vuelve al lado de la madre; Mozart, hecho ya hombre, se ve sumido en la
obscuridad que llega de pronto para los artistas precoces, cuando
pierden el encanto de la infancia. Empieza entonces su vida en Viena de
luchas y miserias. Es un innovador, y la corte prefiere á los músicos
italianos que llenan la capital austriaca. El mismo emperador le
aconseja pedantescamente que imite al primer músico de la época, el hoy
olvidado Sallieri. Para vivir, escribe sus graciosos _minuettos_, por
unos cuantos florines, cada vez que un gran señor da un baile en su
palacio. Los rivales abusan de su carácter bondadoso y dulce, acosándolo
con insultos, dificultando su trabajo con toda clase de intrigas. Entre
la nube de músicos y poetas de todos los países, caída sobre Viena por
la atracción que ejerce una corte aficionada á las artes, encuentra
pocos amigos. Su dulce debilidad sólo halla apoyo y consuelo en el
español Vicente Martín, un músico procedente de Valencia, autor de
óperas olvidadas y que figura en la historia de la música como inventor
del vals. También son sus amigos el italiano Daponte, abate bohemio y
licencioso, que escribe los versos de sus _libretos_ en plena
embriaguez, y un alemán feo, sombrío y malhumorado, incapaz de intrigas
y de numerosos afectos, llamado Luis Beethoven.
Las óperas que escribe gustan á lo más selecto del público, pero no le
dan dinero. Cuando se casa con Constanza Wéber, sus amigos Martín y
Daponte van á visitarle en su pobre casita, al día siguiente de la boda,
y le encuentran bailando con la mujer.
--Hace tanto frío y la leña cuesta tan cara, que nos calentamos
así--dice el maestro sonriendo.
Y continúa el baile, moviendo su cuerpo débil, elegante y gracioso, que
hacía de él uno de los más distinguidos danzarines de la época.
En Praga, con el estreno de _Don Juan_, empieza para él la celebridad.
Tiene dos hijos, su mujer puede reunir algún dinero; los empresarios le
piden nuevas obras; la corte fija su atención en él y le encargan misas
ó contradanzas... y cuando el bienestar entra en la casa, se introduce
igualmente la muerte siguiendo sus pasos.
Un día, un señor vestido de negro y de aspecto siniestro llega á la
vivienda de Mozart, y entregándole como adelanto una bolsa llena de oro,
le encarga que escriba cuanto antes una misa de muertos.
Es el testamentario de un gran señor fallecido en el campo, pero á
Mozart, roído por la tisis y perturbado por las supersticiones que
acompañan á toda enfermedad, le parece que el hombre vestido de negro es
la misma Muerte que viene á anunciarle su próximo fin, y se lanza á
escribir la famosa _Misa de Requiem_ convencido de que se estrenará en
sus propios funerales. ¡Las noches de cruel insomnio, con la certeza de
que toda nota trazada es un segundo menos de vida, de que avanza el
temido final con cada nueva hoja añadida á la partitura, amontonando
sobre el pentagrama lágrimas y melancolías!... Su vida iba
extinguiéndose así como avanzaba su obra. Casi moribundo, quiso oirla, y
con un esfuerzo supremo cogió en sus manos el papel del tenor.
Un discípulo se sentó al piano; otros se encargaron de las diversas
partes de la obra; Mozart, hundido en un sillón, con el papel ante los
ojos, cantaba con una voz trémula y dulce, como el cisne de las leyendas
antes de morir. Al llegar al _Lacrimosa_, su voz se cortó con un gemido.
--¡No, no puedo más!
Y echó la cabeza sobre el respaldo, para no levantarla nunca, entre las
lágrimas de amigos y discípulos, y los alaridos de Constanza, que, al
fin, podía dar expansión á su dolor.
Al día siguiente fué el entierro, día tempestuoso y gris que arrojaba
sobre Viena un verdadero diluvio.
Gran concurrencia en la casa mortuoria: todos los músicos de Viena,
algunos grandes señores de la corte y delegaciones de la Masonería,
agradecida á Mozart por su _Cantata de los fracmasones_, que aun se toca
en muchas logias.
