Desde que Amadeo Zureda llegó á Equis, Rafaela no volvió al río. El
anciano maquinista no quería que su mujer trabajase; con lo que él ganó
como herrero allá en presidio, tenían bastante los dos para vivir. Del
pasado no hablaron; creeríase que no se acordaban de él; ni ¿para qué
acordarse?... Zureda lo había perdonado todo; su Rafaela, además, ya no
era la misma: apagáronse la alegría pajarera de sus ojos, la negrura
ondulante de sus cabellos, la agilidad moza de su cuerpo; ogaño, en el
semblante fofo y triste, en lo humildoso del mirar, en la flacidez de
los senos, en las torpes redondeces adiposas del talle, había un
abandono doloroso, apesgador de remordimiento.
Siguiendo los consejos de don Adolfo, el ex presidiario renunció á su
idea de dedicarse á la agricultura, y en la calle mejor del pueblo,
cerca de la iglesia, puso un taller mixto, de carpintería y cerrajería,
donde así herraba una mula como recomponía un carro ó echaba á un arado
reja nueva. A poco de establecerse Zureda, su modesto negocio comenzó á
encarrilarse por caminos de bonanza; muy pronto el número de sus
relaciones creció; su historia inquietante de presidiario parecía
olvidada; todos le querían; era un hombre bueno, afable, de una
melancolía simpática, que pagaba sus pequeñas cuentas exactamente y
trabajaba bien.
Amadeo Zureda sentía pacificarse su vida, y que lentamente su porvenir,
hasta entonces borrascoso, comenzaba á ofrecérsele como un país
hospitalario, claro y fácil. El mañana amenazador, que desvela á los
hombres, dejaba de ser un problema para él; su futuro ya estaba
cimentado, reglamentado, previsto; los quince ó veinte años que aun le
restasen de vida los pasaría redondeando amorosamente la fortunita que
deseaba legar á su Rafaela.
Animado por este propósito, levantábase con el sol y trabajaba
reciamente todo el día. Por las tardes, acompañado de un perro, regalo
de don Adolfo, salía á vagar por los alrededores del pueblo. Uno de sus
paseos favoritos era el cementerio. Zureda empujaba el viejo portón,
siempre abierto, del camposanto, se instalaba sobre una piedra rota de
molino que allí había, y encendía un cigarro. Entre la crecida hierba
que tapizaba el suelo negreaban muchas cruces; el anciano evocaba sus
recuerdos de antiguo maquinista y de recluso, y su voluntad fatigada se
estremecía. Miraba á su alrededor complacido; allí estaba su cama; ¡qué
paz, qué silencio!... Y suspiraba largamente, poseído de la rara y
sedante alegría de morir. Entre los viejos tapiales, dorados por el sol
poniente, que rodeaban aquel huerto de olvido, se debía de dormir muy
bien...
Lo único que amargaba el ocaso pacífico de Amadeo Zureda, era su hijo:
aquel Manolo, á quien por un exceso, imprudente quizá, de amor paternal,
había redimido el año antes del servicio militar, y cuyo carácter
vicioso y díscolo era fanáticamente refractario á toda disciplina.
Inútilmente procuró Zureda enseñarle un oficio; súplicas, amenazas,
reflexiones discretas, se estrellaron ante la voluntad irreductible y
vagabunda del mozo.
--Si no quiere usted mantenerme--decía Manuel--, despídame; yo sabré
buscármelas.
Con frecuencia Manolo desaparecía del pueblo y, ausente y metido en
misteriosas aventuras, pasaba los días. Individuos llegados de otros
pueblos comarcanos decían que se dedicaba al juego. Cierta noche
reapareció herido de gravedad en una ingle; la puñalada era profunda.
--¿Quién te ha herido?--preguntó Zureda.
El mozo repuso:
--Eso á nadie le importa; á quien sea, yo me encargo, tarde ó temprano,
de darle lo suyo.
Para ahorrarse complicaciones judiciales, Amadeo Zureda calló lo
ocurrido. Semanas después Manolo estaba bueno. Una madrugada, á orillas
del río, la pareja de la guardia civil encontró el cadáver de un hombre;
el cuerpo ofrecía varias heridas de arma blanca. Cuantas pesquisas se
practicaron para descubrir al matador fueron baldías; el crimen quedó
impune. Únicamente Amadeo Zureda, que, á raíz del suceso, había
sorprendido á Manuel lavando en una jofaina un pañuelo manchado de
sangre, estaba cierto de que el autor de aquella muerte era su hijo.
Y las palabras siniestras de don Adolfo volvían á su espíritu,
machacantes, enloquecedoras, oradándole el cráneo:
--«No parece hijo mío...»--meditaba.
No paró en esto el desaforado vivir del mozo. Abusando del cariño de su
madre y de la mansedumbre de Amadeo, raros eran los días en que no
manifestaba hallarse necesitadísimo de dinero.
