¡El Tesoro del sultán, dueño desde hace siglos de la prodigiosa Bagdad!

¡La colección de riquezas de este heredero de _Las mil y una noches_!...

Al abarcar con la vista el amontonamiento de objetos preciosos,

experimenté una profunda decepción. Los objetos están guardados como en

un museo europeo, pero las vitrinas palidecen bajo el polvo, y los

vidrios se enturbian, dando á todo un aspecto de pobreza y falsedad.

Ocurre aquí como en los tesoros de las catedrales católicas, donde los

siglos y la inercia dan al oro un tono miserable de cobre, y convierten

los diamantes en vidrio y las perlas en gotas de cera.

El Tesoro del sultán (que no ha visto nunca el sultán actual ni

visitaron jamás muchos de sus antecesores) parece una enorme tienda de

anticuario, abandonada. Hasta los vidrios de las ventanas están rotos en

parte, y las goteras del techo hacen caer en grandes desconchados el

enlucido del cielorraso. Polvo, telarañas y vejez por todas partes.

Este abandono y la enormidad absurda de las riquezas que contiene, hacen

dudar en el primer momento del valor del Tesoro.

--¡Todo mentira!--murmuran en nuestro interior la malicia y la

desconfianza--. ¡Baratijas orientales para deslumbrar al pueblo de otros

siglos! Esto no es posible: es demasiado sobrehumano para que pueda ser

verdad.

Y sin embargo, es verdad, por más que la razón se subleve ante lo enorme

de semejantes riquezas. Por algo los poetas de todos los tiempos, cuando

han querido cantar magnificencias fabulosas, han vuelto sus ojos á

Oriente.

Un trono es el primer objeto que se encuentra al entrar en el Tesoro; un

trono para descansar en él con las piernas cruzadas, bajo y casi tan

grande como un lecho. Lo robaron los turcos á los persas en el siglo

XVI, durante la guerra del sultán Selim contra el sha Ismail. Es de oro

macizo, y sus cortas patas, al descansar en el suelo, dan una sensación

de ruda pesadez. El precioso metal sólo es visible en pequeñísimos

espacios. Un mosaico de fina labor, formado con riquísimos materiales,

cubre todas sus caras, hasta las que son poco visibles, como la parte

inferior del asiento. Son millares y millares de perlas, de esmeraldas,

de rubíes, todos de igual tamaño, que se repiten formando flores y

hojas. La razón, que parece rebelarse ante tanta magnificencia y duda de

su autenticidad, sólo se convence tras largo examen de la riqueza de

este mueble.

En otra sala se encuentra el verdadero trono de los sultanes, semejante

á un púlpito de musulmán. Es á modo de una garita de ébano, dentro de la

cual se sentaba el _Padichá_ con las piernas cruzadas. De cada ángulo

del asiento se levanta una columna sosteniendo el techo en forma de

cúpula, y en el centro de ésta se eleva un joyel de inverosímil

magnificencia, un ramillete de diamantes tan enormes, que parecen

simples pedazos de empañado cristal. Todo este pequeño edificio de ébano

y sándalo está incrustado de nácar, concha, plata y oro. Por todas sus

caras interiores y exteriores corre un dibujo de plantas fantásticas en

nácar, y el centro de cada flor está formado de grandes cabujones de

rubíes, esmeraldas, zafiros y perlas. En su interior pende del techo una

cadena de oro que venía á caer sobre la cabeza del sultán. La cadena

sostiene un corazón también de oro y de éste cuelga una esmeralda de

forma irregular, pero de un tamaño inaudito, gruesa de cinco centímetros

y grande como una mano abierta.

¡Las esmeraldas del sultán! Después de visitar el pabellón del Tesoro se

hace igual caso de esta piedra preciosa que de los guijarros de un

camino.

Apenas se entra, el maestro de ceremonias os lleva ante una vitrina,

donde sobre el fondo de terciopelo polvoriento se ven tres pedruscos

planos de un verde obscuro, algo así como tres adoquines de vidrio

opaco. ¡Son esmeraldas!... Las tres más grandes que existen en el mundo.

Una de ellas pesa cerca de tres kilos.

