Previenese Miguel Paleólogo para venir sobre Galípoli, los nuestros á
pelear con el tres jornadas lejos, y entre los lugares de Apros, y
Cipsela se da la batalla, sale de ella Miguel vencido, y herido.
La buena dicha de nuestras armas puso en cuidado al Emperador Andronico,
y á Miguel su hijo, porque nunca creyeron que gente tan poca se les
pudiera dar, y forzarles á poner todas las fuerzas del Imperio para su
ruina. Con el suceso de Galípoli, resolvieron los Emperadores de juntar
sus gentes, y dar sobre los nuestros antes que pudiesen de Cataluña, ó
de Sicilia llegar socorros. De estas prevenciones y aparatos de guerra
fueron los nuestros avisados por una espía Griega, que Montaner envió
con harto recelo de que volviese, porque otras de la misma nacion, que á
diversas partes se enviaron, no volvieron. Catalanes no podian servir en
esta ocupacion, porque siempre eran conocidos, aunque con traje, y
lenguaje Griego se procuraban encubrir. Con este aviso se resolvieron
todos de salir á buscar al enemigo la tierra adentro resolucion tan
gallarda como cualquiera de las otras que tomaron. No pienso yo que
tantas finezas ni bizarrías se puedan haber leído en otras historias, y
así algunas veces temo que mi crédito y fe se ha de poner en duda; pero
advertido el que esto leyere que Nicephoro Gregoras, y Pachimerio
autores Griegos, y por serlo enemigos, y Montaner Catalan concuerdan en
lo que parece más increíble, tendrá por verdad lo que escribimos.
Montaner refiere que la principal causa que les movió á seguir este
consejo fué verse ya ricos, y prósperos, y temer, que la sobrada aficion
de sus riquezas, y el temor de perderlas, no les hiciera perder algo de
su reputacion. Siguiendo los consejos mas cautos, y menos honrosos,
dejaron en Galípoli de guarnicion donde quedaban su hacienda, mugeres y
familia cien Almugavares, y partieron la vuelta de Andrinopoli, plaza de
armas de aquel ejército que se juntaba contra ellos, con firme
determinacion de pelear con Miguel, aunque fuese asistido del mayor
poder de su Imperio. Caminaron tres dias por Thracia, destruyendo y
talando la campaña; llegaron á poner una noche sus cuarteles á la falda
de un monte poco áspero. Las centinelas que pusieron en los altos
descubrieron de la otra parte grandes fuegos; enviaronse reconocedores,
y poco después volvieron con dos Griegos prisioneros, de quien se supo
la ocasion de los fuegos, que fué por estar Miguel acuartelado con seis
mil caballos, y mayor número de infantes, entre Agros y Cipsela, dos
Aldeas pequeñas aguardando lo restante del campo. Quisieron algunos que
aquella misma noche se atravesase la montaña que les dividia, y diesen
sobre los enemigos descuidados, y no me parece que aprobaron este
consejo, no sé por que razon; puesto que forzosamente se habia de pelear
con ellos, mas facil fuera con la obscuridad y confusion de la noche
aventurarse, que aguardar la mañana cuando siendo tan pocos pudieran ser
mejor reconocidos. Después de haberse todos confesado, y recibido el
Sacramento de la Eucharastia, hicieron un solo escuadron de su
infantería, y la caballería dividida igualmente en dos tropas á cada
lado del escuadron la suya, y otro escuadron dejaron en la retaguarda
para socorrer á donde la necesidad le llamase. Caminaron la vuelta del
enemigo; al salir del sol se hallaron de la otra parte de la montañuela,
de donde descubrieron al enemigo mas poderoso de lo que la espia les
dijo, y fué, porque dos horas antes llegó la mayor parte de su ejército
que le faltaba. Reconoció el enemigo su venida y como entre infantes y
caballos no llegaban á tres mil los nuestros, juzgaron que venia á
rendir las armas, y entregarse á la clemencia de Miguel; y esto lo
tuvieron por tan cierto que ni querian tomar las armas ni salir de sus
cuarteles. Pero Miguel que con tanto daño suyo conocia por experiencia
el valor de sus enemigos, sacó su gente, y él se armó, y puso á caballo,
ordenando los escuadrones en esta forma. La infantería repartida en
cinco escuadrones á cargo de Teodoro tio de Miguel, General de toda la
milicia, que habia venido del Oriente en el cuerno siniestro puso las
tropas de caballería de los Alanos y Turcoples á cargo de Basila, en el
cuerno derecho se puso la caballería mas escogida de Thracia y
Macedonia, con los Valasco y los aventureros á órden del gran Etriarca;
en la retaguarda quedó Miguel con los de su guarda, y parte de la
nobleza que asistia á su defensa. Acompañábale el Despota su hermano, y
Senacarib Ángelo, que este dia no quiso tener gente de guerra á su
cargo, por hallarse ocupado en la defensa del Emperador, y tener cuidado
de la seguridad de su persona. Reconoció Miguel sus escuadrones, y
animados á la batalla, vinieron cerrando. Los nuestros divididos en
cuatro escuadrones con gran ánimo y resolucion los primeros con quien se
toparon fueron los Alanos Turcoples, que su caballería envistió el
primer escuadron de Almugavares, que invencible quebrantó su furia,
tanto, que dice Pachimerio, que luego se retiraron huyendo. Aunque
Nicephoro dice, que los Masagetas y Turcoples cuando tocaron las
trompetas para envestir, huyeron, porque tenian resuelto de no servir al
