ceremonias del pasaporte, que son aquí tan precisas para salir del país
como para entrar. Rueda el tren durante la noche por las desoladas
llanuras de la Tracia. Al amanecer estamos en Rumelia y después en
Bulgaria. Se acabaron los gorros rojos. Los soldados que ocupan los
andenes de las estaciones ó acampan en tiendas grises al pie de alguna
loma, van vestidos á la rusa. Los campesinos, con una tiara negra de
piel de oveja y rudas abarcas, marchan por los caminos amarillentos,
ante los tardos bueyes que arrastran unas carretas chirriantes de ruedas
macizas. Al cerrar la noche atravesamos Servia, y al lucir de nuevo el
sol estamos en tierra húngara.
Nos aproximamos á Budapest, á las verdaderas puertas de la Europa
europea.
Es la hora del almuerzo. En el vagón restaurant, que va á la cola del
tren, nos juntamos los viajeros del exprés de Constantinopla, gentes de
diversas nacionalidades. Ocupo una mesa con dos viajeros desconocidos y
una señora rubia y elegante, sentada frente á mí. Silencio absoluto ó
lacónicos ofrecimientos de platos, con esa reserva cortés y fría de los
que van por el mundo y no saben quién pueda ser su compañero de mesa. El
almuerzo toca á su fin. Tomamos el café. Por el cristal de la ventanilla
veo pasar barriadas de casas blancas con grandes anuncios. Se adivina la
proximidad de una enorme población. Debemos estar en las afueras de
Budapest. Veo un cartel de teatro, impreso en magyar, del cual sólo es
inteligible para mí el título de la obra, _Carmen_.
De pronto un choque, un tropezón gigantesco contra un obstáculo. Luego,
la milésima de un segundo, que nos parece un siglo, y durante este
espacio nos contemplamos todos con los ojos desmesuradamente abiertos, y
en ellos una expresión loca de espanto. Á continuación el rudo
movimiento de retroceso que lo desordena todo, que lo rompe todo, que
nos hace saltar y rodar en medio de una lluvia y un estrépito mortales.
Es mediodía; luce el sol; el cielo es azul, sin una nube, y sin embargo,
nos sentimos ciegos, como si hubiésemos caído en plena noche.
La mesa en que estamos rompe con la violencia del retroceso los goznes
de bronce que la unen á la pared del vagón. Rueda sobre mí con sus
platos, tazas y cafeteras y me arroja al suelo. Siento sobre el pecho su
doloroso filo, á más del peso de la señora de enfrente y otros cuerpos
que se agitan con el pasmo del terror.
Pasan unos instantes brevísimos, pero la imaginación los llena
vertiginosamente, poblándolos de miedos y esperanzas como si fuesen
años. ¿Estaré herido? ¿Qué se habrá roto en mi organismo? ¿Iré á morir
pasado el primer aturdimiento? ¿Qué encontraré en mí cuando llegue á
incorporarme?...
Me levanto. Un pie se me hunde en una cosa blanda y elástica, envuelta
en paño azul con botones de oro. Es el vientre del camarero que nos
servía momentos antes. Está de espaldas, con los brazos en cruz, los
ojos agrandados por el espanto, y no se mueve del suelo á pesar de mi
pisotón.
Frente á mí se incorpora la señora, que parece haber envejecido en unos
instantes; pálida, con amarillez de cirio; los rubios cabellos en
desorden, el sombrero aplastado, las facciones afiladas y trémulas por
la emoción.
--No somos más que una porquería--dice en francés.
Tal vez fué la influencia del momento, pero juro que jamás he oído una
frase tan _profunda_ y tan justa.
Al mirar en torno no conozco el comedor. Todo roto, todo demolido, como
si un proyectil de cañón hubiese pasado por él. Cuerpos en el suelo,
mesas caídas, manteles rasgados, líquidos que chorrean, no sabiéndose
ciertamente lo que es café, lo que es licor y lo que es sangre; platos
hechos trizas y todos los cristales del vagón, los gruesos cristales,
partidos en láminas agudas, esparcidos como transparentes hojas de
espada.
Instintivamente arranco de la espalda de la señora una especie de puñal
de vidrio clavado en su corsé. Es un fragmento de la luna que estaba
detrás de ella. Un poco más arriba, y queda degollada en el sitio.
