IV

Pero la verdad tiene mucha fuerza. Amadeo Zureda llegó á notar que algo

extraño ocurría en torno suyo; lentamente y sin saber por qué, hallábase

un poco distanciado de sus compañeros, que le miraban y trataban como

nunca lo hicieron; diríase que exigiesen de su rostro la confesión de un

secreto cómico que él sin duda llevaba muy oculto y tapado, pero que

todos conocían; era una compleja emoción de silencio y de curiosidad que

le aislaba de ellos y parecía nimbarle de una inexplicable ridiculez.

Concluyó por preocuparse de aquel fenómeno.

--¿Habré cambiado? ¿Estaré enfermo de gravedad... ó estaré muy feo y

nadie se atreve á decírmelo?...

En las inmediaciones de la estación, y cerca del Manzanares, había un

merendero donde acostumbraban á reunirse los mozos del andén y algunos

maquinistas y fogoneros. El ventorro pertenecía al señor Tomás, que fué

torero en sus mocedades y conservaba de aquel oficio de valor y

gallardía el carácter aplomado y rudo y la nobleza de corazón. El señor

Tomás hablaba poco, y para los que le conocían íntimamente, sus palabras

tenían la autoridad de lo escrito. Era un viejo alto, de espaldas y

manos atléticas, que vestía calzones de pana y chaquetillas andaluzas de

paño negro, y llevaba sobre la faja, con que se abrigaba el crecido

vientre, un ancho cinturón de cuero con hebilla de plata.

Aquella tarde el señor Tomás disfrutaba del sol á la puerta del

ventorro, cuando pasó Zureda.

El tabernero llamó al maquinista con un gesto, y cuando éste se hubo

acercado, exclamó mirándole fijamente á los ojos:

--Tenemos que hablar.

Zureda se inmutó; por sus entrañas, semejante á un viento frío, acababa

de pasar la vibración helada, sigilosa, de un mal presentimiento.

Recobrándose, contestó:

--Cuando usted quiera.

Subintraron en la taberna, donde á la sazón no había parroquianos. Un

alto zócalo de madera pintado de rojo y coronado de botellas, rodeaba la

sala; de la pared pendía la cabeza disecada del toro de quien el señor

Tomás recibió la tremenda cornada que, desgarrándole una pierna, le

obligó á desceñirse para siempre el traje de luces; al fondo, tras el

mostrador bruñido, sobre el que cantaba perpetuamente un chorrillo de

agua, el medidor se había dormido.

Los dos hombres se sentaron ante un velador: el tabernero batió palmas.

--¡Eh, tú, chico!--exclamó.

Acudió el medidor.

--¿Mandaban ustedes?

--Trae unas aceitunas y dos copas de vino.

Hubo una larga pausa. El señor Tomás atizó con voraces chupadas el fuego

del cigarro puro que humeaba entre sus labios; una torva preocupación

endurecía su rostro afeitado, cetrino y carnoso, bajo los cabellos

blancos, peinados y rizados majamente sobre la frente.

--A mí--empezó diciendo el tabernero--no me gusta que dos hombres riñan,

porque entre gentes de corazón no hay riña que no sea grave; pero

tampoco puedo consentir que un hombre honrado y que lleva el valor en su

sitio sirva á nadie de hazmerreir. ¿Tú me comprendes?...

Amadeo Zureda se puso lívido, rojo después. Sí, comprendía; habíanle

llamado para comunicarle un misterio terrible; sintió que aquella

emoción de vacío que desde algún tiempo atrás le acompañaba, iba á ser

explicada y tembló; sobre su cabeza se cernía algo negro y enorme; una

de esas verdades trágicas capaces de partir en dos una vida.

--Yo, ni sé hablar, ni me gusta hablar--prosiguió su interlocutor--; por

eso no me meto en divagaciones, sino que llamo á las cosas por su

nombre; porque todo en este mundo, Amadeo, fíjate bien, tiene su

nombre.

--Así es, señor Tomás...

--Bueno; y yo soy de los que se van á la verdad como antes se iba al

toro: por lo más derecho, que es lo mejor porque es lo más corto.