--Me hacen falta cien pesetas--decía--, pero mucha falta. Si vosotros no
me las dais... bueno, en paz; yo las buscaré. Pero acaso os arrepintáis
entonces de no habérmelas dado.
Dominábale un furor de placeres. Cuando su madre le aconsejaba:
--¿Por qué no trabajas, maldito? ¿No ves á tu padre?
El mozo replicaba:
--Vivir no es trabajar; para vivir como padre vive, más vale ahorcarse.
A Rafaela tratábala despectivamente y como á esclava; apenas si, al
interpelarla, se dignaba poner en ella los ojos; á su padre también le
hablaba poco y desabridamente. El peor de los hijos no hubiese procedido
con más despego. Diríase que su alma arisca, sedienta de goces,
alimentaba contra sus progenitores la llama de un rencor instintivo.
Una noche, al volver del Casino en donde don Adolfo, el boticario y
otros vecinos de cierto viso, solían reunirse todos los sábados, Amadeo
Zureda encontró la puerta de su taller entornada. Aquello le sorprendió,
y levantando la voz empezó á llamar:
--¡Manolo!... ¡Manolo!...
Rafaela le contestó desde muy adentro:
--No está.
--¿Sabes si volverá pronto?... Lo digo para no cerrar--exclamó Zureda.
Hubo un breve silencio. Al cabo, Rafaela repuso:
--Más vale que cierres.
En la voz de la pobre mujer había como un hipo de dolor. Alarmado por el
presentimiento de algo terrible, el viejo maquinista atravesó el taller
y llegó á la trastienda. En la cocina, sentada delante del fogón, estaba
Rafaela, las manos cruzadas humildemente sobre el regazo, los ojos
llenos de lágrimas, los blancos cabellos en desorden, cual si una mano
parricida se hubiese crispado sañudamente en ellos. Zureda arremetió á
su mujer y cogiéndola por los hombros, la obligó á levantarse.
--¿Qué ha sucedido?--masculló.
Rafaela tenía la nariz ensangrentada, magullada la frente, las manos
cubiertas de arañazos.
--¿Qué tienes?--repitió el maquinista.
Sus ojos, aunque viejos y mortecinos, ardieron otra vez con aquella luz
roja, relámpago de muerte, que veinte años antes le llevó á Ceuta.
Rafaela, asustada, trató de disimular.
--No es nada, Amadeo--balbuceó--, no es nada... yo te lo explicaré.
Es... verás... es que me he caído...
Pero Zureda la arrancó amenazándola, casi á viva fuerza, la verdad.
--Es que Manolo te ha pegado, ¿eh?...
Ella sollozaba, defendiéndose aún, no queriendo acusar al hijo de su
alma. Vibrante de ira, el maquinista repitió:
--¿Te ha pegado?
Tardó Rafaela en responder; tenía miedo de hablar; al fin confesó:
--Sí... me ha pegado... ¡oh, qué horrible!
--¿Y por qué?
--Porque necesitaba dinero.
--¡Ah, el canalla!...
Y la cólera y el dolor del viejo expresidiario estallaron en un rugido
de león, que llenó la cocina.
--¿Y se lo diste?--agregó.
--Sí.
--¿Cuánto?
--Veinticinco pesetas. Me resistí cuanto pude, pero... ¿qué iba á
hacer?... ¡Oh, si llegas á verle, no le conoces!... Daba miedo; yo creí
que me mataba...
Hablando así se tapó los ojos con las manos, como apartando de ellos,
con la sucia visión de lo que acababa de ocurrir, la imagen de algo
semejante, antiguo y terrible.
Zureda no contestó, temeroso de descubrir la agitación avendavalada de
su alma. Los recuerdos más ominosos se atropellaban en su memoria. Mucho
tiempo atrás, antes de que él fuese á presidio, el señor Tomás le había
dicho en el curso de una conversación inolvidable, que Manuel Berlanga
maltrataba á Rafaela. Y años después, al salir del penal, don Adolfo
Moreno le expuso algo igual, refiriendose á su hijo. Recordando esta
extraña conjunción de opiniones, Amadeo Zureda experimentaba un rencor
acerbo, inextinguible, contra la raza del platero; raza maldita, nacida,
al parecer, para ofenderle y herirle en lo que más amaba.
A la mañana siguiente Zureda, que apenas había conseguido dormir una ó
dos horas, despertó temprano.
--¿Qué hora es?--dijo.
Rafaela, que ya se había levantado, repuso:
--Van á dar las seis.
--¿Ha vuelto Manolo?
--No.
El maquinista saltó del lecho, vistióse como de costumbre, y bajó al
taller. Rafaela le espiaba; la aparente tranquilidad del anciano era
sospechosa. Llegó la tarde y Manuel no fué á almorzar. Pasó la noche y
el mozo no fué á dormir. El matrimonio se acostó temprano.
Transcurrieron varios días.
