plegaria á la mezquita Hamidié, vecina á su palacio. Es el único momento
en que se deja ver públicamente.
Abdul-Hamid podía prescindir de esta ceremonia, especialmente desde hace
tres años, en que estuvo próximo á perecer, por la explosión de una
máquina infernal, á la salida de la mezquita. Pero el «Comendador de los
Creyentes» quiere cumplir sus deberes de supremo jefe religioso, y en
treinta y cinco años sólo dos viernes, por causa de enfermedad, ha
dejado de presentarse en el Sélamlik.
Esta asistencia voluntaria á una fiesta en la que ha sido objeto de
atentados, demuestra que Abdul-Hamid no vive sometido á locos temores ni
le trastorna una manía persecutoria, como han hecho creer los armenios
que escriben desde París.
El sultán vive más allá de los arrabales de Constantinopla, en Yildiz
Kiosk ó «Palacio de la Estrella», extensión amurallada, como diez ó doce
veces Madrid, en la que hay un lago donde pesca y navega á vapor,
caminos por los que corre en automóvil, bosques plagados de caza y unos
cincuenta palacios, que habita y abandona á su capricho, mudando su
residencia varias veces en una misma semana. Con una instalación tan
completa se comprende que el majestuoso señor no sienta ningún deseo de
visitar Constantinopla. Sólo una vez por año entra en la gran ciudad;
pero es por mar, atravesando el Bósforo en dorado caique, para hacer una
visita religiosa al Viejo Serrallo, donde se guardan como milagrosas
reliquias el manto y el estandarte del Profeta.
Todos sus caprichos y deseos puede cumplirlos sin salir del inmenso
jardín que le sirve de palacio. Entre esposas legítimas, odaliscas y
parientas, su harem guarda unas trescientas mujeres.
No por esto hay que suponer al sultán entregado á pecaminosas
diversiones. Hombre de gran actividad para los negocios públicos, quiere
saber todo lo que ocurre en sus vastos dominios, y le falta el tiempo
para tantos estudios, consultas y audiencias. Su harem numerosísimo es
puro aparato; necesidad de seguir las tradiciones musulmanas,
Abdul-Hamid repite--según dicen--, con la certidumbre de la experiencia,
que el hombre sólo debe acordarse de tarde en tarde de las mujeres, para
no ser un esclavo.
Cinco mil personas forman su servidumbre alta y baja. Las cocinas
imperiales dan de almorzar y de comer diariamente á cinco mil bocas, con
la generosidad propia de una vivienda imperial. Imagínese el lector los
carros de pan, los rebaños de ovejas y carneros, los cargamentos de
hortalizas, las tinajas de miel y otras vituallas que diariamente
entran en las despensas del palacio. Á los cinco mil servidores hay que
añadir los regimientos que acampan en el recinto de Yildiz Kiosk, lo que
forma un total de diez mil personas.
El intendente del palacio es un importante personaje; pero el Gran
Eunuco es superior á él, y exhibe con orgullo su título de Alteza. En
realidad, es el más poderoso de los funcionarios de una monarquía
absoluta, pues conoce de cerca las debilidades del señor, y esto crea
siempre cierta confianza.
Tenía grandes deseos de ver de cerca á este extraño personaje, y amigos
influyentes preparaban nuestra entrevista. Después he desistido. ¿Para
qué? El Gran Eunuco iba á recibirme en su casa, una casa á la europea,
con muebles seguramente traídos de Viena, que serán su orgullo. Además,
sólo habla turco. Para ver la colección de blondas artísticas que está
formando y que exhibe á los extranjeros, no vale la pena de molestarse y
llamar Alteza á este grotesco y triste personaje.
No es fácil el acceso al «Palacio de la Estrella». El día del Sélamlik
los embajadores, que son en Turquía los personajes más respetados
después del sultán, se quedan fuera del palacio en un elegante y
grandioso pabellón de dos pisos, entre el Yildiz Kiosk y la mezquita
Hamidié. Allí, en un palacio anexo, recibe el sultán á los embajadores,
después de la ceremonia religiosa, si es que tiene algo que preguntarles
ó comunicarles.
Cuando por algún asunto urgente entran los representantes diplomáticos
en el interior del inmenso jardín, siempre los recibe Abdul Hamid en un
palacio ó kiosco distinto.