--Eso es...

--Bueno; yo te quiero bien; sé que eres trabajador, sé que eres de los

buenos que para ganarse su pan no son capaces de echarse por ningún

camino feo; sé también, porque eso se lleva escrito en la frente, cómo

eres un hombre que sabe cerrar el puño para reñir y ponerse el alma á la

bandolera cuando hace falta. Todo eso me consta. Por lo mismo, no

permito que nadie se burle de ti.

--Gracias, señor Tomás...

--Bueno; aquí, en mi casa, óyelo bien, aquí en mi casa se ha dicho que

tu mujer tiene relaciones con Manuel Berlanga.

Las miradas del tabernero y del maquinista se encontraron, y clavadas la

una en la otra estuvieron un instante; después los ojos de Zureda se

dilataron, desorbitándose. De repente se levantó y las uñas cuadradas de

sus dedos se hincaron en la madera de la mesa. Sus labios blancos,

cubiertos de saliva espumosa, murmuraron entrecortadamente, como en un

espasmo de rencor:

--Eso es mentira, señor Tomás, mentira... y á usted... y á la madre de

Dios que baje á decírmelo, le parto el corazón. ¡Eso es mentira!

Muy dueño de sí, sin una mueca en el rostro, el tabernero repuso:

--Bueno; tú entérate de lo que haya de cierto ó de falso en este

asunto, pues ya sabes que tan importante es la verdad como la mentira

que se cuenta. Y si te conviene decir que todo ello lo supiste por mí,

dílo, que yo aquí y en todos terrenos sostengo mis palabras.

Calló el tabernero, y Amadeo Zureda, de codos sobre la mesa, permanecía

inmóvil, idiotizado, la boca entreabierta.

Transcurridos algunos momentos sus ideas comenzaron á serenarse, y según

se aquietaban y coordinaban, una irresistible curiosidad malsana de

saber, de atormentarse inquiriendo detalles, le invadía.

--¿Y de eso--preguntó--se ha hablado aquí?

--Aquí mismo.

--¿Cuándo?

--Más de una vez y más de veinte; y han dicho algo peor: han dicho que

Berlanga le pegaba á tu mujer, que tú lo sabías, que estabas enterado de

todo desde el primer momento, y que si lo aguantabas era por

conveniencia, porque ese Berlanga te ayudaba á pagar la casa.

La llegada de dos mozos de andén, interrumpió la conversación. El señor

Tomás concluyó:

--Conque... ¡ya lo sabes todo!

El primer impulso de Zureda al salir del ventorro fué dirigirse á su

casa, interrogar á Rafaela, y por buenas ó á golpes arrancarla la verdad

de sus relaciones con Berlanga. Pero se arrepintió; asuntos como aquel

no debían atropellarse; mejor era proceder cautamente, esperar,

informarse despacio y por sí mismo. Cuando llegó á la estación eran las

seis; en el andén encontró á Pedro.

--¿Qué máquina tenemos hoy?--preguntó Amadeo.

--«La Negra»--repuso el fogonero.

--¡Maldita!... ¡«La Negra» había de ser!

Fué aquel, efectivamente, un viaje terrible, erizado de combates

interiores y de luchas con la locomotora rebelde; viaje diabólico del

que Amadeo Zureda había de acordarse toda su vida.

Con arreglo al plan de prudencia que se había trazado, el maquinista

aplicóse á observar el modo que Rafaela y Manolo Berlanga tenían de

hablarse, y tras mucho torturarse la atención no halló en la franca

cordialidad de sus relaciones nada que rebasara los límites de una buena

amistad. Desde que Berlanga apadrinó á Manolín, el platero y Rafaela,

cediendo á requerimientos del mismo Amadeo, habían acordado tutearse;

pero aquel tuteo fraternal, justificado por los tres años que llevaban

unidos, no parecía envolver ningún secreto pecaminoso. No obstante, los

celos de Zureda iban en aumento, agarrándose á todos los pretextos,

sirviéndose hasta de lo más nimio para medrar y embeber vampirescos

todos los pensamientos del maquinista. Era un sentimiento que crecía en

Zureda por la obsesión que le causaba la visión constante de la afrenta

sospechada, como por obsesión nació en Manolo Berlanga su amor á

Rafaela.

