sobre el estómago, en una actitud frailuna de mansedumbre, varios
señores vestidos de negro. Llevan la elegante levita de corte, llamada
_stambulina_, sin solapas y cerrada como una sotana, que es aquí el
traje de ceremonia. Tras ellos marcha lentamente una carroza que todos
saludan, y en su interior se ven varias damas envueltas en velos
blancos, ó un caballero de gorro rojo, con bigotes á lo _kaiser_. Son
señoras del harem imperial que vienen á comprar á la ciudad, con un
séquito de empleados palatinos, ó alguno de los innumerables hijos,
hermanos ó sobrinos del sultán.
Con aire de superioridad, se abren paso á codazos unos negros
elegantemente vestidos del mismo color de su piel, con la _stambulina_
de ceremonia y el fez muy recto sobre las pasas de la crespa cabeza.
Tienen las piernas larguísimas; el cuello es enorme, y en su rostro
chato é insolente hay algo de infantil y meticuloso, que hace imaginar
una vida de chismorreos, intrigas y murmuraciones. Cuando abren la boca
sale de sus gruesos labios un chillido estridente, semejante al del pavo
real; algo extrahumano, falso y grotesco, que hace reir é irrita al
mismo tiempo. Son personajes que viven aparte, y á los que mira la gente
con cierto respeto; son eunucos del palacio imperial ó de los haremes de
los grandes pachás, que, habituados á su existencia entre beldades
misteriosas y grandes magnates, parecen tristes y descontentos cuando se
dejan ver en las calles de Constantinopla.
Algunas veces van sentados en el pescante de un coche de lujo, en cuyo
interior ríen y comen dulces cuatro beldades turcas, vestidas con trajes
parisienses de la _rue de la Paix_, y con el rostro cubierto por una
finísima nube de gasa, que realza engañosamente sus facciones pintadas.
Estas mujeres de pachá, que van á las grandes tiendas de Pera, son
turcas modernas que hablan francés é inglés, tocan el piano, leen
novelas _psicológicas_ con cubierta amarilla traídas de París y conocen
todas las seducciones de la vida europea... todas menos el adulterio,
que es aquí imposible, no por falta de ganas, sino por la vigilancia
brutal, continua é incorruptible, que nadie consigue vencer, por más que
digan é inventen poetas y novelistas.
Las turcas más modestas, esposas de musulmanes pegados á la tradición
que viven en Stambul, ó las simples mujeres del pueblo, van á pie,
vistiendo amplios trajes semejantes á dominós de gruesa seda adamascada,
negra, roja, verde ó azul. Por las amplias mangas de esta envoltura
asoman los brazos de la blusa interior, encintada y vaporosa. Las manos
enguantadas sostienen la sombrilla y el bolso. La abertura del capuchón
que corresponde al rostro tiene un teloncillo de seda negra á modo de
máscara, que en unas es tupida é inaccesible á toda mirada, y en otras
diáfana y atrayente, como una invención de la coquetería.
La calidad de estas mascarillas permite apreciar el valor de lo que se
oculta detrás, aun antes de verlo. Regla general: todo velo espeso
esconde una vieja dama ó una fea desfigurada por las horribles
enfermedades de Oriente. Al través de los velos claros se encuentra
siempre alguna cara de criadota española ó de monja fresca, con triple
barbilla, carrillos de luna arrebolados por el colorete y unos ojos
hermosos, de vaca tranquila, agrandados por tiznajos negros.
La moral y la decencia son frágiles invenciones humanas, que cambian con
la mayor facilidad, según los tiempos y los pueblos. Estas damas turcas,
para las cuales es una indecencia levantarse el velo ante otro hombre
que su legítimo señor, y á las que vigila en todas partes la terrible
policía otomana para que no cambien una palabra con el extranjero, se
arremangan la faldamenta hasta más arriba de la rodilla, aunque no
llueva, y muestran con la mayor naturalidad sus pantorrillas enormes,
con medias á rayas, multicolores y chillonas, que, según dicen los
comerciantes de aquí, proceden de Cataluña.
