I
A los treinta años, aburrido de vivir solo y sin afectos, Amadeo Zureda
se casó. Era un hombre de mediana estatura y robustas espaldas, que
tenía la color cetrina, el mirar reflexivo, el ademán lento y seguro.
Toda el alma de su rostro, cortado por un bigote negro y bronco, más que
en la reciedumbre de sus pómulos y de sus mandíbulas cuadradas ó en la
dureza de su nariz, radicaba en la energía taciturna del entrecejo
hirsuto, sombrío como un mal recuerdo. Borráranse uno tras otro los
rasgos todos de aquel semblante, y mientras la línea peluda de las cejas
subsistiera intacta, la expresión de Amadeo Zureda no habría cambiado;
que entero su espíritu, reservado y ardiente, estaba allí.
A Rafaela, su mujer, el matrimonio la redimió de la esclavitud del
obrador. Acababa de cumplir diez y ocho años, y era una morenucha de
ojos negros, apicarados y muy grandes, y de labios fragantes y rojos;
el talle flexible, las traviesas caderas turgentes y movedizas, el seno
bien soplado, el caminar vivo, desembarazado y aventurero. A su donaire
bravío, un poco canallesco, de hija del pueblo, iba unida cierta
distinción de gestos y de aficiones que aderezaba su belleza y la
mejoraba; tenía las manos menudas y pulidas, y gustaba de ir finamente
calzada y con enaguas bien limpias y crujientes. Y como su cuerpo era su
espíritu, ágil, inquieto, incapaz de guardar durante mucho tiempo la
misma actitud; mientras hablaba, sus ojos pícaros rebrillaban de
contento, y en su boca grande, de dientes blanquísimos, ardía perenne,
como lámpara santa, la luz de una risa. Amadeo adoraba en ella; cuando
por las tardes, al volver del trabajo, Rafaela acudía á recibirle con
jubilosas alharacas y luego se instalaba zalamera sobre sus rodillas,
Zureda, poseído de inefable contento, quedábase boquiabierto y como en
éxtasis, y hasta aquella cicatriz pensativa de su entrecejo parecía
dulzurarse en la grave serenidad de la frente cobriza.
El matrimonio se había instalado en el piso quinto de una casa vecina de
la Estación del Norte. La finca era nueva, y el cuarto de los Zureda,
muy alegre y soleado, con habitaciones espaciosas, claras, y dos
balcones, que las manos hacendosas y artistas de Rafaela habían colmado
de flores.
Amadeo era maquinista del ferrocarril; sus jefes estaban contentísimos
de él; dos años hacía que trabajaba en la línea de Madrid á Bilbao, y
nunca cometió faltas merecedoras de castigo; era inteligente, activo,
duro en la faena; después de una jornada de quince horas, sus ojos
negros dotados de extraordinario poder visual, miraban sin cansancio;
dentro de su traje de pana, aquel hombre musculoso, impasible y cetrino,
parecía de bronce.
Zureda amaba su oficio; lo aprendió en los Estados Unidos, el país donde
corren más los trenes, y habiéndose quedado huérfano en edad temprana, á
su profesión dedicó íntegra la abundante savia afectiva de sus años
solteros. El camino de Madrid á Bilbao lo conocía en sus menores
detalles, palmo á palmo, y hubiera sido capaz de andar por él á ciegas,
y tan seguro como por su propia casa. Había grupos de árboles,
barrancos, ríos, cerros y alquerías que tenían para él la elocuencia
terminante de un plano topográfico ó de un reloj. «Al llegar á tal
sitio--pensaba--hay que dar freno, porque inmediatamente después viene
una cuesta abajo.» O bien: «Ahí está el puente; debe ser tal hora...» Y
la apreciación de estas nociones de espacio y de tiempo era siempre
precisa, infalible. Zureda sabía que aquellos objetos inanimados,
escalonados á lo largo de la vía, eran á modo de amigos fieles, que no
habían de engañarle.
Este amor fetichista al paisaje lo compartía el que le inspiraban sus
máquinas. Generalmente trabajaba con las mismas: la número 187 y la
número 1.082. A la primera Amadeo la llamaba «la Negra»; á la segunda,
«la Dulce». Aquélla era indócil, violenta y se gobernaba mal; cuando iba
venciendo alguna cuesta parecía trepidar de dolor, y en su panza de
hierro había ululeos extraños de amenaza; en las pendientes patinaba, y
era difícil contenerla; diríase que en su interior agitábase un espíritu
díscolo, eternamente rebelde á todo mandato; estaba quieta y no quería
andar; si andaba, costaba trabajo detenerla; al penetrar bajo el arco
tenebroso de los túneles, su silbido de alarma vibraba desgarrador,
semejante á un grito humano. «La Dulce», por el contrario, era mansa,
obediente, recia y voluntariosa en los momentos de subida, prudente y
reservona en las cuestas abajo, cuando convenía reprimir el descenso
temerario del convoy.
