la peste y los continuos ataques de los búlgaros durante los mil años
que sobrevivió el decaído Bajo Imperio.
Pero á pesar de su larga agonía. Constantinopla, centro del imperio de
Oriente, tuvo su grandeza y sirvió noblemente á la civilización. Ella
guardó las tradiciones del arte griego, la legislación romana, los
monumentos literarios, toda la antigüedad; y cuando en el siglo XI
surgió el primer intento de Renacimiento, y en el XV llegó á ser un
hecho el hermoso despertar de la Humanidad, de su seno salieron los
hombres y las ideas que realizaron en Italia el retroceso bendito hacia
la antigüedad clásica. Además, durante la Edad Media fué Constantinopla
la gran muralla que contuvo el empuje de las invasiones asiáticas.
Europa, defendida por este puesto avanzado, pudo constituirse lentamente
á su abrigo. La cristiandad se dió cuenta de la importancia de
Constantinopla cuando después de caer ésta en poder de los turcos, los
vió avanzar en unos cuantos años hasta el corazón de Europa, siendo
precisa una acción común para atajarlos junto á los muros de Viena y en
las aguas de Lepanto.
Grecia, aunque mutilada por los siglos y los hombres, guarda grandezas
de su pasado en el Partenón y otros monumentos; Roma conserva el
esqueleto de su gloria en ruinas, casi enteras, de termas, templos y
circos; pero de la antigua Bizancio apenas quedan vestigios. El turco lo
arrasó todo, más que por barbarie, por afán de dominación, por celos del
pasado, por su deseo de que ninguna obra antigua pudiera rivalizar con
las del período de gran esplendor que vino tras la conquista. Si respetó
Santa Sofía fué para convertirla en una mezquita, borrando de ella todo
signo del cristianismo griego.
Otros conquistadores no menos temibles que los turcos cayeron sobre la
ciudad. En 1204 los cruzados creyeron más cómodo y lucrativo conquistar
la gran metrópoli cristiana que pelear con los musulmanes de Asia, y su
asalto fué terrible. En la ciudad de Constantino y Justiniano no quedó
piedra sobre piedra. Los guerreros de la Cruz robaron templos y palacios
y los marinos genoveses y venecianos que conducían en sus galeras la
expedición, se cobraron el pasaje de la cruzada llevándose á sus
repúblicas lo mejor de Constantinopla. Los famosos caballos de Lissippo,
los cuatro corceles de bronce dorado que se encabritan en la fachada de
San Marcos de Venecia, son un recuerdo de este gran saqueo. Cuando,
expulsados al fin los cruzados, volvió á restablecerse el imperio
griego, la ciudad conservaba sus famosos monumentos, pero empobrecidos
por el despojo, y antes llegó la conquista de los turcos que el nuevo
florecimiento de Bizancio.
Nada queda en Constantinopla del pasado; pero ¡cuán hermosa es con su
aspecto musulmán! No existe ciudad que pueda comparársela en grandeza.
Londres ó París son más enormes, pero el viajero se convence de esto
porque así lo dicen los libros, no porque lo vean sus ojos. Es imposible
encontrar en ellas una calle ó una plaza que proporcione la sensación
exacta de la grandeza de la ciudad. Constantinopla, en cambio, puede
abarcarse de un solo golpe de vista. Basta colocarse en mitad del Cuerno
de Oro sobre un caique, ligero y movedizo como una piragua, ó en el Gran
Puente, para admirar toda la importancia de la metrópoli musulmana.
Ninguna ciudad del mundo, al decir de viajeros famosos, tiene tal
aspecto de inmensidad. Su vecindario es de millón y medio de seres, pero
cualquiera puede atribuirle cuatro ó cinco millones.
Á lo largo del Cuerno de Oro, en ambas riberas, el caserío ondula
apretado sobre las colinas. En primer término se ven dos ciudades,
siguiendo las tortuosidades de las orillas, y sobre éstas aparecen
otras, en alturas que se alejan, y más allá continúa el caserío hasta
esfumarse en el horizonte, azuleando como las montañas remotas. Y cuando
la vista, cansada de esa inmensidad de edificios, se vuelve hacia la
extensión de agua azul, ve al través de un bosque de mástiles una ribera
que cierra el horizonte, la de Asia, y en ella nuevas agrupaciones
urbanas, que cubren llanuras, escalan montañas y son también
Constantinopla.