Los banquetes en Yildiz Kiosk son algo semejante á las fiestas de _Las
mil y una noches_. El convidado se ve en un salón con gruesos
candelabros de oro de la altura de dos hombres. Los platos son de oro
trabajado á martillo; los cubiertos, de oro; de oro las botellas y hasta
las argollas de las servilletas.
Casi siempre estos banquetes son de treinta ó cuarenta cubiertos; pero
hace poco se dió en palacio una comida á la oficialidad de la flota
inglesa (unas doscientas personas) y el servicio fué de oro, tan
completo como siempre, sin que se notase la menor falta por el excesivo
número de convidados. Este palacio de misteriosas riquezas es
inagotable. Comerían mil á la mesa del sultán, y es posible que á nadie
le faltase su pila de platos de oro y su áureo cubierto.
En Turquía, la riqueza ostentosa resulta aplastante. El viajero se
marcha hastiado para siempre de las piedras preciosas, enormes hasta la
ridiculez, y tan exageradamente ricas, que se acaba por perderlas todo
respeto.
Algo semejante ocurre con las condecoraciones. El sultán, al darlas,
regala las insignias en brillantes. Los _maîtres_ que dirigen el
servicio en un banquete del sultán, llevan el pecho cruzado de bandas y
constelado de estrellas de diamantes. El Gran Señor condecora también á
las damas turcas, hijas ó parientes de los pachás, y muchas de las
encapuchadas que pasan en carruaje por las calles de Stambul, yendo á
visitas y fiestas, llevan bajo el misterioso dominó bandas multicolores
y estrellas y medias lunas de brillantes.
* * * * *
Trotan los escuadrones de jinetes por las fangosas calles vecinas al
Bósforo, camino de Yildiz Kiosk; pasan en sus carruajes imponentes
pachás, bordados, galoneados y con pesadas charreteras de oro; desfilan
los batallones, precedidos de una música con alegres chinescos;
presentan las armas los cuatro centinelas de cada cuartel á los coches
de los diplomáticos, que llevan en el pescante al _cabás_, criado que
sirve de insignia á toda la legación, con su uniforme de oficial turco,
completado por el sable corvo y el revólver de funda dorada.
La Constantinopla oficial y vistosa, el ejército, los pachás, la
diplomacia, los jefes árabes venidos de los lejanos _vilayetos_
asiáticos, todos marchan en la misma dirección.
Vamos al Sélamlik.
XXII
El Sélamlik
Desde el kiosco destinado al cuerpo diplomático, contemplo el más
asombroso de los panoramas que ofrece Constantinopla.
En el horizonte, el mar de Mármara une su azul intenso con el azul del
cielo, blanqueado por el sol, y extiende la corriente del Bósforo entre
la ribera asiática, cubierta de bosques y palacios, y la ribera europea,
que desaparece como abrumada bajo el caserío de Constantinopla. El
oleaje de tejados rojos y negruzcos se pierde de vista, siguiendo las
ondulaciones de las colinas y los ángulos entrantes y salientes de la
costa.
Los agudos minaretes, con balconcillos circulares, semejan los mástiles
con cofas de blancos navíos encallados é invisibles en la inmensa masa
de la ciudad. En la azul extensión del mar, se destacan, cual dormidos
insectos, los buques de guerra, negros é inmóviles, con manchas de
vivos colores temblando junto á sus colas. Sus banderas de las grandes
potencias que ondean en la popa de los buques _estacionarios_, ó el
pabellón otomano, rojo, con media luna y estrellas blancas, que se
exhibe en las vergas de varios yates imperiales que el sultán no ha
visto nunca, ó de modernos navíos que envejecen sin levar sus anclas.
De la ventana del kiosco diplomático se domina el mar, las colinas y la
ciudad. Desde las hondas orillas del Bósforo remóntanse, formando
distintas mesetas, las barriadas y los jardines, hasta las alturas en
que se halla situado el palacio de la Estrella. Un ancho camino pasa por
debajo de la ventana. Es el que conduce desde la puerta del palacio á la
mezquita Hamidié: un trayecto de unos cuatrocientos metros en suave
pendiente. En este espacio, que ocupa toda la cumbre de la colina de
Orta-Keni, se verifica todos los viernes la ceremonia del Sélamlik.