Siempre que Amadeo iba de viaje, lo que ocurría dos veces por semana, su
mujer le preguntaba:
--¿Qué máquina llevas hoy?
Y si era «la Dulce» se quedaba tranquila.
--Con ésa--decía--no hay cuidado. La otra, en cambio, me da miedo: tiene
«mala sombra...»
A Zureda, sin embargo, le gustaba bregar con las dos, y hasta sentía
inclinación por una ó por otra, según el estado de sus nervios. Cuando
se hallaba de buen humor, prefería «la Dulce», que no le daba trabajo.
Esto sucedía durante los días apacibles, bajo el enorme beso ardiente
del sol. Pedro, el fogonero que acompañaba á Zureda, era andaluz y
sabía canciones picantes y sabrosos cuentos. Amadeo le escuchaba
complacido, mientras sus ojos vigilantes se abismaban en el horizonte,
riente y azul; los rieles que iban devanándose ante los topes de la
locomotora, brillaban á la luz y parecían de plata; el aire era tibio y
cargado venía de fragancias campestres; bajo sus pies el maquinista
sentía retemblar la máquina, diligente, sumisa, sin bruscos
sacudimientos ni lamentos insólitos, y murmuraba, ufano y cariñoso, como
animándola:
--Anda, cordera...
Pero otras veces su cuerpo sanguíneo padecía cóleras recónditas,
irritaciones caprichosas, desequilibrios insanos de humor, que le
quitaban las ganas de hablar y ahondaban la cicatriz torva de su
entrecejo. Y entonces prefería llevar consigo á «la Negra», siempre
amenazadora y arisca, que contradecía todas sus órdenes; y esta lucha,
en la que palpitaba constantemente un peligro, servía de sedante á sus
nervios y le pacificaba. Entonces Pedro, el andaluz de los cuentos
atrevidos y de las canciones pícaras, enmudecía cohibido por el agrio
humor del maquinista. A lo largo del camino, y como rimado por las
ráfagas musicales del viento y el fragor trepidante de la locomotora, un
largo diálogo de rencores se entablaba entre el hombre y la máquina.
Apretando los dientes, Zureda murmuraba:
--Anda, perra... la pendiente es dura, pero has de subirla. ¡Anda con
ella!...
Y abría la boca del horno, ardiente y roja como pozo infernal, y por su
propia mano, sañudamente, arrojaba dentro del hogar ocho ó diez
paletadas de carbón. Como respondiendo al castigo, la máquina se
estremecía; bramidos iracundos restallaban en su interior, y por sus
lomos humeantes parecía correr una ondulación de odio.
De estos viajes Amadeo Zureda siempre volvía trayendo para su mujer
algún regalo: un corsé, un cuello de piel, una caja de medias...
Rafaela, que sabía exactamente la hora de llegada del expreso, atisbaba
su paso desde un balcón. Zureda, además, desde muy lejos la avisaba con
un largo silbido.
Ella, si aún estaba acostada, saltaba del lecho, vestíase
precipitadamente y corría al balcón; y sobre el verde alféizar de las
macetas, su rostro cobrizo sonreía al paisaje. Un momento después, por
entre las arboledas frondosas de la Moncloa, el tren aparecía
crepitante, fragoroso, devanando su cuerpo negro y ondulante á lo largo
de los rieles, bruñidos. Desde el tándem, el maquinista, alborozado,
saludaba á la joven con un pañuelo; y solamente entonces su entrecejo,
hasta donde jamás subía el regocijo de una risa, se desarrugaba y
parecía contento.
Amadeo Zureda no deseaba nada. Su oficio era ingrato, pero aquellas dos
noches que, entre viaje y viaje, pasaba en Madrid, bastaban á darle la
felicidad. Toda su alma honrada y brusca se remozaba allí, bajo el techo
del hogar tranquilo, en medio de los muebles modestos, comprados uno á
uno. Aquel era su premio. Entre los brazos amantes de la compañera, el
frío que recogieron sus huesos á la intemperie, en la extensión de los
caminos, disipábase poco á poco, y su alma adormecíase en el calor de un
dulce bienestar sensual.