La torre de Galata, pesada y enorme, mira desde lo alto de su península
al viejo Stambul, erizado de minaretes, sutiles y blancos como la
plegaria del buen creyente, y en cuya cima tiembla la flecha como una
llama de oro. Las grandes mezquitas son amontonamientos de plomizas
cúpulas que ascienden en torno de la cúpula central, rematada por una
media luna que arde bajo los rayos del sol.
¡El atardecer de mi primer día en Constantinopla!... Venía yo de
contemplar, á cierta distancia, la santa mezquita de Eyoub, donde jamás
ha puesto su pie ningún cristiano. Eyoub es un arrabal, en el fondo del
Cuerno de Oro, que se conserva como lo más turco y creyente de
Constantinopla. Su mezquita viene, en rango de santidad, detrás de la
Meca. Las viejas del barrio, envueltas en su manto negro, escupen á los
pies de todo cristiano que encuentran al anochecer en sus calles, y le
desean á gritos las mayores desgracias.
La corriente del Cuerno de Oro empujaba el caique dulcemente, y el
remero sólo tenía que dar débiles paletadas para seguir el viaje. Había
desaparecido el sol. Los minaretes de Constantinopla cortaban con su
blanca línea un cielo suave, teñido de rosa y violeta. Una estrella
centelleaba en este intenso telón de seda, como un brillante perdido. En
lo alto del cielo brillaba un fragmento de luna en creciente, como la
que se muestra en el escudo otomano: la media luna de los turcos.
La enorme ciudad aparecía partida en diversos términos, como los
bastidores de un teatro. Los barrios inmediatos á la ribera, negros y
levemente moteados de rojo por las luces de las ventanas iluminadas; los
de segundo término, ligeramente sonrosados por los reflejos del
atardecer; los remotos, marcándose, azulados é indecisos, como
montañas, reflejando con fulgores de incendio los últimos rayos de un
sol invisible en los cristales de los miradores, y sobre esta
aglomeración, envuelta en el misterio del crepúsculo, los bosques de
marfil de los agudos minaretes, los enormes huevos blanquecinos de las
cúpulas de las mezquitas.
Un silencio sagrado descendía del cielo, esparciéndose en compañía de la
sombra sobre la ciudad y las aguas. Pasábamos entre buques de guerra,
anclados en el puerto militar: acorazados grises de triple chimenea,
cruceros de una sola cofa, esbeltos avisos, yates imperiales que
aguardan la visita del sultán, el cual no los ha visto nunca.
De pronto, la roja bandera con la media luna blanca comenzó á descender
de los mástiles. Sobre las cubiertas veíanse agrupadas las
tripulaciones, con el fez, que iguala á oficiales y marineros. En el
cuartel del Almirantazgo, la infantería de marina extendía sus pelotones
á lo largo del muelle, destacándose en la penumbra la línea roja de sus
cabezas alineadas.
Á un mismo tiempo se conmovió la calma majestuosa del crepúsculo con
gritos que parecieron rasgar el espacio como disparos cruzados. En los
balconcillos circulares de los minaretes, hombres liliputienses, con
turbante blanco, agitaban los brazos, acompañando estos movimientos con
las modulaciones de un chillido sobrehumano. Sobre los puentes de los
buques de guerra, un hombre entonaba un canto majestuoso y triste,
semejante á las saetas de la Semana Santa en Andalucía.
_¡La Ilah il Allah ve Mohammed resoul Allah!_ cantaban con melancolía
religiosa, en el misterio del crepúsculo, los hombrecillos semejantes á
hormigas, sobre los puentes de los acorazados. Los centenares de gorros
alineados á lo largo de las bordas, entre las bocas de los enormes
cañones y las torres blindadas, rugían al contestar como un estampido:
_¡Allah! ¡Allah!_ Y al ver esa fe de los desiertos asiáticos, este ardor
fervoroso de los jinetes errantes de otros tiempos, repetirse á bordo de
los buques acorazados, última expresión de los adelantos científicos que
repelen y destruyen con sus bocas de acero las fantasmagorías del
pasado, tuve una visión exacta de lo que es la Turquía moderna: europea
exteriormente, pero cuando escucha la voz del Profeta, siente
despertarse en ella la misma alma de los que llegaron tras el caballo de
Mahomed II á la conquista de Constantinopla.