Van llegando las tropas. No existe ejército de exterior más impotente
que el turco. Contra todas las precauciones que puede inspirar la
afición de los orientales á lo vistoso y abigarrado, las tropas turcas
ofrecen un aspecto sombrío y grave. Sus uniformes obscuros sólo están
animados por los vivos toques del rojo de las bocamangas y del fez.
Visto desde lo alto, este ejército no ofrece ninguna distinción de
categorías. El mismo gorro llevan los generales, y aun el mismo Sultán,
que el último soldado. El fez, cobertera uniforme de todos los
otomanos, unifica las filas. No hay aquí la diversidad de penachos,
galones y cascos de los ejércitos occidentales, que clasifica á los
guerreros según el aspecto de las cabezas. Hay que mirar de cerca á los
militares turcos para reconocer en los dorados de sus hombreras las
diferencias de categorías.
Desfilan al son de estrepitosas bandas de bárbara marcialidad los
regimientos de línea, vestidos de obscuro azul, llevando al frente á sus
jefes, montados en pequeños caballos turcos, que aun parecen más
diminutos bajo la obesidad de sus jinetes. Los batallones árabes se
distinguen, en esta aglomeración de cabezas rojas, por sus turbantes
verdes, color religioso exaltado por el Profeta. Los albaneses, vestidos
de blanco, á la zuava, forman en la puerta del palacio como tropa de
preferencia, encargada de la guarda del sultán. Llegan los marinos de la
escuadra, con sus oficiales á caballo: unos marinos de altas botas, que
llevan al cinto por toda arma el ancho sable de abordaje. Al pie de la
colina de Orta-Keni, ondean las rojas banderolas de los lanceros. Los
regimientos de caballería tienen bandas de música, y se ve á los
trombones, enroscados al cuerpo de los jinetes, como enormes serpientes
de metal, saltar bruscamente á impulsos de los botes de los caballos,
ocultos tras un pliegue del terreno.
El aspecto imponente de estas tropas se debe á la edad de los soldados.
El ejército turco es un ejército _duro_. No se ven en sus filas
muchachos barbilampiños y á medio formar, como en los ejércitos de
Europa. El soldado turco es hombre de veinticinco á treinta años,
fuerte, macizo, bigotudo, en todo el esplendor de su desarrollo. Unase á
esto la fe ciega del mahometano, ese fervor religioso que inspira
respeto por su ingenuidad aun á los más escépticos, y se comprenderá lo
que es una masa de siete ú ocho mil soldados otomanos. Después de
verlos, nada puede asombrar de cuanto se diga sobre su resistencia ante
el enemigo y su fiera conformidad ante la muerte. Se lo imagina uno mal
dirigido en los campos de batalla, y dejándose matar, sin retroceder un
paso. Pero volviendo la espalda, no hay quien se lo figure.
Al detenerse y extender sus filas á lo largo del camino, descansan sus
fusiles en tierra con un golpe seco y uniforme, y quedan inmóviles, con
una inmovilidad que parece de ensueño.
Nadie diría que al pie de la ventana hay formados algunos miles de
hombres. Ni un susurro, ni una palabra, ni una tos. Hasta los caballos
permanecen inmóviles, sin el más ligero relincho. Parece una inmensa
exhibición de figuras de cera. La brisa mueve las borlas de los gorros,
el oro de las charreteras, las gualdrapas de los caballos; pero esto es
todo lo que se agita y parece tener vida en la enorme aglomeración de
hombres. Los cuerpos no se mueven; los ojos, vagos y como de vidrio,
miran sin ver; las bocas, cerradas, no parecen respirar.
Un silencio absurdo lo envuelve todo; un silencio de pesadilla, un
silencio más profundo que el de la noche, reproduciéndose bajo la luz
del sol.
En el kiosco, los embajadores y las grandes damas del cuerpo diplomático
hablan con entera libertad; pero, sin embargo, sus voces suenan con
cierta sordina, como cohibidas instintivamente por el silencio exterior.