Emperador, y los Turcoples tenian trato con los Catalanes. De cualquier
manera que ello fuese, ó después de haber envestido, ó antes, huyeron, y
la infantería descubierta por el siniestro lado de toda la caballería
que le sustentaba, quedó, dice Nicephoro, como la nave sin arbol y sin
velas en la mayor furia de la tempestad. Parte de nuestra caballería,
que se habia juntado de Almugavares y marineros, habia desmontado y
acometido á pie por aquella parte. La ocasion que tubieron para
desmontar estas tropas, fué solo por hallarse inútiles en este genéro de
servicio, y que si no dejáran los caballos no pudieran pelear. Los demás
escuadrones de infantería, libres de la mayor parte de la caballería
enemiga que les pudiera dañar, cerraron por la frente tan vivamente, que
degolladas las primeras hileras donde estaban sus mas lucidos y
valientes soldados, todo lo demas de la infantería se puso en huida
aunque la caballería de Thracia y Macedonia, como la mejor y de mayor
reputacion de aquellas Provincias, mantuvo por gran rato su puesto
peleando con nuestra caballería, y defendió uno de sus escuadrones que
no fuese roto, hasta que los Almugavares le abrieron por el otro
costado, y por la frente, y entonces su caballería con mucha pérdida
dejo el puesto, huyendo la vuelta de Cipsela. Miguel, como buen Príncipe
y valiente soldado viendo sus escuadrones rotos, y caballería, parte
retirada, y parte deshecha, y en quien tenia puesta la mayor esperanza
de vencer, sacó su caballo la vuelta del enemigo, y luego repentinamente
quedó el caballo sin freno, y se arrojo á vuelta de los enemigos,
detenido de los que estaban en su guarda hubo de subir en otro caballo,
y sin tener por mal agüero el haber perdido el freno su caballo, se
metia por lo mas peligroso, y con gran presteza animaba unos y socorria
á otros, cuando con amenazas, cuando con ruegos, llamando á sus
Capitanes y Maestres de Campo por sus nombres, que volviesen las caras,
que resistiesen, que no perdiesen aquel dia con tanta mengua la
reputacion del Imperio Romano. Los soldados y Capitanes, perdido una vez
el miedo á su fama, y puesto en ejecucion caso tan feo como desamparar
la persona del Príncipe, tambien la perdieron á sus ruegos y quejas,
porque cuanto mayor es la infamia de un hecho, tanto más dificil es el
arrepentimiento. Entonces Miguel quiso con el ejemplo, ya que no pudo
con las palabras, obligarles, y juzgando por grande afrenta no aventurar
su vida por la de los suyos vuelto á los pocos que les seguían, les
dijo: Ya llegó tiempo, compañeros y amigos, en que la muerte es mejor
que la vida, y la vida mas cruel que la misma muerte. Muerase con
reputacion, si se ha de vivir con infamia. Y levantando el rostro al
cielo, pidiendole su ayuda, se arrojó con su caballo en medio de los
nuestros. Siguieronle hasta ciento de los más fieles, y por un grande
espacio puso la victoria en duda; tanto puede en semejantes ocasiones la
persona del Príncipe que se aventura. Hirió á muchos y mató á dos. Un
marinero catalan llamado Berenguer, que en la jornada de este dia se
halló sobre un buen caballo, y con lucidas armas despojos de la victoria
pasada, anduvo entre los enemigos tan bizarro, que Miguel por entrenabas
causas le tuvo por algun señalado Capitan de nuestra nacion, y con deseo
de mostrar su esfuerzo, se fué para él, y le dió una cuchillada en el
brazo izquierdo. Resolvió sobre Miguel el marinero con tanta presteza,
que sin darle tiempo de sacar su caballo, á golpes de maza le hizo
saltar el escudo, y le hirió en el rostro, y al mismo tiempo le mataron
á Miguel el caballo, y le tuvieron casi rendido, pero algunos de su
guarda le socorrieron valientemente, y uno de ellos le dió su caballo
con que se salvó. Quedando muerto por librar á su príncipe, Miguel
perdida la mayor parte de su gente, y libre del peligro por su valor y
por su dicha, se salió de la batalla, llevado más por la fuerza de los
suyos, que por su voluntad. Intentó muchas veces volver á cobrar la
reputacion pérdida, pero siempre fué detenido, y su coraje rebentó en
lagrimas. Retiróse dentro del Castillo de Apros, con que la victoria se
declaró por nosotros. No se siguió el alcance, porque entendieron
siempre que á los Griegos les quedaban fuerzas enteras para volver
segunda vez á pelear, y temieron alguna emboscada, según Pachimerio
dice, y añade, que fué particular providencia de Dios el miedo que
tuvieron los Catalanes de la emboscada, para detenerles que no
ejecutasen la victoria, donde perecieran muchos más; y Miguel llegara á
sus manos. Contentáronse con quedar señores del campo, y aguardar la
mañana que les desengañaría de sus sospechas. Toda aquella noche se
estuvo con las armas en la mano. Llegó la mañana, y reconocieron que su
victoria habia sido con entero cumplimiento. Acometieron á Apros el
mismo dia, que defendido solo de sus vecinos, fácilmente se entró. En
este lugar se detuvieron ocho dias, para que los heridos se curasen y
los demás descansasen del trabajo y fatiga de la batalla. Súpose luego
como la gente que Miguel aguardaba, y según los espías refirieron ya se
le habia juntado antes de la batalla, y que todo estaba vencido.
