Al fin, el bicho raro, el _spaniske_, puede penetrar en la ciudad,

dentro de un coche de alquiler que salta sobre el suelo mal empedrado y

pendiente de las calles empinadas. Las casas son bajitas; las calles,

obscuras. Á grandes trechos farolas de electricidad, como para fingir

una civilización occidental; pero su luz turbia se pierde en las

tinieblas de Belgrado, haciendo aun más palpable la lobreguez. La

capital de Servia tiene por la noche cierto aspecto de ciudad española;

algo así como un gobierno civil de quinta clase, ó una de esas

poblaciones episcopales, sin otra vida que la que le proporcionan el

palacio del prelado y el seminario. Aquí, el obispo que da importancia á

la ciudad es un rey.

Ni un transeunte en las calles. Son las diez de la noche y Belgrado está

muerta. Cada cien pasos, inmóvil bajo un cubertizo ó en el quicio de una

puerta, veo un gendarme. No existe en Europa ciudad mejor guardada. El

gendarme servio da una alta idea del país, con su aire arrogante de

funcionario bien mantenido y su uniforme azul obscuro con vueltas

encarnadas, altas botas y gorra de plato. Son jóvenes, con una expresión

insolente de bravura en sus duros ojos. Ciertos objetos tienen una

fisonomía y un alma lo mismo que las personas, y el revólver que llevan

al cinto los gendarmes servios parece suelto y vivo dentro de su funda,

con deseos de saltar y hacer fuego por sí solo, sin mirar contra quién,

por un exceso de recelo y de fervor monárquico. Los que piensen

conspirar contra el anciano Pedro Karageorgewitch, tienen que pasarlas

muy duras.

Encuentro abrigo en el «Hotel de los Balkanes», especie de posada, á

pesar de su pretencioso título, en cuyo piso bajo, al través de una

espesa nube de tabaco, veo bebiendo cerveza á media docena de popes

griegos, sacerdotes morenos, melenudos y barbones, de expresión feroz,

con la aceitosa cabellera coronada por un gorro en forma de bellota. Más

allá llenan varias mesas como dos docenas de oficiales de diversos y

vistosísimos uniformes, blancos, rojos, grises ó azul celeste,

excelentes jóvenes con un perfil de ave de rapiña semejante al de su

rey, que mueven sables y hacen sonar espuelas con cierta delectación,

como saboreando la omnipotencia de su fuerza, que les permite cambiar de

monarca al final de una cena. En las otras mesas, simples paisanos,

acompañados de sus mujeres é hijas, beben con cierto encogimiento

respetuoso y sonríen cuando logran cambiar alguna palabra con los

sacerdotes y los soldados.

Son tenderos judíos ó griegos, que saben venerar á estos firmes pilares

de la sociedad, y por esto el Señor bendice sus negocios y hace que

prosperan á costa de los pobres campesinos servios.

Muchos de ellos se animan al conocer mi nacionalidad, y hablan un

castellano fantástico, mezcla de palabras anticuadas y de voces

orientales.

--Yo espanyol... Los mayores, de allá... Espanya terra bunita.

Abren los ojos desmesuradamente al decir esto; sonríen señalando al

vacío, como si viesen á los mayores en su éxodo doloroso al ser

expulsados de la _terra bunita_, y acaban por mirarme con la misma

expresión de humildad sonriente que á los popes y á los fierabrás

uniformados, cual si la vista de un español les abriese las carnes con

amenazas de hogueras y degollinas. Pero su atávico terror de raza

acobardada por luengos siglos de palos y despojos, no impide á estos

dulces _espanyoles_ que al día siguiente le suelten al compatriota

moneda falsa en sus tiendas, ó le hagan pagar doble el paquete de

cigarros ó la tarjeta postal.

En la plaza del mercado, poco después de la salida del sol, puede

apreciarse el carácter pintoresco que aun guarda el pueblo servio.

Llegan los campesinos de los alrededores de Belgrado, llevando al hombro

largos palos, de los que penden en balanza verduras, frutas ó volatería.

