accidentes que los que sufren los monumentos gigantescos, eternos
enfermos necesitados de cuidados y reparaciones. Toda la vida del
imperio de Bizancio se reconcentró en ella. Bajo sus bóvedas se
consagraron aquellos emperadores que se asesinaban unos á otros, se
sacaban los ojos, ó degollaban en masa á sus súbditos, por si el Hijo
era igual al Padre, y otras sutilezas teológicas, que tomaron el
carácter de verdaderos programas políticos.
El día que los turcos sitiadores acabaron por penetrar en
Constantinopla, una muchedumbre de sacerdotes, mujeres y combatientes
fugitivos se amontonó en la santa basílica, que tenía ya cerca de mil
años de antigüedad. El caudillo victorioso entró á caballo hasta el
altar mayor, y gritó agitando su cimitarra: «No hay más Dios que Dios, y
Mohamed es su Profeta.»
¡Se acabó la Santa Sapiencia! Las cruces rodaron por el suelo, los
sables se enrojecieron hundiéndose en la muchedumbre cristiana, y el
saqueo y la matanza dentro de la basílica duraron tres días.
En el momento de la entrada de los turcos, un sacerdote celebraba la
misa, y huyó del altar con el sagrado cáliz, desapareciendo por una
puertecilla practicada en una de las galerías. Inmediatamente la puerta
se cerró milagrosamente, con una pared de piedra que nadie pudo
distinguir del resto del muro. El día que Santa Sofía sea devuelta al
culto cristiano y los turcos huyan expulsados de Constantinopla, volverá
á abrirse la puerta y el mismo sacerdote acabará su misa interrumpida.
Esto lo sé por mi guía Stellio, un honrado griego, verídico y creyente,
que me acompaña á todas partes, discurriendo el medio más rápido y
seguro para extraer el dinero de mis bolsillos.
Los historiadores de Santa Sofía dicen que esto es una leyenda; pero
Stellio se ríe de su ignorancia.
Todas las viejas del barrio del Fanar, residencia de las antiguas
familias griegas, piden á Dios que no las llame á su seno sin haber
visto antes á ese pobre sacerdote, que aguarda entre paredes, durante
cuatro siglos y medio, el momento de terminar su misa.
XXVII
El Papa griego
El barrio del Fanar es Bizancio que se sobrevive. Los griegos, antiguos
señores de la gran ciudad, se refugiaron en este barrio después de la
conquista turca, y allí continúan, en viejos palacios adosados á
murallas medio derruídas del tiempo de los Paleólogos.
Los guerreros bizantinos se hicieron comerciantes después de la derrota,
ó mejor dicho, continuaron siéndolo, pues en tiempo de su imperio
siempre fueron mercaderes, dejando la defensa de su país confiada á
bravos mercenarios comprados en Asia ó en Bulgaria.
La fama de los comerciantes _fanariotas_ ha sido universal. Durante
siglos, el oro de todo el mundo se amontonó en este barrio del Fanar.
Los turcos belicosos, ocupados en hacer la guerra á la cristiandad,
dejaron á los griegos, vencidos y astutos, el manejo de sus riquezas, y
el _fanariota_ fué el intermediario entre Asia y Europa, el mercader de
los objetos preciosos de Oriente, y al mismo tiempo el proveedor y
prestamista de sus señores otomanos. Este barrio del Fanar ha sido
durante siglos una Venecia, una Génova, de poderoso movimiento
comercial. Una gran flota mercante movíase en los mares de Oriente y en
todo el Mediterráneo, siguiendo las inspiraciones de sus mercaderes. El
Cuerno de Oro, que lame con sus aguas las piedras verdosas de los
edificios del Fanar--palacios obscuros con balcones bajos, que casi se
tocan con la cabeza--, veíase cortado incesantemente por las galeras que
llegaban de las escalas de Siria y el Mar Negro y partían hacia los
puertos de Nápoles y Marsella.
Hoy el Fanar está solitario y tranquilo. Junto á sus muelles no se ven
más que viejas barcazas en reparación, y enfrente, al otro lado del
brazo de mar, los navíos de guerra turcos, los buques antiguos que
sirven de pontones, y el palacio del Almirantazgo rodeado de las
innumerables construcciones del Arsenal. Mas los _fanariotas_ aun viven
tan ricos y poderosos como en otros tiempos. Los nuevos puentes que
dificultan la navegación en el Cuerno de Oro, el gran calado de los
buques modernos y las exigencias del comercio, les han obligado á
trasladar sus oficinas á Galata, cerca del Bósforo, en medio de los
chorros de vapor, rugidos de sirena, chirriar de grúas y ensordecedora y
negra actividad de un puerto de nuestros días.
