Se sentó en el suelo, cruzando sus piernas, oprimiéndolas con las manos

para aproximarlas más al tronco. Escuchó inmóvil la plegaria del cantor,

y poco á poco su cuerpo empezó á moverse con un balanceo creciente, lo

mismo que los otros fieles. Luego el susurro de la flauta le sumió, como

á los demás, en profunda meditación.

Cuando volví á mirarle, sus lentes habían caído sobre el pecho. Un

arrebol de sangre coloraba su rostro, antes pálido. Su pelo, lustroso y

plano á los dos lados de la raya central, parecía alborotado por un

espeluznamiento de cólera. Su ancha nariz turca, nariz de caballo leal y

arrogante, ensanchábase palpitante como si oliese pólvora. Sus ojos

miopes, al encontrarse con los míos, reflejaron una extrañeza hostil y

salvaje. El azul uniforme, con sus insignias europeas, parecía despegado

de su cuerpo.

Aquel marino era la personificación de la Turquía europea que se

apropia los inventos modernos, copia la organización alemana, habla

todos los idiomas de los pueblos civilizados, y adopta las modas de

París... pero guardando bajo este exterior su alma asiática.

Me imaginé al amigo de las _cocottes_ de Petits-Champs, al marino casi

inglés, al elegante agregado de embajada, al que yo creía un escéptico y

alegre vividor, escuchando á un _imán_ que proclamase la guerra santa; y

vi al asiático despojándose de golpe de su complicado disfraz de europeo

y agitando en una punta del sable una cabeza cortada, lo mismo que los

grandes capitanes de Mohamed blandían sus cimitarras tintas en sangre

para demostrar la unidad de Dios.

* * * * *

En el coro de la mezquita de Bakarié, el flautista sagrado sigue

improvisando trinos ó lanza agudas y gimientes notas, mientras abajo,

acurrucados sobre el lustroso pavimento, meditan los derviches

danzantes.

De pronto suena un golpe sobre la madera. Es el Cheik, que ha salido de

su inmovilidad dejando caer las dos manos sobre el suelo, como si fuese

á desplomarse. Un sonoro redoble contesta á este movimiento. Todos los

derviches dejan caer igualmente sus manos á un mismo tiempo, quedando á

gatas, con el enorme gorro junto al suelo.

Al gemido de la flauta se unen los _darboukas_, que baten una marcha

lenta, cortada por endiablados repiqueteos, y al compás de esta marcha,

los derviches se yerguen y emprenden un lento paseo á lo largo de las

barandillas. Al erguirse han dejado caer los mantos obscuros, y quedan

al descubierto sus trajes de ceremonia, cada uno de uniforme color, pero

abarcando en su variado conjunto todas las tintas del iris.

¡Extraña vestimenta que haría reir en otro lugar, y á la que da cierto

respeto el gesto solemne de las barbudas cabezas, iluminadas por el

fuego hostil de unos ojos de fanático!... De cintura arriba son hombres,

con chaquetilla á la turca, alto chaleco y faja rayada. De cintura abajo

son mujeres, arrastrando una falda amplísima de rígidos pliegues, que

roza el entarimado con crujidos de pesadez.

Avanzan descalzos, contoneándose ligeramente al compás de la marcha, con

los brazos cruzados sobre el pecho y las manos extendidas junto á los

hombros. El Cheik camina al frente de la hilera, marcando las ceremonias

del lento paseo. Al llegar junto al Mirab, gira sobre sus talones y

saluda profundamente al derviche que le sigue, con tan profunda

inclinación, que las dos caperuzas de fieltro se tocan. Los demás

repiten el mismo saludo. Al pasar ante la barandilla, tras la cual están

las tumbas de los santos varones de la orden, se reproduce igual

ceremonia.

Tres veces da vuelta á la sala la procesión de los derviches, y este

desfile dura mucho tiempo, con la rígida lentitud que es para los

orientales el signo más imponente de la majestad. Los pies, descalzos,

se mueven incesantemente al compás de la música, pero sin adelantar

apenas. Por fin, el Cheik, al pasar por tercera vez ante el Mirab, queda

inmóvil en el centro del muro oriental, con los brazos en el pecho,

destacando su figura sobre los vidrios iluminados de una gran ventana.