El fúnebre cortejo emprendió la marcha bajo la lluvia torrencial. El
agua saltaba furiosa sobre los rojos paraguas de ballena; los zapatos de
hebillas y las negras medias de los acompañantes hundíanse en los
arroyos fangosos. Hay que conocer Viena, enorme ciudad, para darse
cuenta de lo penoso de una marcha hasta el cementerio, por calles
interminables. En una esquina se quedaba un grupo del cortejo,
diciéndose que ya había acompañado bastante al difunto camarada en un
día como aquel; más allá desertaban otros; las carrozas de los señores
habían desaparecido; los más valientes y más fieles llegaron hasta las
afueras. Total, que al anochecer, con los caballos chorreando y á un
paso vacilante, en la penumbra del crepúsculo, llegó al cementerio un
coche fúnebre... sin que lo siguiese nadie.
Algunas semanas después, cuando la viuda quiso saber dónde estaba el
cuerpo de Mozart, nadie supo contestarle. Ninguno del cortejo había
presenciado el entierro. Los sepultureros no supieron explicarse, ni
pudieron nunca ponerse de acuerdo. ¡Se entierra tanta gente durante un
solo día en una ciudad enorme!... La Nada tragó para siempre el cuerpo
del maestro, y la Duda le sirvió de lápida mortuoria. Se sabe de cierto
que sus restos están en el cementerio viejo de Viena, y esto es todo.
La ciudad de Salzburgo ha convertido en museo la vieja casa del maestro
de capilla Leopoldo Mozart, donde nació el prodigioso compositor. El
_Mozarteum_ contiene en sus pobres habitaciones, de techo bajo y
pavimento de vieja madera, todos los recuerdos de la vida del maestro:
instrumentos, retratos, vestidos y hasta cartas. En una vitrina figura
un cráneo... ¡El cráneo de Mozart! El catálogo no lo asegura, pero el
conserje lo afirma bajo su palabra, y los más de los visitantes admiran
la cúpula ósea bajo la cual nacieron tantas bellas melodías.
Si el alma es inmortal y se entera de lo que ocurre en este mundo, tal
vez á estas horas algún antiguo mozo de cordel de Viena estará riendo en
el Paraíso, al ver que atribuyen á su pobre calavera la paternidad del
_Don Juan_.
XI
Viena la elegante
Desde Munich á Viena los hombres del pueblo, y aun muchos burgueses,
bien sean bávaros ó austriacos, muestran todos tres aficiones comunes:
aman el canto, se agujerean las orejas para llevar pequeñas monedas á
guisa de pendientes, y no pueden usar un sombrero sin adornarlo con una
pluma ó un grupo de flores silvestres.
Los pequeños chambergos de felpa verde ó acaramelada, con el ala caída
sobre el bigotudo rostro, están siempre rematados por enhiestas plumas
de gallo, que se cimbrean junto al cogote. El pueblo de la Baja Alemania
siente una gran simpatía por el Tirol y sus pintorescos montañeses,
únicos que en días de desgracia para la patria supieron resistir á la
invasión napoleónica, imitando á los guerrilleros españoles.
La _tirolesa_, canción robada al gorjeo de los pájaros, hace oir sus
trinos desde Munich á Viena, en caminos y ferias, teatros y montañas.
En el _Theresien-Wiese_, de Munich, extensa explanada frente á la
estatua de Bavaria, se verifica á fines de verano la feria anual de los
tiroleses, y de la mañana á la noche trina el ruiseñor, canta el mirlo y
gorjea la alondra, no con notas vagas, sino intercalando en sus escalas
versos que hablan de amores y luchas en las montañas verdes, coronadas
de nieve.
La música es una necesidad para los pueblos de la Baja Alemania. Cuando
se les ve de cerca se comprende que las estatuas de grandes
compositores, compatriotas suyos, llenen calles y plazas. No hay café
que no tenga orquesta, ni restaurant al aire libre sin banda militar. En
Munich, el público de las cervecerías canta á coro, acompañado por los
violines y chocando los bocks como los bebedores de Goethe en el
_Fausto_. En Viena, la patria de Strauss y de Suppé, el vals lánguido y
elegante ó la marcial retreta suenan en todos los establecimientos
públicos.
El catolicismo austriaco es el más armonioso de la cristiandad papal.
