precios.
En esta monstruosa deformación del hombre, ha habido sus modas. El arte
de formar el eunuco ha progresado, pero extremando su crueldad. El
refinamiento del turco en sus sospechas y sus celos, ha sido fatal para
estos infelices negros, lúgubres mamarrachos, enormes como colosos, de
rostro fiero, y con una vocecilla estridente y crispadora, semejante al
chasquido de una caña que se rompe.
Antes les bastaba para cumplir su oficio con verse libres de las
preciosas superfluidades cuya ausencia motiva, según dicen, la angélica
voz de los cantores del Papa.
Pero algo quedaba en ellos, después de la monda, que constituía un
motivo de perpetua alarma para los señores turcos. La mujer, ociosa y
triste en el encierro, discurre mil diabluras: la eterna presencia del
eunuco, único hombre compañero de clausura, la inspiraba según parece
los más refinados ardides. Y echando mano á lo que aun podían encontrar,
las malditas pasaban horas y horas recreándose en un entretenimiento sin
fin, tranquila la conciencia porque no aumentaban ilegítimamente la
prole del señor, pero faltando á la fidelidad descaradamente en el
sagrado del hogar.
Los turcos, escamados por estos abusos, extreman actualmente la humana
poda. Sobre los pobres negros, guardianes del honor, se abate una furia
semejante á la de los leñadores de bosques vírgenes, que nada perdonan,
echando abajo ramas y tronco. Su obscura piel es campo roturado y liso,
en la que no queda el más leve rastro de frutos humanos.
La espeluznante operación la realizan los crueles fabricantes en negros
de pocos años, allá en los arenales de Africa. Los cuerpos los hunden en
el suelo hasta la cintura, y así permanece el operado semanas y meses,
entre sus verdugos que le cuidan y le alimentan, hasta que la arena
cicatriza la cuchillada atroz ó se les va por ella la sangre y el alma.
El noventa y cinco por ciento de los eunucos muere tras la cruenta
amputación.
Por esto los que quedan son personajes poseídos de su importancia,
influyentes en la vida turca, caprichosos é irresistibles, lo mismo que
una tiple que se considera indispensable y precisa.
XXIX
Los derviches aulladores
En la orilla asiática de Constantinopla, entre el barrio puramente turco
de Scutari, en el que no vive ningún europeo, y el cementerio que lleva
el mismo nombre, vasta extensión bordeada de kioscos funerarios y
sombreada por plátanos seculares, está la mezquita del Roufat, donde
todos los jueves, á las dos de la tarde, celebran su ceremonia religiosa
los derviches aulladores.
Esta mezquita no es grande y luminosa como la de Eyoub, donde los
derviches danzantes voltean, como flores, sus pesadas faldas. La secta
de los aulladores es sombría y feroz, y parece guardar en sus extraños
ritos el alma fanática é implacable del antiguo turco, terror de Europa.
Una sala baja y casi obscura, con el techo sostenido por columnas de
madera, y desnuda de todo adorno arquitectónico, es el lugar de la
ceremonia. En las paredes, algunos cartelones, con versículos del Korán,
y unos negruzcos panderos. Sobre el tapiz que cubre el Mirab, una
panoplia de armas antiguas, turcas é indias: espadas onduladas,
cimitarras venerables, hachas de curva entrante y mazas erizadas de
clavos.
Sobre la piel de cordero tendida en este sitio de honor, se sienta, con
las piernas cruzadas, el _imán_, el gran sacerdote de los derviches
aulladores, que ostenta en su turbante blanco la arrollada faja verde de
los que se tienen por descendientes del Profeta.
Este _imán_ es un árabe que goza de gran popularidad, aparte de su poder
de hacer milagros, por ser el hombre más hermoso de Constantinopla. No
he visto tipo más perfecto de la belleza semita. De regular estatura,
parece, sin embargo, muy alto, por la gallardía de su cuerpo enjuto y
ágil, en el cual el esqueleto sólo está revestido de los tejidos
indispensables para la vida. Las facciones son de un moreno brillante,
entre rojizo y verdoso; el mismo tono de los bronces florentinos. La
nariz, aguileña y fina, avanza sobre una barba clara y rizosa, de un
negro azulado, y los ojos, enormes y misteriosos, tienen una veladura de
color de tabaco en sus córneas, que hace resaltar el fuego de las
luminosas pupilas. Es un jinete de los desiertos arábigos, un pirata del
mar de arena, un caballero andante de las soledades asiáticas,
majestuoso y melancólico, que se ha dedicado á sacerdote y vive en la
civilizada Constantinopla, rozándose con los europeos.
