Viviendo aquí, se convence el europeo de la frescura con que han mentido

los novelistas y los poetas al describir amores entre turcas y

cristianos. En otros tiempos, tal vez pudo ser esto. Durante el reinado

de Abdul-Aziz, loco generoso, Nerón oriental, que condecoraba á sus

gallos de pelea con las mismas bandas usadas por los generales, y se

divertía arrojando al populacho espuertas de monedas de oro, tal vez

podrían desarrollarse estos amores internacionales. Abdul-Aziz,

apasionado romántico de la emperatriz Eugenia, debió ser tolerante con

las pasiones de sus súbditas.

El actual emperador Abdul-Hamid, austero creyente que se encierra en la

tradición y el aislamiento de raza para defenderse de la codicia

europea, muestra empeño en evitar que la mujer musulmana tenga contacto

alguno con el cristiano, y vela sobre ella con una minuciosidad de

déspota curioso y activo, que lo mismo ansía conocer el pensamiento del

emperador de Alemania que las intrigas del harem del último de sus

pachás.

Las damas turcas marchan encubiertas por las calles de Pera,

contemplando al través del velo á los europeos, que las siguen con ojos

ávidos. Aburridas por la soledad del harem y la indiferencia de un señor

en el cual el exceso de cantidad embota y debilita todo afecto, ¡cuántas

veces su pequeño cerebro de niña, apenas educada, experimenta la

embriaguez del deseo, viendo en este barrio cristiano la gran abundancia

de hombres, venidos solos del otro extremo de Europa, y á los que un

celibato forzoso da audacias y ademanes de lobo carnívoro!...

Viven libres, sin ver al esposo más que de tarde en tarde; pueden entrar

y salir de su casa sin otra vigilancia que la del eunuco, fácil de

sobornar; disponen de su tiempo mejor que una europea, y sin embargo, la

intriga amorosa es dificilísima para ellas, por no decir imposible.

Que levanten un poco el velo sobre su rostro para dejarlo visible al

hombre que pasa, y al momento, un otomano, que parece distraído en medio

de la acera tomando el aire, seguirá sus pasos cautelosamente, para

saber en qué termina la inusitada audacia. Que se permita un gesto, una

mirada significativa ó volver la cabeza, y el polizonte avisará en el

mismo día al marido ó al padre.

La policía y la fuerza tradicional de las costumbres velan sobre la

mujer turca, la rodean á todas horas, dejándola en completa libertad

para todo... para todo, menos para lo que ella desearía.

Una tercera parte del presupuesto del imperio se consume en servicio

policíaco. Un importante personaje de la corte es el jefe de los espías,

y á su vez hay espías de los espías... y así hasta lo infinito. Todas

las clases de Turquía figuran en el inmenso cuerpo de la delación. Los

policías se reclutan lo mismo entre los mozos de cordel de los muelles

que entre los grandes personajes. Algunos cobran un sueldo mucho mayor

que el de un ministro de Europa. Lo que cuesta al sultán este servicio,

representa más que lo invertido por algunos Estados en ejército, marina,

administración y obras públicas. Muchos de los señoritos turcos que

pasean en caique, llenan los cafés y teatros de Pera y son clientes de

los sastres europeos, luciendo empinados bigotes á lo kaiser, bajo el

erguido fez, no tienen otro medio de existencia que lo que cobran por

repetir al ministro de Policía cuanto ven y cuanto oyen.

Además, para las mujeres, todo turco es un agente que vigila por las

buenas costumbres. El europeo no puede mirar mucho tiempo, y con marcada

atención, á las mujeres que pasan. Imposible seguir sus pasos, como

ocurre en las ciudades europeas. Si es en el barrio puramente turco de

Stambul, corre peligro de recibir como aviso una pedrada ó un palo. Si

es en las demarcaciones europeas de Pera y Galata, cualquier respetable

_effendi_ que pasa junto á él le preguntará cortésmente si es forastero,

ya que le ve faltar tan abiertamente á las costumbres del país.

La mujer, sitiada por la vigilancia del policía y el fanatismo nacional

de todo compatriota, obligada á no hablar con otro hombre que el que

tiene en su casa, se venga de este aislamiento con un orgullo rencoroso,

que la hace antipática las más de las veces. En las aceras empuja al

hombre con soberano desprecio para que le ceda el paso. Cuando van en

carruaje se ríen del transeúnte europeo con una insolencia de colegialas

en libertad.

