La gente de guerra toma descubiertamente las armas contra los Griegos, y
en diferentes partes del Imperio se matan los Catalanes y Aragoneses.
La gente de guerra que estaba con Berenguer de Entenza y Rocafort, les
pareció tentar el último medio para que Andronico les pagase. Enviaron
al Emperador tres embajadores, para que resueltamente le dijesen, que si
dentro de quince dias no se les acudia con parte de lo mucho que se les
debia, les era forzoso apartarse de su servicio, dar lugar á que sus
armas alcanzasen lo que su razon y justicia nuca pudo. Recibió el
Emperador estos tres Embajadores, que fueran Rodrigo Perez de Santa
Cruz, Arnaldo de Moncortes, y Ferrer de Torrellas, y en presencia de la
mayor parte de sus Consejeros y Ministros, y con mucha aspereza les
dijo: que el Imperio de los Griegos no estaba tan acabado y destruido,
que no pudiese juntar ejércitos poderosos para castigar su atrevimiento
y rebeldía, y aunque eran muchos los servicios que le habian hécho en la
guerra de Oriente, ya los habian borrado con sus excesos y demasías, y
con la poca obediencia y respeto que tenian á su corona: que él haria lo
que tocaba y fuese razon; en lo demas les aconsejaba, que no se
precipitasen con desesperacion á lo que tan mal les estaba, y que no
pidiesen con violencia lo que con la misma se les podia negar; que la
fidelidad de que ellos tanto se preciaban se perdia, si las mercedes se
pedian por fuerza á su Príncipe. Sin querer oir su respuesta, ni dar
lugar á más satisfaccion, les mandó el Emperador, que con mas acuerdo se
resolviesen y le hablasen. Después dentro de pocos dias llegó la nueva á
Constantinopla de la muerte de Roger, y de algunas crueldades que los
nuestros hicieron en Galípoli, y el pueblo se levantó contra los
Catalanes, según dice Pachimerio; pero Montaner refiere, que en un mismo
tiempo en todas las Ciudades del Imperio se degollaron los Catalanes por
órden de Andronico, y Miguel. Puede ser que en esto Montaner ande algo
apasionado, atribuyendo toda la culpa á los Emperadores; pero lo que yo
tengo por cierto, que el pueblo irritado ejecutó esta maldad y ellos no
la atajaron.
En Constantinopla se levantó el pueblo, y acometió los cuarteles á do
estaban los Catalanes, y como si fueran á caza de fieras les iban
degollando y matando por la Ciudad. Después de haber degollado muchos,
fueron á casa de Raul Paqueo, pariente de Andronico, y suegro de
Fernando Aones el Almirante, y pidió el pueblo que luego se les
entregasen los Catalanes que habia dentro; y porque esto no se hizo tan
presto como ellos quisieron, pegaron fuego á la casa con que se abrasó
todo cuanto habia dentro, y aquí tengo por cierto que los tres
Embajadores y el Almirante perecieron. El Patriarca de Constantinopla
salió á reprimir la multitud amotinada, y sin hacer efecto con mucho
peligro se retiró. La mayor dificultad que se ofreció para no poder
oprimir á los Catalanes todos á un tiempo, fué por estar Galípoli bien
defendido, y los que estaban alojados en las aldeas con las armas en la
mano, y mas adbertidos que los otros que estaban en diferentes partes.
Miguel temiendo que los de Galípoli sabida la muerte de Roger no le
acometiesen, mandó que el gran Primicerio fuese con todo lo grueso del
ejército sobre Galípoli. Ejecutóse luego, y con la caballería mas ligera
se enviaron algunos Capitanes, para que les acometiesen antes que
pudiesen ser avisados. Cogieron á la mayor parte divididos por sus
alojamientos, en sus lechos, y en sumo descanso; porque entre los que
tenian por amigos les parecia inútil el cuidado de guardarse. Entró esta
caballería por algunos casales, pasando por el rigor de la espada todos
los Aragoneses y Catalanes que toparon. Las voces y gemidos de los que
cruelmente se herian y mataban, avisaron á muchos que se pudieron poner
en seguro, y la codicia de los vencedores, que ocupados en el robo
dejaban de matar, tambien dió lugar á que muchos se escapasen. En
Galípoli, aunque lejos, se sintió el ruido y voces confusas, con que los
nuestros tomaron las armas, y quisieron salir á reconocer la campaña, y
certificarse del daño que temian; pero Berenguer de Entenza y los demás
Capitanes detuvieron el ímpetu de los soldados, que en todo caso querian
que se les diese franca la salida; y como la obediencia de aquella gente
no estaba en el punto que debiera, no se atrevió Berenguer á enviar
algunas tropas á batir los caminos, y tomar lengua, porque temió que
tras de ellas seguiria el resto de la gente, y quedaria Galípoli sin
defensa, de cuya conservacion pendia la salud comun.
Discurríase variamente entre los nuestros la causa de tanto alboroto en
las campañas y caserias vecinas de Galípoli. Decian unos que los Griegos
oprimidos de la gente militar se habrian conjurado, y tomado las armas
para alcanzar su libertad; otros que atravesando aquel angosto espacio
de mar los Turcos, acometian sin duda á nuestros cuarteles; pero en esta
variedad de discursos jamás pudieron atinar la verdad de caso tan
inhumano. Con la noche y confusion del caso algunos de los nuestros
llegaron á Galípoli libres, y solo dieron noticia de que dentro de sus
casas, en sus alojamientos, habian sido acometidos de gentes militar y
armada.