Las viajeras que ocupan las galerías de la mezquita contemplan con
admiración á este Apolo árabe; pero él permanece inmóvil en la piel de
cordero, envuelto en su sotana negra, por cuya abertura luce un rico
chaleco de seda, de rayas menudas y multicolores. No sé por qué
presiento que el jefe de los derviches aulladores, que forman la
cofradía más fanática de Constantinopla, es un hombre _enterado_, sin
ninguna fe en las ceremonias que preside. Tiene la expresión demasiado
inteligente para creer en tales cosas. Un día, hablando de él con
Constans, el embajador de Francia, éste rompió á reir, con la
irreverencia de un viejo republicano:
--Le conozco mucho. Un _blagueur_. Lo que ustedes llaman un guasón. Un
hombre inteligente que se amolda á las circunstancias.
Pero aunque este árabe majestuoso engañe á los suyos, no teniendo fe en
los mismos ritos que ejecuta, hay en sus actos una gran nobleza. Es un
buen turco, que cree necesario para la vida de su pueblo el
mantenimiento de las tradiciones, y las sigue con solemne gravedad, sin
creer en ellas.
Frente á él están los derviches, formados en fila, llevando sobre la
cabeza, como distintivo de la cofradía, un solideo de fieltro, semejante
á media corteza de coco. Unos son negros, medio desnudos, de lanuda
cabellera y ojos diabólicos; otros, blancos, que conservan el traje de
calle y parecen tenderos del inmediato barrio de Scutari.
Todos ellos repiten á coro una especie de letanía monótona, y balancean
su cabeza adelante y atrás, como si estuviera muerta sobre los hombros,
doblando al mismo tiempo el cuerpo por la cintura. Este vaivén continuo,
acompañado de un canturreo semejante al de los niños en la escuela,
acaba por dar una especie de vértigo. El sudor rueda por el cuerpo de
los negros, cubriéndolos de una capa húmeda y goteante. Los blancos
pierden por momentos su correcto exterior de burgueses. Los cuellos de
camisa se arrugan y ennegrecen como trapos; las corbatas se esparcen
deshechas; las cadenas de reloj saltan locas sobre el vientre, como si
fuesen á romperse.
«¡_La Ilah il Allah_!», cantan los derviches con un furor creciente,
extremando su loco vaivén de muñecos mecánicos, y el gran sacerdote los
contempla inmóvil, como un maestro que preside su escuela, y cuando el
movimiento parece debilitarse, hace una imperceptible señal á uno de sus
acólitos, encogido junto á él, y éste grita y palmotea para acelerar el
curso de la oración.
Formando una larga cadena, y apoyado cada uno en el hombro del vecino,
los derviches se mueven, como un péndulo humano, á un lado y á otro, con
monótona regularidad. Este balanceo, y la repetición monótona de su
plegaria, parece embriagarles. Unos tienen los ojos casi salidos de las
órbitas, con una expresión feroz. Otros los cierran, como si estuviesen
dormidos, moviéndose y cantando en pleno ensueño. Los derviches
empiezan á justificar su título de aulladores. La letanía se corta con
gritos estridentes, verdaderos ladridos, que espeluznan de horror á los
espectadores europeos. La movible cofradía semeja una aglomeración de
fieras amaestradas. Sus voces no tienen ya nada de humano. Hay momentos
en que parece que van á saltar las barandillas para morder á los
occidentales curiosos, agrupados detrás de ellas.