Convencióse al cabo Amadeo de que sus facultades de espía eran muy

cortas; faltábanle la astucia, el disimulo, y ese instinto de

adivinación, especie de doble vista, que permite llegar rápida y

derechamente al fondo de las cosas. Dado su caracter rudo, refractario á

toda suerte de taimerías diplomáticas, mejor era abordar la cuestión

cara á cara. Una vez adoptada esta resolución, sintió encalmarse sus

inquietudes y derramarse por su interior una emoción sedante de paz. El

maquinista pasó el día leyendo tranquilamente, aguardando á que la noche

llegase. Rafaela cosía en el comedor, con Manolín dormido sobre el

regazo. Media hora antes de cenar, Zureda llegóse de puntillas á la

alcoba, y de la mesita de noche sacó el recio cuchillo de monte, con

mango de asta, que llevaba consigo en todos sus viajes. Después calóse

una boina, enlazóse al cuello una bufanda porque hacía frío, y en la

oquedad del corredor, sus recias pisadas, que en aquel momento parecían

llevar consigo algo fatal, resonaron seguras.

Un poco sorprendida, Rafaela preguntó:

--¿No cenas aquí?...

--Sí--repuso él--; voy á estirar un poco las piernas; vuelvo enseguida.

Besó á su mujer, besó á Manolín, despidiéndose de ellos mentalmente, y

salió.

En la taberna del señor Tomás halló á Manolo Berlanga jugando al tute

con varios amigos. El platero estaba borracho, y su voz, de timbre

impertinente y desafiador, se imponía á las demás. Lentamente, con aire

descuidado y taciturno, el maquinista se acercó al grupo.

--Señores, salud.

Al pronto nadie le contestó, que todos pendientes andaban del travieso

ir y venir de los naipes. Acabada la partida, uno de los jugadores

exclamó:

--¡Hola, Amadeo... no te había visto!... A los que vi ayer fueron á tu

mujer y á tu chico; el muchacho muy hermoso está, y su madre muy guapa,

¡vaya!... No lo digo porque estés delante. ¡Bien se echa de ver que

ganas mucho y que en tu mujer lo gastas!

--Y si no lo hiciera así--interrumpió Berlanga, ofreciendo á su compadre

un vaso de vino--no faltaría quien lo hiciese; ¿verdad, tú, Amadeo...?

Zureda, impasible, apuró el vaso de un trago. Después pidió, para los

allí reunidos, un frasco de vino.

--Te desafío--exclamó dirigiéndose á Berlanga--á una partida de mus.

Antolín será mi compañero.

El platero aceptó.

--Vamos allá.

Los cuatro hombres se instalaron alrededor de la mesa, y la partida

empezó.

--Envido.

--Paso...

--Tengo.

--No.

--Yo, sí.

--Envido también.

--No quiero...

De cuando en cuando los jugadores interrumpían su faena para beber, y

algunas jugadas atrevidas eran festejadas con grandes risas.

--¿Quien da?...

--Yo.

De repente Amadeo Zureda, que buscaba un pretexto para reñir con su

compadre, hizo una trampa que le permitía ganar un envite. Manolo

Berlanga sorprendió la operación, y muy excitado tiró los naipes al

suelo.

--¡Eso no se hace!--gritó--, y por muy parientes que seamos no te lo

consiento.

Todos los jugadores apoyaron airados la actitud del platero.

--¡No, señor, no... eso no se hace!--repetían.

Tranquilamente, Amadeo Zureda repuso:

--¿Qué he hecho yo?

--Tirar esta carta, el cinco de bastos--repuso Berlanga--, y coger un

rey, que necesitabas. Ni más ni menos... ¡Y eso es robar!...

Al furioso insulto del platero apresurose el maquinista á replicar con

una bofetada; engarfiñáronse como gatos los dos hombres, y la mesa y las

sillas rodaron por el suelo. Acudió diligente el señor Tomás, y entre él

y los otros jugadores lograron separarles. Al salir á la calle, y

aprovechando el tumulto de los curiosos que el fragor de la lucha había

reunido como por ensalmo, delante de la taberna, Amadeo murmuró al oído

de su compadre:

--Te espero frente á San Antonio de la Florida.

