El infante es excluido del gobierno por las mañas de Rocafort.
Partiose el infante de Galípoli con el mayor acompañamiento que pudo,
llevando consigo de los capitanes conocidos solo á Ramon Montaner, y en
tres dias de camino por la costa llegó al campo, donde fué recibido con
universal regocijo, y Rocafort con grandes demostraciones de contento le
festejó los dias que tardó á poner en plática las órdenes de su tio.
Esperaba el infante que Rocafort se comidiese sin volver segunda vez á
requerille, pero como vió que alargaba el obedecer al rey, y no se daba
por entendido, le dijo que él queria dar luego las cartas del rey que
venian para el ejército, y decirles de palabra el intento de su venida,
y que para esto mandase juntar el consejo general. Obedeció Rocafort con
muestras de mucho gusto, y para el dia siguiente ofreció de tenerle
junto; porque ya en los pocos dias que tardó el infante, previno á sus
amigos que echasen voz por el campo, que seria bien andar con mucho
tiento en la resolucion que se debia tomar de admitir al infante por el
rey, y que por lo menos no se determinasen luego. Hizóse esto con mucho
arte, porque siempre se temió, que viendo el ejército al infante no
aclamase luego al rey, y le admitiese. Pareció á todos el consejo
avisado y cuerdo; porque el vulgo ignorante raras veces penetra segundas
intenciones, y así le siguieron. El dia siguiente la confusa multitud
del consejo general que constaba de todos los que ganaban sueldo, junta
en el campo, espero al infante. Vino acompañado de los de su casa, y de
muchos capitanes, entregó las cartas á un secretario, y mandó que en
público se leyesen. Leidas, les declaró brevemente como el rey movido de
sus ruegos habia admitido el juramento de fidelidad, que sus embajadores
le hicieron; y aunque para sus reinos no podia ser útil el encargarse de
su defensa, habia querido mostrar el amor que les tenia, porponiendo su
conveniencia á la de ellos, y así le habia mandado que con su persona
viniese á gobernarles en su nombre y les ofreciese que siempre acudiria
con mayores socorros. Respondieronle según Rocafort pretendió, que ellos
tendrían su acuerdo sobre lo que se debia hacer, y que tomado le
reponderian. Con esto los dejó el infante, y se fué á su posada. Quedó
Rocafort con ellos, y poco seguro de la determinacion que tanta gente
junta pudiera tomar, y temiéndose de algunos caballeros, que aunque eran
sus amigos, deseaban que el infante quedase á gobernarles, les dijo: que
el caso de que se trataba no podia dicurrirse bien entre tantos, porque
la multitud siempre trae consigo confusion, la cual no da lugar á
considerarse por menudo las dificultades que suelen ofrecerse en materia
de tanto peso; que se escogiesen cincuenta personas las de mayor crédito
y confianza, para que estas fuesen platicando, y discurriendo el negocio
con las conveniencias y contrarios que en el habia; y tomada la
resolucion que les pareciese, la refiriesen á los demás, para que juntos
libremente la condenasen, ó aprobasen, con que se escusarian los
inconvenientes de haberlo de comunicar con tantos. Tuvose por acertado
el parecer de Rocafort, que cuando el vulgo se inclina á dar crédito á
uno, en todo le sigue, sin hacer diferencia de los buenos, ó malos
consejos porque más se gobierna con la voluntad que con la razon. Luego
nombraron cincuenta personas, para que juntamente con Rocafort, lo
tratasen, no advirtiendo con cuanta mayor facilidad se pueden cohechar
los pocos que los muchos. Con esto tuvo hecho su negocio, porque los
cincuenta fueron casi todos puestos por su mano, y á los poco de quien
no podia fiar igualmente que los demás, fué fácil el persuadirles, á más
de no faltarles razones, y de mucho fundamento, para esforzar la suya.
Juntaronse los cincuenta con Rocafort, y él les dijo lo siguiente. La
venida del Sr. Infante, amigos y compañeros, ha sido uno de los mayores
y más felices sucesos que pudiéramos desear, al fin enviado por la
poderosa mano de quien hasta el presente dia nos ha conservado con
grande aumento de nuestro nombre, y confusion de nuestros enemigos,
porque ya se ha dado fin á nuestros trabajos, y principio á una
felicidad muy entera, por tener prendas tan propias de nuestros Reyes, á
quien podemos entregar con seguridad, la libertad, y la vida,
recibiéndole no como él quiere por Lugarteniente de su tio, sinó como
príncipe absoluto, y sin la sujecion y dependencia alguna. Por grande
yerro tendría, si la eleccion de príncipe pende de nosotros, escoger al
que vive ausente, y ocupado en gobernar mayores estados, y dejar al
desocupado y libre de otras obligaciones y el que ha de vivir siempre
entre nosotros, y correr la misma fortuna de los sucesos prósperos, y
adversos. Si á don Fadrique recibimos por rey, á manifiesta servidumbre
nos sujetamos, porque con su persona no podrá asistirnos, y
necesariamente habrá de enviar quien en su nombre gobierne este
victorioso ejército, y las provincias que por él estan sujetas. ¿Qué
mayor desdicha se podrá esperar, si por premio de nuestras victorias,
venimos á ser gobernados por otra mano que la propia de nuestro
príncipe?. Y el mismo rey don Fadrique procurará nuestra defensa en
cuanto no le estorváre á la del reino de Sicilia. ¿Pues por qué se ha de
admitir tanta desigualdad?. Los trabajos, los peligros, las pérdidas
para nosotros solos, pero la gloria y provecho, no solo igual, pero
mayor, y más segura para el rey. Si nos perdemos quedando muertos, ó en
dura servidumbre, libre don Fadrique, y tan gran príncipe como antes;
pero si ganamos nuevas provincias, y estados, todos han de venir á ser
suyos. ¿Pues puede algun cuerdo con esta desigualdad, hallándose libre
para escoger, dar la obediencia á príncipe con tales calidades?. A más
de esto ¿no se acuerda la paga que nos dió por tantos servicios al
partir de Sicilia?. ¡Qué fué más que un poco de bizcocho, y otras cosas
que no pueden negarse á los siervos, y esclavos!. No, amigos, no nos
conviene tomar por rey á D. Fabrique, pues no se acordó de nosotros al
tiempo que le pedíamos su ayuda, y cuando nos importaba tanto el
darnosla, sino cuando á él convino, y á nosotros no nos es de provecho.
