Prision de Berenguer, y Gisbert de Rocafort.
Los nuestros despues que admitieron por Capitan general á Tibaldo, y le
juraron en nombre de Carlos hermano del Rey de Francia, mantuvieron el
puesto de Casandria, sustentándose de las correrias, y entradas que
hacian la tierra á dentro, hasta llegar á Tesalónica donde estaba la
Emperatriz con toda su Corte, con todas las riquezas y tesoros del
Imperio de los Griegos, que esta ambiciosa mujer habia recogido para
acrecentar á sus hijos en grave daño de Miguel su entenado, sucesor
legitimo del padre. Mientras Rocafort sin recelo de mudanza trataba de
su aumento, y grandeza, llegó el fin de su prosperidad, y principio de
su desdicha, que las mas veces suele ser en la mayor confianza y
seguridad del hombre; para que se conozca claramente la instabilidad de
las cosas humanas y que no hay poder que pueda en sí propio asegurarse,
porque las causas de su acrecentamiento son las mismas de su ruina.
La primera causa y motivo que tuvieron sus enemigos para deriballe, fué
conocer en él un grande desconocimiento de lo que debia á su propia
naturaleza y sangre, pues á mas de ser cruel, era codicioso y lascivo;
insufribles vicios en los que mandan, porque la vida, honra, y hacienda,
bienes los mayores del hombre mortal, andan siempre en peligro. El deseo
de tomar satisfacion y venganza de los agravios recibidos de Rocafort,
con el miedo se encubrieron, hasta que tomaron la ocasion del poco caso,
y respeto que Rocafort, tenia á Tibaldo, y secretamente pusieron en
platica su libertad, pareciéndoles que hallarian en Tibaldo, como en
hombre ofendido, el remedio de sus agravios; pues casi eran comunes á
todos. Dixeron á Tibaldo que les ayudase á salir de tan dura
servidumbre, y que se reprimiese la insolencia de Rocafort, pues
olvidado de lo que debia hacer un buen gobernador, y capitan,
atropellando las leyes naturales, usaba de su poder en cosas ilicitas, y
fuera de toda razon, y de los subditos libres como de sus esclavos, y de
los bienes agenos como suyos propios. Que ya era tiempo que las maldades
de Rocafort tuviesen castigo, y sus trabajos y peligros fin que pues él
era la suprema cabeza pusiese el remedio conveniente, y diese
satisfacion á tantos agraviados. Tibaldo como solo y forastero,
temiéndose que no fueran echadizos de Rocafort para descubrir su animo,
respondió con palabras equívocas, ni cargando á Rocafort, ni
desesperándoles á ellos.
Era el Francés hombre muy prudente, y de grande experiencia, y quiso
aunque agraviado de Rocafort, tentar el camino mas suave para moderalle;
porque como el principal motivo de su venida habia sido para tener de su
parte nuestro exercito, no reparaba en su particular autoridad, sino en
lo que habia de ser de importancia para eL Príncipe, cuyo ministro era.
El primer medio que tomó fué hablar con gran secreto á Rocafort, y
pedille que se fuese á la mano en sus gustos, poniéndole delante los
daños que le podrían causar. Pero Rocafort poco acostumbrado á sufrir
personas que pretendiesen detener y corregir sus desordenes respondió á
Tibaldo con tanta aspereza, que le obligó á poner remedio mas violento,
y desesperado de poder mantener á Rocafort en el servicio de su
Príncipe, sino se le consentían sus ruindades, determinó vengarse de él,
y dexar nuestra compañia.
Pero disimuló esta determinacion hasta que un hijo suyo viniese con seis
galeras de Venecia, á donde le habia enviado algunos meses antes.
Llegaron dentro de pocos dias, y Tibaldo quando se vió seguras las
espaldas, envió con gran secreto á decir á los Capitanes conjurados, que
le hiciesen saber en lo que estaban resueltos de los negocios de
Rocafort. Ellos respondieron que juntase consejo, y que en él veria los
efectos de su determinacion. Dióse Tibaldo por entendido, y al otro dia
hizo juntar el consejo, publicando que tenia cosas importantes que
tratar en él. Vino Rocafort con la insolencia, y arrogancia que
acostumbraba. A la primera platica que se propuso, comenzaron todos á
quexarse de él; pero como hasta entonces no habia tenido hombre que le
osáse contradecir, ni que descubiertamente se le atreviese, alborotóse
extrañamente y con el rostro ayrado, y palabras muy pesadas, los quiso
atropellar como solia. Entonces los Capitanes conjurados se fueron
levantando de sus asientos, y llegándosele mas, multiplicando las
quexas, y acordándose de los agravios que á todos hacia, diciendo, y
haciendo, le asieron á el, y á su hermano, sin que pudiesen resistirse,
porque los conjurados eran muchos, y resueltos. Luego que tuvieron
presos á entrambos hermanos, y entregados á Tibaldo, acometieron la casa
de Rocafort, y la saquearon toda, alargándose la licencia militar, como
suele en casos semejantes, sin detenelles el respeto que debian tener á
las paredes de quien habia sido su General tantos años, y con su espada,
y valor heberles defendido tantas veces.