superstición, como si su suerte fuese unida á los destinos del pueblo
otomano en el suelo de Europa.
Vinieron, según la tradición, desde el fondo del Asia, siguiendo al
ejército turco. Cuando éste tomó á Constantinopla, los perros se
aposentaron en las calles y en las ruinas, considerando á la enorme
ciudad como conquista propia. Eran perros vagabundos y guerreros,
acostumbrados á toda clase de privaciones; perros de soldado, sin dueño
fijo, acariciados y mantenidos por todo un ejército; animales de
campamento hechos á la vida común, á buscarse el sustento por sí mismos.
Dentro de Constantinopla continuaron su vida de vivac. Su parte de
gloria en la gran hazaña turca, su muda colaboración en la marcha de
siglos, desde el centro de Asia á las bóvedas de Santa Sofía, la cobran
estos animales con el respeto de todo un pueblo, con una consideración
popular que parece elevarlos casi al nivel del hombre.
Yo me los imaginaba feos, hirsutos, flacos, amenazantes, con colmillos
babosos de rabia y ojos amarillentos de fiebre: una especie de leopardos
urbanos, que hacían peligroso el tránsito por las calles de
Constantinopla. Me sorprendí al verlos por primera vez, gordos,
lustrosos, de una belleza ruda y silvestre, con hocico y gestos de lobo,
pero de buen lobo, cortés y juguetón, con un pelo de color de miel,
lavado por las lluvias. Son de regular alzada; muestran unos colmillos
de espeluznante blancura; casi os derriban cuando se alzan sobre las
patas traseras para acariciaros, y sin embargo, á nadie inspiran miedo.
Peléanse entre ellos con encarnizamiento de fieras: todos llevan en su
cuerpo señales de mordiscos; un combate de dos perros es algo horrible
que pone en conmoción á toda una calle, y á pesar de esto, basta que un
niño les amenace con un palo, para que se retiren, basta que un turco
les largue una patada, para que huyan sin revolverse, pasando del
rugido feroz al lamento lacrimoso. Saben que su subsistencia depende del
hombre, y lo respetan como á un dios que dispone de sus vidas. Rara vez
atacan á las personas; nunca se ha conocido la enfermedad de la rabia en
estos vagabundos, y cuando muerden, muy de tarde en tarde, á los
transeuntes, casi siempre son mujeres las víctimas de sus ataques.
¿Cuántos perros vagabundos existen en las calles de Constantinopla?
Nadie lo sabe. Los más parcos en sus cálculos dicen que 80.000. Otros
los hacen ascender á centenares de miles. Un comerciante francés ofreció
al gobierno otomano una enorme cantidad para exterminar los perros y
aprovechar sus pieles. Un buen negocio industrial, según parece. El
vecindario turco se indignó. ¡Matar sus perros! ¡Exterminar á los fieles
camaradas de los conquistadores de Constantinopla!...
Los extranjeros van por las calles con grandes pedazos de pan, para
obsequiar á estos pupilos de Turquía. Así como en la plaza de San Marcos
las damas viajeras tienden sus manos llenas de trigo á los palomos
venecianos, desapareciendo envueltas en una nube de plumas palpitantes y
picos acariciadores, aquí se las ve, hundidas hasta las rodillas, entre
pelos rojizos, hocicos babeantes y rabos inquietos, partiendo un
mendrugo con los enguantados dedos y arrojando pellizcos de pan á las
fauces glotonamente abiertas.
Causa admiración el orden de esta república perruna, falta de
gobernantes y de leyes escritas, pero sometida, por el instinto de
vivir, á una disciplina social. Muchas veces, al abandonar yo el comedor
del hotel, recolecto en todas las mesas los pedazos de pan olvidados,
tarea en la que se me adelantan con frecuencia otros viajeros. Salgo á
la calle y me rodea un grupo de perros estacionados frente á la casa; la
familia ó tribu á la que corresponde por derecho tradicional este trozo
de vía. Ni ladridos ni empujones de impaciencia. El jefe de grupo, el
patriarca, el guerrero, alcanza en el aire el primer pedazo, y va á
situarse lejos de los suyos, vigilando la calle para evitar que ningún
intruso se ingiera en el banquete. Mientras tanto, la familia va
cogiendo al vuelo los otros pedazos, siguiendo un turno riguroso, sin
que á nadie se le ocurra adelantarse á otro y arrebatarle su parte. De
vez en cuando se aproximan otros perros, azuzados por el hambre,
queriendo introducirse en el grupo, y una ruidosa batalla pone en
conmoción á la calle entera.
