VI

El mismo día en que Amadeo Zureda salió del penal, el correo le trajo

una carta de Rafaela, que empezaba así:

«Ayer Manolín cumplió veinte años...»

El antiguo maquinista desembarcó en Valencia, pasó la noche en una

posada inmediata á la estación del ferrocarril, y al otro día temprano

subió al tren que había de llevarle á Equis. Tras tantos años de

reclusión, el viejo presidiario sentía el desasosiego nervioso, la

desconfianza en sí mismo, el miedo cruel á la suerte, que suelen

experimentar los inadaptados siempre que la vida les ofrece una fase

nueva. La derrota les acobarda y vuelve pesimistas. Rememoran lo que

sufrieron y la inutilidad de sus luchas, y piensan: «Esto, que ahora

empieza, será malo también para mí...»

Amadeo Zureda había cambiado mucho; sobre el rostro, curtido por el sol

de Africa, el bigote blanco resaltaba tristemente; agrandaba el sereno

mirar de sus ojos negros la expresión de un inmenso dolor; el pliegue

vertical de su entrecejo se había ahondado tanto, que parecía una

cicatriz; su cuerpo cenceño, antes engallado y carnoso, se encorvaba un

poco al andar.

El traqueteo sonante del vagón y la sucesión de panoramas trajeron á la

memoria de Zureda las alegrías, harto emborronadas en la distancia de

los años pretéritos, de sus buenos tiempos de maquinista. Se acordó de

Pedro, el fogonero andaluz, y de aquellas dos locomotoras, «la Dulce» y

«la Negra», sobre las cuales tanto había trabajado. Y una voz interior

le preguntaba: «¿Que habrá sido de todo eso?»

También pensó en su casa, y al recomponer la fachada y ver los balcones,

evocó el aspecto de cada habitación. Jamás su memoria, enturbiada por la

vida torva y embrutecedora del penal, había buceado tan hondo en el

pasado, ni desempolvado y reconstituído tan limpiamente los viejos

recuerdos. Pensó en su hijo, en Rafaela y en Manolo Berlanga, viéndoles

con sus caras y sus trajes de entonces, y se sorprendió de que la figura

del platero no le produjese ningún dolor: en aquellos momentos, y á

despecho del daño irreparable que le hizo, no sentía animosidad contra

él: todos los rencores que hasta allí le agitaron se apaciguaban en una

desconocida é inefable emoción de olvido y misericordia. El pobre

presidiario tornó á registrarse la conciencia y volvió á maravillarse de

no descubrir en ella ningún odio. Y es que, sin duda, la libertad

moraliza á los hombres.

En Játiva subió al vagón un individuo, ya viejo, en cuya fisonomía el

exmaquinista creyó hallar rasgos de un semblante amigo. Por su parte, el

recién llegado también miraba á Zureda, como recordando. De este modo

los dos, poco á poco iban acercándose en silencio. Concluyeron por

examinarse afectuosamente, seguros ya de conocerse. Amadeo Zureda fué

quien primero habló:

--Yo creo--dijo--que nos hemos visto en alguna parte... hace años...

--En eso--repuso el interpelado--vengo yo cavilando.

--El caso es--prosiguió el maquinista--que yo estoy cierto de que hemos

hablado muchas veces.

--Sí, sí...

--De que hemos sido amigos.

--Probablemente...

Continuaron mirándose, atados al mismo pensamiento.

--¿Usted ha vivido en Madrid?

--Sí; diez ó doce años.

--¿Dónde?

--Cerca de la Estación del Norte, donde estaba empleado.

--Pues no diga usted más--exclamó Zureda--, porque yo he pertenecido

también á esa Compañía. Era maquinista...

--¿En qué línea?

--Últimamente, en la de Bilbao.

Pausados, silenciosos, los recuerdos iban surgiendo y asociándose en la

enorme negrura de olvido de aquellos veinte años. Amadeo Zureda sacó su

petaca y brindó tabaco á su interlocutor; y lo que hasta entonces no

lograron ni el aspecto ni la voz del desconocido, lo realizó

instantáneamente y como por ensalmo su modo de coger la picadura, de

preparar el cigarrillo, de encenderlo y colocárselo después en la

comisura izquierda de los labios. La memoria del ex presidiario se llenó

de luz.

--¡Acabáramos!--exclamó--,¡usted es don Adolfo Moreno!...

--Yo mismo; eso es...

--Usted era ambulante de la línea de Asturias cuando yo trabajaba en la

de Bilbao. ¿No se acuerda usted? Zureda... Amadeo Zureda,..

--¡Ah, sí!...

Los dos hombres se abrazaron.

--¡Si yo te tuteaba!--gritó don Adolfo.

--Sí, señor; y puede usted seguir haciéndolo. ¡No faltaba más!... Que

por algo el tiempo ha corrido igualmente para ambos.

Apagado el regocijo de los primeros instantes, el antiguo ambulante y el

anciano maquinista se entristecieron recordando las muchas amarguras que

les trajo la vida.

--Ya supe tu desgracia--dijo don Adolfo--y la sentí. Son locuras de

juventud que duran un instante y cuestan luego todo el porvenir. ¿Por

qué fué?...

Aplomadamente, Zureda repuso:

--Una cuestión de juego.

--¡Es verdad!... Me lo dijeron.

Amadeo respiró; el ambulante no sabía nada y era verosímil que todos

estuviesen tan ignorantes como él acerca del verdadero motivo que

ocasionó la muerte de Manuel Berlanga. Don Adolfo preguntó:

--¿Dónde has estado?

--En Ceuta.

--¿Mucho tiempo?

--Veinte años y meses.

--¡Caramba!... ¿Vienes ahora de allí?

--Sí, señor.

