II

Dos años de matrimonio bastan para envejecer á un hombre dócil; ó lo que

es igual: para infundirle esas ideas trascendentes de previsión, quietud

y economía, que siembra en las voluntades pacíficas el miedo al mañana.

Cierta noche, hallándose convaleciente todavía de un enfriamiento que le

tuvo encamado varias semanas, Amadeo Zureda habló seriamente á Rafaela

del porvenir. Sobre la limpieza de las almohadas reposaba su cabeza

bronceña, de pómulos angulosos y enérgico perfil, y en la grave

serenidad de la frente, el surco vertical de la reflexión parecía más

hondo. Su mujer, sentada al borde del lecho, le escuchaba atenta, una

pierna sobre otra, y sujetando la rodilla cabalgadora entre sus manos

cruzadas. El discurso del maquinista iba devanándose lentamente: la vida

vale muy poco, pues la desgracia nos cerca y sabe herirnos de infinitos

modos; hoy es una ráfaga de aire frío, mañana una congestión, ó una

angina, ó un cáncer, los que la muerte utiliza como vehículos para

llegar á nosotros; la tierra en donde todos, tarde ó temprano, iremos á

dar, se abre á nuestro alrededor como una enorme fauce, y en esta fiera

y rapidísima hecatombe universal nadie puede asegurar que asistirá al

orto y al ocaso del mismo día...

--A mí no me asusta el trabajo, ya lo sabes--prosiguió Zureda--; pero

las máquinas son de hierro y al cabo se usan y fatigan de andar; así los

hombres... y cuando eso me suceda á mí, que ha de sucederme, ¿qué será

de nosotros?...

Rafaela movía la cabeza con sosiego; ella no participaba de los temores

de su marido; á Amadeo, su enfermedad le volvía pesimista y medroso.

--Creo que exageras--dijo--; la vejez está muy lejos; además, lo

probable es que no tengamos hijos.

Zureda hizo un gesto negativo.

--No importa--replicó--; los hijos podrán no venir, pero ¿y si

viniesen?... En cuanto á que la vejez tarde en llegar, te equivocas; hoy

mismo, ¿crees que yo tengo la agilidad, el vigor y aquella misma alegría

con que á los veinticinco años iba al trabajo?... ¡Quia! La vejez se

acerca, y aprisa. Por eso repito que es necesario ahorrar. Así,

transcurrido algún tiempo, cuando yo no pueda gobernar las máquinas,

abriré un taller de mecánica; y si muriese de pronto, pero dejándote

quince ó veinte mil pesetillas, fácil te será establecer en sitio

céntrico un buen obrador de lavado y planchado, que es de lo que

entiendes.

Aún añadió Zureda á lo expuesto otras varias razones, todas bien

aplomadas y discretas, con las cuales la joven se dió por convencida. Al

hablar así el maquinista, ya tenía trazado un plan. Entre las personas

que durante su enfermedad fueron á visitarle estaba Manolo Berlanga,

unido á él por lazos de amistad fraternal. Berlanga trabajaba en una

platería del Paseo de San Vicente; no tenía parientes y ganaba bastante.

Reiteradas veces el platero había manifestado á Zureda sus deseos de

hallar una casa honrada donde vivir recogidamente y en familia mediante

un pupilaje de cuatro ó cinco pesetas.

--Supongamos--continuó Amadeo--que Manolo nos diese cinco pesetas; son

treinta duros mensuales; es así que la casa cuesta ocho, pues nos quedan

veintidós duros, con los cuales, y algunos más que yo ponga, podemos

comer todos perfectamente.

Rafaela asintió, interesada por las emociones que aparejaría aquel nuevo

vivir. El platero era un boquiverde joven y simpático, que charlaba

mucho y tocaba la guitarra muy bien.

--Como haber sitio para él, sí que lo hay--repuso--; ¿qué habitación le

daríamos?

--La alcobita del comedor.

--En ella pensaba yo ahora mismo; pero es muy pequeña y no tiene luz...

Zureda se encogió de hombros.

