Munich, por sus edificios, por sus escuelas, por el respeto oficial de

que rodea á las artes, es la Atenas germánica. No significa esto que sus

habitantes, morenos, católicos, habladores y ruidosos, que hacen de la

Baviera una especie de Andalucía alemana, formen una democracia

intelectual y refinada como la ateniense. Aquí los verdaderos artistas

han sido los príncipes--simpáticos desequilibrados que se entregaron al

culto de la Belleza con un fervor rayano en la manía--, y el buen

pueblo, obedeciéndoles con ciega disciplina germánica, les siguió en sus

deseos.

La pintura, la poesía y la música han sido las grandes manifestaciones

de la vida de Munich, y sus habitantes admiran, como dioses tutelares, á

los célebres artistas protegidos por los reyes. Wágner figura en todos

los escaparates: su perfil de bruja pensativa adorna hasta las muestras

de las tiendas. Goethe y Schiller, coronados de laurel y semidesnudos

como griegos, yerguen sus cuerpos de bronce en grandes plazas,

acompañando á monarcas y príncipes de la casa bávara, cuyos hechos

fueron superiores á los de Mecenas. El lujoso estudio del pintor Lenbach

se visita como un templo, y un culto igual recibe la memoria de

Cornelius, Kieuze y todos los demás pintores y escultores que desde los

tiempos de Luis I á los del infortunado Luis II (el Lohengrin coronado),

contribuyeron en menos de un siglo al embellecimiento de la ciudad.

Los palacios ostentosos, los museos, los arcos de triunfo, los teatros

monumentales, ocupan casi una mitad de Munich. Los reyes de Baviera

trabajaron sin descanso. Su manía de embellecimiento no les dejaba

dormir. El demonio de la construcción turbaba sus días con nuevas

sugestiones. La caja del Estado estaba abierta para todo el que se

presentaba con una idea nueva. Los favoritos de la corte fueron artistas

alemanes, que no habían nacido en Baviera, y sin embargo, llegaron hasta

á intervenir en la vida política y aconsejar á los soberanos. Un músico

silbado en París, de costumbres bizarras y humor intratable, llegaba á

ser á modo de un virrey, derrochando la fortuna pública en la erección

de extraños teatros y organizando misteriosas representaciones que sólo

presenciaba el monarca. Éste era casi un actor, bajo las órdenes de su

amigo Wágner, imperioso artista contra el cual gruñía el pueblo, próximo

á sublevarse como años antes se alzó contra Lola Montes. El entusiasmo

dilapilador del abuelo por la bailarina española, reina bávara de la

_mano izquierda_, lo sintió el nieto por el autor de _El anillo del

Nibelungo_. No existe más diferencia entre ambas pasiones que el amor

físico regaló joyas y dejó como única huella un gran escándalo

histórico, mientras el amor intelectual creó teatros y monumentos,

haciendo nacer las mayores obras musicales de nuestra época.

Cuando Wágner, olvidado momentáneamente de la música, se dedicó á

filosofar, é hizo una confesión de creencias, dijo que sus dos dioses

eran Cristo y Apolo, inventando para la humanidad del porvenir una

religión, mezcla de cristianismo y helenismo, en la que se unen y

confunden la humilde piedad hacia el semejante con la adoración de la

soberbia belleza.

Cristo y Apolo fueron también los dioses de los soberanos bávaros, y

todavía imperan juntos, partiéndose equitativamente el dominio de este

pueblo.

Munich, capital de la Alemania católica, tiene unos veinte templos que

son como catedrales, y cuyo interior ostentoso recuerda el de las

iglesias españolas, así como el exterior es puramente italiano. Al lado

de estos monumentos de Cristo, álzanse majestuosos, con la autoridad de

un origen más antiguo, las innumerables obras de los monarcas bávaros á

la gloria de nuestra madre Grecia: los museos de la Pinacotheca antigua

y la Pinacotheca nueva; la Glyptotheca; los Propyleos; el Templo de la

Gloria con su estatua colosal de la Bavaria, predecesora de «La Libertad

iluminando al mundo», de Nueva York; el palacio de la Residencia; los

varios teatros griegos con sus frontones, en los que danzan las Musas al

son de la lira de Apolo; las vastas salas en las que brilla

discretamente el mármol ambarino de las estatuas clásicas, y se exhiben

fragmentos de templos traídos de Egina y otros lugares helénicos. La

columnata dórica alínea su bosque de piedra en las fachadas de los

palacios ó encierra en su armónico cuadrilátero jardines, grandes como

bosques. El rojo de los vasos griegos, con sus pequeños cuadros de

figuras negras ó polícromas, cubre muros interminables, cortado á

trechos por las manchas blancas de bustos y cariátides.