La mujer pobre ó de la clase media sigue fiel al dominó de pesado

damasco y á la cortinilla de gruesa seda que le sirve de antifaz. Así se

la ve pasar, como máscara misteriosa, llevando en una mano la sombrilla

cerrada ó tirando de un turquito cabezudo, y sosteniendo con otra la

crujiente faldamenta, que deja ver las pantorrillas enormes, hinchadas,

elefantíacas, por ir encerrados, dentro de las medias, los extremos de

los calzones interiores.

Pero las grandes damas, las elegantes esposas de los pachás y los turcos

ricos, las moradoras de los haremes lujosos, hace tiempo que, valiéndose

de la moda, han acabado con los trajes tradicionales, que recluían á la

mujer en obscuro incógnito. Bajo el gabán oriental, semejante á una

_salida de teatro_, llevan trajes de París recargados de adornos y en

extremo vistosos. Se cubren el pelo y parte del rostro siguiendo las

exigencias de la costumbre religiosa, pero lo hacen con el _yachmaks_,

velo tenue y transparente como una nubecilla, suspiro de seda casi

impalpable, que sirve para dulcificar su rostro, pintado de rosa y

adornado con lunares artificiales, para dar mayor realce á sus ojos,

agrandados por una aureola negra de _kool_. Ocupando grandes carrozas

con ruedas doradas, y bajo la escolta de eunucos negros, á los que la

perturbación del sexo hace luchar con las señoras en chismes, odios é

histéricas rabietas, van á las tiendas ó visitan á las amigas de otro

harem, situado á tres ó cuatro horas de distancia, al final del Bósforo.

Algunas veces un harem se traslada á la orilla de Asia para ver á las

compañeras de un gran señor amigo del suyo. La visita dura tres ó cuatro

días, y esposas y odaliscas, libres de velos y escrúpulos, en el

misterio de las habitaciones privadas, hacen en común sus comiditas de

muñecas, abundantes en dulce, duermen juntas, tocan y cantan, y sobre

todo, hablan... hablan mucho, con una verbosidad de prisioneras ó de

monjas, repitiendo los chismes del silencioso Stambul, donde las casas

parecen cárceles, con sus puertas siempre cerradas y sus ventanas de

celosía, tras las cuales espía á todas horas la curiosidad maligna, la

sospecha calumniosa, como en una muerta ciudad de provincias.

Estas damas, mujeres opulentas á los diez y seis años, saben pintarse

las mejillas de carmín, los ojos de negro y las uñas de rojo, y en esto

invierten la mayor parte del día. Además, las mejor educadas saben

fabricar agua de rosas, dulces de varias clases y á veces hasta bordan

gruesas flores de oro sobre telas de seda.

Hablar, con una charla interminable de pájaro loco, embriagándose en sus

propias palabras, hablar bien de ellas y mal de sus amigas, es su mayor

placer. Se comprende que el buen turco, temiendo pasar el resto de su

vida frente á frente con una sola de estas hermosas muñecas, vacía de

cráneo y expedita de lengua, multiplique su número para encontrar

alivio. Pero esta variedad, cuando todo el harem ha perdido el encanto

de lo nuevo, sólo sirve para aumentar el tormento.

Los turcos modernos, que han viajado por Europa amoldándose á nuestras

costumbres, sólo tienen una mujer y sonríen cuando les hablan del harem.

Están enterados de lo que es la poligamia y compadecen á los turcos á

estilo antiguo, á los tradicionalistas, que por seguir la costumbre

tienen varias esposas.

Sólo un pachá del viejo régimen poseedor de una paciencia inagotable ó

aficionado á murmuraciones y futilidades como una mujer, puede soportar

durante toda su vida el contacto con el rebaño femenino del harem.