El guerrero, erguido sobre las patas traseras, hace frente á los
invasores, y pelea él solo, mientras la tribu come. Aullidos, mordiscos,
lucha á brazo partido; pues los perros de Constantinopla combaten
poniéndose de pie y agarrándose como hombres, al mismo tiempo que
dirigen á la cara del enemigo las acometidas de sus colmillos. Cuando el
peleador sale ensangrentado del encuentro, se tiende en el arroyo, y
toda la familia le rodea, con aulladora gratitud, lamiendo horas y
horas sus heridas.
Marcháis por una callejuela seguido de varios perros que os husmean las
manos y se empinan hasta vuestros bolsillos, con la esperanza del pan.
De pronto, os veis solo. Los perros quedan atrás, y no os seguirán por
más que intentéis atraerlos con silbidos y exclamaciones cariñosas.
Están en los límites de «su jurisdicción»: han llegado al término del
trozo de calle que les pertenece, y no pasarán de allí. Otros perros os
salen al encuentro, os acarician, os siguen, hasta llegar al término de
su territorio, y allí os dejan rodeados por una nueva tropa canesca.
Así, de escolta en escolta, podéis correr por la noche toda
Constantinopla. Cuando estalla una tempestad de ladridos, es que un
grupo ha osado introducirse en terreno enemigo. Cuando una riña feroz
conmueve el barrio, es que un perro vagabundo, sin familia y sin
domicilio, es atacado por los burgueses de la raza, gente de bien, amiga
del orden, que no puede tolerar tales faltas de disciplina social. El
bohemio canino que vaga por Constantinopla, acaba inevitablemente sus
días asesinado y devorado por las familias honradas de su especie.
Según es la calle, así es el aspecto de los perros acampados en ella. En
las vías modernas más elegantes de Pera y Galata, donde están las
grandes tiendas de bisutería, ropas, muebles y libros, los perros
ofrecen un aspecto lamentable; flacos, piojosos y lanudos, mirando
melancólicamente á las enormes lunas de los escaparates, tras los cuales
se exhiben cosas hermosísimas, pero que no sirven para comer. En las
callejuelas turcas, llenas de inmundicias y de pequeños puestos de
comestibles alineados en el arroyo, el perro es alegre, juguetón y de
sano aspecto.
Dice un antiguo refrán turco: «Si mirando se aprendiese un oficio, todos
los perros serían carniceros.»
No hay carnicería de Constantinopla que no tenga ante la puerta unos
veinte ó treinta perros, todos en fila, sentados sobre el cuarto
trasero, silenciosos, con una gravedad de gentes bien educadas, fijos
sus ojos en el dueño, con expresión de súplica, y abriendo la roja
garganta á impulsos de insinuantes bostezos. Aguardan lo que caiga, y lo
que cae las más de las veces es una mano de latigazos, pues el carnicero
turco acaba por enojarse con esta tertulia muda que obstruye la puerta
de la tienda y hace tropezar á los parroquianos.
En medio de las bandas de perros que corretean por las calles á la caída
de la tarde y duermen enroscados en las aceras á la hora del sol, se ven
animales grotescos y repugnantes, tristes caricaturas de su especie.
Unos llevan los ojos saltados; otros el lomo partido por sanguinolentas
dentelladas ó el hocico medio devorado y con un morro pendiente. Son
recuerdos de sus batallas con los compañeros de raza. Otros caminan á
saltos, con una pata rota vuelta hacia arriba, ó arrastran por el suelo
su inmóvil parte trasera, como si fuesen extraños lagartos. Las ruedas
de un vehículo les han dejado así, á pesar del respetuoso cuidado con
que los turcos tratan á los animales. El cochero de Constantinopla antes
prefiere volcar que aplastar á los perros. Los carruajes se detienen á
cada instante ó dan bruscos rodeos para salvar sus vidas. Pero estos
animales, habituados á un respeto tradicional, abusan de él, durmiendo
tranquilamente en mitad de las calles de más tránsito.
