Hielo.
I
Sentía imperiosa necesidad de estar solo. La tristeza reclamaba todo
mi sér, y tenía que dárselo, aislándome. Conocí que venía sobre mí un
ataque de aquel mal de familia que de tiempo en tiempo reclamaba su
tributo en la forma de pasión de ánimo y de huraña soledad. Y lo que
había visto y sentido en tales días era más que suficiente motivo para
que el maldito achaque constitutivo se acordara de mí. En la soledad de
aquella noche y de todo el día siguiente tuve un compañero, Carrillo,
cuya imagen no me dejó dormir. El ruido de oídos, que me martirizaba,
era su voz, y mi sombra, al pasearme por la habitación, su persona. Le
sentía á mi lado y tras de mí, sin que me inspirara el temor que llevan
consigo los aparecidos. Es más: me hacía compañía, y creo que sin tal
obsesión habría estado más melancólico. Mi afán mayor, mi idea fija era
querer penetrar, ya que antes no pude hacerlo, las propiedades íntimas
de aquel carácter, y descifrar la increíble amistad que me mostró
siempre, mayormente en sus últimos instantes. ¡Era para volverme
estúpido! Cuando dicho afecto me parecía un sentimiento elevadísimo y
sublime, comprendido dentro de la santidad, mi juicio daba un vuelco y
venía á considerarlo como lo más deplorable de la miseria humana. Yo
me secaba los sesos pensando en esto, traspasado de lástima por él, á
veces sintiendo menosprecio, á ratos admiración.
Los días se sucedían lentos y tristes, sin que yo quebrantara mi
clausura. No recibía á nadie, y si mis íntimos amigos ó mi tío ó
Raimundo iban á acompañarme, hacía lo posible por que me dejasen solo
lo más pronto posible. Pasados tres días, Carrillo se borraba, poco
á poco, de mi pensamiento; le veía bajo tierra confundiéndose con
ésta y disolviéndose en el reino de la materia, como su memoria en
el reino del olvido. Lo que en primer término ocupaba ya mi espíritu
era la casa de Eloísa, todo lo material de ella. Los muebles, las
paredes cargadas de objetos de lujo, el ambiente, el color, la luz que
entraba por las ventanas del patio, componían un conjunto que me era
horriblemente antipático y aborrecible. La idea de ser habitante de
tal casa y de mandar en ella, me producía el mismo terror angustioso
que en otros ataques la idea de sentir un tren viniendo sobre mí.
No: yo no quería ir allá; yo no iría allá por nada del mundo. El
recuerdo sólo de las afectadas pompas de aquellos jueves poníame en
gran turbación, acompañada de un trastorno físico que me aceleraba el
pulso y me revolvía el estómago... Pero lo que me confundía más y me
llenaba de estupor, era notar en mí una mudanza extraordinaria en los
sentimientos que fueron la base de mi vida toda en los últimos años.
A veces creía que era ficción de mi cerebro, y para cerciorarme de
ello, ahondaba, ahondaba en mí. Mientras más iba á lo profundo, mayor
certidumbre adquiría de aquel increíble cambio. Sí, sí: la muerte de
Pepe había sido como uno de esos giros de teatro que destruyen todo
encanto y trastornan la magia de la escena. Lo que en vida de él me
enorgullecía, ahora me hastiaba; lo que en vida de él era plenitud del
amor propio, era ya recelos, suspicacia con vagos asomos de vergüenza.
Si robarle fué mi vanidad y mi placer, heredarle era mi martirio. La
idea de ser otro Carrillo me envenenaba la sangre. La desilusión,
agrandándose y abriéndose como una caverna, hizo en mi alma un vacío
espantoso. No era posible engañarme sobre esto.
Pero aún dudaba yo de la realidad del fenómeno, y decía: «Falta
comprobarlo. No me fiaré de los lúgubres espejismos de mi tristeza.
Vendrán días alegres, y la mujer que fué mi dicha, seguirá siéndolo
hasta el fin de mi vida.»
Dos semanas estuve encerrado. Eloísa me mandaba recados todos los días.
Yo exageraba mi enfermedad, fundando en ella mil pretextos para no
salir de casa. Por fin, una mañana la viuda de Carrillo fué á verme.