Es un error generalizado en Europa creer que la mujer turca, porque se

compra las más de las veces, es una esclava, un objeto, un ser sin

derechos y sin libertad, fuera de las leyes. La religión del Profeta

nunca habló con desprecio de la mujer, ni vió en ella un ser impuro, un

aborto del demonio, como los Padres de la Iglesia cristiana. El hombre

tiene sin disputa un alma superior, porque es el guerrero y pesan sobre

él los más rudos deberes de la vida, pero la mujer es igual á él en toda

clase de derechos. La ley musulmana sólo es implacable y feroz en caso

de infidelidad conyugal. Conoce la escasa solidez de estos seres

adorables y sin seso, y presiente que si abriese la mano y no se

impusiera por el terror, ningún musulmán podría llevar su turbante sobre

la frente con entera comodidad.

En los antiguos haremes de Turquía figuraban sobre la puerta dos versos,

que poco más ó menos dicen así:

Nada iguala

la astucia de la dama.

El encierro (que no es tal encierro, pues la turca sale á todas horas, y

ellas y los eunucos se entienden con la fraternal solidaridad del

interés común) y la prohibición de hablar con los hombres, son las dos

únicas tiranías que pesan sobre las mujeres de alta clase. Pero junto á

esto, ¡qué insoportables derechos, exagerados por la susceptibilidad

femenil, gravitan sobre el infeliz otomano, que entusiasta de las

glorias de la vieja Turquía, se empeña en mantener un harem, como alarde

de patriotismo!...

Si hace un regalo á una de sus esposas, por costoso que éste sea, las

otras tienen derecho á otro igual, y pueden llevarlo á los tribunales

para exigírselo. Si una riñe con sus compañeras y declara que le es

imposible seguir viviendo en el harem, la ley turca obliga al marido á

que le construya una casa aparte; igual, absolutamente igual, hasta que

satisfaga los gustos de la esposa. Y se han visto pleitos que han durado

años y años, sin darse nunca por contenta la reclamante al visitar la

nueva vivienda, exigiendo unas veces que tuviese igual número de

ventanas que la antigua, pretextando otras que las lámparas eran menores

en número, que los muebles no estaban tapizados con la misma seda, que

las alfombras no eran antiguas, y así hasta lo infinito de una histeria

caprichosa, agravada por la rivalidad femenina.

Y á más de esto, el amontonamiento de hijos que se forma en pocos años

en un harem rico, donde las esposas y odaliscas son un par de docenas y

el Señor, poderoso personaje falto de ocupaciones, se queda en casa los

fríos días de invierno, y únicamente sale los viernes para ver al sultán

en el Sélamlik.

Yo he conocido á un viejo pachá, entusiasta de las tradiciones, que

tiene trescientos cuarenta y dos hijos. Es un hombre virtuoso, dado á

los estudios teológicos, poco amigo de pecados carnales, y que desprecia

á los europeos, como seres inferiores que á todas horas tienen el

pensamiento puesto en la mujer. Á pesar de la extensa prole, yo no creo

en su concupiscencia. En la vida del harem no hay golpe perdido, y

aunque los olvidos de la virtud sean poco frecuentes, todos tienen

consecuencias por la variedad y el número de la colaboración, llegando

el respetable padre á no conocer á sus hijos ni saber sus nombres, á

pesar de que viven bajo el mismo techo.

La poligamia es un lujo de personajes, y pocas fortunas la soportan.

Los hijos son más costosos aún que las mujeres, pues hay que darles

colocación. Cada sultán se basta él solo para fabricar la mayor parte de

los gobernadores, generales y altos funcionarios de su imperio, y las

demás plazas las proveen, con su fuerza reproductora, los personajes que

viven junto á él.

El harem imperial y el de los grandes pachás son incubadoras de altos

empleados que no dejan lugares libres á los turcos de más bajo origen.

Por algo se transmite el imperio de Turquía de hermano á hermano y no de

padre á hijo, como en las monarquías europeas. Si la sucesión imperial

fuese por este último sistema, Turquía viviría en eterna guerra civil,

siendo centenares los pretendientes al trono que se combatirían, con una

saña de hermanos, cada uno de distinta madre.

Los turcos modernos y jóvenes ríen y ríen del viejo harem. ¡La

poligamia! ¡Tonta inutilidad del pasado!... Ellos viven con sólo una

turca, ó con ninguna, admirando los grandes adelantos de la civilización

europea, la más perfecta de todas para la satisfacción de las

necesidades humanas, y cuando sienten el deseo de la variedad, pasan los

puentes y suben á Pera, y allí encuentran en las calles un harem suelto

y por horas, de rumanas, italianas, austriacas y judías.