Campo Sagrado, con su hidalga cortesía española, cumplimenta á las
señoras; Constans, el famoso embajador de la República francesa, habla
en correcto español, recordando sus años juveniles de Madrid: todo un
mundo de oficiales extranjeros, puestos de gran uniforme, agregados
diplomáticos, secretarios, dragomanes y elegantes damas, rodea á los
embajadores europeos, que son en Constantinopla algo así como
semidioses, con más poder que el mismo sultán, pues muchas veces amargan
sus días con enérgicas reclamaciones y turban su sueño.
Las palabras, las risas y los cuchicheos caen de las ventanas, como
involuntarias irreverencias, sobre la muchedumbre guerrera, silenciosa é
inmóvil. Ni una mirada se eleva; ni un rostro se contrae. No ven, no
oyen; están como muertos bajo la doble mortaja de la disciplina militar
y el fervor religioso. Esperan al _Padichá_, nombre que dan los turcos á
su emperador. El título de _Sultán_ sólo lo emplean los árabes.
La conversación y la risa de los europeos tampoco conmueven á los
ayudantes de campo del emperador, cubiertos de oro, y á los empleados
palatinos, de negra _stambulina_, que permanecen erguidos é inmóviles en
las puertas y ventanas de los salones del kiosco. Imposible moverse sin
tropezar con ellos. Levantáis un cortinaje, y vuestra mano tropieza con
el pecho de un coronel, inmóvil como un adorno del salón, y que no
cambia de lugar ni os mira. Vais á una ventana, é inmediatamente
percibís la sensación de que alguien está detrás: un señor de levita y
gorro, con un rosario de ámbar en las manos, que jamás fija sus ojos en
los vuestros, como si ignorase vuestra presencia.
El sultán recibe á sus huéspedes con la mayor cortesía, enviándoles
orientales saludos de amistad. Estáis como en vuestra casa; los esclavos
negros ofrecen cigarrillos; bajo tapices de seda, con flores doradas,
llegan las humeantes tacitas de café y los vasos de oro llenos de
confitura de rosas; pero no podéis dar un paso sin que unos ojos os
sigan; no podéis sentaros sin que alguien se siente cerca de vosotros;
no podéis hablar sin que un señor de uniforme ó de levita venga á
situarse á pocos pasos, volviéndoos la espalda, para mayor disimulo. Al
asomaros á una ventana, debéis arrojar antes el cigarro. Nadie puede
llevar nada en las manos. Las señoras deben abandonar sus sombrillas,
aunque las tueste el sol. Una maquinilla fotográfica es un crimen que
se paga con la expulsión. El alto espionaje, que consume con enormes
sueldos una gran parte de la renta pública, vela por la existencia del
_Padichá_ con una meticulosidad ridícula.
Un crujido de arena, bajo la marcha acompasada de muchos pies, turba el
profundo silencio exterior.
Me asomo á la ventana. Dos filas de pachás descienden la cuesta, camino
de la mezquita, con el sable en una mano enguantada de blanco, y
moviendo la otra al andar con una regularidad de simples soldados. Son
los generales que tienen empleo palatino ó están en los ministerios.
Salen del palacio y van á la mezquita, agrupándose en la puerta de ésta
para recibir al señor. Sobre sus levitas de obscuro azul, adornadas con
grandes charreteras de oro, brillan condecoraciones de un esplendor
fantástico; estrellas de brillantes, soles de rubíes y esmeraldas, todas
las insignias que puede regalar un monarca oriental de fabulosa
generosidad.
Estos pachás son la flor del imperio. Los hay viejos, tostados y secos,
con grandes barbas blancas y gafas de oro, antiguos generales que
pelearon con los rusos en las orillas del Danubio y resistieron en
Plewna con la tenacidad inconmovible del musulmán. Otros, jóvenes,
morenos y obesos, son altos oficiales por la voluntad del Gran Señor;
generales por nacimiento, que nunca han mandado tropas; almirantes
hereditarios que jamás pisaron el puente de un acorazado.
El silencio se agranda. En las muchedumbres occidentales, la emoción se
manifiesta con empujones de impaciencia y sordos rugidos. Los turcos, al
llegar el momento esperado, lo anuncian con una inmovilidad mayor, con
un silencio absoluto, absolutísimo; con la ausencia de todo signo de
vida.