XVIII
El Gran Puente
Para el que desea conocer en conjunto la variadísima población de
Constantinopla, el mejor punto de observación es el Gran Puente, que va
de Galata á Stambul.
Tiene medio kilómetro de extensión, y su piso de maderos desiguales, en
los que tropieza el transeunte, está asentado sobre pontones
insumergibles, pues la profundidad del Cuerno de Oro, que en algunos
lugares tiene cerca de cien metros, no permite sostenes más sólidos.
Á un lado descuella, sobre el caserío en pendiente, la maciza torre de
Galata, empavesada con los pabellones de las grandes potencias, que
parecen proteger los barrios europeos. En el extremo opuesto, como si
cerrase el paso por la parte de Stambul, alza la mezquita de la Sultana
Validé sus esbeltas torrecillas y sus cúpulas con medias lunas de oro,
cual una construcción de _Las mil y una noches_.
Desde el centro del puente se abarca en todo su esplendor el espectáculo
del Cuerno de Oro, grandioso puerto que lleva tal nombre por su forma
curva, rematada en punta, y por las riquezas incalculables desembarcadas
en él.
Navíos de todos los países forman una segunda ciudad flotante á ambos
lados del puente. En las primeras horas de la madrugada se abre una
parte de éste para dar paso hacia el Bósforo á los grandes navíos de
guerra y los vapores comerciales que anclan en el fondo del Cuerno de
Oro. Los vaporcillos de viajeros para los pueblos del Bósforo; las islas
de los Príncipes ó Brussa, parten con gran frecuencia de los muelles del
Puente. Cada cuarto de hora sale uno agitando sus ruedas, con la doble
cubierta repleta de gorros rojos. Braman las sirenas, humean las
chimeneas, tiemblan los pontones con el encontronazo de los veloces
cascos, y sobre las aguas verdosas, agitadas naturalmente por las
corrientes y que el continuo paleteo de ruedas y hélices conmueve con
violento oleaje, pasan los caiques, ligeros como flechas, con una
inestabilidad que les hace danzar locamente, volcando á la menor
imprudencia del viajero, que debe conservarse en la popa inmóvil y medio
tendido.
Los bergantines turcos, de arcaica forma, que recuerda á las galeras de
la piratería, extienden sus velas amarillentas y salen cabeceando como
venerables mendigos entre las elegantes parejas de yates y la revoltosa
é inquieta granujería de vaporcitos _moscas_ y botes automóviles, que
parecen burlarse de estos ancianos del mar, pasando y repasando ante sus
tardías proas. Las barcas griegas despliegan sus velas triangulares
hacia los puertos del Mármara: los buques del Occidente europeo van
hacia el Mar Negro en busca de trigo y de petróleo. Grandes bandas de
gaviotas, ebrias de sol y de azul, flotan inertes sobre las violentas
ondulaciones del agua, hasta que una proa las despierta con su revoltijo
de espumas cortadas, y todas ellas levantan el vuelo con ruidoso crujir
de plumas. Una niebla de humo de carbón flota sobre el Cuerno de Oro en
los días de calma, y por encima de esta nube parda, á la que da el sol
doradas transparencias, aparecen las cúpulas y minaretes del viejo
Stambul, blanco y rojo, como una ciudad de ensueño flotando en el
espacio.
Para ser capitán de buque ó simple remero de caique en el Cuerno de Oro
y el Bósforo, se necesita tanta habilidad como para ser cochero en
Constantinopla, donde las callejuelas se abrieron con el propósito de
que pasase por ellas cuando más un carruaje, y sin embargo, circulan dos
en distinta dirección.
La primera vez que se navega por los citados callejones marítimos, el
alma parece subirse á la garganta. El caique, mísero cascarón que apenas
puede sostenerse, se pega con la mayor tranquilidad á las ruedas ó las
hélices de los vapores, que le hacen danzar locamente. Otras veces pasan
los caiques ante la proa de un gran buque en movimiento con una precisa
exactitud para no ser alcanzados. Un instante más y desaparecerían. Los
vaporcillos se van sobre los barcos de vela, y cuando parece inevitable
el abordaje pasan por su lado rozándolos, pero sin choque alguno.