Estas máscaras, encapuchadas y misteriosas, bajo la luz del sol, que
caldea los maderos del Gran Puente, dan un atractivo novelesco á la
multitud. Las mujeres circulan entre el gentío con la mayor
tranquilidad, sabiendo que nadie osará mirarlas, que todo musulmán
bajará la vista para no verlas, como el que evita una acción vergonzosa,
y por esto, cuando se encuentran sus ojos con los ojos audaces del
europeo, unas, las más hermosas, sonríen con cierta turbación, y otras
crispan su cara, indignadas, encabritándose su fealdad bajo el acicate
religioso.
De toda la multitud cosmopolita que diariamente circula por el Gran
Puente, el más simpático y cortés es el turco. Yo no entiendo su lengua,
pero los ademanes constituyen un idioma inteligible y claro para el
extranjero que, privado del habla, observa con mayor atención. Además,
los que conocen el turco, elogian con entusiasmo la cortesía y mesura de
este pueblo, grave, un tanto triste, pero bueno y generoso. No hay
idioma, según ellos, que contenga iguales expresiones de afecto. La
madre turca habla siempre á sus pequeños dándoles el nombre de flores ó
graciosos animales; el hombre tributa al extranjero ó al amigo los más
extremados elogios, al par que le da hospitalidad y protección.
La caridad cristiana de los pueblos occidentales, que tiene las calles
llenas de mendigos y deja morir de hambre á muchos infelices, es bien
poca cosa considerada desde Constantinopla. Aquí los pobres son
muchísimos miles, y sin embargo, sólo se encuentran pordioseros en el
Gran Puente ó en los alrededores de alguna mezquita, y éstos nunca son
turcos, sino griegos y judíos. El pobre es sagrado para el turco, y no
se contenta con darle unos céntimos, abandonándolo después, satisfecha
la conciencia, sino que le abre su casa y le da cuanto necesita. En este
pueblo generoso, que tiene la noble manía de la protección, todos los
pobres están _colocados_; todos cuentan con una casa á la que se
adhieren como si fuese suya.
De los actos exteriores del otomano, el que más admiro, como suprema
expresión de nobleza, es el saludo. Los europeos no sabemos saludar.
Cogemos el sombrero, lo levantamos con más ó menos rudeza, sonreímos, y
ya está todo hecho. El turco es un verdadero artista de la cortesía. Su
gorro rojo es inconmovible. Se lo pone al levantarse y no se despoja de
él, ni un instante, hasta la noche. Descubrirse la cabeza es la mayor
descortesía y algo así como una blasfemia religiosa. Quitarse el
cubrecabezas para saludar significaría lo mismo que si un europeo se
despojase de un zapato para dar la bienvenida á una señora. Esta
necesidad de mantener el fez recto é inmóvil sobre la cabeza, como si
estuviese metido á tornillo, ha confiado á la mano y á los ojos todo el
saludo.
¡La noble dignidad oriental de los turcos al encontrarse!... La mano,
que parece hablar, desciende á la rodilla, y de allí se remonta al
corazón, pasando luego á la frente, al mismo tiempo que el cuerpo se
inclina con majestad y los ojos expresan el respeto y la alegría del
encuentro, con un arte y una gracia que ningún europeo puede imitar.
De vez en cuando, entre esta muchedumbre que transcurre por el Gran
Puente, se ven ojos negros de mirada inquietante, perfiles de aves de
presa, sonrisas melosas que hacen llevar las manos á los bolsillos,
gentes corteses que infunden pavor.
Constantinopla es el gran vertedero del continente. Aquí se ocultan y
se pierden los más temibles aventureros. Turquía es un pan blando, en el
que vienen á hincar el diente los lobos más temibles del mundo.
Esos turcos de aspecto inquietante, que sólo son turcos por el fez que
llevan en la cabeza, inspiran miedo con sobrado motivo... Son europeos,
y el europeo es lo peor de Turquía.
XX
El Gran Visir
Mi amigo Mizzi es un abogado inglés notabilísimo, que desde hace treinta
y cinco años vive en Constantinopla. Habla y escribe con la mayor
facilidad doce idiomas, y en un mismo día perora ante el tribunal
consular de Inglaterra, hace una defensa en turco, escribe una demanda
en griego ó en ruso y acaba su jornada en el consulado español
expresándose en castellano.
Desde Constantinopla ha ido á defender pleitos á Siberia. Otra vez fué á
Bagdad y á Bassora, países de leyenda, para intervenir como abogado en
una herencia de príncipes árabes, que se disputaban sacos de diamantes,
de rubíes y esmeraldas. Sólo en Oriente pueden encontrarse estos
litigios de cuento fantástico.
