II

Era mi deber ir á casa de Eloísa, y fuí desde el día siguiente.

Ocupando en el despacho de Carrillo el mismo lugar que él ocupó, con

el propio escribiente cerca de mí, rodeado de papeles y objetos que

me recordaban la persona del difunto, dí principio á mi tarea. Para

penetrar hasta donde estaba lo importante, tuve que desmontar una capa

enorme de apuntes y notas sobre la _Sociedad de niños_ y otros asuntos

que no venían al caso. Todo lo que había sobre la administración de la

casa era incompleto. Gracias que el amanuense, conocedor de los hábitos

de su antiguo señor, me esclarecía sobre puntos muy obscuros. Poco á

poco fuimos allegando datos, y por fin llegué á dominar el enredo, que

era ciertamente aterrador. La casa estaba desquiciada, y al declararme

Eloísa dos meses antes sus apuros, no había dicho más que la mitad de

la verdad. Me había ocultado algunos detalles sumamente graves, como,

por ejemplo, que el administrador de Navalagamella les había adelantado

dos años de las rentas de esta finca, descontándose el 20 por 100; que

había una deuda que yo no conocía, importante unos seis mil duros; que

se tomaron, para atender á necesidades de la casa, parte de unos fondos

pertenecientes á la _Sociedad de niños_, y era forzoso restituirlos.

Sin rodeos pinté á mi prima la situación.

--Estás arruinada --dije--. Si no se acude pronto á salvar lo poco que

aún queda á tu hijo, éste no tendrá con qué seguir una carrera, como

alguien no se la dé por caridad.

Ella me oyó atónita. Su poca práctica en el manejo de la hacienda

propia disculpaba el error en que estaba. Después de meditar mucho,

díjome entre suspiros:

--Viviremos con la mayor economía, con pobreza si es preciso. Dispón tú

lo que quieras.

Empecé á desarrollar mi plan. Se suprimirían todos los coches; se

despedirían casi todos los criados que quedaban; se procuraría

alquilar la casa, lo cual era difícil como no la tomase alguna

Embajada. Se venderían los cuadros de primera, los de segunda, y todas

las porcelanas y objetos de arte, las joyas, los encajes ricos, aunque

fuera por el tercio de su valor, ó por lo que quisieran dar; y como

fin de fiesta, la familia se sometería á un presupuesto de sesenta ó

setenta mil reales todo lo más.

--¡Almoneda total! --exclamó la viuda con su mirar hosco clavado en el

suelo.

No necesito decir que una parte de este presupuesto recaería sobre mí,

pues la testamentaría, tal como estaba, no podía contar con nada en un

período de tres ó cuatro años, necesario para desempeñar las rentas.

Y seguí trabajando, para desenredar por completo la madeja económica.

¡Cuántas noches pasé en aquel triste despacho! Me causaba hastío y

pesadumbre el verme allí. Iba notando no sé qué extraña semejanza

entre mi sér y el de Carrillo; y cuando vagaba de noche por los vacíos

salones, para ir al cuarto de Eloísa, donde estaban de tertulia Camila

y María Juana, parecíame que mis pasos eran los del pobre Pepe, y que

los criados, al verme pasar, recibían la misma impresión que si yo

fuera su difunto amo.

Para remachar la bancarrota, el médico nos presentó una cuenta

horrorosa. No había curado al enfermo, ni había hecho más que ensayar

en él diferentes sistemas terapéuticos, sin que ninguno diese

resultado; pero pretendía cobrar quince mil duros por su asistencia de

un año. ¡Escándalo mayor...! Yo estaba volado. Le escribí en nombre

de Eloísa negándome á pagarle. Él se encabritó y amenazó con los

Tribunales. Por fin, después de pensarlo mucho y de consultar el caso

con personas prácticas, llegamos á una transacción. Se le darían ocho

mil duros y en paz. Esta cantidad, y otras que fueron necesarias para

que la casa pudiera hacer su transformación, pues hasta el economizar

cuesta dinero, tuve que abonarlas yo. Pero lo hice en calidad de

adelanto sin interés, para reintegrarme conforme entrara en orden la

testamentaría.