Asombra el trabajo realizado por los reyes de Baviera en menos de un

siglo. Sus buenos súbditos de la ciudad de Munich han debido de vivir

años y años entre andamios, tragando yeso y oyendo á todas horas el

choque del martillo sobre la piedra. La manía constructora de los reyes

debió constituir su gloria y su suplicio.

El arte se muestra en amontonamiento, como creado de real orden, en

pocos años, ejecución admirable, pero sin la originalidad y la noble

armonía que es producto de los siglos. Se ve que todo está hecho de una

sola vez, que ha surgido del suelo en una sola pieza, falto de esas

capas de sucesiva formación que va secretando el paso de las

generaciones.

El aspecto monumental de Munich--una vez desvanecida la primera

impresión de asombro por lo grandioso de la obra--causa igual efecto que

esas sinfonías cuyos motivos agrandan ó conmueven, al mismo tiempo que

la memoria se estremece con la sensación de haber oído antes los mismos

sonidos.

--Esto no es nuevo--se dice el viajero al contemplar la ciudad--. Todo

me parece haberlo visto en otras partes.

Indudablemente los monumentos griegos nada tienen de originales, y en

esto consiste su mérito. Son reconstrucciones ingeniosas, evocaciones

sabias de las obras que han llegado hasta nosotros, mutiladas é

indecisas. Pero ¿y los otros monumentos?

Á los pocos días de estar en Munich, van surgiendo en la memoria

imágenes del pasado, recuerdos de viajes por otros países. El aire de

familia se marca cada vez más en las cosas, como en esos rostros que nos

parecen extraños al primer instante y acaban por ser de antiguos amigos.

Unas iglesias recuerdan las de Florencia; tal vivienda real es el

palacio Pitti; tal otro un palacio de Roma; la Logia de los Mariscales

es una copia de la Logia de Orcagna en la capital toscana; los mástiles

enormes, ante la Residencia, son hijos de los mástiles de la República

en Venecia, y así todo.

Hasta los palomos que aletean en los frisos y descienden al pavimento,

animándolo con el reflejo de sus plumas metálicas, son palomos

«traducidos del italiano», que no pueden menos de saludar como

venerables abuelos á los que contemplan el Adriático desde los aleros de

mármol de la plaza de San Marcos ó saltan en la columnata florentina

junto al Arno.

Munich no tiene de original más que dos cosas: la cerveza y la música.

Las famosas _braserías_ de estilo germánico, con sus frontones agudos,

rematados por complicadas veletas, y sus fachadas de pesados balconajes

y torrecillas salientes, valen más que todos los templos griegos que

llenan las plazas de Munich.

De la música ya hablaremos. La capital bávara está celebrando, en estos

momentos, el Festival Wágner. Por las tardes la muchedumbre se agolpa á

ambos lados de la enorme avenida del Príncipe Regente, para presenciar

el paso de los que van á escuchar _El anillo del Nibelungo_, lo mismo

que el vecindario de Madrid se congrega en la calle de Alcalá en un día

de toros.

Cuando el viajero se familiariza con Munich, su entusiasmo por las

glorias artísticas de la ciudad va restringiéndose hasta el punto de que

sólo queda erguida una sola admiración: Wágner y su obra.

¡Pobre Atenas germánica! De sus monumentos nada malo puede decirse. Son

notables reproducciones del arte griego: la sabiduría artística luce en

ellos, pero son fríos y repelentes como cuerpos sin alma. Es Atenas sin

atenienses y sin el cielo de la Ática. En verano, el espacio se muestra

azul y brilla un hermoso sol. Pero el invierno germánico, duro y cruel

en Baviera, muerde con sus dientes negros estos monumentos que nacieron

en la tibia atmósfera del archipiélago, favorable á la desnudez.

