Los turcos y turcoples vienen al servicio de los catalanes.
En tanto que las armas catalanas y griegas se ocupaban en su misma
ruina, los turcos libres del miedo que el ejército de entrambas les
pudiera dar, si concordes y unidos prosigueran la guerra, volvieron á
seguir el curso de sus victorias, y ocupar las Provincias de la Asia, no
teniendo ejército que se les opusiese á la corriente de su próspera
fortuna. Porque, segun cuenta Pachimerio, el año veinte y cuatro del
Reino de Andronico, que fué de Cristo mil trescientos y seis los Griegos
desampararon de todo el punto del Asia y esto fué tres años después que
los nuestros salieron de ella; de donde se colige manifiestamente el
daño que resultó de la division y discordia de los Catalanes, y Griegos,
pues con ella se perdió la ocasion de oprimir aquella soberbia nacion en
sus principios, que en este tiempo se pudiera haber hecho con poca
dificultad. Los Turcos absolutos señores de la Asia deseaban poner el
pié en Europa, y dilatar sus vencedoras armas en Poniente. Detuvo
algunos años el cumplimiento de su deseo la falta de navíos con que
pasar los que estaban de la otra parte del estrecho de Galípoli.
Valiéndose de la ocasion presente de ver á los Catalanes enemigos de los
Griegos, enviaron á Galípoli sus mensajeros á tentar el ánimo de los
nuestros, y si admitirían algun trato queriendo venirles á servir.
Mostraron que no les desplacia. Los Catalanes con esto enviaron á los
mensajeros una fragata armada, y con ella vino Jiménez su Capitan con
diez compañeros á concluir el trato. Ofreció de parte de los suyos venir
con ocho cientos caballos, y dos mil infantes, y prestar juramento de
fidelidad al general de los Catalanes. Las condiciones fueron, que se
les señalase cuartel á parte donde pudiesen vivir juntos con sus
familias, que de las presas se les diese la mitad de lo que se daba al
soldado Catalan, que siempre que quisieren volver á su tierra pudiesen
sin que se les hiciese violencia para detenerles. Oido lo propuesto por
el Turco, de comun consentimiento les admitieron á su servicio,
ofreciendo de cumplir con las condiciones con juramento. Con esta
respuesta Jimelix volvió á pasar el estrecho, y á prevenir su gente en
tanto que la armada llegaba y poco después embarcados en los navios y
galeras que se pudieron juntar, llegaron á Galípoli dos mil infantes, y
ochocientos caballos Turcos, con sus hijos, y mujeres, y haciendas. Este
fué el hecho de los Catalanes condenado de los antiguos, y modernos
escritores por muy feo, pasar Europa á los Bárbaros infieles enemigos
del nombre Cristiano, manchando la gloria de aquella expedicion con tan
impio y destestable consejo, como lo fué abrir el camino de Europa tan
gallarda y poderosa nacion. Injusto cargo fué sin duda el que estos
escritores ponen á los Catalanes, dejándose llevar de la pasion ó del
descuido de no advertirlo; yerro en un escritor grave. Impio consejo
fuera él de los Catalanes, y pernicioso para su libertad, si los Turcos
que admitieron en su favor fueran superiores en fuerzas, porque entonces
libremente pudieran introducir su secta, y hacer daño á su fe, y
juntamente oprimir la libertad de quien les llamó. Los socorros y ayudas
no han de ser mayores que las propias fuerzas; porque no suceda lo que á
un Scipion en España, cuando treinta mil Celtiberos, con perfidia
notable le desampararon, y él como inferior no los pudo detener. De
donde Livio sacó un importante documento. Los Turcos no llegaban á tres
mil en número, en armas, en valor, inferiores á los Catalanes, de manera
que no se pudiera presumir que los Turcos hicieran mas de lo que
ordenaban los Catalanes, y siendo ellos cristianos, cierto es que su fe
no pudiera peligrar, que aquellos Bárbaros viéndose tan inferiores la
ofendieran. En las comunidades del Reino de Valencia, en tiempos de
nuestros abuelos, los que mas fielmente sirvieron fueron los moros, y el
servirse de ellos contra cristianos se tuvo por lícito, y necesario. No
de otra manera sirvieron los Turcos á los Catalanes en Grecia, á mas de
que la propia defensa disculpa cualquier yerro que en este se pudiera
haber hecho. No se hallara República ni príncipe apretado de guerras
extranjeras, ó civiles, que haya dejado de llamar en su ayuda gentes de
religion y costumbres diferentes, y muchas veces dieron entrada en sus
Reinos á los mas poderosos, por librarse del presente daño, sin advertir
que pudieran quedar por despojos vencidos, ó vencedores. El peligro
vecino alguna vez se ataja con otro mayor, y puesto que de cualquiera
manera se haya de perecer, bueno es dilatarlo, y escoger el mas remoto,
y el que puede dejar de ser. Si los Catalanes hicieran lo que hizo
Stilicon y Narses, el uno llamando á los Godos, el otro á los
Longobardos para la ruina de Italia, y del Imperio, no pudieran ser mas
ofendidos de las plumas y lenguas de la historia; unos les llaman
impios, sacrílegos, otros piratas, comun pestilencia de las gentes,
hombres sin Dios, sin ley, sin razon, y todo nace porque en su favor
llamaron á los Turcos, que entendido esto por mayor, ofende algo las
orejas cristianas, pero bien abvertido y averíguado, no hay razon para
culparle levemente, cuando mas para ofenderles con palabras tan
descompuestas, y llenas de injuria y afrentas. Mil leguas de su patria,
sus capitanes, y embajadores muertos á traicion, ¿qué sufrimiento no
irritará?. ¿Qué medio por violento que fuera no intentará su afrenta?.
