La densa humedad del subterráneo, su vulgar desnudez, cargada de hedores

de corrupción y moho, me hace ansiar la vuelta á la luz y al aire libre.

Al llegar arriba, el capuchino mira su reloj, y espontáneamente me

indica qué templo debo escoger para oir misa.

--Cuando usted vuelva á España--añade con tono insinuante--, si ve usted

á la reina...

--¡Gracias! No la conozco, no la trato...--digo modestamente, ante su

mirada de asombro.

Y al irme, para agradecerle sus molestias y que no pierda el alto

concepto que tiene de los españoles (¡los primeros de los católicos!),

le alargo una peseta austriaca.

XIII

¡Hermoso Danubio azul!...

De Viena á Budapest se va en cuatro horas por el tren y en trece horas

por el Danubio. Escoger entre ambos modos de locomoción no ofrece duda

para los más de los viajeros. Sin embargo, yo me embarqué á las siete de

la mañana en un vaporcito, frente al muelle del Prater, y dije adiós á

Viena, envuelta todavía en las neblinas del amanecer.

_¡Hermoso Danubio azul!_... como cantan en el famoso vals. Lo de azul es

una exageración patriótica del músico Strauss, pues yo no lo he visto de

tal color un solo instante, ni en los muelles de Viena, de reciente

construcción, ni en las revueltas de su curso, que forma más de cien

islas, ni en las inmediaciones de Budapest, donde muge al tropezar con

altivos y negros promontorios, que son como estribaciones avanzadas de

los montes Karpatos. Su color es un blanco gris y luminoso, semejante al

reflejo del acero pulido.

Pero hermoso sí que lo es el célebre río, de una belleza majestuosa,

imponente y algo salvaje, que bien merece los versos y los suspiros de

violín dedicados á su gloria.

Cerca del puente del Brünn transbordamos á un vapor grande, y empieza la

navegación río abajo, moviendo el buque las ruedas en una corriente

veloz que acelera su marcha.

¡Famoso viaje! Sobre la cubierta agrúpase una multitud pintoresca y

abigarrada, que parece resumir el amontonamiento de pueblos del imperio

austriaco: gitanas bronceadas, envueltas en mantones y con un pañuelo

sombreando los ojos de brasa, lo mismo que las que se ven en Madrid

cerca del puente de Toledo; aldeanas con blancas camisetas de mangas de

farol y faldellín corto y hueco, como el de las bailarinas, que al menor

descuido deja ver la carne sonrosada y maciza más allá de las medias

atadas bajo las rodillas; campesinos húngaros de fiero bigote y

encintado sombrerillo, moviendo al andar los pantalones blancos de

campana y la blusa ceñida por una faja multicolor; soldados azules con

las piernas ajustadas en un _colant_ que les da aspecto de gimnastas, y

mezclado con todo este mundo un revoltijo de fardos, cestos, cuerdas y

maletas, un oso y varios monos de una banda de bohemios y una cantidad

regular de perros enormes, que se espeluznan y enseñan los dientes cada

vez que llega hasta nosotros un ladrido de las lejanas orillas.

El vapor danubiano es un arca de Noé por el amontonamiento de personas,

animales y lenguajes. Cada grupo habla diferente idioma, y sin embargo,

de la proa á la popa no hay quien entienda una palabra de francés, ni

menos de español. El capitán, lobo fluvial de rudas maneras, sabe que

existe en el mundo un pueblo italiano, y conoce vagamente de su lengua

hasta media docena de palabras: esto es todo. En el comedor del barco,

donde sólo entran los contados pasajeros de primera, los dos criados

puestos de frac sonríen estúpidamente, encogiendo los hombros, y hay que

emplear con ellos el más universal de los _esperantos_, el idioma de la

seña. En la cubierta, el pasaje, abigarrado y movedizo como un coro de

ópera, me habla con palabras extrañas, y yo contesto con la misma

sonrisa de los mozos del comedor.