El mármol en el país del sol se dora en el curso de los siglos, tomando

el majestuoso matiz anaranjado del oro viejo. Aquí, en unos cuantos

años, se ennegrece, con una opacidad antipática de ceniza de carbón.

Los dioses olímpicos, los héroes coronados de laurel y ligeros de ropa,

parecen temblar en pleno verano, recordando los largos meses de frío. El

rojo griego del interior de las columnatas se destiñe con las lluvias.

Los frescos se esfuman y desaparecen. Todo se vuelve gris y opaco.

Sí; esta ciudad es una Atenas... Pero pasada por cerveza.

IX

El Festival Wágner

Un periódico satírico de Munich publicaba hace cuarenta años una

caricatura de Wágner, saliendo del hermoso palacete en que le tenía

alojado el rey Luis II de Baviera.

--Voy al teatro--decía el gran maestro--y de paso entraré en palacio á

dar un golpe á la caja del amigo Luis.

Nunca se ha conocido una protección tan generosa como la que el monarca

bávaro dispensó á Wágner. La prodigalidad de Luis II tomó el carácter de

una locura. Este _rey virgen_, que creaba en su palacio de la Residencia

una galería de bellezas célebres, y sin embargo, prohibía que asistiesen

damas á las fiestas íntimas de su corte, fué un Nerón, pero Nerón

tranquilo, que construyó en vez de quemar, y semejante al déspota de

Roma, puso sus amores musicales y poéticos por encima del orgullo de su

majestad.

Sus caprichos y aficiones costaron muy caros á Baviera, y sin embargo,

el pueblo le recuerda y le respeta. Fué un monarca que, en fuerza de

excentricidades, prestó un gran servicio al arte, logrando al mismo

tiempo que la atención del mundo entero se fijase en Baviera.

Por él vienen todos los años aquí, en artística peregrinación, los

intelectuales de remotos países. Su retrato está en todas partes.

Baviera le compadece con maternal ternura y guarda su memoria. También

la tumba de Nerón, veinte años después del suicidio del imperial

cantante, aparecía muchas mañanas cubierta de rosas, ofrenda del popular

recuerdo.

Famosa época la de la amistad de Luis II y Wágner. El monarca, llena la

mente de los dioses germánicos y de los héroes cuyas hazañas ponía su

amigo en rotundos versos, acompañándolos de prodigiosa orquestación,

apartábase cada vez más de la existencia real, viviendo como un

sonámbulo, en medio de legendarios ensueños. Odiaba el traje moderno y

hasta sus uniformes á la prusiana, por parecerle vulgares y

antiartísticos. Los cortesanos ocultaban su turbación al verse recibidos

por él, vestido como un gran señor del Renacimiento. Las verdes aguas

del lago Stanberg cruzábalas en barcas doradas, con ninfas y quimeras en

la proa, y grandes paños de escarlata arrastrando sobre la estela.

Durante las noches de invierno, corría los campos de nieve, en veloces

trineos con luces eléctricas, pasando entre resplandores como una

aparición fantástica. Una orquesta invisible sonaba en la famosa _Gruta

Azul_ del castillo de Linderhof, mientras Luis, vestido de Lohengrin,

paseábase erguido sobre un esquife de nácar. Un día acabó este ensueño,

ahogándose el simpático perturbado en una laguna del castillo de Bergi.

El gran músico le había precedido algunos años en su salida del

escenario mundanal; pero mucho antes de que Wágner muriese, ya había

dado la generosidad de Luis todo lo necesario para la realización de los

ensueños del maestro.

Wágner ansiaba un teatro suyo, con arreglo á su genio inventivo y

revolucionario, el cual no sólo realizó innovaciones en la música, sino

en la escenografía y en la construcción. El coliseo de Bayreuth fué su

obra. Luego Munich, siguiendo los mismos planos, ha elevado el teatro

del Príncipe Regente, dedicándolo á la representación de las obras de

Wágner. Hoy el _Prinz-Regenten-Theater_, de Munich, celebra todos los

años un Festival Wágner que atrae á una muchedumbre cosmopolita, y

triunfa sobre Bayreuth por el esmero con que presenta las obras. Su

maquinaria escenográfica es muy superior á la de los tiempos de Wágner,

que aun funciona en el primitivo teatro.