Y Eloísa me decía con efusión:

--En tus manos me pongo. Sálvame y salva á mi hijo de la ruina.

¿Cómo resistirme á este deseo, cuando ella había sacrificado su

honor á mi orgullo? Y su honor valía bastante más que mis auxilios

administrativos y pecuniarios. Al mismo tiempo, yo quería tanto

al pequeño, que por él solo habría hecho tal sacrificio aunque no

estuviese de por medio su madre.

Obligáronme, pues, mis quehaceres en la casa á una intimidad que

verdaderamente no me era ya grata. Cada día surgían cuestiones y

rozamientos... Mi prima y yo estábamos siempre de acuerdo en principio;

pero en la práctica discrepábamos lastimosamente. Entonces ví más clara

que nunca una de las notas fundamentales del carácter de Eloísa, y era

que cuando se le proponía algo, contestaba con dulzura conformándose;

pero después hacía lo que le daba la gana. Sus palabras eran siempre

dóciles, y sus acciones tercas. Sin oponer nunca resistencia directa,

ni dar la cara en su sistemática autonomía, llevaba adelante el

cumplimiento de su voluntad con acción lenta, sorda, astuta,

resbaladiza. Esto se vió en aquel caso importantísimo de las economías.

Cuando se trataba de ellas verbalmente, todo era conformidad, palabras

suaves y zalameras. «¡Oh! sí, es preciso... Estoy á tus órdenes... Me

haré un vestido de hábito para todo el año...» Pero en la práctica,

todo esto era un mito, y las economías se quedaban en _veremos_...

Siempre había aplazamientos; surgían dificultades inesperadas... Ni la

casa se desocupaba para alquilarla, ni se reducía el gasto doméstico á

la mínima expresión. No parecía comprador para los cuadros. Al fin se

vendieron los zafiros; pero con el producto de ellos, Eloísa adquiría

perlas. Lo supe por una casualidad, y cambiamos palabras duras. Ella

me dió la razón... ¡siempre lo mismo! pero las perlas, compradas se

quedaron... «El mes que entra dejo la casa y se hará la almoneda. Seré

obediente... soy tu esclava.» Tantas veces había oído esto, que ya no

lo creía.

Ya no se invitaba á nadie á comer; pero poco á poco iba naciendo un

poquito de tertulia de confianza en el gabinete de Eloísa, á la cual

concurrían Peña, Fúcar y Carlos Chapa. Entre tanto, los aflojados lazos

se apretaron, trayéndome la triste evidencia de que mi frialdad no era

obra de los malditos nervios, sino que tenía su origen en regiones

más profundas de mi sér. Se manifestaba principalmente en la falta de

estimación, y en que mis entusiasmos eran breves, siempre seguidos de

aburrimiento y de amargores indefinidos. Por algún tiempo llegué á

creer que este fenómeno mío se repetiría en ella; pero no fué así. La

viudita me mostraba el cariño de siempre; hasta se me figuró advertir

en aquel cariño pretensiones de depuración, de hacerse más fino, más

ideal, por lo mismo que se acercaba la ocasión de legitimarlo. Esto

me daba pena. Diferentes veces había hecho ella referencia á nuestro

casamiento, dándolo por cosa corriente. No se hablaba de él en términos

concretos, como no se habla de lo que es seguro é inevitable. Yo ¡ay

de mí! pasaba sobre este asunto como sobre ascuas, y cuando Eloísa

aludía al tal matrimonio, hacíame el tonto: no comprendía una palabra.

Me entusiasmaba poco aquella idea; mejor dicho, no me entusiasmaba

nada; quiero decirlo más claro, me repugnaba, porque bien podían mis

apetitos y mi vanidad inducirme á conquistar lo prohibido; pero ser yo

la prohibición... ¡jamás!

Lo prohibido (novela completa) · 第 40 / 103 题