Una simple misa rezada en la catedral de San Esteban, ó en cualquier
otro templo de Viena, es en los domingos un verdadero concierto. Suena
el órgano un ligero preludio, como para dar el tono; los fieles,
hombres, mujeres y niños, tiran del librito que les sirve de guía para
recordar los versos de los himnos, y la misa se desarrolla en medio de
un coro de centenares y aun de miles de voces, sin que ni una sola
desentone, siguiendo todas instintivamente el ritmo, sin necesidad de
dirección, con un ajuste maravilloso. Las voces graves acompañan con
artísticas disonancias el canto femenino ó infantil, y este coro, de
música difícil, suena durante una hora como el del mejor teatro de
ópera.
En Viena, la música es algo nacional, que constituye el orgullo del
pueblo. Las bandas de los regimientos austriacos son verdaderas
orquestas. Cuando Austria dominaba la Alta Italia, los patriotas
venecianos y milaneses ocultábanse en sus casas para no ver á los
abominables invasores; pero así que sus bandas sonaban en las calles,
abrían instintivamente las ventanas, confesándose que los malditos
_tedescos_ manejaban como ángeles sus instrumentos.
Viena ha visto ella sola nacer más obras musicales de fama universal que
todo el resto del mundo. En modestas callejuelas vecinas al Palacio
Imperial y al teatro de la Ópera, vivieron Mozart, que escribía
_minuettos_ originales para cada baile que se celebraba en Viena, y
Beethoven, que componía una cantata por cada victoria de los ejércitos
aliados, ó producía todas las semanas algo nuevo para los conciertos y
fiestas de los grandes plenipotenciarios, arregladores de Europa, en el
famoso Congreso de 1815.
Viniendo de Alemania, se presenta Viena como una ciudad encantadora,
resumen de toda clase de bellezas y elegancias. Las tiendas de modas
del imperio germánico, en su deseo de aislar á Francia creándola el
vacío, pretenden ignorar que existe un París, al que las mujeres de todo
el mundo piden el último tipo de elegancia. _Modelo de Viena_, dicen en
los escaparates alemanes las etiquetas de los sombreros y vestidos.
Si fuera posible colocar juntos á París y Viena, para abarcarlos en una
sola ojeada, es seguro que la capital austriaca saldría vencida de la
comparación. Pero Viena está muy lejos, y para llegar á ella hay que
atravesar las ciudades alemanas, con sus mujeres vestidas como
institutrices pobres, de malfachada gordura, y que para colmo de
desdicha, por un patriótico orgullo de su exuberante maternidad,
raramente usan corsé.
Por eso la elegancia de Viena causa mayor impresión, desde el primer
momento, que la que se siente en París cuando se llega á éste procedente
de España ó de Italia.
Hay que confesar también que las vienesas son físicamente superiores á
las parisienses, y su fama universal de belleza no es usurpada. La
española hermosa es muy superior á la vienesa; pero en las calles de
Viena se encuentra mayor número de mujeres guapas que en las calles de
Madrid. Las nuestras las vencen por la calidad, pero ellas son
superiores por la variedad y el número.
Austria es la verdadera frontera de la Europa central... y _europea_.
Más allá, hacia el Oriente, están acampados pueblos que, aunque de
aspecto semejante al nuestro, son de origen asiático y han sido
depositados en el lugar que ocupan por el oleaje de las invasiones. Por
dos veces llegó la avalancha turca hasta el pie de los muros de Viena.
Los doscientos y pico de pueblos que constituyen hoy el imperio
austriaco, con su carnavalesca variedad de colores, lenguas, trajes y
costumbres, unos rubios, como los germanos más septentrionales, otros
obscuros ó amarillentos, cual las tribus del interior de Asia, han
producido con sus cruzamientos extraños tipos de belleza. En esta tierra
ha ocurrido el último choque de Oriente y Occidente. Hasta aquí llegó el
supremo empujón del Asia invasora, y como núcleo de un pueblo perdido en
las remotas lobregueces de la historia, viven en Austria los _tzíganos_
ó bohemios, de los que son ramas sueltas los gitanos y _romanicheles_
que vagan por Europa.
Conjunto de mil caracteres extraños á su raza, es la mujer vienesa. Su
color resulta incierto. Puede ser morena y de ojos de brasa como una
gitana, ó rubia y de mirada azul como si hubiese nacido en Berlín. Es
devota como una española, y al mismo tiempo alegre como una italiana, y
elegantemente desenvuelta cual la parisién. La blanca piel de las razas
del Norte no tiene en ella la fría pasividad germánica, pues parece
caldeada por la voluptuosa sangre de la odalisca.