--¡Para dormir--exclamó--buena es!... Si se tratase de una mujer, el

asunto varía, pero los hombres en cualquiera parte nos acomodamos.

Al día siguiente, y por encargo del maquinista, Rafaela escribió á

Berlanga rogándole fuera á verle. El platero acudió á la cita puntual.

Representaba veintiocho años: vestía limpio pantalón de pana muy ceñido

de caderas y bien abotinado, y pelliza de color obscuro con cuello y

bocamangas de astracán. Era de mediana estatura y sobrio de carnes;

tenía el semblante pálido, el ademán inquieto, la conversación jacaresca

y abundante. Rafaela buscó un pretexto para marcharse de la habitación,

y los dos hombres pudieron charlar libremente y ponerse de acuerdo.

--Tratándose de vosotros--dijo Berlanga--, yo doy cinco pesetas muy á

gusto por mi hospedaje, y más, si es preciso.

--Gracias--repuso Zureda--; no se trata de comerciar contigo; sí de que

todos nos ayudemos mutuamente como buenos hermanos.

Aquella noche, después de cenar, Rafaela sacó de la alcobita del comedor

los muebles inútiles que allí había, y la barrió y fregó cuidadosamente.

Al día siguiente madrugó para comprar en una prendería vecina una cama

de hierro con su somier y un colchón de lana, que luego armó y equipó

esmeradamente, hasta dejarla muy mullida y pomposa. Completaron el

mobiliario de la habitación dos sillas, un lavamanos de hierro y una

mesita enmajada por un tapetillo de bayeta verde. Seguidamente la joven

se vistió y peinó para recibir al huésped, quien llegó á media tarde con

su equipaje: consistía éste en un maletín donde el platero guardaba las

herramientas de su oficio, un baúl y un barrilito lleno de cierto

vinillo añejo que, según declaró Berlanga después de cenar, entre el

regocijo expansivo del café y del cigarro puro con que Zureda le

obsequió, se lo había regalado una tabernera amiga suya...

Transcurrieron varios días, que fueron para el maquinista y su mujer de

desusado regocijo, pues el platero era hombre de alegres iniciativas y

muy aficionado á levantar su vaso, con lo cual su conversación,

habitualmente fértil, adquiría colorido hiperbólico y andaluzas

exuberancias. De sobremesa, todos los donaires chulescos de Berlanga

suscitaban en Amadeo sonoras explosiones de hilaridad; al reir, Zureda

apoyaba su dorso macizo contra el respaldo de su silla, y á intervalos,

como para subrayar los borbollones de su risa, descargaba sobre la mesa

recios puñetazos. Después emitía su opinión lentamente, y si necesitaba

aconsejar á Berlanga lo hacía por estilo paternal, bonachón y paciente.

Ya completamente restablecido, Amadeo volvió al trabajo. Aquella mañana,

al despedirse de su mujer, ésta le preguntó:

--¿Que máquina llevas?

--«La Negra».

--¡Qué casualidad!... Veremos si te sucede algo malo.

--¡Bah! ¿Por qué? La conozco bien.

Abrazó á Rafaela, oprimiéndola cariñosamente contra su pechazo bravo y

noble. De pronto una ocurrencia insana, cruelmente grotesca, azotó su

espíritu: aquella noche él la pasaría despierto y á la intemperie, sobre

el tándem del tren, mientras allá en Madrid, bajo el mismo techo que su

mujer, iba á dormir otro hombre. Pero esta desconfianza bastarda duró un

segundo apenas; el maquinista pensó que Berlanga, aunque bullanguero y

disipado, era, en el fondo, un amigo fraternal incapaz de acometer tan

fea traición. Rafaela acompañó á su marido hasta la escalera y allí

tornaron á enfervorizarse recíprocamente con los calientes besuqueos y

apretujones de la despedida. Al recomendarle que se abrigara bien y se

acordase de ella mucho, los ojos negros de la muchacha arrasáronse en

lágrimas.

--¡Qué buena es!--murmuró Zureda.