El Danubio, al alejarse de Viena, ensancha su superficie y toma un

aspecto más majestuoso, libre ya de las cadenas de piedra en que le

aprisiona la gran ciudad. En ambas orillas se extiende una ancha faja,

deshabitada, desnuda de cultivos y arboleda, sin otra vegetación que

espesos juncos, cañas y matorrales enmarañados. Es el terreno reservado

á las crecidas del gran río, que éste invade durante el invierno. De vez

en cuando, agítase la silvestre vegetación y surgen de ella, como

espantados por los bramidos del buque, rebaños de toros blancos ó de

color de canela, con los cuernos enormes, pero tímidos y mansos como

vacas.

Más allá de este Danubio en seco, los bosquecillos, de árboles delgados,

pero de apretado follaje, dejan ver en sus claros campos, de intenso

cultivo, granjas en torno de las cuales agítanse hombres y mujeres

vestidos de blanco, aldeas de casitas rojas, agrupadas en torno de la

iglesia, como una pollada alrededor de la madre.

El curso del río, uniforme y grandioso, se bifurca y parece borrarse al

través de innumerables islas. Vamos por canales que tienen muchos

kilómetros de longitud. Las orillas están próximas; se oyen los gritos

de los labriegos en los campos, el ladrido de los canes, el canto de un

gallo, el tintineo de las campanas en las aldeas. Una de ellas se llama

Essling, otra se llama Wagram. Las dos no son más que dos puñados de

casitas, y sin embargo, sus nombres corren por el mundo, figuran

esculpidos en uno de los arcos de triunfo más grandes de la tierra, y

han servido para bautizar grandes bulevares de París.

Hace próximamente un siglo, un hombrecillo de levitón plomizo y pequeño

tricornio, montado en una yegua blanca, encontró magníficos estos campos

para hacer pelear, en condiciones ventajosas, á los miles de hombres que

le seguían, contra otros miles de hombres que intentaban defender sus

familias y sus medios de vida, ó sea lo que se llama la patria. Aquí

ocurrieron las famosas batallas que aseguraron á Napoleón su dominio

sobre Austria. Nada recuerda en las tranquilas aldeas estos sucesos

_gloriosos_ que las hacen inmortales. Un perro de pastor ladra sobre una

altura que tal vez sirvió de pedestal durante unas horas al gran

conductor de pueblos. Un rebaño blanco rumia la hierba en el mismo suelo

que conmovieron hace noventa y ocho años, con pataleos de rabia ó de

agonía, numerosos rebaños de hombres. Brilla el acero de unas guadañas

en los campos, cortando algo que no puedo ver, pero que seguramente

sirve para el sustento de la vida y es producto de la corrupción de

quince ó veinte mil hombres que se mataron sin conocerse y sin odiarse.

En las alturas inmediatas al río, van apareciendo, fuera del dédalo de

islas, viejas iglesias góticas, ruinosos castillos, pueblos con antiguas

fortificaciones. Es el Austria venerable y heroica, que data de las

correrías de los turcos, y logró contener y esterilizar ante los muros

de Viena el empuje oriental, librando al centro de Europa de una

invasión que hubiese cambiado el curso de la Historia. Sobre una colina

elévase una pirámide de tierra, de 19 metros, llamada el _Hütelberg_,

que conmemora la expulsión definitiva de los otomanos. Su nombre

proviene de que la tierra la llevaron los habitantes de los alrededores

en sus sombreros (_hüte_).

Al llegar á la desembocadura del Morava en el Danubio, acaba el

territorio austriaco y empieza el de la autónoma Hungría, que tiene por

rey al emperador de Austria, pero se gobierna aparte, con toda la

altivez de un pueblo de vieja historia.

Hasta Budapest, todas las poblaciones de la ribera del Danubio tienen un

nombre alemán y otro magyar.

Presburgo, la segunda ciudad húngara, que un tiempo fué la capital, la

llaman los magyares Pozsony. Su catedral, donde antiguamente se

coronaban los reyes de Hungría, levanta por encima de los tejados una

aguja de piedra con calados que transparentan el azul del cielo.

Gran movimiento de personas y fardos en el muelle de desembarque. Frente

al vapor suena una alegre música. Es una orquesta de zíngaros, negros y

melenudos, que saludan á los pasajeros, haciendo sonar sus instrumentos,

al mismo tiempo que ruedan los ojos y sonríen con una expresión

inquietante, como si la música les inspirase proposiciones deshonestas.

