IV

¡Qué noche! Cuando todo concluyó, salí de la alcoba, deseando quitarme

pronto la ropa, que estaba manchada de sangre. En el pasillo me ví á la

claridad del día, que entraba ya por las ventanas del patio, y sentí

un horror de mí mismo que no puedo explicar ahora. Parecía un asesino,

un carnicero, qué sé yo... Salióme al encuentro Micaela, la doncella

de Rafael, que me tuvo miedo y echó á correr dando gritos. La llamé;

preguntéle por su ama. Díjome que estaba en el cuarto del niño. En

tanto Celedonio, los ojos llenos de lágrimas, me hacía señas para que

volviese al gabinete, y me dijo entre sollozos que me sacaría ropa de

su amo para que me mudase. La idea de ponerme sus vestidos me causaba

un sentimiento muy extraño: no sé qué era; mas hallábame tan horrible

con la mía, que acepté. Púseme á toda prisa una camisa, un chaleco de

abrigo y una bata corta del muerto. Pero deseando vestirme con mi ropa,

mandé á Evaristo á casa para que me la trajera.

Dejando á Celedonio con los restos aún no fríos de su amo, fuí en busca

de Eloísa, cuya situación de ánimo me alarmaba. No la encontré en el

cuarto del niño, que dormía profundamente, sino en el suyo, acometida

de un fuerte trastorno nervioso, manifestando, ya sentimiento, ya

terror. Al verme con el traje de su marido se puso tan mal, que

creí que se desvanecía. Fijábansele los síntomas espasmódicos en la

garganta, como de costumbre, y con sus manos hacía un dogal para

oprimírsela.

--La pluma, la pluma --murmuraba con cierto desvarío--. ¡No la puedo

pasar!

Le rogué que se acostara; pero negábase á ello. Micaela y yo quisimos

acostarla á la fuerza; pero nos hizo resistencia. Estaba convulsa, fría

y húmeda la piel; los ojos muy abiertos.

--No vayas tú á ponerte mala también --dije con la mayor naturalidad

del mundo--. Recógete y descansa. No has de poder remediar nada dándote

malos ratos.

Tuve que hacer uso de mi autoridad, de aquella autoridad efectiva

aunque usurpada; hube de ordenarle imperiosamente que se acostara

para que se decidiera á hacerlo. Noté en su obediencia como un

reconocimiento tácito de la autoridad que yo ejercía. Micaela empezó

á quitarle la ropa; la ayudé, porque mi prima, después del traqueteo

nervioso, hallábase como exánime y sin movimiento. La metimos en la

cama y la arropamos. ¡Ay! sentíame tan fatigado, que caí en un sillón

é incliné mi cabeza sobre el lecho. Allí me hubiera quedado toda la

mañana, si no tuviera deberes que cumplir fuera de aquella habitación.

En tal postura, y hallándome postrado y como aturdido, sentí la voz de

la viuda que me llamaba. Alcé la cabeza. Sus palabras y sus miradas

eran tan afectuosas como siempre. Sin nombrar al muerto, suplicóme

que atendiese á las obligaciones que traía el suceso, pues ella no

tenía fuerzas para nada. Díjele que no se ocupara más que de su

descanso, y le prometí que todo se haría de un modo conveniente. Vivo

agradecimiento se pintaba en su rostro, y además la confianza absoluta

que en mí tenía. Le arreglé la ropa de la cama, le dí á beber agua de

azahar, le entorné las maderas, corrí las cortinas para atenuar la luz

del día, y poniendo á Micaela de centinela de vista para que me avisase

si la señora se sentía muy molestada por la pluma en la garganta, salí,

no sin promesa de volver pronto, pues ésta fué condición precisa para

que Eloísa se tranquilizara...

--Por Dios, no tardes: tengo miedo --díjome al despedirme, con ahogada

voz--, mucho miedo, y la pluma no pasa...

Trajéronme mi ropa y me vestí con ella. ¡Ay! qué peso se me quitó de

encima cuando solté la de Carrillo, que además me venía algo estrecha.

A eso de las ocho llegaron mi tío, Medina, María Juana, y más tarde el

marqués de Cícero. Atento á todo, daba yo las disposiciones propias

del caso, y recibía á los parientes y amigos que se iban presentando.