Cuando una perra lanza su prole en plena vía pública, el buen turco saca
un cajón, un tonel, un gran cesto lleno de paja, y lo coloca en mitad de
la acera para que sirva de cuna á los reciennacidos. La gente tiene que
dar un rodeo y bajarse de la acera desafiando el peligro de los coches;
la circulación se dificulta é interrumpe, pero nadie protesta ni mueve
el obstáculo. Sálvense los animales, aunque perezcan las personas.
Las primeras noches de estancia en Constantinopla son horribles. Los
viajeros buscan en los hoteles las habitaciones interiores, lejos de la
calle. Ladridos toda la noche; batallas en torno de los montones de
estiércol; concierto de aullidos cada vez que pasa un trapero con un
farol, ó cuando un transeunte les parece sospechoso. Las noches de luna,
Constantinopla se estremece con ruidosas y feroces contorsiones. Hasta
las piedras parecen ladrar al astro de la noche. Al fin, el viajero
adquiere oídos turcos, y se duerme arrullado por esta tempestad de
ladridos, como podría dormir bajo el susurro de las olas ó la brisa
perfumada de un jardín lleno de ruiseñores.
¡Las obscuras tragedias que se desarrollan en esta sociedad animal,
regida por el misterioso idioma de la mirada y el ladrido! ¡Las leyes
crueles é inexorables de esta república de los perros!...
Una tarde fuí al santo barrio de Eyoub en un vaporcito, siguiendo el
Cuerno de Oro en toda su extensión. Un perro flaco, triste, de mirada
dulce, pasaba y repasaba durante el viaje, entre las piernas de los
viajeros. Al abordar al pontón de Eyoub, intentó deslizarse, oculto
entre el gentío, pero un estrépido horripilante estalló de pronto,
asustando á las buenas turcas encapuchadas que salían del vapor. Más de
una docena de perros se arrojaron sobre el recién llegado como bestias
feroces, mordiendo de veras, «tirándose á matar», buscando su cabeza con
los agudos colmillos. El pobre can, como si esto no le sorprendiese,
como si fuera algo esperado, corrió á refugiarse en el barco que volvía
á Constantinopla.
Pasé la tarde en Eyoub. Al anochecer esperé en el pontón la llegada del
barco que iba á hacer su último viaje á la ciudad. Llegó el vapor, y
entre la avalancha de viajeros intentó pasar el mismo perro. Pero otra
vez salieron á su encuentro los enemigos, con terrible acometida de
aullidos y mordiscos, y tuvo que refugiarse de nuevo en la cubierta.
¡El triste regreso hacia Constantinopla! En vano di pan al mísero
animal. Comía con avidez de hambriento, pero sus ojos iban hacia Eyoub,
que se perdía en el fondo del Cuerno de Oro, con sus cristales
inflamados por la agonía del sol; hacia Eyoub, al que le atraía el
instinto, y en el que no podía desembarcar. Cuando llegamos, ya de
noche, al Gran Puente, el pobre perro se alejó á la luz de las
estrellas, para refugiarse entre dos tablones y esperar el primer vapor
de la mañana, emprendiendo de nuevo su viaje. Y al día siguiente
comenzaría su triste peregrinación, sin otro resultado que mordiscos y
una fuga vergonzosa; y al otro y al otro lo mismo; y aun estoy seguro de
encontrarle si emprendo el viaje; y así vivirá hasta que muera ó le
maten; empujado hacia la santa barriada de Eyoub por un buen recuerdo
del pasado, y detenido siempre por la ferocidad implacable de unos
enemigos que ladran y muerden, tal vez á impulsos de una antipatía de
raza, de una venganza de familia ó de un obscuro drama de animalidad
inferior... ¡Quién sabe!
XXIV
Los Derviches Danzantes
El muro oriental de la mezquita de Bakarié, en las afueras de Eyoub,
está rasgado por grandes ventanales con celosías encristaladas, y á
través de ellas, mientras llega la hora de los oficios, veo cabrillear,
bajo la lluvia de oro del sol del mediodía, las aguas azules, densas y
como muertas del Cuerno de Oro, allí donde éste se confunde con las
llamadas Aguas Dulces de Europa.
