibles los nombres de las treinta ciudades griegas que tomaron parte

en la guerra contra los persas, las mismas que menciona Plutarco.

Para encontrar otros vestigios de la dominación bizantina en esta

Constantinopla modificada por los turcos, hay que salir de ella y seguir

el extenso recinto de sus murallas.

Más de ocho kilómetros de longitud tienen las antiguas fortificaciones

de Bizancio. Se sale de Stambul en ferrocarril, y el tren atraviesa

extensas campiñas con pueblos que no son más que barrios apartados de

Constantinopla. Desde la ventanilla del vagón se ven tierras desoladas,

pedazos de desierto, cementerios que se pierden de vista con sus

pequeñas tumbas blancas y apretadas, como un rebaño inmóvil que en vano

busca un hierbajo en la tierra árida. ¡Y todo este suelo muerto, hollado

muy de tarde en tarde por los pies del hombre, fué la antigua

Bizancio!...

El tren, después de detenerse en varias estaciones, llega al lugar de

donde arrancan las murallas, á orillas del Mármara, para extenderse

hasta las riberas del Cuerno de Oro, formando una línea de ocho

kilómetros en la parte más ancha de la península triangular.

Al descender del vagón el viajero cae en una soledad de cementerio.

Míseros bancales mal cultivados vegetan á la sombra de las murallas, que

son enormes, rojizas, con profundos socavones, más semejantes á restos

de un cataclismo geológico que á obra de los hombres. Los torreones que

antiguamente la flanqueaban son informes montículos por los que trepan

las plantas parásitas huyendo del matorral que rodea sus bases como una

inundación sombría y pinchosa. Sobre sus plataformas, semejantes á bocas

viejas, en las que sólo queda el diente aislado de algunas almenas,

crecen higueras salvajes, árboles silvestres que tienen siglos, parias

de la vegetación que hunden sus raíces en sillares y argamasa y viven de

chupar el jugo de la piedra; parasoles verdes y frondosos que agitan su

cúpula bajo el viento de la estepa, en esta soledad, libres del hombre.

La llamada Torre de Mármol descuella en la confusión de escombros rojos

y obscura hojarasca, con el brillo de su nítida blancura. Está en la

orilla del mar, ó más bien dicho, en el mismo mar. La emanación

salitrosa del agua azul, el paso de los siglos, las inclemencias del

cielo no han conseguido empañar ni modificar su blancura. La torre

parece sonreir al reflejarse invertida en la glauca entraña del Mármara

que riza sus blancos contornos. Los sillares son de pilastras de remotos

templos, de columnas griegas, de lápidas sagradas. Vista de lejos

parece de una sola pieza. De cerca revela el origen de sus materiales,

en las inscripciones, los capiteles y las estrías arquitectónicas que

aun se marcan en sus diversos sillares. Parece el fantasma gracioso de

Bizancio surgiendo entre la destrucción, obra de siglos, y el

aniquilamiento, obra del invasor. Su cúspide está limpia de melenas

vegetales. Las semillas silvestres no han encontrado jugo vital en el

pulido mármol. Abajo los blancos cimientos se hunden en las aguas

profundas y las algas agarradas al mármol forman una cabellera verde y

ondulante. _¡Chap!... ¡chap!_ susurran las olas del Mármara, con lento

compás, al batir esta torre desde hace más de mil años; y los largos

filamentos verdes se rizan estremecidos á cada vaivén de las aguas, y

arriba responden las cigarras y los abejorros rozando sus chirriantes

élitros en la rumorosa soledad. Y así vivirá aún, siglos y siglos, la

Torre de Mármol, blanca como un panteón, olvidada de los tiempos en que

lucían á sus pies las lanzas de los guerreros bizantinos, entraban en

sus cámaras las damas del Bajo Imperio arrastrando túnicas bordadas, con

escenas bíblicas. Apenas si presume ya este venerable monumento que

existe el hombre. La vida humana sólo va á su encuentro de tarde en

tarde, en forma de algún pelotón de viajeros que la fotografía de lejos.

Ninguna nave atraca junto á sus muros, que aun guardan vestigios de

anillas de bronce. Los barcos modernos son para ella leves manchas de

humo que resbalan por el lomo remoto del mar solitario.