* * * * *

La afición de ciertos personajes á los progresos modernos, ha creado una

clase de turcas más infelices y dignas de compasión que la antigua dama

otomana, devota y contenta de su vida, satisfecha de sus visitas y sus

lujosos trajes, sin otro ideal que una joya nueva ó una banda con placa

de brillantes, regalo del sultán, sin otros horizontes que las montañas

de la ribera asiática, ni otros deberes que incubar nuevos turcos.

Los grandes pachás que envían sus hijos á correr Europa, han traído

institutrices ingleses y francesas para sus hijas. Muchas de las tapadas

que pasan en carruaje, delatando bajo sus orientales velos la frescura

esbelta de los pocos años, la delgadez de una mujer en formación,

desprecian las confituras, odian como perfume vulgar el aceite de rosas

y consideran el bordado como obra de esclavas, sonriendo ante las obras

de juventud que les enseñan con orgullo sus obesas madres. Tienen en una

pieza del harem donde nacieron un piano de cola, en el que tocan los

valses melancólicos de Chopín ó el último _couplet_ de moda en París, y

cerca del sonoro Erard una biblioteca llena de novelas inglesas y

francesas. Algunas hasta han roto con la preocupación religiosa de la

raza, que prohibe la reproducción de las formas vivas, y pintan

acuarelas con palomos, flores ó barquitos.

Conozco á una francesa vieja, que vive hace muchos años en

Constantinopla de dar lecciones de su idioma y entra diariamente en

ricos haremes. ¡Las confidencias de estas pobres jóvenes, que han de

vivir como las mujeres del tiempo de Mohamed II, y por la imprudencia de

sus padres llevan bajo las vestiduras orientales la misma alma que una

muchacha de París ó Londres!...

--Sabemos francés, sabemos inglés--dicen á la vieja confidente--.

Tocamos el piano, cantamos, pintamos. ¿Para qué todo esto?... La mujer

aprende para lucir sus conocimientos, para hacer vida de sociedad...

para hablar con los hombres.

Y la pobre turca de moderno estilo sólo podrá hablar con uno, el que les

designe su padre como esposo. Un día la adornarán de piedras preciosas y

se casará con un joven turco, al que sólo habrá visto de lejos, al

través de una celosía, y con el que cruzará la palabra por vez primera

en el momento de ser su esposa. La llevarán á una casa nueva, en la que

vivirá como única señora si su marido no ama las costumbres antiguas, ó

en la que se confundirá con otras, iguales á ella en derechos, distintas

á ella en alma, como si fuesen de otro planeta. Su madre se extrañará de

sus lágrimas y melancolías. Así vivió ella, así vivieron sus abuelas y

todas las honradas damas temerosas de Dios. Pero la madre era feliz,

abroquelada en su santa ignorancia: no la habían hecho morder el fruto

embriagador de la cultura occidental... Y la infeliz reclusa de las

tradiciones de su pueblo, asustada ante el porvenir, y mientras llega

el momento del matrimonio, se consuela con la lectura, y devora las

novelas francesas que llenan los escaparates de las librerías de la gran

calle de Pera.

Sus autores favoritos son los mismos de las damas europeas; novelistas

elegantes y discretos que creen en Dios y sólo describen personajes con

buenas rentas, faltos de ocupación y dedicados al amor. La pobre turca

admira á la duquesa rubia y _espiritual_, que en cada capítulo luce un

traje nuevo de Paquin ó de Doucet; se crispa con los dulces diálogos

entre ella y el conde ó el artista de moda; se conmueve ante las «crisis

de alma» que obligan á la noble señora á cambiar de amante todos los

años; la sigue palpitante de emoción cuando á la caída de la tarde va

cautelosa al estudio ó á la _garçonniére_ de su nuevo ídolo, cubierta

con espeso velo (lo que llaman los grandes modistos _velo de

adulterio_); desfallece con la descripción de los sabios besos, en el

saloncito caldeado discretamente por la chimenea, sobre cuyo mármol hay

rosas, muchas rosas, como es de ritual en toda cita novelesca de

personas que se respetan... y la pobre turquita acaba por abandonar el

libro sobre sus rodillas, y queda con sus ojos de gacela pensativos y

lacrimosos.