Sin saber cómo, me veo pisando tierra, corriendo á lo largo de la vía,
junto á un talud altísimo. Otros viajeros corren también, tropezando en
los guijarros. Un hervor gigantesco llena el espacio de humo, viéndose
entre sus vedijas el caserío blanco de Pest en una montaña. El vapor se
escapa con un chirrido de sartén enorme. Llegamos á la cabeza del tren,
que parece haberse desdoblado, y vemos dos locomotoras caídas y
mugiendo, como dos toros que acaban de embestirse, desplomándose
moribundos. A un lado nuestro tren; al otro lado un largo rosario de
vagones de mercancías. El encuentro ha sido en lo más hondo de un
desmonte, bajo un puente de madera que desaparece entre la humareda de
las dos máquinas heridas de muerte. Unas vagonetas cargadas de
materiales de construcción se han roto, esparciendo á ambos lados de la
vía, entre las ruedas sueltas y retorcidas, una cascada de yeso y de
ladrillos.
Los dos primeros vagones de nuestro tren ya no existen. Son á modo de
acordeones cerrados por el choque, con pliegues trágicos que dan un
escalofrío de terror. Como ocurre casi siempre... de tercera clase. El
furgón de los equipajes es un amasijo de maderos y hierros, que á cada
estremecimiento del tren moribundo vomita maletas y cofres. Hombres
sangrientos que aun no se han dado cuenta de sus heridas, corren
excitados por la emoción y gritan en magyar, en alemán, en servio, en
turco. Los empleados se mueven, queriendo servir de algo, pero sin saber
ciertamente por dónde empezar. Siguiendo el impulso de los demás,
intento subir á los vagones demolidos. Al poner el pie en la rota
plataforma chapoteo en algo negro, que es líquido y sólido á un tiempo.
Una mosca revolotea ansiosa sobre este banquete de sangre y piltrafas,
anunciando la llegada de sus compañeras. ¿Para qué añadir el horror á la
emoción sufrida?...
Recojo mis dos maletas y subo el talud, para salir cuanto antes de esta
zanja maldita. Al verme arriba me asombro de la fuerza nerviosa que da
la emoción, de la ligereza con que he subido cargado por la ruda
pendiente.
Me siento al borde del declive sobre mi equipaje y quedo en una
insensibilidad estúpida, aturdido, sin saber qué hacer, contemplando los
restos de la catástrofe, viendo cómo el humo rojizo de las locomotoras
empieza á incendiar el puente de madera.
Por todos los caminos de la campiña llegan corriendo grupos de húngaros
melenudos. De las casas inmediatas salen mujeres. Abajo aumenta el
número de los que se agitan junto á los dos trenes y penetran en los
vagones demolidos.
Una catástrofe estúpida. En la estación de Budapest han dejado salir un
tren de mercancías á la hora en que diariamente llega el tren de
Constantinopla. Esto pasa en la Europa central, la de los grandes
ferrocarriles organizados militarmente, y nadie parece indignado... ¡Y
después hablamos de las «cosas de España»!...
Veo de pronto sombras que se interponen ocultándome la luz del sol. Son
mujeres húngaras, con sus chiquillos: buenas mozas, gordas, morenotas y
ventrudas, que visten batas de percal y llevan el pañuelo de seda
formando visera sobre los ojos, lo mismo que las chulas de Madrid.
Sienten la curiosidad de los grandes sucesos, la necesidad de rozarse
con alguien que ha visto el peligro de cerca, y me hablan en su idioma
ininteligible, mirándome con simpática compasión. Adivino que me
preguntan si estoy asustado; se asombran al verme entero, sin un
rasguño, sin una gota de sangre. Una joven se empeña en hacerme beber un
vaso de agua. Una vieja, arrugada y negra como una gitana, me pasa las
manos por el rostro con sonrisa de bruja bondadosa.
El puente es una gran llama que esparce intenso hedor de madera vieja.
La muchedumbre se agita con vaivenes de audacia y de miedo. Estupendas
noticias la conmueven, haciéndola huir talud arriba en espantoso
desorden. ¡Que las locomotoras van á estallar!... ¡Que el tren contiene
dinamita!... Se esparcen con pánico de rebaño, pero transcurridos
algunos minutos, la curiosidad tira de ellos otra vez, y descienden la
cuesta para mezclarse con los empleados y trabajadores, dificultando las
operaciones de salvamento.
Ha transcurrido cerca de una hora. Por un camino se ve avanzar al galope
un escuadrón de caballería. Por otros se presentan compañías de
infantería y escuadras de polizontes. Llegan carruajes cerrados, con el
escudo de la Cruz Roja. Empiezan á descender camillas por la cuesta del
desmonte.
De los fúnebres acordeones de abajo salen grupos de hombres arrastrando
bultos inánimes. Uno... dos... tres... cuatro... cinco. ¡Cuándo acabará
esa extracción horripilante! Junto á mí pasan hombres y mujeres
sostenidos en brazos y con la cabeza entrapajada. Unos la dejan pender
sobre los hombros vecinos con mortal desmayo; otros gimen con palabras
extrañas que no puedo entender.
La caballería da una carga á la muchedumbre curiosa, para limpiar los
alrededores. Los infantes austríacos entran á la bayoneta, con furiosos
gritos de los oficiales y victorioso tremolar de sables.