Los hombres, de ojos salvajes y bigotes felinos, llevan el gorro

nacional, una tiara de felpa, y por debajo de su chaleco de colores caen

unas faldillas blancas que ocultan los bombachos y dejan al descubierto

unas polainas de piel de cordero, ceñidas por las correas de puntiagudas

abarcas. Las mujeres tapan sus trenzas con pañuelos puestos á la

oriental, encierran el busto en una chaqueta redonda de amplias mangas,

y sobre la ropa interior, de dudosa blancura, llevan arrollada, á guisa

de falda, una pieza de tela gruesa de anchas fajas de colores semejante

á un pedazo de alfombra. Son aún los campesinos de la dominación turca,

el pueblo formado con los sedimentos de innumerables invasiones

guerreras. En vano ofrece Belgrado cierto aspecto de civilización

occidental, con sus tranvías, su alumbrado, sus tiendas, sus periódicos

y su único teatro. El pueblo servio no es más que una tribu belicosa que

cultiva la tierra.

La tragedia del Konak debió parecerle el suceso más natural del mundo.

Matar á unos reyes para poner á otros en su sitio todavía caliente, es

un hecho vulgarísimo en Servia. Alejandro no fué el primer soberano

asesinado, ni será, ciertamente, el último.

Los vecinos de Belgrado aprecian como un gran honor el ir por las calles

al lado de un oficial ó de un pope. Los sacerdotes son innumerables, y

en cuanto á militares, se ven, relativamente, más en Servia que en

Alemania. Hay sotanas negras, verdes y azules, popes con faja y sin

ella, con grandes pectorales ó con una simple cruz, y los uniformes

militares son tan incontables que, dada la pequeñez de Servia, hay que

creer que cada regimiento usa traje distinto. Pero todos los servios,

vistan como vistan, lo mismo los que imitan las modas occidentales con

la exageración propia de una ciudad de provincias, que los que siguen

fieles á los antiguos usos; así los sacerdotes, los militares, los

estudiantes saturados de teología ortodoxa y los altos empleados del

Estado, como las damas que copian las novedades de Viena y París, todos

tienen algo de inquietante, de rudo, de oriental y violento,

adivinándose que una ligera raspadura en su moderno exterior basta para

dejar al descubierto al bárbaro, al servio belicoso de otros tiempos,

que fué el más implacable de los guerreros.

Mi curiosidad me lleva ante el Konak, un palacio no más grande que

cualquier hotel de la Castellana. Esta monarquía, que sólo lleva

cuarenta años escasos de existencia y ha tenido que improvisar todos los

servicios de la vida moderna, manteniendo, además, por halagar el

sentimiento nacional, un gran ejército, no permite á sus soberanos

grandes lujos.

Recuerdo que cuando fueron asesinados Alejandro y Draga, al hacerse el

inventario de la _aventurera_, de la _Mesalina_ odiada por el pueblo, su

ajuar resultó más insignificante que el de una mediana _cocotte_. Creo

que, entre nuevos y usados, sus vestidos no pasaban de media docena. Su

dormitorio lo tenía adornado con esas baratijas que regalan en los

cotillones, lo mismo que una señorita pobre. Sobre la mesa de noche se

encontró abierta una novela de Anatole France, que estaba leyendo en el

instante que entraron los oficiales sable en mano para hacer pedazos á

ella y á su esposo, como una pareja de bestias dañinas. Seguramente que

este volumen era el único libro francés que existía en Belgrado.

Paso un día entero aburridísimo en la capital de Servia, aguardando la

noche para tomar otra vez el tren de Oriente. Amortiguada la primera

impresión de novedad, Belgrado me parece una odiosa población de

provincias. Militares por todas partes, con su aire de perdonavidas, de

bravos sin instrucción, que tienen metido en el puño á su país; popes

que van de café en café empinando el codo con una sed insaciable;

señoritas de ojos asiáticos y sombreros copiados de París, que pasean

por la calle principal seguidas de estudiantes y cadetes; una banda de

música que toca en el jardín de la Ciudadela, en una plazoleta rodeada

de bustos de servios ilustres...

Salgo de la ciudad con el propósito de visitar, en una llanura lejana,

la famosa «Torre de los Cráneos». Los turcos, para intimidar á los

belicosos hijos del país, que les molestaban con una incesante lucha de

guerrillas, elevaron la torre, cubriendo sus paredes con cráneos de

servios desde los cimientos á las almenas. Hoy los cráneos han sido

enterrados por la veneración patriótica, pero la torre sigue en pie,

mostrando en su argamasa los innumerables alvéolos que contenían las

calaveras.