Y á lo largo de las otras vitrinas empieza el aturdidor espectáculo de

las riquezas amontonadas por el heredero de _Las mil y una noches_:

armas que son verdaderas joyas; yataganes y grandes sables con la vaina

cubierta de perlas y rubíes y la empuñadura formada de brillantes y

esmeraldas: armaduras antiguas de gruesas placas de oro, con dibujos de

brillantes y topacios; telas de seda de brocado y terciopelo, en cuyo

bordado se mezclan con los brillantes hilos centenares y miles de

piedras preciosas; vasos de cristal de roca, de jade, de onix; copas y

frascos de cincelado oro persa; joyas indias de sutil labor; cofrecillos

de menudas incrustaciones en maderas perfumadas ó ricos metales, que

reproducen escenas al borde del Eufrates, en las riberas del Ganges ó

sobre las mesetas del Isphan llenas de rosas, donde cantaron los poetas

Shadi y Ferdussi.

Una gualdrapa de caballo (la del corcel favorito de los antiguos

sultanes) llena todo el fondo de una vitrina. Tiene dos metros y medio

de ancha y casi tanto de larga. Es de terciopelo carmesí y está bordada

con miles de perlas, todas exactamente del mismo tamaño, que es el de

un garbanzo grueso. El color de la tela apenas se deja entrever como un

rojo arabesco entre el apretado mosaico de granos preciosos.

La armadura que Mourad IV llevó á la toma de Bagdad en el siglo XVII,

deslumbra majestuosa frente á dos ventanas. Es una cota de mallas de oro

con placas damasquinadas, y á su lado está la cimitarra, con la guarda y

el puño cubiertos de brillantes en forma de tablero de ajedrez, todos de

la misma dimensión y de trece milímetros de grueso.

En una galería superior está lo más interesante del Tesoro: las

vestiduras de gala, los trajes de aparato de los antiguos sultanes,

desde Mohamed II, que conquistó Constantinopla, hasta Mahmoud, que murió

en 1839. Estas vestiduras están puestas sobre maniquíes, sin cabeza,

coronadas por un turbante de aparato, enorme como un globo. Cada

turbante está rematado por un penacho sujeto con un joyel magnífico, y

en la faja de todo maniquí luce un puñal, que es obra maestra de

cincelado y un alarde de fantástica riqueza. Los hay que parecen

trabajados por Benvenuto Cellini. La empuñadura de una daga está formada

de una sola esmeralda. Otra se compone simplemente de cinco brillantes:

dos en cada cara del puño y el restante sirviendo de pomo.

La profusión de pedrerías sobre las armas y en los penachos de los

turbantes, deslumbra y confunde. Uno de los joyeles que retienen estos

ramilletes de plumas, está formado de dos esmeraldas y un rubí, que

tienen pulgada y media de gruesos. Las túnicas son de brocado magnífico,

tan cubierto de bordados y de oro, que pueden sostenerse derechas sin el

apoyo interior del maniquí. Las fajas de rica seda, sustentan los

puñales, y cada uno de ellos representa una enorme fortuna; maravillosos

símbolos de la majestad de estos soberanos, para los cuales era la daga

lo que el cetro para los monarcas de Occidente.

La larga fila de sultanes, inmóviles y sin cabeza, cubiertos de las

mayores magnificencias de la tierra, encierra la historia del pueblo

turco. Dentro de estas rígidas y deslumbrantes túnicas vivieron hombres

respetados como dioses, que se hacían obedecer desde las orillas del

golfo Pérsico hasta los muros de Viena y obligaban á temblar á toda la

cristiandad, en perpetuo escalofrío de miedo, turbando el santo reposo

del Vicario de Cristo.

La imaginación, entre estas vestiduras pesadas y deslumbrantes como

corazas y los hinchados turbantes faltos de cabeza, evoca rostros

barbudos y morenos, de picuda y ancha nariz, de ojos sensuales é

imperiosos. Bastaba un gesto de estas caras entristecidas por el exceso

de poder y las harturas del harem, para que centenares de galeras

aparejasen en el Cuerno de Oro y miles y miles de arqueros negros y

jinetes turcos emprendiesen la marcha por las riberas del Danubio,

queriendo llegar conquistadores hasta sus fuentes.