--Está bien.

Momentos después, y en el sitio indicado, volvieron á reunirse.

--Vámonos adonde nadie nos vea--dijo el maquinista.

--Vamos adonde gustes--repuso Berlanga--; tú guías.

Cruzaron el río y llegaron á los campillos de la Fuente de la Teja.

Allí, bajo los árboles, las sombras del crepúsculo eran más densas. En

un lugar que juzgaron propicio, los dos hombres se detuvieron. Zureda

miró á su alrededor, y sus ojos, acostumbrados á registrar el horizonte

de los caminos, parecieron tranquilizarse. Estaban solos.

--Te he traído tan lejos--empezó diciendo el maquinista--para matarte ó

para que me mates tú.

Berlanga, que había bebido mucho y tenía el vino bravo, miraba á su

interlocutor de hito en hito, las manos metidas en los bolsillos de su

pelliza, fruncido el ceño, el mento levantado y retador. Acababa de

adivinar lo que iban á preguntarle, y la idea de ser sometido á un

interrogatorio sublevó su orgullo.

--Me parece--exclamó jaquetón--que vamos á tener que hablar poco.

Y seguidamente, cual si leyese en la frente de Zureda, agregó:

--A ti te han dicho que yo tengo relaciones con Rafaela... y quieres

saber la verdad.

--Sí--repuso Amadeo.

--Pues no te han engañado; ¿á qué andar con mentiras?... Es verdad.

Calló y observó á Zureda, cuyos ojos en aquel momento, de grandes y

negros que eran, habíanse tornado, por milagro de la ira, en pequeños y

rojos. Ninguno de los dos hombres habló más, ni hacía falta, pues que

las palabras que iban á precipitar al uno contra el otro estaban dichas.

Zureda retrocedió algunos pasos y desnudó su cuchillo; el platero

desdobló una navaja. Se acometieron; fué una lucha ancestral, un cuerpo

á cuerpo bárbaro, silencioso, en el que Manuel Berlanga quedó muerto.

Cayó de espaldas, lívido el rostro, la boca torcida por una mueca

inolvidable de odio y de dolor.

El maquinista se alejó á buen paso, y ya repasaba el puente, cuando una

mujer que iba siguiéndole á corta distancia empezó á gritar.

--¡Prender á ése, prender á ése, que ha matado á un hombre!

Una pareja de guardias civiles estacionada allí, á la puerta de un

ventorro, detuvo á Zureda, que se dejó coger y atar sin resistencia.

Rafaela fué á verle á la cárcel, y el maquinista, por amor á ella y á su

hijo, la recibió cariñosamente, asegurándola que había reñido con

Berlanga por una cuestión de juego. Catorce ó quince meses después, ante

el tribunal, declaró lo mismo: estaban jugando al mus y él, por embromar

á sus amigos, tiró una de las cartas que tenía en la mano y cogió otra;

reprochóle Berlanga la suciedad de su acción, trabáronse de palabras y

quedaron desafiados para después...

Así habló Amadeo Zureda, en su caballeresco empeño de no echar sobre la

reputación de la mujer que adoraba ni aún la más leve sombra. ¿Quién

hubiera podido comportarse más noblemente que él lo hizo?... El fiscal

pronunció un informe abrumador, implacable. El Jurado condenó á Amadeo

Zureda á veinte años de presidio.

V

Empujada por la miseria, que llegó pronto, Rafaela hubo de trasladarse á

un pueblecito de Castilla, donde tenía parientes. Eran gentes pobres,

que laboraban la tierra y defendían la vida trabajosamente. La joven,

para justificar su llegada, inventó una historia: dijo que Amadeo, á

consecuencia de un disgusto que tuvo con sus jefes, fué despedido de la

estación y había emigrado á la Argentina, porque le aseguraron que allí

los maquinistas ganaban buenos sueldos. Ella, entonces, determinó salir

de Madrid, donde las casas y los alimentos eran muy costosos. Concluyó

juiciosamente:

--Cuando Amadeo me escriba diciéndome que está colocado, iré á reunirme

con él.