Al ir á la estación y ver por última vez las calles de Belgrado, paso

ante el pequeño teatro Real, que exhibe en su portada los anuncios de la

función del día. Por ellos me entero con sorpresa de que estamos á 24 de

Agosto, cuando yo creía vivir en el 6 de Septiembre. El calendario de la

religión ortodoxa griega me regala trece días más de vida al pasar por

el país de los Balkanes.

XVI

Los turcos

Un río, el Maritza, el Hebro de los antiguos, padre ó abuelo por el

nombre de nuestro río aragonés, y en cuyas orillas destrozaron las

Furias al dulce Orfeo, corre con grandes tortuosidades por el territorio

de Servia y Bulgaria, cruza la Rumelia y penetra en la Turquía europea.

Allí donde alcanza la benéfica influencia de sus aguas, el suelo

balkánico es fértil y bien poblado. Frondosos bosques orlan las orillas

de los torrentes, en cuyos cauces brama y se despeña una agua roja que

arrastra la envoltura de tierra de las montañas. En los extensos prados

pacen salvajes potradas ó rebaños de bueyes con las astas echadas atrás,

en compañía de corderos enormes, de cuernos retorcidos como caracoles, y

tan extraordinaria y majestuosamente voluminosos, que se comprende que

los artistas de la antigüedad los escogieran para el adorno decorativo

de palacios y altares.

En los terrenos pantanosos de la Bulgaria y la Rumelia crece el arroz;

en los campos secos amarillea el maíz; por las pendientes espárcense las

viñas que producen el vino de los Balkanes, único que beben los

cristianos y judíos del imperio turco. Las aldeas apenas si sobresalen,

con débil relieve, sobre el fondo rojo de los montes, faltas de

campanarios ó de minaretes, con la llana monotonía de la religión

griega, que no siente el menor deseo de escalar el espacio y dirigir sus

plegarias á las nubes.

Sofía, la capital de Bulgaria, es otro Belgrado, aunque sus habitantes

parecen de carácter más dulce. Su gobierno, dirigido por un príncipe de

origen francés, que ha vivido largas temporadas en París, muestra gran

empeño en asimilarse los progresos de otros pueblos. Los dos mejores

edificios de Sofía son la Escuela de Medicina y la Imprenta Nacional, de

donde salen importantes publicaciones. Esto, en un país como el de los

Balkanes, significa algo notable.

En Filopópolis, capital de la Rumelia oriental, todavía se ven los

uniformes búlgaros; sables pendientes del hombro, altas botas, bonetes

de astracán copiados de los rusos, grandes protectores del país; pero

las mezquitas cortan el horizonte, incendiado por la puesta del sol, con

la línea blanca y esbelta de sus alminares sutiles y puntiagudos como

agujas. La huella de la dominación turca no se borra fácilmente.

Cambia de pronto el personal del tren: los empleados de amplia gorra á

la alemana son sustituídos por otros con fez rojo. Este gorro otomano,

de color uniformemente purpúreo, empieza á verse por todas partes, dando

á la muchedumbre vestida de obscuro el aspecto de una aglomeración de

botellas lacradas. Suben á los vagones los aduaneros, arrastrando el

corvo sable y llevándose para saludar una mano á la frente y otra al

corazón. Gran registro de maletas, para no tocar nada más que los libros

y los papeles. Luego se presenta la policía, graves señores de barba

negra, pálidos y tristes como ascetas, con algo de clerical en sus

levitas negras y sus gorros rojos é inmóviles.

Examinan los pasaportes con cierto aire de cansancio, sin hablar apenas,

y se van lo mismo que han venido, después de copiar los nombres en

caracteres turcos, desfigurándolos al capricho de su pronunciación

gutural.

Estamos en el imperio otomano, en la estación de Adrianópolis, segunda

capital de la Turquía europea, que sigue en importancia á

Constantinopla. Los andenes están llenos de militares, con sus sombríos

y elegantes uniformes europeos, semejantes á los de Alemania, pero

rematados invariablemente por el fez rojo.