Esa es, indudablemente, la vida de las europeas: no puede ser otra, pues

todos los libros dicen lo mismo. Ella sabe inglés y francés; ella toca

en el piano cosas sentimentales; ella hablaría tan bien como la duquesa

y la sentaría igual ó tal vez mejor el misterioso velo de la caída de la

tarde. ¡Y tiene que acabar su vida en un harem, murmurando con las

esclavas zafias y el eunuco negro, de risa infantil! ¡Y todos sus viajes

serán al Bósforo asiático, ó cuando más á Brussa, en el mar de Mármara!

¡Y el conde de sus ensueños, el artista de complicadas pasiones, será un

señor con el fez eternamente calado, que vivirá en una mitad de la misma

casa ocupada por ella, que entrará y saldrá por distinta puerta, que

tendrá diferente servidumbre, como si fuese un huésped, y sólo una ó dos

veces por semana vendrá á tomar con ella varias tazas minúsculas de

café, y fumará cigarrillo tras cigarrillo, pensando en el último gesto

del Gran Señor y en las intrigas del Yildiz Kiosk!...

La virgen musulmana siente que un impulso de rebeldía rompe la costra de

su mansedumbre oriental, y tiende sus brazos con un crispamiento de

inmensa angustia, como si llamase en su auxilio el misterioso poder que

convierte en paraíso la tierra maldita del Profeta, donde viven los

_giaoures_.

--¡Oh Europa!... ¡París! ¡París!

Algunas, más audaces ó afortunadas, llegan á consumar la rebeldía. Las

hay que han conseguido librarse por procedimientos novelescos de esta

tierra, donde para entrar y salir se necesita pasaporte. Viven en el

Paraíso soñado, en París, y repiten á la inversa la afición poligámica

de sus ascendientes. En Constantinopla nadie quiere hablar de esto, como

no sea para negarlo. El Gran Señor sufre enormes disgustos con estas

fugas.

Hace poco tiempo, en un mitin feminista de Suiza, al que asistieron

mujeres de todas las naciones, subió á la tribuna una joven de ojos

orientales, que hablaba con facilidad varios idiomas, y se expresó con

reconcentrado odio contra la tiranía masculina.

Era una parienta del sultán fugada del harem imperial.

* * * * *

En Turquía todavía existe la venta de esclavas.

Yo quise cándidamente ver un mercado. No existe mercado. Desde que

Inglaterra y otras potencias intervinieron en la vida interna de

Turquía, se acabó la trata de esclavas. Los antiguos caravanserrallos,

enormes posadas de vastos claustros donde hace cincuenta años se

exhibían libres de velos los lotes de carne juvenil llegados de la

Circasia, sólo están ocupados hoy por mercaderes de Trebisonda y Bagdad,

que fuman su _narghilé_ exhibiendo pacientemente los rollos de tapices y

los cofrecitos repletos de piedras preciosas.

Las esclavas se guardan y se venden en las casas de los particulares.

Todo turco á la antigua tiene una irresistible tendencia á la mercadería

de carne femenil. Es una afición atávica heredada de sus ascendientes,

invasores de reinos y bandidos del mar. Cuando un personaje de Stambul

tiene un crédito por cobrar en las provincias de Asia, las más de las

veces le paga éste con una pareja de niñas flacas, mal comidas, pero de

espléndidos ojos, que á su vez ha adquirido de los padres, míseros

montañeses de la Georgia.

Las pequeñas sirven de criadas de lujo en la casa de Stambul, hasta que

la pubertad empieza á hinchar sus formas y el señor propone la mercancía

á sus conocidos, verificándose la venta amigablemente, sin intervención

alguna de los representantes de la ley.

Cuando se visita la morada de un turco á la antigua, salen á vuestro

paso, en el departamento de los hombres, pequeñas niñas sin velo, con

anchos calzones y la trenza colgando sobre la espalda, que os toman el

sombrero y el bastón, dándoos la bienvenida como si fuesen hijas del

dueño. Son las esclavas que esperan su hora para ser vendidas ó que

acaban por pasar al harem del señor convertidas en esposas.