Era la primera vez que salía después de la desgracia. Venía vestida
con todo el rigor del luto y de la moda, más hermosa que nunca. Al
verla, no sé lo que pasó en mí. Sentí un frío mortal, un miedo como el
que inspiran los animales dañinos. Sus afectuosas caricias me dejaron
yerto. Observé entonces la autenticidad del fenómeno de mi desilusión,
pues mi alma, ante ella, estaba llena de una indiferencia que la
anonadaba. La miré y la volví á mirar; hablamos, y me asombraba de que
sus encantos me hicieran menos efecto que otras veces, aunque no me
parecieran vulgares. Era un doble hastío, un empacho moral y físico
lo que se había metido en mí; arte del demonio sin duda, pues yo no
lo podía explicar. «Será la enfermedad --me decía para consolarme--.
Esto pasará.» Cierto que yo venía sintiendo cansancio; pero ella me
interesaba al corazón. ¿Cómo ya no me hiere adentro? ¿De qué modo la
quería yo? ¿Qué casta de locura era la mía?... Nada, nada: esto tiene
que pasar.
Seguimos hablando, ella muy cariñosa, yo muy frío. Nuestra
conversación, que al principio versó sobre temas de salud, recayó en
cuestiones de arreglo doméstico. Sin saber cómo, fué á parar al funeral
de su marido. Ella quería que fuese de lo más espléndido, con muchos
cantores, orquesta y un túmulo que llegase hasta el techo. Yo me opuse
resueltamente á esta dispendiosa estupidez. Sin saber cómo me irrité,
corrióme un calofrío por la espalda, subióme calor á la cabeza, y,
palabra tras palabra, me salió de la boca una sarta de recriminaciones
por su afán de gastar lo que no tenía.
--Te has empeñado en arruinarte, y lo conseguirás. No cuentes conmigo.
Ahógate tú sola y déjame á mí. Si crees que voy á tolerarte y á
mimarte, te equivocas... No puedo más...
Ella se quedó lívida oyéndome. Jamás la había tratado yo con tanta
dureza. En vez de contestarme con otras palabras igualmente duras,
pidióme perdón; le faltó la voz; empezó á llorar. Sus lágrimas
espontáneas hicieron efecto en mí. Reconocí que había estado
ridículamente brutal. Pero no me excusé, pues en mi interior había una
ira secreta que me aconsejaba no ceder. Eloísa me miraba con sus ojos
llenos de lágrimas, y en tono de víctima me dijo:
--¿Yo qué he hecho para que me trates así?
Empecé á pasearme por la habitación. Sentía un vivísimo, inexplicable
anhelo de contradecirla, y de sostener que era blanco lo que ella decía
que era negro.
--Es que estoy notando en tí una cosa rara --prosiguió--. ¿Tienes
alguna queja de mí? ¿En qué te he ofendido? Porque desde que entré
apenas me has mirado, y tienes un ceño que da miedo... Hoy esperaba
encontrarte más cariñoso que nunca, y estás hecho una fiera. Eres un
ingrato. ¡Así me pagas lo mucho que te he querido, los disparates que
he hecho por tí y el haber arrojado á la calle mi honor por tí, por
tí...! Algo te pasa, confiésalo, y no me mates con medias palabras. ¿Me
habrá calumniado alguien...?
Con un gesto expresivo le dí á entender que no había calumnia. Secó
ella sus lágrimas, y en tono más sereno me dijo:
--Estas noches he soñado que ya no me querías. Figúrate si habré estado
triste.
Comprendí que mi conducta era poco noble, y me dulcifiqué. Hice
esfuerzos por aparecer más contento de lo que estaba, y le rogué que
no hiciera caso de palabras dictadas por mi tristeza, por el mal de
familia. Insistí, no obstante, en que el funeral fuera modesto, y ella
convino razonablemente en que así había de ser. No quiso dejarme hasta
que no le prometí ir todos los días á su casa, desde el siguiente,
para arreglar las cuentas, ordenar papeles y ver los recursos ciertos
con que contaba. Cuando se fué, halléme más sereno, la veía con ojos
de amistad y cariño; pero no encontraba ya en mí el interés profundo
que antes me inspiraba. ¿Qué me había pasado? ¿Qué era aquello? ¿Acaso
las raíces de aquel amor no eran hondas? Sin duda no, y él mismo se
me arrancaba sin remover lo íntimo de mi sér. Era pasión de sentidos,
pasión de vanidad, pasión de fantasía la que me había tenido cautivo
por espacio de dos años largos; y alimentada por la ilegalidad, se
debilitaba desde que la ilegalidad desaparecía. ¿Es tan perversa la
naturaleza humana que no desea sino lo que le niegan y desdeña lo que
le permiten poseer? Después de dar mil vueltas á estos raciocinios,
me consolaba otra vez atribuyendo mi desvarío á los pícaros nervios y
á la diátesis de familia... Volverían, pues, mis afectos á ser lo que
fueron, cuando se restableciese mi equilibrio.