Pero las venerables casas del Fanar son, como en otros siglos, á modo
de un título de nobleza para los que las habitan, y en ellas siguen
viviendo las familias de estos griegos, más griegos que los que habitan
Atenas, y que hacen remontar sus orígenes en línea recta á los tiempos
gloriosos del imperio bizantino.
El pequeño reino actual de Grecia se nutre de la rica savia del Fanar.
Todos estos helenos de Constantinopla son grandes patriotas, con el
entusiasmo nacional excitado por largos siglos de servidumbre y
desgracia. Son riquísimos, pero no tienen una patria. Fingen sumisión al
turco, á quien explotan, pero su pensamiento va á todas horas á la
pequeña nacionalidad formada en torno de la acrópolis ateniense, viendo
en ella como un huevo del que resurgirá un pasado glorioso.
¡Atenas! ¡Constantinopla!... Estos dos nombres de gran sonoridad excitan
á todas horas su entusiasmo. Todos conocen en el Fanar los misterios del
porvenir. Grecia volverá á ser lo que fué: se apoderará de la Macedonia,
se extenderá por las riberas de Asia, pasará un día los Dardanelos, y la
antigua Bizancio será otra vez helena, brillando sobre la cúpula de
Santa Sofía la cruz del Santo Sínodo, en vez de la media luna de oro. Y
enardecidos por una fantasmagoría tan generosa, no hay sacrificio que no
hagan estos comerciantes avaros, capaces de los mayores crímenes en el
curso de los negocios, y que, sin embargo, desparraman el dinero á manos
llenas en empresas patrióticas.
Los griegos del archipiélago vuelven sus ojos al Fanar cada vez que
intentan moverse. La sublevación de los isleños de Candía, las
guerrillas macedónicas, la misma guerra turcohelena de hace pocos años,
que tan grotesco y vergonzoso final tuvo para los nietos de Temístocles,
y la agitación presente, que convierte las fronteras griegas en perpetuo
campo de combate, todo es obra del dinero _fanariota_, que corre
pródigamente, como sangre vivificadora del patriotismo. El griego de
Constantinopla es un buen súbdito del sultán, incapaz de provocar ningún
disturbio. Procura separarse del armenio revoltoso, que intenta
revoluciones dentro del imperio, pero trabaja y sacrifica su fortuna por
crear á éste en el exterior toda clase de conflictos.
No sólo piensa en su pequeña patria para lanzarla á la guerra contra el
país en que vive. Sabe que los pueblos son grandes por algo más que las
armas y que la fama imperecedera de la antigua Grecia no se asienta en
los ruidosos triunfos sobre los persas, sino en las enseñanzas y las
inspiraciones de los filósofos, poetas y artistas, gloriosos abuelos de
la presente humanidad. La grandeza intelectual de su raza preocupa á los
_fanariotas_ hasta el punto de que en Grecia es insignificante la
instrucción pública costeada por el gobierno, en comparación con la que
sostiene la iniciativa particular. No muere un griego rico de
Constantinopla que no deje fuertes legados para las escuelas de su
país. Muchos han dejado dos y tres millones de francos. Innumerables
escuelas del archipiélago, grandes universidades, valiosas bibliotecas
se sostienen con herencias de patriotas del Fanar, que pasaron su vida
explotando á turcos y cristianos y dando las más fieles muestras de
adhesión al sultán que aborrecen.
Además, el Fanar es para todos los griegos del mundo el barrio santo, la
tierra sagrada donde tiene puesto un pie Dios: algo semejante á lo que
es para el católico el barrio de Roma inmediato al Tíber, donde alza la
basílica de San Pedro su enorme cúpula y se alínean perforando la piedra
las innumerables ventanas del Vaticano.
En el Fanar está el palacio del Patriarcado, la residencia del Papa
griego, llamado vulgarmente Patriarca de Constantinopla.
Este representante de Dios es un personaje poderosísimo, un sacro pastor
que extiende su cayado de oro sobre millones de místicas ovejas. Si el
Papa de Roma no tuviese al otro lado del Atlántico la antigua América
española, su colega de Constantinopla sería tan poderoso como él.