De pronto, un golpe ensordecedor sobre la madera del pavimento. Un
cuerpo que se desploma. El auditorio se estremece como ante la caída de
un cadáver. Es un negro grande y enjuto, cubierto de sagrados harapos,
que se revuelca en el suelo con los miembros torcidos, la boca espumosa
y los ojos en blanco por un estrabismo loco. Según cuentan, este negro,
que dentro de la mezquita parece un mendigo fanático, es capitán de
caballería en el ejército del sultán. De su pecho oscilante sale un
rugido, que es al mismo tiempo una queja de dulce agonía. ¡_Allah
hou_!... Y en la crispación de su rostro lustroso, en su mirada
completamente blanca, hay algo de éxtasis, como si contemplase á su Dios
asomando entre esplendores de oro sobre las tiendas celestiales, en
cuyas aberturas aguardan las huríes de redondas formas y húmedos ojos á
los guerreros fieles del Profeta.
Tras el negro cae otro derviche, y luego otro. Ruedan sobre el
entarimado los cuerpos, convulsos por la embriaguez hipnótica, lanzando
aullidos espeluznantes. Las viajeras occidentales huyen desfallecidas,
ocultando los ojos en el pañuelo, sintiendo que ellas también van á
desplomarse á impulsos del excitado histerismo de su sexo; y mientras
tanto, los derviches que aun se mantienen de pie se agitan cada vez con
mayor ímpetu y desfiguran sus voces hasta convertirlas en ladridos.
Cerca de una hora dura esta pesadilla feroz, esta escena que parece de
otro mundo.
Al fin, el gran sacerdote se mueve, hace un gesto y se rompe la fila de
los derviches. Los que aun se mantienen de pie salen de la sala con paso
vacilante, en pleno vértigo, para ir á secarse el sudor y tomar aliento
en una pieza vecina. Los que están inertes en el suelo, como si
durmiesen, son sacados á brazos.
Un ayudante del gran sacerdote entra en la mezquita llevando de la mano
larga fila de niños y niñas. Todos se arrodillan ante el _imán_,
esperando el momento de la curación. Vienen de los barrios más apartados
de Constantinopla, han pasado el Bósforo, para llegar á la mezquita de
los derviches aulladores. El gran sacerdote, descendiente del Profeta,
venido de la misteriosa Arabia, donde reside toda sabiduría, cura con el
soplo de su aliento y el contacto de sus pies. Unos á otros se
transmiten, con el alto sacerdocio, este divino poder. Esto lo saben
desde el sultán hasta el último _hamal_ de los muelles del Cuerno de
Oro.
Las criaturas se tienden boca abajo en el suelo de la mezquita. El
hermoso _imán_ se yergue despojándose de las babuchas, y apoyado en uno
de sus ayudantes camina lentamente sobre los riñones de las criaturas.
Poco debe pesar el enjuto y esbelto árabe, pero aun así parece imposible
que no revienten estos cuerpecillos, que forman un pavimento animado
bajo sus pies. ¡El noble y sereno gesto de resignación del hermoso
sacerdote! ¡Su triste gravedad al volver á repasar sobre los cuerpos de
los pequeños!...
Éstos se levantan, se sacuden, salen riendo y empujándose, como
criaturas acostumbradas á venir todas las semanas, y para las cuales el
viaje es una verdadera fiesta. No presentan ninguna enfermedad exterior.
Parecen sanos y robustos. Sus padres quieren curarlos de embrujamientos
é inapetencias, males de los que triunfa casi siempre el santo _imán_...
con ayuda del tiempo. Después se prosternan ante él, implorando la
huella de sus pies, hombres de todas clases; viejos cargadores, soldados
y marineros.
Cerca de mí está sentado un joven turco, elegantemente vestido á la
europea, con alto cuello, vistosa corbata y un gabán inglés á rayas. El
fez es lo único que delata su nacionalidad. Tiene cara de alegre
vividor, falto de escrúpulos; sus ojos son de fría insolencia; en su
rostro lleva marcas recientes de enfermedades irrevelables. ¡Cómo reirá
este turco ultramoderno de la credulidad de sus compatriotas!...
El _imán_, ocupado en marchar sobre los riñones de los fieles, lanza
rápidas miradas á unas celosías tras las cuales se adivina cierta
agitación, acompañada de sordo zumbido. Son las damas turcas que se
impacientan. El sacerdote debe subir para la curación de las enfermas en
una pieza aparte.