El amor no la enloquece, á juzgar por los conflictos de su vida, que se
reflejan en el teatro y la novela.
El lujo, el deseo de parecer aun más hermosa la dominan tan
imperiosamente, que en su alma no queda espacio para otras pasiones.
En Viena todos visten bien, hombres y mujeres. En ninguna capital de
Europa se ve á la gente mejor presentada. Los hombres parecen recién
salidos de la tienda del sastre. Las mujeres elegantes son incontables.
Todas, aun las más modestas, si son hermosas, parecen escapadas de las
láminas de un periódico de modas.
Algunas son ricas; una gran parte sólo gozan de cierto bienestar; la
inmensa mayoría son pobres, como en los demás países. ¡Y sin embargo,
Viena, por lo mismo que es una ciudad elegante, resulta muy cara y exige
grandes gastos para el sostenimiento de lo superfluo!...
La emperatriz Elisabeth, asesinada en Ginebra, odiaba á Viena, donde
había pasado la mayor parte de su vida. Para no verla, iba errante por
Europa, viviendo tan pronto en las islas griegas como en las montañas
suizas, hasta que la hirió el puñal anarquista en las riberas del Leman.
--Viena...--decía con indignación--. ¡La ciudad bella y engañosa! ¡El
lugar más corrompido de la tierra!...
Hoy la soberana de las tristezas errantes, la infatigable lectora de
Heine, poeta de las inmensas amarguras, se pudre en el panteón
imperial, con todas sus decepciones y protestas.
En calles y jardines siguen sonando las valses; las enaguas revolotean
en las aceras con rítmica marcha que deja tras los graciosos pies una
estela de perfumes; los lujosos carruajes, tirados por caballos
húngaros, corren por las avenidas del Prater; á la entrada del célebre
paseo, en el _Wurst el Prater_ ó «Prater del Polichinela», el buen
pueblo, satisfecho de su emperador, baila y se emborracha con cerveza,
esperando la noche para fabricarle nuevos súbditos al soberano, y por
encima de los tejados de Viena suenan á todas horas las campanas de cien
iglesias y conventos, lo mismo que en una ciudad española.
XII
El subterráneo de los emperadores
El fraile capuchino, un arrogante mocetón de barba rubia, agita sus
brazos blancos y fuertes fuera de las mangas del hábito, al mismo tiempo
que me habla en alemán. La expresión negativa de su voz me hace
comprenderle. Es domingo, y hasta el día siguiente no se abre el Panteón
Imperial. Estoy en la sacristía del _Capuzinekirche_, templo en cuya
cripta reposan los cadáveres de los emperadores de Austria.
--El caso es que mañana no podré volver--digo yo por contestar algo al
fraile.
--¿Es usted francés?--balbucea él en dicho idioma, al mismo tiempo que
sonríe, mirando á una de mis solapas, en la que llevo la roseta de la
Legión de Honor, como si tuviese cierta satisfacción en molestarme.
--No señor; soy español.
Su rostro parece iluminarse. El azul de sus ojos toma una ternura
acariciadora.
--¡Ah, español!...
Puede correrse Europa entera sin que la condición de español despierte
en hoteles y ferrocarriles otro interés que la vaga curiosidad que
inspira un país novelesco y lejano. Pero allí donde se tropieza con un
fraile, bien sea italiano, francés, alemán ó austriaco, la nacionalidad
española atrae inmediatamente la más graciosa de las sonrisas, como si
España fuese el pueblo feliz elegido de Dios, algo así como las doce
tribus depositarias del Arca Santa, que no tenían otro quehacer que
alabar al Señor y engullirse el maná caído del cielo.
--¡Español! ¡español!--repite en su francés balbuciente el hermoso
capuchino.
Y después de descolgar una llave, me invita con bondadosa protección á
seguirle por los corredores que conducen al Panteón Imperial. Siendo
español, soy católico de primera clase y nada puede negárseme.
De pronto se detiene para decirme con amigable confianza, como si
hubiese encontrado un nuevo parentesco entre los dos:
--La reina de usted es de Viena. La conozco mucho... y á su madre, la
señora archiduquesa, también. Nos distinguen mucho á los capuchinos.