--Tú, evidentemente--continuó don Adolfo--, has sufrido más que yo; pero

no creas que yo he sido muy afortunado. La vida es una fiera que para

cuantos se acercan á ella... ¡y cuidado si nace gente!... tiene un

zarpazo. Soy viudo; pronto hará quince años que mi pobrecita mujer pudre

tierra; de mis tres hijas, la mayor se casó, las otras dos murieron.

Ahora estoy jubilado, y vivo en Equis, con una cuñada, viuda de mi

hermano Juan, de quien no sé si recordarás...

Poco á poco, y á vuelta de muchos circunloquios, porque la confianza es

una virtud tímida que emigra pronto de las almas muy castigadas por la

desgracia, Amadeo Zureda expuso sus proyectos. El pensaba establecerse

en Equis, con su mujer; del presidio traía ahorradas cerca de dos mil

pesetas, con las cuales esperaba poder comprar una casita y media fanega

de buena tierra.

--Yo, de agricultura no entiendo palote--agregó--; pero eso es como

todo; en queriendo aprender, se aprende. Además, mi hijo, que es mozo y

se ha criado en el pueblo, puede ayudarme mucho.

Don Adolfo había arrugado el entrecejo con un gesto reflexivo y grave,

de hombre que recuerda.

--Por lo que dices--exclamó--caigo en quien sea tu mujer.

Un poco avergonzado, porque la imagen siempre ensangrentada de su

desgracia no se borraba un punto de su memoria, el antiguo maquinista

repuso:

--Sin duda; el pueblo será pequeño...

--Muy pequeño. ¿Cómo se llama tu mujer?

--Rafaela.

--¡Sí, hombre!...--replicó don Adolfo--; Rafaela, la lavandera...

--Eso es.

--La conozco mucho; y á Manolo, su hijo, también le conozco. ¡Valiente

mocito!...

Amadeo Zureda se estremeció; tuvo miedo, frío; unos instantes permaneció

callado, sin saber qué decir. Don Adolfo prosiguió, con ruda franqueza:

--Mala cabeza tiene el tal Manolo, y buenos disgustos le da á su pobre

madre, que es una santa. ¡Yo creo que hasta la pega!... ¡No te digo

más!...

Lívido, tembloroso, reprimiendo unos grandes deseos de llorar que

acababan de asaltarle, Amadeo preguntó:

--¿Es posible?... ¿Tan malo es?

--De oro es el mozo--repuso don Adolfo--; había de morirse, y el

Diablo, para cargar con él, necesitaría pensarlo mucho: borracho,

jugador, mujeriego, camorrista... ¡de todo es el indino!

Y afirmó:

--No parece hijo tuyo.

Amadeo Zureda no respondió, y acercando la cabeza á la ventanilla fingió

distraerse con el paisaje. Las declaraciones del antiguo ambulante le

aterraron; él se hallaba ignorante de todo; Rafaela, en sus cartas, nada

le había dicho; y se admiró de ver cómo la fatalidad le asediaba y

negaba ese descanso á que todos los hombres trabajadores, aún los más

miserables, tienen derecho. Retrocediendo por el odioso camino de sus

recuerdos, llegó al origen de su desgracia. Veinte años antes, el señor

Tomás, al notificarle las relaciones de Rafaela con Manuel Berlanga,

había declarado:

«Dicen que la pega.»

Y ahora, don Adolfo, refiriéndose á Manolín, repetía las mismas

palabras:

«Yo creo que la pega.»

¿Qué misteriosa conexión habría entre estas afirmaciones que parecían

poner un nexo de oprobio entre el hijo y el amante muerto?... Y las

palabras del viejo ambulante volvieron á sonar en los oídos de Zureda y

se agarraron fatídicas á su alma:

«Manolo no parece hijo tuyo.»

Sin haber leído á Darwin, Amadeo Zureda, instintivamente, buscaba en las

leyes de la herencia una explicación y un consuelo al tósigo que le

mordía. El nunca, ni aun de mozo, fué aficionado á beber, ni á los

naipes, ni faldero, ni menos entrometido y bravucón. ¿Quién, por tanto,

pudo deslizar en la sangre de su hijo tantas depravaciones?...

Don Adolfo y Zureda descendieron en la estación de Equis. Declinaba la

tarde; en el andén sólo había seis ó siete personas. El anciano

ambulante exclamó, designando con la mano á una mujer y á un mozalbete

que se acercaban:

--Ahí tienes á tu gente.

Esta vez, al ver á Rafaela, Amadeo no vaciló: era ella, á pesar de su

vientre abultado, de su semblante carnoso y triste, de sus cabellos

blancos... ¡era ella!...

--¡Rafaela!

La hubiese reconocido entre mil mujeres más. Se abrazaron estrechamente,

llorando, con la inmensa emoción de alegría y dolor que experimentan los

que se separaron jóvenes y vuelven á reunirse en la vejez, al otro lado

de la vida. Después el maquinista abrazó á Manolo.

--¡Qué guapo estás!--balbuceó, cuando las palpitaciones de su corazón,

encalmándose un poco, le permitieron hablar.

Don Adolfo se despidió.

--Yo llevo prisa--dijo--; ya nos veremos mañana.

Saludó y se fué.

Amadeo Zureda, llevando á Rafaela á la derecha y á su izquierda á

Manolo, salió de la estación.

--¿Está muy distante el pueblo?--preguntó.

--Dos kilómetros apenas--repuso ella.

--Entonces, vámonos á pie.

Avanzaron lentamente por el camino que se alejaba, serpeando, entre dos

vastas extensiones de terreno laborado y rojizo. Al fondo, iluminado por

el sol muriente, aparecía el pueblecito; aquel villorrio miserable en el

que Zureda había pensado tantas veces, como en un bello refugio de paz,

olvido y redención.

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