Los derviches, formados en larga fila, parecen bailarinas que se

preparan á lanzarse, haciendo piruetas, hasta el borde de un escenario.

Poco antes, al despojarse de los mantos sombríos y aparecer en todo el

esplendor de sus vestiduras deslumbradoras, recordaban á las danzarinas

de ciertas óperas que surgen de entre bastidores como negras brujas, y

de pronto, abandonando sus disfraces, muéstranse luminosas, envueltas en

gasas y colores rosados.

Los instrumentos del coro adoptan un ritmo semejante al del vals, y al

repiqueteo de los tamborcillos y el dulce ganguear de las flautas, se

unen las voces de los cantores, que entonan una salmodia bailable,

monótona y chillona, sin otra variación que el cambio de tono al final

de cada estrofa.

Avanza un derviche hacia el gran sacerdote, lo saluda con reverente

inclinación, como pidiendo su venia, el Cheik le contesta con ligero

gesto, y el sagrado danzarín empieza á girar sobre sus talones, con una

velocidad cada vez mayor, añadiendo á este vertiginoso movimiento de

rotación otro ligerísimo de traslación, que le hace avanzar lentamente,

siguiendo el contorno de la sala. La falda pesadísima arremolina sus

pliegues en torno de las piernas, y poco á poco, con la velocidad, toma

aire y se hincha... se hincha, adquiriendo proporciones gigantescas.

Primero es un enorme paraguas á medio abrir, luego un globo, después un

paracaídas, y el paño pesadísimo se extiende casi horizontal, girando

con loco vértigo sobre las piernas desnudas, que dan vueltas y vueltas

como una peonza loca.

Al comenzar su movimiento de rotación, el derviche lleva los brazos

cruzados sobre el pecho, en actitud sacerdotal. Poco á poco los despega,

los extiende sonriente, con gracioso desperezo de bailarina, hasta que

al fin los mantiene rígidos, en cruz, ayudándole esta tensión á la

rapidez de su volteo. Apenas se sume en esta embriaguez rotatoria, ya no

sonríe. Sus ojos quedan vidriosos y vagos, su rostro palidece y se

contrae con un gesto de estupidez extática, de voluptuosidad dolorosa.

Tras el derviche vestido de blanco, empieza á girar otro verde; luego

otro azul; después otro rojo, y así van saliendo en ruidosa ondulación

circular faldas rosadas, azules, vinosas, amarillas y naranja, con esa

intensidad profunda de color que es la gloria de los tintoreros

orientales.

La mezquita se llena de peonzas vistosas que giran y giran, dando al

espectador el mareo del vértigo. En las raras pausas de la música se oye

el aleteo del pesado paño cortando el aire y el roce de los pies. El

espectáculo es original, obsesionante, con el extraño poder que ejerce

la mezcla de lo bello y lo ridículo. Son flores gigantescas que bailan,

rematadas por hombres feos y barbudos. Rosas fantásticas que giran

llevando hundidos en el centro de su corola unos gnomos de rostro feroz

coronados por un gorro de fieltro.

Los cantores aceleran el ritmo, gritando cada vez más fuerte; los

_darboukas_ repiquetean con redobles de trueno; las flautas saltan y

balan como cabras locas, y los danzantes giran y giran con tal rapidez,

que sus brazos y piernas son pálidas sombras, borrosas por la velocidad,

y las faldas cortan el aire como sierras horizontales... ¿Cuánto tiempo

dura la sagrada danza?... No lo sé. Siento, á pesar de mi inmovilidad,

los efectos del vértigo: mi vista se deslumbra y marea con este continuo

girar de colores. Creo estar rodando por una pendiente que no termina

nunca. La música infernal y el volteo de los derviches embriaga á los

fieles. Encogidos en el suelo, mueven sus cuerpos al compás de la

música, y la mezquita parece una enorme caja de juguetes donde

centenares de monigotes mecánicos, con gorro rojo y cara de palo, se

balancean impasibles á los sones de un cilindro de música.