Gentes de todos los países de Europa y de mucha parte de América, se

encuentran en Munich, con motivo del Festival. Inútil describir lo que

es este teatro con sus novedades y misterios, pues todo el mundo conoce

las innovaciones introducidas por Wágner en la representación de sus

obras. La orquesta es subterránea é invisible, lo que llamaba el maestro

«el abismo místico» de donde surgen las melodías como si viniesen de

otro mundo, sin ver el espectador á los músicos, que sudan y gesticulan,

y al director, que se mueve como un loco. El teatro está completamente á

obscuras. Las puertas de los pasillos se cierran al empezar cada acto,

sin que exista poder terrenal capaz de abrirlas antes de que aquél

termine. La disciplina alemana reglamenta el curso del espectáculo; el

programa marca las horas y minutos que se invertirán, tanto en el

conjunto de la obra como acto por acto. Las trompetas, sustituyendo á

los toques de campana, hacen correr á los espectadores lo mismo que

reclutas que temen faltar á la lista.

Las representaciones del Festival Wágner empiezan á las cuatro de la

tarde y acaban á las nueve y media de la noche. El último entreacto es

de media hora, para que el público pueda cenar en los grandes comedores

del teatro. Una admirable igualdad reina sobre el público. Todos los

asientos son iguales y cuestan lo mismo, veinte marcos (veinticinco

pesetas). El teatro, aparte de los seis palcos del fondo, destinados á

la familia real y á los potentados extranjeros, sólo se compone de

butacas que se alínean en peldaños, subiendo desde la concha circular,

que cubre el foso de la orquesta, hasta lo más alto de la sala. Todos

ven el espectáculo de frente. Las dos paredes laterales son lisas, sin

otros adornos que las portadas de salida y unas hornacinas con vasos

griegos.

¿Á qué hablar de _El anillo del Nibelungo_?... Wotan, Brunilda,

Sigfrido, todos los dioses, los héroes, las beldades desventuradas, los

gigantes espantosos y los nibelungos enanos, que figuran en esta serie

de óperas, con su fantástica Historia Natural de dragones que cantan,

pájaros que aconsejan y serpientes y osos, son personajes conocidos del

público y no ofrecen ya novedad. La _Walkyria_ y el _Sigfrido_ los

cantan en Munich lo mismo que en el Real de Madrid, ó tal vez un poco

peor. Todos los artistas de lengua alemana tienen empeño en cantar en

este Festival, porque _da cartel_. Algunos proceden de Nueva York, y

creo que hasta después de trabajar gratuitamente, dan dinero encima.

Además, en este teatro, donde no se admiten manifestaciones del público,

el artista puede atreverse á todo, sin ese miedo que inspiran los

espectadores exigentes de Italia y España, los cuales llevan á la ópera

algo del espíritu de la gente que asiste á una corrida de toros. Total,

que al lado de buenos artistas, encanecidos en el culto wagneriano,

aparecen otros indignos de cantar en su compañía. Por fortuna, la

orquesta, las maravillas del decorado y la escrupulosidad y atención en

el juego escénico, justifican el largo viaje que ha tenido que realizar

una gran parte de este público, híbrido en su aspecto exterior, y tan

interesante casi como las obras de Wágner.

La uniformidad militar del teatro contrasta con la variedad infinita de

los espectadores. En lugar alguno de Europa puede encontrarse un público

tan heterogéneo. Una amable libertad impera en el vestido. Las damas

alemanas y algunas francesas se presentan en traje de ceremonia; los

oficiales marchan tiesos, en sus apretadas levitas de alto cuello,

arrastrando el sable; los _herr_ germánicos llevan frac y se cubren la

cabeza con fieltros de anchas alas; pero revueltos con estas gentes

elegantes, pasan inglesas y americanas, vistiendo blancos trajecitos de

falda corta; viajeros con su terno gris á grandes cuadros, los gemelos

en bandolera y la gorrilla en la mano; gruesos y rubicundos sacerdotes

católicos, con levita y pechera negras, que, recordando lo que acaban de

oir, mueven los dedos como si estuviesen ya ante los órganos de sus

catedrales; vírgenes de lacias faldas, con el exangüe rostro asomado

entre dos caídos cortinajes de pelo; jóvenes melenudos, que estiran la

afeitada cara sobre las innumerables roscas de una corbata obscura;

