CAPITULO XXXVIII.

Los nuestros hacen algunas correrias, y toman á las ciudades de Rodesto,

y Pacía.

Retirados á Galípoli después de la victoria, quedaron dueños absolutos

de la campaña, y Andronico sin atreverse á salir de Constantinopla, ni

Miguel de Andrinopoli, tan apretados les tuvieron nuestras armas.

Andronico á las quejas de tantos daños como hacian los Catalanes en sus

Provincias, encogió los hombros, atribuyendo á sus pecados el castigo

que Dios le enviaba y confesaba que no era poderoso para resistirles.

Hasta Moaronea, Radope, y Bizia, ciento y setenta millas de Galípoli,

entraban haciendo correrias, con universal temor y asombro de todas las

Provincias; porque no habia lugar que estuviese libre de su furia por

remoto y apartado que fuese. Las Ciudades que por su fortaleza de muros

no podian ser acometidas, sentian estos males en sus vegas, y en sus

jardínes, quemando y talando lo mas estimado, y haciendo prisioneros á

muchos de quien sacaban grandes y contínuos rescates, y no solo

compañías enteras, pero cuatro, ó seis soldados hacian estos lances.

Pedro de Maclara Almugavar, que servia en la caballería, hallándose una

noche entre sus camaradas desesperado de haber perdido lo que tenia al

juego, resolvió de rehacer lo perdido, y desquitarse con algun daño de

sus enemigos, de que le resultase provecho. Subió á caballo, y con dos

hijos que tenia, caminando siempre entre enemigos, llegó á los jardines

que están pegados á Constantinopla, donde luego la suerte le puso entre

manos un padre y un hijo mercaderes Genoveses. Hizolos prisioneros, y

dió con ellos en Galípoli sin que persona alguna se lo estorbase, con

haber veinte y cinco leguas de retirada. Hubo por su rescate mil y

quinientos escudos, con que el Almugavar recompensó lo perdido, y ganó

reputacion de valiente y plático soldado. Estas y muchas otras

correrias, refiere Montaner, que se hacian con igual felicidad y

admiracion. A tanto llegó el atrevimiento de los Catalanes. Vióse Roma

cabeza del mundo, conocida entonces en tanta grandeza y gloria, que

desvanecida con sus victorias y triunfos, se atribuyó el renombre de

eterna; pero las armas de los Godos y Vandalos mostraron cuan breves

fueron sus glorias, y cuan falso su atributo. Lo mismo sucedió á

Constantinopla cabeza del Imperio Oriental; en quien juntamente se

levantaron y merecieron el poder y la piedad por el grande Constantino;

en cuyos sucesores se conservó, hasta la ira de Dios se ejecutó su

castigo, entregándola por despojos á naciones extrañas, y en este tiempo

casi forzada de pocos Catalanes y Aragoneses, á recibir leyes la que las

daba á tantos Reinos y gentes.

Ardia en los corazones de los Catalanes el deseo De vengar la muerte

afrentosa de sus Embajadores, en los naturales y vecinos de Rodesto,

donde tan inhumanamente fueron despedazados y muertos. Salieron á esta

jornada hasta los niños, en quien fué mas poderosa la pasion de su

venganza, que la flaqueza de su edad. Estaba esta Ciudad ribera del mar,

sesenta millas de camino por tierra de Galípoli. Para llegar á ella

forzosamente se habian de dejar los nuestros pueblos enemigos á las

espaldas, y esta seguridad causó descuido en los vecinos de Rodesto,

porque nunca creyeron que los Catalanes se aventurarian sin tener la

retirada llana y sin peligro, pero estas dificultades fueran bastantes,

si el agravio no las atropellará. Al amanecer escalaron las murallas, y

la entraron sin hallar Resistencia ejecutando muertes con tanta

crueldad, que por este hecho primeramente, y por los demas que fueron

sucediendo, quedó entre los Griegos hasta nuestros dias por refran: la

venganza de los Catalanes te alcance. Esta es la mayor Maldicion que

entre ellos tienen ahora la ira y el aborrecimiento: tan viva se les

representa siempre la memoria de aquel estrago. Dice Montaner

encareciendo el desorden que hubo por nuestra parte, que los Capitanes y

Caballeros no pudieron detener ni impedir las crueldades que los

vencedores ejecutaron en los vencidos, porque perdido el temor de Dios y

el respeto debido á sus Capitanes, y el de su misma naturalezas,

despedazaban cuerpos inocentes, por la edad incapaces de culpa; hasta

los animales quisieron entregar á la muerte, porque en el lugar no

quedase cosa viva. De allí pasaron á Pacía ciudad vecina, y la ganaron

con la misma facilidad, y trataron con el mismo rigor. Parecióles á

nuestros Capitanes ocupar estos puestos, por que la gente iba creciendo,

y era ya bastante para dividirse y acercarse á Constantinopla, cuya

perdicion y ruina era el último fin de sus peligros y fatigas. A

montaner dejaron en Galípoli solo con algunos marineros, con

Almugavares, y treinta caballos.

Expedición de Catalanes y Aragoneses al Oriente · 第 66 / 112 题