Los buques, tanto de vela como de vapor, tienen que marchar en zig-zag,
sorteando un obstáculo á cada instante, navegando con la misma atención
que le es precisa al viajero al transitar por primera vez las calles de
Constantinopla. El capitán ve cerrado su derrotero por otros buques que
vienen hacia él ó que oblicuan su marcha cortándole el camino, y á esto
hay que añadir el enjambre de caiques que trasladan pasajeros de una
orilla á otra; de vaporcillos _moscas_, que llevan en su popa banderas
de todas las naciones; de largas góndolas blancas y doradas, con remeros
negros, en cuya popa se muestran damas misteriosas, cubiertas con
antifaces y capuchones que sólo dejan visibles los pintados ojos. Gritan
los barqueros en todas las lenguas; saltan de un barco á otro las malas
palabras de todos los idiomas; chillan los silbatos, rugen las sirenas;
arrastra el viento asfixiante vedijas de humo sobre el corto y violento
oleaje; álzanse unos remos contra otros con impulso homicida para vengar
un descuido, un choque insignificante; á cada momento parece inevitable
una colisión, y sin embargo, nadie se ahoga ni ocurren naufragios más
que muy de tarde en tarde.
Á lo largo del Gran Puente han ido extendiéndose, como hongos adheridos
á él, un sinnúmero de casuchas flotantes, muelles y pequeños cafés, todo
miserable, de maderas carcomidas por la lluvia y el aire salino, pero
con esa alegría dorada que el sol oriental comunica á las mayores
suciedades.
Estos hijos del Puente cabecean con el continuo movimiento del agua
removida por los buques, y parecen temblar con las palpitaciones de la
extensa plataforma de medio kilómetro, por la que pasa toda
Constantinopla, tronando la madera bajo las ruedas de los carruajes. Los
cafetines flotantes tienen terrazas embreadas, á las que una línea de
macetas de flores dan el aspecto de pensiles. Viejos turcos, sentados á
la oriental y con la barba descendiendo hasta el abdomen, fuman el
_narghilé_ y pasan las cuentas de su rosario de ámbar, gozando al
permanecer impasibles é indiferentes en medio de este movimiento loco y
ensordecedor. El tropel de gorros rojos y de mujeres encapuchadas como
máscaras, se precipita en los muelles salientes que dan acceso á los
vapores de viajeros. El suelo, inseguro, es de tablones desiguales, por
entre los que puede pasar un pie, y además, están cubiertos de residuos
de frutas.
Á ambos lados de estos muelles amarrados al Gran Puente, hay casuchas
que ocupan los vendedores de comidas y bebidas. Judíos que hablan un
español extravagante, van de un lado á otro pregonando rosarios
musulmanes, sorbetes, rollos de pan espolvoreados de ajonjolí, y
bizcochos, á los que llaman en Constantinopla «pan de España». En las
puertas de los tenduchos se elevan pirámides de melones amarillos y
enormes sandías con su verdor cortado por blancas inscripciones en
árabe. En los cafetines se exhiben en primera fila las ventrudas
botellas de limonada ó naranja con un limón por tapadera, y más adentro
humean las pequeñísimas tazas de café turco, líquido pastoso digno de
los dioses. Los perros vagabundos, que son en Constantinopla algo así
como una institución pública venerada y popular, pasan por entre las
piernas del gentío, mansos, corteses y silenciosos, buscando su comida.
Los extranjeros se mueven desorientados en este torbellino de gente, y
si desean tomar un barco siempre llegan tarde.
Hay dos problemas en Constantinopla que el viajero no resuelve nunca y
mira como un misterio: la hora y la moneda.
En Constantinopla hay dos horas: la hora _á la franca_, que es la de los
relojes de la Europa occidental, y la hora _á la turca_, que es por la
que se rigen vapores, tranvías, etc.; todo lo que depende del municipio
y del gobierno.