El Cheik hace un gesto; cesa el coro; los derviches contienen su

rotación; van descendiendo sus faldas con la falta de movimiento; se

deshinchan; dejan de ser un paraguas para convertirse en un embudo;

luego se achican más aún, surgen los pesados pliegues, que acaban por

rozar el suelo, y los sagrados bailarines vuelven á formarse en fila, á

un lado del templo. Sus rostros brillan con el gotear del sudor: los

ojos vidriosos tienen aún la locura del vértigo. Agítanse sus pechos

como fuelles con el jadear de la fatiga. Algunos, mareados por la

repentina inmovilidad, se tambalean como ebrios. Pero á pesar de esto

todos miran al Cheik, esperando un gesto suyo para pedir de nuevo la

venia y reanudar la loca danza.

Los cantores entonan durante el descanso una especie de himno litúrgico,

lento y solemne, pero sus voces vuelven pronto á adoptar el ritmo del

sagrado baile, y otra vez las peonzas animadas tornan á girar en el

centro de la mezquita.

Por tres veces bailan los derviches, y durante una hora larga giran y

giran, con un movimiento vertiginoso, que agotaría las fuerzas, la razón

y aun la existencia de cualquier occidental. Al fin cesan de voltear, y

vacilando sobre sus congestionados pies salen para despojarse de los

trajes de ceremonia en una casa ruinosa, inmediata á la mezquita,

atravesando el huerto de nopales y palmeras que rodea á ésta.

El Cheik hace su oración ante el Mirab, se prosterna varias veces sobre

la piel de cordero, extiende los brazos invocando el nombre de Alláh y

se retira también.

La ceremonia ha terminado... ¡Ridícula!... Los que la vieron desde

pequeños, cuando su razón comenzó á abrirse á las cosas del mundo

aceptándolas tal como las encontraron, asisten á ella con sincero fervor

y la consideran como el más noble y poético de los cultos... ¿Quién sabe

lo que un oriental, entusiasta de los derviches danzantes, pensará al

ver por vez primera las ceremonias litúrgicas de los occidentales? Todos

los pueblos del misterioso Oriente, tierra natalicia de dioses, han

danzado ante las potencias celestes, haciendo del baile una ceremonia

religiosa. La danza es seguramente un acto más elevado y menos material

en honor de la Divinidad que beber vino, aunque sea en copas de oro.

De todas las cofradías musulmanas de Oriente, la de los derviches

danzantes es la más aristocrática. Sus afiliados gozan de general

respeto. El Sumo Sacerdote, al que pudiéramos llamar el Papa de los

derviches, reside en Konia, la gran ciudad turca de Asia, hogar de las

tradiciones otomanas, adonde no ha llegado aún la influencia europea que

atrofia y envilece á la vieja Turquía.

Cuando muere el sultán y hay que consagrar un nuevo Comendador de los

creyentes, el jefe supremo de los derviches viene desde Konia á la Santa

Mezquita de Eyoub, donde se verifica la ceremonia de investir al

emperador. Este no tiene corona. El signo visible de su majestad y su

poder es el sable del Profeta, que se guarda en la famosa mezquita de

Eyoub. El gran derviche ciñe la venerable cimitarra de Mohamed á la

cintura del nuevo soberano, y Turquía entera aclama á su _Padichá_.

La Santa Mezquita de Eyoub es el único lugar que guarda el misterio y el

aislamiento religioso del pueblo turco. Ningún cristiano ha pisado ni

siquiera las losas de sus patios interiores. Los viajeros, al pasar ante

ella, procuran no mirar por las puertas y rejas de los muros que rodean

sus patios y jardines.

Al salir yo de Bakarié, buscando la ribera del Cuerno de Oro para que

una embarcación me condujese á Constantinopla, me perdí en unas

callejuelas inmediatas á Eyoub, formadas por blancos panteones, kioscos

funerarios al través de cuyas rejas se ven túmulos de sultanes y santos,

coronados de turbantes y cubiertos de terciopelo y oro.

Al final de un callejón vi una gran arcada con la verja abierta. Me

aproximé. Enfrente, un patio solitario y fresco; más allá una arcada; en

último término, una gran extensión inundada de sol y cerrada por

murallas, en cuyo centro, como un monstruo vegetal, alzábase la

enormísima pilastra de un plátano de quinientos años, con el ramaje

invisible. Cantaban las fuentes en la sombra de los claustros de

azulejos, desgranando sus surtidores sobre tazas de verde mármol;

centenares de palomos obscuros aleteaban en los capiteles de las

columnas, cortando con sus arrullos el silencio animado por el gotear

del agua. En el último patio jugueteaban varios grupos de pilluelos casi

desnudos, y permanecían acurrucadas viejas horribles, esperando una

limosna.