Y en su ingenua nobleza, acordándose del venenoso pensamiento que

momentos antes le acometiera, tuvo vergüenza de sí mismo.

La vida de Manuel Berlanga era harto desigual; le gustaban las mujeres y

el vino, y muchas noches, allá de madrugada, volvía á su casa en estado

de completa embriaguez. Esto ocurrió siempre durante las ausencias de

Zureda. A la mañana siguiente el platero se despertaba despejado y

acudía contrito á la cocina, donde Rafaela preparaba el desayuno.

--¿Está usted enfadada conmigo?

Ella le reconvenía maternalmente y le aconsejaba formalidad; él tomaba

el lance á risa.

--¡Déjeme usted en paz!--decía--; no me gusta la formalidad; es una de

tantas antipatías que echa sobre nosotros el matrimonio. ¿No tiene usted

bastante seriedad con la de Amadeo?

En los hombres, el amor no es muchas veces más que la obsesión carnal

que les produce la visión reiterada y constante de una misma mujer. En

cada risa, en cada actitud de la mujer que anda á su alrededor, hay una

gracia que al principio resbala inadvertida, y luego, en virtud de un

fenómeno que pudiera denominarse de «acumulación», se acentúa y afirma

hasta surgir inopinadamente envolvente y conquistadora.

Una mañana Manolo Berlanga se hallaba en el comedor desayunándose para

marcharse á su taller; Rafaela, de espaldas á él, fregaba el suelo del

pasillo.

--¡Cómo se trabaja, comadre!--exclamó el platero festivamente.

Ella respondió á la observación con una carcajada argentina y prosiguió

su faena; unas veces recogida sobre sí misma, casi sentada sobre los

talones, otras con el busto extendido hacia adelante, en una actitud

violenta que deprimía la fragilidad anillada de la cintura y soplaba la

turgencia de las posaderas movedizas. En aquella escena, muchas veces

repetida, el platero no había reparado hasta entonces; pero apenas

experimentó su poder sensual cuando alumbró en él la llama de un deseo.

--¡Es guapa!--pensó.

Y continuó mirándola, repasando en su viciosa imaginación las

perfecciones de aquella flor de carne, vibrante y mollar. Su

ensimismamiento se prolongaba. De pronto, con la brusquedad de un mal

humor, se levantó.

--Hasta luego--dijo.

En la escalera saludó á un vecino y encendió un cigarro. Al llegar al

portal ya no se acordaba de Rafaela. Pero su deseo reapareció más tarde,

á la hora de almorzar, mientras observaba disimuladamente los antebrazos

desnudos de la joven. Eran éstos robustos y bien torneados, y la carne

se apelotonaba exuberante bajo la tela de las mangas recogidas sobre el

codo.

--Hoy no se ha peinado usted--dijo Berlanga.

Ella repuso riendo con esa franqueza voluptuosa de las mujeres que

poseen una dentadura bonita:

--Tiene usted razón; en todo ha de reparar usted; es que no he tenido

tiempo.

--No la importe--contestó el platero galante--; así, despeinadas y al

aire los brazos, es como las mujeres guapas están mejor.

--¿Habla usted con franqueza?

--Con absoluta franqueza.

--Entonces tiene usted temperamento ó madera de hombre casado.

--¿Yo?

--Sí.

--¿Por qué?

Volvió á reir, gozosa y coqueta.

--Porque ya sabe usted que, generalmente, y para descrédito del

matrimonio, las mujeres casadas, tratándose de sus maridos, se preocupan

poco de mostrarse bonitas.

Continuaron charlando, y á través de la conversación intencionada y

picaresca asomaba la recíproca simpatía que sigilosamente iba

arrobándoles la voluntad. Ella detuvo los ojos en el reloj, colocado

sobre el aparador.

--Las ocho; ¿qué hará ahora Amadeo?

--Según--repuso Berlanga--; ¿cuándo llegó á Bilbao?

--Hoy, por la mañana.

--Entonces habrá pasado el día durmiendo, y ahora estará metido en algún

café jugando al dominó. Nosotros, entretanto, aquí...