Las agentes de carne conocen las casas donde existen géneros, y todos

los días hacen sus negocios. No sólo venden para los ciudadanos ricos de

Constantinopla y de todos los _vilayetos_ de Turquía, sino que mantienen

negocios continuos con clientes de Egipto, Túnez y Marruecos. La

circasiana y la georgiana siguen siendo, como en otros tiempos, el

adorno elegante de todo harem respetable, y el género, impulsado por una

continua demanda, parece multiplicarse con arreglo á las exigencias.

Ningún miedo acerca del porvenir, ningún terror futuro se transparenta

en la límpida mirada de estas hermosas bestiezuelas, delgados capullos

que esperan para esparcirse la tibia y cerrada atmósfera del harem. Son

esclavas porque han costado dinero á los dueños, pero su suerte es igual

á la de todas las mujeres turcas que nacieron libres. Siempre las compra

algún otomano viejo, para unirlas al batallón de sus antiguas esposas ó

para darlas á un hijo tan joven como ellas. Por poca influencia que

ejerzan sobre el dueño, éste las convierte en mujeres legítimas, deseoso

de establecer cierta igualdad entre sus hembras, medio seguro para

conseguir en la casa una paz relativa. Muchas sultanas comenzaron siendo

esclavas.

Los precios de estos animalillos de lujo, que viven alegres con una

inconsciencia infantil hasta los días de la vejez fumando rubios

cigarrillos en un diván, tragando confituras y haciendo danzar las

babuchas amarillas sobre los pulgares de sus pies sonrosados, varían

según los méritos del género.

Una muchacha defectuosa y de miembros secos puede adquirirse por

quinientas pesetas. Las de buena dentadura, largo pelo, ojos grandes, y

que prometen ensancharse de formas, hasta llegar á una gordura blanca,

firme y sedosa, valen dos mil ó dos mil quinientas.

Un caballo turco, de escasa alzada, largas crines, cabezón y con

inquietos remos, cuesta mucho más.

* * * * *

Los eunucos son más caros.

En realidad no sirven para nada. Son seres de lujo, signos de poder y de

riqueza para el amo. Equivalen á los lacayos que se exhiben majestuosos

en los pescantes de los coches de Europa. Estorban al cochero las más de

las veces, se pasean sin que los dueños necesiten casi nunca de sus

servicios, molestan con su presencia estirada y solemne, pero ninguna

persona rica puede pasarse sin ellos.

En otros tiempos, el turco celoso confiaba en la vigilancia de su

eunuco, feroz guardador de las mujeres. Hoy es escéptico, sabe que estos

hombres-hembras, por un irresistible impulso de su naturaleza neutra,

aunque riñan con la mujer por celos femeniles acaban entendiéndose con

ella y prestándose á toda clase de tercerías. Sin embargo, el eunuco

negro sigue en favor, como una manifestación de poder y de riqueza. Es

algo así como el blasón de armas de la casa, y los señores rivalizan en

tenerlos agasajados y bien vestidos. Un harem no puede salir á la calle

si no marcha escoltado por un par de eunucos de señorial aspecto.

Cuando las mujeres van en carroza, los negros trotan junto á las

portezuelas, jinetes en los mejores caballos del amo. Si de noche sale

el rebaño femenil á hacer visita á otro harem, ellos marchan á la

cabeza, por las solitarias calles de Stambul, garrote en mano y con

grandes farolones que trazan en el camino una danza de pálidos

resplandores y gesticulantes sombras.

El eunuco es el administrador que corre con los gastos de la casa; el

intermediario obligado entre las esposas y el marido. El da el dinero

para las compras, regatea con las mujeres, se muestra quisquilloso,

avaro y gruñón, como no lo es nunca el turco. El esclavo chilla á las

señoras, las empuja, es un gallo sin cresta que picotea continuamente á

las habitantes del gallinero, y éstas, que temen sus delaciones y su

malhumor, lo acarician como un niño grande, y acaban por reirse de él.

Sólo el sultán y los grandes personajes de la corte tienen un numeroso

cortejo de eunucos. Los turcos de cierta posición se contentan con dos ó

con uno solo.

Un eunuco cuesta casi una fortuna, pues escasean mucho.

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