Eran los patios de la Santa Mezquita, del templo inabordable para el

cristiano, donde no pudo entrar ni el mismo emperador de Alemania en su

visita á Constantinopla. Á un lado una fachada misteriosa, de azulejos

verdes y negros, con un fanal turco pendiente ante el arco de herradura.

Apenas asomé mi cabeza, un _zapethie_, gendarme turco, vino hacia mí.

Los pilluelos inclinaron sus gorros al suelo como si buscaran piedras,

chillando y manoteando con belicosa alegría: «¡_Giaour_! ¡_Giaour_!»

(¡Un cristiano!)

Me alejé prudentemente, pero la rápida visión del patio solitario con

sus palomos y sus chorros de agua, y de la fachada verde y negra, de

feroz misterio, no se borrará fácilmente de mi memoria.

¿Qué habrá en el interior de la Santa Mezquita de Eyoub?...

XXV

El heredero de «Las mil y una noches»

La punta de Stambul, que avanza ante Galata formando de un lado la

entrada del Bósforo y del otro la embocadura del Cuerno de Oro, la ocupa

el palacio del Serrallo, enorme como una ciudad, y que hace muchos años

dejó de servir de residencia á los soberanos de Constantinopla.

Los occidentales confunden con frecuencia el serrallo con el harem.

Serrallo es simplemente un palacio: sólo el harem (_lugar sagrado_) es

el departamento destinado á las mujeres.

Este extremo de Stambul forma una altura desde la cual se abarca el más

asombroso de los panoramas. Á un lado la azul extensión del mar de

Mármara, infinita á la vista, con las deliciosas islas de Prinkopo, que

parecen inmóviles bajeles, de casco sonrosado y velas verdes: enfrente

la ribera asiática de montañas rojas, con el Bósforo que oculta en sus

revueltas los veleros de blancas lonas y los buques modernos de negro

penacho: al lado opuesto, Constantinopla, extendiendo en pendiente su

caserío por ambas riberas del Cuerno de Oro, que tiene sus aguas casi

invisibles bajo los cascos de toda una ciudad flotante.

En esta colina, que avanza como un cabo, estuvo situada la acrópolis de

la antigua Bizancio. Aquí, el maravilloso palacio de la emperatriz

Placidia, las mansiones de los personajes más importantes del imperio,

las termas de Arcadio, la iglesia de la Madre de Dios Hodégetria

(conductora de los ciegos) y el alcázar de los emperadores bizantinos,

monumento de monstruosa grandeza, mezcla de harem y de convento, donde

las vastas salas destinadas á la orgía y á la muerte estaban decoradas

con escenas bíblicas sobre fondos de oro.

Cuando Mohamed II conquistó Constantinopla, sus construcciones de gusto

oriental se elevaron sobre los escombros de los palacios del vencido, y

en esta colina vivieron los _Padichás_ hasta los primeros años del siglo

XIX. Los motines de Constantinopla y las amenazas de la milicia de los

jenízaros, hicieron levantar el campo á Mahmoud II. El Serrallo era una

vivienda demasiado grande para que el Comendador de los creyentes

pudiese subsistir con entera seguridad. Enclavada en el corazón de

Stambul, dominadas sus murallas por edificios pegados á ellas, el pueblo

sublevado ó los pretorianos descontentos podían invadirlo con gran

facilidad. El sultán abandonó el antiguo Serrallo en 1808, trasladándose

á la otra ribera del Cuerno de Oro, y desde entonces los emperadores

viven en plena campiña, apartados de su ciudad y rodeados de un pueblo

fiel de guardias y cortesanos que ellos mismos se forman.

Sólo algunas sultanas viejas, con su corte olvidada y pobre de parientas

del emperador, viven como monjas en los abandonados palacios del antiguo

Serrallo.