Sus deudos la creyeron y apiadados la buscaron trabajo. Diariamente, con

las primeras claridades mañaneras, Rafaela iba á lavar al río, distante

medio kilómetro del pueblecito. Así, lavando y planchando, unas veces, y

otras recogiendo en el campo leña que luego vendía, á fuerza de tesón

llegó Rafaela á obtener un jornal de cuatro á cinco reales.

Transcurrieron dos años. Los vecinos del lugar habían sabido por el

peatón, encargado de repartir la correspondencia, que los sobres de

todas las cartas que Rafaela recibía iban escritos por la misma mano y

llevaban el sello de la administración de Correos de Ceuta. Esta noticia

alarmó al vecindario y suscitó habladurías, que la joven cortó

discretamente confesando la verdad: Amadeo Zureda estaba en presidio, le

había llevado allí una cuestión de juego. Y al hablar así adoptaba la

actitud resignada, humilde, de la mujer modelo que, no obstante haber

sufrido mucho, perdona al hombre adorado cuanto daño la hizo. Era una

desventurada; el pueblo, chismoso y compasivo, la perdonó.

Combatida por el tiempo y los disgustos, la antigua belleza, picante y

menuda, de Rafaela fué marchitándose rápidamente: el sol quemó su piel;

el polvo de los caminos ensució sus cabellos, antes tan limpios y

undosos; el trabajo deformó y endureció sus manos, en otro tiempo mejor

ociosas y pulidas. Había perdido la costumbre de llevar corsé, y esto

aceleró la ruina de su cuerpo. Lentamente los senos se desmayaban, el

vientre crecía, el talle adquiría redondeces pesadas. También sus

trajes, uno á uno, fueron rompiéndose; las enaguas, las medias, los

majos zapatitos de charol, comprados en días de bonanza, desaparecieron

en triste desfile; Rafaela, que había perdido el prurito de coquetear,

se abandonaba á la miseria y llegó á ir por las calles del villorrio con

los pies desnudos.

Esta desorientación de la voluntad coincidía con una grave flaqueza ó

emborronamiento de memoria. La pobre mujer iba olvidándose de todo, y

los recuerdos que aún guardaba hallábanse tan deshilvanados y sin

relieve, que no bastaban á sugerirla ninguna emoción punzadora. Ella no

había querido nunca á Berlanga; tuvo por él, al conocerle, un capricho,

una pasioncilla irrazonada; pero esta divagación amorosa declinó en

seguida, y si continuó en ella fué debido á ociosidad espiritual y por

miedo al platero, que era celoso y la golpeaba mucho. Así, su trágica

muerte, lejos de causarla dolor, la produjo una sorpresa agradable,

sedante, de liberación y descanso. El calvario de Zureda y su reclusión

entre paredes de presidio, si la hirió hondamente, no fué en su

distraído amor al maquinista, sino en el ritmo confortable y orondo de

su vida; porque el destierro de Amadeo representó para ella la miseria,

el derrumbamiento irreparable del porvenir. Al otro lado de aquella

crisis que deshizo su hogar, Rafaela, sin advertirlo, estaba vieja,

desmemoriada, abúlica; los intensos sacudimientos dramáticos que sufrió

en poco tiempo habían aniquilado su espíritu vulgar; no sufría

remordimientos, no tenía noción exacta de si su conducta pretérita fué

mala ó buena, cual si su conciencia se hubiese desleído en un estupor

imbécil. Unicamente persistía en ella el instinto maternal de vivir y

trabajar para que Manolín viviese también.

Algunos días, sin embargo, la infeliz experimentaba un hondo y aheleado

revertimiento de recuerdos, una epifanía ponzoñosa de negras memorias,

que trepaban sofocadoras á su garganta. Ello ocurría generalmente á

orillas del río, mientras lavaba, en el recogimiento espiritual de un

trabajo monótono, puramente mecánico. Sus ojos entonces llenábanse de

lágrimas, que rodaban lentas por sus mejillas, y caían sobre sus manos,

enrojecidas por el duro trajín de la faena y la caricia fría del agua. A

su alrededor, otras lavanderas, que observaban su pena, cuchicheaban.