Mizzi es inglés porque nació en Malta; pero su madre era española, y él
siente un gran afecto por España. Es consejero legista de casi todas las
embajadas y consulados; condecoraciones y títulos llueven sobre él de
las más importantes naciones de Europa, y sin embargo, lo que más
aprecia es su nombramiento de vicecónsul de España. _The Levant Herald_,
el diario más grande de Constantinopla, es propiedad suya, y en él
trabaja diariamente, dando al público una información del mundo entero.
Ir con Mizzi por las calles de Pera y Galata, es asistir á un desfile de
popularidad. Saludo á un turco en su lengua, conversación con un griego,
diálogo con un francés ó un italiano, sombrerazos, apretones de manos,
frases cariñosas; un curso completo de idiomas.
Una mañana me lleva Mizzi á saludar al Gran Visir, antiguo amigo suyo de
la juventud.
¡El Gran Visir!... Este nombre evoca visiones de inmenso poder; hace
recordar las lecturas de la niñez, los mágicos cuentos de _Las mil y una
noches_; presenta ante la imaginación un imponente personaje de luenga
barba y turbante blanco enorme como un globo, con una majestuosa cohorte
de esclavos, ejecutores, escribas y fanáticos santones.
El Gran Visir de Turquía, que es más que nuestros jefes de Gobierno
(algo así como el vicesultán), resulta uno de los personajes más
importantes del mundo. Gobernar naciones como, por ejemplo, España,
puede hacerlo cualquiera. Con tener una mayoría en las Cámaras, todo
está asegurado. Ningún peligro exterior amenaza al país, y la vida
interior se desarrolla plácida y entretenida al través de chismes y
comadreos, á los que se da el nombre de política, entendiéndose todos
al final, pues la estrechez de horizontes impone la vida en familia á
unos y á otros.
Para llegar á Gran Visir hay que ser un hombre extraordinario. Sustentar
unidas y en paz las diez y nueve razas del imperio separadas por odios
históricos y radicales diferencias religiosas; gobernar desde
Constantinopla el lejano Yemen, poblado de fanáticos que se irritan al
ver que Turquía hace una vida europea, ó Bagdad, alejada de la capital
por un viaje de cincuenta y cuatro días (casi tantos como se necesitan
para dar la vuelta al globo), y al mismo tiempo hacer frente con engaños
y energías al tropel de lobos de las grandes potencias europeas, que ya
han arrancado miembros enteros del cuerpo otomano, y cada vez aullan más
fuerte, pidiendo nueva carnaza, todo esto es empresa que requiere la
inteligencia y la firme voluntad de un hombre superior.
Vamos á visitar al Gran Visir en su casa, antes de que se traslade á su
despacho de la Sublime Puerta, en las primeras horas de la mañana, pues
este personaje, sobre cuya inteligencia pesa todo un imperio, es un gran
madrugador.
Llegamos al palacio, situado en las afueras de Pera, cerca de un gran
campo de maniobras, donde galopan, en traje de campaña, varios
escuadrones de caballería. Un cuerpo de guardia, con numerosos
centinelas, se eleva frente á la vivienda del Gran Visir, precaución que
no es superflua en este país, donde han sido frecuentes los atentados
contra el sultán y sus ministros.
El palacio no tiene nada de oriental. Es una gran casa, con amplias
escaleras de mármol. El fez de los empleados y servidores, que van de un
lado á otro, y la falta de alumbrado eléctrico, son los únicos detalles
que recuerdan á Turquía.
Entramos en una pequeña antesala, saludamos á otros visitantes que
aguardan, y ellos nos contestan con la grave cortesía oriental,
inclinándose, llevando su diestra de las rodillas al corazón y á la
frente. Son turcos de correcto exterior, con el fez muy planchado y
erguido y la negra levita militarmente abrochada; _imanes_ jóvenes, de
luenga barba, elegantes y limpios, que para entretener la espera pasan
entre sus dedos, con vertiginosa rapidez, las cuentas del rosario. Nos
distraemos fumando cigarrillos orientales, hasta que un oficial del Gran
Visir viene á advertirnos que Su Alteza nos espera, recibiéndonos antes
que á los demás visitantes. Estos aguardarán con su paciencia turca, que
ignora el valor del tiempo y del número.