Éste se halla dividido en tres partes: los jardines, el Patio de los

Jenízaros y los palacios ó kioscos esparcidos caprichosamente en la

meseta de la colina. Los jardines son viejos, con todo el encanto de la

vegetación secular abandonada á la libre expansión de sus fuerzas;

terrazas en escalones con enormes cipreses ó seculares plátanos; rosales

que crecen y se enmarañan como bravías malezas, y en medio de este

oleaje de verde sombrío, kioscos de simples líneas y amarillenta

blancura. Un cinturón de murallas rojas, con puntiagudas almenas y

gruesos torreones, cierra el recinto del Serrallo, como una ciudad

aparte dentro del antiguo Stambul.

Lo más notable que encierra es el tesoro de los sultanes, la colección

de riquezas históricas de estos soberanos del fabuloso Oriente, que

conquistaron Bagdad y guerrearon con la opulenta Persia. Para visitarlo

se necesita una invitación del sultán, y aun así la visita no está al

alcance de todos. Yo mismo, después de recibir la invitación, tuve que

aguardar durante muchos días la oportunidad de que otros viajeros

sintiesen el mismo deseo.

Para visitar el Tesoro se moviliza en el antiguo palacio un verdadero

ejército de criados, funcionarios de corte, ayudantes del sultán, pachás

depositarios de las llaves, soldados de la guardia, en total unos

trescientos hombres, y como en Turquía es natural y corriente la

costumbre del _batchis_ ó propina, y nadie cree envilecerse tomándola,

la tal visita cuesta unos setecientos francos, y los viajeros, para

realizarla, se reunen, poniéndose á escote.

Dos personajes de Rumania venidos á Constantinopla para una conferencia

con el gobierno turco sobre las minas de petróleo, recibieron la

invitación de visitar el Tesoro al mismo tiempo que yo, y junto con

ellos y sus esposas, entré en este depósito de fabulosas riquezas, á las

tres de la tarde, precedido de una doble fila de eunucos negros y

personajes pálidos de espesa barba y ojos tristes, todos con levita

_stambulina_ y gorro rojo, marchando con la frente baja y las manos

cruzadas sobre el vientre.

Así atravesamos el extenso Patio de los Jenízaros, pasando bajo la

Puerta Augusta, un arco de mármol blanco y negro con columnas de jaspe

verde. Á cada lado de la puerta hay un nicho que aun conserva señales

de escarpias. De estas escarpias se colgaban para terrible ejemplo las

cabezas de pachás cortadas por orden del Gran Señor.

Nuestros conductores nos entran en un kiosco blanco, cuyos grandes

ventanales dan sobre una terraza que domina la entrada del Bósforo. Una

alfombra sedosa de finos colores, ámbar y rosa, se hunde bajo nuestros

pies. Grandes espejos nos reflejan con toda nuestra escolta de empleados

palatinos y negros eunucos. Los muebles (¡oh anacronismo!) son de estilo

Luis XV, aunque enormes y en extremo dorados, como para satisfacer el

gusto oriental, amigo de exuberancias. Desde la terraza se admira el

agua azul y mansa que bate silenciosamente el pie de la colina del

Serrallo. La roca, casi cortada á pico, da al Bósforo en este lugar una

gran profundidad: cien metros, ¡Los misterios que guarda esta superficie

límpida, débilmente rizada por la brisa que viene del mar de Mármara, y

en la que tiemblan como pedazos de espejo los suaves rayos del sol de la

tarde!... Aquí caían en el eterno misterio, con una piedra al cuello,

los hermanos de los sultanes, estrangulados para evitar á Turquía una

guerra civil; aquí desaparecían para siempre los pachás ambiciosos y en

desgracia; aquí acababan las perfumadas sultanas y las odaliscas de

voluptuosos ojos, sospechosas de infidelidad, cosidas dentro de un saco

de cuero, antes de rodar á las tenebrosas profundidades.

Entran nuevos criados en el kiosco, portadores de grandes bandejas

cubiertas de tapices de seda con bordados de oro. Es el obsequio del

sultán á los extranjeros que visitan su antigua residencia.

