Manolín iba á cumplir tres años; era monísimo, charlador, simpático. En
su carita carnosilla y blanca, más blanca por su contraste con el negro
entero de los cabellos, fraternizaban rasgos fisonómicos de distintas
personas: la traviesa nariz y la línea pícara de los labios pertenecían
á su madre; de su padre, sin duda, heredó el frontal pensativo y la
recia anatomía de los maxilares; y también recordaba á su padrino en la
complexión ágil del cuerpo y en el modo que, al andar, tenía de echar
los pies. Como si el astuto chiquillo, para granjearse en seguida el
cariño de todos, hubiera puesto voluntad en parecerse á cuantas personas
estuvieron más cerca de él en la pila bautismal.
Zureda adoraba en Manolín, reía todas sus gracias, pasaba horas echado
sobre las losas del pasillo, jugando con él; Manolín le tiraba de la
corbata y del bigote, le aporreaba, le rompía el cristal del reloj; el
maquinista no se enfadada, al contrario, le quería más, cual si toda su
alma ruda y noble se deshiciese en amor. Una tarde Rafaela fué á
despedir á Amadeo, que salía en el expreso de las siete y cinco; llevaba
al niño en brazos. Desde el tándem, Pedro, el fogonero, hacía reir á la
madre y al niño con estrafalarios visajes.
--¡La cara del dolor de muelas!... ¡La cara del dolor de
estómago!...--decía.
Vibraron una campana y el silbato tremolante del jefe de estación.
--¡Dame á Manolo!--gritó Zureda.
Quería besarle. El chiquillo extendió hacia su padre los bracitos.
--¡Llévame, llévame!...--tartamudeaba su lengüecilla débil, llena de
mimo y de gracia.
¡Pobre Zureda! En aquel momento la idea de separarse del niño le partía
el corazón; no podía dejarle, no podía... Inconscientemente, mientras
con una mano apretujaba contra su pecho á Manolín, con la otra oprimió
la manivela de marcha y partió el tren. Rafaela, asustada, corría por el
andén, gritando:
--¡Dámele, dámele!...
Pero ya, aunque Zureda hubiese querido devolvérselo, no hubiera podido.
Rafaela corrió hasta el límite del andén; allí se detuvo. Desde la
negrura del coche-carbonera, Pedro reía y gesticulaba diciéndola adiós.
La joven volvió á su casa llorando. Manolo Berlanga acababa de llegar;
había bebido y estaba de mal humor.
--¿Qué sucede?--dijo.
Hipando, sin consuelo, Rafaela refirió lo ocurrido.
--¿Y eso es todo?--interrumpió el platero--; ¡pareces idiota!... Si se
han ido, tanto mejor; así nos dejarán en paz un poco; ¡mira si no
volviesen!...
Pidió la cena imperativo.
--Bueno--dijo--, haz el favor de no moquear más y de darme de comer, que
tengo prisa.
Rafaela se puso á encender el fuego; entretanto, no cesaba de llorar ni
de hablar; su pena y su rabia se derretían en un monólogo interminable.
--Hijo de mi alma, ¿á usted le parece?... ¿Llevárle por ahí, para que el
angelito coja una pulmonía?... ¡Pero qué hombre tan estúpido, pero qué
estúpido, qué estúpido!... Luego dicen: si cuando las mujeres somos como
somos no es sin motivo. ¡Hijo de mi alma! Si no quiero acordarme del
frío que el pobrecito va á pasar esta noche... ¡Hijo mío, sangre mía,
corazón de su madre, corazón chiquito de su madre!...
Sus manos coléricas tropezaron la botella del aceite, que cayó del fogón
al suelo, saltando en pedazos; con lo cual la furia de Rafaela llegó al
paroxismo.
--¡Maldita sea mi alma, que no sé lo que hago!... Ese tío, ese lechón de
marido... el demonio quiera que no vuelva á verle... ¿Y ahora cómo voy á
guisar?... Tendré que ir á la tienda. Mira si mi madre no me hubiese
parido, qué bien estaríamos todos... ¡pero qué bien!...