muchachas enfurruñadas, que al llegar tarde y encontrar las puertas

cerradas, se tienden en las escalinatas de los pasillos, ansiando oir un

eco del lejano misterio por debajo de los pesados _portiers_, junto á

las piernas de los impasibles acomodadores; mujeres con cierta

originalidad en su traje y sus maneras, que son grandes cantantes en

vacaciones ó famosas concertistas; viejos condecorados, de cabellera

gris y cara arrugada, que inspiran un vago recuerdo de retratos vistos

en ilustraciones extranjeras.

Es un público de sorpresas. Todos presienten en el vecino que pueda ser

_alguien_. La mayoría está formada de artistas, de escritores, de gentes

que gozan celebridad en sus países, pero que pasan inadvertidas en esta

reunión universal, que sólo dura algunos días.

Esta importancia del público que parece presentirse, como si flotase en

el ambiente, obliga á una extremada sencillez á los grandes de la

tierra.

Yo me he codeado, del modo más irreverente, al pasear por las galerías,

con una señora joven, tan elegante como granujienta y fea. Un poco más

allá dos viejas damas, cargadas de brillantes, pusieron al verla una

rodilla en tierra, con esa sumisión germánica, al lado de la cual el

cortesanismo español resulta de costumbres democráticas.

--¡Alteza! ¡Alteza!...

Y le besaron la mano como si llevase en ella el Santísimo Sacramento.

Era una hija ó una nieta (no me enteré bien) del emperador de Austria. Y

de igual categoría que ésta, aunque más simpáticas por su modestia,

encontré en los pasillos á otras altezas, cuyo nombre no necesité

preguntar por serme sus caras bien conocidas.

Cuando termina el espectáculo, la gran mayoría del público sale en

silencio; pero algunos manifiestan su fervor á gritos.

--¡Sublime! ¡Inmenso!

Casi siempre son españoles, italianos ó franceses los que gritan

entusiasmados. Pero sus voces suenan á falso, y parece que gritando

intentan convencerse á sí mismos.

Han oído hablar del Festival Wágner como de algo extraordinariamente

misterioso; han venido atraídos por la curiosidad, creyendo en lo

sobrenatural del espectáculo, y salen de él dudando de la sensatez de su

viaje, sintiendo cierta sospecha de haber sido engañados, diciéndose

que, aparte de la sala á obscuras y de la orquesta subterránea, nada

nuevo han visto.

X

El "Mozarteum"

Al ir de Munich á Viena, la primera población que se encuentra, pasada

la frontera austriaca, es Salzburgo, famosa desde hace siglos como uno

de los lugares más hermosos de la vieja Alemania.

Es una ciudad episcopal que hasta principios del siglo XIX estuvo regida

por un príncipe-arzobispo, y sólo en 1816, después que el Congreso de

Viena, repartiéndose los despojos del vencido Napoleón, rehizo el mapa

de Europa, pasó á incorporarse á Austria. Construída en las dos orillas

del Salzach, que corre entre verdes montañas, la población extiéndese

por ambas laderas, rompiendo los densos bosques y asomando á trechos su

edificación roja y negruzca y sus altas torres sobre el verde follaje.

Una catedral gótica recuerda el gobierno de los príncipes mitrados; un

castillo, el Hoen, domina uno de los panoramas más hermosos del mundo.

Pero Salzburgo no es famosa por su belleza y su antigüedad. Á pesar de

las glorias históricas de sus arzobispos, de la hermosura de sus

paisajes y de haber habitado en ella el famoso médico Teofrasto

Paracelso, hoy dormitaría olvidada, como muchas poblaciones de la

antigua Alemania, sin que un viajero curioso descendiese en su estación

y sin otra vida que el trompeteo del regimiento acuartelado en el

castillo y el arrastre de sables de los oficiales bajo los tilos del

paseo. Un niño nacido en Salzburgo en 1756 ha bastado para dar una

celebridad universal é imperecedera á la pequeña población alemana.

El príncipe-arzobispo de dicha época, amante de la música, como todos

los señores alemanes, tenía á su servicio un maestro de capilla, pagado

miserablemente y abrumado por un continuo trabajo.