Un domingo se hallaba Zureda sentado á la puerta de su taller; iban á
dar las doce y las mujeres, unas enmantilladas, otras con pañuelo á la
cabeza, acudían á misa. En lo alto de la torre gótica, las campanas
voltijeaban ensordecedoras y alegres. Un vecino, al pasar, dijo al
maquinista.
--Ya apareció Manolo.
Flemáticamente, Zureda repuso:
--¿Cuándo?
--Anoche.
--¿Dónde le vió usted?
--En la posada de Honorio.
--¡Vaya con el niño! Buen pez está hecho; por aquí no ha venido...
El día declinó sin incidentes. El maquinista, cautamente, se abstuvo de
decir á Rafaela que su hijo había vuelto. Poco antes de cenar, y so
pretexto de ver á don Adolfo que le esperaba en el Casino, Amadeo Zureda
salió de su casa y se encaminó á la taberna donde Manolo acostumbraba á
reunirse con sus amigachos. Allí, en efecto, le halló, jugando á las
cartas.
--Tengo que hablarte--dijo.
El interpelado tiró los naipes sobre la mesa y se levantó. Era alto,
esbelto, simpático, y en la línea delgada de sus labios y en el mirar
taladrante de sus ojos verdes había algo impertinente y retador.
Los dos hombres salieron á la calle y, sin hablar, caminaron hacia las
afueras del pueblo. Cuando lo juzgó oportuno Amadeo Zureda se detuvo y
mirando á Manuel cara á cara:
--Te he buscado--dijo--para decirte que no vuelvas á mi casa,
¿entiendes?...
Manuel afirmó con la cabeza.
--Soy yo quien te echa de allí, ¿comprendes?... Soy yo; porque no me
gusta tratar con miserables, y tú eres un miserable. Y esto no te lo
digo de padre á hijo, sino de hombre á hombre... ¿sabes?... por si mis
palabras te ofendiesen y quisieras vengarte. Por eso, nada más, te he
traído hasta aquí.
Lentamente, según hablaba, su fiera voluntad iba enardeciéndose,
palidecían sus mejillas, y dentro de los bolsillos de su pelliza los
puños se crispaban. A su vez, la sangre levantisca de Manuel, iba
alborotándose.
--No me haga usted hablar--dijo.
Hizo ademán de marcharse. Su voz, su gesto, el desdeñoso encogimiento de
hombros con que subrayó sus palabras, fueron los de un perdonavidas.
Diríase que en él resucitaba el platero matasiete y procaz. Conteniendo
su ira, Zureda repuso:
--Si tienes ganas de reñir, tonto serás si las aplazas para luego. Yo, á
eso he venido.
--¿Está usted loco?
--No.
--Lo parece.
--Te equivocas. Es que he sabido que acostumbras á pegarle á tu madre...
y eso, el pegar á tu madre, no lo pagas con toda la sangre, con toda la
cochina sangre, que tienes en el cuerpo...
Amadeo Zureda tuvo miedo de sí mismo. Temblaba. Todos los celos que años
antes le precipitaron contra Berlanga, retoñaban ahora frescos,
pujantes, trastornadores. Su corazón, una caldera de odios infernales
parecía. Bruscamente Manuel se acercó á su padre, y agarrándole por las
solapas:
--¿Va usted á callarse?--murmuró corajoso--¿ó quiere usted perderme?
La respuesta de Zureda fué una bofetada. Entonces los dos hombres se
acometieron, primero á golpes, luego á cuchilladas. En tal momento el
anciano vió aparecer sobre el rostro del que creía su hijo la misma
expresión de odio que veinte años atrás contrajo la cara de Manuel
Berlanga. Aquellos ojos, aquella boca desfigurada por una mueca de
ferocidad, aquel cuerpo delgado y felino vibrante de cólera, eran los
del platero; el gesto del padre lo repetía exactamente la cara del hijo,
cual si ambos semblantes hubiesen sido vaciados en el mismo troquel. Y
por primera vez, después de tanto tiempo, el antiguo maquinista vió
claro...
Anonadado por la certidumbre de aquel nuevo infortunio, sin ánimos ya
para defenderse, el infeliz dejó caer los brazos, á la vez que Manolo,
fuera de sí, le asestaba en el pecho una puñalada mortal.
Cumplida su venganza, el parricida huyó.
Amadeo Zureda fué conducido, moribundo, al hospital. Allí, aquella misma
noche, don Adolfo acudió á verle.
Su pena era enorme; tan gran era, que inspiraba risa.
--¿Es verdad lo que me han dicho?--repetía llorando--, ¿es verdad?...
El herido apenas tuvo fuerzas para apretarle un poco la mano.
--Adiós, don Adolfo--balbuceó--, ya he sabido lo que necesitaba saber;
usted me lo dijo y yo no quise creerle; pero ahora reconozco que usted
tenía razón: Manuel no era hijo mío...
Madrid,--Enero, 1910.
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una vieja cómoda que de noche=> una vieja cómoda que noche {pg 12}
Ricardo Villarrolla pasaba muchas tardes=> Ricardo Villarroya pasaba
muchas tardes {pg 13}