Mizzi me advierte que debo llamar Alteza al Gran Visir. En Turquía,
fuera de la familia del sultán, no hay más que dos altezas: el Gran
Visir... y el Gran Eunuco del harem imperial.
Pasamos ante un salón de enormes proporciones, que parece un almacén de
muebles por la gran cantidad que contiene de sillerías, lámparas,
cuadros, cojines y espejos, todo europeo. Son regalos de los gobiernos
extranjeros al primer ministro turco, y que éste amontona en el salón
destinado á las fiestas diplomáticas. Los objetos de Europa, con su
abigarrada y rica variedad, quedan en la pieza destinada á recibir á los
europeos. Más allá, está la vida íntima, la vida turca.
Me veo de pronto en un pequeño gabinete. Tres hombres están de pie, con
levita negra, calado el fez, la mirada en el suelo y las manos cruzadas
sobre el abdomen, en actitud rígida y respetuosa. Otro hombre, también
de levita, avanza hacia nosotros, sonriendo, con una mano tendida. Creo
estar en una antesala, desde la cual van á anunciarnos al poderoso
personaje... Pero no: estoy en el gabinete del primer ministro de
Turquía, y el hombre que sonríe y nos tiende la mano es el propio Gran
Visir.
Me siento desconcertado por esta sencillez. El gabinete es una pieza de
paredes blancas y desnudas, sin otro adorno que una fotografía del
Sultán. En un extremo, dos pequeñas librerías con cristales de colores.
Unos divanes bajos, de sedas obscuras, son los únicos muebles, y junto á
una ventana que encuadra un pedazo de cielo y de jardín, acaba de tomar
asiento el poderoso personaje.
Nada hay en él que recuerde _Las mil y una noches_. Ni su aspecto ni su
habitación revelan el poder inmenso de que está investido. Parece un
señor europeo que, por exótico capricho, se ha calado el fez como gorra
casera. Viste de negro, y por entre las solapas de su levita asoma un
rico chaleco de seda oriental. Al colocar una pierna sobre otra, la boca
del pantalón deja ver en el interior de éste una alta bota á la turca,
unico detalle que desentona en su aspecto europeo.
Tomamos asiento junto á él y empieza á hablarme en francés, con acento
claro y sonoro, dando á sus palabras una majestad natural, á la que
acompañan los más nobles ademanes.
Realmente, Ferid-Pachá, Gran Visir de Turquía desde hace nueve años,
período de gobierno que no alcanza ningún político de Europa, es un
hombre extraordinario. Me siento subyugado por la majestad de sus
maneras de gran señor, por la sonoridad poética de su voz de barítono,
por el fuego de su mirada, que quiere hacer amable, y sin embargo, es
imperiosa y firme: la mirada del Visir en los cuentos orientales.
Es un hombre de gran estatura, fuerte y musculoso, sin dejar de ser
delgado, y con una hermosa barba negra que empieza á blanquear. Tendrá
poco más de cincuenta años, y en sus ojos brilla el fuego entusiasta de
la primera juventud. Sobre su rostro europeo se destaca la nariz, como
un signo de raza, una nariz de turco peleador, encorvada como pico de
combate, con les aletas anchas y palpitantes.
Ferid-Pachá, con esa benevolencia protectora de los otomanos, me sonríe
y muestra interés por conocer mis impresiones sobre Constantinopla y si
me es grata la estancia en ella.
Mientras él habla, yo le contemplo y evoco rápidamente su historia.
Ferid-Pachá es un albanés, un turco que ha nacido cerca de Italia y de
Grecia. Su juventud en la Universidad de Janina fué brillantísima. El
futuro gobernante asombró á los profesores griegos con sus profundos
estudios sobre los poetas de la antigüedad. Luego vino á Constantinopla,
entrando en la administración pública, donde escaló con rapidez los
primeros puestos. Fué gobernador de lejanos pueblos de Asia (algo así
como los antiguos virreyes americanos), hasta que su talento político
llamó la atención del Sultán, que le hizo su Gran Visir.
