Los nuestros hacen algunas correrias, y toman á las ciudades de Rodesto,
y Pacía.
Retirados á Galípoli después de la victoria, quedaron dueños absolutos
de la campaña, y Andronico sin atreverse á salir de Constantinopla, ni
Miguel de Andrinopoli, tan apretados les tuvieron nuestras armas.
Andronico á las quejas de tantos daños como hacian los Catalanes en sus
Provincias, encogió los hombros, atribuyendo á sus pecados el castigo
que Dios le enviaba y confesaba que no era poderoso para resistirles.
Hasta Moaronea, Radope, y Bizia, ciento y setenta millas de Galípoli,
entraban haciendo correrias, con universal temor y asombro de todas las
Provincias; porque no habia lugar que estuviese libre de su furia por
remoto y apartado que fuese. Las Ciudades que por su fortaleza de muros
no podian ser acometidas, sentian estos males en sus vegas, y en sus
jardínes, quemando y talando lo mas estimado, y haciendo prisioneros á
muchos de quien sacaban grandes y contínuos rescates, y no solo
compañías enteras, pero cuatro, ó seis soldados hacian estos lances.
Pedro de Maclara Almugavar, que servia en la caballería, hallándose una
noche entre sus camaradas desesperado de haber perdido lo que tenia al
juego, resolvió de rehacer lo perdido, y desquitarse con algun daño de
sus enemigos, de que le resultase provecho. Subió á caballo, y con dos
hijos que tenia, caminando siempre entre enemigos, llegó á los jardines
que están pegados á Constantinopla, donde luego la suerte le puso entre
manos un padre y un hijo mercaderes Genoveses. Hizolos prisioneros, y
dió con ellos en Galípoli sin que persona alguna se lo estorbase, con
haber veinte y cinco leguas de retirada. Hubo por su rescate mil y
quinientos escudos, con que el Almugavar recompensó lo perdido, y ganó
reputacion de valiente y plático soldado. Estas y muchas otras
correrias, refiere Montaner, que se hacian con igual felicidad y
admiracion. A tanto llegó el atrevimiento de los Catalanes. Vióse Roma
cabeza del mundo, conocida entonces en tanta grandeza y gloria, que
desvanecida con sus victorias y triunfos, se atribuyó el renombre de
eterna; pero las armas de los Godos y Vandalos mostraron cuan breves
fueron sus glorias, y cuan falso su atributo. Lo mismo sucedió á
Constantinopla cabeza del Imperio Oriental; en quien juntamente se
levantaron y merecieron el poder y la piedad por el grande Constantino;
en cuyos sucesores se conservó, hasta la ira de Dios se ejecutó su
castigo, entregándola por despojos á naciones extrañas, y en este tiempo
casi forzada de pocos Catalanes y Aragoneses, á recibir leyes la que las
daba á tantos Reinos y gentes.
Ardia en los corazones de los Catalanes el deseo De vengar la muerte
afrentosa de sus Embajadores, en los naturales y vecinos de Rodesto,
donde tan inhumanamente fueron despedazados y muertos. Salieron á esta
jornada hasta los niños, en quien fué mas poderosa la pasion de su
venganza, que la flaqueza de su edad. Estaba esta Ciudad ribera del mar,
sesenta millas de camino por tierra de Galípoli. Para llegar á ella
forzosamente se habian de dejar los nuestros pueblos enemigos á las
espaldas, y esta seguridad causó descuido en los vecinos de Rodesto,
porque nunca creyeron que los Catalanes se aventurarian sin tener la
retirada llana y sin peligro, pero estas dificultades fueran bastantes,
si el agravio no las atropellará. Al amanecer escalaron las murallas, y
la entraron sin hallar Resistencia ejecutando muertes con tanta
crueldad, que por este hecho primeramente, y por los demas que fueron
sucediendo, quedó entre los Griegos hasta nuestros dias por refran: la
venganza de los Catalanes te alcance. Esta es la mayor Maldicion que
entre ellos tienen ahora la ira y el aborrecimiento: tan viva se les
representa siempre la memoria de aquel estrago. Dice Montaner
encareciendo el desorden que hubo por nuestra parte, que los Capitanes y
Caballeros no pudieron detener ni impedir las crueldades que los
vencedores ejecutaron en los vencidos, porque perdido el temor de Dios y
el respeto debido á sus Capitanes, y el de su misma naturalezas,
despedazaban cuerpos inocentes, por la edad incapaces de culpa; hasta
los animales quisieron entregar á la muerte, porque en el lugar no
quedase cosa viva. De allí pasaron á Pacía ciudad vecina, y la ganaron
con la misma facilidad, y trataron con el mismo rigor. Parecióles á
nuestros Capitanes ocupar estos puestos, por que la gente iba creciendo,
y era ya bastante para dividirse y acercarse á Constantinopla, cuya
perdicion y ruina era el último fin de sus peligros y fatigas. A
montaner dejaron en Galípoli solo con algunos marineros, con
Almugavares, y treinta caballos.