Son los violinistas de los cafés de París, los famosos _tzíganos_ de

todos los restaurants elegantes del mundo, pero al natural, sin casacas

rojas ni peinado brillante de pomada, servidos en su propia salsa de

andrajos y suciedad. No llegan á diez y parecen una orquesta enorme por

el terreno que ocupan y la _autoridad_ con que tocan.

En primera fila están los pequeños, abiertos en extensa guerrilla y casi

ocultos tras el violín; mucho más lejos, los padres, y todos tocando la

_cazarda_, de ritmo desigual, endiablado y loco, con el busto echado

atrás, el vientre saliente y la mirada perdida en lo alto, como si

fuesen á desmayarse á impulsos de desconocida voluptuosidad. Es la

actitud tradicional, el gesto de Rigo, que trastornó algo más que el

seso á la inflamable princesa de Caramán-Chimay.

Al alejarnos de Presburgo ó de Pozsony, la navegación adquiere una

hermosura monótona; siempre ante la proa una extensión de río enorme,

con el horizonte cerrado por una revuelta, que lo convierte

aparentemente en mansa laguna. En las riberas se ven colinas cubiertas

de cepas, que producen los vinos rojos de Hungría y el famoso _Tokay_, ó

enormes peñones, cuyas cimas coronan castillos arruinados.

Empiezo á arrepentirme de la larga navegación. Cae la tarde. El sol no

es ya más que un charco de oro, que parece hervir en el horizonte entre

montones de nubes negras. Su agonía se refleja en el Danubio, poblando

de impalpables peces de fuego las aguas que rebullen en torno de las

paletas de las ruedas. La fatiga de una navegación entre orillas que

parecen siempre iguales, como si el río se repitiese á cada revuelta,

empieza á apoderarse de mí. ¡Qué mala idea venir por el río! Fatal

afición á lo raro, que hace preferir los viajes difíciles siempre que

sean extraordinarios y no los hagan los demás.

Una isla cierra el horizonte. Entramos en un canal entre ella y la

orilla. En la ribera opuesta, sobre una altura, empiezan á surgir

blancos grupos de caserío y torres puntiagudas.

¡Budapest!... Nunca he experimentado sorpresa tan grande. La decepción

de poco antes se cambia en alegría. Bendita idea la de venir por el

Danubio y llegar embarcado á la capital de los magyares. Budapest es

sencillamente la ciudad más hermosa de Europa al primer golpe de vista.

No lo digo yo: lo afirman todas las guías y todos los viajeros.

Á la derecha del río, Buda, la ciudad antigua, extendiendo sobre una

cadena de alturas sus recuerdos históricos. En la ribera izquierda,

Pest, la población enorme, donde están los edificios recientes y las

industrias modernas. Enormes puentes colgantes unen una orilla á otra,

siendo como el guión que junta el nombre doble de la ciudad: Buda-Pest.

Nos detenemos en la isla Margarita, que parte al río en una regular

extensión antes de penetrar éste entre las dos ciudades.

En una colina inmediata, rodeada de jardines, existe una pequeña

mezquita de forma octógona. Llama la atención este templo musulmán,

blanco y escrupulosamente cuidado, en el católico Budapest, que ostenta

junto al Danubio la iglesia de San Matías, semejante á un castillo.

La mezquita guarda bajo su blanca cúpula la tumba de Gül Baba, santón

turco, que sus compatriotas juzgaron sacrílego llevarse á Constantinopla

al evacuar á Budapest. La obligación de conservar en buen estado la

tumba del santo musulmán, figura en un artículo del Tratado de paz de

Carlowitz, entre Austria y Turquía, en el siglo XVII, y los austriacos

respetan el antiguo compromiso.

Esta huella de la dominación turca me hace recordar que estoy ya en las

puertas del imperio de Oriente.

XIV

La ciudad de los magyares

De noche parece Budapest una población de ensueño. La doble ciudad

refleja en el Danubio--que tiene cerca de medio kilómetro de

anchura--los fuegos de su espléndida iluminación. Desde los muelles de

Pest, que es la más grande por estar en el llano, se contempla enfrente

á Buda, enroscando sus rosarios de luces de gas por las sinuosidades de

las colinas y sembrando las rocas de faros eléctricos, que brillan como

lunas.