Perecieron, según Montaner del enemigo diez mil caballos, y quince mil
infantes; de los nuestros veinte y siete y nueve caballos. Retirado
Miguel dentro de Apros, no se tuvo por seguro, y aquella misma noche se
salió, y se fué á Pambhilo y de allí á Didimoto donde estaba su padre,
de quien, cuenta Nicephoro que fué reprehendido gravemente, porque puso
su persona tan atrevidamente en tanto riesgo, que lo que en un soldado,
ó Capitan se debia de alabar, en un Emperador era digno de reprehension;
palabras nacidas de la aficion de un padre, más que de lo que debiera
aconsejar si no lo fuera, porque no sé yo que tenga el Príncipe mayor
obligacion de aventurarse, que la que Miguel se aventuró, cuando ve sus
escuadrones deshechos, su reputacion en peligro, su gente muerta y sus
estados pérdidos. ¿Qué Príncipe de los celebrados en la memoria de las
gentes dejó de poner su vida al mayor riesgo, cuando la importancia y la
grandeza del caso és de tal calidad?.
Con esta victoria, la mayor parte de la Provincia de Thracia quedó por
despojos de los nuestros. Las Ciudades populosas y fuertes no padecieron
en esta comun tempestad, porque siendo los Catalanes tan pocos, no se
querian ocupar en asaltar murallas, donde forzosamente habian de perder
gente, y si algunas tomaron, fué porque el descuido del enemigo les
convidó para que lo pudiesen hacer, sin aventurarse mucho. Los moradores
de las aldeas y poblaciones de Griegos de toda la Provincia, sabida la
pérdida de su ejército, dejaron sus casas, y sus haciendas, y el trigo
que estaba ya para recoger, y peregrinando por reinos vecinos,
acrecentaron el temor de nuestra venganza; y dice Pachimerio que entraba
de todas parte infinita gente huyendo, y que parecia Constantinopla la
espera de Empedocles. Fué ocasion esta victoria de que sucediese en
Andrinopolis un caso lastimoso á los Catalanes que estaban presos desde
la muerte de Roger, que llegaban al número de sesenta. Tuvieron aviso de
la victoria de Apros, animarónse á intentar su libertad. Estaban en una
cárcel fuerte de una torre, rompieron los grillos, y acometieron una
puerta no la pudieron abrir, subieron á lo alto de la torre para
reconocer algun camino de su libertad, no fué posible hallarle, y como
desesperados de hallara piedad en los Griegos, desde arriba, con las
armas que pudieron alcanzar, pelearon valientemente con los ciudadanos
de Andrinopoli que sitiaron la torre, y la procuraron ganar á fuerza de
armas, pero fué tanto el valor de los que la defendían, que no fué
posible hacerles daño. Finalmente después de heridos, los ciudadanos
desesperados de poderles rendir, se resolvieron de quemar todo el
edificio y torre. Diéronle fuego por todas partes, y en poco rato se
encendió con gran ruina del edificio. Por entre las llamas y el fuego
arrojaban piedras y dardos, y medio abrasados peleaban. Despidieronse, y
abrazados unos con otros, hecha la señal de la Cruz, así lo dice
Pachimerio, se arrojaron en el fuego todos, y entre ellos dos hermanos
de linage ilustre, y de ánimo valeroso, abrazandose con gran lástima de
los circunstantes se arrojaron de la torre, y escaparon del fuego, que
con mas piedad les perdonó que el hierro de los perfidos Griegos, de
quien fueron despedazados. Entre estos sesenta solo hubo uno que diese
muestras de rendirse, á quien los otros arrojaron de la torre. Después
de haber destruido y talada la mayor parte de la Provincia, volvieron á
Galípoli, acrecentados de reputacion, de hacienda, y de gente, que se
les juntaba de Italianos, Franceses y Españoles, que pudieron escapar de
la crueldad y furia de los Griegos.