De vez en cuando, como una visión cinematográfica, pasa por la extensión
azul que tiembla más allá de los ventanales una lancha de vela con un
cargamento de mujeres, ó un caique blanco y dorado, con damas envueltas
en obscuro dominó, llevando como escolta de honor, junto á los remeros
sudorosos, una esclava negra.
Adivino que desembarcan en el muelle de la mezquita, invisible para mí.
Después pasan otra vez estas mujeres misteriosas, ante los ventanales,
pero á pie, siguiendo lo largo del muro, como actrices que cruzan el
fondo de una escena dejándose ver sólo por los huecos de la decoración.
Á cada entrada de éstas crece el zumbido de conversaciones y risas que
se escapa de todo un lado del piso superior de la mezquita, galería
cerrada con espeso enrejado, tras el cual asisten á la fiesta las
mujeres turcas.
Yo estoy en lo que pudiera llamarse el coro de la mezquita; una tribuna
de madera, sobre la puerta de entrada, frente á los ventanales que dan á
la ría azul, y al lado de la galería enrejada, tras cuyas celosías se
adivinan vagamente los mismos bultos blancos y negros, é iguales
movimientos de curiosidad misteriosa que en una iglesia de monjas.
Es miércoles y la respetable cofradía de los Derviches Danzantes va á
celebrar la fiesta en Bakarié, que es su templo más importante en
Constantinopla. Los viernes dan otra _representación_ en pleno barrio de
Pera, en una mezquita perdida entre edificios europeos, rodeada de cafés
y tiendas modernas, interrumpida muchas veces la solemnidad del rito por
el pitar de los tranvías y los gritos de los vendedores de periódicos.
Es una fiesta para los extranjeros de paso; algo semejante á las
diversiones pintorescas que organiza la Agencia Cook para que los
viajeros se enteren de las costumbres tradicionales de un país, á tanto
por ejecutante.
En Bakarié la fiesta religiosa no tiene otro público que los devotos, y
asiste á ella el Cheik, sacerdote jefe de los Derviches Danzantes.
Bakarié sólo atrae á las gentes del país. Es una mezquita perdida entre
risueños cementerios y jardines abandonados en las afueras de Eyoub,
barrio extremo de Constantinopla, donde no vive ningún europeo, donde
subsiste la santa mezquita cerrada é inabordable á todo infiel durante
siglos, donde es molesto á ciertas horas transitar por las tortuosas
callejuelas, pues las viejas fanáticas, encapuchadas de negro, escupen
con entusiasmo religioso á los pies del cristiano y le siguen con un
barboteo senil de palabras incomprensibles, en las que sólo se adivina
la palabra _perro_ seguida de misteriosas maldiciones.
En el coro de la mezquita de Bakarié no hay otro europeo que yo. Me
siento como avergonzado por las cien miradas de curiosidad desdeñosa que
adivino tras las espesas celosías y por el gesto impasible de los
músicos sentados junto á mí, que parecen no haberse enterado de mi
presencia. Ocupo una silla mugrienta, algo coja y con el asiento de paja
próximo á desfondarse, único mueble europeo que el sacristán, tras larga
rebusca, ha podido encontrar en la mezquita. Los músicos se sientan en
el suelo, con las piernas cruzadas sobre esteras de fresca y amarilla
limpieza, y todos ellos visten el traje de los derviches danzantes;
largas túnicas de pesado paño rojo, verde, blanco ó azul, y sobre ellas
un manto negro. Sus caras barbudas, bronceadas, feroces, de cejas
hirsutas y ojos con manchas de color de tabaco, parecen empequeñecerse,
abrumadas bajo la enormidad del respetable gorro que sirve de distintivo
á la cofradía: un cono truncado de fieltro gris, sin alas y sin otro
saliente que un ligero reborde circular. Algo así como una maceta de
flores, de barro cocido, puesta boca abajo. Unos tienen en sus manos la
flauta turca y soplan en ella ligeramente, haciendo sordas escalas para
convencerse de la bondad del instrumento; otros colocan junto á ellos
los _darboukas_, pequeños timbales que sirven de acompañamiento. Los
cantores abarcan entre sus rodillas unos catrecillos de madera que
sustentan el libro abierto, de amarillento papel, con caracteres negros
y rojos.