--¿Ves cómo llora?

--¡Pobre mujer!

--¿Pobre?... Sí, sí... Ella lo quiso... Y el destino, que es justo

siempre, le da á cada cual lo que merece. ¿Por qué no miró mejor con

quién se casaba?

De cuando en cuando, al fondo del valle, que cerraba por aquella parte

una línea ondulante de montañas azules, pasaba un tren y su silbido

estridente, agrandado y repetido aquí y allá por los ecos, rompía el

silencio de la llanura. Algunas lavanderas, las más jóvenes, se

incorporaban y sentadas sobre sus talones seguían con los ojos la marcha

rauda del convoy, y en sus pupilas había una melancolía de ensueño, una

visión de ciudades lejanas no vistas. Pero Rafaela nunca levantó la

cabeza para mirar aquellos trenes, cuyo grito desgarraba sus oídos con

el timbre de una voz familiar, y proseguía lavando, mientras sus ojos,

bañados en lágrimas, devoraban el misterio de olvido de las aguas

filantes.

A pesar de la gran postración física y moral de la pobre mujer, no faltó

quien pusiera en ella su pensamiento. Se atrevió á tanto un individuo,

de oficio zapatero, llamado Benjamín. Pasaba ya de los cincuenta años,

era viudo y tenía dos hijos al servicio del rey.

Los negocios del señor Benjamín marchaban medianamente; que ni todos los

vecinos del pueblo iban calzados, ni los que usaban zapatos sentían

mucha necesidad de llevarlos nuevos y bonitos. Rafaela le lavaba y

repasaba la ropa, y le planchaba una camisa para los días disantos. De

estos pequeños servicios, modestamente, pero también puntualmente

pagados, nació la amistad de entrambos. Y este afecto, apacible y

desinteresado al principio, fué creciendo hasta quemar el corazón del

zapatero con fuego de amor.

--Si usted quisiera--solía decir á Rafaela el señor Benjamín--podíamos

llegar á un acuerdo. Usted está sola, yo también... ¿por qué no unirnos?

Ella sonreía, con ese desencanto de las almas que la vida, poco á poco,

desnudó de ilusiones.

--Usted está loco, señor Benjamín.

--¿Por qué?

--Porque sí...

--A ver, explíquese usted: ¿por qué estoy yo loco?...

Rafaela, que no quería enojarle, porque de hacerlo era un parroquiano

que perdía, contestaba evasivamente:

--Yo estoy ya muy vieja.

--Para mí, no.

--Soy fea.

--Eso es cuestión de gustos. A mí, por ejemplo, me agrada usted mucho.

--Gracias. Además, ¿qué diría el pueblo cuando lo supiese? ¿Y nuestros

hijos, señor Benjamín, qué pensarían de nosotros?...

--Es que hay mil medios de cubrir las apariencias; usted quiérame, que

yo me ocupo de lo demás.

Rafaela prometió meditar el asunto, y todas las tardes, cuando volvía

del trabajo, el señor Benjamín la preguntaba chancero, desde su portal.

--¿Y eso, vecina?

--Con ello estoy--contestaba riendo.

--Parece que la cuestión es dificililla...

--¡Y tanto!

--Pero ¿se arregla?

--¡Qué sé yo, señor Benjamín! Unas veces parece que sí... otras parece

que no... ¡Al tiempo!...

Pero el alma de Rafaela estaba muerta; nada reverdecería sus ilusiones.

El zapatero, tras muchos esfuerzos, hubo de renunciar á ella, y cuando

la veía pasar suspiraba, grotesco y romántico.