«¡Que baja el turco!», gritaba pavorosamente la cristiandad desde Viena

á Lisboa, desde Cádiz á Londres, y la vida pacífica quedaba en suspenso,

y las naves mercantes de Venecia, Génova y España convertíanse en barcos

guerreros, haciéndose á la vela para salir al encuentro del enemigo en

los mares de Grecia, y los monarcas de Europa alistaban ejércitos, y el

continente entero quedaba inmóvil, en angustiosa espera, sin saber

ciertamente si había llegado su última hora ó si tendría aún derecho á

seguir existiendo.

Los hechos que en la historia parecen más lejanos y faltos de relación,

están unidos por el misterioso engranaje, generador del movimiento de

avance que desde hace siglos empuja á la humanidad. Sin los sultanes de

Constantinopla, fanáticos koranistas ansiosos de someter Europa entera á

la ley del Profeta, la Reforma religiosa iniciada por Lutero habría

perecido, lo mismo que otros intentos anteriores, y tal vez el Norte

europeo seguiría á estas horas con la conciencia sometida al gran

sacerdote de Roma.

Los reyes católicos de Europa (especialmente nuestro Carlos V), á

instigaciones del Papa, hubiesen acabado por entrar á sangre y fuego en

Alemania, sometiendo con mano férrea á los pequeños señores germánicos

partidarios de la nueva doctrina, como siglos antes habían sido

vencidos los provenzales heréticos y los húngaros entusiastas de Huss.

Pero el miedo al turco no dejaba espacio para pensar en esto. El peligro

exterior no permitía al catolicismo ocuparse de los asuntos internos de

su casa. Como si los déspotas de Oriente estuviesen de acuerdo con los

partidarios de la Protesta religiosa, cada vez que los soberanos

europeos, á impulsos de una paz momentánea, volvían los ojos hacia el

hogar de la herejía, en Constantinopla se armaba una nueva expedición y

el grito pavoroso corría por todo el continente: «¡Que baja el turco!»

La cristiandad necesitaba combatientes, Alemania era un plantel

inagotable de soldados, y el Papa y los monarcas católicos, para salir

del peligro inmediato, procuraban no ver la rebelión espiritual del país

que les ayudaba en la santa empresa militar de impedir los avances de

los infieles. Cuando el turco, escarmentado en Lepanto y en las llanuras

del centro de Europa, ya _no bajó_ más, era tarde para el catolicismo

romano. La herejía, fácil de matar en la cuna, había crecido

desmesuradamente. La necesidad de hacer frente al turco costó á Roma la

pérdida de media Europa.

* * * * *

Salgo del Tesoro con un deslumbramiento en los ojos, con el mareo de una

borrachera de riquezas. Dentro del pabellón vetusto se pierde la noción

del valor de las cosas. La retina, habituada al brillo del oro y al

centelleo de las piedras, como si esto fuese un espectáculo ordinario,

experimenta una gran extrañeza al reflejar la desnuda miseria que existe

fuera del pabellón.

Tardo un buen rato en volver á la realidad al salir del _Hasné_. En los

primeras momentos me extraña que los fusiles de los soldados formados

junto á la puerta no sean de oro; que sus tristes y viejos uniformes no

estén rígidos, bajo una capa de preciosos bordados, como las túnicas que

quedan allá dentro; que la hierba de las losas no esté formada de

esmeraldas, y que no sean brillantes las gotas de agua que cantan y

ruedan en un tazón al final del patio.

Al fin logro serenarme, y me habitúo al nuevo ambiente, como el que pasa

de un salón iluminado con vivas luces á una callejuela lóbrega. ¡Adiós,

esplendores absurdos, riquezas turbadoras é inauditas de _Las mil y una

noches_, que quedáis invisibles, sumidas en el polvo y la penumbra, tras

la venerable puerta de cedro que vuelven á cerrar los gnomos de barbilla

blanca, con chirridos de herrumbre!... Sólo el recuerdo me llevo de

vosotros, pero juro que en adelante no habrá escaparate parisién de la

_rue de la Paix_ que me haga detener el paso con asombro, y que sonreiré

como hombre que está en el secreto cuando en noches de gala vea en la

Grande Opera ó en el Real de Madrid el desfile de la centelleante

pedrería sobre los hombros desnudos.