Adrianópolis es la gran población militar de Turquía. Un ejército de

80.000 hombres está acuartelado en la ciudad y sus alrededores. Los

rusos, la última guerra con Turquía, llegaron á Adrianópolis y

acamparon en su recinto. ¡Quién sabe si tardarán mucho, los mismos

extranjeros ú otros, en vivaquear en esta ciudad de hermosas mezquitas y

enormes fortificaciones!...

Turquía es el «gran enfermo» de Europa, según una frase mil veces

repetida, y los pueblos importantes que no osan asesinarlo, por cerrarse

el paso unos á otros, aguardan á que el enfermo se muera para repartirse

sus bienes, procurando cada uno asistirle traidoramente en su dolencia,

para familiarizarse con los secretos y costumbres de la casa y escoger

con más seguridad cuando llegue el momento de la rebatiña general.

Yo soy de los que aman á Turquía y no se indignan, por un prejuicio de

raza ó religión, de que este pueblo bueno y sufrido viva todavía en

Europa. Todo su pecado es haber sido el último en invadirla y estar, por

tanto, más reciente el recuerdo de las violencias y barbaries que

acompañan á toda guerra. Si sólo debieran vivir en Europa los

descendientes directos de sus remotos pobladores, expulsando á las razas

invasoras que llegaron después procedentes de Asia ó África, nuestro

continente quedaría desierto.

Yo amo al turco, como lo han amado, con especial predilección, todos los

escritores y artistas que le vieron de cerca. Diez y nueve razas pueblan

el vasto imperio otomano. Mahometanos, judíos y cristianos, divididos en

innumerables sectas, forman esta aglomeración de seres, distintos por

orígenes y tradiciones, que lleva el nombre de Turquía, y sin embargo,

como dice Lamartine, «el turco es el primero y el más digno entre todos

los pueblos de su vasto imperio».

Existe una concepción imaginaria del turco, que es la que acepta el

vulgo en toda Europa. Según ella, el turco es un bárbaro, sensual, capaz

de las mayores ferocidades, que pasa la vida entre cabezas cortadas ó

esclavas que danzan desplegando sus voluptuosidades de odalisca. Con

igual exactitud piensan sobre nosotros los viejos de Holanda ó los

Países Bajos, los cuales no pueden oir hablar de España sin imaginarse

un país de implacables inquisidores, capaces de quemar por una simple

errata en una oración, y donde todos los ciudadanos somos duros é

inexorables como el antiguo duque de Alba.

Los turcos han sido crueles porque han guerreado mucho, y la guerra

jamás ha sido ni será escuela de bondades y de dulces costumbres. Otros

pueblos civilizados, que llevan en los labios el nombre de Cristo, han

tratado por medio de sus cañones y fusiles á los indígenas de África y

Asia peor que los turcos á las poblaciones de los Balkanes.

Todos los escritores que han viajado por Turquía, se irritan contra la

injusticia con que es apreciado este pueblo. El turco es bueno y franco.

Su dulzura se manifiesta por un gran respeto á los animales. Jamás se le

ve maltratarlos.

La injusticia y la traición son los dos resortes que disparan su cólera.

Esto hace que aunque el turco oculte, bajo las formas de una exquisita

cortesía, su pèna por las injurias ó las humillaciones sufridas,

aproveche la primera ocasión para saciar su resentimiento.

La hospitalidad es la más visible de sus virtudes. No hay aldea en

Turquía, especialmente en Asia, donde la falta de aglomeración de

europeos aun no les ha enseñado lo que somos, que no tenga en todas sus

casas la «habitación para viajeros», el _mussafir odassi_, donde todo

viandante encuentra abrigo por una noche, sin tener que pagar nada y sin

que el dueño muestre el más leve empeño en saber quién es y cuáles son

sus opiniones.

El turco es el más religioso de los hombres. Su fe es inquebrantable: ni

la menor sombra de duda viene á turbar sus creencias. Está convencido de

que posee la verdad; pero no siente el afán de los occidentales por

imponer esta verdad á los otros, despreciando ó escarneciendo lo que el

vecino piensa. Podrá creerse superior á los demás por ser musulmán y

tener su religión como la única verdadera; pero no hace el menor

esfuerzo por imponerla á nadie. El fanatismo mahometano del moro de

África no lo conoce el turco. En sus ciudades funcionan diversos cultos,

y sacerdotes y templos son respetados con el escrúpulo que inspira á los

otomanos todo lo que representa la fe en Dios.