Acurrucado en la piel de cordero, se prepara á hacer su oración ante el
Mirab antes de partir, cuando llega el último enfermo. Es el joven turco
vestido á la inglesa, el elegante del gabán rayado, que se arrodilla
compungido, brillantes de fe los audaces ojos.
El _imán_ escucha con un gesto de inmensa misericordia la corta
confesión de sus pecados y enfermedades. Le abraza, le sopla varias
veces en los ojos y en la boca, sin perder su noble gravedad, y luego
pasa varias veces sobre él, manteniéndose derecho en sus riñones con la
calma de un filósofo, convencido de que la humanidad cobarde quiere ser
engañada en sus dolores, y que la mentira es buena cuando puede servir
de consuelo.
XXX
Libertad religiosa
En ninguna ciudad del mundo existe la libertad religiosa que en
Constantinopla.
Los que confunden á todos los mahometanos en un concepto común, y creen
que el fanático y cruel marroquí es semejante al turco, se extrañarán de
esta afirmación; y sin embargo, nada más cierto. En Constantinopla viven
todos los cultos con entera libertad y todos sus ministros gozan de
igual respeto. El patriarca griego, el patriarca armenio, el gran
rabino, el arzobispo armenio católico y el arzobispo católico romano,
todos son funcionarios del imperio, iguales en respeto al gran _imán_ y
retribuídos por el emperador con generosa largueza, según el número de
adeptos que cada religión cuenta en sus Estados.
Es más: el Comendador de los creyentes, el heredero del Profeta, que
muchísimos occidentales se imaginan como un mahometano feroz é
intolerante, tiene en su Consejo de Estado y entre los altos pachás que
le rodean hombres de todas las religiones para poder atender á los
diversos servicios sin lastimar las creencias de sus súditos.
Si ha de nombrar el gobernador del Líbano, elige siempre á un pachá
católico, por ser ésta la religión de los pobladores de dicha provincia;
si se trata de Samos ó cualquiera isla turca vecina al archipiélago,
designa á un pachá griego; y así hace en los demás _vilayetos_ de su
vasto imperio.
Los turcos no sienten la fiebre del proselitismo. Á sus imanes no se les
ocurre jamás catequizar á nadie. Es más: desprecian al _renegado_, y
miran con inquietud al hombre que cambia de religión, aunque sea para
abrazar la suya. Lo que ellos aman es el poder político, la dominación
conquistadora, y les basta con que los hombres se sometan á su autoridad
y sus leyes, sin importarles el secreto de su conciencia.
Siempre hablan con respeto de las religiones ajenas.
--Están equivocados--dice el viejo turco con superioridad bondadosa--.
No conocen la verdad; pero al fin creen en Dios, que es lo importante, y
le honran y glorifican á su manera, lo mismo que nosotros.
Los turcos sólo tienen un odio religioso, irracional y feroz: el odio al
persa, musulmán que es para ellos un conjunto de todas las herejías y
abominaciones: lo que el protestante para un católico rancio.
Los musulmanes de Persia, partidarios de la secta chiíta, que creen en
el Profeta, pero le dan distintos descendientes, inspiran un odio
irreductible al buen turco.
--¡Esos perros!--exclaman cuando ven un rostro de verde aceitunado,
cubierto con gorro de astracán--. Los _giaoures_ (los cristianos) no son
culpables de sus errores. Siguen la religión que les enseñaron sus
padres. ¡Pero esos persas, que conocieron la verdad y se apartaron de
ella!...
Un desprecio invencible separa al turco del persa. Los numerosos
súbditos del sha que viven en Constantinopla se ven rodeados de la
general animadversión. Las guerras con Persia han sido siempre
popularísimas en Turquía. Si no existiese la vigilancia de las grandes
potencias y el llamado «equilibrio de las naciones», hace tiempo que el
ejército del _Padichá_ habría entrado vencedor en los palacios de
Teherán.