En el centro del patio del Tesoro vemos el _Kafess_, un kiosco enrejado,

una prisión que casi es una jaula, dedicada antiguamente á los hermanos

de todo sultán, príncipes infelices, esclavos de la razón de Estado, que

así habían de vivir para no turbar el sueño del soberano con amenazas de

rivalidades. Esta prisión en pleno Serrallo casi resultaba para ellos

una felicidad. Peor era que un día su augusto hermano, no satisfecho del

encarcelamiento, les hiciera cortar las arterias, colocando después unas

tijeras junto al lecho ensangrentado para hacer creer en un suicidio.

Al otro lado del patio del Tesoro está la sala del Trono, el famoso

_Diván_. Aquí recibían los sultanes á los embajadores de la cristiandad,

bajo un techo, que aun subsiste, de dorados arabescos. En el fondo de la

sala está el trono, en forma de diván, lecho enorme con un toldo de

viejo terciopelo sostenido por columnas incrustadas de piedras

preciosas. Existe una ventana enrejada junto al _Diván_, y tras ella

escuchaba el _Padichá_ á los embajadores, que ocupaban una pieza

inmediata. Merced á tal precaución, los sultanes, que vivían en continuo

miedo al asesinato, y las más de las veces no acababan sus días en la

cama, creíanse á cubierto de una agresión de parte de los enviados

extranjeros, á los que apenas conocían.

Cerca de la ventana hay una fuente. El sultán, apenas comenzada la

entrevista, la hacía correr, y el murmullo del agua ensordecía y apagaba

la conversación para que no la oyesen los familiares de los dos

séquitos.

¡Los caprichos de estos déspotas, ahítos de poder, y semejantes en sus

bromas terribles á los emperadores romanos de la decadencia!...

Cierto día un duque francés, embajador de Luis XIV, fué admitido como

gran honor en el mismo salón del Trono, manteniéndose de pie ante el

diván en el que estaba tendido el _Padichá_.

--Mira lo que tienes al lado--dijo el déspota sonriendo, con una malicia

infantil en la mirada.

El embajador miró á la derecha, miró á la izquierda, y sin la más leve

emoción, continuó el discurso, exagerando más aún su actitud rígida y

tranquila.

Dos fieros leones estaban junto á él, frotando la melena alborotada

contra sus piernas, rugiendo de extrañeza, mirando al intruso y mirando

á su amo, como si sólo esperasen un ademán de éste para caer sobre él.

El sultán experimentó una gran decepción al no poder divertirse con el

miedo del extranjero. El embajador terminó su conferencia y salió

dejando aturdidos á todos con su serenidad.

Un héroe el tal embajador: un diplomático que sabía sobreponerse á las

terribles emociones. Pero después, al llegar al palacio de la embajada,

cuenta el duque modestamente en sus Memorias que se apresuró á

despojarse de la vistosa casaca cubierta de condecoraciones y bandas,

que se quitó los calzones de terciopelo... y llamó á la lavandera, para

entregarla su ropa interior.

XXVI

Santa Sofía

Estoy en el gran patio de la mezquita «Aya Sophia» (la famosa Santa

Sofía de los bizantinos), sentado bajo las ramas de un plátano

venerable, ante una mesilla en la que humean dos tazas de café, y

aspirando el perfume de sándalo de un rosario musulmán que acabo de

comprar á un mercader sirio.

Á mi lado está Nazim-Bey, joven capitán de caballería que ha viajado por

toda Europa, y ostenta sobre el pecho los cordones de oro de los

oficiales del cuarto militar del emperador.

¡Lo que me costó entrar en Santa Sofía!... Todos los viajeros que han

visitado Constantinopla hasta hace unos meses, han podido verla con

entera libertad. «Aya Sophia» estaba abierta á todo el mundo, como las

demás mezquitas. Pero una comisión de jefes del Yemen, árabes fanáticos,

habituados á la vida de los desiertos arenales, que no entienden de

relaciones internacionales y desprecian á los infieles, vino á

Constantinopla á visitar al _Padichá_, y al entrar en la más famosa de

las mezquitas, todos ellos se indignaron viendo el poco respeto con que

la frecuentaban los cristianos, viajeros en su mayoría, que iban de un

lado á otro hablando fuerte y con el _Baedeker_ en la mano.