En lo concerniente al servicio fúnebre, allá se entendían Celedonio y

los empleados de la Funeraria, pues yo me sentí como atemorizado de

intervenir en ello. Recogí las llaves de la mesa de despacho y del

mueble donde el pobre Pepe tenía sus papeles, y las guardé hasta que

pudiera entregarlas á Eloísa, que al fin parecía vencida del cansancio

y dormía con los dedos clavados en el cuello.

Camila recaló por allí á eso de las diez, acompañada de Constantino;

mas como tenía que dar de mamar á su nene, lo llevó consigo, y el

lúgubre silencio de la casa se vió turbado por el clarinete de

Alejandrito. Almorzamos mi tío, Raimundo y yo de mala gana, y luego nos

encerramos los tres en el despacho para redactar la papeleta fúnebre y

poner los sobres. Sentado donde Pepe se sentaba, no sé qué sentía yo

al ver en torno mío aquellas prendas suyas, ¡amargas prendas! en las

cuales parecía que estaba adherido y como suspenso su espíritu. Allí ví

estados de recaudación de fondos filantrópicos, circulares solicitando

auxilios de corporaciones y particulares, cuentas de suministro de

víveres y otros documentos que acreditaban la caritativa actividad

de aquel desventurado. Cuidamos mucho de que en la redacción de la

papeleta no se nos olvidara ningún título, detalle ni fórmula de las

que la etiqueta mortuoria ha hecho indispensables. «El excelentísimo

señor don José Carrillo de Albornoz y Caballero, Maestrante de

Sevilla, Caballero de la Orden de Montesa, etcétera, etc... Su

desconsolada viuda, la excelentísima... etc., etc.» No se nos quedó

nada en el tintero; y en las direcciones que pusimos á los sobres,

ninguna de nuestras amistades pudo escaparse.

La señora, por razón de su estado, no podía dar órdenes, y los criados

se dirigían á cada instante á mí, como si yo fuera el amo, como si

lo hubiera sido siempre, y me consultaban sobre todas las dudas que

ocurrían. Y aquella autoridad mía era uno de esos absurdos que, por

haber venido lentamente en la serie de los sucesos, ya no lo parecía.

Ved, pues, cómo lo más contrario á la razón y al orden de la sociedad,

llega á ser natural y corriente cuando, de un hecho en otro, la

excepción va subiendo, subiendo, hasta usurpar el trono de la regla. Y

cosas que vistas de pronto nos sorprenden, cuando llegamos á ellas por

lenta gradación nos parecen naturales.

Rogóme Eloísa que no saliese de la casa hasta que no se verificara el

entierro. Así tenía que ser, pues si yo no estaba en todo, las cosas

salían mal. El marqués de Cícero, que se ofrecía constantemente á

ayudarme, no servía más que de estorbo, y mi tío tenía ocupaciones

indispensables aquel día. Sólo Constantino y Raimundo prestaban algún

servicio, aunque sólo fuera el de hacerme compañía. La viuda no

recibía á nadie, ni á sus más íntimas amigas. Acompañábanla su madre y

hermanas, y sin llorar, consagraban alguna palabra tierna y compasiva

al pobre difunto.

Por fin ví concluído todo aquel tétrico ceremonial, y respiré cual

si me hubiera quitado de encima del corazón un peso horrible. No

quise ir al entierro, y Eloísa aplaudió con un movimiento de cabeza

esta resolución mía. Cuando se extinguió en las piedras de la calle

el ruido del último coche, mis trastornados sentidos querían volver á

la apreciación clara de las cosas. Pero la imagen del infeliz hombre

que había despedido su último aliento sobre mi pecho, clavándomelo

como un puñal, no se me apartaba del pensamiento. ¿Cómo explicarme sus

sentimientos respecto á mí? ¿Qué noción moral era la suya, cuál su

idea del honor y del derecho? Ni aun viendo en él lo que en lenguaje

recto se llama _un santo_, podía yo entenderle. ¡Misterio insondable

del alma humana! Ante él no hay que hacer otra cosa que cruzarse de

brazos y contemplar la confusión como se contempla el mar. Querer

hallar el sentido de ciertas cosas es como pretender que ese mismo mar,

desmintiendo la ley de su eterna inquietud, nos muestre una superficie

enteramente plana.