Al mismo tiempo que le escucho, mis ojos vagan por la habitación,
admirando su sencillez. Sobre una librería portátil, vecina al gran
personaje, hay un busto de mármol, el único que adorna el gabinete. Yo
conozco esta cara arrugada, de vieja maliciosa; pero me desorienta su
cráneo pelado. Yo la he visto en muchos sitios, y sin embargo, no puedo
recordar su nombre. ¿Quién es?... ¿Quién es?...
La hermosa voz de Ferid-Pachá toma una expresión más grave, la temblona
majestad del _imán_ que declama su plegaria, y dice así:
--De todos los pueblos con los que vive Turquía en excelentes relaciones
de amistad, España es uno de los que amamos más sinceramente. Ningún
mal hemos recibido de ella; siempre la amistad y el cariño guiaron
nuestras relaciones; sus desgracias las sentimos como nuestras, pues
aunque vivimos alejados, existe algo inexplicable entre los dos pueblos
que los une con sincera amistad.
Hasta aquí su expresión era de majestuosa cortesía; pero de pronto cerró
enérgicamente la mano derecha, y añadió con sincero entusiasmo:
--¡Ah, España! ¡Qué tenacidad para vivir! ¡Qué fuerza para levantarse
cuando tropieza! Admiro á vuestra nación, más aún por su enérgica
voluntad en tiempos de paz que por su valor en la guerra. Todo un siglo
de calamidades ha pesado sobre su historia: guerras civiles,
revoluciones, pérdidas de territorios, y sin embargo, se ha levantado de
tantas caídas, y sigue su camino, y resucita cuando la creen muerta, y
desarrolla sus riquezas naturales. ¡Ah, España, noble pueblo de la firme
voluntad de vivir!...
Y al hablar de territorios perdidos, de guerras desgraciadas y de la
voluntad de vivir, por encima de toda clase de infortunios, sus ojos
miraron en torno de él con cierta tristeza.
En el fondo de la habitación seguían en fila y de pie los tres
subordinados, como testigos mudos, con las manos cruzadas sobre la
levita y las cabezas inclinadas hacia el suelo.
El Gran Visir recobra su majestuosa frialdad y empieza á hacerme
preguntas, aprovechando la ocasión para enterarse de un lejano país.
--¿Vuestra flota la vais á rehacer ahora?
--Eso dicen, Alteza.
--Bien, muy bien. Una gran nación necesita barcos. Pero creo que á los
españoles les ocurre lo que á los turcos. Les gusta más pelear por
tierra que por mar... ¿Quién es ahora el generalísimo de vuestro
ejército?
Yo le digo que en España no hay generalísimo, y que el ejército lo
dirige el ministro de la Guerra. Su Alteza frunce el ceño como para
recordar un nombre.
--Y Weyler, ¿qué hace ahora?
--Es un general como los otros.
--Martínez Campos murió, ¿no es así?... Aquel era un hombre.
Y Ferid-Pachá sonrie y vuelve á cerrar el puño con expresión de energía.
Me hace otras preguntas sobre España, y yo, mientras las contesto, sigo
mirando el busto. ¿Pero de quién será?...
--¿Conocéis á _monsieur_ Moret? Es abogado nuestro. Nos lo ha
recomendado el emperador de Alemania para que intervenga en un asunto de
Turquía.
Y Ferid-Pachá, con una expresión triste, me cuenta en breves palabras el
asunto. Uno de tantos abusos de la rapacidad europea: grandes empresas
de Occidente que vienen á establecerse en Turquía con el pretexto de
civilizarla, y luego de enriquecerse engañando la sencillez otomana,
todavía se fingen perjudicadas y exigen enormes indemnizaciones al
gobierno.
Su Alteza sigue haciéndome preguntas sobre mi país, y yo continúo
mirando el busto con excitada curiosidad.
--¿Y vuestro rey?--pregunta sonriendo el Gran Visir.
No sé qué contestar á esta breve interrogación, y el personaje añade con
dulce sonrisa:
--¡Qué actividad! ¡Qué exuberancia de vida! ¡Oh, la juventud!... Vuestro
rey nos inspira grandes simpatías. Viaja, se entrega á los _sport_, le
gusta ser soldado, se divierte... Hace bien, hace bien.
Luego añade con expresión sentenciosa:
--Los monarcas deben divertirse. Para eso tienen servidores fieles que
se encargan de gobernar por ellos, sufriendo las amarguras del poder.