Pero á pesar de este odio, que resulta implacable por lo mismo que se
desarrolla entre próximos parientes, el persa goza en Constantinopla de
una libertad absoluta. Cuando llega su cuaresma--cuaresma asiática,
sanguinaria y salvaje--, los fieles se reunen públicamente para
entregarse á crueles fiestas. Se azotan con látigos de hierro; se
atraviesan las carnes con puñales; se hieren, al compás de los himnos,
con agudos sables, hundiendo siempre las hojas entre los labios de la
misma herida; danzan haciendo ondular sus blancas túnicas manchadas de
sangre, aullan como poseídos, y el turco les contempla impasible, sin
intervenir jamás en su delirio, alabando á Alláh omnipotente, que
castiga á los enemigos con tales errores y locuras.
En los países que monopolizan el título de civilizados, en las naciones
de mayor tolerancia religiosa, Inglaterra y los Estados Unidos, por
ejemplo, los diversos cultos gozan de libertad, pero ven limitados sus
derechos cuando intentan salir á la vía pública.
En Constantinopla la libertad es más completa, pues ni siquiera existe
dicha limitación. La Gran Calle de Pera podría titularse la calle de las
religiones. En la misma acera, y casi tocándose, existen una mezquita de
derviches danzantes, la iglesia de San Antonio de los frailes franceses,
el pequeño convento de franciscanos españoles de Jerusalén, dos
sinagogas, un templo armenio, una capilla evangélica alemana y otra
inglesa. El paseante ve al través de las grandes rejas de un ventanal
túmulos venerables de viejo terciopelo, coronados de enormes turbantes y
alumbrados por tenues lámparas; más allá un patio con claustros y una
cruz en medio, á la sombra de árboles seculares: y al mismo tiempo que
suena la campana del templo católico, se escapa por ciertas ventanas el
coral luterano, lento y solemne, de los que cantan la gloria de Jesús
libre de las corrupciones de Roma, y llega hasta la calle el ruido
monótono de flautas y tamboriles que acompaña el baile de los derviches.
El turco, tolerante con todas las creencias, se detiene á la puerta de
los templos, y por poco que insista el celo catequizador del sacristán ó
el empleado que está á la entrada, penetra en ellos con una gravedad
respetuosa. No se quita el fez, porque esto sería en él señal de
menosprecio, y cubierto, asiste á las ceremonias de un culto que no es
el suyo, con una rigidez respetuosa, sin parpadear, sin darse cuenta de
la curiosidad que despierta entre los fieles.
Hay que oir hablar á un turco de sus visitas á los templos extraños,
para darse cuenta de la gravedad con que trata la fe ajena. Allí no está
Mohamed, el amado Profeta, pero hay algo de Alláh, poderoso señor cuyo
poder reverencian los infieles, aunque indirectamente.
No hay miedo de que el contacto con las otras religiones perturbe la
conciencia del turco, convirtiéndole. Si él no se preocupa de catequizar
á los infieles, considerándolo tarea inútil, es porque los juzga con
arreglo á su fe, inconmovible y á prueba de seducciones. Si á un turco
llegan á convencerle de lo irracional de sus creencias, vivirá en
completo escepticismo, será ateo, pero jamás se le ocurrirá reemplazar
con una nueva religión las doctrinas muertas. La apostasía tiene para él
una importancia más que religiosa: es renegar de la raza, de los padres
y del nacimiento; una descalificación por toda la vida; una abyección
incompatible con el honor.
Jamás mezcla el turco la religión del enemigo en los odios que le
impulsan contra éste. Le combate y le extermina porque cree que desea
apoderarse de su territorio, porque amenaza con quitarle el pan, porque
es valeroso y arrogante como él y no pueden subsistir juntos; pero nunca
porque adore á un Dios distinto del suyo. Tiene en poco aprecio al
judío, porque es rapaz y de mala fe en sus tratos, á pesar de lo cual
los hijos de Israel gozan aquí de una ciudadanía que les negaron en el
resto del mundo. Ha degollado recientemente al armenio en las calles de
Constantinopla, porque éste, más malicioso y activo, le arrebataba la
hacienda y además soñaba con trastornar la sedentaria vida turca
arrojando bombas de dinamita en mezquitas y calles. Le exterminó por
rivalidad económica y por librarse de las angustias del terrorismo; no
porque fuese cristiano. Mira con desconfianza al griego porque la
religión cismática es la del ruso, eterno peligro de su patria, y porque
tras sus melosas cortesías oculta el deseo de una sublevación general en
los países de la antigua Grecia. Pero á pesar de todos estos odios, más
ó menos justificados, jamás el populacho de Constantinopla, en sus
terribles motines, ha penetrado en las sinagogas ni en los templos
griegos y armenios. Mata al enemigo en las calles y se detiene
respetuoso ante los umbrales de las iglesias, convencido de que allí,
como en todos los lugares donde se reverencie á Dios, vive Alláh con
distinto nombre.