Esto se hecha bien de ver ahora, pues no nos envia armas, gente,
bastimentos, ó dineros, ni otra cosa necesaria para la guerra, sinó
cabeza y general que nos gobierne como si tuviéramos falta de esto, y no
se hubieran alcanzado muchas victorias sin tenerle puesto por su mano.
No consintamos que el premio de nuestros servicios se distribuya por
mano de sus ministros, y gobernadores, en quien siempre puede más la
pasion que la verdad, más su particular interés que la comun utilidad,
porque tratan las provincias como quien las ha de dejar, y como en la
posesion temporal de ajena propiedad gozan de los presente, sin ningun
cuidado de lo venidero, y más estando el rey tan apartado, á quien
nuestras quejas llegarán tarde cuando sean oidas, y los socorros tan á
tiempo como el que ahora nos envia, despues de seis años que con grande
instancia se lo pedimos. En esto finalmente me resuelvo, que excluyamos
á D. Fadrique por D. Fernando; tengamos presente al príncipe por quien
aventuramos la vida, y sea testigo, pues ha de ser juez, de los
servicios que le hiciéramos y cuide de nosotros como de sí mismo, pues
nuestra conservacion y vida corren parejas con la suya. Contentese D.
Fadrique con Sicilia ganada, y conservada por nuestro valor; deje á D.
Fernando su sobrino los trabajos de una guerra incierta y peligrosa,
estas Provincias destruidas, y sola la esperanza de conquistar nuevos
reinos, y señoríos. Con esta plática los pocos dudosos que habia se
resolvieron con el parecer de Rocafort, y luego dos de los cincuenta
electos dieron razon de la determinacion que habian tomado á todo el
campo, refiriendo las mismas razones de Rocafort. Túvose con aplauso
general de todos por acertada aquella determinacion, y quisieron luego
se diese la respuesta á el infante. Fueron para esto los cincuenta, y
propusieronle su embajada. Don Fernando como buen caballero, respondió
que él venia de parte de su tio, y que con su autoridad, y fuerzas habia
tomado aquella empresa á su cargo, y sería faltar á su obligacion si con
puntualidad no ejecutase las órdenes de quien le enviaba, y que por
ningun caso admitiria el ofrecimiento que le hacian, sinó recibiéndole
como Lugarteniente de su tio D. Fadrique. Rocafort siempre publicó que
el infante, por tener alguna disculpa con el rey, no admitiria luego el
ofrecimiento que le hacian, y con esto engaño la mayor parte del
ejército, porque si hubiera quien les persuadiera, y desengañara que el
infante por ningun caso se quedara á gobernarles como á príncipe, sin
duda que le admitieran por el rey. Quince dias se pasaron en este trato,
y el infante creyó siempre que aquellas eran palabras de cumplimiento, y
que á lo último obedecerían al rey. En este medio Rocafort, como de su
parte tenia todos los Turcos, y Turcoples á su disposicion, y parte del
ejercito que le seguia, la otra como inferior no le osaba contradecir.
Con esto quedó todo el ejército que estaba debajo de su mano, resuelto
de no admitir el infante por el rey; y á la verdad su intento no era
excluir á Don Fadrique por D. Fernando porque con ninguno de ellos se
pudiera conservar, pero como hombre sagáz, y que conocia al infante por
uno de los mejores caballeros de su tiempo, y que no tendría mala
correspondencia con el rey tu tio, le propuso al ejército para que
excluyesen al rey, prefiriendo al infante, de quien estaba cierto que no
lo admitiria, y como la mayor parte del ejército con este engaño de
Rocafort se declaró por el infante contra el rey, despues no quisieron
elejir á quien una vez excluyeron. Todos estos embustes tramaba
Rocafort, seguro que aunque despues los descubriesen no le causarian
daño, por tener de su parte á los Turcos, y Turcoples, que juntos con
los confidentes era la mayor parte del ejército. No se puede negar que
en esta parte Rocafort podria tener alguna disculpa, aunque fuera de
natural y condicion más moderado, porque despues de tantas victorias, y
haber gobernado un ejército cinco años, justamente pudiera rehusar el no
admitir un superior cuyo favor habian prevenido sus mayores enemigos
Berenguer de Entenza, y Fernan Jimenez, que siempre serian preferidos
por su calidad, y mejor correspondencia. Y aunque el infante por quitar
toda sospecha les hizo quedar en Galípoli, no por eso se la quitó á
Rocafort, antes ese mismo cuidado con que prevenian las ocasiones
exteriores de que pudiese tenerla, se la acrecentaba más, creyendo
siempre que era tener sobrad confianza de Berenguer, y de Fernan, y que
ellos la tenian del infante, pues no mostraban queja de no habelles
admitido en su compañia. No hay cosa que más penetre y descubra que los
recelos, y temores de perder un puesto tan superior como el que Rocafort
tenia, y más en un sujeto de tantas partes, y experiencia.