Las mujeres se apelotonan en torno mío, como si mi calidad de víctima
las sirviese de amparo para permanecer en su sitio... ¿Por qué sigo
aquí? ¿De qué sirve mi presencia?
Me restriego el pecho, contusionado por el choque de la mesa y el peso
de mis vecinos. El costillaje me duele cada vez más, al desvanecerse el
primer aturdimiento de la emoción. Escupo sin cesar, pensando medroso en
el color púrpura... No; no hay nada roto.
Empleando el idioma universal de la mirada y la seña, coloco una de las
maletas en la cabeza de un muchacho, me defiendo galantemente de las
mujeres que quieren encargarse de la otra, y escoltado por estas amigas,
que hablan y hablan sin descorazonarse ante mi silencio, emprendo la
marcha, al través de campos recién labrados y movedizos, hacia un camino
por el que veo pasar un tranvía eléctrico.
¿Para qué permanecer aquí, donde á nadie conozco y nadie me entiende?
Voy á Budapest á tomar otra vez el tren, que me inspira un pánico
invencible.
Y así entro en la verdadera Europa, á pie, al través de los campos,
llevando mi hato al hombro, lo mismo que un invasor oriental de hace
siglos, atraído por los esplendores de Occidente.
FIN
Agosto-Noviembre 1907.
INDICE
Págs.
CAMINO DE ORIENTE
I.--La peregrinación cosmopolita. 9
II.--Aguas y música. 16
III.--Las mesas verdes. 23
IV.--La ciudad del refugio. 31
V.--El lago azul. 39
VI.--Los osos de Berna. 46
VII--El lago y el Concilio. 54
VIII.--La Atenas germánica. 64
IX.--El Festival Wágner. 72
X.--El _Mozarteum_. 80
XI.--Viena la elegante. 89
XII.--El subterráneo de los emperadores. 96
XIII.--¡Hermoso Danubio azul!. 105
XIV.--La ciudad de los magyares. 114
EN ORIENTE
XV.--Los Balkanes. 123
XVI.--Los turcos. 132
XVII.--Constantinopla. 142
XVIII.--El Gran Puente. 151
XIX.--Los que pasan por el Gran Puente. 160
XX.--El Gran Visir. 170
XXI--El palacio de la Estrella. 180
XXII.--El Sélamlik. 188
XXIII.--Los perros. 200
XXIV.--Los Derviches Danzantes 210
XXV.--El heredero de _Las mil y una noches_ 229
XXVI.--Santa Sofía 249
XXVII--El Papa griego 258
XXVIII.--Turcas y eunucos 275
XXIX.--Los derviches aulladores 296
XXX.--Libertad religiosa 304
XXXI.--Restos de Bizancio 319
XXXII.--La Noche de la Fuerza 334
XXXIII.--La entrada en Europa 346
* * * * *
Estas correcciones hizo el transcriptor del texto electronico:
cisnes negros de pico de escarleta=>cisnes negros de pico de escarlata
al que acuden todos los extranjeroe=>al que acuden todos los extranjeros
cabeza rodeaba de un nimbo=>cabeza rodeada de un nimbo
para que á á la salida le suelten medio franco=>para que á la salida le
suelten medio franco
pasando entre resplandores como una aparición fantásticas=>pasando entre
resplandores como una aparición fantástica
sus acupaciones en la catedral=>sus ocupaciones en la catedral
trina el ruiseñor, canta si mirlo=>trina el ruiseñor, canta el mirlo
clase de iufortunios=>clase de infortunios
todas lujosas, todas deshabitatas=>todas lujosas, todas deshabitadas
Podrá creerse superior ó los demás=>Podrá creerse superior á los demás
arrendatario de la tierra que cultima=>arrendatario de la tierra que
cultiva
poserlos el soberano=>poseerlos el soberano
todas las mesas las pedazos de pan olvidados=>todas las mesas los
pedazos de pan olvidados
Eran los patios de la Santa Mezquita, del temblo?>Eran los patios de la
Santa Mezquita, del templo
volvían los ojos hacia al hogar=>volvían los ojos hacia el hogar
para hacer creer en una suicidio=>para hacer creer en un suicidio
el mansjo de sus riquezas=>el manejo de sus riquezas
enclaustradas voluntamente=>enclaustradas voluntariamente
el gesto pontifical, recomendánme=>el gesto pontifical, recomendándome
institutrices ingleses y franceses=>institutrices ingleses y francesas
envuelto en su sotana uegra=>envuelto en su sotana negra
creencias de sus súdditos=>creencias de sus súditos
abrazar al suya=>abrazar la suya
láminas de bronce, qne ciertamente=>láminas de bronce, que ciertamente