Grecia, Bulgaria, Servia, Rumania, Montenegro, los cristianos ortodoxos
de la enorme Turquía, que son millones, y la inmensa Rusia, que aunque
autónoma religiosamente, respeta, sin embargo, al sumo sacerdote de
Constantinopla, forman el feudo espiritual de este pontífice que vive en
el barrio del Fanar y una vez al año bendice toneladas y toneladas de
aceite, convirtiéndolo en óleo santo que envía á los metropolitanos y
popes de sus Estados.
El patriarca actual es Joaquín II. Un amigo suyo, que á la vez lo es
mío, me invita á visitar al Pontífice, ensalzando la llaneza de su trato
y costumbres. ¿Por qué no?... El amigo añade que ya ha hablado de mí á
Su Santidad, y una tarde á las dos, llegamos juntos al palacio del
Patriarcado.
Es un enorme caserón sin adorno alguno, situado en la cumbre de una
colina vecina al Cuerno de Oro. Una tapia alta cierra los patios
exteriores, y ante la triple puerta de entrada hay un cuerpo de guardia.
Su Santidad es después del Gran Imán el primer funcionario religioso del
Imperio. El sultán lo recibe con frecuencia y vive en las mejores
relaciones con él, temiendo la influencia que puede ejercer sobre varios
millones de almas que forman parte del pueblo otomano. Los soldados
turcos, fervorosos musulmanes, velan, bayoneta en el fusil, sobre la
existencia y el reposo de este sacerdote extraño á sus creencias, lo
mismo que en Jerusalén montan la guardia cerca del sepulcro de Cristo.
Además, Su Santidad recibe del sultán una paga enorme, uno de esos
sueldos inauditos que sólo puede concebir la prodigalidad de un soberano
oriental.
Joaquín II es bueno y tan generoso al repartir como el sultán al dar.
Vive sin aparato, como en los tiempos que era un pobre teólogo en una
universidad de Grecia, y su enorme asignación la devora el populacho del
Fanar, que descansa en sus tugurios como una nube de langosta en torno
del Patriarcado.
Entramos en éste por una puerta lateral. El arco del centro está
cerrado, y sólo se abre, con largos intervalos de años, en las grandes
conmemoraciones religiosas.
En el interior encontramos unos criados, bigotudos y morenos, semejantes
á los piratas antiguos del archipiélago, y popes jovencitos que deben
ser familiares de Su Santidad. Subimos una escalera de madera con
esterilla de junco. Las paredes están adornadas con pinturas de imágenes
bizantinas y retratos de patriarcas. Entramos en un salón de espera
igualmente modesto, con la misma esterilla é idénticos retratos de
patriarcas: cabezas venerables y barbudas, con la mitra cuadrada y
lóbrega envuelta en una gasa fúnebre que pende sobre los hombros y la
cruz de oro destacándose sobre el pecho negro.
Se abre una puerta, y avanza unos pasos en la inmediata habitación un
pope de estatura enorme, un venerable gigante que mueve los brazos
invitándonos á entrar.
Hermoso hombre. Yo, que no soy bajo de estatura, tengo que echar atrás
la cabeza para verle bien. Tiene blancas, con una nitidez de nieve, las
barbas luengas y ensortijadas; blancas igualmente, las guedejas que se
escapan de su alto gorro, semejante á un sombrero de copa sin alas. Pero
el rostro es joven, y aunque algo demacrado, da una impresión de fuerza
y salud, por el lustre de la tez, de un moreno rojizo, y la solidez ósea
de la faz. La nariz, un tanto grande y demasiado aguileña, es sin
embargo hermosa por su pureza de líneas, sin la más leve desviación. Los
ojos, grandes é imperiosos, ojos de mando que se esfuerzan por ser
dulces, parecen gotas de densa tinta, brillando un pequeñísimo punto de
luz en su negra intensidad.
Este gigante, blanco, fuerte y majestuoso como un Padre Eterno, se agita
al andar con enérgicos movimientos y encorva la espalda para ponerse al
nivel de los que llegan. Mi amigo se inclina al coger su diestra y besa
un gran anillo. Entonces reparo en la faja de seda que ciñe la sotana
del arrogante sacerdote y en la cruz que brilla sobre su pecho, con un
suave fulgor de oro antiguo. Es Joaquín II.