La jornada empieza para el turco al ponerse el sol, y de aquí que todos
los días los buenos otomanos tengan que arreglar su reloj, sin que ni
aun ellos mismos sepan ciertamente en ningún momento cuál es la hora
exacta. La medida del tiempo cambia por día y por estación. Cuando
nuestro reloj _á la franca_ marca el mediodía, el turco dice
tranquilamente que son las cinco ó las seis, así como unos meses después
dirá que son las tres ó las cuatro.
No hay en esto otro daño que el llegar tarde á todas partes, perdiendo
trenes y vapores, ó verse obligado á largas esperas: pero lo de la
moneda trae mayores perjuicios.
En Turquía hay _buena moneda y mala moneda_, y según se recibe un pago
en una ó en otra, la cantidad vale más ó menos. Hay también moneda
borrosa, que nadie toma, pero que todos procuran dar al viajero; hay
papel emitido por el gobierno otomano, llamado _kaimé_, que carece de
valor, y otros misterios crematísticos que requieren un largo estudio.
Pero lo más original es el cambio. Exceptuando algunos cafés y
restaurants europeos, nadie cambia gratuitamente una moneda.
En las calles importantes de Constantinopla, junto al Gran Puente, cerca
de los tranvías y muelles de embarque, en el Gran Bazar y en todos los
lugares de algún tránsito, existen numerosos puestos de cambiadores de
moneda, antiguos compatriotas nuestros, que siguen fieles á Abraham y
Moisés.
En Constantinopla, el que no lleva á mano _moneda menuda_, aunque guarde
en su bolsillo oro y billetes á puñados, como si no llevase nada. El
cochero ó el conductor de tranvía le hace bajar para que vaya al
cambiador más inmediato, y el que despacha billetes en una taquilla ó
cobra peaje en el Puente, le enviará al judío más próximo, sin dejarle
pasar.
Cambiáis una moneda de oro, y el cambiador os da el dinero en
_medjidiés_ de plata, especie de duros turcos, quedándose por el cambio
con una piastra, que es aproximadamente lo que un real en España.
Después se os ofrece cambiar uno de los _medjidiés_, y el cambiador os
entrega _cuartos de medjidié_, que son como las pesetas turcas, y se
queda otra piastra. Luego cambiáis en otro sitio una de esas pesetas y
se quedan otra piastra... y así, de cambio en cambio, de cada veinte
francos el cambiador se queda con uno ó más. El que conoce esta
costumbre cambia de golpe una pieza de oro en _pequeña moneda_, y tiene
que ir con los bolsillos repletos de piastras y _paras_, monedas más
pequeñas que botones de camisa.
La moneda de oro tomada de un judío, es pérfida y peligrosa. No pasa por
sus manos que no la lime hábilmente para arrancarle un poco de polvo de
oro, y así, de rascuñón en rascuñón, juntando limaduras, se gana doce ó
quince francos _extraordinarios_, según las piezas que toca durante el
día. Después, en los Bancos y demás establecimientos públicos donde
conocen la artimaña, someten las monedas al peso, y el incauto que las
ha tomado pierde dos ó tres francos.
La discusión con el _compatriota_ que intenta estafaros, es interesante
por la fogosidad con que se expresa y los ademanes dramáticos que
acompañan á su castellano especial.
--Que por mis hixos que no te engaño, señoreto... Que toma la pieza, que
yo soy un buen trocador de dinero... Que la tomes como si fuese una
alahaxa... Que por mis viexos te lo juro, que antaño vinieron de allá,
como tú vienes agora; porque yo, señoreto, también soy espanyol.
XIX
Los que pasan por el Gran Puente
Unos mocetones, con la gordura musculosa de los turcos, vistiendo largas
blusas blancas, semejantes á camisones de mujer, cortan el paso al
transeunte, extendiendo una mano. Son los cobradores del puente, que
exigen el peaje: diez _paras_.
Toda Constantinopla pasa por el Gran Puente. Los turcos del viejo
Stambul necesitan ir á Galata y Pera, donde están los Bancos, los
consulados, las embajadas, los grandes almacenes, y los habitantes de
estos dos barrios europeos se ven obligados á pasar á la ciudad turca,
porque en ella se encuentran los centros administrativos del gobierno
otomano, la Sublime Puerta, con sus ministerios é innumerables
dependencias.