Este pobre músico ocupaba un cuarto piso en una calle estrecha de

Salzburgo; una casa de vecindad, con su escalera en forma de túnel y sus

galerías, dando acceso á innumerables puertas. Un día el necesitado

maestro vió aumentarse sus apuros con el nacimiento de un nuevo hijo. Le

pusieron los nombres de Wolfgan Amadeo y el obscuro apellido de su

padre, llamado Leopoldo Mozart.

Los vecinos del viejo caserón vivían en continuo concierto. Por las

tardes, cuando terminaban sus ocupaciones en la catedral ó en el palacio

del arzobispo, los músicos de la capilla, tan pobres y entusiastas como

el maestro, reuníanse en la casa de éste. No tenían dinero para ir á la

cervecería, y se juntaban trayendo sus instrumentos, para deleitarse

mutuamente con interminables conciertos, en los que ejecutaban las obras

de su gusto, sin tener que seguir los caprichos del señor. Llegaban con

sus raídas casacas negras, de largos faldones, sus pelucas de un blanco

rojizo, las medias con puntos sueltos, los zapatos viejos, y se

agrupaban ávidos en torno del bondadoso Leopoldo, que les aguardaba con

un voluminoso cuaderno en la mano, última novedad musical enviada por el

_kapells-meister_ de algún otro principillo alemán.

Sentábase al piano el maestro, gemían los violines, roncaba el

contrabajo, extendía el violoncello la caricia aterciopelada de su

varonil suspiro, lanzaba la flauta sus trinos de alegría pastoril, y la

vieja casa parecía rejuvenecerse con esta alma melódica que corría por

las arterias de sus escalas y corredores. La mujer del maestro, la

hacendosa y dulce Ana María Pertlin, cosía con los ojos bajos y el oído

atento; la hija mayor, Mariana, de pie junto á su padre, seguía con

admiración el desarrollo de la música; el pequeño Amadeo, á gatas por la

habitación, interrumpía con sus balbuceos el sonido de los instrumentos.

Cuando apenas sabía hablar se quejó amargamente viendo que llegaba un

amigo de sus padres con las manos vacías.

--¡Hoy no traes tu violín de manteca!--exclamó con acento de decepción.

La manteca era para el pequeño salzburgués lo más fino y más dulce del

mundo.

No sabía aún modular palabras con su boca y hacía ya hablar al piano;

los signos del solfeo los aprendió antes que los caracteres del

alfabeto. Mariana dominaba la música lo mismo que él. En Salzburgo,

todos se hacían cruces del niño prodigioso, que á los seis años tocaba

el piano como un concertista. El mismo príncipe-arzobispo se dignó

llamarlo al palacio, admirando la habilidad del hijo de su maestro de

capilla, pero sin ocurrírsele aumentar el sueldo de éste en unas cuantas

_coronas_.

Las necesidades de la vida impulsan de pronto á Leopoldo á una

resolución digna de nuestros tiempos. Despiértase en él una avidez de

empresario. Un día, el pequeño Amadeo, ante los ojos llorosos de la

madre, que ve próxima una separación, contémplase en un espejo, ridícula

y graciosamente vestido como un gran señor, con casaca galoneada, blanca

peluca de corte y una espadita al costado. Va á correr el mundo con su

padre y su hermana, dando conciertos, y empieza sus peregrinaciones

penosas de corte en corte, durmiendo en malas posadas ó en palacios de

potentados _dilettanti_; teniendo que tocar unas veces ante reyes, y

otras ante muchedumbres que discuten con Leopoldo el precio de la

entrada. En la corte de Viena, le tratan como un príncipe y juega con

la archiduquesa María Antonieta, futura reina de Francia. En Versalles

le besan y lo adormecen sobre sus grandes faldas las beldades amigas de

Luis XV. En Italia, la muchedumbre fanática de Nápoles, asombrada de su

precocidad, cree que el músico niño ha hecho pacto con el diablo y le

obliga á tocar quitándose una pequeña sortija que lleva, á la que

atribuye la superstición un poder mágico. En Milán compone una ópera á

los nueve años, dirige la orquesta la noche del estreno, y el público le

saca en hombros, gritando: _¡Eviva il maestrino!_

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