Miro al fondo de la mezquita. Las columnas de madera que sostienen las
galerías superiores están unidas por una barandilla blanca y roja. Entre
esta barandilla y los muros se hallan las tumbas de los derviches de la
cofradía que murieron en olor de santidad, catafalcos de paño verde,
apolillado por el polvo de los siglos, y con enormes turbantes que
usaron en vida los varones bienaventurados. Entre las tumbas, sobre
frescas esteras de junco, se sientan en cuclillas ó se arrodillan
descansando el cuerpo en los talones todos los fieles que acuden á la
fiesta; gruesos tenderos de Eyoub, burgueses venidos en barca desde
Constantinopla, jardineros de las cercanías, marinos de los acorazados
turcos eternamente inmóviles en el Cuerno de Oro, todos con los zapatos
en la mano y el fez erguido sobre la frente.
Las barandillas de las cuatro columnatas cierran el centro de la
mezquita, formando á modo de un gran salón de baile con el pavimento de
madera, limpio, encerado y brillante. Allí están aguardando su hora los
sagrados ejecutantes de la fiesta, los derviches acurrucados en el
suelo, formando tres filas, frente al Cheik, que ocupa él solo la parte
de Oriente, sentado en una piel de cordero. Envueltos en sus mantos
negros, que forman en torno de ellos amplio embudo, é inclinando á
impulsos de la meditación el alto gorro que cubre su cabeza, parecen
extraños insectos que se repliegan para saltar de pronto sobre una presa
invisible.
Un cantor se ha puesto de pie y avanza con el libro abierto hasta la
barandilla del coro. Su manto, al entreabrirse, deja descubierta una
gruesa túnica anaranjada, de pliegues rígidos: una prenda venerable, con
la respetabilidad de varias generaciones sacerdotales, y que parece
tejida al mismo tiempo de lana y de plegarias. Es un joven barbilampiño
y rubio. Su pescuezo blanco se hincha y colorea de sangre con los
esfuerzos de la voz de falsete. Una ruda protuberancia del cuello, la
nuez de la garganta, se agita convulsa, sube y baja, marcando las
modulaciones de la voz.
La plegaria tiene el ritmo de un canto oriental, monótona, soñolienta,
de misteriosa lentitud, retardándose cada palabra con reflexivas pausas,
prolongándose con repeticiones é interminables gorjeos, como ciertas
canciones de Andalucía.
Los derviches, abajo, con la frente en una mano y el codo en la rodilla,
parecen soñar replegándose cada vez más dentro de sus embudos negros,
empequeñeciéndose con el reconcentramiento de la meditación.
¿Qué dice la plegaria?... Nada. Interminables alabanzas á Alláh
invisible, señor del universo, misterioso justiciero sin forma material
ni otra imagen que los dorados caracteres árabes de elegantes rabos que
lucen en la mezquita sobre el fondo verde de redondos escudos; nombres
de sultanes que, agrupados en lista cronológica, son como la historia
del pueblo turco. Y sin embargo, esta oración, cuyas palabras carecen de
mérito literario y sólo tiene el encanto de la música adormecedora,
causa en el auditorio un efecto de recogimiento sincero que rara vez se
encuentra en los ritos occidentales. La voz del cantor parece hipnotizar
á los oyentes. Los fieles, con la mirada perdida y el cuerpo rígido,
empiezan á moverse sobre su cintura, siguiendo con un vaivén cada vez
más enérgico las palabras del derviche. Los rostros se colorean como si
reflejasen las llamas de una combustión interior. Las narices se dilatan
y en los ojos brilla como chispa perdida un punto de luz azulada y
misteriosa. De vez en cuando un rudo suspiro se escapa de estos pechos
contraídos por la emoción religiosa. El europeo, solo y aislado en esta
mezquita lejana, entre la vehemencia silenciosa de unas ceremonias que
parecen resucitar siglos lejanos, bárbaros y belicosos, se siente
invadido por la inquietud.
Calla el cantor, cierra el libro, se retira remontando sobre sus hombros
anaranjados el negro aleteo de su capa, y una música tenue y dulce, un
suspiro pastoril se extiende en el silencio profundo de la mezquita,
donde los hombres parecen cuerpos sin alma.
