CAPITULO L.

El infante es excluido del gobierno por las mañas de Rocafort.

Partiose el infante de Galípoli con el mayor acompañamiento que pudo,

llevando consigo de los capitanes conocidos solo á Ramon Montaner, y en

tres dias de camino por la costa llegó al campo, donde fué recibido con

universal regocijo, y Rocafort con grandes demostraciones de contento le

festejó los dias que tardó á poner en plática las órdenes de su tio.

Esperaba el infante que Rocafort se comidiese sin volver segunda vez á

requerille, pero como vió que alargaba el obedecer al rey, y no se daba

por entendido, le dijo que él queria dar luego las cartas del rey que

venian para el ejército, y decirles de palabra el intento de su venida,

y que para esto mandase juntar el consejo general. Obedeció Rocafort con

muestras de mucho gusto, y para el dia siguiente ofreció de tenerle

junto; porque ya en los pocos dias que tardó el infante, previno á sus

amigos que echasen voz por el campo, que seria bien andar con mucho

tiento en la resolucion que se debia tomar de admitir al infante por el

rey, y que por lo menos no se determinasen luego. Hizóse esto con mucho

arte, porque siempre se temió, que viendo el ejército al infante no

aclamase luego al rey, y le admitiese. Pareció á todos el consejo

avisado y cuerdo; porque el vulgo ignorante raras veces penetra segundas

intenciones, y así le siguieron. El dia siguiente la confusa multitud

del consejo general que constaba de todos los que ganaban sueldo, junta

en el campo, espero al infante. Vino acompañado de los de su casa, y de

muchos capitanes, entregó las cartas á un secretario, y mandó que en

público se leyesen. Leidas, les declaró brevemente como el rey movido de

sus ruegos habia admitido el juramento de fidelidad, que sus embajadores

le hicieron; y aunque para sus reinos no podia ser útil el encargarse de

su defensa, habia querido mostrar el amor que les tenia, porponiendo su

conveniencia á la de ellos, y así le habia mandado que con su persona

viniese á gobernarles en su nombre y les ofreciese que siempre acudiria

con mayores socorros. Respondieronle según Rocafort pretendió, que ellos

tendrían su acuerdo sobre lo que se debia hacer, y que tomado le

reponderian. Con esto los dejó el infante, y se fué á su posada. Quedó

Rocafort con ellos, y poco seguro de la determinacion que tanta gente

junta pudiera tomar, y temiéndose de algunos caballeros, que aunque eran

sus amigos, deseaban que el infante quedase á gobernarles, les dijo: que

el caso de que se trataba no podia dicurrirse bien entre tantos, porque

la multitud siempre trae consigo confusion, la cual no da lugar á

considerarse por menudo las dificultades que suelen ofrecerse en materia

de tanto peso; que se escogiesen cincuenta personas las de mayor crédito

y confianza, para que estas fuesen platicando, y discurriendo el negocio

con las conveniencias y contrarios que en el habia; y tomada la

resolucion que les pareciese, la refiriesen á los demás, para que juntos

libremente la condenasen, ó aprobasen, con que se escusarian los

inconvenientes de haberlo de comunicar con tantos. Tuvose por acertado

el parecer de Rocafort, que cuando el vulgo se inclina á dar crédito á

uno, en todo le sigue, sin hacer diferencia de los buenos, ó malos

consejos porque más se gobierna con la voluntad que con la razon. Luego

nombraron cincuenta personas, para que juntamente con Rocafort, lo

tratasen, no advirtiendo con cuanta mayor facilidad se pueden cohechar

los pocos que los muchos. Con esto tuvo hecho su negocio, porque los

cincuenta fueron casi todos puestos por su mano, y á los poco de quien

no podia fiar igualmente que los demás, fué fácil el persuadirles, á más

de no faltarles razones, y de mucho fundamento, para esforzar la suya.

Juntaronse los cincuenta con Rocafort, y él les dijo lo siguiente. La

venida del Sr. Infante, amigos y compañeros, ha sido uno de los mayores

y más felices sucesos que pudiéramos desear, al fin enviado por la

poderosa mano de quien hasta el presente dia nos ha conservado con

grande aumento de nuestro nombre, y confusion de nuestros enemigos,

porque ya se ha dado fin á nuestros trabajos, y principio á una

felicidad muy entera, por tener prendas tan propias de nuestros Reyes, á

quien podemos entregar con seguridad, la libertad, y la vida,

recibiéndole no como él quiere por Lugarteniente de su tio, sinó como

príncipe absoluto, y sin la sujecion y dependencia alguna. Por grande

yerro tendría, si la eleccion de príncipe pende de nosotros, escoger al

que vive ausente, y ocupado en gobernar mayores estados, y dejar al

desocupado y libre de otras obligaciones y el que ha de vivir siempre

entre nosotros, y correr la misma fortuna de los sucesos prósperos, y

adversos. Si á don Fadrique recibimos por rey, á manifiesta servidumbre

nos sujetamos, porque con su persona no podrá asistirnos, y

necesariamente habrá de enviar quien en su nombre gobierne este

victorioso ejército, y las provincias que por él estan sujetas. ¿Qué

mayor desdicha se podrá esperar, si por premio de nuestras victorias,

venimos á ser gobernados por otra mano que la propia de nuestro

príncipe?. Y el mismo rey don Fadrique procurará nuestra defensa en

cuanto no le estorváre á la del reino de Sicilia. ¿Pues por qué se ha de

admitir tanta desigualdad?. Los trabajos, los peligros, las pérdidas

para nosotros solos, pero la gloria y provecho, no solo igual, pero

mayor, y más segura para el rey. Si nos perdemos quedando muertos, ó en

dura servidumbre, libre don Fadrique, y tan gran príncipe como antes;

pero si ganamos nuevas provincias, y estados, todos han de venir á ser

suyos. ¿Pues puede algun cuerdo con esta desigualdad, hallándose libre

para escoger, dar la obediencia á príncipe con tales calidades?. A más

de esto ¿no se acuerda la paga que nos dió por tantos servicios al

partir de Sicilia?. ¡Qué fué más que un poco de bizcocho, y otras cosas

que no pueden negarse á los siervos, y esclavos!. No, amigos, no nos

conviene tomar por rey á D. Fabrique, pues no se acordó de nosotros al

tiempo que le pedíamos su ayuda, y cuando nos importaba tanto el

darnosla, sino cuando á él convino, y á nosotros no nos es de provecho.