--¿Está usted mal?

--¿Yo?...

Y agregó lentamente y mirando á Rafaela con fijeza expresiva:

--¡Bastante mejor que él!

Después, mientras bebía su taza de café, el platero vació sobre la mesa

su jornal de aquella semana.

Empezó á contar:

--Dos y dos, cuatro... nueve, once... ¡treinta y ocho pesetas! ¡Mala

semana! Puedo decir que no he ganado ni para vino.

Reunió siete duros, que, apilados, formando una columna minúscula de

plata, entregó á Rafaela.

--Tome usted.

Ella replicó ruborizándose, como ofendida por aquella distancia siempre

un tantico hostil, como de deudor á acreedor, que parecía fijar entre

ambos el dinero.

--¿Qué me da usted aquí?

--¡Anda!... ¿Qué ha de ser? ¿No pago por semanas? Pues, eso; mi semana:¡

siete días, á cinco pesetas, treinta y cinco pesetas cabales; ¡como

éstas!...

Entre sus dedos ágiles, acostumbrados á manejar los naipes, las monedas

resbalaban tintineantes. Agregó:

--Hoy es sábado, con que... la cuenta se arregla en seguida; me quedan

tres pesetas para gastos extraordinarios: tabaco, tranvías... ¡Voy á

divertirme!

Con gesto señoril, protector y amable, Rafaela devolvió á Berlanga su

dinero.

--La semana próxima--dijo--me pagará usted. Yo, afortunadamente, si no

me sobran ahora cinco duros tampoco me faltan.

El platero reiteró su ofrecimiento, aunque flojamente y sólo en aquella

comedida proporción que juzgó necesaria para quedar bien. Levantóse

después de la mesa, y mientras se pasaba las manos á lo largo de las

piernas, para suavizar la fea convexidad de las rodilleras, y ante el

espejo se estiraba el chaleco y ponía en su sitio el lazo de la corbata,

exclamó jaquetón:

--¿Sabe usted lo que estoy pensando?

--Usted dirá.

--No me atrevo.

--¿Cómo?

--¿Y si se enfada usted?

--O no...

--¿Me lo promete usted?

--Palabra de honor; usted, diga lo que quiera, no puede molestarme.

--¿Y eso?

--Yo me entiendo.

--¡Ah, vamos!... Porque no me hace usted caso; ¿eh?... Me tiene usted en

poco...

--Al contrario; le tengo á usted en mucho...

Mirábale provocativa y ufana, removida hasta en sus entrañas más hondas

por un capricho tan porfiado, tan envolvente, que casi parecía un amor.

El platero repuso, orondo:

--Entonces, pues tenemos dinero y estamos solos, ¿por qué no nos vamos

al baile esta noche?

Todo el cuerpo goyesco, genuinamente madrileño, de la joven, vibró de

júbilo. Hacía mucho tiempo que no se divertía así; desde que se casó,

Zureda, formalote y poco inclinado á fiestas, no había querido llevarla

á ningún baile, ni aun á los de máscaras. Un recio tropel de visiones

alegres invadió su memoria. ¡Ah, sus buenos domingos de soltera!... Los

sábados por la noche, á la salida del taller, ella y sus compañeras de

obrador se citaban para el día siguiente: unas veces, en los merenderos

de la Bombilla; otras, en los de Cuatro Caminos, ó en las clásicas

Ventas del Espíritu Santo... Y, una vez allí, qué risas, qué alegría,

qué extraña emoción de curiosidad y de miedo sentían junto al deseo del

hombre que se acercaba á bailarlas...

Agil, flexible, transfigurada, Rafaela se irguió.

--No sería usted tan capaz de llevarme como yo de ir.

--¿Que no?--replicó el platero--; ¡ahora mismo!... Vamos á la Bombilla y

no salimos de allí hasta no gastarnos la última peseta.

De un brinco la joven huyó del comedor, se puso á la cabeza un pañuelo

de seda, se echó garbosamente sobre los hombros un mantón alfombrado.