Cruzamos otro pasadizo y vuelve á detenerse para comunicarme sus
impresiones.
--Yo he estado en España; un día nada más. Fui á Lourdes y pasé á San
Sebastián para ver á la reina. Me regaló un pequeño Cristo muy
milagroso: el Cristo de... de...
Y se calla, con el pensamiento embrollado y la lengua torpe, no pudiendo
recordar el nombre de la famosa imagen y mirándome con ojos suplicantes
para que eche una mano á su memoria.
--No sé--murmuro algo avergonzado de mi escandalosa ignorancia--. ¡Hay
tantos allá!... ¡Tantos!...
El también adopta un tono vago, como si contemplase una bella y remota
visión.
--¡España! Mucho gusto en volver á verla... ¡Pero tan lejos!
Hace girar una llave de luz eléctrica y descendemos por una escalera,
recta y abovedada como un túnel, cubierta de azulejos blancos. Al final
de ella entramos en unas cuevas mal enjalbegadas, con un resplandor gris
de bodega que penetra por los tragaluces. Unas cuantas verjas oxidadas;
dos tumbas monumentales con estatuas yacentes, y en todas las cuevas del
imperial subterráneo cajones de cinc, muchos cajones, unos ciento
cuarenta, con breves rótulos en la tapa superior y esparcidos al azar,
lo mismo que los bultos depositados en un almacén. Un olor nauseabundo
de humedad de siglos y podredumbre encerrada, apesta el ambiente. Este
es el último asilo de los orgullosos emperadores de Austria, que han
reinado sobre media Europa y dado reinas á la otra media.
El subterráneo de los Capuchinos era sólo para la tumba de María Teresa,
hembra gloriosa que vale en la historia por todos los emperadores de
Austria. Pero después de muerta ella, sus descendientes han venido á
sumirse en la nada cerca de su tumba, y faltos de espacio para tener
mausoleo propio, están encerrados en ataúdes de plomo y de cinc,
pudriéndose en su propia corrupción, sin el contacto de la madre tierra,
que limpia y consume al envolvernos en su caricia.
La dinastía imperial de Austria, como si pretendiese vencer á la muerte,
se resiste á desaparecer en las entrañas del suelo, y está como de
cuerpo presente dentro de su panteón. Es algo semejante á su imperio,
que en la geografía política representa un cuerpo enorme que un día
vivió, pero cumplida ya su misión, abruma á Europa con la pesadez de un
cuerpo muerto, en que se notan próximas descomposiciones, origen de
nuevas vidas.
Este vulgar subterráneo, almacén sin grandeza de la muerte, con sus
cajas metálicas, feas y pesadas, tiene, sin embargo, un ambiente
trágico.
Una implacable maldición parece gravitar sobre esta familia
todopoderosa, la más católica y la más venerable de todas las reinantes.
Por ella conserva el Vicario de Dios una enorme parte de Europa.
La revolución protestante hubiese arrebatado á Roma sus mejores Estados
espirituales, á no ser por la casa de Austria. Los reyes de España,
después de largas guerras, sólo pudieron conservar fiel al Papado la
católica Bélgica. Los emperadores de Austria, con la espada implacable
de Wallestein y los horrores de la guerra de los Treinta Años,
mantuvieron sumisos al Pontífice enormes Estados.
Este buen servicio á la causa de Dios ha sido pagado al pueblo austriaco
con toda clase de derrotas, hasta el punto de que sus ejércitos, con ser
muy valientes, parecen sin otra misión en la historia que la de ser
vencidos por franceses, alemanes é italianos. Sus monarcas han sido
objeto de toda clase de infortunios, como si el Todopoderoso les
distinguiese con especial antipatía.
La cripta de los Capuchinos recuerda los subterráneos de las
terroríficas novelas de Ana Radcliffe, donde cada tumba encierra una
tragedia, vagando entre ellas espectros ensangrentados. En menos de un
siglo se han amontonado en este lugar los despojos de las más tristes
historias.