Pocos extranjeros entrarán ya en ella. El sultán, para dar gusto á los

revoltosos jefes del Yemen, ha prohibido el acceso á los infieles, y yo

tuve que invertir más de quince días en ruegos, visitas y gestiones casi

diplomáticas para visitar la famosa mezquita. ¡Irse de Constantinopla

sin conocer Santa Sofía!... Al fin, una tarde, á la hora en que escasean

los fieles en el templo, y acompañado de un ayudante del sultán, pude

entrar en la antigua basílica.

Sentados en un cafetucho del patio, junto á las fuentes de abluciones,

que chorrean incesantemente, aguardamos á que un servidor del templo nos

avisase el momento más propicio para la visita, después de la salida de

ciertos devotos rezagados y antes que los _muezines_ se asomaran á los

balconcillos de los cuatro alminares llamando á los fieles á la oración

de la tarde.

Por fin, entramos... ¡Inolvidable impresión! No todos los días puede

pisarse un pavimento fabricado por hombres que vivieron hace mil

cuatrocientos años; no se respira con frecuencia bajo unas bóvedas que

cuentan catorce siglos de antigüedad.

Inútil es describir Santa Sofía. Su atrevida cúpula, agujereada por

estrechas é innumerables ventanas, sus nobles y grandiosas proporciones,

sus tribunas sostenidas por columnatas de jaspe verde, y desde las

cuales se ven como enormes insectos pender sobre el suelo las lámparas,

los huevos de avestruz y demás adornos de la religiosidad musulmana, son

conocidos en todo el mundo. El grabado antiguo, la fotografía y la

tarjeta postal han popularizado el interior de este monumento, que es el

más antiguo de la cristiandad europea, y puede ser llamado el Partenón

del arte bizantino.

La luz que penetra por las ventanas de la cúpula toma una densidad

amarillenta de ámbar. La capa de pintura con que han cubierto los turcos

las imágenes de los muros, contribuye á colorar el ambiente de este tono

suave. La repugnancia religiosa de los musulmanes á toda representación

de la forma humana, ha borrado los deslumbrantes mosaicos bizantinos, en

los cuales santos y emperadores de rostro puntiagudo y miembros

alargados, destacábanse con rigidez hierática sobre un fondo de oro.

Es el único vandalismo que se han permitido los otomanos. Las hermosas

columnas, los arcos de graciosa majestad, los huecos de las capillas,

las balaustradas de jaspe, todo se mantiene lo mismo que en tiempo de

los emperadores de Bizancio. La costra de pintura amarilla se ha caído

en algunas partes del muro, y el mosaico antiguo brilla con una luz mate

y discreta, como una venerable armadura de oro al través de los

desgarrones de una capa vieja. Unos cartelones verdes de diez metros de

diámetro, con inscripciones gigantescas en honor de Alláh, y cuatro

ángeles pintados en el arranque de la bóveda, son todos los adornos que

el arte turco ha osado añadir al templo erigido por Justiniano. Los

ángeles son convencionales. Cada uno de ellos está representado por

cuatro alas en forma de rueda. La pintura musulmana no puede ir más

allá.

Un interminable susurro, un batir incesante de plumas, llena el ambiente

ambarino y crepuscular de la mezquita, uniéndose al crepitar de las

lámparas y á la cantinela monótona de los aprendices eclesiásticos, que,

encogidos sobre las rodillas, balancean el cuerpo cantando de memoria

_suras_ enteras del Korán, mientras un efebo, con el libro entre las

piernas, sigue con la mirada el texto, para corregir el más leve olvido.

Centenares de palomos obscuros, con plumas de metálicos reflejos,

aletean en las bóvedas, descansan en capiteles y cornisas, ó descienden

hasta las cabezas de los fieles, inmóviles como estatuas en su oración,

posándose por unos instantes en sus brazos. Con frecuencia abandonan

desde lo alto sus superfluidades digestivas, y los servidores de la

mezquita tienen que limpiar continuamente la fresca estera del

pavimento, sobre la cual marchan los fieles descalzos y con los pies

limpios, para que después el buen creyente, al prosternarse, pueda

besarla sin contagio alguno.