Todos los días primeros de mes, Rafaela escribía á Zureda una carta de

cuatro carillas, donde le refería los pequeños incidentes de su vivir

manso y aburrido. Por estas cartas, escritas en hojas de papel

comercial, conocía el presidiario los rápidos progresos físicos de

Manolín, que á la sazón contaba doce años: era pendenciero, rebelde,

desaplicado, hasta el extremo de andar todavía en palotes. De su afición

á las pedreas no había que hablar; un día, por haber descalabrado

gravemente á otro muchacho de su edad, la guardia civil puso mano en él,

y á faltar la diligente y paternal intervención del cura, duerme en la

cárcel. La madre terminaba siempre los párrafos en que describía las

ariscas bisoñadas de Manolín con esta frase: «Te aseguro que no puedo

domarle...» Era una afirmación de cansancio que parecía embozar una

amenaza y una profecía.

En una carta decía el presidiario:

«El último indulto, del que no sé si tendrás noticia por los periódicos,

ha liberado á muchos compañeros. Yo no he tenido tanta suerte. De todos

modos, me han perdonado cinco años. Así, pues, ya no son más que seis

los años que nos separan.»

Periódicamente las cartas de Rafaela y las del prisionero en Ceuta iban

y venían. Finaron otros dos años.

Pero la fatalidad aún no se había cansado de patear sobre los hombros

honrados de Amadeo Zureda.

«Perdona, Rafaela querida--escribía el recluso--, el nuevo disgusto que

voy á causarte; mas por la vida de nuestro hijo te juro que no he

podido evitar la desgracia que, inopinadamente, y nadie sabe por cuánto

tiempo, va á prolongar nuestra separación.

»Como supondrás, entre la gentuza que, procedente de todas las cárceles

de España, llega aquí, vienen pocos santos. Yo, aunque obligado á vivir

entre ellos, comprendo que no son mis iguales, y por lo mismo procuro

mantenerme aislado y no intervenir ni en sus chacotas ni en sus

pendencias. Es el caso que, á fines de la pasada semana, vino aquí un

guapo de oficio, andaluz, condenado á doce años de trena por haber

matado á un hombre y herido malamente á otro. El tal, apenas me vió,

pensó que yo era un manso con quien podía lucirse, y no perdía ocasión

de embromarme. Yo callaba y, para no chocar con él, le volvía la

espalda.

»Ayer, á la hora del rancho, empezó á buscarme camorra; otros reclusos,

le animaban con sus risas.

--»Oye, Amadeo--me dijo--, ¿por qué te han traído aquí?

»Yo repuse, mirándole bien á los ojos:

--»Por haber matado á un hombre.

--»¿Y por qué le mataste?--insistió.

»No le contesté, y él entonces agregó algo muy feo, muy grosero, que no

quiero repetir. Bástete saber que en lo que dijo iba envuelto tu nombre.

Y, por ser así, fué lo último que sus labios dijeron. Saqué mi

cuchillo--ya sabes que, á pesar de lo mucho que nos vigilan y registran,

todos vamos armados--y le grité:

--»Defiéndete, porque voy á matarte.

»Reñimos, en efecto, y reñimos bien, porque el mozo era bravo; pero de

nada le sirvió su bravura, y allí dejó la vida.

»Perdóname, Rafaela de mi alma, y haz que nuestro hijo me perdone

también. Esto empeora mi situación, pues ahora volverán á juzgarme é

ignoro el castigo que me impondrán. Reconozco que matando á ese hombre

hice mal, pero de no hacerlo me hubiese matado él á mí, lo que habría

sido para todos nosotros mucho peor.»

Meses después escribía Zureda:

«En estos días se ha visto mi causa. Afortunadamente, todos los testigos

declararon en favor mío, lo que, unido al buen concepto que mis jefes

tienen de mí, ha mejorado mucho mi situación. El informe fiscal fué

terrible, pero de eso no hay que hacer caso. Mañana conoceré la

sentencia.»

Todas las cartas de Amadeo Zureda eran así: nobles, tranquilas, como

dictadas por la más estoica resignación. Nunca deslizó en ellas nada que

recordase á Rafaela su delito; en aquellas páginas, repletas de una

escritura igual y vigorosa, no había reproches, ni abatimientos, ni

impaciencias desesperadas. Eran el reflejo admirable de una voluntad

férrea á quien la desgracia, madre excelentísima de todo saber, enseñó

el difícil secreto de esperar.

La cita: novelas · 第 31 / 34 题