Mi amigo le habla en griego brevemente, y yo adivino por las miradas que
hace mi presentación.
--¡Ah, Blascos!--dice el Patriarca con una voz sonora de barítono, al
mismo tiempo que me coge una mano y tira de mí para que avance--.
¡Blascos Ibañides!...
Cualquiera diría que Su Santidad se había pasado la existencia no oyendo
otro nombre que el mío. Es la amabilidad superior de los soberanos, de
los grandes personajes que fingen conocer á todos los que llegan y
parecen recordar sus nombres, que les han dicho momentos antes. Y
repitiendo mi apellido desfigurado á la griega, con una expresión
satisfecha, como si no conociera otra cosa, me empuja con su volumen de
coloso, me hace sentar en un diván redondo en el centro de la pieza, y
él vuelve al sillón dorado y viejo que ocupaba momentos antes.
La sala, larga y estrecha, es una galería cerrada con cristales. Al
través de ellos, se ve abajo parte del caserío del Fanar, y más allá de
los tejados, una mitad del Cuerno de Oro, los navíos de guerra, el
Arsenal, y los montes desnudos de la ribera de enfrente, con abandonados
cementerios turcos, en los cuales las blancas fichas de las tumbas dan
la sensación de lejanos corderos rumiando inmóviles en las laderas.
El Patriarca está sentado de espaldas á los cristales, con el cuerpo en
la sombra y rodeado de un nimbo de luz que forma el sol de la tarde en
torno de su alba cabellera. Junto á él sonríe un joven pequeño, vestido
como un _gentleman_, el monóculo brillante sobre el rostro afeitado y el
pelo rubio y lustroso partido por una raya central en dos bandós que
caen sobre la frente cual lacios cortinajes. Es el secretario de la
legación de Grecia, que está en conferencia con el Patriarca y juntos
pasan el tiempo hablando de los asuntos del amado país.
Joaquín II habla en su idioma, de sonora armonía, ininteligible para
mí, y al terminar mi amigo, que parece emocionado en presencia del
Patriarca y apenas osa levantar los ojos, me dice en francés:
--Su Santidad está muy contento de verle, y dice que le es usted
simpático... Además le desea una estancia muy feliz en Constantinopla.
--Su Santidad es muy amable. Dele usted las gracias.
Quedamos los cuatro en profundo silencio, mirándonos, como es de buen
tono en toda visita oriental, donde la conversación animada no surge más
que tras larguísima pausa luego de haber tomado el café.
El Patriarca ha dado sus órdenes con una voz de marino que ordena una
maniobra, y aparecen los criados trayendo el inevitable obsequio de toda
visita.
El café no es gran cosa, los cigarrillos son comunes y el servicio de
porcelana de lo más vulgar. Joaquín II vuelvo á repetir que vive
pobremente, como un hombre de escasas necesidades. Nos ofrece las tazas
y los cigarrillos con ademanes de graciosa cortesía, pero él no bebe ni
fuma. Sólo la confitura es magnífica: un dulce de exquisitez monacal,
formado de diversos y misteriosos aromas: un regalo tal vez de lejano
convento, ó de algunas griegas devotas, enclaustradas voluntariamente en
algún ruinoso palacio del Fanar.
El Patriarca, sin dejar de mirarme, habla al joven que tiene al lado.
Este sacude su actitud indolente, se desenrolla en el interior de su
sillón, y avanza la cabeza, en la que parece pegado el monóculo,
sonriéndome con diplomática calma. Su Santidad sólo habla el griego y el
turco, pero desea conversar conmigo. Es la primera vez que ve á un
español. Él me traducirá en francés lo que diga Su Santidad y á
continuación le comunicará en griego lo que yo responda.
--Puede preguntar Su Santidad lo que guste.
Y Joaquín II se lanza á hablar apresuradamente, con un ímpetu de orador
tribunicio, rodando como truenos los párrafos sonoros, en los que
abundan las armoniosas onomatopeyas.
Cuando el Papa se calla, el diplomático hace la traducción,
acompañándola de fina sonrisa.
--Su Santidad dice que siente muchísimo las desgracias de España; que
durante la guerra con América, dedicó muchas veces sus oraciones á
vuestro pueblo, que le es muy simpático, y que comprende que en vuestro
país aun estará vivo el dolor por tan grandes pérdidas.