Ocurre en este grandioso monumento, al contemplarlo por primera vez, lo

que en San Pedro, de Roma. La vista lo abarca todo sin extrañeza alguna.

Un templo poco más grande que los otros... y nada más. Sólo cuando se

avanza, y la perspectiva va prolongándose á cada paso, es cuando se da

cuenta el visitante de la enormidad de proporciones que van surgiendo de

esta armonía general. Lo que de lejos parecían esbeltas columnas, son

troncos enormísimos de piedra, junto á los cuales el hombre se iguala á

la hormiga: las distancias entre una arcada y otra se prolongan

mágicamente, como si el templo fuese creciendo y estirándose á cada paso

que se avanza.

La antigua basílica es enorme, abrumadora, soberbia, y sin embargo, da

una impresión dulce, de suave ligereza.

Su historia es tan accidentada como la de una nación.

Santa Sofía no fué elevada en honor de una santa de este nombre, como

muchos creen. _Sancta_ _Sophia_ es una invocación á la Santa Sabiduría,

y en honor de la Sabiduría divina elevó Constantino la primera basílica,

en el mismo lugar que ocupa la actual. Cien años después la quemó el

populacho, creyente y revoltoso, excitado por el destierro de San Juan

Crisóstomo. Teodosio II la volvió á construir, y en 532 la incendió de

nuevo el pueblo de Bizancio, amotinado esta vez, no por un santo, sino

por una cuestión de Circo, el motín de los _Victoriatos_, en los

primeros tiempos de Justiniano.

Fué este emperador legista, manso marido de la interesante Teodora,

mezcla de voluptuoso tirano oriental y austero teólogo, quien creó el

monumento que aun hoy subsiste, y que vivirá siglos y siglos.

Quiso en sus ambiciones de gloria que el templo á la Santa Sabiduría

fuese «la obra más magnífica que se hubiese visto después de la

creación», y en todas las partes del vasto imperio de Oriente hizo

recoger los materiales más preciosos: mármoles, columnas y esculturas.

Los monumentos de la antigüedad griega fueron saqueados. Éfeso le envió

las columnas de jaspe verde de su famoso templo de Diana; Roma, las que

había robado del templo del Sol en Heliópolis, é igualmente fueron

puestos á contribución los santuarios de Atenas, Delos, Cizica é Isis y

Osiris, en Egipto. Dos arquitectos griegos, los mejores de la época,

Antemio de Tales é Isidoro de Mileto, se encargaron de la dirección de

los trabajos; pero la credulidad popular, ansiosa de lo maravilloso,

propaló que un ángel había entregado á Justiniano los planos del

monumento con el dinero necesario para construirlo.

Diez mil obreros, dirigidos por cien maestros alarifes, trabajaron á la

vez. Una capa de betún de veinte varas de espesor, que llegó á adquirir

la dureza del hierro, sirvió de base al edificio. Los alfareros de Rodas

hicieron los ladrillos para la bóveda de una tierra tan ligera, que doce

de ellos no llegaban á pesar lo que un ladrillo ordinario. Todos ellos

llevaban una inscripción: «Es Dios quien me ha fundado y Dios me

socorrerá.»

La construcción fué una mezcla de esfuerzos arquitectónicos y ceremonias

religiosas. Los sacerdotes bendecían los materiales, acompañaban con

plegarias la erección de cada columna, y al elevarse los muros, los

albañiles introducían en la argamasa huesos de santos y otras reliquias.

Sumas inmensas se consumieron en este alarde arquitectónico, y

Justiniano se vió en los mayores apuros, y recurrió á los medios más

criminales para conseguir dinero y terminar la casa de la Santa

Sabiduría. Por fin, en 537 la obra quedó acabada. Después de una marcha

triunfal por el Hipódromo, con todo el esplendor de su corte bizantina,

y de pródigas distribuciones al populacho, hambriento de pan y ahíto de

disputas teológicas, Justiniano inauguró el monumento.

--¡Gloria á Dios, que me ha juzgado digno de terminar esta obra!--gritó

al entrar--. ¡He vencido á Salomón!

Catorce días duraron las plegarias, los festines públicos y las

distribuciones de dinero.

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