Por las negras aguas pasan las linternas de los vaporcillos invisibles,

borrando momentáneamente, con el remolino de su marcha, los temblones

reflejos de las luces de los muelles.

De los cafés, que brillan como bocas de horno en la orilla opuesta,

llegan á intervalos, con los soplos de la brisa, suspiros de violines ó

el rugido metálico de una banda militar. En los paseos, campesinas de la

Galitzia austriaca ó de Transilvania, con trajes pintorescos, que

recuerdan las invasiones turcas ó las guerras de María Teresa, van de

restaurant en restaurant, llevando sobre el vientre grandes cestos de

frutas. La sandía, casi desconocida en los pueblos del centro de Europa,

se muestra aquí y parece sonreir amigablemente con su purpúrea y redonda

boca, anunciando que el Oriente está cerca. Los violines bohemios suenan

tras los verdes arbustos de las terrazas, y las canciones melancólicas

de Rumania sorprenden con sus palabras de origen latino, que hacen

recordar al glorioso español Trajano, fundador y civilizador de dicho

pueblo.

De vez en cuando truena el suelo de los muelles y pasa un carruaje

tirado por caballos húngaros, incomparables animales que marchan siempre

al trote largo, como si éste fuese su paso natural, y unen el vigor y la

corpulencia á la esbelta ligereza del corcel árabe.

Cuando los esplendores del sol disuelven el negro misterio, moteado de

luces, que envuelve á la doble ciudad, se muestra ésta monumental y

grandiosa. En el moderno Pest, los grandes hoteles, los edificios del

Estado, los templos de diversas religiones y los establecimientos de

enseñanza, asoman sus masas arquitectónicas por encima del caserío. En

el antiguo Buda, ciudad de alturas, hay una larga colina, que es como el

Capitolio del pueblo magyar, pues la extensa meseta soporta los

principales monumentos de su vida política. Sobre la ondulada cresta,

cubierta de profundas manchas de jardinería, está el San Matías, templo

del siglo XV, fortificado como un castillo. Á sus naves tuvo que venir

á coronarse, como rey de Hungría, el actual emperador de Austria, entre

las corvas cimitarras de los señores magyares, vestidos con el dolmán

tradicional, haciendo sonar las espuelas de sus botas de cuero rojo, y

ondulando sobre su gorro de húsar el blanco penacho sujeto con un joyel.

Al lado de San Matías extiende sus innumerables cuerpos arquitectónicos

el _Királyi palota_, palacio real, en el que no ha vivido ningún rey

desde hace más de un siglo, pero que no por esto respetan menos los

húngaros como un símbolo de su relativa independencia. Ochocientas

sesenta habitaciones tiene este palacio, que comenzó á construir María

Teresa, todas lujosas, todas deshabitadas, y muchas de ellas con muebles

modernísimos que nadie ha usado. El palacio, con su ostentosa frialdad

de mansión vacía, tiene algo de tumba; pero los húngaros lo adoran,

viendo en él una prueba de que en nada dependen del grandioso alcázar

que se alza en el corazón de Viena.

El palacio real, el Parlamento y la Academia, son los tres orgullos de

los ciudadanos de Budapest. Los rudos señores magyares, que en el campo

llevan aún una vida casi feudal, que no poseen otra ciencia que la

hípica, educando los caballos en los pantanos inmediatos al Danubio, y

cuando quieren obsequiar á un compatriota ilustre, pianista ó poeta, le

regalan... _un sable de honor_, hablan de la Academia de Budapest con el

respeto supersticioso que inspira lo desconocido. La Academia húngara

es una institución particular, fundada hace años por el conde Szechenyi,

quien la instaló en lujoso palacio y la legó un excelente museo.

Compuesta de trescientos miembros, se dedica, según los estatutos que

dictó su fundador, al estudio de la historia y la lengua húngaras, y al

de todas las ciencias, menos la Teología. Su biblioteca la forman medio

millón de volúmenes; su museo de Pinturas tiene mil cuadros, de los

cuales unos cincuenta (los mejores) son de la escuela española,

figurando á la cabeza cinco de Murillo.