Llega el momento de despedirnos con solemnes saludos orientales. Al
pasar junto al busto lo reconozco de pronto y me explico mi torpeza.
Estaba acostumbrado á ver con peluca esta cabeza de mono malicioso.
Es Voltaire.
XXI
El palacio de la Estrella
El marqués de Campo Sagrado, nuestro ministro en Constantinopla, es el
más conocido de los representantes diplomáticos. Hasta los turcos
modestos de Stambul conocen su nombre. Nueve años de permanencia en
Turquía y un carácter franco y bondadoso de gran señor, que para
inspirar respeto no necesita imitar á ciertos embajadores, altivos é
inabordables como reyes, han dado al marqués una gran popularidad en
Constantinopla.
Cuando se citan los nombres de los representantes de Europa, el de
Constans, embajador de Francia, y el de Campo Sagrado, son los primeros
que acuden á la memoria de los turcos. Al pasar yo la frontera otomana,
apenas dije á los encargados de los pasaportes que iba recomendado al
embajador de España, todos, funcionarios y viajeros del país, le
designaron por su nombre.
--¡Su Excelencia el marqués de Campo Sagrado!... Un gran señor muy
simpático. Lo conocemos: le vemos muchas veces en su carruaje por la
gran calle de Pera.
Hasta las damas turcas que parecen vivir aisladas del mundo cristiano y
fingen ignorar la existencia de _infieles_ en Constantinopla, conocen
todas al representante de España, y cuando le ven, sonríen amablemente
bajo sus velos.
Es un excelente embajador para un país como el nuestro, que tiene pocas
relaciones con Turquía. Ya que le faltan ocasiones para ejercitar su
acción diplomática, mantiene el prestigio de España á honrosa altura con
su generosidad y su cortesía, condiciones que alcanzan profundo respeto
en este pueblo oriental, amigo de imponentes exterioridades.
Cuando llegué al palacio que tiene España en Buyuk-Deré, en la ribera
del Bósforo, cerca del Mar Negro, vi avanzar á Campo Sagrado, sonriente
y corpulento, con un aire animoso de segunda juventud, tendiéndome su
fuerte diestra de cazador asturiano. Este Nemrod infatigable, luego de
perseguir al oso en sus montañas natales, ha pasado muchos años en las
estepas rusas cazando con el zar y los grandes duques, y ahora acosa á
los venados turcos en compañía de los pachás más poderosos. Cuando el
sultán conversa con él, se entera con interés de sus hazañas venatorias.
--Está usted en su casa--dice el marqués con graciosa amabilidad--. Esta
es la casa de España.
Y nos da un almuerzo, en el que figura como plato de circunstancias un
buen arroz á la valenciana.
El almuerzo es bueno; al final se brinda por la lejana patria... pero
más notable es aún el comedor. Por un lado, las ventanas dejan ver el
parque de la legación, que extiende su arboleda cuesta arriba por la
ribera europea. En el lado opuesto, las arcadas de una logia sirven de
marco al mágico espectáculo del Bósforo y á las verdes montañas de la
vecina costa de Asia. Por la extensión azul pasan caiques con remeros
vestidos de blanco, y sentadas en el fondo de estas ligeras
embarcaciones, damas turcas, que sólo dejan ver encima de la borda su
cabeza encapuchada, teniendo frente á ellas esclavas negras, libres de
velos. El sol del mediodía hace temblar las aguas con chisporroteos de
oro. Un viento frío, que viene del Mar Negro, aligera la ardorosa
temperatura estival.
--Verá usted en Constantinopla muchas cosas interesantes--dice el
ministro de España--. Pero créame usted á mí, que llevo en esta tierra
algunos años; los dos espectáculos extraordinarios, lo que no puede
verse en ninguna otra parte, son el Bósforo y el Sélamlik.
El Bósforo ya lo había visto yo, en toda su extensión, al dirigirme á la
legación de España. Me quedaba por ver el Sélamlik, cosa difícil para la
gran mayoría de los extranjeros, pues se necesita para ello la
recomendación de un embajador. Pero Campo Sagrado es incansable cuando
se trata de favorecer á un compatriota, y á pesar de encontrarse un
tanto enfermo, me acompañó en persona á la ceremonia palaciega.