¿Por qué me tenía cariño aquel hombre? Si era un santo, yo me resistía

á venerarle; si era un pobre hombre, algo había dentro de mí que no me

permitía el desprecio. ¿Le despreciaba yo en el ardor de mi compasión,

ó le admiraba entre los hielos de mi desdén? Toda mi vida, ¡ay!, estará

delante de mí, como pensativa esfinge, la imagen de Carrillo, sin que

me sea dado descifrarla. Antes será medido el espacio infinito, que

encerrada en una fórmula la debilidad humana.

A estas meditaciones me entregaba la tarde del entierro, encerrado

en el despacho, sin otra compañía que la del busto de Shakespeare.

El gran dramático me miraba con sus ojos de bronce, y yo no podía

apartar los míos de aquella calva hermosa, cuya severa redondez semeja

el molde de un mundo; de aquella frente que habla; de aquella boca que

piensa; de aquella barba y nariz tan firmes que parece estar en ellas

la emisión de la voluntad. Me daban ganas de rezarle, como los devotos

rezan delante de un Cristo, y de interesarle en las confusiones que me

agitaban, rogándole que pusiera alguna claridad en mi alma.

Al anochecer, cuando aún no habían vuelto del entierro los que fueron

á él, me dirigí al cuarto de la viuda, á quien acompañaban su madre y

hermanas. En los susurros de su conversación queda, me pareció entender

que hablaban de modas de luto. Eloísa tenía, en su regazo, dormido, al

niño de Camila, y con ésta jugaba Rafael. Pero más tarde, cuando mi tío

Raimundo y el marqués de Cícero volvieron del cementerio, ostentando

este último una aflicción decorativa, que tenía tanta propiedad como

el león disecado con que se retrataba, me alejé del gabinete para no

oir las fórmulas de duelo que se cruzaban allí, como los tiroteos

alambicados de un certamen retórico, cuyo tema fuera la muerte del

pajarillo de Lesbia. Cuando iba hacia el despacho, sentí tras de mí

unos pasitos que siempre me alegraban, y una vocecita que me llamaba

por mi nombre. Era el chiquillo de Eloísa que corría tras de mí. Le

cogí en brazos, y sentándome, le coloqué sobre mis rodillas. Él se puso

al instante á caballo sobre mi muslo, y me echó los brazos al cuello.

Su inocencia no había permanecido extraña á la tristeza que en la casa

reinaba, y en sus mejillas frescas, en su frente coronada de rizos

negros advertí una seriedad precoz, fenómeno pasajero sin duda, pero

que anunciaba la formación del hombre y los rudimentos de la reflexión

humana. Después de hacerme varias preguntas, á que no pude contestarle

por lo muy conmovido que estaba, me cogió con sus manos la cara. Era

de éstos que quieren que se les hable mirándoles frente á frente, y

que se incomodan cuando no se les presta una atención absoluta. Para

satisfacer su egoísmo, tiran de las barbas como si fueran las riendas

de un caballo, para que les pongáis la cara bien recta delante de la

suya. Lo que me tenía que comunicar era esto:

--Dice _Quela_ que ahora... tú... no te vas más á tu casa... que te

quedas aquí.

Varié la conversación, dándole muchos besos; pero él, aferrado á su

tema, ni me dejaba evadir, ni consentía que yo moviese la cara.

--Dice _Quela_ que tú... vas á ser mi _papa_...

Este inocente lenguaje me lastimaba. No pude contestar categóricamente

á las cosas más graves que yo había oído en mi vida. Porque sí: jamás

de labios humanos brotaron, para venir sobre mí, como espada cortante,

palabras que entrañaran problemas como el que formulaban aquellos

labios de rosa.

Dejéle en poder de su criada, que vino á buscarle, y me retiré. La

casa, como vulgarmente se dice, se me desplomaba encima. Sin despedirme

de nadie me marché á la mía.

Lo prohibido (novela completa) · 第 38 / 103 题