Esto se hecha bien de ver ahora, pues no nos envia armas, gente,

bastimentos, ó dineros, ni otra cosa necesaria para la guerra, sinó

cabeza y general que nos gobierne como si tuviéramos falta de esto, y no

se hubieran alcanzado muchas victorias sin tenerle puesto por su mano.

No consintamos que el premio de nuestros servicios se distribuya por

mano de sus ministros, y gobernadores, en quien siempre puede más la

pasion que la verdad, más su particular interés que la comun utilidad,

porque tratan las provincias como quien las ha de dejar, y como en la

posesion temporal de ajena propiedad gozan de los presente, sin ningun

cuidado de lo venidero, y más estando el rey tan apartado, á quien

nuestras quejas llegarán tarde cuando sean oidas, y los socorros tan á

tiempo como el que ahora nos envia, despues de seis años que con grande

instancia se lo pedimos. En esto finalmente me resuelvo, que excluyamos

á D. Fadrique por D. Fernando; tengamos presente al príncipe por quien

aventuramos la vida, y sea testigo, pues ha de ser juez, de los

servicios que le hiciéramos y cuide de nosotros como de sí mismo, pues

nuestra conservacion y vida corren parejas con la suya. Contentese D.

Fadrique con Sicilia ganada, y conservada por nuestro valor; deje á D.

Fernando su sobrino los trabajos de una guerra incierta y peligrosa,

estas Provincias destruidas, y sola la esperanza de conquistar nuevos

reinos, y señoríos. Con esta plática los pocos dudosos que habia se

resolvieron con el parecer de Rocafort, y luego dos de los cincuenta

electos dieron razon de la determinacion que habian tomado á todo el

campo, refiriendo las mismas razones de Rocafort. Túvose con aplauso

general de todos por acertada aquella determinacion, y quisieron luego

se diese la respuesta á el infante. Fueron para esto los cincuenta, y

propusieronle su embajada. Don Fernando como buen caballero, respondió

que él venia de parte de su tio, y que con su autoridad, y fuerzas habia

tomado aquella empresa á su cargo, y sería faltar á su obligacion si con

puntualidad no ejecutase las órdenes de quien le enviaba, y que por

ningun caso admitiria el ofrecimiento que le hacian, sinó recibiéndole

como Lugarteniente de su tio D. Fadrique. Rocafort siempre publicó que

el infante, por tener alguna disculpa con el rey, no admitiria luego el

ofrecimiento que le hacian, y con esto engaño la mayor parte del

ejército, porque si hubiera quien les persuadiera, y desengañara que el

infante por ningun caso se quedara á gobernarles como á príncipe, sin

duda que le admitieran por el rey. Quince dias se pasaron en este trato,

y el infante creyó siempre que aquellas eran palabras de cumplimiento, y

que á lo último obedecerían al rey. En este medio Rocafort, como de su

parte tenia todos los Turcos, y Turcoples á su disposicion, y parte del

ejercito que le seguia, la otra como inferior no le osaba contradecir.

Con esto quedó todo el ejército que estaba debajo de su mano, resuelto

de no admitir el infante por el rey; y á la verdad su intento no era

excluir á Don Fadrique por D. Fernando porque con ninguno de ellos se

pudiera conservar, pero como hombre sagáz, y que conocia al infante por

uno de los mejores caballeros de su tiempo, y que no tendría mala

correspondencia con el rey tu tio, le propuso al ejército para que

excluyesen al rey, prefiriendo al infante, de quien estaba cierto que no

lo admitiria, y como la mayor parte del ejército con este engaño de

Rocafort se declaró por el infante contra el rey, despues no quisieron

elejir á quien una vez excluyeron. Todos estos embustes tramaba

Rocafort, seguro que aunque despues los descubriesen no le causarian

daño, por tener de su parte á los Turcos, y Turcoples, que juntos con

los confidentes era la mayor parte del ejército. No se puede negar que

en esta parte Rocafort podria tener alguna disculpa, aunque fuera de

natural y condicion más moderado, porque despues de tantas victorias, y

haber gobernado un ejército cinco años, justamente pudiera rehusar el no

admitir un superior cuyo favor habian prevenido sus mayores enemigos

Berenguer de Entenza, y Fernan Jimenez, que siempre serian preferidos

por su calidad, y mejor correspondencia. Y aunque el infante por quitar

toda sospecha les hizo quedar en Galípoli, no por eso se la quitó á

Rocafort, antes ese mismo cuidado con que prevenian las ocasiones

exteriores de que pudiese tenerla, se la acrecentaba más, creyendo

siempre que era tener sobrad confianza de Berenguer, y de Fernan, y que

ellos la tenian del infante, pues no mostraban queja de no habelles

admitido en su compañia. No hay cosa que más penetre y descubra que los

recelos, y temores de perder un puesto tan superior como el que Rocafort

tenia, y más en un sujeto de tantas partes, y experiencia.

Expedición de Catalanes y Aragoneses al Oriente · 第 78 / 112 题