Cuando hubiera yerro, esto pudiera moderar el juicio del escritor.
Hállase tambien alguna dificultad acerca del tiempo en que pasaron los
Turcos, porque Nicephoro dice, que fueron llamados de los catalanes
antes de la batalla de Apros, cuando se supo que Miguel venia sobre
ellos, y que solos fueron quinientos los que pasaron. Esta narracion de
Nicephoro la tengo por falsa, porque Montaner en el número, y en el
tiempo le contradice, y como testigo de vista se le debe dar mas
crédito, aunque catalan, y ofendido; porque en el discurso de su
historia refiere muchas cosas contra los de su nacion, y condena lo mal
hecho con libertad, y sin respeto, y no es de creer que quien dice la
verdad en su daño, no la dijera en lo que tampoco importaba á su gloria
como venia los turcos cuatro años antes ó después. Zurita siguiendo la
relacion de Berenguer de Entenza, difiere tambien de Nicephoro; porque
dice que el mismo Berenguer de Entenza llamó á los turcos después que
supo la muerte de sus embajadores, y que pasaron á Galípoli mil y
quinientos caballos, y le prestaron juramento de fidelidad. Esto tambien
lo tengo por falso, porque parece imposible que en quince dias que
Berenguer se detuvo en Galípoli, después que se declaró por enemigo del
Imperio, llamáse á los turcos que estaban en Asia, y se concertase con
ellos, y se juntasen mil y quinientos caballos, y se embarcasen, y
viniesen á prestarle juramento de fidelidad; que son cosas que aunque se
hicieran con suma presteza, no pudieran concluirse en quince dias. La
verdad del tiempo en que pasaron los turcos, la refiere claramente
Montaner, que fué cuatro años después de esta jornada, y para tener esto
por cierto no se halla dificultad ni imposibilidad alguna, como las hay,
y muy grandes en lo que dice Nicephoro, y Zurita; y así en materia de
los hechos de los Turcos solo seguiré á Montaner, porque le tengo por
mas verdadero, y que intervino y asistió en todas estas jornadas.
En este mismo tiempo los turcoples que servian al emperador, declarados
por rebeldes, porque á imitacion de los catalanes quisieron que se les
pagase el sueldo ó hacerse contribuir con las armas, no pudieron, por
ser pocos, mantenerse por sí, enviaron á decir á los catalanes que si
les admitirían en su compañía. Respondieron que viniesen seguros, que
con ellos se usaria lo mismo que con los turcos, y con mayores ventajas
por ser cristianos. Vinieron hasta mil caballos buenos, y prestaron
juramento de fidelidad debajo de los mismos conciertos que lo hicieron
los turcos. Pusiéronse á órden de Juan Perez de Caldés. Quedo el
emperador Andronico sin la milicia extranjera, después que los alanos, y
turcoples se apartaron de su servicio, tan falto de soldados que
libremente se podia acometer cualquier empresa por grande que fuese en
las provincias de su imperio, sin tener quien se lo impidiese. Estas
fuerzas que perdió el emperador, acrecentaron las de Rocafort, porque
turcos, y turcoples igualmente le respetaban y reconocían por suprema
cabeza, y con esta seguridad de verse tan obedecido, y amado de ellos,
se desvaneció, y se hizo odioso á muchos, por la insolencia y poder
absoluto con que lo gobernaba, y mandaba todo.