El maestro de ceremonias tira de las ricas envolturas. Dos eunucos

sostienen una bandeja de bronce cincelado, enorme como un escudo, y en

ella se yergue majestuosa una compotera de cristal y oro llena de

confituras de rosas y flanqueada de cucharillas del mismo metal. Es el

eterno presente de toda visita turca. Un criado circula una bandeja con

vasos de agua y tras él llega otro con un gran incensario dorado lleno

de brasas, en el que humea una cafetera. Las minúsculas tacitas de

porcelana persa se llenan de café espeso como pasta, y el perfume

intenso del negro y delicioso brebaje se une al olor de rosa que

impregna el ambiente. El maestro de ceremonias manda ofrecer los

cigarrillos de dorada boquilla, y todo el grupo de invitados, hombres y

mujeres, sentándonos en divanes de rayada seda, contemplamos durante un

cuarto de hora las espirales de humo en los cuadros de puro azul (azul

de cielo y azul de mar), á los que sirven de marco las ventanas del

kiosco.

Otra vez en marcha, precedidos de la procesión de servidores de negra

levita y gorro rojo, que parece haber aumentado considerablemente. Son

ya más de cien.

Atravesamos un patio extenso, ó más bien una llanura cerrada por un

sinnúmero de claustros, kioscos sueltos y palacios ruinosos, en los

cuales se abren los muros bajo el peso de los siglos, de los mantos de

hiedra y de las parras trepadoras.

Junto á una puerta de arco, y bajo un porche de tejas viejísimas,

cubiertas de moho y desunidas por las raíces de plantas parásitas, están

formados los soldados de una compañía de infantería, en cuatro filas,

dos á cada lado del espacio por el que debemos pasar. Un oficial de

marina con cordones de ayudante avanza hacia nosotros, una mano en la

empuñadura del sable y la otra en el fez, saludando con una rigidez

alemana. Puesto que somos europeos é invitados del sultán,

indudablemente debemos ser grandes personajes en nuestro país. Los

soldados, al pasar nosotros, lanzan el rugido de ordenanza, elevando sus

fusiles y presentándolos. Después vuelven á aullar con unidad atronadora

y los dejan caer al mismo tiempo, conmoviendo con las culatas las viejas

losas, en cuyos intersticios crece la hierba.

Estamos en la entrada del _Hasné_, del famoso Tesoro, puerta venerable

de cedro, roída por los años, con clavos oxidados y cerraduras que

parecen olvidadas durante siglos y de imposible funcionamiento. Junto á

ella aparecen nuevos personajes como si surgiesen de la tierra. Son

viejos pachás de miembros trémulos y barbillas blancas, arrugados

personajes con el paño del dorso de la levita tirante sobre la

curvatura de la espina dorsal. Cada uno saca su llave pesada y

brillante; se abre con estridente _cric-cric_ un enorme candado, giran

con doloroso gemido los pernos de las cerraduras y se quejan los

cerrojos al ser arrancados de la inmovilidad de su sueño. Los

respetables gnomos del Serrallo van de un lado á otro trabajando en su

penosa obra, y al fin giran chirriantes las hojas de cedro en el

silencio conventual del Serrallo, y de la penumbra surge una bocanada de

aire húmedo y espeso, una respiración de lugar cerrado, de antigua

bodega.

Todos los criados que nos preceden entran apresuradamente, mientras

nosotros, contenidos cortésmente por el ayudante y el maestro de

ceremonias, permanecemos en la puerta. Se oyen sus precipitadas carreras

en el interior, el roce de sus sordas babuchas, la rápida confusión del

grupo que penetra de golpe y se desgrana inmediatamente, encontrando

cada cual el sitio que tiene designado con anticipación.

Cuando entramos, cada mesa, cada vitrina, ofrece como nuevo adorno una

pareja de hombres inmóviles, tan inmóviles como las estatuas y los

maniquíes que contiene el Tesoro, las manos sobre el vientre y sin

respirar apenas, pero que os siguen con ojos fijos en todas vuestras

evoluciones. Imposible moverse sin tropezar con ellos. Se adosan á los

descansos de las escaleras, se introducen en el hueco entre armario y

armario, se empequeñecen y disimulan para no ocultar con su cuerpo la

vista de ningún objeto, pero ni por un instante podéis encontraros más

allá del fuego cruzado de sus miradas.

Todos los visitantes deben ser excelentes personas, ya que el Comendador

de los creyentes los honra con su invitación, pero los pachás

guardadores del Tesoro conocen el impulso tentador de Eblis y demás

potencias infernales, y desconfían de la codicia del hombre y de la

demencia de la mujer ante el oro que embriaga y la piedra preciosa que

enloquece.

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