No hay en las grandes calles de Londres ni en los bulevares de París
lugar alguno tan concurrido como el Gran Puente. La plataforma de madera
tiembla bajo el rodar de los carruajes y el paso de millares de
transeuntes. Aturde y ensordece el vocear de este pueblo políglota,
donde el que menos habla cinco idiomas, y son mayoría los que poseen más
de doce. Asombra y deslumbra la carnavalesca variedad de los trajes.
Al entrar en el puente, parece éste un campo interminable de rojos
geranios. Miles de gorros oscilan al marchar, sirviendo de remate lo
mismo á tocados puramente turcos que á trajes europeos. Los marinos
otomanos completan su uniforme, igual al de todas las marinas del mundo,
con el fez, que da una gracia exótica á su aspecto de navegantes
europeos. Los oficiales, con sus insignias á la inglesa, enguantados de
blanco, calzados de charol y el sable bajo el brazo, cubren también su
cabeza con el gorro turco, que es obligatorio para todo súbdito otomano
y para todo extranjero dependiente del gobierno.
El ejército de tierra, uniformado á la alemana, guarda también el
cubrecabezas nacional, y el mismo fez escarlata sirve al último soldado
que al pachá, que se muestra en caballo brioso, con dorada silla,
saltando sobre sus hombros el oro de las pesadas charreteras al compás
del galope.
Sobre la nota obscura y dorada de los uniformes militares, destácase la
muchedumbre variadísima de Constantinopla, formada de diez y nueve
pueblos distintos, que aun guardan sus usos y sus trajes tradicionales.
Pasan los árabes del lejano Yemen ó los moros africanos de la
Tripolitania con sus chilabas pardas y la cuerda de pelo de camello
anudada á las sienes; los croatas, que sirven de porteros en las grandes
casas de Constantinopla, vestidos de rojo y azul, con gran profusión de
galones y bordados, un bonetillo redondo sobre la bigotuda cabeza y un
enorme revólver de Eibar atravesado en la faja; los albaneses y
macedonios, con faldillas blancas, planchadas y encañonadas, sobre el
traje oriental; los judíos, con la túnica á rayas de los días de fiesta,
y encima un gabán de pieles, aunque sea verano; los armenios, con un
pañuelo de hierbas anudado en torno del gorro; los griegos, vestidos á
la europea, pero con una palidez aceitunada y unos ojos como tizones,
que revelan su origen; el clero innumerable, de _imanes_, _soffas_ y
derviches, unos con el turbante blanco, otros con el turbante verde,
recuerdo de su peregrinación á la Meca; algunos con gorros de grotesca
forma, y todos ellos con el rosario de ámbar en la mano, repitiendo á
cada cuenta la monótona alabanza á Alláh.
La muchedumbre tiene que apartarse, abriendo sus filas á cada momento,
para dejar paso á los carruajes, que avanzan veloces, ó á las sillas de
mano, que todavía son aquí de uso corriente; aparatosas literas, dentro
de las cuales van las damas turcas á sus visitas en los estrechos
callejones.
Un pelotón de jinetes, carabina en mano, escolta á un coche que todos
saludan. Es el Gran Visir que va á la Sublime Puerta. Tras él pasan
varios cargadores armenios, no menos temibles que un vehículo, pues
marchan abrumados por pesos inauditos que no les permiten mirar ni
apartarse.
En Constantinopla es donde se ve con asombro hasta dónde pueden llegar
las fuerzas del hombre. Por algo dice el proverbio «fuerte como un
turco». La estrechez de las calles y el respeto amoroso que siente el
otomano por los animales, son causa de que en Constantinopla se haga
todo á brazo: el comercio, las mudanzas, etc. Se ven venir por el Gran
Puente pilas de cajas que parecen marchar solas, pues apenas si se
distinguen entre ellas y el suelo unos pies entrapajados y un fez, tras
el cual suena un bufido de asfixia. Yo he visto á un cargador armenio
echarse un piano á la espalda, en una mudanza, y emprender la marcha
vacilante bajo el peso, pero sin detenerse un momento. Los hombres,
abrumados por este esfuerzo sobrehumano, caminan á ciegas, y el público
tiene que huir de sus fatales encontronazos.