¿Cómo describir la gigantesca y aplastante monotonía de las murallas que

partiendo de aquí van á buscar las aguas azules al otro lado de

Stambul?... Media jornada se invierte en el viaje á lo largo de este

recinto que un día fué la más imponente de las fortificaciones de la

tierra, y hoy, visto de lejos, da la sensación de una barda de corral

arruinada. Se marcha durante horas y horas viendo siempre á la derecha

el murallón rojizo, flanqueado de torres. Á trechos, la obra está entera

y ofrece un aspecto majestuoso: más allá cae en ruinas, y por las

brechas se ven terrenos yermos ó blancos cementerios. Las puertas

antiguas que aun abren paso entre los dos desiertos, á un lado y á otro

de la muralla, parecen gargantas del vacío. La soledad y la muerte por

todas partes. Á la izquierda, la tierra es una inmensa necrópolis. Los

turcos ricos buscan su tumba en la santa colina de Eyoub, en los

cementerios próximos al Bósforo ó en el inmenso de Scutari. Aquí vienen

á pudrirse los pobres, los esclavos, los griegos, los armenios, todos

los que no tienen fortuna ó una familia que vele por ellos.

Inmenso el cementerio, sin tapias que lo limiten ni escaseces de terreno

que obligan á amontonar un cadáver sobre otro, cada muerto goza como

dueño absoluto su pedazo de tierra; cada ficha funeraria marca sólo un

cuerpo, y la necrópolis se extiende hasta perderse de vista,

confundiendo sus mojoncillos de piedra con la línea del horizonte.

Parece que un ejército incalculable, superior á toda imaginación,

millones y millones de muertos, envuelven en apretado bloqueo á la

ciudad antes de asaltar sus muros.

¡Los cementerios turcos!... En el corazón de Constantinopla, en el mismo

barrio europeo de Pera, existen aún, sin que el transeunte se sienta

impresionado al pasar junto á ellos. La muerte no tiene en Turquía el

aspecto horripilante que en los países occidentales. Los que sobreviven

recuerdan al difunto amado á todas horas, le lloran, pero nunca se les

ocurre visitar la tumba que guarda sus despojos y cubrirla de adornos

repugnantes. Este pueblo sabe que el ser perdido no está ya en la

tierra, que su verdadera esencia no es lo que se pudre en el suelo, y

olvida la tumba, no imitando á las gentes cristianas, extraños

espiritualistas, falsos charlatanes de la inmortalidad del alma, que

rinden á la materia en descomposición y al pelado esqueleto un culto

casi igual al que los egipcios tributaban á sus momias.

Este olvido de los cuerpos da á los cementerios turcos el majestuoso

encanto de la verdadera soledad. Los de Constantinopla y Stambul se ven

frecuentados, porque sus arboledas y kioscos los convierten en lugares

de recreo; pero los cementerios de los grandes muros son el verdadero

campo de la muerte, el desierto de la nada. Se caminan leguas sin

encontrar un ser viviente. Hasta los pájaros huyen espantados por la

falta de vegetación: hasta los lagartos emigran de esta tierra seca,

donde apenas crecen hierbas. Sobre el suelo no se ven más que tumbas y

tumbas, todas semejantes, todas pequeñas, con una sobriedad serena y

tranquila que despoja á la muerte de su aparato terrorífico. Son simples

láminas de mármol, anchas y semicirculares por arriba, y estrechas

abajo, clavadas en el suelo: una especie de corazones muy prolongados.

El remate de cada uno de estos mojones indica el sexo y la calidad del

cadáver. Las tumbas de las mujeres tienen esculpido en lo alto un grupo

de flores; las de los sacerdotes un turbante; las de los simples

ciudadanos un fez. Cuando la tumba es reciente, las flores están

pintadas de oro y los gorros de rojo: las inscripciones de plácida

resignación brillan doradas sobre un fondo verde, pero esto dura poco.

Las lluvias y el viento devoran los colores, nadie viene á repararlos, y

todos, pobres y ricos, santos y pecadores, hombres y mujeres, toman la

amarillez uniforme del mármol en el gran abandono de la muerte.

Nadie transita en este bosque bajo, de pétreos matorrales, que se pierde

de vista. De tarde en tarde se columbra, en lo más remoto del horizonte,

el negro hormigueo de un grupo humano. Es un entierro. Bajarán el

cadáver á la fosa, plantarán el mojón fúnebre y volverán las espaldas

para no acordarse más del lugar donde dejaron los restos del muerto

querido, cuya memoria llevan siempre en el pensamiento.

La soledad por todas partes: una soledad absoluta, sin huellas humanas,

sin cantos de pájaros, sin estremecimientos de hierba, sin roce de

insectos; un silencio de esterilidad y de muerte, como no se encuentra

jamás en un paisaje europeo.

Oriente · 第 16 / 18 段