Es una flauta. La media hora de meditación que precede á la danza
sagrada la llena el gorjeo de este instrumento bucólico. El músico,
inmóvil entre sus compañeros en cuclillas, que parecen maniquíes, hincha
sus carrillos, enrojece, suda con el continuo esfuerzo, pero al mismo
tiempo sus ojos mates, perdidos en éxtasis, delatan el fiero orgullo de
tener pendiente de su soplo el fervor de los fieles y de los santos
hermanos de cofradía.
El tierno vagido del instrumento parece enardecer á los orientales,
creyentes de una religión, en la cual la ausencia de estatuas y pinturas
litúrgicas obliga al devoto á un continuo esfuerzo imaginativo para
representarse los poderes ultraterrenos. Los fieles de la mezquita de
Bakarié sueñan en pleno mediodía, bajo la luz de las ventanas llenas de
azul y de sol, mecidos suavemente por los lentos trinos de la flauta.
¿Qué ven en sus ensueños? Huéspedes nada más del continente civilizado,
europeos de paso, obligados á soportar una vida moderna extraña á sus
costumbres y su tradición, su pensamiento va al más viejo de los mundos,
á la venerable y misteriosa Asia, cuyas montañas casi pueden
contemplarse desde los ventanales de la mezquita. El pastoril
instrumento les hace ver los amarillentos rebaños escalando lentamente
las colinas tostadas de la Siria y ramoneando sus hierbas olorosas; el
fresco pozo del desierto al que llega el rudo jinete, mezcla de pastor y
de pirata de la llanura, saludando á la doncella envuelta en velos que
extrae el cubo con sus brazos redondos, en los que tintinean anillos de
bronce; los arenales del Yemen, obscuros á la caída de la tarde, por
cuyo horizonte pasan las filas de camellos, como cabeceantes y gibosos
monstruos, sobre el cielo inflamado de rojo; los grupos de palmeras que
ondean sus penachos de verdes plumas en los oasis que marcan el camino
solitario hacia la Santa Meca; las tumbas venerables de Medina,
cubiertas de polvo secular y ostentando entre andrajos de oro las
pesadas cimitarras de los guerreros de Dios: las plácidas callejuelas de
Damasco, de húmeda sombra y cerrados jardines; las rojizas y pedregosas
colinas de Jerusalén, sobre las cuales parece haber pasado el soplo de
hoguera del Gran Implacable; Bagdad, con sus mezquitas de cúpulas
partidas y sus bazares como pueblos, adonde acuden las caravanas
portadoras de fantásticas riquezas; Bassora, cuyos marineros desnudos
pescan la perla: toda la gloria y todo el esplendor, latentes aún, de la
raza semita, despreciada ó perseguida por los hombres modernos, y que
sin embargo, un día, siguiendo las palabras de paz de Jesuhá, el hijo
del carpintero, se hizo dueña de medio mundo y siglos después,
repitiendo los gritos de Mohamed, el hijo del camellero, se enseñoreó
del otro medio.
Un nuevo espectador de la fiesta se sienta junto á mí. Es un oficial de
la escuadra turca, un joven teniente de navío, con su uniforme inglés
modificado únicamente por el gorro rojo que cubre su cabeza. Los galones
de oro de la bocamanga, rematados por un óvalo, brillan sobre el paño
azul obscuro de la levita. Entre el alto cuello de inmaculada blancura,
que refleja los objetos inmediatos como un espejo, y la nítida pechera
de su camisa, resalta la corbata anudada de seda negra, con una gruesa
perla. Lleva en la mano sus zapatos de charol y sus pies huellan la
alfombrilla de junco con sus calcetines de seda. Al pasar, parece
sonreirme con los ojos, como á una persona que no se conoce, pero que se
ha visto con frecuencia. Todas las noches le encuentro en el barrio
europeo de Pera, en el teatro de Petits-Champs, donde actúa una compañía
de opereta francesa. Unas veces lleva su uniforme, otras viste de
_smoking_, y mientras se atusa los empinados bigotes á lo kaiser, mira
amorosamente, á través de sus lentes de oro, á las _cocottes_ de
diversas nacionalidades que pululan en Constantinopla, y habla con ellas
en diversos idiomas. Se adivina que ha vivido en París y en Londres, que
es un marino de largos viajes... en tierra, un secretario de comisiones
internacionales, un agregado militar de embajadas. ¿Qué extraña
curiosidad le guiaba á la mezquita de Bakarié?...