En el balconcillo del minarete de la mezquita Hamidié aparece un hermoso
_imán_, de barba negra y turbante blanco. Visto de lejos, parece un
muñequillo asomado á un balcón de encajes. Extiende, como alas de
murciélago, las grandes mangas negras de su sotana, y un canto plañidero
y dulce, semejante á una _saeta_ andaluza, rasga el denso silencio,
descendiendo hasta nosotros, como si viniera del cielo.
Empiezan á bajar carrozas por la enarenada cuesta, camino de la
mezquita. Son las sultanas y odaliscas del harem imperial; unas cuantas
nada más, pues de ir todas en el cortejo, duraría éste horas enteras.
Los eunucos negros, con las manos cruzadas sobre el vientre, marchan
formando un círculo en torno de cada coche. En unos van las hermanas é
hijas del _Padichá_; en otros, sus tías; en los que rompen la marcha,
las odaliscas preferidas. Entre los generales y almirantes que, sable en
mano, forman un grupo ante el kiosco, hay hijos y hermanos del
emperador. Lo mismo pueden llegar un día al trono, que morir desterrados
en una provincia de Asia, ó amanecer con las venas cortadas y unas
tijeras junto á la cama, para que todos crean en un suicidio.
Al través de los vidrios de las carrozas se ven blancos velos, ojos
pintados de negro, joyas enormes, mantos bordados de oro con una
suntuosidad oriental... y vestidos parisienses, chillones y de mal
gusto, de esos que los costureros de París guardan, según ellos dicen,
para las damas turcas y las millonarias de América.
Un rugido feroz corre al frente de las filas. Los soldados presentan las
armas. Un _landeau_ sencillo, tirado por seis caballos de una belleza
inexplicable, como sólo puede poseerlos el soberano de la Arabia, avanza
lentamente. Delante de él y á los lados marchan, en revuelta confusión,
guardias albaneses con el fusil al hombro y la bayoneta calada; pachás
que se codean y pisotean con los simples soldados; palafreneros de
dalmática bordada, gruesa como coraza de oro; simples dignatarios de
palacio vestidos de negro; jefes árabes, de nítido albornoz, venidos del
Yemen para saludar al descendiente del Profeta. Los grupos de generales
y almirantes situados al paso se unen á este grupo que corre en torno
del carruaje, oprimiéndose contra sus ruedas y agrandándose por
momentos.
Solo en el _landeau_, con la capota caída, se muestra el emperador, el
hombre omnipotente, el _Padichá_, el Sultán, el Comendador de los
Creyentes, rey y pontífice á un mismo tiempo de muchos millones de
hombres.
Al pasar ante el kiosco diplomático, levanta los ojos hacia las ventanas
y saluda levemente, con gravedad musulmana. Es un hermoso tipo
masculino; una figura de guerrero y de creyente. Sin duda va pintado
como las mujeres de su harem. Á juzgar por los años que ocupa el trono y
su anterior juventud, debe estar en los setenta, y sin embargo, la
luenga barba es de un negro intenso y el rostro tiene un aspecto de
juventud. Este hombre, que es señor de una parte considerable de Asia y
de una de las primeras capitales de Europa, que posee tesoros como los
de _Las mil y una noches_, que es rey de Bassora, la de las perlas, y de
Bagdad, la de las fantásticas riquezas, se muestra simplemente vestido
de negro, sin un adorno, sin una alhaja, con algo de clerical y severo
en su indumentaria.
Lo que se admira al momento en él es la tranquilidad, la resignación
valerosa del musulmán. Este hombre no tiene miedo ni puede tenerlo, á
pesar de cuanto han dicho los periodistas franceses. Es un fatalista. Si
está escrito que le maten, le matarán de todas maneras, por ser así la
voluntad de Alláh. Y á pesar de que en el Sélamlik intentaron
asesinarle, valiéndose de un vehículo cargado de dinamita, va á él todos
los viernes, y pasa bajo las ventanas del kiosco diplomático, desde las
cuales se le puede alcanzar fácilmente, y se exhibe más allá, ante una
muchedumbre que aguarda bajo el sol, contenida por las filas de la
tropa.