Su prudencia silenciosa y un tanto altiva da en Constantinopla grandes

muestras de tolerancia. Jamás entran los turcos en los templos

católicos, en las capillas protestantes, en las sinagogas ó las iglesias

griegas á turbar el culto de los fieles. En cambio, fervientes

mahometanos, tienen que irse á las mezquitas de los arrabales á hacer

sus plegarias, pues en las céntricas y famosas se ven molestados por las

bandas de europeos y europeas que entran con el _Baedecker_ en la mano y

el guía al frente de la expedición, tocándolo todo, queriendo verlo

todo, riéndose de las ceremonias y de la cara en éxtasis de los fieles,

y apostrofándolos algunas veces porque siguen las creencias de sus

padres y no quieren conocer la verdad descubierta por los padres de los

otros.

Las matanzas de _cristianos_ que ocurren de vez en cuando en Turquía, no

tienen nada de religioso. Á ningún turco se le ocurre matar porque la

plegaria ordenada por el Profeta sea mejor que la misa de los armenios.

En tal caso, dirigiría sus ataques contra los templos. Esas matanzas de

cristianos, que explotan en Europa el fanatismo religioso y el interés

político, desfigurando su carácter, son simples conflictos por el pan;

choques sociales semejantes á las sangrientas peleas que ocurren á veces

en Marsella entre trabajadores franceses é italianos, ó á los asesinatos

de chinos que perpetran los trabajadores de los Estados Unidos cuando

ven que, por la concurrencia terrible de los asiáticos, pierde su

precio la mano de obra.

El armenio, que es en Turquía el cristiano por excelencia, se atrae las

mismas cóleras populares que el judío de la Edad Media. El turco, señor

del país, no puede moverse sin tropezar con el armenio, raza vencida que

aprieta el dogal á sus dominadores con un odio de siglos. Los armenios

son los comerciantes, los tenderos, los prestamistas, los ricos que poco

á poco se apoderan de todo, consumiendo con las artimañas de la usura la

vida entera del pobre osmanlí, que trabaja y trabaja sin verse libre

nunca de la esclavitud del dinero. De propietario pasa insensiblemente á

ser mísero arrendatario de la tierra que cultiva; si toma una industria,

el armenio le empobrece fingiendo protegerle; si, acosado por el hambre,

quiere hacerse _hamal_ y cargar fardos en los puertos turcos, su

enemigo, más musculoso y listo que él, le quita el sitio, trabajando por

menos dinero.

Caballeresco hasta en sus defectos, el turco gusta mucho de proteger á

los demás y es magnánimo en sus dádivas; pero por esto mismo resulta

ávido de dominación y la resistencia le vuelve cruel. Sus odios se

condensan, su orgullo de raza se subleva ante estos antiguos siervos que

se convierten astutamente en sus amos, y entonces apela á la espada,

suprema razón del Profeta.

¡Pobre Turquía! Viéndola de cerca se la ama más, porque se aprecian

mejor sus cualidades y se ven con mayor claridad los peligros que la

amenazan.

Al llegar á ella, sorpréndese el ánimo viendo los enormes territorios

que ha perdido casi recientemente.

En nuestros días ha sido expulsada del Montenegro, de la Bosnia y la

Herzegovina, de Servia, Bulgaria y Rumania, y recientemente de la

Rumelia. Esos despojos de su antigua dominación forman reinos.

La Europa Occidental sueña con arrojar á los turcos al otro lado del

Bósforo, arrebatándoles los territorios que poseen en el continente,

enormes todavía, pero insignificantes comparados con sus dominios del

pasado.

Algunos ven en esto una gran victoria histórica, un desquite de la vieja

Europa, que devuelve el territorio asiático á los invasores que tanto

miedo la hicieron sufrir.

Error: el turco ya no es asiático, como nosotros no somos latinos, á

pesar de que nos agrupamos bajo este nombre. Ningún pueblo del mundo

merece con justicia el origen que ostenta.