Pero de todos los edificios públicos, el que más entusiasma á los

magyares es el Parlamento. Los hijos y nietos de aquellos húngaros

revolucionarios que en 1848 fundaron la República, presidida por Kosuth,

ya que no pueden lanzarse al campo sobre veloces caballos de batalla,

vestidos con su uniforme tradicional de húsar y blandiendo el corvo

sable contra los opresores austriacos, se han refugiado en el

Parlamento, el _Uj Orszaghaz_, como en un lugar de combate, donde dan

expansión á sus resentimientos históricos.

El edificio, de construcción reciente, es digno de la importancia que

atribuyen los húngaros á la vida parlamentaria, última manifestación,

por el momento, de su antigua rebeldía.

Visto este palacio por primera vez, asombra é intimida con su grandeza.

Examinado más despacio, parece un disparate arquitectónico, una

fanfarronada de piedra, con centenares de habitaciones y alas enteras

que para nada sirven. El deseo de los húngaros fué poseer un Parlamento

más grande que el de Viena y todos los del mundo; algo que por su

inmensidad estuviera en relación con la importancia de sus aspiraciones

políticas, y construyeron como gigantes.

El palacio ocupa una superficie de 15.000 metros cuadrados; su cúpula

central tiene 106 metros de altura; su coste ha sido de 36 millones de

coronas.

El exterior, mezcla de gótico y bizantino, ofrece cierta semejanza con

San Marcos de Venecia, pero considerablemente amplificado. Su interior

tiene algo que recuerda las doradas filigranas del decorado árabe.

--Esto se parece á la Alhambra--afirman con irresistible convicción los

húngaros entusiastas, que jamás han estado en España ni han visto del

palacio árabe más que alguna tarjeta postal.

Nada tienen de la Alhambra sus salones; pero algunos recuerdan vagamente

las cámaras del Alcázar de Sevilla.

Bajo la gran cúpula central, al término de una escalinata de mármol

construída para colosos, está la rotonda de oro y mármoles polícromos

titulada Salón del Trono. En ella, al abrirse el Parlamento, se reunen á

escuchar el discurso del invisible rey de Hungría, que vive en Viena,

los 450 individuos de la Cámara de Diputados y los 300 de la Cámara de

los Señores, todos vistiendo el uniforme nacional, cargados de

cordones, con cinturón y collares de pedrería, la pelliza flotante sobre

un hombro, el sable haciendo sonar las losas con el tintineo de su vaina

de bronce, prolijamente cincelada; la mayoría con ojos belicosos,

prontos á tirar del acero, como sus remotos abuelos se presentaron á la

abandonada emperatriz de Austria para gritar: _¡Moriamo pro regem

nostrum Maria Teresa!_; pero éstos si desean morir por alguien, es por

la independencia de Hungría.

El partido llamado independiente cuenta con más de la mitad de los

individuos del Parlamento, acaudillados por el hijo de Kosuth, el héroe

magyar. Los amigos incondicionales de Austria no llegan á cincuenta. Los

misioneros viven gracias á la desdeñosa protección del partido de la

independencia, que aun no cree llegada la hora de moverse, por miedo á

la Alemania aliada del emperador austriaco. Cuando muera el anciano rey

de Hungría ó cuando surja un conflicto en Europa que distraiga las

fuerzas de la Triple Alianza, los húngaros harán indudablemente algo más

que asistir á las sesiones de su Parlamento.

Mientras tanto, procuran dar á éstas la mayor amenidad posible, para

entretenimiento del pueblo magyar, y que no se pierda la tradicional

acometividad de la raza.

Los húngaros no son hermosos, arrogantes y bigotudos, como los pintan

generalmente, con sus uniformes de fiesta. Los hay pequeños, con una

amarillez asiática, pómulos salientes y mirada salvaje, que parecen

verdaderos kalmucos. Las tradiciones magyares hablan de Atila como de un

héroe del país, y atribuyen á los hunos la fundación de Buda. En el

techo de uno de los salones del Parlamento aparece el temible guerrero

«Azote de Dios», en compañía de Wotan, Sigfrido y demás héroes

mitológicos.