Su fe religiosa, sincera, profunda, inconmovible, únicamente se permite
cierta ironía despectiva ante la fe de los judíos y cristianos. Su
pensamiento, un tanto primitivo, discurre en salvaje línea recta, sin
desorientarse entre esas concesiones que enmarañan y retuercen nuestros
razonamientos de civilizados.
Ellos tienen sus lugares santos en la Meca y Medina, y las dos ciudades
venerables son suyas. Jamás un lugar donde puso sus pies el Profeta
caerá en poder de los _giaoures_: antes morirán todos los creyentes.
Europa se burla de la pobre Turquía, la explota, la escarnece, pero
Turquía guarda su herencia de Dios. En cambio los pueblos civilizados
hablan á todas horas de Cristo. Sus religiones, sus costumbres, sus
leyes, todo está moldeado en el nombre y conforme al espíritu de un
judío que hace muchos siglos vivió en Jerusalén... ¡Y Jerusalén, Belén y
todos los lugares por donde paseó el hombre-dios, señor ahora de los
pueblos más poderosos del planeta, siguen en poder del Comendador de los
creyentes, del soberano de Constantinopla! ¿Para qué los grandes barcos
que escupen fuego y muerte, los enormes ejércitos, las máquinas de
mágico poder, las inmensas riquezas de los banqueros judíos, si la tumba
del Dios de los unos y la ciudad santa de los otros continúa bajo el
dominio del sucesor del Profeta?... El buen turco, pensando esto,
sonríe, y cree firmemente en la grandeza de su religión y de su raza, ya
que conserva en cautividad de siglos la cuna religiosa de los pueblos
más fuertes de la tierra.
Su tolerancia, producto del carácter más que de la imposición de las
leyes, es una manifestación de la bondad orgullosa con que el turco
protege siempre al que considera débil. Nada le importa que las
religiones extrañas se establezcan junto á las mezquitas y que salgan en
sus ritos á las calles de Constantinopla. Las considera con la benévola
sonrisa del guerrero que durante su descanso contempla un juego de
niños; y las religiones se aprovechan de esta benevolencia, gozando de
una libertad que no tienen en ninguna parte.
Desde la ventana de un hotel del barrio de Pera, he asistido al desfile
de todas las religiones de Europa. Suenan graves cantos litúrgicos,
acompañados de una calma repentina en los ruídos de la calle. Me asomo.
Los carruajes de alquiler se han detenido junto á la acera: los turcos á
caballo tiran de las riendas á sus cabalgaduras y se alínean á lo largo
de la calle: los _hamal_, encorvados bajo sus cargas, y los simples
transeuntes se agolpan junto á las paredes, formando dos masas de gorros
rojos. Es un entierro. Al frente avanza la cruz, entre candelabros
sostenidos por monaguillos, lo mismo que en los pueblos católicos.
Detrás vienen en dos filas barbudos frailes, cantando el oficio de
difuntos. Luego se agolpan, con grandes blandones encendidos ó
disputándose el honor de llevar en hombros el féretro, un sinnúmero de
súbditos otomanos, todos con el fez en la cabeza. Unos son católicos,
otros no lo son, pero todos acompañan con fraternal piedad al amigo
muerto, y se unen á los sacerdotes y los símbolos de la que fué su
religión. Al pasar la cruz, los turcos parecen saludarla con sus ojos
graves. Algunos se llevan una mano á la frente, acogiéndola con el
solemne saludo oriental.