La lástima bondadosa de Joaquín II me irrita un poco.
--Dígale á Su Santidad que no hay para qué lamentarse de lo pasado; que
en mi país ya nadie se acuerda de eso, y que habiendo perdido hace un
siglo casi toda la América, no había razón para conservar unas cuantas
islas que eran en cierto modo un bagaje pesado.
El Patriarca, de ojos imperiosos, es un intuitivo, de rápida
penetración. Mirándome fijamente parece adivinar mis palabras, mueve la
cabeza como si me entendiese, y cuando el secretario hace su traducción,
él se adelanta completando las ideas.
Continúa el diálogo entre Su Santidad y yo, con la mediación del
elegante intérprete. Joaquín II se entera con gran interés de las
costumbres españolas, de las que tiene una vaga y fantástica idea, y me
pregunta especialmente por nuestra literatura nacional.
Él, gran erudito en letras clásicas, comentador de Homero, como todo
griego ilustrado que se respeta un poco, no conoce nada de España. Hace
muchos años, cuando no era en Atenas más que un simple pope dedicado á
enseñanzas teológicas, vió un drama español traducido al griego, un
drama de un señor que se llamaba... se llamaba...
Y el patriarca y el diplomático se consultan con la mirada, al mismo
tiempo que pugnan por pronunciar un hombre, sin llegar á completarlo en
sus dudas.
--Echegaray--digo yo, adivinando sus balbuceos.
Su Santidad sonríe moviendo la cabeza. Eso es, Echegaray. El Patriarca
guarda un hermoso recuerdo de la obra. Indudablemente fué la única vez
que asistió al teatro el austero sacerdote.
--¿Vive aún _monsieur_ Echegaray?--pregunta Su Santidad con gran
interés por mediación del secretario.
--Vive, y á pesar de sus años es animoso como un muchacho y no descansa.
Su Santidad vuelve á sonreir, como si bendijese con el gesto al lejano
poeta que alegró con la magia del arte algunas horas de su existencia. Y
yo sonrío también, pensando en el ilustre don José, muy ajeno á
imaginarse que el Papa griego es uno de sus más sinceros admiradores,
con esa admiración del que sólo ha ido una vez al teatro y se acuerda
del magno suceso durante toda su vida.
El Patriarca, después de esto, habla de la literatura griega
contemporánea. Hay en Atenas poca producción; escasos dramas y muy
contadas novelas. Los literatos, antes de dedicarse al trabajo, viven
enzarzados en interminable disputa sobre si deben escribir en griego
antiguo ó en el griego vulgar que hoy se habla en el archipiélago. Esta
disputa apasiona á la nación entera, dividida en dos partidos.
--Su Santidad pregunta qué opina usted sobre esto--dice el secretario.
--Pues dígale á Su Santidad que si novelas y dramas tienen por
protagonistas á personajes de ahora, lo natural es que hablen el griego
moderno, aunque no sea puro. Un mozo de cordel del Pireo no va á
expresarse como el Aquiles homérico.
El Patriarca acoge mis palabras con un gesto cortés, pero deja adivinar
en sus ojos que piensa todo lo contrario.
La conversación languidece y yo me preparo á marcharme. Llevo más de
media hora con Su Santidad é indudablemente muchos fieles de importancia
aguardan en la antesala.
El Pontífice de Constantinopla es un Papa _constitucional_. Ni es
infalible por sí solo, ni puede tomar una resolución en materias de fe.
Dos veces por semana se reune bajo su presidencia el Santo Sínodo,
compuesto de eclesiásticos y laicos influyentes, y esta asamblea es la
que legisla, dejando al Patriarca el poder ejecutivo.
Voy á abandonar mi asiento, cuando Joaquín II emprende una larga arenga
dirigida al secretario, en la que percibo varias veces la palabra
_democraticón_. El Patriarca parece poner un gran interés en lo que
dice, y cuando al fin calla, el diplomático me habla gravemente.
--Su Santidad pregunta si en España los sacerdotes son muy respetados,
si la religión tiene el mismo prestigio que en otros tiempos, si los
reyes son queridos, y sobre todo, si existen partidos democráticos como
en otras naciones desgraciadas, y si el pueblo, movido por malas
enseñanzas, intenta levantarse contra sus mayores.
Quedo indeciso algunos momentos. ¿Qué contestar al buen Patriarca?...
