CAPITULO XXXI.

Los embajadores de nuestro ejército á la vuelta de Constantinopla por

órden del Emperador fueron presos y muertos cruelmente en la Ciudad de

Rodesto.

De nuestra nacion enviados los Embajadores á fin de romper los

conciertos que tenian con el Emperador, y hecho esto desafiarle, con

harto peligro llegaron á Constantinopla, y puesto, ante el Bailio de

Venecia, y la potestad de Génova, y de los Consules de los Anconitanos,

y Pisanos, Magistrados y cabezas de estas naciones que tenian trato y

comunicacion en las Provincias del Imperio, dieron las manifiestas

siguientes. Que habiendo entendido que por órden del Emperador

Antronico, y su hijo Miguel en Andrinopoli, y en los demás lugares de su

Imperio, se habian degollado todos los Aragoneses y Catalanes que se

hallaron en ellos, tanto soldados como mercaderes, viviendo ellós debajo

de su proteccion y amparo por cuya satisfacion los Catalanes y

Aragoneses de Galípoli estaban resueltos de morir, y que estimaban en

tanto su fé y palabra, que querian antes de romper la guerra, que

constase, como ellos en nombre de todos los de su nacion se apartaban de

los conciertos y alianzas hechas con el Emperador; y que así los

públicos instrumentos de allí adelante fuesen inválidos y de ningun

valor, y que le retaban de traidor, y ofrecían de defender lo dicho en

campo, ciento á ciento, ó diez á diez, y que esperaban en Dios que sus

espadas serian el instrumento con que su justicia castigaria caso tan

feo; pues á más de violar la fé pública, matando los extrangeros, que

pacíficos y descuidados trataban en sus tierras, habian dado cruel y

afrentosa muerte á quien les habia librado de ella, defendido sus

Provincias, abatido sus enemigos, y engrandecido su Imperio. Que la

insolencia de los soldados no era bastante causa para que contra ellos

se ejecutará tan inhumana resolucion. Castigáranse los soldados culpados

á medida de sus delitos, sin que sus servicios les sirvieran de moderar

la pena. Diéranles navios, y con que volver á la patria, que bastante

castigo fuera enviarles sin premio; pero sin perdonar á sexo ni edad

llevando por un parejo inocente y culpados, malos y buenos, habia sido

suma crueldad. Dado el manífiesto; el Bailio de Venecia con los demas

dieron razon al Emperador de esta Embajada, y queriendo tratar de algun

acuerdo, no se pudo concluir, estando los ánimos tan ofendidos, y

cualquier palabra y fé tan dudosa; y así se tuvo por conveniente para

entreambas partes una guerra declarada que una paz mal segura; que

adonde falta la fé, el nombre de paz es pretexto y materia de mayores

traiciones. Respondió el Emperador, que lo sucedido contra los Catalanes

y Aragoneses no habia sido hecho por su órden; y que así no trataba de

dar satisfaccion, siendo verdad que poco antes mandó matar á Fernando

Aones el Almirante, y á todos los Catalanes y Aragoneses que se hallaron

en Constantinopla, que habian venido con cuatro galeras acompañando á

María mujer del César, á su madre y hermanos, aun Montaner aprieta mas

el hecho, pues dice que el propio dia se ejecutaron estas muertes.

Pidieron los Embajadores, que se les diese seguridad para su vuelta á

Galípoli; fuele luego concedido, dándoles un comisario, con trato se

partieron á Rodesto, treinta millas lejos de Constantinopla, y por órden

del comisario que les acompañaba fueron presos hasta veinte y siete con

los criados y marineros, y en las carnecerías públicas del lugar les

hicieron cuartos vivos. Esta maldad me parece que puede disculpar todas

las crueldades que se hicieron en su satisfaccion, porque ninguna pudo

llegar á ser mayor que violar con tan fiera demostracion el derecho

universal de las gentes, defendido por leyes humanas y divinas, por

inviolable costumbre de naciones políticas y bárbaras. Este desdichado

fin tuvieron las finezas de un Capitan poco advertido. Dignas de

alabanza son cuando hay seguridad en la fé y palabra del Príncipe

enemigo, pero cuando está dudosa, por yerro tengo el aventurarse.

Nuestro Rey el Emperador Cárlos V. pasó por Paris y se puso en las manos

de su mayor émulo, fué su confianza tan alabada como la fé de Francisco;

pero si la Reyna Leonor no avisara á Cárlos su hermano de lo que se

platicaba, fuera la confianza juzgada por temeridad y la fé por engaño,

con que claramente se muestra, que alabamos, ó vituperamos por los

sucesos, no por la razon. Berenguer de Entenza hizo notable yerro en

enviar Embajadores á Príncipe de cuya fé y palabra se podia dudar,

porque quien con tanta alevosia y crueldad quitó la vida á Roger y á los

suyos, de creer es que en todo lo demás no guardara fé, ni diera por

legítimos Embajadores á los que venian de parte de los que él tenia por

traidores; á más de que habiendo en los vecinos de Galípoli ejecutado

tan gran crueldad, se habia de temer otra mayor siempre que la ocasion

se la ofreciera.

Expedición de Catalanes y Aragoneses al Oriente · 第 59 / 112 题