Las bandas de música hacen sonar el himno imperial, una especie de
mazurca alegre; los gritos del _imán_ llegan de lo alto durante las
breves pausas del himno; los soldados lanzan por tres veces una
aclamación feroz, un grito de guerra que es un viva.
El sultán penetra en la mezquita. Fuera, en el gran patio, aguardan las
damas del harem, dentro de sus carrozas, con los caballos
desenganchados, por una precaución tradicional. Todas las tropas vuelven
el frente á la mezquita para no estar, ni aun á gran distancia, de
espaldas al emperador.
Cuando media hora después, terminada la plegaria del Sélamlik, vuelve el
sultán al palacio, el regreso parece menos ceremonioso y más entusiasta.
El Comendador de los Creyentes, dejando partir las carrozas de las
mujeres, los caballos de respeto que llevan de la brida los dorados
palafreneros, toda la pompa de su corte, avanza en un ligero cochecillo
de dos ruedas, tirado por un tronco de hermosas bestias que él mismo
guía, acariciándolas con el látigo. Su hijo favorito, vestido de
almirante, se sienta al lado de él.
El tumulto de generales, dignatarios y simples soldados de la guardia,
se hace mayor en torno del ligero cochecillo. Corren jadeantes los
pachás y los oficiales, pisoteándose y aclamando al emperador. Suenan
otra vez las músicas; pero apenas se oyen, sofocadas por el griterío de
muchos miles de hombres.
Los soldados, silenciosos antes como estatuas, rugen al presentar las
armas y ver de cerca á su emperador: «¡Larga vida al _Padichá_!»
No son los fríos vivas de ordenanza de otros países. Las aclamaciones
del turco vienen de adentro, de lo más hondo.
En este país es inútil soñar con reformas y revoluciones.
Turquía podrá desaparecer; pero cambiar... ¡nunca! Sólo puede ser como
es, y así vivirá ó morirá.
El buen musulmán jamás discute á su soberano. El _Padichá_ es algo más
que un rey de la tierra: es representante de los poderes del cielo.
Cuanto él hace, bueno ó malo, lo hace Dios, y el turco es el más
religioso y resignado de los hombres.
Aun en sus mayores desgracias, al verse en la miseria ó ante el cadáver
de un ser amado, nunca tiene una lágrima ni una palabra de protesta. Le
basta, para consolarse, suspirar melancólicamente:--¡Alláh lo ha
querido!
XXIII
Los perros
Antes de conocer Constantinopla, cuando yo evocaba en la imaginación la
gran ciudad oriental, reconstruyéndola con arreglo á ciertas lecturas,
lo primero que veía eran los perros, los famosos perros de la metrópoli
turca.
Muchas cosas que amaba por los libros, no las he encontrado al llegar
aquí. Unas han desaparecido bajo las huellas del tiempo; otras eran
mentiras poéticas, que jamás tuvieron realidad. Pero los perros, los
célebres perros, aquí están, como en otros siglos, llenando las calles,
obstruyendo las aceras, dificultando el paso de los vehículos, sin casa,
sin amo, sin otro medio de subsistencia que el respeto tradicional y la
ternura que siente el turco por todos los animales.
¿Quién no ha oído hablar de los perros de Constantinopla? Hasta hace
pocos años eran la única policía urbana de la gran ciudad; el cuerpo de
limpieza pública, encargado de que las calles no quedasen totalmente
obstruídas por carroñas de animales y montones de estiércol. Ahora, la
influencia europea ha logrado que la triple ciudad de Constantinopla, ó
sea Stambul, Pera y Scutari, tengan tres municipios, compuestos
exclusivamente de ciudadanos turcos, que velan á su modo por la limpieza
de las calles. Hay barrenderos indolentes y carretillas de riego para
las principales vías; mas no por esto los perros han perdido sus
antiguos privilegios. Al anochecer, de todas las casas arrojan á la vía
pública el estiércol y los desperdicios; acuden los perros; la noche
entera pasa entre ladridos, mordiscos y estrépito de lucha en torno del
festín, y á la mañana siguiente, los barrenderos «quitan la mesa»,
llevándose lo que no han podido devorar estos pupilos de Constantinopla.
Venecia tiene sus palomas, que han vivido y procreado durante siglos á
expensas de la República, como una institución nacional.