Después de tan buena acogida, siento cierto escrúpulo de decirle la
verdad. ¿Para qué discutir con él? ¿Para qué desvanecer la santa
ignorancia de este sacerdote, que ya no volverá á acordarse de España y
jamás podrá influir en nuestra suerte?...
--Dígale á Su Santidad que allá no hay partidos democráticos ni nada de
esas pestes modernas que como él dice hacen la infelicidad de los
pueblos. Los reyes velan por nuestra dicha; los sacerdotes son
veneradísimos; todos los españoles somos católicos...
Joaquín II sonríe, adivinando otra vez mis palabras, y mueve sus melenas
blancas y su gorro negro, como diciendo: «Muy bien.»
--Su Santidad--añade el diplomático al poco rato--dice que se alegra
muchísimo de las palabras de usted, que éstas son para él un inmenso
consuelo, y que España será siempre grande si no se aparta del buen
camino.
Me levanto, despidiéndome del Papa con una solemne inclinación. Su
Santidad está alegre, parece encantado por mis afirmaciones, y me
acompaña hasta la puerta, repitiendo mi nombre con paternal sonrisa.
--¡Blascos! ¡Ah, Blascos! ¡Blascos Ibañides!...
No me entrega su mano á besar como á los otros. Respeta mis escrúpulos
de buen católico español, pero me acompaña, dándome cariñosos golpes en
un hombro con sus manos fuertes, y la más paternal de las sonrisas
contrae las ondas de nieve de su barba.
Cuando llego á la puerta le parece poco esta despedida, y eleva la
diestra con su gran sortija de oro... y me bendice.
Salgo del Patriarcado admirando la espontánea solidaridad de todos los
que viven á la sombra de la cruz. ¡Extraña y poderosa fracmasonería de
los hombres de sotana! Durante siglos y siglos, el Vicario de Dios en
Roma y el Vicario de Dios en Constantinopla se han insultado con baba
rabiosa, llamándose hijos del diablo, asquerosas víboras y demás
insultos inventados por el rencor eclesiástico, maldiciéndose con
acompañamiento de cirios llama abajo y cánticos de muerte. Ahora fingen
no conocerse, ignoran mutuamente su existencia, viven vueltos de
espalda, asumiendo cada uno la verdadera herencia de Cristo, y sin
embargo, por encima de tantos siglos de abominación y de odio, se entera
cada uno de la existencia del otro, y celebra que ésta sea próspera y
fuerte. Lo mismo hacen los comerciantes cuando preguntan con interés por
los negocios de los colegas, y se alegran de que marchen bien, aunque
nada les produzcan, viendo en ellos una prueba de que el mercado no se
debilita, de que sigue la demanda y de que mientras los clientes no se
llamen á engaño habrá ganancia para todos.
* * * * *
Algunos días después, al volver al centro de Europa, el tren que me
conducía chocó con otro de mercancías en las inmediaciones de Budapest.
Cinco muertos y un número enorme de heridos. Yo salí ileso.
Luego en París recibí una carta del amigo que me había presentado al
Patriarca.
Su Santidad, al leer la noticia en los diarios griegos de
Constantinopla, había celebrado mucho la inspiración que tuvo al
bendecirme, y repetía sobre mi cabeza el gesto pontifical,
recomendándome de nuevo en sus oraciones.
Leyendo esto me expliqué mi buena suerte.
En adelante, siempre que vaya á un país donde exista Papa, pienso no
salir de él sin la correspondiente bendición.
XXVIII
Turcas y eunucos
Cuando un occidental relata su viaje á Turquía, la curiosidad, excitada
por todo lo que es extraño y misterioso, le interrumpe siempre con las
mismas preguntas:
--¿Y las turcas? ¿Y la vida del harem?... ¿Y los eunucos?
¡Las turcas!... Se las ve en todas partes; pasean por los cementerios,
frondosos como jardines; entran tapadas á hacer sus compras en las
lujosas tiendas á la europea, van en la buena estación á solazarse en
las Aguas Dulces de Asia, lugar de moda á orillas del Bósforo; salen en
carruaje, ó transitan á pie por el Gran Puente; se visitan unas á otras;
gozan de más libertad que las europeas; salen á la calle tanto como
éstas, y sin embargo, no hay en Constantinopla nada tan misterioso é
inabordable como las mujeres.