Cansado de oirla, el platero entró en la cocina, el paso lento, los
puños apretados dentro de los bolsillos de la pelliza, la cara fosca:
--¿Es que piensas pasarte la noche hablando?--dijo.
--La pasaré como me dé la gana; ¿qué te ha parecido?
--Que ya estás callando--gritó Berlanga--ó te rompo la boca.
No pudo reprimir su cólera, y uniendo la villana acción á la torpe
amenaza, descargó varios puñetazos sobre la cabeza de su querida.
Rafaela dejó de llorar y por entre sus dientes apretados los insultos
más groseros pasaron sibilantes.
--¡Chulo... cabrón... con mujeres te atreverás tú!... ¡Cobarde...
marica... si no tienes de hombre mas que la figura!
Y él barbotaba:
--Toma... toma, cochina...
La repugnante escena duró largo rato; Rafaela, acobardada y con la nariz
y los labios bañados en sangre, cesó de hablar; en el silencio de la
cocina resonaban confusamente los puntapiés desatentados con que el
platero magullaba á su víctima contra un rincón. Realizada su triste
hazaña, Manuel Berlanga se marchó y no volvió hasta la madrugada. Entró
en su cuarto y se acostó á obscuras, pesaroso de su mala acción. Trató
de consolarse: al cabo, la culpa de lo ocurrido no era completamente
suya; las intemperancias de Rafaela y el vino hicieron más de la mitad;
los hombres, cuando beben, se convierten en brutos...
La joven se había retirado á su dormitorio; á intervalos Berlanga la oía
suspirar, con esos suspiros largos y entrecortados que tiene el sueño de
los niños que se durmieron llorando.
El platero gritó:
--Rafaela...
A su voz respondió el silencio; transcurrieron algunos minutos. El
platero repitió su llamamiento, y aquel nombre, entre sus labios,
parecía un mandato:
--¡Rafaela!
Aún hubo de llamarla otras dos veces. Al fin, como en un gruñido, la
joven respondió:
--¿Qué quieres?...
El platero sonrió ufano; aquella pregunta equivalía á un perdón; el
momento dulce de la reconciliación estaba cerca.
--Ven--dijo.
Hubo otra pausa, durante la cual las voluntades de los dos amantes
debieron de tropezarse y batallar, con extraños magnetismos, en la
quietud de la casa obscura.
--¡Ven, niña!--repitió el platero suavizando la voz.
Y pasado un momento:
--¿No quieres venir?...
Transcurrió otro minuto; que todas las mujeres, aun las más indoctas y
sencillas, poseen á la perfección el secreto hechicero de saber hacerse
esperar. Después Berlanga oyó los pies desnudos de Rafaela deslizarse á
lo largo del tránsito. La joven llegó á la alcoba del platero, y en las
tinieblas sus manos exploradoras tropezaron con las que Manuel extendía
para recibirla.
--¿Qué necesitas?--preguntó rencorosa y humilde.
--Acuéstate.
Ella obedeció. Sonaron muchos besos, dados por él, y luego la voz de
Berlanga que preguntaba dominador y mimoso:
--¿Vas á ser buena?...
Amadeo Zureda regresó dos días después; venía satisfechísimo; Manolín,
durante el viaje, habíase portado como un hombrecito; no lloró, comió
cuanto le dieron y durmió con sueño de marmota sobre los carbones del
tándem. Al besar á su mujer, el maquinista advirtió que ésta tenía en la
frente una mancha violácea.
--Esto es un golpe--dijo--; ¿has reñido con alguien?
Ella vaciló.
--No, hombre; ¿con quién iba á reñir... y menos á pegarme?... Es que la
misma noche en que te fuiste, la botella del aceite, que estaba en un
vasar, se cayó al ir yo á cogerla y me dió aquí.
--¿Y este arañazo?
--¿Cuál?... ¡Ah, sí, el del labio!... Me lo hice con un alfiler.
--¡Qué atrocidad! ¡Chiquilla, ten cuidado!...
El maquinista no vió cómo Manolo Berlanga, allí presente, se mordía el
bigote para disimular una risa infame; el pobre hombre no sospechó nada,
estaba ciego; aunque no hubiese querido á Rafaela, su amor á Manolín
bastaba á taparle los ojos.