Reapareció en seguida. Al andar, sobre sus botas de charol, levantadas

de tacón y de agudísima punta, sus enaguas, reciamente almidonadas y muy

blancas, revolaban crujientes. Se acercó á Berlanga y, cogiéndole

familiarmente por un brazo, dijo:

--Le advierto á usted que la mitad del gasto lo pago yo.

El platero titubeó la cabeza de izquierda á derecha, negando. Ella

agregó categórica:

--Con esa condición salgo de casa. ¿No vamos á divertirnos los dos? Pues

justo es que la fiesta la paguemos los dos por igual.

Aceptó Berlanga aquel trato amistoso y, ya en la calle, subieron á un

coche. En la Bombilla, donde cenaron abundantemente y bailaron mucho,

estuvieron hasta la madrugada. El regreso lo emprendieron á pie,

lentamente y cogidos del brazo. Con frecuencia, Rafaela, que había

bebido más de lo justo, necesitaba detenerse y, aturdida, apoyaba su

cabeza sobre el pecho del platero. Manuel Berlanga, fuera de sí y un

poco borracho, se la comía con los ojos.

--¡Qué bonita es usted!--murmuraba.

--¿De veras?...

--Que me quede ciego si digo mentira. Bonita, no, que es poco;

bonitísima, sí; preciosa... más preciosa que todas las mujeres juntas.

Y ella, astutamente, para demostrarle que no le había oído, balbuceaba:

--¡Qué mareada estoy!...

De súbito, Berlanga exclamó:

--Si no fuera porque Zureda y yo somos amigos...

Hubo un silencio. Animándose el platero, añadió:

--Rafaela... sea usted franca: ¿no es verdad que Amadeo nos estorba?

Ella le miró de hito en hito, y luego, por toda respuesta, se llevó su

pañuelo á los ojos. No sucedió más.

Poco á poco, en el transcurso uniforme de varios días, fué cerciorándose

Manuel Berlanga de que Rafaela tenía los ojos grandes y expresivos, y

los pies menudos y de fino tarso, y el andar muy gracioso, y los senos

bien sembrados y crecidos; y hasta creyó adivinar en ella el deseo,

tentador con exceso, de parecerle bonita. El platero acabó por leer

claro en su conciencia, lo que á un mismo tiempo hubo de producirle

alegría y miedo.

--¡Me he lucido!--pensó--¡me he lucido! ¿Pues no estoy enamorado de esa

mujer como una bestia?...

Al cabo, la pasión mal encadenada desbocóse arrolladora. Aquella noche

llegaba Zureda. Apenas salió del taller Manolo Berlanga se dirigió

presuroso á su casa. Desde el recibimiento, el platero, que no podía con

la carga de sus malos pensamientos, preguntó:

--¿Y Amadeo, ha venido?

Rafaela repuso:

--No tardará ni quince minutos; son las nueve. El tren llegó ya; lo he

oído silbar...

Berlanga entró en el comedor y vió que la joven estaba arreglándole su

cama. Se acercó ella:

--¿Quiere usted ayuda?

--Muchas gracias...

Súbitamente, sin saber lo que hacía, la cogió por el talle. Ella trató

de defenderse volviéndose de espaldas y empujándole con las caderas. El

murmuró, besándola ansioso:

--Anda, pronto... anda... antes de que llegue..

Y luego, tras un breve momento de lucha silenciosa:

--Mi alma... ¿te convences?... ¡Si ello había de ser!...

Verdaderamente, la esposa de Zureda resistió muy poco.

Un año después Rafaela dió á luz un niño, á quien Manolo Berlanga

apadrinó, y que por voluntad unánime de sus progenitores había de

llamarse Manuel Amadeo Zureda. El bautizo fué espléndido; más de dos

mil reales se gastaron en él. ¡Qué alegre, qué sonrosado, qué bonito

estaba Manolín!... El maquinista, al que todos felicitaban, lloraba de

gozo.

La cita: novelas · 第 29 / 34 题