Los turcos del Asia Central, que aun existen en el territorio de los

Mongoles, son hermanos de estos otros que les abandonaron para marchar

hacia Occidente como una ola devoradora. Los turcos asiáticos son de

raza amarilla. Los turcos del imperio otomano, los que todos conocemos,

son ya caucásicos como nosotros. Sus incesantes cruzamientos con la

raza blanca y los azares de la guerra con sus alborotadas mezcolanzas,

han fundido y hecho desaparecer el primitivo elemento étnico.

Ir por una calle de Constantinopla es casi lo mismo que por una calle de

Madrid. Cada cara recuerda un nombre. Á veces se duda, al cruzar la

mirada con los ojos de un transeunte, y se lleva la mano al sombrero

para saludar. Se cree uno en Carnaval y dan ganas de decir:

--Amigo López... ó amigo Fernández: ¡basta de broma! ¡Quítese el gorrito

rojo, que le he conocido!

XVII

Constantinopla

Cuando Constantino hizo de Bizancio la capital del imperio y la llamó

_Nueva Roma_, estaba lejos de imaginarse que su propio nombre

prevalecería como título de la enorme ciudad.

No hay población que pueda compararse, por su belleza topográfica, con

la famosa Constantinopla, compuesta de tres ciudades. Pera y Galata,

formando una sola agrupación urbana; Stambul, que ocupa el solar de la

antigua Bizancio, y Scutari, en la ribera asiática.

Para dar una idea aproximada de la situación de esa triple ciudad, hay

que imaginarse una inmensa Y de forma irregular. El tronco de la Y es el

final del mar de Mármara y la entrada del Bósforo; la rama de la

izquierda, el famoso Cuerno de Oro, profundo brazo de mar que atraviesa

la ciudad y se pierde tierra adentro; la rama de la derecha, la

continuación del Bósforo, hasta dar con el Mar Negro.

En el espacio comprendido entre el tronco de la Y y el final de la rama

izquierda, está Stambul. En el espacio que existe entre las dos ramas, ó

sea en la península limitada por el Cuerno de Oro y el Bósforo, se

hallan asentadas Galata y Pera. Á lo largo del Bósforo, ó sea en todo el

lado derecho de la Y, desde la base de la letra á su remate superior,

están Scutari y demás poblados que pertenecen igualmente á

Constantinopla. El lado izquierdo de la Y y el espacio comprendido entre

las dos ramas, es Europa: todo el lado derecho de la letra, es Asia. Dos

piastras (que son unos 60 céntimos) bastan para que un vigoroso remero

turco, gran maestro en el arte de sortear las corrientes que van y

vienen por el enorme callejón acuático, entre el mar de Mármara y el mar

Negro, os lleve en unos cuantos minutos de un continente á otro.

Las tres ciudades más importantes en la historia de la humanidad son

Atenas, Roma y Constantinopla.

Grecia enseñó á los hombres el arte de pensar, el culto de la belleza, y

aun hoy vivimos de sus lecciones. Las leyes y usos de Roma regulan

todavía la vida moderna. Constantinopla fué la intermediaria

indispensable entre el mundo antiguo y el actual, hasta el punto de que

si ella no hubiese existido, el mundo veríase privado de su más noble

herencia, ignorando lo que filósofos, poetas y artistas pensaron y

produjeron para nosotros hace tres mil años.

Es de uso corriente despreciar á Bizancio y desconocer la importancia

histórica del imperio de Oriente.

Es cierto que la existencia del llamado Bajo Imperio fué poco noble, por

su historia de miserias, crímenes y disensiones religiosas, que acababan

siempre en derramamientos de sangre. El populacho, capitaneado por

monjes bárbaros y falsos profetas, mataba ó moría defendiendo sutilezas

teológicas que no le era dado entender. Por si los templos cristianos

debían tener imágenes ó privarse de ellas, por si el Hijo era más ó

menos que el Padre y el Espíritu Santo superior á los dos, el pueblo de

«las discusiones bizantinas», saturado de nimias sutilezas de la

decadencia griega, andaba á palos y cuchilladas en las callejuelas de

Bizancio. Además, el Hipódromo, con los mil incidentes de sus carreras

de carros, monopolizaba toda la vida nacional. El color de los dos

bandos de cocheros, el verde y el azul, dividía al pueblo bizantino en

dos grandes partidos, y _verdes_ y _azules_ ocupaban el poder á fuerza

de revoluciones, derrocando emperadores y convirtiendo el circo en campo

de batalla.

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