Cuando los diputados magyares se enfurecen contra el gobierno, tratan su

magnífico palacio como una ciudad tomada por asalto. Rompen bancos y

pupitres en el salón de sesiones y arrojan los pedazos á la cabeza del

presidente del Consejo y sus ministros, si éstos son tan inocentes que

aguardan á pie firme la contundente rociada.

Después se restaura el mueblaje, se reparan las estatuas descabezadas,

se muestran más blandos y tolerantes los amigos de Austria, y... hasta

que llegue la hora en que las escenas interiores del Parlamento se

repitan fuera, á lo largo de las riberas del Danubio, donde piafan los

caballos salvajes, y los pastores, con capas de pieles, hablan de la

corona de San Esteban y de los héroes de su raza, desde el valeroso rey

Matías Corvino hasta el abogado Kosuth, convertido en general, que dijo

adiós á la patria y prefirió morir en suelo extranjero, tras larga y

obscura ancianidad, antes que verla gobernada por austriacos.

EN ORIENTE

XV

Los Balkanes

El tren deja atrás Kiskörös, patria de Petofi, el famoso poeta húngaro,

y la ciudad de Carlowitz, célebre por su tratado de paz entre Austria y

Turquía y por ser cuna del poeta servio Branko Radichevié.

En los corredores de los vagones suena un ruido de sables, y un capitán

del ejército servio, seguido de varios gendarmes, va pidiendo el

pasaporte á los viajeros. Salimos de la verdadera Europa. En adelante,

imposible viajar, ni aun moverse, sin exhibir á cada momento el

pasaporte, contestando á bulto las preguntas del policía, á quien no

entendéis y que no os entiende.

Empieza el Oriente, al que sirven de avanzada los Balkanes, con sus

pequeños y revoltosos Estados. Pasamos el Save, amplio afluente del

Danubio, por un puente larguísimo, y la ciudad de Belgrado, capital de

la Servia, aparece sobre un promontorio, dominando con su antigua

ciudadela turca la confluencia de los dos ríos.

Al apearme en la estación, gran extrañeza de los viajeros, todos los

cuales van directamente á Constantinopla, y de los mismos servios que

llenan el andén: gendarmes, policías de uniforme ó de paisano, simples

curiosos habituados á ver pasar los trenes de Oriente sin que á ningún

extranjero se le ocurra detenerse en su capital.

Es de noche, hace frío y llueve. En la Aduana vuelven á examinar mi

pasaporte varios oficiales de gendarmería y un comisario joven, de largo

gabán, con perfil de ave de presa, que hace adivinar bajo el sombrero un

cráneo puntiagudo y pelado. Es el sabio de la compañía. Después de

examinar largamente el papel, atina con la nacionalidad.

--_¡Spaniske!_--exclama con cierto asombro.

¡Un español en Belgrado!... Y la pregunta, que parece reflejarse en los

ojos de los oficiales servios, la formula el policía en una jerga mezcla

de italiano y servio. Les asombra mi propósito de entrar en Belgrado, y

aun se extrañan más al enterarse que es sólo un capricho, una curiosidad

de viajero.

Me abstengo prudentemente de decir que mi detención no tiene otro objeto

que ver de cerca el Konak, el trágico palacio donde, hace cuatro años,

fueron asesinados en la cama el rey Alejandro y la reina Draga por los

oficiales sublevados.

Los nuevos gobernantes de Servia viven en perpetuo recelo. Bien se nota

en las precauciones de la policía y en su deseo manifiesto de aislar al

país del resto de Europa. El nuevo rey, Pedro, cuenta con el ejército,

que le dió inesperadamente la corona cuando más desesperanzado vivía en

un tercer piso de la ciudad de Ginebra, sufriendo grandes estrecheces;

pero á pesar de este apoyo, no olvida que existe en Constantinopla un

hijo natural de Milano, hermano, por consiguiente, del asesinado

Alejandro, al cual educan para pretendiente, y que, cualquier noche, un

grupo de oficiales que se juzguen ofendidos pueden reunirse en el Casino

Militar, inmediato al Konak, y entrar en éste sable en mano, como

entraron hace cuatro años.

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