Dos féretros de plomo, cubiertos de coronas, rasgan, con la brillantez
de los colores de sus cintas y el oro de sus franjas, la penumbra gris
del subterráneo. Uno de ellos guarda los restos de la emperatriz
Elisabeth, la esposa del emperador actual, asesinada en Ginebra. Vagaba
por el mundo de riguroso incógnito, como una viajera cualquiera. Nadie
la conocía; ella misma deseaba olvidar su rango de emperatriz;
transcurrían años sin que volviese á sus dominios; pero sin embargo, la
fatalidad, que respeta á los monarcas ostentosos rodeados de la pompa de
su investidura, hizo que una mirada feroz se fijase en la modesta
viajera, vestida de negro.
En la otra caja está su hijo Rodolfo, el heredero de uno de los más
grandes Estados de Europa, muerto misteriosamente en un drama de alcoba,
como un protagonista de «Crónica de sucesos», dejando, al abandonar el
mundo, la duda entre un suicidio voluntario, una monstruosa amputación ó
un asesinato bestial, perpetrado en la locura de la embriaguez.
Unos ataúdes, sin adorno, oxidados por los años, encierran los dos
últimos pensamientos de Napoleón. En uno está María Luisa, graciosa y
casquivana archiduquesa, esposa del primero de los guerreros modernos,
entregada cobardemente por su padre á un sublime advenedizo, ansioso de
ennoblecerse históricamente tomando mujer de la casa austriaca, antiguo
y acreditado centro de exportación de reinas. Ser esposa amada de un
Napoleón, sentir en sus sienes la mayor de las coronas, y al llegar la
hora de las gloriosas desgracias y las tristezas ennoblecedoras,
abandonar al marido sin un recuerdo, ahogando su memoria con amorcillos
vulgares y muriendo en un ridículo principadillo italiano... ¡qué final
puede hallarse más triste!
Junto á ella duerme el _rey de Roma_, el _Aiglon_, el joven paliducho,
soñador y vacilante, que Napoleón dió al mundo, como esas ramas faltas
de savia que echan los árboles gigantescos cansados de producir. La
sangre de la madre atrajo sobre su cabeza el eterno infortunio de la
dinastía austriaca. Sus ojos, al abrirse á la luz, vieron en torno de
él, como servidores, á los hombres más poderosos de la época: brazos que
conquistaban reinos se emplearon en pasear su infancia; el imperio de
Europa figuraba en su canastilla al nacer; los primeros guerreros del
mundo sentían rodar lágrimas por los canos mostachos al contemplar su
retrato en los nevados campamentos de Rusia; y sin embargo, cuando le
sorprendió la muerte en las habitaciones de Schoenbrunn (un palacio en
el que se instaló su padre como conquistador y que habitó él como nieto
pobre, portador de un apellido odioso), este engendro triste del genio y
la sangre rancia sólo dejó como recuerdo de su paso por el mundo un
melancólico vals. La última vez que le vió el pueblo de Viena fué
mandando un piquete en el entierro de un general obscuro. ¡El hijo de
Napoleón escoltando el cadáver de un militar sin nombre, que más de una
vez habría corrido ante su padre!...
Un ataúd aislado, junto á una pilastra, guarda otra tragedia. El nombre
de _Queratarus_, que figura en la inscripción latina de la tapa, hace
surgir el recuerdo de Méjico y la fantástica tentativa de un imperio
americano, derrumbada al estampido de un fusilamiento. En esta caja
está Maximiliano I y último de Méjico, que llevó al otro lado de los
mares el destino fatídico de su familia.
El pensamiento abandona el fúnebre subterráneo para esparcirse por el
mundo, y abarca á los innumerables archiduques errantes sobre la tierra,
como si quisieran huir de las glorias terrenales de su familia, que
equivalen á una maldición, y olvidar un apellido famoso, que parece
atraer la muerte ó la locura. El fantástico Juan Ort desaparece como un
héroe de novela en la punta más avanzada de la América meridional; otro
archiduque vive como un labriego en una isla del Mediterráneo; otro
reniega de su apellido para ser capitán mercante; otro más se casa con
una cómica, ansioso de aplebeyarse y que todos olviden su origen... La
desesperación ó la locura guían los pasos de estos descendientes de la
más católica y rígida de las monarquías.
La familia se deshace. ¡Quién sabe la suerte de su vasto imperio, simple
expresión geográfica, sin cohesión de razas ni de espíritu, que
lógicamente debe fraccionarse, dando vida á organismos más homogéneos!